DISCLAIMER: la historia no me pertenece, los personajes son de Stephanie Meyer y la trama es de un libro el cual será dicho al final de esta historia, yo solo me adjudico la adaptación
Bella Swan es enfermera del equipo de urgencias del 061 de Sevilla. Su vida transcurre entre el trabajo y su relación secreta con Jacob Black, el mejor amigo de su hermano y médico de su equipo, relación que este no parece dispuesto a formalizar. Edward Cullen, miembro del equipo alfa del Team Six de los Seals, acaba de regresar de Afganistán. Su vida y la de Bella se cruzan tras ser apuñalado en la calle. Se trata de un hombre joven, corpulento, con una poblada barba rubia y unos espectaculares ojos azules. Un hombre cuyo torso y alma están marcados por profundas cicatrices. Desde ese encuentro, Bella no podrá dejar de pensar en el americano. Pero Edward se prohibirá a sí mismo sentir algo por la joven enfermera. Está a punto de enfrentarse a la misión más importante de su vida y, por nada del mundo, quiere ponerla a ella en peligro. Los Vulturi son la más peligrosa organización criminal de toda Europa. Son salvajes, despiadados, se financian con la prostitución y el tráfico de seres humanos, y Bella está a punto de caer en sus redes, sin imaginar las consecuencias.
23 - Incapaz
La puerta de la habitación volvió a abrirse apenas diez minutos después de que el líder de los Vulturi se hubiese marchado.
Demetri entró acompañado por la señora que las había visitado antes y que permaneció en la puerta.
—Ven conmigo, Bella.
—No. No voy a dejarlas solas.
—No va a sucederles nada, a ti tampoco, pero necesito que vengas conmigo. —La expresión de alarma en sus ojos le dijo que debía obedecerle, que algo sucedía que no podía contarle en ese momento.
—No te vayas, no quiero que te vayas.
—Tranquila, Nessie, regresaré enseguida. Mientras, cuida de Bree —pidió agachándose para mirarla a los ojos.
Rennesme la abrazó y después caminó junto a la otra niña y le dio la mano. Se le partió el corazón en mil pedazos cuando miró atrás y las vio de pie, una junto a la otra, con los dedos entrelazados. La señora cerró la puerta a su espalda.
— ¿Adónde vamos?
—No hagas preguntas.
— ¿Adónde me llevas? ¿Quién es esa mujer?
—He dicho que no preguntes —ordenó mirándola con severidad.
Su mirada era tan intensa como la de un lobo sediento. Parecía furioso y Bella decidió no tentar más su suerte irritándole. Siguió sus pasos hasta el amplio hall, ascendieron las altas escaleras alfombradas hacia el piso superior y se adentraron por un ancho corredor con paredes forradas de madera, adornado con consolas de metal dorado que compartían espacio con cabezas disecadas de animales, como ciervos o jabalíes.
Demetri se detuvo de pronto frente a una puerta y deshizo las dos vueltas de llave que la cerraban. Antes de abrirla la miró con dureza.
—Trata de ayudarla —dijo.
Supo entonces a quién encontraría dentro de aquella habitación y un escalofrío la recorrió de pies a cabeza.
Kate permanecía tendida sobre una cama deshecha. Su vestido de seda azul estaba hecho trizas, desgarrado; a pesar de ello, alguien lo había utilizado para cubrir su desnudez. Bella intuía que ese alguien era la misma persona que la había llevado hasta allí para tratar de ayudarla. Corrió hasta la cama mientras la puerta volvía a cerrarse a su espalda.
Su aspecto era desolador.
Tenía la mirada perdida en el techo, con la larga cabellera castaña extendida por la cara y las sábanas y los labios empapados en sangre que parecía manar de la mucosa oral, quizá de las encías o la lengua. Distinguió dos profundas mordeduras en sus hombros y la marca violácea de unas manos en su cuello.
—Kate, comment… —Por Dios santo no recordaba cómo acababa esa frase, trató de tranquilizarse y pensar—. Kate, comment allez-vous?*
La chica ni siquiera la miró.
Bella recorrió con sus ojos el resto de su cuerpo, había mordeduras en sus brazos, en sus muslos, y sangre, mucha sangre, entre sus piernas.
Inspiró hondo tratando de sacar fuerzas de donde no las había, de no romper a llorar ante ella, que parecía ausente, pero, sin embargo, respiraba. No pudo evitar que un par de lágrimas recorriesen sus mejillas en silencio. Le apartó el cabello de la cara con cuidado y entró en el baño de la habitación, abrió el agua caliente y empapó una toalla. Regresó junto a la cama y le limpió la sangre de los labios y las mordeduras de los hombros, sin que la muchacha hiciese el menor gesto, como si se hubiese transformado en una imagen de cera. Cogió su mano con suavidad y rompió a llorar arrodillada en el suelo, apoyada sobre la cama a su lado.
