DISCLAIMER: la historia no me pertenece, los personajes son de Stephanie Meyer y la trama es de un libro el cual será dicho al final de esta historia, yo solo me adjudico la adaptación

Bella Swan es enfermera del equipo de urgencias del 061 de Sevilla. Su vida transcurre entre el trabajo y su relación secreta con Jacob Black, el mejor amigo de su hermano y médico de su equipo, relación que este no parece dispuesto a formalizar. Edward Cullen, miembro del equipo alfa del Team Six de los Seals, acaba de regresar de Afganistán. Su vida y la de Bella se cruzan tras ser apuñalado en la calle. Se trata de un hombre joven, corpulento, con una poblada barba rubia y unos espectaculares ojos azules. Un hombre cuyo torso y alma están marcados por profundas cicatrices. Desde ese encuentro, Bella no podrá dejar de pensar en el americano. Pero Edward se prohibirá a sí mismo sentir algo por la joven enfermera. Está a punto de enfrentarse a la misión más importante de su vida y, por nada del mundo, quiere ponerla a ella en peligro. Los Vulturi son la más peligrosa organización criminal de toda Europa. Son salvajes, despiadados, se financian con la prostitución y el tráfico de seres humanos, y Bella está a punto de caer en sus redes, sin imaginar las consecuencias.


20 - Sueños rotos

Are you ready for, ready for, the perfect storm, the perfect storm…

La suave melodía de su móvil la despabiló, se había dormido, profundamente esta vez.

Sonrió feliz, al fin la llamada que esperaba, al fin podría contarle lo que acababa de descubrir. Pero al tomar el móvil entre las manos descubrió que el número le era desconocido. Dudó un instante antes de descolgarlo.

— ¿Diga?

— ¿De verdad quieres ayudarnos? —preguntó entre susurros una voz femenina.

— ¿Qué?

—Dile a Edward que si quiere ayudarnos esté frente a la envasadora de aceitunas de Espartinas en media hora con un coche. Que aparque entre dos camiones, con las luces apagadas.

— ¿Tanya?

—Díselo. Es ahora o nunca. Treinta minutos, con las luces apagadas, frente a la envasadora. Ah, y por nada llames a este número. —Y colgó.

Miró el reloj de cristal del aparador, eran las diez de la noche, había dormido varias horas.

Edward no se había puesto en contacto con ella, ni siquiera le había dejado un mensaje y de pronto recibía aquella llamada, una llamada de desesperación. Volvió a telefonearle, una vez más la respuesta fue la misma: el teléfono estaba apagado o fuera de cobertura en ese momento. Claro que él no podía sospechar que le hubiese entregado un papel con su número de teléfono a Tanya. No había sido capaz de decírselo por miedo a su reacción. Los nervios le atenazaron el estómago, casi no podía respirar.

Es ahora o nunca, había dicho. Tomó las llaves del coche y salió disparada en dirección al mismo lugar en el que había aparcado su vehículo esa mañana. Condujo con los nervios palpitándole en el estómago y las manos temblorosas. No sabía qué haría, qué podía encontrarse, pero la voz de aquella mujer le había parecido tan llena de desesperación que no había podido evitar el impulso de intentar socorrerla. Además, había hablado en plural: ¿Quieres ayudarnos?, y eso la hacía sospechar que la niña la acompañaba.

Detuvo el motor después de seguir sus instrucciones, aparcando entre dos de los múltiples camiones estacionados ante la valla metálica que rodeaba el recinto de la envasadora, que ocultaron el vehículo, y apagó las luces. Había oscurecido y la carretera, a su espalda, se alargaba hacia ambos lados como una serpiente negra que la hubiese engullido. Miró la hora en su reloj de pulsera.

Las diez y media.

Había sido puntual, aunque para ello hubiese tenido que saltarse los dos últimos semáforos. A su alrededor solo había silencio. La fábrica permanecía en calma, tan solo iluminada por un par de focos en torno al perímetro. De pronto oyó el sonido de unos pies caminando en la grava, se giró y vio cómo una de las puertas traseras se abría y se colaban por ella la joven a la que había conocido esa misma mañana acompañada de una niña pequeña.

— ¿Por qué has parado el coche? ¿Dónde está Edward?

—No le he localizado.

