DISCLAIMER: la historia no me pertenece, los personajes son de Stephanie Meyer y la trama es de un libro el cual será dicho al final de esta historia, yo solo me adjudico la adaptación
Bella Swan es enfermera del equipo de urgencias del 061 de Sevilla. Su vida transcurre entre el trabajo y su relación secreta con Jacob Black, el mejor amigo de su hermano y médico de su equipo, relación que este no parece dispuesto a formalizar. Edward Cullen, miembro del equipo alfa del Team Six de los Seals, acaba de regresar de Afganistán. Su vida y la de Bella se cruzan tras ser apuñalado en la calle. Se trata de un hombre joven, corpulento, con una poblada barba rubia y unos espectaculares ojos azules. Un hombre cuyo torso y alma están marcados por profundas cicatrices. Desde ese encuentro, Bella no podrá dejar de pensar en el americano. Pero Edward se prohibirá a sí mismo sentir algo por la joven enfermera. Está a punto de enfrentarse a la misión más importante de su vida y, por nada del mundo, quiere ponerla a ella en peligro. Los Vulturi son la más peligrosa organización criminal de toda Europa. Son salvajes, despiadados, se financian con la prostitución y el tráfico de seres humanos, y Bella está a punto de caer en sus redes, sin imaginar las consecuencias.
27 - Hijos de la Guerra
Aguardó un momento en el dormitorio antes de marcharse, asegurándose de que nadie le observaba. Apagó el inhibidor de frecuencias que llevaba en el bolsillo del pantalón, ese que en caso de que hubiese micrófonos evitaría cualquier tipo de grabación.
Antes ya había comprobado que no hubiese dispositivos de vigilancia en la habitación, pero aun así prefería asegurarse. Y después enfiló el corredor de regreso al lugar al que había sido destinado a su llegada por el propio Demetri: el muro que circundaba el Castillo Negro.
El Castillo Negro.
Ese era el nombre con el que lo habían bautizado los habitantes de Puke, el pequeño pueblo albanés que se divisaba desde la colina, por el oscuro color de sus muros y por las oscuras leyendas que habían empezado a circular a propósito de lo que estos podían estar custodiando.
Para él había sido el lugar del reencuentro.
Al fin había podido verla, la había sostenido entre sus brazos y había oído de sus propios labios que ambas estaban bien. Sin embargo, sus preciosos ojos reflejaban el horror que había vivido. No quedaba ni rastro de la inocencia y felicidad con la que los recordaba. Los había hallado tristes, heridos, distintos, y se juró con rabia que se dejaría el alma en conseguir que volviesen a recuperar el brillo que desprendían cuando la conoció.
Bella, la mujer que le había robado el corazón, la que había logrado adentrarse por entre las corazas con las que había tratado de protegerse desde que, siendo aún un adolescente, había descubierto del modo más cruel que el amor no existía. Al menos no ese amor del que hablaban los idiotas, ese amor con mayúsculas que todo lo puede. Y, sin embargo, se sabía convertido en uno de ellos, uno más de esos necios que aseguraban sentirse incompletos en ausencia de la persona amada.
Él lo había estado, roto, deshecho, desde el mismo día en que ella desapareció.
El sentimiento de culpa le acompañaría por el resto de sus días.
Si no hubiese acudido a buscarla a su regreso de Atlanta, jamás habría acabado en aquel lugar, en aquel castillo en el que se había materializado el sueño de un psicópata que decidía el destino de los hombres, mujeres y niños que caían en sus manos, disponiendo quién debía vivir y quién morir conforme a sus oscuros deseos.
Recordó el dossier que le entregó su hermano Jasper, condecorado miembro de la CIA, sobre los hermanos Alec y Jane Vulturi cuando fue a recoger los resultados de las pruebas de ADN que confirmaban lo que en su interior ya sabía, que Rennesme era hija suya. El teniente Cullen había oído hablar de los Vulturis, de su brutalidad, de su falta de escrúpulos, de la amenaza en la que estaban convirtiéndose debido a su crecimiento exponencial.
Pero cuando leyó con calma los informes que contenía aquella carpeta, comenzó a hacerse una idea de dónde iba a meterse.
Alec Vulturi , nacido el 15 de Enero de 1987 en Polje, y su hermana Jane, nacida el 7 de Junio de 1983 en la misma localidad, eran hijos de Caius Vulturi, un empresario ruso natural de Moscú dedicado a la construcción, y Didyme Da Revin, una mujer kosovar de origen albanés, hija de granjeros.
