DISCLAIMER: la historia no me pertenece, los personajes son de Stephanie Meyer y la trama es de un libro el cual será dicho al final de esta historia, yo solo me adjudico la adaptación

Bella Swan es enfermera del equipo de urgencias del 061 de Sevilla. Su vida transcurre entre el trabajo y su relación secreta con Jacob Black, el mejor amigo de su hermano y médico de su equipo, relación que este no parece dispuesto a formalizar. Edward Cullen, miembro del equipo alfa del Team Six de los Seals, acaba de regresar de Afganistán. Su vida y la de Bella se cruzan tras ser apuñalado en la calle. Se trata de un hombre joven, corpulento, con una poblada barba rubia y unos espectaculares ojos azules. Un hombre cuyo torso y alma están marcados por profundas cicatrices. Desde ese encuentro, Bella no podrá dejar de pensar en el americano. Pero Edward se prohibirá a sí mismo sentir algo por la joven enfermera. Está a punto de enfrentarse a la misión más importante de su vida y, por nada del mundo, quiere ponerla a ella en peligro. Los Vulturi son la más peligrosa organización criminal de toda Europa. Son salvajes, despiadados, se financian con la prostitución y el tráfico de seres humanos, y Bella está a punto de caer en sus redes, sin imaginar las consecuencias.


21 - Maison du Plaisir

Los ojos abiertos y sin vida de Tanya la atormentaban. Su mandíbula desencajada y el cuello torcido en una posición incompatible con la vida serían una imagen imposible de borrar.

Por supuesto no era la primera vez que veía un cadáver, pero sí la primera en la que una vida era arrancada ante sus ojos de un modo tan brutal.

Lloró sin cesar, arrodillada en el suelo, hasta que Jane regresó a la habitación y ordenó a dos de sus hombres que la sostuviesen mientras le inyectaba algo en el brazo que la llevó a perder el conocimiento.

Cuando al fin abrió los ojos lo hizo en mitad de una neblina de confusión. Había oscuridad a su alrededor, aunque algunos rayos de sol se colaban a través del fuselaje del vehículo en el que viajaba.

La cabeza le daba vueltas y unas poderosas náuseas le ascendían por la garganta. Quería despertar de aquel mal sueño, pero a medida que recuperaba la conciencia su desesperación aumentaba. Los brazos le dolían, pues tenía las muñecas atadas a la espalda con algún tipo de brida.

Estaba muerta.

Tanya estaba muerta.

Tirada en el suelo de aquel despacho.

Recordaba su propia lucha, cómo gritó y pataleó cuando Laurent y otro de los hombres la sujetaron mientras Jane la drogaba. A duras penas se incorporó en el asiento. Sintió cómo el corazón le latía dentro de la cabeza, sentía ganas de vomitar.

— ¿Ya estás despierta? —preguntó una suave vocecita que provenía de las sombras, asomándose por entre la fila de asientos posteriores al suyo.

— ¿Rennesme?

— ¿Cuándo viene mi mamá?

—Tu mamá… —Bella se mordió el labio tratando de contener las ganas de llorar—. Tu mamá se ha quedado dormida.

— ¿Por eso nos hemos ido sin ella?

—Sí. —Por suerte en aquella semioscuridad la niña no podía ver las lágrimas que rodaban por sus mejillas—. ¿He pasado muchas horas dormida?

—Sí. ¿Te pusieron la inyección?

— ¿A ti también te la han puesto?

—Solo cuando lloro mucho. —Así que también drogaban a la niña, malnacidos—. ¿Tú eres amiga de mi mamá?

—Sí, Rennesme. Mi nombre es Bella y soy amiga de mamá, por eso me llamó para intentar ayudaros.

— ¿Y nos vas a ayudar?

—Ojalá.

Percibió cómo el vehículo se detenía. También Rennesme, que pasó por entre los asientos acurrucándose a su lado, sus deditos menudos se enredaron en su brazo. La puerta trasera de la furgoneta se abrió y la luz del sol inundó el habitáculo, deslumbrándolas. Distinguieron la silueta de dos hombres recortada contra la luz.

—Comed —ordenó uno de ellos arrojando una bolsa de plástico al interior.

—Tengo las manos atadas.

—Mala suerte.

—Me hago pis —dijo Rennesme.

—Pues te aguantas. —Al fin reconoció aquella voz, era Laurent.

—Es solo una niña.

—Cállate, zorra.

—Se lo va a hacer encima y yo también. —Su cabeza le decía que debía intentar escapar.

Tanya le dijo que lo más probable es que su cuerpo apareciese lejos de España.

No sabía cuánto había dormido, pero sí que cuanto más se alejasen de Sevilla menos probabilidades tendrían que Edward las encontrase.

—Yo las acompañaré, no es necesario que vayamos oliendo a orines el resto del camino —dijo Demetri en albanés y dio un paso dentro de la furgoneta.

Agarrándola del brazo con escasa delicadeza tiró de ella hacia el exterior.

Sus ojos tardaron unos segundos en hacerse a la luz exterior.

