DISCLAIMER: la historia no me pertenece, los personajes son de Stephanie Meyer y la trama es de un libro el cual será dicho al final de esta historia, yo solo me adjudico la adaptación

Bella Swan es enfermera del equipo de urgencias del 061 de Sevilla. Su vida transcurre entre el trabajo y su relación secreta con Jacob Black, el mejor amigo de su hermano y médico de su equipo, relación que este no parece dispuesto a formalizar. Edward Cullen, miembro del equipo alfa del Team Six de los Seals, acaba de regresar de Afganistán. Su vida y la de Bella se cruzan tras ser apuñalado en la calle. Se trata de un hombre joven, corpulento, con una poblada barba rubia y unos espectaculares ojos azules. Un hombre cuyo torso y alma están marcados por profundas cicatrices. Desde ese encuentro, Bella no podrá dejar de pensar en el americano. Pero Edward se prohibirá a sí mismo sentir algo por la joven enfermera. Está a punto de enfrentarse a la misión más importante de su vida y, por nada del mundo, quiere ponerla a ella en peligro. Los Vulturi son la más peligrosa organización criminal de toda Europa. Son salvajes, despiadados, se financian con la prostitución y el tráfico de seres humanos, y Bella está a punto de caer en sus redes, sin imaginar las consecuencias.


22 - Fantasma

Montañas, montañas rojas de altas cimas sobre las que nacía un nuevo día iluminando el aire helado de la mañana se extendieron a su alrededor al bajar de la furgoneta. El vehículo había estacionado frente a una gran puerta de madera que daba acceso a un recinto amurallado, a un castillo en la cima de las montañas. Se adentraron por un amplio patio con suelo adoquinado, del mismo color gris oscuro que las paredes. Estaban ante un edificio inmenso de varias plantas de altura.

A su espalda, la enorme puerta que parecía el único acceso a la propiedad se cerró.

Rennesme tiritaba de frío, también ella.

Parecían haber regresado al invierno de golpe a pesar de que estaban a principios de agosto.

Junto a la entrada del edificio había un hombre vestido con un traje oscuro, con el mismo aspecto de asesino a sueldo que el resto, que abrió la puerta principal, permitiéndoles el paso. El exterior de aspecto rudo y desapacible contrastaba por completo con el interior del castillo, en el que el lujo era llevado al extremo con relucientes suelos de madera, grandes cuadros colgados en las paredes, cortinajes de terciopelo rojo y frisos dorados.

Un largo pasillo las condujo hasta una especie de salón principal.

En este, sentado frente a una mesa de despacho cuyas patas delanteras eran dos águilas bicéfalas, había un hombre de cabellos rubios, casi blancos, que miraba con interés la pantalla de un ordenador.

Las cuatro prisioneras desfilaron hasta situarse ante él.

Las dos pequeñas francesas se abrazaron entre sí, con el rostro hundido la una en la otra y los ojos llenos de lágrimas que no se atrevían a derramar.

El hombre, que no tendría más de veintisiete o veintiocho años, alzó el rostro para mirarlas una a una. Sus ojos parecían sobrenaturales, su iris era de un color rojizo y su pupila de un brillante escarlata. Tenía la piel blanca en extremo, impoluta, como el cabello y la escasa perilla que cubría su mentón.

—C'est un fantôme…*—susurró la mayor de las chicas francesas.

El rubio enarcó una ceja borrando cualquier rastro de normalidad de su rostro. La expresión de un auténtico sádico inundó sus ojos y transformó la mueca de sus labios en una sonrisa llena de maldad.

—Oui, c'est vrai, je suis un fantôme, ¡le fantôme que vous verrez dans vos cauchemars toutes les nuits!* —respondió mirando a la muchacha fijamente.

Bella apenas podía entender palabras sueltas, aunque aquel fantôme había sonado demasiado a fantasma.

Se incorporó de la silla y caminó hasta ellas. Era muy alto y vestía de un modo elegante, con un pantalón gris de pinzas y una camisa blanca, como un hombre de negocios en lugar del proxeneta sádico y despiadado que era en realidad.

Las examinó con detenimiento y las niñas bajaron la mirada de nuevo evitando el contacto con sus ojos, que en la proximidad parecían violáceos.

Bella, sin embargo, se quedó mirándole.

