DISCLAIMER: la historia no me pertenece, los personajes son de Stephanie Meyer y la trama es de un libro el cual será dicho al final de esta historia, yo solo me adjudico la adaptación
Bella Swan es enfermera del equipo de urgencias del 061 de Sevilla. Su vida transcurre entre el trabajo y su relación secreta con Jacob Black, el mejor amigo de su hermano y médico de su equipo, relación que este no parece dispuesto a formalizar. Edward Cullen, miembro del equipo alfa del Team Six de los Seals, acaba de regresar de Afganistán. Su vida y la de Bella se cruzan tras ser apuñalado en la calle. Se trata de un hombre joven, corpulento, con una poblada barba rubia y unos espectaculares ojos azules. Un hombre cuyo torso y alma están marcados por profundas cicatrices. Desde ese encuentro, Bella no podrá dejar de pensar en el americano. Pero Edward se prohibirá a sí mismo sentir algo por la joven enfermera. Está a punto de enfrentarse a la misión más importante de su vida y, por nada del mundo, quiere ponerla a ella en peligro. Los Vulturi son la más peligrosa organización criminal de toda Europa. Son salvajes, despiadados, se financian con la prostitución y el tráfico de seres humanos, y Bella está a punto de caer en sus redes, sin imaginar las consecuencias.
15 - Capullo suicida y lujurioso
Parecía que el corazón fuese a estallarle dentro del pecho. Latía de un modo frenético aún, golpeándole en las costillas.
Conocía esa sensación, la de la adrenalina que zigzagueaba por sus venas, y por un instante sintió miedo porque habría sido capaz de partirle el cuello a aquel desgraciado. Por suerte, su autocontrol, entrenado con dureza durante años, le había impedido hacerlo.
Aun así, cada vez que revivía la escena en su cabeza, el modo en que la tocaba y la besaba aprisionándola contra el asiento, regresaban las ganas de volver fuera y acabar lo que había empezado.
Inspiró hondo y comenzó a calmarse, ella estaba a salvo a su lado, mirándole de soslayo mientras abría la puerta y le ofrecía pasar.
Y allí estaba él, adentrándose en su casa, reconociendo cómo otra sensación muy distinta le invadía ante su proximidad, tratando de ordenar las palabras en su mente para no decir nada inapropiado, nada que delatase lo nervioso que se sentía.
Él era un hombre curtido en mil batallas, un tipo duro, pero cuando ella le miraba apenas podía contener las ganas de besarla. Se había prometido a sí mismo que no lo haría, que no la buscaría. Que en cuanto bajase de aquel avión iría directo a un hostal y por la mañana comenzaría a centrarse en su objetivo. Sin embargo, tomó aquel autobús, preguntó al conductor en qué parada debía bajar y se encontró caminado hasta su casa con la excusa de que solo pretendía saber que estaba bien, para después marcharse y continuar con el plan inicial.
Pero cuando Bella llegó en el coche con aquel tipo, una punzada de celos le aguijoneó ante la posibilidad de que volviesen a estar juntos, de que le hubiese olvidado. No quería, no podía imaginarla con otro hombre, y menos aún con uno que no la merecía.
— ¿Te apetece tomar algo? —Preguntó, mientras soltaba su pequeña bandolera de piel en el perchero frente a la puerta—. Puedes dejar tus cosas ahí, junto al paragüero —apuntó indicando el pesado petate que le acompañaba.
—Gracias. Un café estaría bien.
— ¿Hace mucho que has llegado?
—No, acabo de venir del aeropuerto.
—Vamos a la cocina.
Sentía como si se hubiese tragado un yoyó. La emoción le subía y le bajaba en el estómago haciendo olas, surcos que dejaban un rastro ardiente tras de sí.
No podía creerlo, estaba allí.
Edward había vuelto.
Percibía su aura a su espalda, caminando tras ella. Era una sensación indescriptible que provocaba que casi temblase de excitación y se regocijase con el mero timbre de su voz.
Había regresado y además había puesto en su sitio a ese imbécil de Jacob, quien aquella tarde había sobrepasado todos los límites.
