DISCLAIMER: la historia no me pertenece, los personajes son de Stephanie Meyer y la trama es de un libro el cual será dicho al final de esta historia, yo solo me adjudico la adaptación

Bella Swan es enfermera del equipo de urgencias del 061 de Sevilla. Su vida transcurre entre el trabajo y su relación secreta con Jacob Black, el mejor amigo de su hermano y médico de su equipo, relación que este no parece dispuesto a formalizar. Edward Cullen, miembro del equipo alfa del Team Six de los Seals, acaba de regresar de Afganistán. Su vida y la de Bella se cruzan tras ser apuñalado en la calle. Se trata de un hombre joven, corpulento, con una poblada barba rubia y unos espectaculares ojos azules. Un hombre cuyo torso y alma están marcados por profundas cicatrices. Desde ese encuentro, Bella no podrá dejar de pensar en el americano. Pero Edward se prohibirá a sí mismo sentir algo por la joven enfermera. Está a punto de enfrentarse a la misión más importante de su vida y, por nada del mundo, quiere ponerla a ella en peligro. Los Vulturi son la más peligrosa organización criminal de toda Europa. Son salvajes, despiadados, se financian con la prostitución y el tráfico de seres humanos, y Bella está a punto de caer en sus redes, sin imaginar las consecuencias.


16 - Un átomo de un átomo

Bella permanecía con la mirada perdida, reposando sobre su pecho, jugueteando con el vello de su torso con los dedos.

Estaban desnudos en la habitación envuelta en penumbras en la que la única luz provenía de la lámpara de la mesita de noche. Era un cuarto pequeño en el que se apretaban una cama nido, un escritorio y una librería en esquina atestada de volúmenes.

—Me da a mí que te gusta leer —sugirió provocándole la risa.

—Un poco.

— ¿En qué piensas?

—En una tontería.

— ¿Cuál?

—En si vas a afeitarte o no —dijo y fue él quien se echó a reír.

— ¿Quieres que lo haga?

—No lo sé. La barba te sienta muy bien, pero también estás muy sexy sin ella.

—Así que en definitiva, haga lo que haga soy muy sexy.

—Además de creído, sí.

—Capullo, lujurioso y ahora además soy un creído. Un dechado de virtudes, como diría mi madre que en paz descanse.

—No lo digo como algo malo. A ver, tú sabes que estás… que estás muy bueno, vaya. Y por eso caminas con esa postura recta, con los brazos separados del cuerpo, mirando por encima del hombro en plan perdonavidas —se burló imitando su rictus serio.

—Yo no hago eso, mi postura es mi postura natural. Y no camino perdonando vidas, excepto cuando trabajo —admitió guiñándole un ojo.

— ¿Siempre eres así de chulo?

—Desde pequeñito. Y tú, ¿siempre has sido así de buena samaritana?

—No soy una buena samaritana.

—Sí, lo eres. Eres confiada y demasiado atenta con los extraños. No se puede ser tan buena porque la gente se aprovechará de ti.

—No soy tonta.

— ¿Es que he dicho que lo seas? Me refiero a que te preocupas demasiado por los demás y el mundo es…

—No me salgas otra vez con eso de que el mundo es un lugar sucio y oscuro, por favor. Vale que lo será en según qué partes, pero conozco a personas maravillosas cada día, personas que sufren por sus familiares, que se esfuerzan por salir adelante. Gente que lucha, que es capaz de donar un riñón o un trozo de hígado para mejorar la calidad de vida de su familiar o su amigo y eso me hace pensar que no todo está perdido. Y que el ser humano no es malo por naturaleza como intentan hacernos creer. Por cierto, ¿cómo está tu amigo, James?

—Mejor. Le han cambiado de tratamiento y parece que su cuerpo ha reaccionado bien, ha ganado tiempo, pero continúa necesitando ese riñón.

—Espero que llegue pronto. Es admirable lo que pretendías hacer. —Él se removió en la cama e, incorporándose, apoyó la espalda contra el cabecero con la sábana por la cintura, continuaba sin ser capaz de aceptar los cumplidos. Bella se acomodó a su lado—. Te guste o no te pareces un poco a mí.