— ¿No le has…? —Sus ojos se crisparon iluminados por la luz interior del vehículo que se apagaba lentamente. La pequeña se acurrucó contra el cuerpo de su madre—. ¡Vamos, arranca, sácanos de aquí!

Bella obedeció y metió la marcha atrás. Aceleró despacio.

— ¡Tendrías que haber dado la vuelta! ¡Vamos! ¡Vamos! —la apremió Tanya.

Entorpecida por el nerviosismo liberó el embrague de golpe, impactando con el lateral de uno de los camiones. Lo pisó de nuevo y metió la primera marcha, tratando de girar hacia el otro lado, pero entonces su puerta se abrió de golpe y alguien la sacó del coche.

Alguien que le tapó la boca y le puso una navaja en el cuello.

—Si dices algo te rajo —susurró a su oído una voz masculina. Tiró de ella obligándola a caminar hasta una furgoneta oscura que no había visto llegar y la empujó al interior de la caja. Otro hombre forzó a Tanya y a la niña a subir tras ella y arrancaron el vehículo poniéndolo en marcha a toda velocidad.

—Un solo grito y estás muerta —dijo el hombre que había tomado asiento a su lado, cuyo rostro no alcanzaba a ver con claridad.

La pequeña permaneció en silencio agarrada a su madre mientras el vehículo comenzaba a moverse. Bella miró en todas direcciones, pero era una caja cerrada, sin una sola ventana, con asientos anclados al suelo y cuya única iluminación era una pequeña luz rojiza pegada al techo.

—Entrégame tu teléfono —exigió.

—No lo tengo, está en el coche con el bolso.

—Si me estás mintiendo…

—No te miento, por favor, por favor, esto debe ser un error.

—Cállate, zorra, o te reviento la cabeza —le espetó con rabia.

El trayecto fue corto, aunque para ella el tiempo pareciese haberse detenido.

— ¿Adónde nos llevan? —preguntó mientras abrían las puertas de la furgoneta.

—Estamos muertas, estamos muertas por tu culpa —le espetó Tanya furiosa, descendiendo con su pequeña de la mano.

Cuatro hombres, vestidos con trajes oscuros, las condujeron al interior de un impresionante chalé. Se detuvieron en el gran hall de la entrada. El que las había acompañado en la furgoneta repartió indicaciones en un idioma que desconocía y uno de los tipos las registró, pero, como había advertido, sus pertenencias se hallaban en su bolso, dentro del coche. El más bajo y de mayor edad, calvo y de unos cuarenta y cinco años, agarró a Rennesme del brazo y trató de llevársela. La pequeña forcejeó, aferrada a la pierna de su madre.

— ¡Mami, mami!

—No, por favor, dejad a la niña, por favor.

— ¿De verdad quieres que te acompañe a ver a Aro? —preguntó con un marcado acento eslavo uno con el pelo engominado, pelirrojo, que parecía al mando. Desenfundó una pistola semiautomática de su cinto, apuntándolas con ella—. Felix, llévate a la niña —dijo a uno alto con la piel pálida y el cabello moreno, mucho más joven.

Tanya se acuclilló frente a Rennesme y la miró a los ojos.

—Cariño, te vas a marchar un momento con Felix y después nos vemos, ¿vale, mi amor?

—Sí, mamá —sollozó la pequeña haciendo pucheros y sorbiéndose las lágrimas, parecía resignada a que aquellas órdenes fuesen irrefutables. Aceptó la mano del joven de la cicatriz en la barbilla y ambos desaparecieron por una de las puertas laterales.

—Aro está deseando verte. ¿Quién es la otra putita? —dijo refiriéndose a Bella que temblaba de miedo.

La empujó por la espalda forzándola a dar un paso y después hizo lo propio con Tanya.

—No me toques, Laurent, sé caminar sola —exigió la joven morena.

—Está bien —aceptó con una sonrisa que mostró sus dientes oscuros como el metal—. Síganme, señoritas.

Recorrieron un laberinto de pasillos decorados con figuras de mármol blanco y muebles de madera torneada, escoltadas por los tres hombres.

La comitiva se detuvo frente a la puerta de una habitación.

En la puerta había dos hombres, custodiándola, uno era alto y moreno, con el cabello negro y una pequeña cicatriz en la barbilla, debía tener en torno a los treinta años, y el otro era más bajo, con la cabeza afeitada y la nariz alargada, ambos iban armados.

