DISCLAIMER: la historia no me pertenece, los personajes son de Stephanie Meyer y la trama es de un libro el cual será dicho al final de esta historia, yo solo me adjudico la adaptación
Bella Swan es enfermera del equipo de urgencias del 061 de Sevilla. Su vida transcurre entre el trabajo y su relación secreta con Jacob, el mejor amigo de su hermano y médico de su equipo, relación que este no parece dispuesto a formalizar. Edward Cullen, miembro del equipo alfa del Team Six de los Seals, acaba de regresar de Afganistán. Su vida y la de Bella se cruzan tras ser apuñalado en la calle. Se trata de un hombre joven, corpulento, con una poblada barba rubia y unos espectaculares ojos azules. Un hombre cuyo torso y alma están marcados por profundas cicatrices. Desde ese encuentro, Bella no podrá dejar de pensar en el americano. Pero Edward se prohibirá a sí mismo sentir algo por la joven enfermera. Está a punto de enfrentarse a la misión más importante de su vida y, por nada del mundo, quiere ponerla a ella en peligro. Los Vulturis son la más peligrosa organización criminal de toda Europa. Son salvajes, despiadados, se financian con la prostitución y el tráfico de seres humanos, y Bella está a punto de caer en sus redes, sin imaginar las consecuencias.
30 - Por ti
Los hombres de Jane la arrojaron dentro de otra de las celdas a pesar de su férrea resistencia, y encerraron a las dos chicas de la primera celda que habían escapado de los disparos de la hermana del shef. Por la violencia que emplearon con ellas, golpeándolas con sus puños, pateándolas, como si tan solo fuesen fardos, se temió lo peor. Esto la hizo darse cuenta una vez más de que todos y cada uno de aquellos hombres que habían unido sus vidas a las de Alec Vulturi eran seres tan despiadados como él mismo. Después sacaron el cuerpo inerte de Laurent a rastras y observándolo, con el rostro desencajado y la garganta abierta, deslizándose por el suelo como el gusano que había sido, se dio cuenta de que no albergaba el menor sentimiento de lástima por él.
No lo merecía, por todo lo que había hecho a las mujeres de las que había abusado, por lo que le hubiese hecho a ella misma.
Se sentó sobre la paja y permitió que las lágrimas que escocían en sus ojos fluyesen al fin por sus mejillas, ahora que ninguno de aquellos monstruos podía verla. Lloró con la espalda apoyada en la pared de piedra, y el rostro hundido entre las manos. ¿Qué iba a ser de Edward ahora? Iban a matarle, sin duda, y lo harían del modo en el que más sufrimiento padeciese, sin que nadie moviese un solo dedo para evitarlo.
Demetri no lo haría, al contrario, debía estar furioso.
No podía permanecer encerrada mientras le hacían daño.
Necesitaba salir de allí.
Tenía que acudir en su ayuda.
En su mente repasó todas las posibilidades: ¿y si trataba de hablar con Jane? ¿Y si intentaba negociar de algún modo su liberación a cambio de lo que sabía, de advertirla de la intervención de la Interpol? No podía hacer algo así. No podía. Esa gente merecía que los capturasen y, por el bienestar de tantas mujeres, que fuesen apartados de la circulación. Pero si lo hacía, ¿de qué serviría? Con casi total probabilidad haría que los matasen una vez que les hubiese dicho todo eso. Al menos, si guardaba silencio, Reneesme estaría a salvo y sería rescatada por las fuerzas de la Interpol en tan solo veinticuatro horas. Al menos ella escaparía con vida de aquel infierno. No podía dejar de pensar en él y en las palabras de Jane:
«Llevad a ese desgraciado al garaje y atadle, voy a enseñarle lo que les pasa a los traidores».
Caminó hacia la puerta de la celda y le dio una patada, sin que las barras de hierro se resintieran lo más mínimo. La noche caía en el exterior del castillo. Podía ver luces de faros de automóviles moverse a través de la ventana de las celdas de enfrente, en las que se apretaban al menos dos docenas de muchachas que la observaban con curiosidad.