Estaban en mitad de un lugar de vegetación apretada, por encima de los árboles observó una cordillera montañosa gris, de grandes rocas. El sol estaba casi en su cénit, lo cual la hacía sospechar que era mediodía. Si tras drogarla iniciaron el camino, debían haber transcurrido entre ocho y diez horas, con lo que podían estar ya demasiado lejos.

—Vamos —la apremió el hombre de la cicatriz en la barbilla, instándola a apartarse de la furgoneta oscura.

Uno de los hombres, calvo y de nariz prominente al que Jane había llamado Santiago, orinaba de espaldas a ellos y Laurent encendió un cigarrillo apoyado en el fuselaje, junto a un pequeño bidón de plástico vacío que por el aroma que desprendía parecía haber contenido gasolina.

No había ni rastro de la rubia.

Rennesme siguió sus pasos al exterior.

La camisa de Bella continuaba abierta en dos, con su abdomen desnudo y su sostén de encaje al descubierto, lo que unido a sus manos atadas la hacían sentir muy vulnerable. Se apartaron apenas un par de metros y Demetri les hizo un gesto con la cabeza.

—Ponte ahí, tras esa planta —indicó a Rennesme, y la pequeña se resguardó y bajó las mallas de flores.

—Vamos.

— ¿Olvidas que tengo las manos atadas?

—Eso no es un problema —dijo caminando hacia ella, Bella dio un paso atrás.

Él enarcó una ceja y la agarró del brazo, obligándola a darse la vuelta.

Sin decir nada más cortó la brida que unía sus manos con una navaja, liberándolas. El dolor en sus brazos fue estremecedor tras tantas horas en una postura tan forzada. Sintió ganas de echarse al suelo, pero se mantuvo en pie y comenzó a mover los dedos y las manos poco a poco.

Lo primero que hizo en cuanto pudo regir sobre sus extremidades fue atarse la camisa en el pecho, cubriendo su desnudez. Después se dio la vuelta dispuesta a introducirse en la maleza.

— ¿Adónde vas?

— ¿No pretenderás que lo haga aquí, delante de ti?

—Quédate donde estás.

Bella le miró a los ojos, ¿cuántos años podía tener? ¿Treinta? ¿Veintisiete? Sus edades no eran demasiado distantes y, sin embargo, cuánto debían haberlo sido sus vidas.

Demetri era moreno, con ojos negros, su mandíbula cuadrada y la cicatriz de su barbilla le concedían un aire peligroso que quizá incluso le hubiese hecho parecer atractivo si no se tratase de un criminal carente de escrúpulos. Algo en la mirada de Demetri la hizo tomar conciencia de que sabía que estaba analizándole. Estiró su postura y carraspeó: — ¿Vas a mear de una puta vez o te meto la polla en la boca para que espabiles?

Su amenaza le pareció forzada. Era rudo, uno más de aquellos matones sin escrúpulos, y sin embargo por algún motivo le parecía distinto.

—Lo siento —dijo, y se agachó tras otro matorral.

—Mete a la niña en la furgoneta —oyó decir, y al incorporarse subiéndose los pantalones vio el cabello negro de Laurent resplandeciendo contra la luz del sol—. Voy a conocer un poco mejor a nuestra invitada —profirió llevándose una mano a la bragueta.

Demetri agarró la mano de Rennesme y dijo algo al pelinegro en un idioma que Bella desconocía.

Este le miró de reojo, pensativo. Asintió, lanzó la colilla de su cigarrillo al suelo y se retiró de regreso hacia el vehículo.

—Vamos.

— ¿Qué le has dicho? ¿Por qué se ha marchado?

—Tú no haces las preguntas aquí. Como vuelvas a dirigirte a mí en ese tono voy a tener que enseñarte modales. Volved al coche. No quiero que hagáis el menor ruido, si lo hacéis, pararemos y os pondremos a dormir de nuevo.

El vehículo se puso en marcha y ambas volvieron a sumirse en la oscuridad. ¿Dónde podían estar? ¿Habrían abandonado ya España? No había podido reconocer aquellas montañas, pero sin duda por el clima no pertenecían a Andalucía, pues era muy difícil encontrar una sierra de árboles tan verdes a principios de agosto. Además, no había sentido calor, al menos no el calor asfixiante de su tierra natal.

Mientras permaneció fuera, agachada entre las plantas, observó el derredor mientras se preguntaba si Edward habría descubierto lo que les había sucedido. Por un instante pensó en echar a correr, salir huyendo entre la maleza quizá le proporcionase una oportunidad de escapar, pero después miró a Rennesme, su cabello despeinado, su camiseta de Hello Kitty y sus mallas de flores, y se le partió el alma en dos. No podía dejarla sola, no podía escapar y abandonarla. La pequeña había permanecido de pie, quieta, muy cerca de Demetri, pero sin tocarle.

Bella, a tientas, encontró las botellas de agua y el par de bocadillos de la bolsa de plástico, y le entregó uno de ellos a la niña.

—No quiero.

— ¿Por qué no? Es de salchichón —dijo dándole un mordisco.