El joven se detuvo frente a ella y preguntó algo a Demetri, a lo que este respondió, y después volvió a mirarla con curiosidad.

—Ah, española. ¿Y a ti, no te doy miedo? ¿No te parezco un fantasma?

—Siento decepcionarle, pero no eres el primer albino que veo.

— ¿Ah no?

—No.

— ¿Quién es esta mujer? Porque es demasiado vieja para mí —preguntó de nuevo a Demetri, esta vez en su idioma para que ella pudiese entenderle.

—Es el nuevo juguete de Jane.

—Ah, mi querida hermanita. Puede que no sientas miedo por mi aspecto, pero me encargaré de que me lo tengas por mis actos —sentenció con una sonrisa, que mostraba una dentadura impoluta.

Se giró y dirigió unas palabras a Santiago en su idioma, antes de salir de la habitación.

Este se fue directo hacia la mayor de las dos niñas francesas y la agarró por la cintura para llevársela. La chica comenzó a gritar sin soltar a la que debía ser su hermana pequeña, que también gritaba.

Bella trató de ir hacia ellas para ayudarlas, pero Demetri le cortó el paso dedicándole una mirada de advertencia que la hizo detenerse en el acto, apretando a Rennesme contra su cuerpo.

Laurent sujetó a la otra niña mientras Santiago se llevaba a la mayor que pataleaba tratando de liberarse. Sus gritos de auxilio se oían por el corredor mientras se alejaban cada vez más.

Condujeron al resto por un largo pasillo, antes de atravesar una gran sala en la que había una escalera en forma de abanico invertido que ascendía hasta el piso superior. Del techo, decorado con pinturas como si de un antiguo palacete se tratara, colgaba una gran lámpara de araña. Por un lateral accedieron a otro corredor y las obligaron a pasar al interior de una estancia con dos camas grandes y un cuarto de baño en la que se percibía el calor de los radiadores de aceite encendidos.

Laurent y el otro par de matones salieron de la habitación, pero Demetri se detuvo un poco en la puerta, antes de cortar con una navaja las bridas de las manos de Bella y Rennesme.

—Ahí fuera solo hay vegetación y frío. Estáis a demasiados kilómetros del pueblo más cercano como para llegar con vida. Si tratáis de escapar, moriréis en el intento o, en caso contrario, Alec os encontrará y os matará —advirtió en un susurro.

—Gracias por preocuparte —dijo mirándole desafiante.

—No me preocupáis vosotras, me preocupa soportar la reacción de Jane si pierde la oportunidad de divertirse contigo —sentenció antes de abandonar la estancia y dejarlas encerradas dentro.

Bella se agachó hasta tomar asiento en el suelo, estaba agotada.

Rennesme permaneció de pie a su lado, inmóvil, y la otra niña se hizo un ovillo en una de las esquinas de la habitación y comenzó a llorar con amargura. Su cuerpo entumecido parecía negarse a responderle ahora que al fin estaban solas. Una punzada honda en el coxis la hacía sentir como si tuviese quebrada en dos la columna vertebral, y sus articulaciones parecían estar llenas de vidrios rotos.

Recordaba la expresión de aquella joven mientras Santiago se la llevaba, la mirada violeta de Alec, la maldad que había visto en sus ojos, en los ojos de un hombre tan joven… La pequeña continuaba llorando, gateó hasta ella.

Ma sœur , ma sœur* —repetía con el rostro oculto entre las manos.

Eran hermanas tal y como había imaginado, había reconocido aquella palabra al instante, sœur.

Solo sabía una docena de palabras y frases en francés que le había enseñado Pierre, un estudiante parisino de Erasmus al que había conocido durante su último año de instituto, pero de aquello ya hacía casi diez años y apenas recordaba nada de lo que había aprendido entonces.

Je m'appelle Bella. Elle, Rennesme. Et tu?* —dijo con grandes gestos, y los ojos de la chiquilla la hicieron saber que la había entendido.

Je m'appelle Bree* —dijo con timidez—. Et ma sœur s'appelle Kate.*

Bree…

Cuánto le gustaría poder hablar con ella sin la barrera que suponía el idioma.

Quel âge…?*—Ni siquiera recordaba cómo acabar aquella frase.