No cesaban de llegar vehículos al castillo.
Sin duda, aquella reunión sería un encuentro muy importante para la organización. Lo que lo convertía en una misión de vital importancia para la policía europea, para Demetri, o como quiera que se llamase en realidad.
Los minutos transcurrían despacio, o quizá era la desesperación la que le hacía pensar que el tiempo se había detenido. La angustia de no saber qué estaba sucediendo, de desconocer si Edward estaba bien o no, de si Alec habría regresado y debía temer por Reneesme. La oscuridad era total cuando regresaron a buscarla.
Dos hombres armados prendieron las luces halógenas de la galería y abrieron la celda. Uno de ellos la agarró del brazo y tiró de ella hasta el exterior. Sin decir una palabra la condujeron hasta una habitación en la zona posterior de la planta baja y atravesó la puerta de madera, aterrorizada por lo que podría encontrar en su interior. Era una especie de garaje inmenso, sin ventanas, en el que había varios vehículos estacionados que le impedían distinguir el final de la gran nave.
Caminaron entre los coches: un Ferrari, un Rolls Royce, un par de Mercedes… Distinguió incluso una pequeña embarcación al fondo, también un tractor y maquinaria de labranza, tras la cual había una gran puerta metálica. Todos sus temores se materializaron en mitad de aquella inmensa habitación de suelo sin pavimentar.
Edward, con la cabeza hundida contra el pecho y el cabello rubio empapado de sangre, permanecía inconsciente atado a una silla. Lo que quedaba de su camiseta estaba hecha jirones, colgaba de su cintura bajo el torso al descubierto desdibujado de heridas. Había profundos cortes en su hombro y sobre su pectoral derecho, que lucía la piel abierta en dos como una cremallera, y quemaduras provocadas por hierros candentes en su abdomen.
—Oh, Dios mío, ¿qué le habéis hecho? —sollozó, y trató de correr hacia él, pero su guardián se lo impidió, sujetándola con firmeza. Bella se resistió, golpeándole en la mano insistentemente tratando de que la liberase—. ¡Suéltame, suéltame!
—Tranquila, no está muerto, no todavía —advirtió Jane con una gran sonrisa.
Bella la miró, también a Demetri, ambos permanecían de pie, a escasos metros de él. El agente encubierto rehuyó sus ojos como si le avergonzase lo que había hecho. A su lado había dos hombres más, uno de ellos cubría sus puños sangrantes en tela, otro examinaba las herramientas que había extendidas sobre una pequeña mesita de hierro, las mismas que había utilizado para torturarle, esperando órdenes. Aquella especie de garaje era un auténtico centro de tortura, estaba segura de que no era la primera vez que la hermana del shef lo utilizaba con esos fines.
—Despertadle —pidió a uno de ellos, este le arrojó un cubo de agua y entonces Edward comenzó a reaccionar, a agitar levemente la cabeza a uno y otro lado—. Soltadla —ordenó, y entonces Bella corrió hasta él, abrazándole con cuidado. Tenía el rostro desfigurado por los golpes, ambas cejas estaban rotas, también sus labios, amoratados, hinchados. Las contusiones teñían de morado sus mejillas.
— ¿Qué te han hecho?
—Tranquila, no dejes que un poco de sangre te asuste, estoy bien.
—Por Dios, no, no estás bien. Necesitas un médico —sollozó arrodillándose en el suelo, abrazándole, apoyando el rostro en su hombro. Sus manos estaban atadas a ambos lados en la silla.
— ¿Quién eres y para quién trabajas? Responde o tu amiguita pasará por lo mismo que tú —advirtió Jane.
—No os atreváis a tocarla. Si le hacéis daño, jamás diré una palabra.
—Por favor, deja que lo lleve a un médico y te contaré todo lo que sé — suplicó Bella volviéndose hacia Jane. No soportaba verle de ese modo, tan malherido, lleno de golpes y profundas llagas.
