DISCLAIMER: la historia no me pertenece, los personajes son de Stephanie Meyer y la trama es de un libro el cual será dicho al final de esta historia, yo solo me adjudico la adaptación

Bella Swan es enfermera del equipo de urgencias del 061 de Sevilla. Su vida transcurre entre el trabajo y su relación secreta con Jacob, el mejor amigo de su hermano y médico de su equipo, relación que este no parece dispuesto a formalizar. Edward Cullen, miembro del equipo alfa del Team Six de los Seals, acaba de regresar de Afganistán. Su vida y la de Bella se cruzan tras ser apuñalado en la calle. Se trata de un hombre joven, corpulento, con una poblada barba rubia y unos espectaculares ojos azules. Un hombre cuyo torso y alma están marcados por profundas cicatrices. Desde ese encuentro, Bella no podrá dejar de pensar en el americano. Pero Edward se prohibirá a sí mismo sentir algo por la joven enfermera. Está a punto de enfrentarse a la misión más importante de su vida y, por nada del mundo, quiere ponerla a ella en peligro. Los Vulturis son la más peligrosa organización criminal de toda Europa. Son salvajes, despiadados, se financian con la prostitución y el tráfico de seres humanos, y Bella está a punto de caer en sus redes, sin imaginar las consecuencias.


29 - Soy yo

Uno de aquellos hombres a los que había visto en la entrada de la habitación la condujo hasta el sótano del castillo. Recorriendo un camino que no conocía, siguió sus pasos sin decir una sola palabra y llegaron a lo que parecían unas mazmorras de la antigua Edad Media.

Bella no podía dar crédito a que Alec Vulturi se hubiese molestado en recrear algo así, debía verse a sí mismo como un rey de la antigüedad, un tirano que disfrutaba con el sufrimiento de sus prisioneras.

Recorrió el pasillo, descubriendo grupos de cinco o seis mujeres en cada una de las celdas que había a ambos lados. Enseguida se dio cuenta de que el que había visto aquella mañana no era el primer cargamento de chicas que llegaba al castillo. Algunas permanecían en silencio y otras gritaban a su paso palabras que no podía entender. Al llegar al final del corredor, su guardián la encerró en una celda vacía. La piedra se mostraba desnuda y el suelo estaba cubierto de paja; no ni siquiera tenía un simple váter. Quedaba clara la intención de Alec y los suyos de humillarlas, de hacerlas sentir como animales. Como había hecho con Irina, a quien incluso había pretendido arrebatar el nombre.

Malditos cien veces, todos ellos.

Tomó asiento en el reborde de una de las piedras que sobresalía de la pared y sintió la humedad en sus braguitas. Nunca había experimentado antes un sexo como aquel. Había sido salvaje, descarnado, peligroso, pero a la vez… bestial. Jamás podría haber imaginado que llegaría a tener un orgasmo semejante en aquella situación. Su amiga Rose no la creería si se lo contase. Casi podía oírla en el interior de su cabeza, diciendo algo como:

—Bellita, si tu Americano es capaz de arrancarte un polvazo en esa situación, y con gente mirando, cásate con él, porque la tiene que tener de oro—.

Sonrió al pensar en ella. Tenía tantas ganas de verla… de verlos a ella y a su hermano, de abrazarlos, darles un beso y oír sus voces. Extrañaba su vida, pero sobre todo los extrañaba a ellos dos. ¿Seguirían juntos? ¿O todo aquello les habría influido para mal?

Oyó un ruido a su espalda, se volvió y comprobó que provenía de la única ventana que poseía la celda, pero estaba demasiado alta para poder alcanzarla y asomarse al exterior. Sin embargo, podía reconocer el sonido, eran coches, varios. Pensó que debía tratarse de los messrs que comenzaban a llegar al castillo para la reunión que se celebraría al día siguiente. Y todas aquellas chicas que estaban allí encerradas serían las encargadas de cumplir sus más bajos deseos.

Apenas había tenido tiempo de verlas, pero por su aspecto y su actitud, estaba segura de que no se trataba de prostitutas. Además, si lo fuesen, no tendría sentido encerrarlas en un lugar como aquel. No podía verlas, aunque sí oírlas, algunas lloraban, otras hablaban entre sí, otras tan solo debían guardar silencio.

Solo un día más.

Tan solo debía aguantar un día más y aquella pesadilla acabaría. En cuanto Alec posase sus pies en el castillo y la operación que había preparada para detenerle se desencadenase sobre ellos.

O eso esperaba.

Los minutos transcurrían despacio, encerrada en aquella celda, pero la luz del sol aún se colaba con fuerza por la diminuta ventana. Debían haber transcurrido un par de horas cuando se produjo un silencio sepulcral, alguien había atravesado la puerta de hierro que daba acceso a la galería y la recorría con paso decidido. Se incorporó y cruzó los dedos rogando a todos los santos del cielo que fuese Edward.