Sintió alivio al comprobar que Rose no estaba en casa. Deseaba estar a solas con él, conversar y preguntarle por el resultado de aquellos análisis, pero lo que deseaba por encima de todo era arrancarle la camisa vaquera y los tejanos que tan bien se ajustaban a sus piernas y hacerle el amor hasta perder el conocimiento. Preparó la cafetera y la puso al fuego.
—Gracias, por lo de ahí fuera.
—No tienes por qué darlas. ¿Has vuelto con él?
—No. En este tiempo retomamos nuestra amistad, más o menos. O eso creía yo. Hoy ha sido un día duro y él ha pretendido aprovecharse de mi debilidad. ¿Quieres pastas, o un pedazo de bizcocho? —ofreció volviéndose hacia el mueble. Su pregunta le había acelerado el corazón.
— ¿Por qué ha sido duro tu día?
—Ha muerto una paciente a la que conocía desde hace tiempo —respondió de espaldas, hablar de ello le quebraba la voz.
—Lo siento mucho.
—Estas cosas pasan, debería empezar a acostumbrarme.
—Deberías, pero estoy seguro de que no lo harás. —Bella, con su silencio, le confirmó que ella también lo creía—. Te has cortado el pelo.
—Solo un poco. Y tú has vuelto a dejarte barba —dijo girándose para mirarle a los ojos.
—Nunca me afeito cuando tengo una misión, es una manía, acabo de regresar y no me ha dado tiempo.
— ¿Has tenido una misión?
—Sí.
— ¿Peligrosa?
—Mucho —admitió dedicándole una sonrisa ladeada con la que sin palabras le decía que no podía hablarle de ello.
De cómo, a los pocos días de regresar a Atlanta, fue enviado de forma urgente a Siria junto a su equipo para rescatar a una joven norteamericana casada con un comerciante sirio que la acusaba de adulterio. La joven había sido condenada a lapidación y esta se realizaría de modo inminente si no intervenían. Fue una operación complicada en la que incluso tuvieron que volar un edificio, pero al fin la chica se encontraba a salvo con su familia y eso era lo más importante.
— ¿Te han herido?
—No, tranquila, no voy a darte más trabajo. —Sus palabras le provocaron una sonrisa que fue un secreto placer para él.
Permaneció un instante ensimismado, observando sus labios, eran un pecado delicioso e irresistible.
El café comenzó a subir en la cafetera y rompió el sensual silencio de miradas encontradas. Bella apagó el fuego y sacó dos tazas de uno de los muebles altos.
—Tenía muchas ganas de verte —dijo al fin. Ella sonrió feliz de espaldas.
—Dijiste un mes.
—O un año.
—Empezaba a pensar que… —confesó sin volverse para mirarle, pero sintiendo cómo él daba los pasos que los separaban y se situaba a su espalda, muy cerca, pero sin tocarla.
— ¿Creías qué no volvería?
—Lo temía.
—Te dije que tendrían que matarme para impedirlo. Lo han intentado, pero como ves no lo han conseguido —dijo rodeándola por la cintura con sus manos, envolviéndola.
Ella dejó las tazas sobre la encimera y apoyó la cabeza en su torso, disfrutando de la sensación de estar de nuevo entre sus brazos, percibiendo el roce de su barba cuando la besó en la sien.
— ¿Has pensado en mí?
—Mucho —admitió a pesar del pudor que le provocaba hacerlo. Las manos de él la recorrieron despacio, ascendiendo por las caderas, los costados, hasta alcanzar sus hombros, para luego descender por sus clavículas hasta sus pechos, y acariciarlos por encima del vestido de algodón. Bella sintió cómo toda su piel se erizaba.
—Yo tampoco he dejado de pensar en ti, ni un solo día. Estabas en mi cabeza, cada noche, y ese es un riesgo que no puedo permitirme. Pero ¿cómo podría evitarlo? —confesó cuando su mano derecha se colaba debajo del vestido y le acariciaba el vientre.
Bella jadeó, incapaz de moverse, disfrutando de su caricia, percibiendo cómo una poderosa erección presionaba su espalda aún por debajo de la ropa.