El moreno y aquel al que Tanya había llamado Laurent intercambiaron unas palabras en un idioma extraño. Aunque no podía entender lo que decían, pudo percibir cierta tirantez entre ambos hombres. Bella miró a Tanya un instante, descubriendo que no era la única que temblaba de miedo. El que custodiaba la puerta junto al de la cabeza afeitada la abrió, adentrándose en el interior antes de permitirles el paso.

Laurent dedicó a ambas una amplia sonrisa antes de ofrecerles pasar.

Había una gran cama redonda en el centro de la habitación. Gemidos y un evidente olor a sexo precedieron a la visión de una mujer rubia de cabello muy corto quien, a cuatro patas, era embestida con ímpetu por un tipo moreno que con la camisa abierta mostraba su torso desnudo empapado de sudor.

Él debía tener unos cuarenta años, era un hombre de aspecto cuidado, con una fuerte musculatura. La expresión de su rostro estaba llena de rabia, de furor. Los pechos de la mujer al descubierto se mecían, estaba muy delgada, llevaba bajado hasta la cintura el escote de un vestido dorado de lycra que, enrollado a la vez en las caderas, parecía un cinturón.

Los ojos de ambos los observaron entrar en la habitación, pero a ninguno pareció importarle su presencia.

—Pero si ha llegado mi kukull*—dijo el hombre sin detener sus embestidas ni un instante.

Bella descendió la mirada, pero sus ojos regresaron de un modo irremediable a la escena dantesca que estaba produciéndose ante ellos como si necesitase convencerse a sí misma de que era real, topándose entonces con el iris claro de la mujer. Esta se pasó la lengua por los labios en un gesto soez que la hizo sentir un escalofrío.

—Perdóname, Aro, por favor —suplicó Tanya nada más atravesar el umbral, arrodillándose a los pies de la cama frente a ambos.

—Has tratado de abandonarme, kukull* —le espetó con odio, tirando del cabello de la mujer rubia, que echó hacia atrás la cabeza con una sonrisa. Sus ojos permanecían fijos en Bella, su mirada era lasciva y provocadora.

—Por favor, Aro, cariño.

— ¿Cariño? Te queda grande esa palabra, kukull* —sentenció acelerando sus movimientos con brío hasta que su gesto se congestionó, apretándose con rabia contra su compañera mientras se corría.

Tanya trató de acariciar su mano, clavada en las nalgas de la rubia, pero él la apartó de un manotazo.

—Te di cariño, te di una casa en la que vivir, ¿y así me lo pagas?, ¿tratando de escapar? —preguntó retirándose, exponiendo su sexo entumecido y rojo. Dio una cachetada a las nalgas de la mujer y esta se levantó de la cama sin preocupación alguna por cubrir su desnudez—. Ven, límpiame —pidió entonces a Tanya.

—No me hagas esto, por favor.

— ¿Y tú quieres que te perdone?

—Sí, Aro, te lo suplico.

—Pues límpiame.

Y entonces la joven se arrodilló en la cama y abrió la boca con los ojos cerrados, aquel tipo penetró sus labios y la observó con regocijo mientras lo lamía.

—Esta es una de las cosas que más me gustan de ti, lo bien que siempre se te han dado las mamadas, pequeña.

Bella estaba en estado de shock. No podía hablar, no podía moverse. A duras penas lograba respirar. Sentía como si fuese a desmayarse de un momento a otro. Aquello no podía ser real, debía estar viviendo una pesadilla.

—Me gusta esta, ¿es tuya? —dijo la rubia con un marcado acento extranjero, deteniéndose justo frente a ella y bajándose entonces el vestido hasta ocultar su sexo carente de vello. Sus ojos eran grandes y claros, quizá verdes, debía rondar la mitad de la treintena.

—No lo sé. A lo mejor sí que es mía —jadeó Aro—. ¿Quién eres tú y por qué querías llevarte a mi kukull*?

Descendió la mirada, no sabía qué responder, no tenía ni idea de qué responder.

—Habla, puta.

—Quiero marcharme de aquí, por favor.

—Yo le pedí ayuda, Aro. Ella trabaja en el spa al que voy, es una de las chicas que me atienden y le pedí ayuda. Perdóname, mi amor, por favor —dijo Tanya apartando los labios de su sexo un instante.

Aro la agarró del cabello con rabia y la empujó, tirándola al suelo desde la cama. Después se incorporó y se subió la bragueta.

