DISCLAIMER: la historia no me pertenece, los personajes son de Stephanie Meyer y la trama es de un libro el cual será dicho al final de esta historia, yo solo me adjudico la adaptación

Bella Swan es enfermera del equipo de urgencias del 061 de Sevilla. Su vida transcurre entre el trabajo y su relación secreta con Jacob Black, el mejor amigo de su hermano y médico de su equipo, relación que este no parece dispuesto a formalizar. Edward Cullen, miembro del equipo alfa del Team Six de los Seals, acaba de regresar de Afganistán. Su vida y la de Bella se cruzan tras ser apuñalado en la calle. Se trata de un hombre joven, corpulento, con una poblada barba rubia y unos espectaculares ojos azules. Un hombre cuyo torso y alma están marcados por profundas cicatrices. Desde ese encuentro, Bella no podrá dejar de pensar en el americano. Pero Edward se prohibirá a sí mismo sentir algo por la joven enfermera. Está a punto de enfrentarse a la misión más importante de su vida y, por nada del mundo, quiere ponerla a ella en peligro. Los Vulturi son la más peligrosa organización criminal de toda Europa. Son salvajes, despiadados, se financian con la prostitución y el tráfico de seres humanos, y Bella está a punto de caer en sus redes, sin imaginar las consecuencias.


19 - Los Naranjos

Varios coches circulaban por la carretera en ambas direcciones.

Bella puso el intermitente y aparcó frente a la entrada de la envasadora de aceitunas.

Miró la dirección que llevaba escrita en un papel: «Finca La Paloma, Urbanización Roalcao, Espartinas, carretera de Sevilla-Huelva, kilómetro 15».

El trayecto había durado apenas treinta minutos, más de lo que había tardado en obtener la dirección.

Se había dirigido al centro de salud de San Luis, donde trabajaba su amiga y compañera de promoción Caro, y le había pedido que le permitiese el acceso al programa del servidor general del Servicio de Atención Sanitaria, con la excusa de que al estar de vacaciones no tenía acceso a su tablet y necesitaba obtener los datos de una cita de especialista para su amiga Rose, quien supuestamente habría perdido el documento.

Caro le cedió el ordenador del departamento de vacunación, vacío a tan temprana hora, y Bella accedió con su clave personal como empleada del sistema andaluz de salud, cruzando los dedos al buscar en la base general de datos a una niña llamada Rennesme, nacida en el año 2009, con el segundo apellido Sutherland, el primero de su abuela Victoria Sutherland, pues imaginaba que al carecer de padre debía llevar los de su madre. Bingo. Por suerte, Rennesme no era un nombre demasiado común.

Solo había tres niñas en toda Andalucía que concordasen con esos parámetros, y solo una de ellas tenía como última residencia una localidad sevillana, Espartinas.

También había conseguido un número de teléfono móvil y había descubierto al revisar su historial que solo había acudido una vez al médico en los últimos meses.

Fue un episodio de urgencias por un traumatismo craneoencefálico tras caer por una escalera seis meses atrás, aunque al parecer no tuvo mayores consecuencias según el médico que la atendió en el centro de salud. Después de aquello, no constaba nada más en su historia clínica.

Abrió la puerta del coche, bajó y caminó hacia el cruce frente al cual había un portón de hierro que protegía la entrada a una finca a la que se accedía a través de un largo camino de albero compactado.

Atravesó la carretera con intención de mirar a través de la alambrada, pero un vehículo oscuro se detuvo a su lado con brusquedad.

—Sube al coche —ordenó Edward abriendo la puerta del copiloto. Ella, recuperándose de la sorpresa, le obedeció. El vehículo comenzó a alejarse en dirección a Sevilla—. ¿Se puede saber qué coño haces? —le espetó furioso. Aunque no podía ver sus ojos, ocultos tras las gafas de sol espejadas, podía imaginar que echaban chispas.

—Solo quería…

— ¿Cómo has conseguido esta dirección? ¿Cómo?

—Busqué en el centro de salud y…

— ¡Te dije que te alejaras, joder! ¡Que lo olvidaras todo! —Gritó fuera de sí, dando un puñetazo al volante—. ¿Es que no me escuchas?

—No, no te escucho. No escucho a los tipos que me gritan, así que haz el favor de parar el coche que me bajo —respondió enfadada.

Edward dio un frenazo, haciéndose a un lado de la carretera.

—Esto no es… —Consciente de que aún mantenía el tono de voz elevado trató de calmarse antes de proseguir—: Bella, esto no es un juego.

—No pienso que lo sea —dijo agarrando el tirador de la puerta, dispuesta a apearse en mitad de la carretera.

—Hay cámaras que apuntan a la entrada. Hay vigilancia las veinticuatro horas del día en esa puerta. Necesito… —inspiró hondo recuperando la calma por completo—. Necesito que estén confiados, que no sospechen nada, no puedo permitir que se pongan nerviosos al verte merodeando por allí.