¿Cómo podía existir un ser capaz de hacer aquello?
¿Cómo podía haber mirado a aquella chiquilla a los ojos y aun así ser capaz de hacerle tanto daño?
No era un fantasma.
Era un monstruo.
—Lo siento. Sé que no me entiendes, Kate, pero lo siento, siento muchísimo lo que te ha hecho —balbució entre lágrimas asiendo su mano. Entonces la joven la miró sin que sus ojos reflejasen emoción alguna—. ¿Te duele por dentro? Dime cómo puedo ayudarte… Je m'appelle Bella.
Volvió a levantarse y enjuagó la sangre en el lavabo, junto con sus lágrimas.
Debía ser fuerte, pero no podía.
Apoyó ambos brazos sobre la superficie de cerámica tratando de sostenerse. Era un baño lujoso, con una pequeña estantería llena de perfumes y cremas. Aquella era su habitación, la habitación personal del monstruo. Se miró en el espejo los ojos enrojecidos y vio en el fondo el cuerpo inmóvil de la joven. Furiosa empujó con la mano todos los afeites de la estantería de vidrio, tirándolos al suelo antes de regresar a su lado para continuar limpiándola.
—Dónde… douleur?
La joven masculló algo, pero ella no pudo entenderla. Entonces, como si hubiese despertado de su trance, los ojos de Kate expresaron un hondo horror. Trató de levantarse, pero el dolor se lo impidió
—Ma sœur.
—Está bien. Bree bien.
Al oír aquellas palabras echó a llorar, Bella la cubrió con una de las sábanas hasta el cuello, trató de acariciarla, pero ella esquivó su mano, por lo que se apartó dispuesta a esperar lo que fuese necesario para poder examinar la gravedad de sus heridas.
A ambos lados de la cama había ventanas y al observar a través de ellas contempló el paisaje que rodeaba el castillo.
Estaban en la cima de una colina, a su alrededor tan solo había altas y escarpadas montañas salpicadas de vegetación rastrera, en la lejanía distinguía árboles de frondosas copas verdes que destacaban sobre la tierra oscura y, a una veintena de kilómetros, se oteaba lo que debía ser un pequeño pueblo de tejados rojizos.
¿Dónde estarían? ¿Qué país sería aquel?, se preguntaba observando el horizonte.
Las águilas bicéfalas de la mesa de despacho de Alec Vulturi la habían llevado a pensar en Rusia, pero jamás podría saberlo a ciencia cierta.
Maldito monstruo.
Maldito una y mil veces.
Tenía que pensar el modo de sacar a Rennesme de allí antes de que intentase tocarla. Antes de que la destrozase como había hecho con aquella chica. Regresó al baño y llenó la bañera. En otras circunstancias le habría pedido que no se asease con el fin de recabar pruebas para acusar a aquel animal, pero en sus circunstancias era inútil. Estaban prisioneras en algún país desconocido, no había nadie a quien entregar aquellas pruebas y ni siquiera nadie a quien le importase lo que le había hecho. Pensó que un baño la haría sentirse limpia, era lo primero que reclamaban las chicas que habían sido agredidas sexualmente, precisamente lo que no debían hacer.
La ayudó a incorporarse de la cama, sostuvo su mano para que se pusiera en pie y, cuando estuvieron una frente a la otra, la joven la abrazó, desnuda, y lloró sobre su hombro. Bella rodeó su cuerpo magullado y la retuvo entre sus brazos. Kate lloró y lloró, hasta quedarse sin aliento. Ella también. La acompañó y la ayudó a meterse en la bañera, despacio. El contacto de las heridas con el agua cálida la hizo encogerse, escocían.
Alguien llamó a la puerta del dormitorio. La mirada de Kate fue de auténtico horror. Bella caminó hasta ella. Quienquiera que fuese solo tenía que abrirla, pues estaban encerradas desde el exterior.
— ¿Quién es?
—Demetri —oyó seguido de las vueltas de llave. Abrió, solo un poco—. Traigo ropa —dijo entregándole un colorido bolso de lana.
—Gracias.
— ¿Cómo está?
— ¡¿Cómo está?! Mal, muy mal, está medio muerta. No creo que pueda sobrevivir a otro ataque como ese. —Su voz sonó demasiado a reproche para estar hablando con uno de sus captores, pero no podía evitarlo—. ¿Eso es lo que nos espera a cada una de nosotras?
—Si intentáis escapar y os capturan, eso no será nada en comparación a lo que os hará —sentenció.
— ¿Cuándo va a volver? —preguntó, sosteniendo la bolsa entre las manos.
— ¿Cómo sabes que se ha ido?
—Le he visto por la ventana.
—Preguntas demasiado. Ayúdala si es que puedes o dime que le pegue un tiro, pero deja de hacer preguntas de una puta vez. En un rato vendrán a buscaros y os acompañarán a la habitación.