—No sé si podré perdonarte, kukull*, pero estoy seguro de que el pobre Liam no lo hará —dijo caminando hacia una puerta que había en la parte trasera de la habitación.

La abrió y prendió la luz del interior. Era un baño de paredes blancas en cuyo interior, tirado en el suelo, permanecía el cuerpo sin vida de un hombre joven en mitad de un gran charco de sangre, vestido de modo idéntico al resto de matones de Vulturi.

Tanya rompió a llorar al descubrirlo.

Aro sonrió comenzando a abotonar su camisa.

Bella permanecía inmóvil, desde donde estaba junto a la puerta no podía ver quien se hallaba tirado en el suelo. En realidad, apenas podía ver nada excepto el rostro de la mujer rubia, demasiado cerca del suyo.

—Ha sido culpa tuya. ¿Creías que no descubriría que habías llamado desde su teléfono? Nadie traiciona a Aro Vulturi sin pagar su precio.

—La quiero.

— ¿Qué dices, Jane?

—Que quiero a esta puta para mí —dijo pasándose la lengua por los labios.

—Pues para ti. Si no te la llevas tendríamos que eliminarla de todos modos.

Al oír aquello su reacción fue empujar a la mujer con toda su energía, haciéndola caer de espaldas, y trató de echar a correr hacia el pasillo, pero los hombres que había a su espalda se lo impidieron.

— ¡Soltadme, soltadme! —gritó cuando la agarraron. Se resistió, pataleó y trató de morderlos, pero entre los dos la sujetaron con firmeza.

—Vas a tener que aprender modales, zorra —dijo Jane incorporándose del suelo y, sin decir nada más, le dio un puñetazo en el estómago que la hizo doblarse por la mitad de dolor.

La risa de Aro llenó la habitación mientras se desplomaba en el suelo, sintiendo náuseas, tratando de inspirar, de llenar sus pulmones de aire.

—Lleváoslas al sótano —ordenó Aro en albanés.

Uno de los hombres de Vulturi la levantó del suelo y la forzó a caminar.

Tanya, en cambio, sin resistencia alguna, los siguió por unas escaleras hasta la planta inferior del chalé donde el tipo de la cicatriz en la barbilla al que habían llamado Felix custodiaba la puerta de una habitación.

La abrió para ellas y comprobaron que dentro estaba Rennesme.

Era una habitación pequeña en la que tan solo había dos camas con el colchón desnudo y un agujero en el suelo que hacía las veces de váter, la pintura se caía a pedazos de las paredes, no había ventanas ni ningún tipo de sistema de ventilación, y solo una bombilla desnuda colgaba del techo. Olía a humedad y a suciedad, pero los ojos brillantes de Rennesme resplandecieron de ilusión al ver llegar a su madre. La puerta se cerró y pudieron oír dos vueltas de llave.

— ¿Estás bien, cariño?

—Sí, mamá, no he tenido miedo de estar aquí sola.

—Lo sé, mi vida —lloró abrazándola.

Bella se sentó sobre la otra cama frente a ellas.

— ¿Qué va a pasar con nosotras? —preguntó con la voz quebrada. Sentía ganas de romper a llorar, pero a la vez la opresión en el pecho se lo impedía.

—No lo sé.

— ¿Por qué nos han encerrado aquí?

—No lo sé.

— ¿Nos van a…? —dejó el final de la frase en el aire, los hermosos ojos de Rennesme, los ojos de Edward, la miraban fijamente. Tanya asintió—. ¿Por qué le mentiste? Por qué le dijiste que ella…

—Para protegerla. Para protegernos. Rennesme, cariño, ¿por qué no intentas dormir un poco? —dijo y la pequeña se tumbó sobre la cama, reposando el rostro sobre las piernas de la mujer, que comenzó a acariciarle el cabello. Estuvo en silencio, pasando los dedos por su frente, por el cuero cabelludo, durante un buen rato, hasta que el cuerpecito menudo de la pequeña se relajó.

—Es preciosa —masculló Bella. Un par de lágrimas afloraron en los ojos de la joven morena.

—Se parece tanto a él.

—Sus ojos… Son idénticos.

—Fue lo primero en lo que me fijé de él. Esos impresionantes ojos verdes, con ese halo gris alrededor de la pupila, tan distintos a los que había visto en toda mi vida. Por eso, cuando Rennesme nació y vi sus ojos, sentí tanta ilusión como tristeza. Supe que jamás podría olvidarle porque cada vez que mirase a mi niña vería a Edward.