—Quiero ir con mi mamá —sollozó.

La buscó entre las sombras y la abrazó, apretándola contra su pecho. Era tan pequeña, su cabello era tan suave, su colonia olía a fresas y nubes de azúcar. Sus manos la rodearon por el cuello, abrazándola, reposando la barbilla en su hombro.

—Tranquila, chiquitina. Mamá vendrá, aunque tardará un ratito. Pero, mientras, yo te voy a cuidar, ¿vale? Y tú también cuidarás de mí, ¿verdad?

—Sí —masculló acurrucándose contra ella. Cuanto cariño necesitaba aquella pequeña, se le rompía el alma en mil pedazos—. Te ha llamado juguete.

— ¿Quién?

—Demetri le ha dicho a Laurent que Jane se enfadaría mucho si él estropeaba su juguete.

— ¿Es que puedes entenderlos?

—Algunas cosas. Me lo han enseñado Marcus y Athenodora.

— ¿Son amigos tuyos?

—Ellos me cuidan cuando no puedo estar con mamá. Vivo en su casa. —Bella recordó las palabras de Tanya. Aro no la dejaba estar con su pequeña, excepto un día a la semana.

— ¿Y ellos te han enseñado su idioma?

—Jugamos a las palabras.

— ¿Te tratan bien?

—Sí, pero me obligaban a comer brócoli. Mi abuela Tori nunca me obligaba a comer brócoli.

—Tu abuela Tori… —Los ojos de Bella se empañaron al pensar en aquella señora a la que no conocía, la que había movido cielo y tierra para saber de su nieta, y que sin saberlo, acababa de perder a su única hija. Pero se recompuso, no podía pasarse el resto de la vida llorando.

Edward las encontraría.

Al igual que había sido capaz de encontrar la vivienda de Aro la primera vez, movería sus contactos, investigaría, haría lo que fuese por volver a hallarlas, tan solo tenían que esperar y mantenerse con vida aguardando el momento en el que lograse rescatarlas.

Entonces pensó que debía advertir a Rennesme de que quizá, en algún momento, aparecería un hombre que trataría de llevársela y debía irse con él. Pero no imaginaba cómo hacerlo sin correr el riesgo de que la pequeña se marchase con cualquiera. Después de dar muchas vueltas a la cabeza la solución llegó en forma de cuento.

—Escúchame Rennesme, voy a contarte algo muy importante. ¿Sabes la historia del ángel de los ojos mágicos?

—No.

—Pues te la voy a contar. Verás, todos tenemos un ángel mágico que viene a cuidarnos cuando tenemos problemas, solo que a veces no sabemos reconocerle. Cuando ese ángel llega, si nos llama, tenemos que irnos con él, porque nos llevará a un lugar maravilloso donde todo es genial.

— ¿Al cielo? Yo no quiero ir al cielo, porque allí están los que se mueren.

—No, no es al cielo —admitió con una sonrisa—. ¿Dónde te gustaría ir a ti?

—A la playa.

—Pues el ángel de los ojos mágicos te llevará a la playa. Pero para eso tienes que reconocerle. Porque, de hecho, puede ir vestido muy raro, no va con las alas al aire para que todo el mundo lo vea y sepa que es un ángel.

— ¿Y cómo lo reconozco?

—Por sus ojos. Los ojos de nuestro ángel son idénticos a los nuestros. Cuando mires a los ojos del ángel verás tus propios ojos. Pero no puedes decírselo a nadie porque si no pueden querer quitarte a tu ángel.

— ¿Y el ángel es grande o pequeñito?

—Es grande. Muy alto.

— ¿Y es pelirrojo como yo o moreno?

—Pelirrojo.

—Pues cuando encuentre a mi ángel no se lo diré a nadie, solo a mi madre y a ti.

Cada vez que Rennesme mencionaba a su madre era como si una espina se le clavase dentro. La pequeña se acurrucó sobre ella en el asiento y dejó que las horas transcurriesen dentro de aquella pequeña caja metálica que olía a cerrado y se mecía con el devenir de la carretera.

Cuando Rennesme volvió a sentir ganas de hacer pis, Bella golpeó el fuselaje en la parte trasera para que quienes viajaban en el asiento delantero la oyesen, pero fue inútil. Así que no le quedó más remedio que ponerla en una de las esquinas, cerca de la puerta. Con los vaivenes estuvieron a punto de caer rodando por el suelo, pero el vehículo no se detenía.

No se detuvo en horas, hasta que los pequeños haces de luz que se colaban desde el exterior se apagaron y percibieron cómo habían disminuido la velocidad.

El sonido chirriante del freno de mano al estacionar la hizo sospechar que habían aparcado con intención de permanecer donde quiera que estuviesen. Las puertas se abrieron de nuevo, unas luces rojizas mezcladas con el brillo de una farola mortecina iluminaban el exterior.

—Abajo —ordenó Laurent aguardando a que se apeasen del vehículo.

Bella dio el primer paso y descendió de la furgoneta.