Observó la mano de Demetri, cómo este la miraba con severidad a la vez que sujetaba el mango de su arma, amenazándola.
—Dime quiénes sois y a qué organización pertenecéis y permitiré que te lo lleves.
—No pertenecemos a ninguna organización, él solo ha venido a rescatarme.
— ¿Te crees que soy idiota? —preguntó furiosa. Caminó hasta ella y la abofeteó con el puño americano que había utilizado para golpearle. El fuerte golpe le provocó un corte en el labio. El SEAL tiró con rabia de las cuerdas que le sostenían tratando de liberarse, de arrancarle los ojos por golpear a la mujer a la que amaba. Cualquier cosa que pudiesen hacerle a ella le dolía infinitamente más que el mayor de los daños que le infringiesen a él.
—No vuelvas a tocarla o me haré un collar con tus tripas, zorra —advirtió.
— ¿Y cómo lo harás? —preguntó agarrándola del cabello, forzándola a caminar, apartándola de él. Jane extendió la mano y uno de sus hombres le entregó una daga de mango plateado que llevó hasta su cuello—. Vas a decirme ahora mismo quien eres y para qué organización trabajas o le corto la garganta.
Edward buscó sus ojos.
Estaba aterrorizada.
Ambos sabían que confesar ante Jane sus identidades tan solo aceleraría su muerte, provocando además que huyesen antes del asalto de la Interpol.
— ¿Ves ese puñal que tienes en la mano? Te lo clavaré en mitad de la sien.
— ¿Quién eres, maldito hijo de puta? —insistió tirándole del pelo a Bella, que se mordió los labios para no gritar.
—Soy el que te va a borrar esa sonrisa de la cara para siempre —sentenció.
Al oír aquellas palabras Jane la soltó, arrojándola hacia Corín, otro de sus hombres, que la sostuvo evitando que cayese al suelo, y caminó directa hacia el hombre que la desafiaba a pesar de permanecer atado a una silla.
Alzó el puñal decidida y Edward supo que esta vez no se conformaría con provocarle uno más de los cortes que había abierto en su carne. Pensaba clavarlo hondo, en mitad del pecho, para hacerle callar de una vez.
Estiró ambas piernas, cuyas ataduras había logrado aflojar mientras le creían inconsciente, la golpeó en el vientre con toda su energía, la lanzó sobre Demetri, provocando que ambos rodasen por el suelo, y se incorporó con la silla aún atada a sus brazos.
Aprovechando el desconcierto, Bella se giró y propinó una patada en la espinilla al tipo que la sostenía con la pistola en la sien, este se dobló de dolor y su arma cayó al suelo. La tomó y corrió a toda velocidad hasta Edward, parapetándose ante él, apuntando directamente hacia la cabeza de Jane, que ni siquiera había tenido tiempo de levantarse.
— ¡Quietos! ¡Quietos o la mato! —gritó sin dejar de apuntarla.
Edward corrió contra la pared, estrellándose intencionadamente de espaldas contra esta, provocando que la silla se hiciese añicos contra su cuerpo y lo librara de su atadura.
— ¿Se puede saber qué haces? ¿Crees que esto os salvará? —inquirió Jane incorporándose despacio.
—Dejad que nos vayamos, por favor. Nadie tiene que morir, hoy —pidió Bella sosteniendo la pistola temblorosa entre sus manos, consciente de que eran muy pocas las probabilidades que tenían de escapar de allí con vida. Cuatro hombres de Jane los apuntaban mientras ella mantenía su posición fija hacia la albanesa—. Por favor, dejad que nos vayamos.
—Voy a volarte la tapa de los sesos, maldita zorra —dijo está desafiándola, sacando una pistola semiautomática que llevaba enfundada al cinto.
—Baja el arma —ordenó Edward. Jane retiró el seguro—. Baja el arma — repitió, pero la hermana del shef la alzó para apuntarla. Entonces un destello plateado precedió a una ráfaga de disparos.
Sin saber cómo, Bella había salido rodando por los suelos envuelta por el cuerpo del SEAL, que los había refugiado tras el chasis de un viejo tractor.