—Lo siento. Pensaba que si lograba hablar con esa chica, verla, podría saber si está contra su voluntad o no.

—No vas a poder acercarte a ella. Nadie puede. ¿Has descubierto algo más?

—Sí, que la niña solo ha acudido una vez al médico desde que residen en Sevilla. Se cayó por unas escaleras hace seis meses, sin consecuencias graves.

—Bien.

—No. No está bien. Es muy extraño que una niña tan pequeña no haya acudido al pediatra en todo el invierno, que no se haya resfriado, no haya tenido anginas, gastroenteritis, nada por lo que hubiese necesitado ir al médico.

—Quizá tengan un seguro privado.

—Eso espero.

—Perdóname por haberte gritado.

—Perdóname tú por no haberte hecho caso, no pensé en las consecuencias. Lo siento, de veras.

—Está bien. Voy a llevarte a casa, dentro de un par de horas pediré un taxi y vendré a recoger tu coche.

—Y ¿mientras, qué harás?

—Déjalo estar, por favor.

—No puedo, Edward.

—La culpa es mía, solo mía. No debí contarte nada, no debí volver a verte.

— ¿Tanto te cuesta entender que estoy preocupada por ti?

—Pero ¿por qué? Sé lo que hago.

— ¡Porque no quiero que te pase nada malo! —Aquellas palabras cambiaron su expresión, su preocupación le enternecía. Sonrió y le acarició la mejilla. Bella acunó el rostro en su mano, cerrando los ojos.

—Sé lo que hago, de verdad, deja que me encargue de todo —pidió, y aproximándose a ella la besó en los labios con dulzura. Un beso lento y paladeado que hizo brotar un millón de emociones en su pecho—. Gracias por preocuparte por mí.

—Está bien, me quedaré en casa aguardando noticias. Solo dime una cosa: ¿piensas espiarlos? ¿Para eso estabas aquí?

—Estaba aquí porque voy a seguirlos para tratar de hallar una brecha en su seguridad por la que tener acceso a ella sin ponerla en peligro.

—Y sin ponerte en peligro tú.

—Y sin ponerme en peligro yo. Tranquila, no será muy complicado, siempre sigue la misma rutina, va a los mismos lugares, los mismos días, solo tengo que buscar la oportunidad adecuada.

— ¿Qué lugares?

—Tiendas, un spa.

— ¿Qué tiendas?

—No voy a decirte de qué tiendas se trata para que acudas a ellas.

—Edward, solo quiero ayudarte. No iré a ninguna de ellas. —Él enarcó una de sus cejas trigueñas, desconfiado—. Te lo prometo.

—Hace demasiado tiempo que nadie me promete nada y más aún que no confío en una promesa.

—Pues las mías son sagradas. Creo que puedo ayudarte dándote información de los sitios si es que los conozco, cómo están distribuidos, de qué forma acceder a ellos, no sé, cualquier cosa. Te doy mi palabra de que no intervendré, a menos que me lo pidas.

—Una boutique llamada Sol del Guadalquivir.

—No me suena de nada. No tengo ni idea de dónde está.

— Dolce Híspalis.

—Sé dónde está y sé que también es una tienda exclusiva, pero nunca he entrado, lo siento.

—El McDonald' s del centro comercial Aljarafe.

—Sí he estado, varias veces, es como cualquier McDonald' s un edificio independiente y poco más. Vaya, sí que estoy siendo de ayuda.

—Y un spa, Los Naranjos.

— ¡Conozco a alguien allí! —Dijo con la mirada iluminada—. Bueno, en realidad yo no, sino Rose. Una antigua compañera del supermercado en el que trabaja es esteticista en Los Naranjos.

— ¿Sí? Tanya suele acudir a las doce y media y sale entorno a la una y veinte.

—Qué informado estás.

—He hecho mi trabajo.

—Puedo llamar a Rose y pedirle que hable con su amiga para que intente conseguir que te permita acceder a Tanya. Estoy segura de que sus escoltas no entrarán con ella en la cabina de tratamiento.

—Rose no puede saber nada de esto.

—Le diré que no puedo explicarle por qué y aun así lo hará. Créeme.

— ¿Y con qué excusa?

—Eso déjaselo a ella, es un hacha inventando historias. Estoy segura de que es capaz de conseguirlo.

—No sé. No me convence.

—Déjame intentarlo. Estoy segura de que conseguiremos que puedas hablar con ella a solas. ¿Tienes alguna idea mejor? —Él se removió incómodo en el asiento y la ausencia de respuesta fue una victoria silenciosa para Bella. Le miró un instante, en silencio—. Edward, anoche, cuando te marchaste de casa tras ese sueño, ¿yo formaba parte de tu pesadilla?

