DISCLAIMER: la historia no me pertenece, los personajes son de Stephanie Meyer y la trama es de un libro el cual será dicho al final de esta historia, yo solo me adjudico la adaptación

Bella Swan es enfermera del equipo de urgencias del 061 de Sevilla. Su vida transcurre entre el trabajo y su relación secreta con Jacob, el mejor amigo de su hermano y médico de su equipo, relación que este no parece dispuesto a formalizar. Edward Cullen, miembro del equipo alfa del Team Six de los Seals, acaba de regresar de Afganistán. Su vida y la de Bella se cruzan tras ser apuñalado en la calle. Se trata de un hombre joven, corpulento, con una poblada barba rubia y unos espectaculares ojos azules. Un hombre cuyo torso y alma están marcados por profundas cicatrices. Desde ese encuentro, Bella no podrá dejar de pensar en el americano. Pero Edward se prohibirá a sí mismo sentir algo por la joven enfermera. Está a punto de enfrentarse a la misión más importante de su vida y, por nada del mundo, quiere ponerla a ella en peligro. Los Vulturis son la más peligrosa organización criminal de toda Europa. Son salvajes, despiadados, se financian con la prostitución y el tráfico de seres humanos, y Bella está a punto de caer en sus redes, sin imaginar las consecuencias.


31 - Mi vida

La luz del sol se colaba a través de las cristaleras llenando la habitación de franjas anaranjadas que decoraban la pared impoluta de la habitación del Hospital Americano.

Fuera, la ciudad despertaba.

Las calles de Tirana se llenaban de bullicio, de coches que iban y venían coloreándolo todo con sus luces rojas y blancas. Habían llegado pasadas las diez de la noche, cuando el estado de Edward permitió su traslado desde el hospital de campaña en el que le atendieron en Durrës.

Dos horas duró la operación que trataría de reparar el tejido dañado, así como los vasos sanguíneos afectados por el disparo que penetró por el bíceps femoral, atravesándolo para salir por la parte posterior de la pierna, a solo dos centímetros de la articulación de la rodilla.

Durante todo ese tiempo, Rennesme había permanecido a su lado acompañándola, ambas abrazadas en la habitación, sin apenas decir una palabra, esperando noticias de la cirugía. Poco antes de dormirse sobre su regazo, la pequeña, con los ojos llenos de lágrimas no derramadas, le preguntó:

—Tú quieres mucho a mi ángel, ¿verdad? —. Bella, incapaz de hablar se limitó a asentir. —Pues no te preocupes porque no se va a morir, mi mamá va a cuidarle desde el cielo—.

Era tan pequeña, tan inocente y de un corazón tan puro… y por suerte continuaría siéndolo, pues el desgraciado de Alec Vulturi ya no podría hacerle daño. La observó un instante, rendida sobre el pequeño sofá de la habitación, con la melena extendida sobre el tapizado de terciopelo beige, enrollada en una pequeña manta azul marino con la que la había cubierto.

Había sido una noche demasiado larga. Una noche en la que el equipo médico del hospital de campaña había logrado estabilizar las constantes vitales del SEAL y realizar una sutura de emergencia y un taponamiento eficaz después de que entrase en shock hipovolémico. Posteriormente, fue trasladado en un helicóptero medicalizado al hospital de Tirana en el que tras una larga operación y con tres bolsas de A positivo en el cuerpo, había recobrado el color sonrosado en el rostro. Y, aunque permanecía dormido por el efecto de los sedantes, Bella sabía que tan solo debía esperar a que despertase. Lo sabía, pero las horas pasaban y Edward no abría los ojos.

Observó su mentón cuadrado, la curvatura pronunciada de sus labios, la forma recta de su nariz y sus cejas doradas. Era el hombre más sexy que había visto en toda su vida, y no solo por su belleza exterior, ruda y fiera, sino también por su carácter. Admiraba la capacidad de reacción que había mostrado en la situación que habían vivido, su templanza, el modo en el que logró liberarse de sus ataduras, en el que mantuvo la calma a pesar de estar desangrándose.