Ambos mantuvieron una relación de diez años en la que Vulturi reconocería a sus hijos, aunque sin pasar por el altar. Relación que acabó de modo abrupto pocos meses después del 28 de junio de 1989 cuando Vladimir, entonces presidente de la República Socialista de Serbia, encontrándose en Polje para la celebración del sexto centenario de la Batalla de Kosovo y ante una multitud de un millón de serbios llegados de todas partes del país, pronunció el famoso discurso de Gazimestan en el que exaltó los ideales serbios, etnia minoritaria en Kosovo, apelando a su unidad en los momentos difíciles que vivían.
Caius Vulturi, un hombre hecho a sí mismo gracias a su gran intuición comercial, vio en el discurso del presidente una llamada hacia la guerra civil y decidió regresar a Moscú, trasladando la sede de su empresa a la capital rusa, al temer una inestabilidad en el país que no tardaría en producirse. Pero acarrear a una mujer que se negaba a abandonar a sus padres ancianos y a dos hijos pequeños no entraba dentro de sus planes de iniciar una nueva vida en la capital Rusa, así que un día desapareció sin más, olvidándose de la familia que dejaba atrás en Polje.
La lucha entre los independentistas albaneses y las fuerzas de seguridad serbias fue encarnizada durante los siguientes tres años, en los que Didyme y sus hijos sobrevivieron a duras penas gracias al trabajo duro en la granja y a la ayuda de sus padres, siempre con el temor a ser atacados y asesinados en mitad de la noche como les había sucedido a muchos de sus vecinos.
En marzo de 1999 la OTAN decidió intervenir en el conflicto.
El asalto duró tres largos meses y durante este período los bombardeos fueron continuos: mil aeronaves y otros tantos barcos y submarinos lanzaron misiles tomahawks contra objetivos yugoslavos.
El recrudecimiento de la lucha entre albaneses y serbios desencadenó una limpieza étnica que provocaría la huida masiva de la población.
Se estima que unos trescientos mil albaneses huyeron hacia los países próximos, malviviendo en campos de refugiados con las condiciones más precarias, carentes de agua corriente y de los alimentos más básicos.
En uno de esos campos, en Albania, acabaron Didyme y sus dos hijos, cuando Alec contaba con solo doce años y Jane dieciséis.
Pocos días tras su llegada, como si hubiese resistido solo hasta hallar un lugar en el que dejar a sus hijos, Didyme falleció como tantos otros refugiados (probablemente de una afección pulmonar ante la ausencia de medicinas).
La noche siguiente a su entierro en una tumba sin nombre, Jane recibió la visita de varios hombres del campamento, que la violaron y a punto estuvieron de acabar con su vida. Después de eso tuvo que prostituirse a cambio de alimentos para ella y su hermano pequeño.
Las informaciones apuntan a que también el joven Alec recibió abusos. A pesar de ello ambos lograron sobrevivir.
Con la llegada del final de la guerra muchos de los albaneses regresaron a sus casas, pero a ellos nadie los esperaba en Polje. Sus abuelos habían fallecido durante uno de los bombardeos en el que la granja quedó destruida, por lo que decidieron permanecer en Albania.
El joven Alec pronto empezó a delinquir, primero fueron hurtos en las aldeas cercanas, para continuar con atracos violentos, robos a mayor escala, secuestros y asesinatos a sueldo, destacando por su brutalidad y desprecio por la vida humana.
Hasta que, con diecisiete años, junto a otros jóvenes huérfanos procedentes del campo de refugiados, formó una organización criminal que entonces carecía de nombre, pero que acabaría convirtiéndose en los Vulturis, alimentada por el caldo de cultivo que la violencia había dejado en las almas de aquellos hijos de la guerra de los que enseguida se convirtió en líder.
La organización creció a un ritmo vertiginoso proporcionándoles el control sobre cada rincón del país en tan solo unos años, sus acciones eran metódicas y eficaces, y poco después dieron el salto a la actividad internacional.
Una de sus primeras intervenciones fuera de Albania fue encontrar a su padre, Caius Vulturi, y asesinarle a él y a su nueva esposa rusa en su apartamento de Moscú, en 2007, dejando con vida a sus tres hijos de nueve, siete y tres años para que experimentasen el mismo dolor que él y su hermana Jane sufrieron cuando él los abandonó.
Cullen estaba seguro de que ambos hermanos eran el producto de la dura existencia que les había tocado vivir, pero esto no justificaba el camino que habían decidido tomar.
Muchas otras personas sufrieron en circunstancias similares y sin embargo decidieron luchar por recuperar su vida, su identidad de antes de la guerra, o convirtieron su experiencia en motivo de cambio, pero para bien.
Saber a Bella y a Rennesme en manos de semejantes seres sin escrúpulos, carentes de cualquier sentimiento de compasión, había puesto a prueba su cordura en los cinco eternos días que había estado buscándolas. Desde que desaparecieron no había tenido un solo segundo de paz. Aquella sí que había sido una Semana del Infierno, el entrenamiento parecía una broma pesada en comparación con lo que había sentido en su ausencia.