— ¿Qué? No, no pienses eso. ¡En absoluto! —Respiró aliviada al oírle—. Tengo esas pesadillas desde que Cricket sufrió el accidente con la granada.

— ¿Soñabas con ese momento?

—Con ese momento, con otros similares. Los sueños son demasiado reales y mis reacciones también. Temía hacerte daño, por eso me marché, no pienses que fue otra cosa, por favor, tú no tienes nada que ver en ellos. Ojalá pudiese soñar contigo, serían sueños muy dulces, estoy convencido —sugirió acariciándole la mejilla, seductor.

Sus palabras la reconfortaron. Había temido formar parte de sus pesadillas, ser un elemento perturbador más en ellas, y la hacía muy feliz que no fuese así.

Condujeron hasta el centro de la ciudad donde se hallaba el Spa Los Naranjos, dentro del hotel del mismo nombre.

Le he dicho a mi amiga Ana que vais a darle una sorpresa a la chica. Que tu amigo, al que he llamado Anthony, es un chico con el que su familia no quiere que se vea, por lo que no debe decir nada. Ella me ha contado que esa chica siempre lleva dos acompañantes con pinta de matones. Bella, no sé qué os traéis entre manos, pero espero que no sea nada peligroso. Ana os dejará pasar primero a la cabina de masaje para que cuando ella llegue podáis hablar a solas. Eso sí, me ha advertido que si tú no entras con él, se niega a dejar a la chica a solas con un tipo al que no conoce. Os estará esperando en el parking a las once y os hará pasar sin que nadie os vea. Le he jurado que no va a meterse en ningún lío, espero que sea así

—No me gusta. No me gusta que tu amiga se involucre en esto, ni que la amiga de tu amiga nos identifique. Pero sobre todo no me gusta que tengas que entrar también tú, que Tanya vea tu cara y pueda recordarla si algo sale mal.

—Verá mi cara solo un instante, no sabrá quién soy, no la he visto en toda mi vida y probablemente no vuelva a verla. Es la oportunidad más segura que tienes de hacerlo sin ponerte en peligro tú ni exponerla a ella. Confía en mí.

Ana, la joven esteticista la saludó con un par de besos en las mejillas, ambas se conocían desde hacía años y, aunque no eran íntimas, habían compartido algunos momentos y conversaciones en distintas celebraciones, rupturas o cumpleaños de la amiga que tenían en común.

—Rose me ha dicho que ha vuelto con tu hermano —dijo con una sonrisa—. Espero que les vaya bien.

—Sí, yo también lo espero, me tienen un poco entre la espada y la pared cuando discuten.

—Ya, lo imagino.

—Ana, él es Anthony, el amigo del que Rose te ha hablado.

—Sí, ya me ha contado que quiere declararse sin que la familia de la chica lo sepa, ¡es tan emocionante! —Dijo con los ojos brillantes de ilusión—. Tranquilos que nadie lo sabrá, he enviado a mi compañera a desayunar para que no os vea entrar y seré yo quien vaya a buscaros cuando la joven se marche y os acompañaré hasta la puerta de atrás. Ay, ¡qué bonito es el amor!

Otra que lee novelas románticas, pensó Bella mientras entraban en las instalaciones del spa.

La joven le entregó a Bella la parte de arriba de un uniforme negro con los filos dorados en el que podía leerse el emblema del establecimiento, ella entró en el vestuario, un instante, para ponérselo sobre su camiseta de tirantes, y siguieron los pasos de la joven que les guio por los pasillos del complejo de relax. Cruzaron frente al mostrador de recepción, vacío en ese momento, y atravesaron una sala de espera con sillones de mimbre y cuero.

—Por esa puerta se accede a la piscina termal y por esta a las cabinas de tratamiento. Vosotros dirigíos a la cabina número tres y pasáis dentro como si tú fueses a darle un masaje a él. ¡Qué emoción! Ya me contaréis si ha respondido sí o no.

—Muchísimas gracias, señorita, no sabe lo importante que es para mí —dijo Edward mirándola fijamente. La joven sonrió de oreja a oreja mirándole con detenimiento.

—Mi pareja tiene doce años más que yo. Así que sé lo que es estar enamorada y que nadie te entienda —confesó con una última sonrisa antes de abrir la puerta ante ellos.

De repente, Bella sintió una punzada de celos, una punzada que incrementó su intensidad a cada paso. ¿Y si Edward, al tenerla frente a sí después de tanto tiempo, se daba cuenta de que sentía algo por Tanya? ¿Y si se enamoraba de aquella mujer que, además, era la madre de su hija? Caminó en silencio seguida por él.

Llegaron hasta la cabina número tres y cerraron la puerta de cristal translúcido tras ambos.