—Debió ser muy duro para ti.

— ¿Qué sabes de nosotras? ¿Quién eres tú?

—Edward me contó que tu madre le escribió una carta.

— ¿Una carta? Mi pobre madre, cuánto debe estar sufriendo por nosotras para decidir buscarle. Pero ¿quién eres tú? ¿Eres su pareja? ¿Por qué te has metido en este lío?

—Soy una amiga, pero habría tratado de ayudarte aunque no te conociese de nada.

— ¿Por qué?

—No lo sé. Soy así.

—Te va a costar muy caro lo que has hecho. Jane es… es un monstruo.

— ¿Es su amante?

—No. Ella es la hermana de Vulturi. El shef de los Vulturis.

— ¿Quién es Vulturi? ¿Qué significa eso?

—Alec Vulturi es el jefe de los Vulturia.

—Entonces, ¿lo sabes? ¡¿Sabes quiénes son y aun así te fuiste a vivir con Aro con la niña?!

—Yo no sabía quién era Aro cuando le conocí. No te atrevas a juzgarme porque no me conoces de nada. Aro era un ser maravilloso, me enamoró con su forma de tratarme, de cuidarme, de preocuparse por mí y por mi hija. Por eso me fui con él, por eso me llevé a Rennesme conmigo, porque creí que a su lado no le faltaría de nada. Pero no tardé demasiado en darme cuenta de que me había equivocado, comencé a ver comportamientos que no me gustaban, como cuando me dio la primera paliza por haber llamado a mi madre por teléfono. La segunda llegó cuando la policía vino a la casa en la que vivíamos en Marbella preguntando por mí. La noche en que le dije que me marchaba, que lo nuestro se había acabado tiró a Rennesme por las escaleras —relató apretando la mandíbula, fingiendo una fortaleza de la que en realidad carecía. No quería derrumbarse, mostrando sus debilidades.

— ¿Él la tiró?

—Dijo que si le dejaba, mataría a la niña. Y sé que nada ni nadie podría impedírselo —susurró sin poder evitar que las lágrimas que trataba de contener comenzasen a recorrer sus mejillas—. Lloré, me arrodillé y me humillé cuanto él quería. Le supliqué que me permitiese llevarla al médico, pero se negaba a hacerlo y Rennesme sangraba por la nariz… Le juré que jamás le dejaría, que haría todo lo que él me pidiese, y entonces me permitió ir, acompañada de uno de sus hombres que me vigilaba en todo momento. Por suerte sus heridas no fueron de gravedad, pero ni siquiera me permitió estar a su lado para cuidarla. Desde entonces me apartó de mi hija por miedo a que tratase de escapar.

— ¿Te apartó de ella?

—Sí. Rennesme ha estado viviendo en otro lugar, con un matrimonio de personas mayores, extranjeros, que la cuidan, según me ha contado ella misma. Solo nos deja reunirnos una vez a la semana, los viernes, como hoy. —Ese debía ser el motivo por el que cada viernes compraba comida en el McDonald' s—. Si quiero que la traigan tengo que cumplir con sus caprichos, para ello me obliga a comprarme vestidos, ir a ese spa a darme un masaje y a depilarme todo el cuerpo como a él le gusta, a fingir que soy feliz a su lado. Pero hoy, cuando llegué y vi que estaba Jane, el alma se me partió en dos. Aro nunca había permitido que Jane viese a Rennesme y hoy lo hizo.

— ¿Por qué no quería que la viese?

—Porque Jane selecciona niñas para su hermano.

— ¿Selecciona niñas? —La expresión en los ojos de Tanya la hizo estremecer, un frío repentino recorrió su espina dorsal—. Dios santo. Esto no puede estar pasando, tiene que ser una pesadilla.

—La pesadilla empieza ahora. No sé cómo vamos a salir de esta —dijo con voz fría, carente de sentimientos—. ¿Cómo te llamas? Ni siquiera recuerdo tu nombre.

—Me llamo Bella. Edward vendrá, él descubrirá que le has mentido y vendrá a por nosotras.

