DISCLAIMER: la historia no me pertenece, los personajes son de Stephanie Meyer y la trama es de un libro el cual será dicho al final de esta historia, yo solo me adjudico la adaptación
Bella Swan es enfermera del equipo de urgencias del 061 de Sevilla. Su vida transcurre entre el trabajo y su relación secreta con Jacob Black, el mejor amigo de su hermano y médico de su equipo, relación que este no parece dispuesto a formalizar. Edward Cullen, miembro del equipo alfa del Team Six de los Seals, acaba de regresar de Afganistán. Su vida y la de Bella se cruzan tras ser apuñalado en la calle. Se trata de un hombre joven, corpulento, con una poblada barba rubia y unos espectaculares ojos azules. Un hombre cuyo torso y alma están marcados por profundas cicatrices. Desde ese encuentro, Bella no podrá dejar de pensar en el americano. Pero Edward se prohibirá a sí mismo sentir algo por la joven enfermera. Está a punto de enfrentarse a la misión más importante de su vida y, por nada del mundo, quiere ponerla a ella en peligro. Los Vulturi son la más peligrosa organización criminal de toda Europa. Son salvajes, despiadados, se financian con la prostitución y el tráfico de seres humanos, y Bella está a punto de caer en sus redes, sin imaginar las consecuencias.
26 - La primera
—Va a violarme, ¿verdad? —se atrevió a preguntarle mientras caminaban a solas por el pasillo. Demetri la miró de reojo y continuó su paso—. Contéstame, por favor.
—No es su estilo. Intentará convencerte y, si eres una chica lista, serás amable con ella, es tu mejor opción.
—Mi mejor opción… Mi mejor opción es dejar que abuse de mí una asesina demente.
—Mejor ella que… —Se contuvo, guardó silencio de inmediato como si temiese haber estado a punto de revelar algo inapropiado y apremió el paso.
— ¿Qué quién?
—Que cualquiera.
— ¿Por qué estás con ellos? Tú eres distinto.
—No lo soy —dijo acorralándola contra la pared del pasillo, sosteniéndola por los hombros, pegando su nariz a la suya—. Aún no he olvidado lo que sucedió en Niza y te aseguro que me cobraré ese golpe.
Su amenaza parecía sincera, sin embargo había algo en él, algo que no sabría expresar en palabras pero que le impedía creerle, a pesar de la fiereza de su mirada. Además, acababa de descubrir que la Maison du Plaisir se hallaba en Niza, aunque tras las largas horas de viaje que la habían dejado atrás, bien podían hallarse en Italia, o en cualquier lugar al este del continente.
Guardó silencio.
Su custodio se apartó de ella y prosiguió su camino.
Siguió sus pasos, consciente de que no tenía el menor sentido tratar de huir.
El castillo era un fortín, una cárcel inexpugnable. Ascendió las escaleras, custodiadas por dos tipos cuyos rostros comenzaban a serle familiares, y le siguió por el ancho pasillo central, el mismo en el que había recogido a Kate de una de las habitaciones después de que aquel monstruo la dañase. Demetri prosiguió hasta doblar la esquina, accediendo a otro pasillo de menor amplitud, que los condujo a una pequeña sala en la que tan solo había una puerta, en el extremo este del edificio. Se detuvieron ante ella, custodiada por un nuevo vigilante cuyo rostro recordaba de la casa de Aro en Sevilla, supuso que pertenecería a la guardia personal de Jane.
—La señora la espera —le dijo en ruso, y el joven, que no debía contar más de veinte años, la abrió para ella.
Bella dedicó una última mirada a Demetri, que rehuyó sus ojos, antes de entrar.
Había una gran mesa junto a la puerta, repleta de todo tipo de manjares y frutas. Varios platos de comida, plátanos, fresas, una tarta de queso con mermelada por encima, y un jugoso bizcocho de chocolate. Frente a esta vio una silla vacía. Al fondo, una cama con edredones de satén blanco y la puerta abierta del baño, del que salió Jane.
—Mmmm, ya ha llegado mi pequeña fierecilla —dijo con voz susurrante la mujer cuyos rasgos recordaba con dolor, aquella que había arrebatado la vida con sus propias manos a la madre de Rennesme. Su indumentaria no dejaba lugar a dudas de cuáles eran sus intenciones, vestía un conjunto de encaje blanco, con bustier, medias y liguero.
—Me llamo Bella.