Estaban en un aparcamiento estrecho y mal iluminado en el que había otros tres vehículos de gran cilindrada estacionados. A su espalda unas luces de neón en el lateral de un alto edificio rezaban: Maison du Plaisir.

«Eso es francés —pensó—. Debemos estar en Francia».

Demetri llamó con los nudillos a la que debía ser la puerta trasera del edificio, y esta se abrió segundos después.

Una mujer de unos cuarenta y cinco años, de curvas redondeadas, con el pelo largo y moreno, y vestida con una minifalda negra y una camiseta escotada, los recibió. Saludó a Demetri sin demasiado entusiasmo y las miró un instante antes de regresar hacia el interior. Recorrieron un largo pasillo oscuro y descendieron dos tramos de escalera hacia unas estancias en el sótano del edificio.

—Tengo hambre y quiero ir con mamá —sollozó Rennesme agarrada a su mano.

Siguiendo los pasos de su guía se adentraron en una cocina iluminada por una luz halógena parpadeante.

—Sentaos —ordenó Laurent indicando las sillas situadas en torno a una larga mesa metálica, y ambas le obedecieron.

La mujer abrió una olla y sirvió dos cuencos de un caldo rancio y sin apenas sustancia que, para los estómagos vacíos de Bella y Rennesme que no habían tomado nada en todo el día a excepción de los bocadillos de aquella mañana, fue una delicia.

Para los hombres de Irina, sin embargo, el menú fue distinto. Ellos degustaron un guiso de carne con arroz que regaron con vino, mientras la señora los observaba. Los ojos hundidos de Laurent se dividían entre Rennesme y Bella hasta que alguien más entró en la habitación captando toda su atención: una joven rubia con el cabello rizado, vestida con un tanga, un corsé rojo y un liguero que sostenía sus medias.

—Madame, M. Pryo est venu, il vous attend* —dijo la joven rubia.

—J'y vais* —respondió la madame, y la muchacha se giró, dispuesta a marcharse, pero el pelinegro la agarró de la muñeca y tiró de ella, obligándola a sentarse en su regazo, y se apoderó de sus pechos con las manos.

—Si tu la veux, tu payes. Voilà, c'est fini de baiser sans payer* —advirtió en francés, gesticulando para que el otro la entendiera.

Aunque Bella no hablaba demasiado bien francés, le quedó claro que había un rifirrafe entre ambos.

Laurent puso un billete de quinientos euros sobre la mesa y salió de la habitación con la rubia de la mano.

La mujer lo tomó y lo guardó entre sus pechos después de doblarlo; antes de marcharse entregó una llave a Demetri.

—Vamos, os llevaré a una habitación en la que podréis dormir un rato —dijo este. Ambas se levantaron de sus sillas y le siguieron por el pasillo mientras Santiago continuaba degustando su cena. Abrió una de las puertas, en el interior había una cama de matrimonio sin sábanas, un lavabo y un váter—. No nos marcharemos hasta mañana por la noche, descansad cuanto podáis —advirtió.

Bella buscó sus ojos y él rehuyó su mirada como si temiese que en estos descubriese algún secreto.

Cerró la puerta tras de sí y echó la llave. Bella se tumbó en la cama y hundió la cabeza en la almohada.

—Esto es una pesadilla, tiene que ser una pesadilla —sollozó.

Rennesme se subió a su lado y se tumbó, acariciando su espalda con su pequeña manita.

Ella la miró con los ojos enrojecidos, su cabello dorado estaba desparramado sobre la almohada y sus iris bicolor, cuasi mágicos, hacían contraste con la palidez de su piel.

— ¿Puedes acariciarme el pelo? —preguntó Rennesme.

Bella recordó la imagen de la noche anterior, cuando era Tanya quien se lo acarició hasta que esta cayó rendida por el sueño.

—Sí, claro —dijo, y comenzó a mesarle las sienes.

La pequeña se acomodó en su pecho, utilizándola de almohada.

—Cuando venga mi ángel le voy a pedir que te lleve con nosotros —dijo conteniendo un bostezo.

—Eso estaría bien.

—Conmigo y con mamá.

Continuó acariciando el largo cabello de la pequeña, deslizando los dedos también por su frente y por su nariz, hasta que pronto se quedó dormida, estaba agotada, tanto como ella misma.

Comenzó a oír un ruido que provenía de la habitación contigua, un golpe contra la pared que la alertó. Después otro más, y unas palabras, una discusión entre un hombre y una mujer. La mujer gritó.

Rennesme se sobresaltó al oírla, pero no despertó y ella se apresuró a taparle los oídos.

Los sonidos se repitieron, una joven se lamentaba y los golpes en la pared se sucedían. Cuando al fin cesaron, se sentó en la cama y abrazándose las piernas contra el pecho liberó toda la tensión y el dolor que había tratado de contener a lo largo de ese día.

Lloró por la muerte de Tanya.

Lloró por el sufrimiento que su desaparición estaría causándole a su hermano, perderla sería un golpe terrible para él y también para Rose, que debía estar levantando cada piedra de Sevilla en su búsqueda. Pero lloró sobre todo pensando en Edward, en todas las veces que le había advertido de que no tenía ni idea del lío en el que estaba metiéndose.