Sus dedos hábiles alcanzaron su sexo y se deslizaban con suavidad entre los pliegues de su carne. Quería ser delicado, amarla con calma, pero su poder de contención terminó de desaparecer cuando sus dedos apreciaron lo excitada que estaba.
— ¡Dios!, llevo demasiado tiempo esperando esto, necesito estar dentro de ti, ahora.
Bella se le ofreció, inclinándose sobre la encimera y asintió mirándole con los ojos enfebrecidos de deseo, liberando la voluntad del hombre, como al animal eximido de su atadura. Desbocado, le arrebató la ropa interior y, sin más preámbulo, se adentró en su cuerpo. Sintió que un poderoso fuego la invadía. Un fuego que llenaba sus entrañas y ascendía por sus pechos. Se estremeció de placer mientras se amoldaba al cuerpo que se fundía con el suyo.
— ¿Te hago daño?
—No, claro que no —jadeó sin aliento.
Cullen se sacó la camisa por la cabeza, la lanzó lejos y, tirando de los tirantes de su vestido, liberó sus pechos, tan redondos y perfectos como los recordaba, con aquellos pezones pequeños y rosados cuyo recuerdo le había encendido cada noche a solas en su catre. Quería ver cómo se mecían, cómo se movían en respuesta a cada una de sus embestidas. Lamió el lóbulo de su oreja sin dejar de moverse en su interior, poseyendo cada centímetro de su cuerpo contra la encimera.
Era suya, por completo, así lo sentía.
Y él le pertenecía a ella mucho más de lo que se permitía admitir.
Lo que sentía, lo que estaba sintiendo entonces, jamás lo había experimentado antes y lo sabía.
—Bella, dime que pare, pídemelo.
—No.
—Pídemelo o no me detendré.
—No voy a pedirte que pares, Edward. Quiero que te corras, quiero sentirte dentro de mí.
A sus palabras percibió cómo se deslizaba fuera de ella y se giró, buscando una explicación en sus ojos, pero estos recorrían con deleite su cuerpo, sus senos, las sinuosas curvas de sus caderas y el socavón de su ombligo.
Entonces posó una mano sobre su torso, acarició cada músculo, cada surco, cada cicatriz; su mirada se detuvo en su sexo, inmenso, enhiesto, desafiante y húmedo, y sintió la imperiosa necesidad de volver a tenerle dentro.
Edward la besó con dulzura mientras ella lo acariciaba sin pudor.
—Bella —dijo, y su nombre sonó a súplica y advertencia a la vez.
Desoyendo ambas se arrodilló a su lado, y lo tomó entre sus labios.
Él echó la cabeza hacia atrás y perdió las manos en su cabello.
Lo devoró con placer, con éxtasis, saboreando la esencia de la pasión desde la propia fuente de su deseo. Sin poder contenerse más, él la agarró del brazo con suavidad obligándola a incorporarse.
Asió sus nalgas entre las manos y la subió a la mesa de la cocina, observándola con esa mirada suya, esa mirada que convertía sus hermosos ojos azules en los de un animal salvaje dispuesto a devorarla. Porque eso era justamente lo que iba a hacer, claro que iba a hacerlo, iba a tomar de ella lo que tanto había ansiado noche tras noche desde la última vez que la tuvo entre sus brazos.
Las naranjas del frutero rodaron por la mesa y cayeron al suelo mientras, apasionado, se adentraba en su cuerpo una y otra vez, carente de todo control. Cuando la oyó jadear, convulsionando en un poderoso orgasmo, se dejó ir, con los ojos clavados en su mirada chocolate, sintiendo cómo se estremecía, cómo parte de él mismo se fundía con su ser para siempre, disfrutando del más álgido placer que había experimentado en toda su vida. Y se quedó ahí dentro, contemplándola tendida sobre la mesa, con parte de su melena despeinada sobre el servilletero de madera.
Su vestido no era más que una tira de tejido enrollada en la cintura. Era tan hermosa que creía que no se cansaría nunca de mirarla. Se inclinó sobre su cuerpo para besarla. Su barba le hizo cosquillas en la nariz provocándole una sonrisa y ella le rodeó con sus brazos, envolviéndole, y quedaron tumbados sobre la mesa.