En una centésima de segundo, Edward había arrojado a Jane la daga con la que había tratado de apuñalarle, clavándola en mitad de su sien, acabando con su miserable vida en el acto. Una lluvia de balas había caído sobre ambos, lluvia que aún continuaba y que él devolvía con el arma semiautomática que Bella había arrebatado al miembro de los Vulturis.
— ¿Estás bien, nena? ¿Te han herido? —preguntó con la respiración acelerada.
Había una gran preocupación en su mirada verde aunque tratase de fingir que no era así.
—No, creo que no. ¿Y a ti?
—Estoy bien. Tenemos que intentar llegar hasta la salida antes de que lleguen más hombres.
— ¿Crees qué Demetri estará de su parte?
—No lo sé. Espero que no.
Oyeron varios disparos seguidos de una misma arma y después se produjo un sospechoso silencio.
Permanecieron un instante inmóviles, expectantes, aguardando acontecimientos, buscando el mejor modo de salir de allí, hasta que un ruido les hizo saber que alguien los sorprendería por el flanco derecho.
—Baja esa pistola —pidió Demetri al SEAL, que le apuntaba con determinación en mitad de la sien—. Tenemos que salir de aquí cagando leches —dijo entregándole el subfusil arrebatado a uno de los Vulturis eliminados.
—Veo que has elegido bando.
—Siempre hemos estado en el mismo, pero tenía que evitar esto, esto que acaba de suceder, joder, a menos de veinticuatro horas del final de la OP*.
—Las cosas no siempre suceden como estaban planeadas, lo único importante de las OPs es que acaben bien.
— ¿Sí? Pues esta no tiene pinta de que sea así. Vamos —proclamó apurándolos al oír cómo comenzaban a llegar nuevos miembros de la guardia del shef alertados por los disparos—. Estamos jodidos.
—No mientras me queden balas —dijo tratando de ponerse derecho, pero las dos costillas que tenía fisuradas no se lo iban a poner tan fácil. Le dolía incluso respirar, aun así no rechistó y se situó estratégicamente sobre la estructura de metal.
…
Uno tras otro fueron cayendo al atravesar el umbral de la habitación, la firme puntería del teniente Edward fue derribándolos a todos como los bolos de una bolera. Un disparo en la cabeza, certero, tras otro. Parecía que podría acabar con todos de ese modo, hasta que cayó hacia atrás desplomado, sin conocimiento.
—Está herido, el muy imbécil está herido y no ha dicho nada —clamó Demetri, palpando la pernera derecha del pantalón empapada de sangre.
Más hombres armados llegaban.
Bella intentó rasgar el pantalón con las manos, pero era muy resistente. Demetri, que tenía un ojo puesto en ellos, le arrojó una navaja que llevaba en el bolsillo. Pudo al fin cortar la prenda localizando su herida; a la altura de medio muslo una brecha abierta por un disparo sangraba a borbotones.
El italiano devolvía el fuego sin cesar mientras ella presionaba con energía la herida con el pedazo de tela de la pernera del pantalón. A la vez, con la otra mano, le tomó el pulso, aproximadamente cien latidos por minuto, su cuerpo comenzaba a padecer la pérdida de sangre aumentando su frecuencia cardiaca.
Tenían que salir de allí, tenía que sacarle de allí.
—Esto no tenía que haber sucedido así, ¡joder! —maldijo el agente de la Interpol, agachándose de nuevo entre el metal tras vaciar el cargador del subfusil contra el enemigo que se parapetaba entre los coches. Tomó la Tokarev que portaba al cinto, consciente de lo limitado de los ocho disparos de la semiautomática, más un cargador de repuesto en el bolsillo.
Dieciséis balas para demasiados tipos.
— ¡Tengo que sacarle de aquí, ya! Se está desangrando.
— ¿Sabes cuántos hombres de Alec hay en el castillo con motivo de la fiesta? Veinte de su guardia y al menos veinte de sus messrs. ¿Crees que podré acabar con todos?