Era un cuarto pequeño, apenas doce metros cuadrados en los que había una camilla, una pequeña mesa de madera con toallas y una estantería con velas aromáticas encendidas con olor a jazmín, y diversos aceites de masajes. Al fondo, una pared incompleta escondía una ducha a ras de suelo.

—Será mejor que cuando llegue estés escondido ahí atrás, yo le diré que hay alguien que quiere hablar con ella, para ir preparándola.

—Esto es una locura, Bella. No debí permitir que me convencieses de hacerlo. ¿Y si se pone a gritar como una histérica al verme? ¿Y si acabamos a tiros encerrados en este cuchitril? —dijo sacando la pistola semiautomática que escondía a su espalda y quitándole el seguro.

— ¿Llevas una pistola?

—Claro, ¿cómo si no haría frente a un posible ataque? Es mejor que te vayas, sal por la salida de emergencia. Esa joven, Ana, no tiene por qué saber que te has ido.

— ¿Estás loco? Tanya aún tendrá ganas de despellejarte por haber desaparecido así de su vida. Si es necesario, yo me interpondré entre ella y la puerta para que puedas hablarle.

—No me gusta…

—Eso ya lo has dicho, pero es la mejor opción. ¿Qué pensabas hacer si no? ¿Cómo ibas a acercarte a ella? ¿En qué piensas? —preguntó al distinguir su mirada perdida.

—Pienso en que ojalá te hicieses una idea de lo peligroso que es todo esto para ti, de lo culpable que me siento por haberte involucrado y haberte puesto en peligro.

—Tú no me has puesto en peligro, no estoy en peligro.

—Aún no, pero como algo salga mal… —decía dando vueltas nervioso, como una fiera enjaulada. Una fiera terriblemente sexy, tan serio, con la mirada perdida.

—Todo va a salir bien, sé el riesgo que corro y lo asumo.

—No lo sabes, Bella. Ese es el problema, que no lo sabes, ni siquiera lo imaginas —dijo acariciando reflexivo su mentón cuadrado.

La luz tenue del habitáculo se reflejaba en su cabello arrancándole brillos dorados y no pudo evitar pensar que haría cualquier cosa por él, por asegurarse de que estaba a salvo, aunque para ello pusiese en riesgo su propia vida. Los minutos transcurrieron en silencio. Él permanecía concentrado, como si repasase en el interior de su mente cada paso que iba a dar en cuanto aquella puerta se abriese. Bella le observaba a cada rato, cruzando los dedos en el interior de los bolsillos del uniforme, rogando para que aquel encuentro saliese bien, aunque ni siquiera supiese lo que eso significaba.

—Si ella decide marcharse contigo…

—Me encargaré de sacarlas de allí. Estoy dispuesto a todo por alejarlas de ese tipo, ya te lo he dicho.

—A todo.

—Ya hablamos de eso. Mis sentimientos no importan en este momento, solo ponerlas a salvo.

— ¿Y cuáles son tus sentimientos, Edward? ¿Eres capaz de ponerles un nombre?

— ¿Lo eres tú? —respondió observándola con fijeza. Ella fue incapaz de sostenerle la mirada—. Cuando tú seas capaz de hacerlo responderé a tu pregunta.

—Eso no es justo.

—La vida no lo es.

Bella sintió rabia.

Le gustaría poder decirle que estaba enamorándose de él, que le gustaría pasar cada minuto de cada hora a su lado, conocerle tan íntimamente como ni él mismo lo hacía. Pero temía su reacción.

No quería arriesgarse a ser quien diese ese primer paso por miedo a estrellarse contra una pared de hormigón. Fue el miedo el que le impidió confesarle que, en realidad, sí sabía cómo calificar lo que sentía. Alguien se acercaba caminando.

Bella hizo una señal a Edward, que se escondió tras la pared de la ducha. La puerta de cristal se abrió y por esta entró una joven morena con el cabello muy lacio, largo hasta la cintura. Era delgada, un palmo más baja que ella. Sus ojos eran grandes y oscuros, rodeados por larguísimas pestañas, sus labios finos, y tenía un hoyuelo en la barbilla. No pudo evitar pensar que era una belleza.

—Buenas tardes. Ana me ha dicho que eres nueva.

—Buenas tardes. Sí, mi nombre es Bella —dijo, mientras la joven cerraba la puerta tras de sí. Iba ataviada con un largo albornoz blanco y zapatillas de tela de toalla que debían haberle entregado en la recepción.

—Espero que me hagas el tratamiento tan bien como Ana —indicó, y entonces se abrió el albornoz, bajo el que no llevaba nada a excepción de un minúsculo tanga negro, y lo colgó en una de las perchas de la pared. Bella, intimidada por la situación caminó hasta ponerse entre la puerta y la joven desnuda.

—Tanya.

— ¿Sí?

—Mi nombre es Bella, pero no soy esteticista. Estoy aquí porque hay alguien que necesita hablar contigo.