— ¿Qué me has hecho, Bella? —le susurró al oído. Ella buscó sus ojos sin entender nada. Su mirada parecía perdida, ausente—. Ya ni siquiera sé quién soy. Esto que acaba de suceder… No…
—No voy a quedarme embarazada, si es lo que te preocupa, tomo la píldora.
—Yo no soy así.
— ¿Así cómo?
—Yo no pierdo el control de este modo, yo no… —Se removió, obligándole a salir de su cuerpo, violentada con su reacción.
— ¿Tú no…? ¿Qué quieres decir? ¿Qué te he obligado? —dijo ofendida bajando de la mesa y recolocándose el vestido para cubrir su desnudez. Edward tomó los pantalones del suelo y se los puso.
—No pretendo decir eso.
— ¿Entonces? Explícate o vete a la mierda, Edward Cullen. —Él enarcó una ceja y sonrió, le encantaba su genio español. —Me siento decepcionado conmigo mismo por no haber sabido contenerme, yo no sabía que tomas la píldora y sin embargo…
—Por Dios, Edward, pero la tomo, jamás te habría permitido hacerlo en caso contrario.
—El control es mi vida, Bella, de hecho, de él depende que siga vivo la mayor parte del tiempo. Y, sin embargo, en lo que se refiere a ti, carezco de él por completo. Yo no quería venir a tu casa, yo no quería que…
—Un momento, ¿no querías venir a mi casa? Y entonces, ¿por qué has venido?
—Porque necesitaba verte. Pero mi cabeza me advertía de que no debía hacerlo.
— ¿Sabes? Eres peor que uno de esos sudokus de las narices. Creo que será mejor que te marches, al menos hasta que tu cabeza de abajo se ponga de acuerdo con la de arriba sobre si quieres verme o no —dijo mientras recogía su camisa de suelo y se la devolvía.
—Las cosas en mi mundo no son tan sencillas como en el tuyo —aclaró tomándola de sus manos.
—Quizá no, pero en mi mundo al menos sé lo que quiero.
— ¿Y qué quieres?
—Conocer a un tipo normal, sin paranoias ni historias raras a su espalda. Un tipo que merezca la pena y sepa lo que quiere —dijo movida por la rabia que le producía sentirse rechazada.
—Creo que no cumplo tu perfil —respondió serio, mucho más de lo que le había visto desde que se conocían.
—En absoluto.
—Será mejor que me marche.
—Es una gran idea.
Cullen caminó decidido hasta la puerta, tomó su petate del suelo y abandonó la vivienda sin mirar atrás.
Bella sintió que de nuevo un nudo le atenazaba la garganta.
No daba crédito a cómo, en menos de diez minutos, había pasado de acariciar el nirvana sexual a sentirse hundida en la miseria. Se mordió el labio y apretó los puños, espirando con fuerza, tratando por todos los medios de contener las lágrimas.
Maldito yanki, maldito SEAL y, sobre todo, maldita Marina Norteamericana, que le había trastocado tanto la cabeza como para hacerle sentir que dejarse llevar por una vez en su vida era un pecado imperdonable.
—Si llega a ser un poco más cuadriculado, es un puñetero Lego —dijo para sí misma y echó a reír con dolor. Con la risa las lágrimas fluyeron con facilidad por sus mejillas—. Tres meses esperándole para esto.
Para disfrutar del mejor sexo de toda su vida seguido de una buena dosis de realidad que la despertase de golpe. Roció la mesa con limpiador de cocina y la fregó para después recoger las naranjas del suelo y recolocar el frutero en su lugar.
La cerradura de la puerta principal chasqueó y sus ojos la buscaron de modo automático, no podía ser él, Edward no tenía llave, pero habría deseado tanto que arrepentido de sus palabras regresase enarbolando una disculpa como bandera blanca. El pomo giró y Rose entró en el descansillo. Se apresuró a limpiar sus mejillas y sonarse con una servilleta de papel mientras su amiga dejaba el bolso colgado en el perchero y la buscaba.
— ¿Dónde estás?
—En la cocina —la llamó tratando de disimular el tono compungido de su voz —. ¿Te apetece un café? —preguntó dándole la espalda, y comenzó a servirse una taza del café recién hecho.