—Pues tendrás que hacerlo. Edward, por favor, por favor, resiste —sollozó, sosteniéndole contra su cuerpo.
—Tú no, espagueti, pero ellos sí —proclamó este con un hilo de voz, recobrando el conocimiento por un instante.
Entonces se oyó un gran estruendo a la vez que la pared trasera de la habitación volaba por los aires, levantando una nube de metal y piedras que lo envolvió todo, y por ella entraron cinco hombres armados hasta los dientes con máscaras antigás, disparando una cortina de balas y humo hacia el enemigo.
Una granada lanzada por Gran Oso hizo volar por los aires el Ferrari mientras Dragón prendía fuego con su lanzallamas a los miembros de los Vulturis que aún quedaban en pie entre los vehículos. Halcón cargó a su teniente al hombro con ayuda de Bella después de colocarle su máscara de oxígeno.
—La niña, no me iré de aquí sin la niña —balbució Edward al límite de la conciencia.
—Yo me encargaré de ella Parkur, en cuanto te deje en el halo*.
—No, yo iré a por ella —advirtió Demetri.
—Y las otras niñas también, por favor —pidió Bella agarrándole del brazo.
El agente encubierto miró su mano, sosteniéndole con fuerza, y una vez más admiró la entereza y decisión de aquella mujer. Asintió. Tomó el subfusil de uno de los hombres abatidos y echó a correr hacia el interior del castillo.
…
Las aspas del helicóptero agitaban el aire con violencia en torno a ellos mientras aterrizaba en el exterior a la orden de Halcón. Subieron a Edward y le extendieron sobre el suelo cuán largo era.
Cada vez que Bella aflojaba la presión, la pérdida de sangre era desoladora a través de la herida.
Halcón, paramédico del equipo, preparó un torniquete dentro del Black Hawk, presionando con mayor eficacia los vasos rotos.
— ¿Tenéis botiquín, suero…? —preguntó en inglés al SEAL que abría una maleta verde de camuflaje cogida con correas a la pared metálica.
Sus medios de asistencia en combate eran muy distintos en apariencia a los que ella solía utilizar en su día a día en la ambulancia.
Halcón extrajo un kit hemostático granular de alto rendimiento para lesiones profundas, rompió el envoltorio de plástico verde con los dientes, introdujo rápidamente el aplicador dentro de la herida y mantuvo la presión para frenar la hemorragia.
Mientras, Bella buscó un suero en el maletín y halló un Voluven* al seis por ciento con el que purgó un sistema con llave de tres vías, le colocó el compresor en el brazo izquierdo y se preparó para canalizarle una vía con la que reponer la hipovolemia hemorrágica que podía llevarle a la muerte, pero sus manos temblaban.
Temblaban y temblaban, demasiado.
Halcón la observó de reojo, él no podía apartar aún sus manos de la herida, pues había logrado controlar el sangrado. Edward agarró su muñeca.
—Tranquila, puedes hacerlo —susurró casi sin fuerzas forzando una sonrisa que se desvanecía por el dolor que la presión de su compañero le producía.
Bella se limpió las lágrimas, carraspeó, volvió a intentarlo y lo hizo: a la primera colocó el catéter y lo conectó al sistema de infusión.
— ¿Sabes? Lo primero que pensé cuando te conocí fue lo sexy que eras, con esa barba y tu cara de tipo duro —balbució entre lágrimas; Edward sonrió complacido con sus palabras—. Pero lo segundo fue: ¡qué buenas venas tiene este tipo!
—O sea, que lo que te enamoró de mí fueron mis venas —dijo provocándole la risa—. ¿O vas a negar que estás enamorada de mí?
—Sería una tontería negarlo a estas alturas, ¿no crees?
—Dilo, quiero oírlo.
—Estoy enamorada de ti.
—No me extraña, sé que soy un tipo irresistible —jadeó, el dolor regresaba multiplicado desde aquella profunda laceración sobre su rodilla derecha.