—No nos parecemos en nada, créeme. Tú sufres por cada vida que pierdes y yo ni siquiera recuerdo los rostros de los tipos a los que se la he quitado. Ojalá el mundo entero se pareciese un poco a ti —aseguró tomándola del rostro con los dedos antes de besarla con exquisita ternura—. No tienes ni idea de lo que has conseguido aquí y aquí —aseguró acunando su mano, llevándola hasta su pecho, justo sobre su corazón, para acto seguido posarla en su frente—. Hace mucho que no confiaba en nadie y tú has logrado que confíe en ti, ciegamente.

—Guau…

—Sí, eso lo explica muy bien. Exactamente guau. Quien me conoce sabe que no soy accesible, solo un par de miembros de mi equipo me han oído hablar alguna vez de temas personales. Y no doy segundas oportunidades, nunca, si me fallas, no volveré a confiar en ti.

—No te voy a fallar.

—Eso ya lo sé.

—Pero a veces hay que perdonar, aunque no olvides; es bueno para uno mismo, el odio hace daño.

—Si alguien te traiciona es porque le diste el poder de hacerlo. Porque confiaste en quien no lo merecía. En toda mi vida solo he dado una segunda oportunidad y lo hice por mi madre. Ella me lo pidió pocos días antes de morir, cuando ya sabía que se acercaba el final, quería que arreglase mis problemas con mi padre.

— ¿Tenías problemas con tu padre?

—Dejé de hablarle durante un año.

— ¿En un momento tan duro?

—En un momento tan duro él me falló. Y de no ser por el ruego de mi madre jamás hubiese vuelto a dirigirle la palabra. —Su mirada se ensombreció al hablar de aquello y esto no hizo más que acrecentar el interés de Bella en saber qué había sucedido. El corazón de Edward estaba tan dañado… hablaba como si no habitase en él una sola pizca de esperanza y eso le dolía en el alma—. Será mejor que me marche o no voy a encontrar dónde alojarme.

—Quédate a dormir en casa.

—No quiero molestar.

—No lo harás.

— ¿Estás segura? ¿Rose estará de acuerdo?

—Rose se ha traído a cada elemento a dormir que no creo que vaya a ponerse delicada a estas alturas.

— ¿Y tú?

— ¿Yo qué?

— ¿Has traído muchos tipos a dormir?

—A ninguno.

—No me lo creo.

—Pues no te lo creas. El único chico con el que he estado en esta habitación es el que aún debe estar resintiéndose de que le pasases por encima, y siempre se largaba antes de las doce.

—Anda, mira, como Cenicienta.

—Más o menos, porque la madrastra le esperaba en casa. Como solo nos veíamos entre semana, si llegaba más tarde su madre se enfadaba, y créeme que es digna de temer.

—Entonces, ¿voy a ser el primero en pasar la noche en tu cama?

—Sí.

—Pues te advierto que no pienso dormir. —Aquellas palabras, unidas al tono de su voz grave y sosegada, produjeron una punzada de excitación muy honda en su cuerpo. Nunca pensó que podría reaccionar así ante meras palabras—. Tú también has sido la primera en algo para mí.

— ¿Ah sí? ¿En qué?

—Has sido la primera mujer con la que he tenido sexo sin condón, y por todos los santos que ha sido una gozada. —Ni siquiera la naturalidad con la que lo dijo impidió que ella se encendiese como un farolillo.

—No tienes pelos en la lengua.

—Se me cayeron todos de golpe, hace tiempo —dijo abrazándola, apretándola contra su pecho y paseando los dedos por su cabello—. Me gustas mucho, Bella.

—También tú a mí.

—Pero en este momento…

—Lo sé y lo entiendo.

—Si quieres, cuando todo acabe y sea seguro que lo haga, te buscaré y hablaremos.

—Claro —aceptó a pesar de lo mucho que la entristecía tener que esperar para dar una oportunidad a lo que ambos comenzaban a sentir.

— ¿Te importa si me doy una ducha?

—No, por supuesto. Ya sabes dónde está el baño.

—Bajaré a coger el petate —dijo incorporándose. Se puso el pantalón y la camisa y salió de la habitación cerrando la puerta.

Bella se estiró en la cama, vestida solo por la blanca sábana de algodón y una sonrisa.

No se atrevía a poner nombre a lo que había despertado en ella, pero sí sabía que era intenso, mucho más de lo que había sentido antes por nadie. Lo quería todo de él, de él que nada podía ofrecerle.