—Sí, por favor. ¿A qué no sabes de dónde vengo?
—No.
—De ver a tu hermano. Me llamó esta tarde para que quedásemos y hemos estado hablando.
— ¿Y bien? —preguntó sirviendo una segunda taza.
—No me engañó. Al menos me ha convencido de que no fue así —dijo con la voz rebosante de felicidad—. Vamos a ir despacio. Muy despacio. Estoy loca por él y sé que me he pasado, he estado agobiándolo con mensajes, me he comportado como una celosa compulsiva. Pero va a darme otra oportunidad.
—Me alegro muchísimo.
—Dentro de un rato viene a casa, le he invitado a cenar. Bella, ¿quieres mirarme? —preguntó extrañada de que tardase tanto en girarse. Lo hizo fingiendo normalidad y puso ante ella la humeante taza de café. Los ojos de amiga de Rose recorrieron su rostro con detenimiento y fue consciente de que lo sabía—. ¡Tú has estado llorando!
— ¿Yo? No.
—Sí. ¿Qué te ha pasado?
—Nada, el trabajo, mil cosas.
— ¿El trabajo, mil cosas? ¿Una de esas cosas se llama Jacob? —preguntó alerta.
—Una.
—Maldito hijo de la gran… —maldijo caminando directa hacia el recibidor.
— ¿Adónde vas? ¿Qué vas a hacer?
—Voy a acordarme de todos sus parientes, de los de renombre y de los corrientillos, que seguro que también tiene alguno. Ese imbécil te va a dejar en paz de una vez por todas —aseguró metiendo la mano en el bolso en busca de su móvil.
—No, déjalo, por favor. Edward ya le ha dado una paliza. —Al oír aquel nombre su mejor amiga se detuvo en seco y regresó a su lado a toda velocidad.
— ¿Edward? ¿Edward ha estado aquí?
—Sí.
— ¿Sigue aquí? —susurró apuntando con el índice hacia el piso superior.
—No, se ha marchado.
— ¡Ay, mi madre! ¿Y cómo es que le has dejado ir?
—Sería más exacto decir que le he echado.
— ¿Le has echado? Pero si llevas tres meses suspirando por los rincones como un alma en pena, me estoy perdiendo algo gordo, ¿verdad?
—No quiero hablar de ello —dijo.
No sabía de qué modo podía explicarle lo que acababa de suceder entre ambos sin mencionar que Edward era un SEAL obsesionado con el control y que la había acusado de hacérselo perder.
— ¿Te ha insultado?
—No, no. Él jamás haría algo así. Es solo que somos muy distintos, no merece la pena empeñarnos en algo que no tiene futuro. —Su mejor amiga enarcó una ceja incrédula.
—Tienes algo blanco pegado aquí —apuntó indicándole la barbilla. Apresurada Bella pasó una mano por su mentón, enrojeciendo por completo, pero no había nada, estaba limpio—. ¡Ajá! Sabía que te lo habías tirado.
— ¡Serás mala!
—No soy mala, pero si te has bajado al pilón es que te gusta mucho, pero que mucho, mucho.
—Eso no importa —dijo escandalizada aún—. Lo que importa es que no somos compatibles.
—Ya. Y los burros vuelan que da gusto.
—Es inútil discutir contigo. Voy a ducharme.
—Con agua fría, por favor.
— ¡Rose!
Bella comenzó a ascender la escalera a toda velocidad para que no la viese reír con sus ocurrencias, su mejor amiga lograba sacarle una sonrisa incluso en los peores momentos. Oyó cómo llamaban al timbre y supuso que se trataba de su hermano quien, según la había informado la propia Rose, cenaría con ellas.
Emmet poseía el mismo detector de llanto que su amiga, por lo que se apresuró en llegar arriba para tratar de evitar un nuevo interrogatorio.
— ¡Bella! —Oyó como alguien la llamaba a su espalda, alguien cuya voz reconoció al instante.