¿Qué las esperaba fuera de aquellas paredes o quizá incluso dentro de ellas?

El sonido de la llave girando en la cerradura la despertó.

Se incorporó sin hacer ruido, apartándose de la pequeña que se movió girándose hacia el otro lado.

El sol se colaba por las altas ventanas de la habitación iluminando a la joven que dejó una bandeja en el suelo junto a la puerta.

—Espera, espera —le pidió.

Pero la muchacha la miró un instante y cerró la puerta veloz. No lo suficiente como para que no la reconociese: era la chica rubia de la noche anterior y en su rostro lucía un violáceo hematoma que le ocupaba la práctica totalidad de la mandíbula sobresaliendo sobre los labios amoratados. Laurent debía haberla lastimado de ese modo, sin duda. Sintió un escalofrío. Esos eran los golpes que había oído…

Tomó la bandeja del suelo y la dejó sobre la pequeña mesa de madera. Había dos bollos de pan tiernos, mantequilla, un plato y un cuchillo de plástico, dos tazas y un termo con leche caliente.

— ¿Ha llegado ya mamá? —preguntó Rennesme desperezándose en la cama.

—Creo que tu mamá se va a retrasar. ¿Quieres desayunar? Mira, nos han traído bollos, mantequilla y leche.

— ¿Con Cola Cao*?

—No, peque, sin Cola Cao. Pero podemos mojar los bollos en la leche.

—No me gusta la leche sola —dijo haciendo pucheros.

—Tienes que probarla para saber si te gusta.

—Ya la he probado y no me gusta.

— ¿Y qué te gusta desayunar?

—Galletas y Cola Cao en mi taza de Peppa Pig.

—Mira, mira, podemos hacer como si los bollos fuesen los pies de Peppa Pig saltando en los charcos de barro. Será muy divertido —probó Bella intentando evitar que la niña se echase a llorar.

—Peppa Pig sí me gusta, saltando en los charcos —dijo mirándola con sus impresionantes ojazos.

Caminó hasta su lado y se sentó sobre su falda. Bella sirvió un poco de leche en uno de los platos de las tazas y humedeció uno de los bollos en la leche, salpicando un poco, y Rennesme se echó a reír. El hambre que ambas sentían ayudó a la pequeña a no hacer ascos a la ausencia de Cola Cao, y devoró la leche y el bollo. Después permanecieron tumbadas sobre la cama, sin que oyesen nada más que pasos a través de aquella puerta.

— ¿Tú tienes niños?

—No.

—Entonces, ¿cómo sabes quién es Peppa Pig?

—Porque mi amigo Harry tuvo que hacer un día un trabajo para el cole de su hija Leah, que tiene seis años como tú, y yo le ayudé. Estuvimos una tarde entera viendo capítulos de la serie para hacer muñequitos de cartón y papel de colores. Hicimos a Peppa, a George, a Papá Pig y a Mamá Pig.

— ¿Y al dinosaurio?

— ¿Al dinosaurio? Claro. Y Leah llevó muy orgullosa al cole el trabajo que había hecho su papá —relató recordando aquella tarde entre risas y papel de celofán. Rennesme la escuchaba muy seria—. ¿Qué te pasa?

—Yo no tengo papá. Tenía al abuelo, pero se fue al cielo. — Aquellas palabras calaron muy hondo en su pecho y tuvo que morderse el labio para controlar las lágrimas que se empeñaban en acudir a sus ojos de nuevo. Cuánto le gustaría poder decirle que sí, que tenía un papá, un papá maravilloso que estaba dispuesto a todo por ella aun sin conocerla.

—Quizá sí lo tienes, solo que aún no ha llegado el momento de encontraros.

— ¿Puedo encontrar un papá?

— ¡Claro que sí!, y estoy segura de que lo harás.

—Eso estaría chuli.

—Sí, muy chuli —admitió con una sonrisa, peinándole el largo flequillo hacia atrás con los dedos.

—Cuando tenga un papá lo llevaré a mi casa de Rota para enseñárselo a Amanda Pinto.

— ¿Quién es María Hale?

—Una niña que me pegó los piojos.

— ¿Qué? —preguntó y se rio.

—María Hale vive con su madre en la calle de la abuela Tori y me pegó los piojos cuando vino a jugar conmigo, y mi abuela Tori me peinó muchas veces con un peine amarillo y me untó un líquido que olía a veterinario.

— ¿A veterinario?

—Sí, así olía el veterinario al que llevábamos a nuestra gata Michifú.

— ¿El veterinario olía a matapiojos?

—Y la abuela me dijo que si volvía a coger piojos me cortaría el pelo como a Tintín. Pero ya no los cogí más, aunque yo sé que era broma porque ella no quería que me cortase el pelo.

— ¿Y qué pasa con María Hale? ¿Por qué quieres decirle que tienes papá?

—Porque ella dice que su padre es el mejor del mundo, pero tiene cara de oso.

—Pobrecillo.