— ¿Qué? ¿Quién quiere hablar conmigo? —preguntó acercándose a la pared en busca del albornoz.

—Yo —dijo Edward apareciendo de repente, sorprendiéndola. Sus ojos recorrieron su desnudez con sorpresa mientras ella se cubría veloz.

—Escúchale, por favor.

— ¿Qué haces tú aquí? —preguntó con los ojos fuera de las órbitas. Bella abandonó el gabinete a toda velocidad, permaneciendo en el pasillo y aguardó fuera, junto a la puerta.

— ¿Qué haces tú aquí? —preguntó de nuevo Tanya, como si no terminase de dar crédito a que él estuviese ante ella.

Cullen reconoció un cambio significativo en su aspecto, estaba mucho más delgada, sus facciones eran más angulosas y a pesar de que habían transcurrido siete años desde la última vez que la vio, por sus rasgos físicos parecía incluso menor.

—Tu madre está preocupada.

— ¿Mi madre? —preguntó, y su expresión cambió al oírle, sus ojos se nublaron un instante, pero pronto recuperó la compostura.

—Sí, ella se puso en contacto conmigo porque está preocupada por vosotras.

— ¿Y cómo te ha encontrado?

—Eso no importa ahora. ¿Por qué no me lo contaste? ¿Por qué no trataste de buscarme para decirme que tenía una hija?

— ¿Es que eso hubiese cambiado algo? Tú no me querías, por eso desapareciste y no quisiste volver a saber nada más de mí.

—Tanya sabes que lo nuestro fue algo fugaz. Lo pasamos bien y nada más. Después de ese verano estuve meses sin poder comunicarme con nadie, ni siquiera con mi familia, y mi vida cambió de un modo tan radical que fue como si mi pasado no existiese.

—Por eso, tu pasado no existía y yo y mi hija éramos parte de él.

— ¡Esa niña no podía formar parte de mi pasado cuando ni siquiera sabía que existía! —La taladró con la mirada—. Sé con quién estás Tanya.

— ¿Ah, sí? ¿Y a ti que te importa?

—Me importa porque ese hombre no es la mejor compañía para criar a una niña.

— ¿Y tú si lo eres? Apareces ahora, después de siete años, escondido en un centro de masajes, ¿para qué? ¿Eh? ¿Para reclamar tus derechos como padre?

—Tengo derechos, claro que los tengo.

— ¿Qué derechos?

—Los que mi desconocimiento me ha impedido ejercer. Yo solo quiero que la niña crezca lejos de ese tipo.

—Ese tipo, como tú lo llamas, ha pagado la comida, la ropa y las medicinas de tu hija, ¿dónde estabas tú cuando nos hiciste falta?, ¿eh? Olvídanos —dijo y trató de abrir la puerta, pero él se lo impidió interponiéndose a su paso.

—No puedo hacerlo. No voy a olvidarme. Aunque me odies, aunque no quieras saber nada de mí, yo quiero asegurarme de que la niña…

— ¡La niña está muerta!

— ¿Qué?

—Nuestra hija, esa niña, a la que no has conocido y por la que tanto pareces preocuparte ahora, ¡está muerta! Se cayó por unas escaleras. Al principio los médicos creyeron que no era nada, pero tenía el cráneo fracturado y murió en el Grace Hospital unos días después —dijo con la voz rasgada por las lágrimas que recorrían su rostro.

—No puede ser cierto.

—Podríamos haber sido muy felices, Edward, yo estaba loca por ti, te quería como jamás he querido a nadie, ojalá tú me hubieses querido también a mí. — Lloraba, sosteniéndose contra la pared. Él trató de dar un paso hacia ella pero Tanya alzó una mano interponiéndola entre ambos—. Deja de preocuparte, vuelve a tu maravillosa vida y olvídate de nosotras para siempre —proclamó antes de salir de la habitación.

...

Bella había escrito su número de teléfono en una de las tarjetas de visita del spa con un lápiz de ojos negro que encontró en el bolsillo del uniforme. No había podido entender nada de la conversación que se había producido en el interior, tan solo había oído que hablaban, que parecían discutir, pero esperaba que la joven hubiese entendido los motivos de preocupación de Edward.

Al menos no la había oído gritar pidiendo auxilio y eso ya era un signo positivo.

Cuando Tanya salió de la habitación con tanta premura, la agarró del brazo tratando de retenerla para hablar con ella.

—Suéltame.

—Escúchame, no te conozco, pero sé lo que es estar atada a alguien que no te merece, se puede escapar de eso, créeme, pero hay que ser muy valiente.

— ¿Quién coño eres tú? ¿Una asistenta social?

—Por favor, créeme, hay salida para lo que estás viviendo —dijo tratando de entregarle la tarjeta con su número teléfono, pero como apartó la mano la introdujo en el bolsillo de su albornoz—. Edward solo intenta ayudaros.