—Bella… —paladeó su nombre con deleite—. Mi pequeña, tienes hambre, ¿verdad? Estoy dispuesta a compartir estos manjares contigo —aseguró tomando una brillante manzana roja, y la mordió. Ella la observó comer entendiendo por qué había sido privada de alimento: Jane quería utilizarlo para doblegar su voluntad. Su estómago rugía, estaba muerta de hambre—. Pero antes tengo una pregunta para ti, piénsala bien, porque de tu respuesta dependerá tu futuro.
— ¿Cuál?
— ¿Haremos esto por las buenas o por las malas? —preguntó, taladrándola con su mirada cristalina, de pie a escasos dos metros de su cuerpo, junto a la mesa, violentándola con su forma de observarla. Guardó silencio, reflexionando cuál sería su respuesta—. Si estás preguntándote cuál es la diferencia, es muy sencilla. O eres mi puta por propia voluntad, o serás la de todos mis hombres a la fuerza. ¿Qué respondes, Bella?
—Lo seré.
— ¿Qué serás? Quiero oír cómo lo dices.
—Seré… —La voz se le quebraba, apretó los puños con rabia tratando de infundirse las fuerzas necesarias para acabar la frase—. Seré tu puta.
—Muy bien —dijo mordiéndose el labio con deleite, abandonó la manzana sobre la mesa, caminó hasta ella y posó una mano en su cuello, era cálida, suave. Bella cerró los ojos y la imagen del rostro inerme de Tanya apareció en su mente, no quería morir, quería vivir. Percibió cómo descendía hasta su pecho, apretándolo entre sus dedos por encima del grueso jersey y logró mantenerse impertérrita—. Mírame —exigió, y ella obedeció, leyendo el deseo en sus ojos. Jane se aproximó hasta su boca y la besó. Sintió el roce de su lengua suave y cálida, el sabor a manzana en su boca que trataba de abrirse hueco entre sus labios. Inspiró hondo, intentó controlar la repulsión que le producía, pero no pudo. Dio un paso atrás, apartándose de ella—. ¿Qué coño te pasa, puta? ¿Es que quieres que alguno de mis hombres te enseñe modales?, ¿Prefieres eso? —dijo agarrándola del pelo, forzándola a levantar la cabeza. Ante su mutismo la soltó y caminó decidida hasta la puerta.
—No, no, por favor —suplicó aterrorizada—. Necesito… Necesito algo de tiempo.
— ¿Tiempo?
—Yo nunca… nunca he estado con una mujer. —Al oír aquellas palabras el gesto de Jane se mudó por completo, pasando de la ira al anhelo sin poder disimular el deseo que despertaba en ella. Volvió sobre sus pasos, deteniéndose de nuevo a su lado.
— ¿Nunca?
—No.
— ¿Seré la primera? —preguntó antes de volver a besarla con decisión, agarrándola del pelo, apretándola contra sí. Bella sabía que debía corresponder a su beso, pero no pudo, tan solo consiguió mantenerse inmóvil mientras la invadía con su lengua y bebía de su boca. Jane jadeó excitada sobre sus labios y trató de meter la mano por el pantalón en busca de su sexo, pero ella en un acto reflejo la apartó de un manotazo y volvió a alejarse, pegándose a la pared. Entonces le dedicó una mirada que destilaba una profunda rabia—. No tengo demasiada paciencia, como pudiste comprobar cuando nos conocimos, espero que la próxima vez tengas claro qué prefieres o seré yo quien decida por ti. ¡Lárgate! —ordenó.
Abandonó la habitación con el corazón latiéndole en la garganta.
Tendría que hacerlo, tendría que entregarse a aquella mujer si quería vivir, si quería evitar que cualquiera de los malhechores despiadados que la rodeaban la ultrajase en su lugar. Con ella por las buenas o con todos sus hombres por las malas, había dicho.
Se enjugó las lágrimas que se empeñaban en acudir a sus ojos, mirando de reojo al par de guardias que custodiaban la puerta de la mujer, y emprendió el camino de regreso a su habitación seguida de uno de ellos. Al torcer la esquina se topó con Demetri, que recorría el camino en sentido inverso. Este dirigió unas palabras a su custodio en su idioma que hizo que regresase por donde había venido y fuese él quien ocupase su lugar. Bella percibió en él un cierto halo de nerviosismo, de tensión. Pero no dijo nada y se limitó a caminar a su lado. Al girar en el pasillo, Demetri alzó la vista para comprobar si alguien podía verlos antes de abrir una de las puertas y, agarrándola del brazo, la empujó dentro.
Era un dormitorio, una amplia habitación con una cama con dosel y mobiliario igual de recargado que el resto de las estancias del castillo.