Pero la mera promesa de que la buscaría cuando todo acabase, por lejano que pareciese entonces, era lo único que mermaba un poco el dolor que sentía cuando pensaba en perderle. Quería disfrutar cada segundo, cada minuto a su lado y que aquella noche no acabase nunca.

Unas palabras acudieron a su mente de improviso, unos versos incompletos de John Keats que, aunque lo intentó, fue incapaz de reproducir. El poeta británico era uno de los favoritos de su madre y conservaba un tomo de su obra con gran cariño. Se incorporó de la cama desnuda y buscó en la estantería. "Esa forma, esa gracia, ese pequeño placer / del amor que es tu beso… esas manos, esos ojos divinos, / ese tibio pecho, blanco, luciente, placentero, / incluso tú mismo, tu alma, por piedad dámelo todo, / no retengas un átomo de un átomo o me muero". Releyó las líneas y suspiró. Jamás unas palabras habían cobrado tanto sentido como las que acababa de leer en aquel preciso momento.

—Me estoy enamorando de él y eso significa que estoy jodida —se dijo a sí misma dejando el libro de nuevo en el estante.

— ¿Quién coño es…? —la sorprendió su hermano entrando en la habitación como una tromba. Al descubrirla desnuda cerró los ojos con fuerza, escandalizado. Desandando los pasos hacia atrás resbaló con uno de sus zapatos y cayó de espaldas contra el suelo.

— ¡Emmet!

— ¡Mierda, Bella!, ¡¿qué haces en pelotas?! Mejor no me lo digas —pidió tratando de levantarse.

Ella se apresuró a envolverse en la sábana y le ofreció una mano, pero él aún con los ojos cerrados salió a gatas de la habitación y cerró tras de sí. Bella aprovechó para ponerse un largo blusón y unas bragas antes de abrir la puerta de nuevo.

—Pero ¿cómo entras así en mi cuarto? ¿Es que te crees que aún tenemos cinco años?

—Te lo he visto todo y esa imagen me va a martirizar por el resto de mis días.

—Gracias, es un consuelo saberlo. Aunque te recuerdo que yo te he visto a ti en una situación aún peor con Rose —dijo sulfurada. A pesar de la confianza que tenía con él, no dejaba de ser su hermano mayor y ni siquiera la había visto en ropa interior desde que habían dejado de ser unos críos.

— ¿Quién es el tipo que ha bajado a por sus cosas y está duchándose en nuestro baño?

—Dirás mi baño, te recuerdo que ya no vives aquí. Se llama Edward y es amigo mío.

— ¿De qué le conoces?

— ¿Y a ti qué te importa? Le conozco, me gusta y nos hemos acostado. Y no es la primera vez, ¿algún detalle más?

—Bella, ten cuidado.

—Sí, mamá ya me explicó lo de las abejas y las flores.

—Déjate de coñas. Yo creía que Jacob y tú…

— ¿Jacob? ¿Cómo sabes lo de Jacob? ¿Te lo ha contado él?

—Me lo ha contado Rose, sin querer. Lo cierto es que sospechaba algo, pero a ella se le escapó en mitad de una conversación.

—Vaya con los escapes. Lo mío con Jacob se acabó, está muerto y enterrado. No quiero volver a saber nada de él en toda mi vida.

— ¿Te ha hecho algo? —Bella apartó la mirada, incapaz de mentirle—. ¿Qué te ha hecho? Dímelo.

—Nada.

—Bella, o me lo dices tú, o voy a buscarle ahora mismo.

—Trató de sobrepasarse conmigo, pero Edward le puso en su sitio, tranquilo.

— ¿Trató de sobrepasarse?

—Ya está Emmet, te digo que Edward le paró los pies.

—De todos modos vamos a tener unas palabritas Ricky Martin y yo, voy a recordarle que eres mi hermana, por si lo ha olvidado.

—Haz lo que quieras.

—Y ese tipo, ¿qué? ¿Quién es? ¿Tenéis algo, no tenéis nada?

—Es complicado.

—Pues las cosas complicadas no suelen ser buenas.

—Al contrario, suelen ser las mejores. Deja de preocuparte, por favor.