— ¿Cuándo vuelve?, por favor.
—En varios días —masculló cerrando la puerta y marchándose de nuevo.
Bella tomó la ropa y regresó junto a Kate para ayudarla a lavarse y vestirse. Había traído unos vaqueros de una talla mucho mayor que la suya, una camiseta amplia y un par de jerséis de lana, de los cuales ella misma se quedó con uno, pues su camisa desgarrada y anudada bajo el pecho poco la protegía del frío.
Ambas permanecieron sentadas en la cama, en silencio, hasta que la puerta volvió a abrirse y apareció por ella la mujer que habían visto antes acompañada de una chica joven. Era una muchacha menuda, de piel muy clara y ojos azules, y aunque iba vestida igual que la mujer, con una larga falda y un pañuelo en el cabello, no debía contar más de unos dieciséis años.
Las llevaron a la habitación en la que las esperaban Rennesme y Bree. Kate caminaba despacio, reprimiendo el dolor de los desgarros que aquel monstruo de ojos rojos había producido en su menudo cuerpo.
Aquella noche, la oyó llorar de nuevo, en voz baja. No lo había hecho ante su hermana, manteniéndose en silencio con la mirada perdida, ausente ante la felicidad de la pequeña al verla entrar.
—Está llorando —susurró Rennesme, abrazada a ella en la cama que compartían. No dejaba pasar nada por alto.
—Duérmete.
—El fantasma le ha hecho daño.
—Ya te he dicho que no es un fantasma.
—El hombre malo de los ojos raros. A mí también va a hacerme daño.
—No pienses en eso, Nessie.
—Tengo mucha hambre.
—Yo también.
— ¿Jugamos a comer sueños?
— ¿Y eso cómo se hace?
—Me lo enseñó mamá. Cuando Aro nos castigaba sin comer porque mamá había sido mala, me dolía mucho el estómago, eso fue antes de ir a vivir con Marcus y Athenodora. Mamá me decía que me imaginase mi comida favorita, que la cogiese de los sueños y la comiese así… —La pequeña hizo mucho ruido con la boca, como si realmente masticase algo—. Y después bebíamos mucha agua así —relató escapando de las mantas con las que se habían cubierto, fue al baño y bebió agua del grifo antes de regresar junto a ella en la cama. Bella contenía a duras penas las ganas de llorar, con el corazón roto al pensar en todo lo que había sufrido Rennesme en manos de ese otro ser despreciable—. Y ahora tengo que quedarme dormida antes de que me vuelva a entrar hambre. Siempre funciona, hazlo tú.
Bella la imitó, fue al baño y bebió antes de regresar a su lado.
— ¿En qué has pensado?
—En macarrones a la carbonara.
—Hum, es mi comida favorita —confesó Rennesme acurrucándose contra su cuerpo.
La besó en la frente y comenzó a acariciarle el pelo con los dedos para ayudarla a dormir, funcionó, y tan solo unos minutos después oyó cómo su respiración se pausaba, cómo se relajaba y se dormía profundamente.
Pobrecilla, no tenía ni idea de cómo contarle que su madre no regresaría o si llegaría a contárselo siquiera. Debía pensar en el modo de escapar de allí, pero ¿cómo? Si lo hacían, si lograban burlar toda la seguridad y salir del castillo, ¿serían capaces de atravesar aquellas montañas y llegar al pueblo? ¿Y una vez allí? ¿Cómo se comunicarían? Ni siquiera sabía si podrían entender las pocas palabras del idioma que utilizaban algunos de sus captores y que Rennesme había aprendido.
Otras palabras acudieron a su mente.
Oyó su respiración pausada y pensó en la petición que le había hecho su madre: No permitas que toque a mi niña.
Tanya debía saber muy bien qué tipo de ser era Alec Vulturi. Y ella acababa de comprobarlo en el cuerpo de Kate. ¿Cuánto dolor, cuánto sufrimiento podría soportar una pequeña tan inocente? No podía, no quería imaginar que Rennesme pasase por algo así. Quizá obedecerla sería un acto de piedad. Nadie sabía dónde estaban, ni siquiera ellas mismas.
Todos los años desaparecían chicas que jamás volvían a aparecer, quizá ellas dos, ellas cuatro, pasasen a engordar esta terrible estadística.
¿Cuántas de aquellas niñas habrían sido destrozadas por Alec Vulturi? Intuía que demasiadas.
Tomar aquella almohada, apretarla contra su rostro y…
No, no podía hacerlo. A pesar de que quizá estuviese condenándola a una muerte peor, a pesar de los pesares, no podía. El monstruo tardaría unos días en regresar, al menos disponía de ese tiempo para mantener la esperanza de ser rescatadas.
Kate, comment allez-vous? - Kate, ¿cómo está usted? (Bella no utiliza las frases correctamente).
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