—Tenemos que despegar Parkur, si no te llevamos pronto al hospital no resistirás mucho más —afirmó Halcón recordándoles que su estado era de extrema gravedad.
—No nos vamos hasta que traigan a la niña.
—Vienen dos halos más de la Interpol, Parkur. Aterrizarán en dos minutos — le advirtió mientras ella fijaba el suero en un gancho del techo del helicóptero.
—No nos movemos, es una ord…
La pérdida de sangre le hizo desfallecer.
— ¿Qué pasa? ¿Qué pasa? —preguntó alarmada.
—Ha empezado a sangrar otra vez —la informó Halcón con ambas manos teñidas del rojo fluido que le corría hacia los codos mientras abría otro paquete hemostático.
Otro helicóptero se posaba despacio sobre la ladera justo frente a ellos como Halcón había advertido, y de este bajaban una docena de agentes armados que corrían hacia el interior de la propiedad.
—Tenemos que irnos o…
—Vámonos. Vámonos —pidió llorando, sosteniendo su mano laxa, sin vida—. Edward, Edward, despierta por favor.
Halcón la miró un instante mientras daba órdenes al piloto de que despegase a través de su intercomunicador. La lividez de su rostro la hacía temer que le perdería para siempre. No respondía, su pulso se había acelerado aún más, podría presentar un fallo cardiaco en cualquier momento.
Tenía el alma hecha pedazos, la martirizaba pensar que no resistiría el traslado, que no sobreviviría a aquella herida en su pierna por la que se le escapaba la vida a borbotones, pero tampoco podía evitar sentirse miserable por aceptar marcharse de allí sin saber si Reneesme estaba bien. Debía estarlo, debía estar encerrada en la habitación esperando a ser rescatada. Debía ser así, pero la incertidumbre le rompía el corazón. Sabía que Demetri la cuidaría, la protegería hasta que volviesen a reunirse, pero ni siquiera eso amortiguaba su dolor.
Las lágrimas manaban sin control mientras sostenía su mano exánime entre las suyas. ¿Y si le perdía? ¿Y si nunca más volvía a oírle pronunciar su nombre? Qué bonito sonaba en sus labios. ¿Y si sus bellos ojos verdes se habían cerrado para siempre? ¿Y si jamás podía acompañarle a su pequeña casita en Fisher' s Hole, como había fantaseado?
No.
No podía ni quería imaginar un mañana en el que no existiese Edward. En el que no existiese la posibilidad de reflejarse en su mirada, de disfrutar de su sonrisa ladeada, del enloquecedor roce de su barba rubia y sus besos en la garganta. Edward no podía morir sin saber que no solo estaba enamorada de él, sino que le quería, que le quería de un modo irracional, visceral y único, que lo que sentía por él jamás lo había sentido por ningún otro. El helicóptero comenzaba a elevarse despacio cuando una cabecita rubia fue alzada por la puerta abierta de la aeronave.
—Nessie, por Dios santo.
—Las otras niñas también están a salvo —dijo Demetri antes de dedicarles una última sonrisa y desaparecer bajo la puerta de metal. Halcón tiró de la pequeña hasta subirla dentro.
Reneesme corrió hacia Bella, agarrándose con fuerza a su cuello. La abrazo y la besó con energía.
Estaba atemorizada.
—Tranquila, estamos a salvo.
Los ojos de la pequeña se detuvieron entonces en el hombre que permanecía inconsciente extendido en el suelo.
— ¿Es mi ángel? ¿Se está muriendo mi ángel?
Bella rompió a llorar. La abrazó contra su pecho y la besó en el pelo.
—Este hombre me ha salvado la vida un centenar de veces y no se va a morir —proclamó Halcón extendiendo el cable de un nuevo suero ante ambas.
OP* - helicóptero en el argot militar
halo* - helicóptero en el argot militar
Voluven* - El hidroxietil almidón, que se vende bajo la marca Voluven, entre otros, es un derivado de almidón no iónico, que se utiliza como expansor de volumen en la terapia intravenosa