Las prácticas de ahogamiento eran un juego comparadas con la angustia que le había dejado sin respiración al saberlas prisioneras de los Vulturis.
Jamás pudo imaginar que llegaría a sentirse así.
La noche en la que se despidió de Bella en el portal de su casa se dirigió al hostal en el que se hospedaba y se encerró en su habitación. Necesitaba estar solo para procesar todos los sentimientos que la revelación de Tanya le había producido. Para asimilar que había tenido una hija que murió antes de que él llegase a conocerla.
Se metió en la ducha y el agua ardiendo arrastró las lágrimas que a cara descubierta no se permitía derramar.
El sueño le venció bien pasada la madrugada dando vueltas en la cama.
Era extrañamente profundo el dolor que le producía la pérdida de alguien a quien ni siquiera había tenido la oportunidad de mirar a los ojos, aún no podía ni imaginar el modo en el que iba a contarle a doña Victoria que jamás volvería a ver a su nieta.
A la mañana siguiente se dio cuenta de que había dejado su teléfono móvil dentro del bolsillo del pantalón vaquero, en el baño. Lo había silenciado como precaución cuando se escondió en la cabina del spa y olvidó desactivarlo.
Descubrió entonces las llamadas perdidas de Bella la noche anterior e intentó contactar con ella.
Al no recibir respuesta, acudió a su casa.
A la mirada de alarma de Rose en el patio siguió el ataque de Emmet, que se abalanzó sobre él, tirándole al suelo, exigiéndole a puñetazos que le dijese dónde estaba su hermana pequeña. Tuvo que reducirle, parecía enloquecido, y le sostuvo contra el pavimento hasta que logró entender lo que le decía.
Que Bella no había regresado esa noche a dormir y no respondía a su teléfono móvil, que el coche de Rose, el que ella solía utilizar, había aparecido quemado esa misma mañana en un descampado a las afueras de la ciudad.
Y en ese momento la posibilidad de que hubiese sido secuestrada por los mismos hombres con los que se relacionaba Tanya se materializó en su pecho como una honda puñalada que le rasgase en dos el corazón.
Su primera reacción fue la de tomar su pistola y dirigirse a la propiedad de Aro. Sin embargo, sabía que sería una acción demasiado arriesgada que pondría en riesgo la vida de la mujer que amaba, entonces aún desconocía que la pequeña Rennesme seguía con vida.
Hubo de revelar su verdadera identidad a Emmet y los motivos que le habían llevado hasta Sevilla para que dejase de acusarle de la desaparición de Bella.
El policía quedó en estado de shock al entender el calibre de la situación.
Comprendió sus acusaciones y su desprecio hacia él.
Él mismo se despreciaba, se maldecía, por haber osado posar sus ojos en aquella joven que había sufrido demasiado ya antes de conocerle como para acabar de arruinarle la vida. Y, sin embargo, no había podido evitarlo.
La necesitaba, necesitaba verla, oírla, tocarla, porque solo ella, con su sonrisa, con el tono cadencioso de su voz, con el suave roce de su piel, le había hecho sentir vivo por primera vez en demasiados años.
Un enorme despliegue policial intervino en La Paloma, la propiedad de Aro, a primera hora de la tarde, cuando el juez firmó la autorización. Pero en su interior no encontraron nada más que un par de empleadas del hogar que aseguraban ignorar dónde se había marchado el propietario.
Para entonces su hermano Jaz había movido sus hilos tratando de contactar con uno de los agentes de la Interpol a cargo de la misión, pero su informante, el agente encubierto Andriev, Liam para los Vulturis, parecía haber sido tragado por la tierra.
A posteriori descubrirían que en efecto había sido así.
Fue entonces cuando recurrieron a las más altas instancias a las que ambos hermanos tenían acceso, y funcionó: el vicepresidente en persona le llamó al día siguiente, indicándole el lugar y modo de contacto para la reunión secreta que mantendría con el secretario general de la Interpol en un gesto de cooperación sin precedentes.
Y durante todo ese tiempo, todos y cada uno de los minutos, todos y cada uno de los días, rezó a un Dios en el que nunca creyó para que estuviese bien, para que continuase con vida.
Durante su reunión con Haakon Carlsen, un noruego alto como un edificio, secretario general de la Interpol, descubrió que el agente que aún continuaba infiltrado había revelado que la compañera de Aro, Tanya, había sido asesinada, pero que la niña y la mujer a la que buscaba continuaban con vida.
Estaba viva.
Rennesme estaba viva.
No podía imaginar por qué Tanya le había mentido y quizá jamás conocería la respuesta, pero acaso ya no importaba.
Su hija seguía con vida y Bella también, llegar hasta ellas era lo único que le importaba. El secretario, parapetado tras su esmaltada mesa de despacho, había tratado de convencerlo de que se mantuviese al margen de la operación. Pero él tenía muy claras sus intenciones.