—Lo intentaré, aunque no te prometo nada. Bueno, voy a bajar a ayudar a Rose con la comida antes de que asome con el cucharón de madera en mi busca.

—Ya me he enterado que os habéis arreglado.

—Despacio —admitió con una sonrisa—. Necesito espacio y tiempo, y ella se ha comprometido a dármelo.

—Me alegro mucho. Porque os merecéis el uno al otro.

—Gracias, pequeñaja —dijo antes de dar el paso que los separaba, dispuesto a abrazarla como ella esperaba, pero se detuvo—. No puedo hacerlo, no hasta que borre tus… imágenes de mi cabeza.

Se apoyó en el umbral de su dormitorio contemplando la puerta cerrada del baño. Podía oír el sonido del agua de la ducha y su imaginación echó a volar. Lo vio dentro, con el cabello bronce envuelto por la espuma que resbalaría por todas y cada una de sus formas, y qué formas… Todo un espectáculo que no estaba dispuesta a dejar pasar por alto.

En silencio abrió la puerta y se coló dentro del baño. Edward permanecía de espaldas, distinguía la silueta de su cuerpo a través de la cortina translucida de la ducha. El vapor era muy intenso y le otorgaba cierto aire de misterio a lo espía de tres al cuarto. No pensaba quedarse mirándole sin más, cerró el pestillo y se sacó el blusón y la ropa interior, dejándolos sobre el váter antes de descorrer la cortina de un tirón.

Ella creía que no la había oído, pero lo cierto es que estaba aguardándola desde que percibió la leve ráfaga de viento que había provocado al abrir la puerta. Su reacción fue agarrarla por los hombros y aprisionarla contra la pared de azulejos, bajo la cortina de agua.

Por un momento la expresión que Bella vio en sus ojos fue fría e impasible, pero la cambió de inmediato al enfrentarse a los suyos, sonrió y sus manos descendieron desde su cuello hasta sus pechos.

—No vuelvas a hacer eso.

— ¿Qué?

—No intentes sorprenderme por la espalda —advirtió a la vez que tomaba su pierna derecha y la encajaba en su cadera, abriendo la puerta al paraíso.

— ¿Por qué?

—Porque es peligroso, muy peligroso —dijo, presionando con su sexo en la entrada a su interior—. Promete que no lo harás.

—No.

—Promételo —exigió adentrándose despacio, percibiendo cómo ella se estiraba contra la pared.

—Lo prometo —dijo, ansiosa por volver a rendirse a sus caricias. Con Bella todo era sencillo, amar, entregarse, deshacerse entre sus piernas y recomponerse renovado, habiéndose impregnado de su esencia pura y delicada. Junto a ella el mundo tenía otro color, y él daría todo cuanto poseía por verlo desde su prisma por una sola vez.

—He conocido a tu hermano, Rose nos ha presentado —dijo secándose el cabello con una toalla, vestido por completo tras la tórrida ducha común.

— ¿Y bien?

— ¿Estás segura de que quieres que me quede a dormir?

— ¿Te ha dicho algo?

—No ha hecho falta. Creo que me ha radiografiado de pies a cabeza — confesó con una sonrisa que resplandeció por entre la barba rubia.

—Claro que quiero que te quedes a dormir. Mi hermano es un poco "especial" en cuanto a lo que a mis relaciones se refiere, pero no le queda otra que aceptar que ya no soy la niña que él piensa. Creo que pretende que me meta a monja.

—Eso sería un acto criminal —dijo tirando de ella, envuelta en una blanca toalla de algodón, para besarla.

— ¿No me imaginas de monja? Pues tú me llamaste buena samaritana.

—Son cosas distintas. Si te metieses a monja no podría volver a tenerte y eso sería como un billete al infierno —aseguró atravesándola con su mirada esmeralda, demasiado cerca de su boca.

Juntos descendieron los escalones al piso inferior entre juegos y bromas cómplices, hasta alcanzar la cocina.

— ¿Os quedáis a comer con nosotros? —preguntó Rose ataviada con un divertido delantal estampado con el torso de un gladiador romano, sin dejar de remover un guiso que olía de maravilla. Los ojos de Emmet le recorrieron de nuevo de pies a cabeza.