— ¿Y él solo acabará con la veintena de hombres que custodian esta casa más los diez miembros de seguridad de Jane? Estás muerta, Bella. Aún no lo sabes, aún no eres consciente de ello, pero estás tan muerta como yo, y no hay nada que puedas hacer para evitarlo. Tu cuerpo aparecerá tirado en cualquier parte, muy probablemente lejos de España.

—No, no, y no.

—Y escúchame bien. Voy a pedirte algo muy importante. Si Jane decide llevarse a Rennesme cuando me maten, porque tendrán que hacerlo para arrebatármela, te pido por favor que no permitas que el shef la toque.

— ¿Qué?

—Cuando esté dormida, tápale la nariz y la boca hasta que ella…

—No puedo creer que me estés pidiendo algo así.

—Escúchame. No sabes lo que el shef les hace a las niñas. No permitas que toque a Rennesme, no lo permitas, te lo pido de rodillas si es necesario.

—Yo no puedo hacer eso. Jamás podría. Me dedico a salvar vidas, ¡no puedes pedirme algo así! —No pudo evitar romper a llorar—. Mi hermano nos encontrará; si Edward no lo hace, mi hermano lo hará, él es policía.

—No van a tener tiempo. Jane se marcha esta misma noche. Ha venido a hablar de negocios con Aro y se irá antes del amanecer, y tú te irás con ella.

—Esto no puede ser verdad.

—Lo es. Siento haberte hecho venir aquí. —Se disculpó por primera vez por haberla arrastrado a una situación semejante—. Pero no imaginé que serías tú quien vendría a buscarnos, estoy segura de que Edward nos habría sacado de allí a tiempo.

—Lo siento —dijo sin dejar de llorar.

—Y ahora Liam está muerto… Él me ayudó. Era uno de los miembros de la seguridad de Jane, pero yo sabía que le gustaba, aunque nunca intentó nada conmigo por respeto, temor o como quieras llamarlo, a Aro. Siempre fue amable conmigo, por eso cuando me vio desesperada me permitió llamarte con su teléfono, porque él sabía lo que significaba que hubiese consentido que ella viese a Rennesme. Mi niña… mi pobre niña… No puedo permitir que le hagan daño de ese modo. —Se rompió en mil pedazos, las lágrimas de amargura recorrieron sus mejillas enrojecidas. Tanya posó su mano sobre la boca de Rennesme y lentamente la otra se aproximó a su nariz.

—No lo hagas, por favor, no lo hagas, Edward nos rescatará, estoy segura — sollozó Bella.

—No puedo hacerlo, soy una cobarde… Mi pobre niña. Ojalá la encuentre y la rescate, ojalá cuide mucho de ella.

—Lo hará, os cuidará a las dos.

—Yo ya estoy muerta. Pero él… él puede ser un buen padre —divagaba fuera de sí—. Al menos el hombre al que conocí podría serlo. Era tan rudo y a la vez tan dulce… Creía que estaríamos juntos, quería por encima de todo que estuviésemos juntos. Por eso hice lo que hice.

— ¿Qué hiciste?

—Quedarme embarazada. Pinché los preservativos, en varias ocasiones, cuando él entraba en el baño del hotel en el que nos veíamos, registraba sus pantalones y los pinchaba con un alfiler.

—Eso es horrible.

—Estaba enamorada, quería pasar el resto de mi vida a su lado. Pero se marchó, desapareció y no volví a saber nada más de él hasta hoy. He llegado a sentir tanto odio, tanto… Y, sin embargo, cuando le vi creí que me tambaleaba, que me caería al suelo. Está aún más guapo de cómo le recordaba, mucho más.

— ¿Sigues… enamorada de él?

— ¿Es que importa? No me quería entonces y tampoco lo haría ahora, aunque sobreviviésemos sé que no sería para mí. Pero lucharía tanto por su amor, lucharía con tanta fuerza… ¿Sabes si ha rehecho su vida? ¿Si tiene mujer o hijos?

—No. No está casado y no tiene más hijos.

— ¿Crees que podría llegar a quererme? —preguntó con unos ojos enrojecidos en los que aún habitaba una chispa de ilusión.

Y Bella sintió ganas de echarse a llorar de nuevo. ¿Es que aquella joven estaba loca? ¿Cómo podía estar pensando en si Edward la quería o no cuando estaban secuestradas en un sótano inmundo y probablemente no viesen la luz del siguiente día? ¿Cómo podía siquiera haberle sugerido que acabase con la vida de su hija? No estaba en sus cabales, de eso no cabía duda.