—Tiene muchos pelos por la cara y por el cuello, y seguro que mi papá será muy guapo, mucho más guapo.

—Yo no sé cómo es el papá de María Hale, pero te aseguro que tu papá será el hombre más guapo del mundo —dijo con melancolía.

Edward… cómo le extrañaba. ¿Estaría buscándolas? Estaba convencida de ello.

Entonces oyó un ruido en el exterior.

Dejó la bandeja en el suelo y empujó la mesa con cuidado hasta situarla bajo la alta ventana. Se subió a ella y observó a través de esta. Podía ver el aparcamiento, con la furgoneta oscura en la que habían viajado aparcada.

Laurent hablaba por teléfono con alguien acompañado por Santiago, que fumaba apoyado contra el vehículo. El pelinegro gritaba y discutía con quienquiera que hablase, hasta que en un determinado momento colgó y dio un pequeño puñetazo en el hombro a Santiago obligándole a moverse, y ambos se pusieron en marcha, se subieron a la furgoneta y desaparecieron a toda velocidad.

Ambas oyeron ruido fuera de la habitación, pasos en el pasillo, y Bella pensó que quizá era su única oportunidad de escapar, si lograba que alguien abriese esa puerta mientras Laurent y Santiago estaban lejos, puede que pudieran lograrlo.

—Rennesme, túmbate en el suelo y finge que te has desmayado. Yo gritaré, haré que abran la puerta y, cuando lo hagan, sea quien sea quien entre por ella lo sacudiré con la silla y echaremos a correr escaleras arriba, ¿de acuerdo? Cuando lleguemos a la calle, al primero que te encuentres le dices: ¡Police, police! A ver, dilo.

—Police, police. Pero yo no sé…

—Rennesme, vamos a escaparnos ahora mismo o nos llevarán a un sitio horrible. —La pequeña asintió, a pesar de la expresión de horror de sus ojos—. Vamos, túmbate, y en cuanto entre alguien te escapas corriendo.

—No me quiero ir sola.

—Pero yo iré contigo, no estarás sola, te lo prometo.

—Vale.

Se situó a un lado de la puerta con la silla de madera ante ella, esperó a que la niña se tumbase en el suelo y cerrase los ojos, y entonces alzó la silla en el aire que pesaba como el plomo y gritó:

—¡Socorro! ¡Socorro! ¡Algo le sucede a la niña! ¡Socorro! ¡Se ha desmayado!

Oyó cómo unos pasos se acercaban tras la puerta y continuó gritando hasta que esta se abrió. Una figura oscura dio un paso hacia delante, inclinándose hacia donde la pequeña permanecía inmóvil y entonces arrojó la silla con toda su energía contra su cabeza. Demetri cayó inconsciente ante ella.

Bella, sorprendida por su propia efectividad, llamó a la pequeña, que reaccionó rápidamente, y ambas echaron a correr por el pasillo. Estaba despejado y recordaba el camino: al fondo estaban las escaleras que las conducirían a la calle. Rennesme se agarró a su mano con energía. Se detuvieron un instante al pie de las escaleras, pero no percibieron ruidos del piso superior. Ascendieron los peldaños en silencio y, al llegar a la planta de arriba, desde su posición, Bella pudo distinguir a la madame que conocieron la noche anterior. Discutía con otras chicas, a las que parecía regañar, parada delante de la salida que debían atravesar para alcanzar la puerta por la que habían entrado por la noche, por lo que no les quedó más remedio que tomar la dirección contraria. Gatearon la distancia que las separaba de la esquina, apenas un par de metros, y tomaron el pasillo en dirección opuesta mientras oían llorar a la chica a la que la mujer le alzaba la voz. Llegaron hasta una puerta de color oscuro. El corazón le latía en la garganta. Debía abrirla, no podía regresar por donde habían venido, la salida estaba bloqueada.

Sus ojos se encontraron con los de Rennesme.

Tenían que salir de allí como fuese.

Giró el pomo, abriendo con cuidado, y descubrió, un largo pasillo atestado de puertas cerradas, mal iluminado, pero muy distinto al anterior. Las paredes estaban empapeladas con un estampado rojo y negro que imitaba flores de encaje y el suelo era de madera oscura. Una cortina negra de satén, por la que se colaba una luz rojiza, ocultaba el final.

Volvió a mirar a la pequeña, su compostura era admirable, apretó los labios sujeta con firmeza a su mano, sin decir una sola palabra. Caminaron en dirección a la cortina. Cuando la atravesaron encontraron una amplia pista de baile con un escenario central, la luz roja se reflejaba en una bola de discoteca que desprendía rayos multicolores a su alrededor. Las paredes estaban cubiertas de espejos y había una barra con una docena de taburetes con asientos de cuero. En uno de los laterales había varios sillones que debían proporcionar mayor intimidad a los clientes. Junto a ellos, una puerta doble con apertura de emergencia proporcionaba el acceso principal al club.

—Vamos —susurró, y tiró de la niña caminando agazapadas entre los asientos.