Se giró buscando leer en su mirada cuáles eran sus intenciones.
— ¿Ahora? ¿Ahora vas a cobrarte el golpe que te di? Pues prepárate, porque estoy dispuesta a arrancarte los ojos si me tocas.
Él sonrió permaneciendo contra la puerta del dormitorio, impidiéndole la salida.
—Tranquila.
— ¿Tranquila?
—No voy a hacerte daño, pero necesito que guardes silencio, pase lo que pase, no grites.
— ¿Qué?
—Que no grites, preciosa —dijo alguien a su espalda, una voz masculina que reconoció al instante, una voz que aceleró su corazón y llenó sus ojos de lágrimas.
Se giró y corrió hacia él.
Allí estaba, parecía imposible pero era él, Edward, de pie junto a la puerta del baño de aquel dormitorio. Él la recibió con los brazos abiertos, estrechándola contra sí con tanta fuerza que temió romperse en dos. Bella cerró los ojos e inspiró su aroma, y rompió a llorar asida con firmeza a su cuerpo, como si fuese el único apoyo capaz de sostenerla en pie. Sintió sus manos en su espalda, recorriéndola, apretándola con energía contra sí. Y lloró, lloró casi sin aliento, sintiendo que acababa de devolverle la vida.
—Chsss. Cálmate, amor mío —le susurró al oído, enternecido por cómo se estremecía asida a su cuello, por cómo su menudo cuerpo se convulsionaba de emoción. Buscó sus ojos. Limpió sus lágrimas y la besó con la intensidad de un huracán. El sabor de sus labios, de su boca suave y cálida, ese que durante días había temido no volver a experimentar, fue un bálsamo para su alma atormentada.
—Dime que no estoy soñando —pidió con un hilo de voz.
Edward volvió a limpiar sus lágrimas con los pulgares, acomodando su rostro entre las manos.
—No estás soñando, estoy aquí.
—Lo sabía, sabía que solo tú podrías encontrarnos. —Sus ojos brillaban tanto por la emoción que parecían dos obsidianas. Pensó que era la mujer más hermosa que había visto en toda su vida, pero también la más valerosa y fuerte, y la única que había logrado conquistar su rudo corazón.
Demetri carraspeó, recordándoles que también él se hallaba en la habitación.
—Esperaré fuera para concederos algo de intimidad. Tenéis cinco minutos, ni uno más —dijo antes de abandonar la habitación.
— ¿Cómo está Rennesme? ¿Está bien? La he visto un momento en el despacho de Vulturi, pero no podía decirle que…
—Sí, tranquilo, ella está bien. Tienes una hija maravillosa, Edward.
— ¿Os han tocado? ¿Os han hecho daño?
—No, ambas estamos bien, te lo prometo.
—Dime la verdad, por favor.
—De verdad, te lo prometo por la memoria de mis padres —dijo emocionada ante el temor que leía en sus ojos de esmeralda. Él volvió a estrecharla entre sus poderosos brazos, necesitaba tocarla para saber que era real, que al fin las había encontrado—. Otra de las niñas no ha tenido tanta suerte…
—Sé que hay dos niñas más. Voy a sacaros de aquí, lo juro, aunque me cueste la vida hacerlo.
— ¿Cómo has podido llegar hasta aquí sin que te descubran?
—He tenido que mover muchos hilos y exigir a mi gobierno que negociase mi intervención en esta misión. Gracias a esto he conseguido que se me permita unirme a sus filas usurpando la identidad de uno de sus hombres, un ruso recientemente detenido por la Interpol. Jane necesitaba renovar su guardia personal después de perder a uno de sus hombres en Sevilla.
—Liam.
—Sí. Uno de los agentes infiltrados se encarga del aparato de reclutamiento de la organización, fue él quien me sugirió como el mejor reemplazo para este.
—Entonces, ¿ya sabes que Tanya…?
—Lo sé. Es terrible. Ojalá hubiese podido ayudarla.
—Has dicho la Interpol. Entonces, ¿Demetri?
—Demetri es otro de los agentes infiltrados de la misión.
— ¿Qué misión?
—La de detener a Vulturi y toda su cúpula. Bella, escúchame bien, en dos días se reunirán todos los lugartenientes de los Vulturis en el castillo, entonces la operación especial los detendrá y os liberarán.
— ¿Dos días?
—El director de la Interpol no iba a permitir que me uniese a la misión sin más, había una condición insalvable. He sido forzado a jurar por mi honor como SEAL que no intervendré durante esos dos días. Y lo haré, siempre y cuando no estéis en peligro.