—Quién sabe, quizá.

Apenas había trascurrido un par de horas cuando la puerta de la habitación se abrió de nuevo, pero a Bella le había parecido una eternidad. El frío de la pared contra la que había permanecido apoyada se le calaba en los huesos, o quizá era el miedo el que le impedía dejar de tiritar.

—Fuera —las compelió Felix.

—Aro os espera —añadió Laurent a su lado, las oscuras ojeras que rodeaban sus ojos pequeños y hundidos le daban un aspecto macabro—. Deja dormir a la niña y sube.

Tanya dio un último beso a su pequeña antes de salir de la habitación y, seguida de Bella, recorrieron el trayecto hasta un despacho en el que las aguardaba Vulturi sentado tras una lujosa mesa de caoba tallada. A su derecha permanecía Jane recostada en un diván de terciopelo morado.

Ambos estaban rodeados por varios de sus hombres. Las dos mujeres caminaron hasta detenerse ante ellos.

— ¿Qué queréis a cambio de nuestra libertad? —se atrevió a preguntar Bella. Aro e Jane intercambiaron una mirada cargada de ironía, él se echó a reír—. Tengo algo de dinero, no es mucho, pero…

—Quítate la ropa —le ordenó Jane, pero Bella no se movió. Entonces se levantó y caminó hasta ella, dos de los hombres la sujetaron por los brazos mientras la abofeteaba con rabia—. ¡He dicho que te quites la ropa! —Como continuaba sin obedecerla tiró de las solapas de su camisa y la abrió dejando al descubierto su sostén de encaje blanco. Trató de oponerse, pero los hombres la tenían bien sujeta. Jane tiró de las copas del sostén y dejó sus pechos al descubierto—. Mira qué tetas, Aro, me encantan. Regálamela, por favor. Matarla sería un desperdicio. Quiero follármela hasta reventarla.

—Te crees muy valiente, ¿verdad? Pegándome, desnudándome mientras otros me sostienen.

—No sabes cuánto me gustan las mujeres con carácter. Me voy a beber cada gota de tu maravilloso coño —proclamó con su marcado acento eslavo. Bella sintió cómo el horror se apoderaba de ella, tenía ganas de derrumbarse, de echarse a llorar, porque la mirada de Jane era como mirar al diablo a los ojos.

—Llévatela. Es tuya.

—Gracias.

— ¿Y a la otra no la quieres?

—Aro, por favor —sollozó Tanya.

—No me gustan las morenas. Pero puedo dejarla en cualquiera de los clubes, en el camino de regreso.

—Aro, perdóname, por favor, seré mejor, mucho mejor, no volveré a decepcionarte. —El hombre hizo una señal a los guardias que la soltaron y la joven se arrodilló a sus pies.

—No lo harás, porque nadie, jamás, lo hace dos veces —dijo con una amplia sonrisa y después la empujó con el pie, apartándola con desprecio—. Déjala en cualquier club. Sé que a Alec va a encantarle mi regalo.

—Sí, es una niña preciosa.

— ¿Una niña? —dudó Tanya incorporándose.

—Tu hija va a ser mi gran regalo para el shef.

—¡Noooo! ¡Maldito hijo de putaaaa! —gritó abalanzándose sobre él. Pero los guardias la agarraron—. ¡Maldito seas, te pudrirás en el infierno! ¡Mi niña nooooo!

— ¿Cómo has podido soportarla tanto tiempo? Es demasiado gritona — preguntó Jane con una sonrisa.

— ¡Mi niña nooooo! —clamaba fuera de sí.

La hermana del shef, del jefe supremo de los Vulturis, se coló por entre el cuerpo de los dos hombres de Aro que la sostenían. La agarró de la cabeza por la espalda y en un rápido movimiento le giró el cuello hasta partírselo.

Crac.

Un sonido seco y el cuerpo inerme de la joven se desplomó en el suelo como un pesado fardo, soltado por quienes la sujetaban.

—Silencio, al fin. No obligaría a mis hombres a aguantarla todo el viaje; además, por su culpa he perdido a Liam. Descansa en paz, puta —dijo paseándose junto al cuerpo inerte de la joven, con una sonrisa llena de maldad—. Demetri, Santiago, shkojmë*.


kukull* - muñeca en albanes

shkojmë* - vámonos en albanes

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