—No, tan solo venimos a por provisiones —advirtió Bella consciente de lo poco cómoda que podría resultar la sobremesa para Edward con su hermano como comensal. Tomó una botella de Lambrusco de la nevera, entregándosela, y metió dos pedazos de empanada del día anterior en el microondas—. Ahora vuelvo, voy a coger la cubitera.

— ¿Y hace mucho que os conocéis? —preguntó Emmet aprovechando la salida de su hermana.

—Un par de meses.

—No eres español, ¿verdad?

—No, soy norteamericano.

—Pues no tienes mucho acento.

—Gracias.

— ¿Cuántos años tienes?

—Treinta y dos.

—Vives en…

— ¿Vas a preguntarle también por la talla de su ropa interior o eso ya me lo dejas a mí? —intervino Bella—. Perdónalo, se debe haber pensado que está en comisaría. —El aludido le dedicó una mirada fría como el hielo. Cullen distinguía en él el velo de la autoridad, jamás podría negar que era policía, su postura corporal lo cantaba a los cuatro vientos.

—Tranquila.

—Bueno chicos, estaremos arriba y no os asustéis del ruido —bromeó, sabiendo lo mucho que irritaba a su hermano oírla hablar así. Rose le dedicó una amplia sonrisa, agitando el cucharón de madera en la mano como despedida.

—No deberías mortificar así a tu hermano —dijo antes de dar un bocado a su pedazo de empanada, tumbado en la amplia colcha blanca que utilizaban como mantel para aquel picnic interior improvisado.

—Tú no sabes lo que he tenido que aguantar yo en esa cocina como para que ahora se atreva a decirme nada. ¡Cada día había una chica de un país distinto! Liga mucho con guiris, bueno, ligaba.

—Sí, ya me he dado cuenta de que él y Rose están juntos.

—Estoy muy contenta por ellos, espero que les vaya muy bien, ambos se lo merecen. Rose está loca por él desde el instituto, incluso se apuntaba a clases extraescolares para verle más tiempo.

—La adolescencia es una época de emociones muy intensas.

—La nuestra lo fue, sin duda. Guardo unas cintas grabadas de un trabajo del instituto que me muero de vergüenza de ver. Teníamos la edad del pavo.

—Me encantaría verlas.

—Sí, claro. Cuando tú me enseñes una tuya.

—No tengo trabajos del instituto en vídeo, en realidad creo que no tengo ningún vídeo de aquella época, aunque puede que aparezcamos Jaz o yo en alguna cinta de las que grababan en Brakes and Wheels con las promociones de verano.

— ¿Qué es Brakes and Wheels?

—Era un taller de vehículos en el que trabajábamos por las tardes para ganar algo de dinero, el tratamiento de nuestra madre era muy caro y los seguros médicos no lo cubrían por completo.

—Vaya.

—Fue allí donde me inicié en la reparación de vehículos: automóviles, embarcaciones, motores, etc… Fueron habilidades que después desarrollé en los SEALs. Aún recuerdo a Jaz sentado en el mostrador escribiendo cartas de amor a Alice a escondidas.

—Que tierno.

—Yo pensaba que se había vuelto idiota. Dos cartas por semana, ¿cómo podía tener tantas cosas que contarle? —Dio un sorbo a su copa de vino espumoso—. Fue muy duro para él regresar a Jacksonville.

—Lo imagino.

—Aún más por el motivo por el que lo hacíamos. Nuestra vida cambió por completo. Mientras nuestros compañeros de instituto iban al fútbol o al béisbol, nosotros teníamos que trabajar o ayudar a mi padre a lavar a mamá, prepararle la fruta triturada o cambiarle el pañal. Jamás olvidaré el día en que mi tutora del último curso llamó a mi padre para hablar con él sobre mi futuro, estaba empeñada en que debía ir a la universidad, decía que si no lo hacía estaría desperdiciando mi talento, pero yo sabía tan bien como él que no podíamos permitírnoslo aunque trabajase día y noche en el taller. Pero bueno, ya está bien, hablemos de algo más alegre, ¿qué ha sido de tu vida estos meses?

—Nada especial: he ido al trabajo, he vuelto, he quedado con algunas amigas. No ha sucedido nada nuevo. Bueno, a excepción de que al fin hemos vendido la casa del… —Su sonrisa ladeada mientras la escuchaba dando un sorbo de su copa encendió la bombilla dentro de su cabeza—. ¡Has sido tú! ¡Tú has comprado la casa!