Edward ascendía los escalones con paso decidido tras ella, era él quien había llegado. Sintió como si el mundo se tambalease bajo sus pies. Sin saber qué postura adoptar, con qué semblante mirarle, permaneció de pie en el final de la escalera, aguardando a que la alcanzase—. Por favor, perdóname, de ningún modo pretendía ofenderte con mis palabras. —Con los brazos cruzados sobre el pecho vio cómo Rose los observaba a su espalda, por el hueco de la escalera, con una sonrisa de oreja a oreja.
—Vamos a mi habitación, por favor.
Cerró la puerta tras él y le invitó a sentarse en la cama, pero rechazó su ofrecimiento permaneciendo de pie a su lado.
— ¿Y bien?
—No te culpo de nada, claro que no. Si eres lo mejor que me ha sucedido en mucho tiempo.
—No parecía que pensases eso hace un rato.
—Por eso he vuelto. Iba a dejar las cosas estar, porque es más fácil alejarme de ti si eres tú quien me rechaza.
—Pero, vamos a ver, ¿y por qué quieres alejarte de mí? ¿Es que tengo la peste o qué?
—No —dijo pasándose una mano por la frente, como si tratase de ordenar sus pensamientos. Ella le observaba ajena al conflicto que vivía en su interior sobre lo que podía contarle y lo que no—. Quiero alejarme de ti, por tu bien.
—No empieces por ahí, Edward. El imbécil al que cogiste del cuello en la acera también empezó con esa cantinela y ya ves cómo ha acabado lo nuestro.
—No le menciones siquiera —pidió apretando los puños con rabia.
—Por una vez me gustaría hacer las cosas como la gente corriente: conocernos, acostarnos, salir de vez en cuando y, si todo va bien y nos gustamos, pues convertirlo en algo especial, ¿tan complicado es?
—Para mí, sí, Bella. He regresado a Sevilla a cumplir una misión, la más importante de toda mi vida. Necesito que entiendas que controlar mis emociones es vital en mi trabajo, obedecer a mi cabeza y no a mi corazón me mantiene con vida. Cuando te acompañé a la boda de tu prima había decidido que no tendríamos sexo, y sin embargo lo hubo. Venciste mi voluntad sin ningún esfuerzo. Y por Dios que fue el mejor sexo que he tenido en mi vida. —Aquel inesperado halago la hizo enrojecer de nuevo como un pavo, su sinceridad resultaba abrumadora—. Hoy, cuando aterricé, lo más seguro habría sido que no volviésemos a vernos, y sin embargo vine a buscarte y no pude resistirme a ti de nuevo. La culpa no es tuya, es mía.
—Pero ¿por qué hablas de culpas? Yo no soy una de tus misiones, solo soy una mujer.
—No eres solo una mujer, no eres una más, ese es el problema. Estos meses me moría de ganas de verte, he pensado en ti cada noche, y cada día mi primer pensamiento regresaba a ti de nuevo. Habré oído mil veces Dark Horse estos días, porque cada vez que lo hacía te sentía un poco más cerca. ¿No lo entiendes? Si las circunstancias fuesen distintas no habría fuerza humana que me obligase a apartarme de ti.
—Pero eso es… eso es lo más bonito que me han dicho en toda mi vida — confesó emocionada. Él apartó la mirada como si su velada declaración careciese de la menor importancia—. ¿Y cuáles son las circunstancias, por favor?
—Renesme es hija mía, el ADN lo ha confirmado.
—Te mentiría si te dijese que me sorprende, esa marca en el iris de los ojos es demasiado significativa.
—Y Aro Vulturi, que es el tipo con el que está su madre, es el líder en España de los Vulturi.
— ¿Los qué?
—Los Vulturi, la mayor organización de delincuencia organizada que opera actualmente en Europa y casi podría decirse que en el mundo entero. —Bella le miró a los ojos con auténtico horror después de oír aquello.
— ¿Y qué vas a hacer?
—Necesito hablar con ella, con Tanya. Tengo que saber si está con ese tipo por propia voluntad. Si no es así, las ayudaré a escapar, a desaparecer para comenzar una nueva vida lejos de él.
—Una nueva vida… ¿contigo?
—Conmigo a su lado para ayudarlas en cuanto necesiten, aunque has de entender que estoy dispuesto a prometerle cualquier cosa para apartarlas de ese monstruo.