Los ojos castaños del pelinegro la recorrieron de pies a cabeza, materializando la peor de sus pesadillas. Traía algo en las manos a su espalda, no podía verlo, pero estaba convencida de que no era nada bueno.

—Hola, zorra. ¿Te alegras de verme? —preguntó con una sonrisa que dejaba al descubierto sus repugnantes dientes amarillentos. Le mostró lo que ocultaba: un manojo de llaves. Las llaves de las celdas de aquella galería. No podía creerlo. No podía ser cierto. Y, sin embargo, allí estaba, abriendo la verja de su celda. — ¿No me esperabas? Me has puesto muy cachondo ahí arriba. He visto cómo dejabas que ese tipo te follara, fingías resistirte, pero a mí no me engañas, yo sé cómo se resiste de verdad una mujer. Y ahora quiero lo mismo, quiero que te abras de piernas para mí.

—Hay que ser demasiado escoria y desgraciado para forzar a una mujer. — No tenía escapatoria, no había modo de salir de aquella situación. El pelinegro al fin iba a cumplir su deseo de violarla, pero no pensaba callarse, se resistiría, lo haría con todas sus fuerzas. No había sido capaz de corresponder a los deseos de Irina, y mucho menos iba a consentir que aquel maldito desgraciado la tomase sin oponer resistencia.

—Vaya, veo que la fiera saca las uñas, ¿es que yo no te gusto? —preguntó sin borrar la sonrisa, pues al parecer le satisfacía su negativa. Dio un paso hacia ella, que se movió, tratando de esquivarle. Quizá, si era lo suficientemente rápida, pudiese empujarle y salir corriendo, la cancela a su espalda estaba solo entornada, no la había cerrado.

— ¡Socorro! ¡Socorro! —gritó con la esperanza de que alguno de los hombres de Jane tuviese órdenes de no permitir que la tocase.

Pero no era así.

Nadie acudiría en su ayuda aunque la oyesen. Sin embargo, sus gritos provocaron que, sin más dilación, se abalanzase sobre ella y la tirara al suelo. El pesado cuerpo de aquel ser despreciable cayó sobre el suyo, presionándola, el olor del heno que saltaba por los aires la invadió mientras forcejeaba. Laurent tiró del vestido, provocando que saltasen los botones, y se colocó a horcajadas encima de su cuerpo.

— ¡Malnacido, hijo de puta!

—Estate quieta o será peor —advirtió apretándole la boca con una mano que ella mordió rápidamente.

Laurent tiró de ella, tratando de liberarla, sin embargo su presa era firme. La golpeó, recibió un puñetazo en el lateral derecho de la cara tan fuerte que se sintió mareada, y comenzaron a pitarle los oídos.

Soltó su mordida, desconcertada por el impacto.

La cabeza le daba vueltas.

Su cuerpo quedó laxo, sin energía. Momento que fue aprovechado por el pelinegro para tirar de sus bragas, bajándoselas hasta las rodillas y concentrándose entonces en soltar su cinturón mientras la imagen comenzaba a aclararse en las retinas de Bella.

Vio sangre.

Sangre que le salpicó en el rostro.

Y en mitad de aquel horror, los ojos de Edward, sus magníficos iris que la hicieron sentir a salvo.

—Vamos, vamos, cariño, levántate. Nos marchamos de aquí —pidió ofreciéndole su mano para incorporarse. Bella lo hizo, aún algo mareada, y se subió las bragas—. ¿Estás bien?

—Sí, sí, algo conmocionada, me ha dado un buen golpe en la cabeza — balbució focalizando su atención en el cuerpo de su atacante, que aún se convulsionaba en el suelo con la garganta abierta en dos, empapando toda la paja de rojo. Edward apretó la mandíbula con rabia observando aquella escoria, le gustaría poder matarlo otra vez, una y mil veces, por haber osado tocarla.

— ¿Eres capaz de caminar?

—Sí, sí. Estoy bien.

—Vámonos, entonces.

—Pero ¿ya está todo? ¿Han venido los…?

—No, a la mierda la misión. Vi a ese desgraciado desde la planta superior cruzar tras las grandes escaleras y supe que vendría a atacarte, por desgracia no me he equivocado. He venido a toda velocidad para tratar de interceptarlo, pero no ha sido suficiente.

—Lo ha sido, no ha conseguido lo que pretendía.

La abrazó, apretándola contra su pecho un instante. Bella le miró a los ojos y pudo ver la emoción que se escondía bajo su aparente fiereza.