—No. Eso no es cierto. Yo solo le comenté a un amigo de Eleazar que buscaba una propiedad en España que había un precioso chalé en Los Palacios que…

—Oh, Edward, gracias —dijo tirándosele encima y haciéndole caer de espaldas. Le besó en los labios una y otra vez—. ¿Y cómo supiste cuál era la propiedad?

—De eso se encargó Jasper, que tiene muchos más contactos que yo. Él es capaz de encontrar la aguja en el pajar.

—Pues dale también las gracias a él de mi parte. Nos habéis salvado, ahora al menos podremos vivir con dignidad.

Edward la contempló mientras dormía, la expresión relajada de su rostro que descansaba sobre su pecho, con su aliento haciéndole cosquillas en los labios y sus piernas entrelazadas con las suyas. Se dijo que no debía dormirse, que pasaría toda la noche despierto, disfrutando del peso de su cuerpo y el aroma de su piel, pero no pudo evitar caer rendido.

Unas palabras la despertaron.

Edward hablaba en sueños, repitiendo algo así como date prisa en inglés, y se movía, se agitaba entre las sábanas a su espalda. Se volvió para intentar calmarle y le acarició la mejilla.

—Tranquilo, es solo una pesadilla —susurró, sin embargo no despertaba, se movía y repetía esas palabras. Hurry up, hurry up—. Vamos, tranquilo —dijo pasándole una mano por la frente. Pero entonces la agarró del cuello con ambas manos y la empujó contra el colchón con fuerza. Bella no podía ver sus ojos, pero sabía que estaba dormido.

—Edward, Edward, despierta —balbució. Sabía que los pulgares contra su tráquea eran un arma letal y trató de tirar de sus brazos para apartarlos, pero parecían dos columnas de metal, inamovibles—. Despierta, por favor.

— ¿Bella? —Dudó, y la soltó de inmediato—. Oh, Dios santo, Bella, ¿estás bien?

—Sí, tranquilo. Estoy bien.

—Jesús —masculló apartándose de su lado y bajando de la cama. Ella encendió la luz de la lamparita—. No quería dormirme, no quería…

—Chsss, habla más bajo, no sé si mi hermano se ha quedado en casa —pidió —. ¿Por qué no querías dormirte?

—Tengo pesadillas y me asustaba hacerte daño, y ya ves que con razón.

— ¿Pesadillas? ¿Qué tipo de pesadillas?

— ¿Acaso importa? Lo único importante es que he estado a punto de…

—No me has hecho nada, no eres el primer hombre que habla y se mueve en sueños.

— ¿Y si te hubiese roto el cuello?

—No lo has hecho. Deja de pensar en lo que podría haber sucedido porque no ha pasado. Te he llamado y has despertado. Una vez en vacaciones mi hermano me dio un codazo en un ojo mientras dormíamos y hasta tuve que ir al hospital, y fue sin querer. Es lo mismo.

— ¡No puedes justificarlo todo!

—Cuando estuvimos en Los Caños, no dormiste, ¿verdad? —Él desvió la mirada como respuesta—. Lo sabía.

—Ha sido un error quedarme, será mejor que me marche —dijo, y empezó a recoger sus cosas.

— ¿Te vas a marchar así? ¿De madrugada? ¡Son las cuatro de la mañana! — afirmó comprobando la hora en el reloj despertador.

—No te preocupes más por mí, Bella, por favor.

—Pero ¿cómo no voy a preocuparme si pretendes largarte a las cuatro de la mañana?

—Tranquila. —Se aproximó a besarla, pero ella giró el rostro negándole el beso.

—No puedes marcharte así como un fugitivo en plena noche.

—Créeme, es lo más seguro para ti.

— ¿Lo más seguro para mí? Deja de hablar como si fuese una idiota incapaz de decidir por mí misma lo que me conviene.

—No lo entiendes, eres lo mejor que me ha pasado en los últimos diez años de mi vida y por eso debo protegerte, incluso de mí mismo. Ojalá nuestros caminos puedan volver a cruzarse algún día —dijo dejándola a solas en la cama, con el corazón latiendo a galope tendido y los puños apretados por la rabia.


¿Que crees que pasara en el siguiente capitulo?

Reviwes...?