— ¿Cualquier cosa?
—Cualquier cosa. La seguridad de esa niña es lo primero para mí en estos momentos, por encima de mi propia vida. —Su determinación enternecía su corazón, pero a la vez le dolía pensar en lo que implicaba ese cualquier cosa. Más aún después de que acabase de confesarle, a su modo, lo que sentía por ella.
— ¿Y si lo sabe? ¿Y si sabe con quién está?
—Entonces la que desaparecerá será Renesme. No puedo permitir que una niña que lleva mi sangre se críe en manos de ese ser despreciable.
— ¿Vas a secuestrarla?
—Voy a apartarla de él a cualquier precio. La organización a la que pertenece Vulturi trafica con seres humanos. Mujeres y niños que vende al mejor postor, ya sea como esclavos sexuales o como meros contenedores de órganos.
—Eso es horrible, por Dios santo.
—Por eso debes alejarte de mí, en cuanto me acerque a ellos, todos los que me rodeen estarán en peligro.
— ¿Y piensas hacerlo tú solo? ¿Enfrentarte a una banda de mafiosos, de… de asesinos tú solo?
—Es algo extraoficial, no voy a comprometer a uno solo de mis hombres, por supuesto que lo haré solo.
— ¿Y es que eres El Capitán América? ¿Tienes súper poderes y no me lo has contado?
—Tengo todo lo que necesito para hacerlo: un contacto, un arma sin marcar y muchas, muchas balas.
— ¡Dios mío, Edward! ¿Cómo puedes decirlo con esa tranquilidad? Habla con la policía, por favor.
— ¿Para conseguir qué? ¿Qué los alerten de que las busco? O peor, ¿que alguien de su entorno se entere y sean ellos quienes las hagan desaparecer?
— ¿Sabes dónde están?
—Sí.
— ¿Y cuándo piensas ir a verlas? ¿Cuándo hablarás con ella?
—Es mejor que no sepas nada de esto, créeme.
—No quiero. No quiero que te pongas en peligro. —Su mirada de preocupación le conmovió. Sus mejillas habían enrojecido y sobre estas resplandecían sus ojos verdes.
—Mi vida es un continuo peligro, Bella. Si no me matan los hombres de Aro Vulturi, lo hará cualquiera de los terroristas a los que me enfrento continuamente. La muerte me ha acompañado a cada paso los últimos años y hasta ahora no me preocupaba lo más mínimo.
—Hasta ahora.
—Me preocupa la seguridad de Renesme, ¿qué será de ella si caigo? Pero también la tuya, por eso debes permitir que me aleje de ti, fingir que nunca me conociste y continuar con tu vida.
—No quiero. No voy a fingir que no te he conocido, que no he sentido lo que tú me has hecho sentir. No quiero y además no puedo hacerlo.
—Debes.
—No. Déjame ayudarte. Puedo enterarme de a qué centro de salud van, o la última vez que han ido al médico.
—Bajo ningún concepto. Es algo que debo hacer yo solo.
—Pero…
—No hay peros. No permitiré que te pongas en peligro.
— ¿Y tú sí puedes hacerlo?
—Ponerme en peligro es mi trabajo. No debería haberte contado nada de esto.
—No, era mucho mejor que me dejases creyendo que eres un auténtico capullo.
— ¿Eso pensabas de mí? —dudó guiñándole un ojo, tratando de arrancarle una sonrisa, pero estaba demasiado preocupada para sonreír. Estirando uno de sus brazos, lo posó en su hombro y la acercó a su cuerpo para besarla en la frente con dulzura.
—Lo pensaba y lo pienso. Eres un capullo suicida.
— ¡Ajá! —admitió alzando su barbilla con el dedo índice para besarla lentamente, acariciando sus labios con la lengua, jugueteando con la suya.
—Suicida y lujurioso.
—Voy a tener que darte la razón en eso —dijo posando los labios en su cuello, y Bella volvió a experimentar las cosquillas en el estómago que la advertían de que estaba jugando con fuego. Un juego peligroso tras el que no habría vuelta atrás, aun así desobedeció la advertencia y decidió que quería quemarse por completo en aquella boca.
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