—Lo harás, ya creo que lo harás —intervino Demetri adentrándose en la habitación de nuevo, sorprendiéndolos—. Me he dejado cinco años de mi vida a esta jodida misión y juro que si haces un solo movimiento antes de que recibamos órdenes, el primer disparo que atravesará tu cabeza será el mío.
—Tendrás que hacerlo si intentan lastimarlas —rebatió Cullen enfrentándole sin el menor temor. Ambos hombres medían sus fuerzas con la mirada, los dos sabían de lo que el otro era capaz, de cuánto podían y debían temerse el uno al otro—. Te agradezco que las hayas cuidado, porque me consta que lo has hecho, pero estamos hablando de mi familia y tendrás que matarme para impedir que las proteja.
— ¿Faltarás a tu palabra entonces? ¿Traicionarás a tu país?
—Ellas son mi país, mi patria y mi bandera ahora. Nada ni nadie me importa excepto ellas.
—Quizá deba advertir a mi superior que eres un elemento desestabilizador y debas ser retirado de la misión.
—Si te atreves a hacerlo serás el primero en caer —le amenazó llevándose una mano al cinto en busca de su arma, pero carecía de ella.
—En contra de mi voluntad he admitido que seas infiltrado en este puto castillo en el peor momento, pero no voy a permitir que ni tú ni tus soldaditos lo echéis todo a perder.
—Y yo no voy a permitir que ningún poli de tres al cuarto anteponga su carrera a la seguridad de los míos.
—Tranquilos, tranquilos. Edward, escúchame, podré hacerlo, podré aguantar dos días. ¿De qué soldaditos habla?
—Mi equipo. Están ahí fuera. En el bosque, esperando una señal para quemar este lugar hasta los cimientos.
—Será el fin de vuestra carrera si lo hacéis —advirtió con la voz tintada por la rabia el agente de la Interpol.
— ¿Crees que me importa mi carrera? Me importa un carajo mi carrera. ¿Es que no lo entiendes? Estamos hablando de mi hija y de la mujer de mi vida, ¿quieres una puta medalla? Yo te la daré, te daré la veintena que tengo en casa, ¡pero no permitiré que las toquen! —Aquella mujer de mi vida le llegó al corazón.
Bella le abrazó, hundiendo el rostro en su pecho, sintiéndose segura por primera vez en mucho tiempo, bajo la atenta mirada de Demetri.
— ¿En serio crees que sobrevivirán? ¿Qué serás capaz de sacarlas con vida de aquí?
—Edward. Edward, escúchame. Podemos hacerlo, son solo dos días más. Resistiré, resistiremos, mientras Alec no se atreva a tocar a Rennesme, lo haremos. —Los puños del SEAL se contrajeron a ambos lados de su cuerpo y un músculo palpitó en su mandíbula preso de la rabia que sentía.
—Tenemos que irnos o empezarán a echarla de menos —advirtió Demetri.
Cullen la sujetó por los hombros mirándola con dulzura.
—Escúchame bien, Bella. No soy bueno hablando de este tipo de cosas y probablemente ni siquiera sea el mejor momento, pero… necesito decírtelo ahora. Yo… Te amo. Lo sé, lo siento, aquí dentro —dijo golpeándose con suavidad en el corazón con el puño—. Quiero estar a tu lado cada día del resto de mi vida, para que te mofes de los nombres que les doy a las cosas y para que me cures las heridas, especialmente las que no se ven. —No se le daban bien aquel tipo de cosas, había dicho, y sin embargo acababa de dedicarle la declaración de amor más bonita que había oído jamás. Sus lágrimas reaparecieron, esta vez de emoción, y asintió incapaz de pronunciar una sola palabra—. Por eso necesito que te mantengas a salvo, por encima de todo. Si tratan de haceros daño a ti o a Rennesme, grita, grita con toda tu alma y te juro que no habrá nada ni nadie capaces de impedir que llegue hasta ti —afirmó mirando de reojo al agente encubierto, que giró el rostro como si no le hubiese oído.
—Lo haré, lo prometo. Cuidaré de ambas. No hay nada que desee más en este mundo que estar a tu lado para convertir esos planes en realidad —confesó ella antes de volver a besarle, y sintió cómo las mariposas volvían a llenar su estómago, cómo reaparecía el maravilloso cosquilleo que despertaba en su piel, en todo su cuerpo.
En el camino de regreso a la habitación, escoltada por Demetri, recordó las palabras de Rennesme, ella había afirmado haber visto a su ángel de los ojos mágicos, y por supuesto que lo había hecho.
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