—Vamos, nos largamos, busquemos a Reneesme y nos marchamos de aquí. Toma —dijo, sacando un arma que portaba escondida a la espalda.

— ¿Qué? Yo no he disparado en mi vida.

—Solo tienes que sujetarla firme, quitar el seguro, apuntar y apretar el gatillo. Así. —Realizó los movimientos ante sus ojos. Bella la sostuvo con la seguridad de que su rápida explicación no había servido de mucho—. Vamos.

Enfilaron el pasillo central.

— ¿Y estas chicas? ¿No las liberamos?

—A estas chicas las liberará la Interpol, en cuanto se enteren de que nos hemos largado, actuarán.

—Pero ¿y si cuando lleguen ya es demasiado tarde?

—No hay tiempo de buscar las llaves. ¿Adónde vas? —preguntó cuándo ella se volvió corriendo hasta su celda.

No pudo evitar mirar a los ojos castaños del moribundo Laurent mientras le registraba los bolsillos, hallando el manojo de llaves. El pelinegro dejó de moverse, y Bella le cerró los párpados en un último acto de piedad para con alguien que jamás la había tenido con sus víctimas.

—Las tengo —advirtió regresando a su lado y entregándoselas.

Edward tomó el manojo y lo arrojó a una de las celdas, el grupo de cinco o seis chicas se revolucionaron buscando la llave a su libertad. Agarró su mano y tiró de ella hacia la entrada.

En el suelo yacían dos vigilantes muertos por la misma arma blanca con la que había arrebatado la vida al pelinegro. Accedieron a la escalera rectangular que ascendía hasta el piso superior.

Entonces abrió la puerta que conectaba con la parte anterior de la escalera principal, pidió que le aguardase un instante y se asomó a la vuelta de la esquina, tratando de calcular el modo de llegar hasta el pasillo lateral en el que se hallaba la habitación donde permanecían las niñas, evitando al par de guardias que custodiaban el gran hall de acceso a la escalera principal. Ambos permanecían justo donde imaginaba.

Regresó junto a Bella, que se había agazapado entre unos sillones junto a la puerta de acceso al sótano.

—Escúchame, voy a ocuparme de esos tipos, en cuanto lo haga, sal corriendo hasta la habitación y trata de abrir la puerta. Sé que está cerrada, pero guardan la llave en el pequeño jarrón que hay sobre la mesita a la derecha de la puerta. Yo esperaré vigilando la entrada al pasillo, en cuanto tengas las niñas, saldremos por allí —indicó apuntando hacia un portón de madera situado en el lateral derecho del gran hall—. Comunica con las estancias de servicio, en el almacén hay una puerta trasera por la que podemos huir hacia las montañas —explicaba reconociendo su expresión de terror—. Todo va a salir bien, cariño, confía en mí.

—Lo hago, ciegamente. —Sintió su beso en los labios, un beso que la llenaba de energía, de seguridad, y de la certeza de que todo saldría bien, tal y como le había dicho.

—Vamos, nena, a por ellos.

Edward caminó directo hacia uno de los vigilantes de la escalera principal, fuertemente armado, y le dirigió unas palabras en ruso. Tanto Jane como Alec se encargaban de que su guardia personal solo hablase ruso, a excepción de Demetri, al que utilizaban de intérprete en multitud de ocasiones por su manejo de varios idiomas, para evitar que el servicio y la mayoría de messrs entendiese sus órdenes.

—Laurent dice que me acompañes a sacar a un par de chicas muertas.

—No puedo, busca a otro, tenemos órdenes de no movernos de aquí — advirtió este mirando a su compañero que los escuchaba con atención.

—Como queráis. Solo soy el mensajero, pero el pelinegro está muy cabreado, y él es la mano derecha de Aro—apuntó. Aro a su vez era uno de los cabecillas preferidos de Alec Vulturi—, y tiene prisa. Será solo un momento.

—Ve tú, Afton.

—Ese hijo de puta, cada vez que baja se carga a un par de ellas, a este ritmo se quedará alguno de los messrs sin su zorra. Cómo se nota que no es él quien tiene que cavar los hoyos después —respondió el joven alto del lado opuesto de la escalera.

—No te quejes, que después alguna putita caerá de recompensa —rio el otro.

El tal Afton le acompañó hasta la parte trasera de la escalera, y en cuanto cruzó ante él, recibió una puñalada en el corazón, en un sabio movimiento horizontal, entre las costillas, fue tan rápido que no tuvo tiempo de darse cuenta de que moría.

Le tapó la boca para evitar que hiciese ruido alguno y le deslizó con cuidado por las escaleras. Después caminó hacia el otro con sigilo y le cortó la garganta a la vez que también silenciaba sus labios, llevándole al mismo lugar para esconder su cadáver.