Dix ans et ma sœur , dix-sept*—respondió, pero el gesto de Bella debió hacerla saber que no la había entendido y la pequeña Bree indicó las edades con los dedos de ambas manos. Bella sonrió feliz de que al menos estuviese hablando con ella y hubiese dejado de llorar por un instante.

Entonces Rennesme rodeó su cuello con los bracitos y enterró el rostro en su cabello rubio.

Ella la abrazó, sentándola sobre su regazo.

—Ese hombre, ¿es un fantasma de verdad?

—Los fantasmas no existen, tesoro, ese es un hombre malo, pero solo un hombre.

— ¿Adónde se la ha llevado? —Bella dudó qué responder, pero algo en su interior le decía que debía ser lo más sincera posible con la pequeña.

—No lo sé, pero sé que va a hacerle daño.

— ¿Por qué?

—Porque es un hombre malo y los hombres malos disfrutan haciendo daño.

—Aro también es un hombre malo. Él le hacía daño a mamá y también a mí.

— ¿A ti?

—Sí, él me tiró por las escaleras y me dijo que si le decía a los médicos que había sido él mataría a mi mamá. —Malnacido. Hijo de… —Pero ahora ya no estamos más con él.

—No. Espero que nunca más volvamos a verle.

De pronto la puerta de la habitación se abrió y por ella asomó una mujer de cabellos canos con un pañuelo gris anudado en la nuca, su piel era rojiza y unas profundas arrugas surcaban su cara. Era bastante baja y gruesa, debía rondar los sesenta años y vestía un traje gris oscuro. Dejó en el suelo junto a la puerta una bolsa de lana roja con dibujos bordados, y les dedicó lo que parecía una auténtica regañina antes de salir de la habitación.

—Ha dicho que pongamos las sábanas a las camas y que si queremos comer tendremos que trabajar.

—No sirve de nada llevarles la contraria. Debemos estar fuertes para intentar escapar —dijo para sí, abrió la bolsa, sacando de ella unas sábanas de algodón, e hizo la primera de las camas con ayuda de Rennesme mientras Bree las observaba.

—Rennesme.

—Puedes llamarme Nessie si quieres, mi abu siempre me llamaba así y me gusta más.

—Me encanta Nessie. Creo que es mejor que no sepan que puedes entenderlos, porque si piensan que no sabemos lo que dicen, quizá se les escape algo que nos ayude a salir de aquí.

—Entonces, ¿no te cuento lo que dicen?

—Sí, claro, cuéntamelo, pero tenemos que fingir que no los hemos entendido.

— ¿Qué es fingir?

—Uf, es hacer como que no sabemos lo que sí sabemos. Sé que es complicado, pero ¿lo entiendes?

—Creo que sí.

Cuando comenzaron a hacer la otra cama, Bree se puso al fin de pie y abandonó su rincón para ayudarlas. Entonces oyeron un ruido procedente del exterior y al mirar por la ventana comprobaron que esta, aunque protegida por una gruesa reja de hierro, daba al patio por el que habían entrado. El sol estaba alto en mitad del cielo despejado. Observó que había vigilancia por todas partes, sobre el muro, en el tejado que alcanzaba a observar y, por supuesto, custodiando la puerta principal.

Esta se abrió y cinco hombres abandonaron el edificio.

Pudo reconocer a dos: Santiago y Alec , que embutido en su traje impoluto dedicó una mirada a la ventana, con los ojos protegidos por las gafas de sol, antes de introducirse en un vehículo todo terreno con cristales tintados y desaparecer atravesando la salida.


C'est un fantôme* - Es un fantasma

Oui, c'est vrai, je suis un fantôme, ¡le fantôme que vous verrez dans vos cauchemars toutes les nuits!* - Si, es cierto ¡el fantasma que veras en tus pesadillas todas las noches!

Ma sœur , ma sœur* - Mi hermana, mi hermana

Je m'appelle Bella. Elle, Rennesme. Et tu?* - Yo me llamo Bella. Ella, Rennesme. ¿Tú?* (Julia no sabe hablar correctamente).

Je m'appelle Bree* - Me llamo Bree

Et ma sœur s'appelle Kate.* - Y mi Hermana se llama Kate

Quel âge…?* - ¿Qué edad…?

Dix ans et ma sœur , dix-sept* - Diez años y mi hermana diecisiete

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