—Pues llega tarde. Siete años tarde.

—Nunca es tarde, llámame si necesitas ayuda, por favor.

La joven le dedicó una intensa mirada de desprecio mientras se alejaba caminando veloz, atravesando la puerta del pasillo que comunicaba con la zona de recepción y vestuarios. Segundos después él abandonó la habitación.

— ¿Qué ha pasado? ¿Qué te ha dicho?

—Vámonos —pidió, recorriendo el pasillo en dirección contraria.

— ¿Adónde vas? Tenemos que esperar que venga Ana para salir.

—Me largo.

—No puedes, no podemos —advirtió, pero él, deteniéndose frente a la puerta de emergencia, la abrió de un empujón. Le siguió a la calle, cerrando con cuidado.

— ¿Qué ha pasado? Cuéntamelo, por favor.

—Sube al coche —exigió cuando alcanzaron el vehículo estacionado.

— ¿Es una orden?

—No, lo siento. Sube al coche, por favor. —Le obedeció. Arrancó el motor y se alejaron a toda velocidad.

— ¿Vas a contármelo de una vez o no? ¿Adónde vamos?

—Te llevo a casa. Dame las llaves de tu coche.

— ¿Para qué?

—Dentro de un rato iré a por él, lo aparcaré frente a tu casa y meteré las llaves en el buzón.

—No voy a dártelas. Voy a ir allí y me voy a poner a hacer el pino ante las cámaras de seguridad. Lo haré, te prometo que lo haré si no me cuentas ahora mismo qué es lo que ha pasado ahí dentro. ¿Por qué me ha dicho que es demasiado tarde para ayudarlas?

—Porque la niña está muerta, ¿vale? Mi hija está muerta.

— ¡¿Qué?! —Bella no podía dar crédito a lo que acababa de oír.

La mirada de Edward parecía fría y distante, pero le conocía lo suficiente como para saber que tan solo era una máscara con la que trataba de ocultar el dolor que estaba sintiendo.

—Murió después de golpearse en la cabeza al caer de una escalera, tal y como averiguaste. Tanya dice que en principio los médicos creyeron que no era nada, pero que después resultó ser una fractura de cráneo y murió en el hospital Grace Hospital días después.

— ¿En el Grace Hospital? Edward, en el registro que he consultado para descubrir su paradero, no constaba ni un solo informe del hospital, podría haber cometido un error, pero ¿no vas a comprobar si es cierto?

—Claro que lo haré. Pero ¿por qué iba a mentirme? Además, ella no sabía que tú habías averiguado que sufrió ese traumatismo y sin embargo su versión coincide.

—Quizá tiene miedo de que trates de quitarle a la niña.

—Había tanto dolor en su mirada… Apenas puedo reconocerla, parece una mujer distinta.

—Han pasado siete años, es normal que la encuentres distinta.

—Si lo que me ha contado es cierto no hay nada más que pueda hacer. Hablaré con su abuela y le daré la terrible noticia, no tiene sentido que esa pobre mujer pase lo que le queda de vida anhelando a alguien que no va a volver.

— ¿Crees que es lo mejor?

—Si la niña está muerta no tiene sentido que la aguarde, es mejor que mantenga vivo su recuerdo sin más. Al menos ellas tienen eso, su recuerdo, yo ni siquiera sabré nunca como era el tono de su voz —masculló en voz baja. Bella le observó. Había bajado la guardia un instante, pero pronto carraspeó, retomando su papel de tipo duro, y la miró a los ojos—. Dame las llaves del coche, prefiero que no te acerques por allí, y menos ahora que ella te ha visto la cara.

—Está bien —dijo buscándolas en el bolsillo de sus vaqueros y entregándoselas—. Lo siento mucho.

—Gracias.

El resto del trayecto se produjo en el más absoluto silencio. Ambos inmersos en sus pensamientos.

— ¿Volveré a verte o a saber de ti al menos? —preguntó antes de bajar del coche, detenido en la puerta de su casa.

—Sí, claro. Pero necesito tiempo, tiempo para comprobar si es cierto, para asumirlo si es así…

—Por supuesto, es lógico.

—Pero volveremos a vernos, te lo prometo —aseguró aproximándose, y la besó en los labios.

—Está bien. Me voy —dijo resistiéndose a bajar del coche.

—Hasta mañana, nena.

— ¿Hasta mañana?

—Hasta mañana. Sea cuando sea, no voy a decirte adiós, nunca —dijo antes de volver a besarla, avivando las llamas que le abrasaban el pecho.

—Hasta mañana —repitió para sí, dedicándole una sonrisa forzada antes de entrar en casa.

La serenidad de Edward le había roto el corazón y, si se detenía un segundo a imaginarle solo en la habitación del hostal tratando de manejar su dolor, terminaba por deshacerse en mil pedazos.