Solo tenían que atravesar aquella puerta y echar a correr hasta tropezarse con cualquier viandante al que pedir auxilio. Rezaba porque el sistema de seguridad que obligaba a la puerta a abrirse al accionar la badana no estuviese bloqueado. El corazón le latía en los oídos cuando comenzó a oír ruido.

Unos gritos autoritarios de mujer que parecían provenir del pasillo.

Ambas se volvieron y observaron cómo la madame y un hombre de raza negra muy fornido al que no conocían asomaron tras la cortina de satén.

—Attrape-les! *—gritó, y el hombre corrió hacia ellas.

Bella empujó los bancos que rodaron por el suelo, provocando que tropezase con ellos. Alcanzaron la puerta y empujaron con toda su alma. Esta cedió, abriéndose, lo que hizo saltar la alarma, pero el tipo estaba demasiado cerca, y agarró a Bella por la espalda.

—Corre, Rennesme, corre hasta que no te queden fuerzas —ordenó a la pequeña que la miró con miedo. Supo que no quería dejarla atrás. Entonces se volvió, forcejeando, y dio un rodillazo en las partes blandas al tipo que la había atrapado—. Pide ayuda, corre.

Y Rennesme huyó a toda velocidad, seguida por la mujer mientras ella forcejeaba con el tipo que a pesar del dolor no la soltaba. La cogió del pelo y tiró de ella, arrastrándola. Pataleó, le mordió y obtuvo un puñetazo en la mandíbula como respuesta, aun así se resistió todo el camino de vuelta hasta acabar por los suelos dentro de la misma habitación.

Antes de que la introdujesen dentro de un empujón vio a Demetri sentado en la cocina, con una bolsa de guisantes sobre la cabeza.

Sus ojos se cruzaron y él arrugó el entrecejo, como si le sorprendiese volver a verla.

Subió a la mesa del pequeño cuarto y trató de ver el exterior, pero no había actividad. Oyó pasos y el llanto de Rennesme que gritaba su nombre. La puerta se abrió de nuevo y la metieron dentro con la misma escasez de delicadeza que habían utilizado con ella.

— ¿Estás bien?

—Sí —lloró, abrazándola con energía.

— ¿Te han hecho algo?

—No. Estoy bien. Tienes sangre… —dijo señalando su boca.

Bella se relamió y percibió el sabor metálico que empapaba sus labios, tenía una pequeña herida en la comisura.

—No es nada, tranquila.

—Lo siento, corrí todo lo que pude, pero me cogieron.

—Lo has hecho genial.

—No, lo he hecho fatal. Por mi culpa no nos hemos escapado.

— ¿Qué dices? No es culpa tuya, son muchos, y mucho mayores, y corren más —dijo apretándola contra su pecho, besando su cabello.

— ¿Qué van a hacerme? Laurent le dijo a Demetri que soy el regalo de Alec. ¿Es que ese hombre, Alec, no tiene hijos y quiere que sea su hija?

—No lo sé, tesoro. Pero lo que sí sé es que tenemos que ser fuertes y estar juntas.

La llevó hasta la cama, se tumbó con ella y le acarició el pelo para tranquilizarla, funcionó y al poco tiempo Rennesme se quedó dormida. Era una niña hermosa e inteligente y no por ello menos inocente.

Edward debía encontrarlas cuanto antes, debía sacarlas de allí y, si no, tendría que hacerlo Hugo, que también debía estar buscándola desesperado. Pero ¿cómo iba él a sospechar que se hallaba en un club de alterne de algún lugar de Francia?

Pasado un buen rato oyó cómo llegaba un vehículo y volvió a subir a la mesa para observar de quién se trataba. Laurent y Santiago bajaron de la furgoneta, el pelinegro abrió una de las puertas traseras y sacó a una niña inconsciente. Podría tener unos diez o doce años, su cabello era largo y oscuro, y llevaba un vestido largo hasta los tobillos. Parecía pesar menos que una pluma en brazos del matón.

Santiago abrió la puerta de otra furgoneta, una blanca con el logotipo de una empresa de mariscos, y Laurent la dejó dentro, tumbada en el suelo. Acto seguido regresó al primer vehículo y reapareció con otra joven en las mismas circunstancias, también con el cabello largo y oscuro, vestida de modo similar, pero mucho mayor, quizá dieciséis o dieciocho años, que también acabó en el suelo de la furgoneta blanca. El pelirrojo miró en todas direcciones mientras cerraba la puerta y caminó junto a Santiago hacia el edificio.

Pronto llegaron a las estancias interiores y pudo oírlos conversar y reír a través de la puerta que se abrió sin previo aviso. Demetri entró con una bolsa en las manos y la miró sentada sobre la cama acariciando a la pequeña.

—Comed esto, en diez minutos volveré y os ataré las manos.

— ¿Vas a atarnos?

— ¿Crees que no lo merecéis después de intentar escapar? —preguntó mirándola con fijeza con sus ojos negros.

Era extraño que no la tratase con mayor desprecio después de haberle agredido, se preguntó si podría ganarse al menos algo de afecto por el que parecía el menos despiadado de aquellos matones, quizá les fuese mucho mejor así.