-Si no me dejáis intervenir a vuestro modo lo haré al modo SEAL-
La cara del mandatario se había descompuesto al oír aquellas palabras, pasando por toda una gama de colores, desde el blanco más pálido al rojo más intenso, y sus reticencias se esfumaron como un trazo de humo azotado por el viento. Su perfecto dominio del ruso había permitido introducirle en la organización haciéndose pasar por un miembro moscovita al que ni Jane ni sus más cercanos conocían en persona, detenido por la Interpol en el mayor de los secretos. Gracias a Aleksei, otro de los agentes infiltrados que lo recomendó para la seguridad personal de la hermana del shef por sus excelentes aptitudes, había logrado llegar hasta ellas en un tiempo record.
La pérdida del agente encubierto Andriev, fue fundamental para que lo lograse, al dejar una vacante en la seguridad de Jane. Andriev había cometido el error de intentar ayudar a Tanya y a su hija, saltándose todas las directrices de la misión, motivado al parecer por los sentimientos que albergaba por la joven, según las sospechas de sus propios compañeros.
Tras el primer contacto de Cullen, ahora Anthony, con Jane en Tirana, donde esta se había dirigido directamente desde Sevilla para reclutar mujeres jóvenes con falsas promesas de trabajo digno y una vida mejor, logró que ella aceptase ponerle a prueba como miembro de su guardia personal. Sin embargo, la hermana del shef era una mujer desconfiada por naturaleza y, como había hecho con el resto de sus protectores, había exigido que permaneciese desarmado mientras ganaba su confianza.
Había jurado por su honor como SEAL que aguantaría sin intervenir, pasase lo que pasase, hasta la llegada de Alec Vulturi con su consiguiente detención y la de toda la cúpula de la organización, pero su único pensamiento era buscar el modo de sacarlas de allí cuanto antes. Sabía cuán importante era que aquella operación concluyese, decapitar a los Vulturis, los llevaría hasta la devastación, pero aunque ese objetivo fuese primordial para el agente encubierto Demetri y los suyos, para él la vida de su hija y la de Bella estaban por encima de todo.
Su hija.
Aquella niña rubia con los ojos más grandes que las manos que le había observado con curiosidad a su llegada.
Sintió cómo el corazón se le partía en dos cuando la vio en el despacho con un trapo mugriento entre las manitas limpiando una de las mesas. Cuando aquellos ojos en los que podía reconocer la mirada cristalina de su propia madre, de la que ambos habían heredado el particular dibujo del iris, se cruzaron con los suyos, sintió ganas de tomarla en brazos y echar a correr. Pero debió mantenerse impasible en su posición, y por todos los infiernos que le había costado hacerlo.
A pesar de ello la niña le había mirado con curiosidad.
Al día siguiente de su reunión con el mandatario europeo, sus compañeros del equipo alfa del Team Six habían llegado a la base de operaciones situada en Durrës.
Él no los había convocado, jamás los habría implicado en un asunto como aquel, pues podía afectar a sus carreras militares, pero no se sorprendió al verlos bajar del helicóptero, sabía que sus hombres le seguirían a la boca del mismísimo infierno. Como él haría por cualquiera de ellos.
Gran Oso le abrazó con tanta fuerza que creyó que el estómago le saldría por la boca en cualquier momento. Era su modo de decirle hasta qué punto compartía su pesar. También lo hicieron Halcón, Billy e incluso el nuevo miembro del equipo en reemplazo del sargento Cricket al que habían bautizado como Dragón, por su predilección por los lanzallamas y proyectiles explosivos, con el que tan solo había compartido una misión.
Los SEALs, cuando alguien atacaba a uno de los miembros de su equipo, respondían como los cinco dedos de una mano, golpeando a la vez. Cada uno de ellos formaba parte del resto y prefería morir en el transcurso de una misión antes que abandonar a su suerte a un compañero. Y en ese caso la misión era salvar a la hija y a la mujer que amaba su teniente, y se entregarían a ella hasta las últimas consecuencias.
Después de su incorporación en la misión, el resto de SEALs desaparecieron de la base sin dar explicación alguna.
Desde entonces permanecían ocultos, apostados entre las sombras, esperando una señal, un solo disparo, para entrar en aquel castillo y no dejar títere con cabeza, le pesase o no al secretario de la Interpol o al mismísimo presidente Obama.
Mientras paseaba por el muro del Castillo Negro, Cullen perdió la vista en el horizonte, entre la poblada arboleda que cubría las montañas ocultas bajo el manto de la noche, seguro de que el ojo de Halcón estaba observándole al otro lado de la mira telescópica de su poderoso rifle, atento a sus movimientos noche y día, esperando el momento indicado para actuar.