Al entrar en casa, se tumbó en el sofá, estaba triste y exhausta.

El cuerpo desnudo de Tanya acudió a su mente. Era muy delgada y muy guapa, pero sus ojos negros parecían tan tristes que apagaban gran parte de su belleza. O al menos eso quería pensar, pues saber que él la habría visto así, casi desnuda, la hacía temer que esta imagen despertase lo que un día sintió por ella. Con rabia, le dio una patada a un cojín del sofá que había caído al suelo y este volcó la lámpara de pie haciendo que la tulipa de flores se estrellase contra el suelo.

Se levantó veloz a comprobar su integridad. Por suerte no le había sucedido nada. Pensó que era egoísta por no sentir lástima por Tanya, pero no podía hacerlo, porque cuanto más lo pensaba más se convencía de que les estaba mintiendo. Definitivamente, esa niña no podía estar muerta. No sería la primera vez que alguien fallecido aparecía aún en los registros, aunque no le cuadraba lo más mínimo que no apareciese el informe de ingreso en el hospital. Desconocía el motivo por el que Tanya había podido mentir, pero era una mentira fácil de comprobar y probablemente a Edward no le costaría más que un par de días averiguar si existía partida de defunción o no.

Se tumbó en el sofá de nuevo y sintió cómo el cansancio la invadía de golpe.

—Eh, tú, Blancanieves, despierta que el príncipe no va a venir a darte el besito. ¿A que no has hecho nada para almorzar? —La despabiló Rose, se había quedado adormilada—. Es lo que tiene pelearse a las cuatro de la mañana, que se arrastra el sueño todo el día.

—Lo siento.

—Ea, pues a ver al chico de la chupa roja otra vez —sentenció tomando el teléfono para solicitar una pizza a domicilio. Hizo el pedido de memoria, sabedora de los gustos de su amiga, y regresó junto a ella—. Vas a contarme qué ha pasado y te advierto que no es una pregunta. Me ha dicho Ana que os habéis marchado sin decir ni adiós.

—Lo sé, y lo siento.

—Déjate de tantos lo sientos que pareces un alma en pena, y empieza a largar por esa boquita —exigió sentada sobre la pequeña mesita de madera frente al sofá.

—Es complicado.

—Tú empieza, sin miedo.

—Edward tuvo una relación en el pasado con una chica.

—No me digas que el tema va de exnovias que me pongo a hacer palomitas en el microondas.

—Rose, que esto es serio.

—Y tanto, estás celosa como una mona.

— ¡Rose! No estoy celosa. Y como sigas interrumpiéndome no te lo cuento. Además, sé que Edward me mataría si supiese que estoy largándote esto.

—No se enterará, tranquila. —Su amiga hizo la señal de cerrar la boca con una cremallera. Bella sonrió resignada.

—Esa relación acabó, y él se marchó y no volvió a saber nada más de ella en siete años. Pero hace poco se enteró de que tiene una hija y por eso vino a Sevilla.

—Ostras.

—Y, hoy, la madre de esa niña le ha dicho que está muerta.

—Joder.

—Pero yo no me lo creo.

— ¿Por qué?

—Porque he mirado en su historia clínica y no me aparece como fallecida. Según ella murió hace seis meses de un traumatismo craneoencefálico al caer por unas escaleras, pero yo no he oído nada de eso en el hospital, imagino que llamarían al cero sesenta y uno y de algo me habría enterado, los accidentes de niños no suelen olvidarse con facilidad, y más después de estar varios días en la UCI pediátrica del Grace Hospital.

— ¿Y no conoces a nadie que trabaje en la UCI pediátrica del Grace Hospital a quien puedas preguntarle?

—En la UCI pediátrica no… —De pronto una bombilla se encendió en su cabeza. Tomó su teléfono móvil y marcó el número de quien podía resolver sus dudas, con el pecho bullendo de nerviosismo.

—A las buenas tardes, guapetona —la saludó su amiga Angela. Rose la observaba muy atenta, muerta de curiosidad.

—Hola, niña. ¿Cómo estás?

—Pues bien, porque libro este fin de semana, pero tú estás mejor, que ya estás de vacas, ¿no, maldita?

—Pues sí, las estoy estrenando. Verás, te llamo porque quiero hacerte una pregunta un poco rara.

— ¿Una pregunta rara? ¿Me vas a preguntar si llevo puesto algo sexy? —rio esta.

—Tú siempre vas sexy.

—Eso es que me miras con buenos ojos, pues últimamente se me está poniendo un culo que es una pantalla de cine.

—Pero qué dices, exagerada.

— ¿Exagerada? Mira, no te voy a decir lo que peso, pero a mí el Clexane me lo tendrían que poner de ochenta —bromeó, refiriéndose a una medicación cuya dosis aumenta según el peso, y ochenta era de las más altas. Bella rio divertida con su ocurrencia—. Anda, dime qué pregunta es esa, pervertida.