Acudió entonces a por Bella, quien había observado toda la escena desde su posición, oculta entre los sillones.

Estaba impresionada por su modo autómata de actuar, por su frialdad, por la ejecución y la total ausencia de sentimientos que había mostrado al acabar con la vida de aquellos hombres. Edward pudo leerlo en sus ojos. Su desconcierto. Su miedo. No debía olvidar que era una civil, que no estaba acostumbrada a situaciones semejantes, que había llevado una vida normal. Temía que le creyese un monstruo, similar a aquellos a los que acababa de eliminar.

—Eh, tranquila, soy yo… —Tirando de su mano hacia su cuerpo la abrazó y la besó en la frente. Ella le apretó con energía, hundiendo el rostro en su pecho, lo que le hizo sentir reconfortado—. Siento que tengas que ver esto, lo siento de veras, pero no hay otro modo de hacerlo sin hacer ruido. Perdóname.

—No hay nada que perdonar. Estoy bien, tranquilo —mintió.

No estaba bien, en absoluto, estaba muerta de miedo. Y no porque aquellos hombres no mereciesen la muerte, claro que sí; eran muchas las mujeres y niños cuyas vidas habían destrozado, pero la impresionaba la capacidad de Edward de hacerlo sin el menor remordimiento.

Corrió hacia el pasillo que conectaba con la habitación de las niñas mientras él vigilaba la retaguardia, y abrió la puerta dispuesta a recorrerlo a toda velocidad para liberarlas.

Pero entonces se topó de frente con Sulpicia, que regresaba de conducir a las niñas a la habitación tras el almuerzo. La mujer abrió los ojos como platos al descubrirla al otro lado de la puerta y comenzó a gritar. Bella le hizo señales para que se callase, pero esta corría hacia ella como si pensase atacarla, la apuntó con el arma y entonces se detuvo y guardó silencio con las manos en alto.

Giró el rostro sin dejar de apuntarla, buscando a Edward con los ojos, no sabía qué debía hacer, y le vio, luchando a puñetazos con otro de los hombres de Alec que los había descubierto.

El SEAL lo lanzó contra un enorme jarrón chino que se partió en mil ruidosos pedazos en mitad de aquel gran recibidor. Varias de las chicas que habían logrado escapar cruzaron corriendo por el recibidor, tres tiros las hicieron caer en el acto, otras dos regresaron entre gritos sobre sus pasos en dirección a las escaleras del sótano. Los ojos de todos se dirigieron al lugar desde el que habían surgido los disparos. Desde la balaustrada de la inmensa escalera principal Jane les contemplaba con la mandíbula apretada, la rabia ensombrecía sus ojos claros.

—Suelta esa pistola o le reviento la cabeza a ese traidor —la amenazó apuntándole, su puntería había quedado clara, había tres cadáveres de las chicas en el suelo—. ¡Demetri, Corin, Santiago traedme al traidor! ¡Y encerrad a las putas!

Los tres hombres bajaron la escalera a toda velocidad, apuntándole con sus armas. Trató de dar un paso hacia Bella, recogió el arma que había rodado en mitad de la pelea y trató de apuntar a Jane, pero esta había desaparecido.

—Suéltala o le volamos la cabeza a la chica —advirtió Demetri apuntándole con su Tokarev*, y, señalándola a ella a la que apuntaba decidido otro de sus hombres. Se tomó un segundo antes de decidir qué haría.

Si hubiese estado solo habría disparado, estaba convencido. Un SEAL nunca permitiría ser capturado como prisionero, prefería morir a ser utilizado para obtener información por parte del enemigo.

—No, espera —pidió alzando el arma en la mano para después posarla en el suelo despacio.

—Dale una patada.

Lo hizo y en ese momento los otros dos hombres le atraparon.

—Tú también —ordenó Demetri a Bella.

Y esta hizo lo propio, siendo sujetada con rapidez por otro de los hombres de Vulturi que había descendido a toda velocidad las escaleras acompañado de Jane. Otros cinco hombres aparecieron en la habitación desde el exterior probablemente avisados por la hermana del shef.

—Llevaos a ese desgraciado al garaje y atadle, voy a enseñarle lo que les pasa a los traidores. Y tú, maldita puta, voy a encargarme de ti, claro que lo haré, en cuanto me entere de qué está pasando aquí —le espetó Jane comenzando a bajar la escalera, mirándola con fiereza en la distancia—. Llevadla abajo y encerradla.


Tokarev*- es una pistola semiautomática desarrollada por Fiódor Tókarev como pistola de servicio para el Ejército Soviético y para reemplazar al revólver Nagant M1895, en uso desde la época del Imperio ruso.