—Siento haberte golpeado.

— ¿En serio lo sientes? No lo creo.

—Gracias.

— ¿Por qué me das las gracias?

—Por no entrar como un energúmeno y matarme a golpes después de que yo te agrediese.

—No cantes victoria, voy a cobrarme ese golpe, no te quepa duda —apostilló con una mirada fría como el hielo.

—A la espalda no, por favor, es demasiado doloroso. —Sus ojos le dijeron que no la había entendido—. Cuando nos ates las manos, no lo hagas a la espalda.

Demetri se marchó sin añadir nada. Logró despertar a Rennesme y convencerla de comer los bocadillos y zumos antes de que Demetri regresase a la habitación. Cuando lo hizo, entró acompañado de Santiago, que les ató las manos con bridas de plástico.

—A la espalda no— ordenó el primero en un idioma que Bella no podía entender dedicándole una mirada de reojo, el otro obedeció sin rechistar abandonando la que era su primera intención. Ella contuvo cualquier gesto de agradecimiento porque temía dejarle en evidencia de algún modo, pero se lo agradecía porque acababa de evitarles un gran sufrimiento. Sin decir nada más las condujeron a la furgoneta blanca.

—Hay dos niñas muertas —susurró Rennesme cuando las puertas se abrieron ante ellas.

—No están muertas, solo inconscientes —dijo Demetri antes de encerrarlas.

Se sentaron en el suelo, en una de las esquinas, acomodándose como pudieron contra la carrocería, pues aquel nuevo vehículo carecía de asientos en el interior.

Las chicas que permanecían inconscientes, tendidas en el suelo, comenzaron a rodar y a moverse con los giros que tomaban en la carretera cuando el vehículo se puso en marcha.

Cuando la luz del día dejó de filtrarse por entre las rendijas de la carrocería, una de ellas comenzó a moverse y a quejarse. Bella y Rennesme permanecieron en silencio sentadas en su rincón. Poco después, la joven fue capaz de sentarse y comenzó a gritar en francés, despertando a la otra chica. Conversaron entre ellas y golpearon antes de comenzar a gritar de nuevo.

— ¿Por qué gritan? —preguntó Rennesme.

—Porque aún no saben que es peor. No gritéis, por favor —pidió, y entre las sombras, con la escasa luz que proporcionaban los faros traseros, vio cómo la mayor se detenía ante ella y profería palabras que intuía de auxilio. La pequeña, sin embargo, lloraba sin cesar.

—Où est-ce qu'on est? Où est-ce qu'on est?! Je veux rentrer à la maison! *

—No te entiendo. Do you speak english?* —trató de comunicarse con ella Bella, pero la joven se giró y comenzó a dar patadas y puñetazos a la carrocería.

La respuesta de sus captores no se hizo esperar.

La furgoneta se detuvo y Rennesme se apretó contra Bella, que la rodeó con sus manos atadas cuando la puerta trasera se abrió. Las luces de freno otorgaron un demoníaco aire rojizo a Santiago quien dio un paso en el interior de la caja.

Cuando la mayor de las chicas se le acercó en busca de explicaciones, este le propinó tal puñetazo en el estómago que la hizo caer de espaldas y golpearse con brutalidad contra el metal.

Por la hoja abierta Bella pudo ver a Demetri, de pie junto a esta.

La chica se revolvió en el suelo, pero Santiago parecía decidido a agredirla de nuevo. Se inclinó hacia ella.

—Déjala en paz, es solo una niña —pidió Bella, desde su posición hecha un ovillo con Rennesme entre sus brazos.

El matón la miró con el ceño fruncido, parecía dispuesto a hacerla callar del mismo modo.

—Santiago, vámonos, creo que ya lo han entendido y es mejor no estropear demasiado la mercancía —lo llamó Demetri en albanés, y el grandullón volvió sobre sus pasos, no sin antes dedicarle una mirada que intuía llena de odio por su atrevimiento.

Bella no pudo entender lo que le decía, pero sí que había evitado que la golpease, y supuso que, como había dicho a Laurent en la ocasión anterior, temía la reacción de Jane. La puerta se cerró y no volvió a abrirse hasta el amanecer. No importó que la joven golpeada vomitase, ni que a la que creía su hermana pequeña llorase con amargura en voz baja mientras trataba de consolarla.


Madame, M. Pryo est venu, il vous attend* - Señora, El señor Pryo ha venido, él lo esta esperando.

J'y vais* - Yo voy

Si tu la veux, tu payes. Voilà, c'est fini de baiser sans payer* - Si la quieres, pagas. Eso es todo, se acaba lo de follar sin pagar.

Cola-cao* - en una mezcla de azúcar, cacao en polvo soluble, harina de trigo y cola-malteada comercializada en España.

Attrape-les!* - Atrapenlas

Où est-ce qu'on est? Où est-ce qu'on est?! Je veux rentrer à la maison!* - ¿Dónde estamos? ¿Dónde estamos? Quiero ir a casa

Do you speak english?* - ¿Hablas ingles?

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