— ¿Erick estuvo el invierno pasado cubriendo una baja en la UCI pediátrica?

—Sí, al doctor Merino, que se operó de juanetes y me fastidió todas las Navidades. Erick estuvo dos meses haciendo más guardias que un legionario, ¿por qué?

—Porque me han comentado que en ese tiempo falleció una niña de seis años con fractura de cráneo que había caído por unas escaleras.

— ¡Jesús! Con el miedo que me dan las escaleras. No, no me suena nada de eso. Pero espera que le pregunto. Erick… Erick… ¡Erick, haz el favor de quitar los pies de la mesita de cristal! Qué te crees ¿qué estás en casa de tu madre? Después se queda la marca y tú le tienes alergia al Cristasol. Estoy al teléfono con Bella Swan, mi antigua compi de medicina interna, y me pregunta que si cuando estuviste en la UCI este invierno atendisteis a una niña pequeña con fractura de cráneo que, pobrecita, falleció… Dice que no, Bella, que preguntes a ver si fue en el Virgen Macarena, pero que le extraña, porque, aun así, se habría enterado. ¿Y qué pasa con esa pobre niña?

—Que era hija de alguien a quien conozco y no sabía si había estado en el Grace Hospital o no. En fin, nada, perdóname. Muchas gracias, Angela, y dale las gracias a tu marido también.

—No hay gracias que dar, siento mucho lo de la niña de tu conocido. Llámame una tarde de estas y nos tomamos una cervecita.

—Lo haré. Un beso.

—Besos.

Así que era mentira.

Tal y como sospechaba.

Una noticia semejante, cualquier noticia que implicase lesiones graves o el fallecimiento de un menor recorría el hospital desde el tejado hasta los cimientos, pues la mayoría de los sanitarios que trabajaban allí eran padres y no ajenos a circunstancias tan dramáticas. Rose la miró con fijeza esperando una explicación.

— ¿Qué pasa?

—Es mentira. No sé por qué, pero esa chica le ha mentido.

—Será perra, no se puede jugar con algo así. Es macabro, es malvado.

—Voy a llamar a Edward y a contárselo.

Marcó el número de su teléfono, pero la respuesta fue que se hallaba apagado o fuera de cobertura. Volvió a intentarlo un par de veces más mientras su mejor amiga ponía la mesa.

—Prepararé una ensalada mientras llega la pizza. Tengo los pies como dos luces de freno de estar toda la mañana de arriba abajo, de caja en caja.

—Espero que me llame en cuanto vea mi llamada perdida.

—Seguro que sí.

—De todas formas tiene que venir a traerme el coche, que tuve que dejarlo aparcado para ir juntos a Los Naranjos.

— ¿Mi coche? Está aparcado ahí fuera.

— ¿Qué? —dudó y salió a la calle a comprobarlo, era cierto, y tal como le había dicho las llaves estaban en el buzón.

Sintió rabia al descubrirlo y volvió a llamarle, pero el resultado fue el mismo. Después de comer, Rose subió al piso superior y se cambió de ropa, se arregló y maquilló antes de bajar, mientras ella daba vueltas al móvil sobre la mesa, frente al televisor encendido al que no prestaba la menor atención.

—Te llamará.

— ¿Estás segura?

—Lo hará. Y no te va a llamar porque haya descubierto que lo de la niña es falso, te llamará porque está loco por ti.

—Y después me crecerán alas y saldré volando.

—Tú créeme, sé lo que me digo. Anda, ven conmigo a dar una vuelta.

— ¿Adónde vas?

—He quedado con tu hermano para tomar algo y después iremos al cine.

—No gracias, ir de sujetavelas nunca me ha hecho demasiada ilusión.

— ¿Y qué vas a hacer? ¿Quedarte toda la tarde aquí sola dándole vueltas al móvil esperando a que te llame?

—Es una opción. La otra es coger una botella de vodka y a empinarla hasta perder el conocimiento.

—A ver, no me malinterpretes, pero ¿no crees que estás tomándote demasiado a pecho algo que no te incumbe?

—Lo sé. Pero no puedo evitarlo.

— ¡Tú estás pillada hasta las trancas! —Bella rehuyó sus ojos azules, lo estaba, claro que lo estaba. Rose se sentó a su lado en el sofá y la abrazó—. Tranquila, todo va a salir bien. Y si no sale bien, sé que no es mucho consuelo, pero pase lo que pase estaremos juntas. Nada recompone mejor un corazón roto que una noche de películas de Patrick Swayze, te lo digo por experiencia.

—Gracias —dijo con una sonrisa.

—De nada, para eso están las amigas.

—Tú eres mucho más que una amiga.


¿Tanya la llamara? ¿Sera cierto lo de Renesme? Nos vemos en el siguiente capitulo.

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