Las lágrimas acudieron de nuevo a sus ojos, volvió el rostro hacia las cristaleras, pues no quería que la viese llorar cuando volviese en sí, pero a medida que pasaban las horas el temor de que la pérdida de sangre hubiese dañado su cerebro aumentaba. Le habían realizado un tac cerebral del que aún nadie le había entregado los resultados. El peligro había pasado, según le explicó en inglés el cirujano que le operó. Y ella, sentada junto a su cama, con el rostro apoyado sobre el colchón, solo podía dar gracias al cielo por tenerle allí, por poder sostener su mano entre las suyas.

De pronto percibió cómo alguien le acariciaba la cabeza, pasando los dedos por su cabello con cuidado y giró el rostro apremiada, hallando aquellos ojos abiertos, observándola, haciéndola sentir la mujer más dichosa del mundo. Al fin había despertado, parecía cansado, exhausto, pero su expresión destilaba auténtica dulzura.

—Buenos días.

—Dios mío, gracias, gracias —masculló incorporándose para besarle en los labios con cuidado, sintiendo cómo en su interior recuperaba la paz al saberle consciente. El roce de su barba le hizo cosquillas en el labio superior, fue una sensación encantadora y familiar que disfrutó con deleite.

Un par de lágrimas asomaron a sus ojos. No quería llorar, no era el recibimiento que merecía, pero no logró evitar que escapasen, rodando ardientes por sus mejillas. Él las limpió con los pulgares, acunando su rostro entre las manos.

—Eh, no llores, preciosa, hace falta mucho más que un par de mercenarios para acabar con tu americano —aseguró haciéndola reír entre lágrimas.

—Han estado tan cerca… Mi americano —repitió feliz, hundiendo el rostro en su cuello, inspirando el aroma cálido de su piel. Como si aún no terminase de creer que le tenía a su lado, a salvo, consciente, acariciándola con sus fuertes manos y besándola.

—Nunca hagas demasiado caso a los médicos, son unos alarmistas.

—No lo son. Has estado muy grave.

—Eso significa que necesitaré muchos cuidados —sugirió enarcando una de sus cejas doradas con picardía. Bella sonrió y volvió a fundirse con sus labios en un beso largo y paladeado.

—Claro que necesitarás cuidados. Pero tranquilo, tengo una compañera jubilada que es un amor.

— ¿Una compañera jubilada? Lo lamento, pero a mí me gustan las enfermeras jóvenes, las encuentro más preparadas para mis necesidades.

Bella no pudo evitar volver a reír al oír sus motivos.

—Está bien, si se pone en ese plan yo misma le cuidaré, señor Cullen. ¿Cómo te sientes?

—Ahora mejor, mucho mejor —dijo atrayéndola hacia sus labios de nuevo, besándola, como si necesitase de su contacto íntimo y cálido tanto como respirar.

—Estaba convencida de que nos encontrarías, sabía que solo tú podrías hacerlo —admitió emocionada. Pasó los dedos por entre su cabello, peinándolo hacia atrás, concluyendo en una caricia en su mentón, acariciando la barba con los dedos—. Y era lo único que me daba fuerzas para seguir adelante: saber que vendrías a por nosotras.

—Has sido tan valiente. Ven aquí —la envolvió entre sus brazos de nuevo, obligándola a recostarse a su lado en la cama. Bella reposó el rostro sobre su hombro con cuidado de no rozar las heridas que ocultaba bajo el blanco camisón de hospital—. Nada, ni nadie me habría impedido que os encontrase y tratara de sacaros de allí.

—Estoy segura de que serías capaz de todo por tu hija.

—Por mi hija y por la mujer a la que amo. No pienses ni por un instante que no habría dado todos y cada uno de esos pasos solo por ti. Porque lo habría hecho, puedes estar segura de ello. Te quiero, Bella, creo que desde la primera vez que te vi bajar de esa ambulancia vestida con ese horrible uniforme —bromeó—. Poco a poco te colaste en mi corazón y después de ese fin de semana juntos, supe que no había vuelta atrás. Nunca había sentido algo así por nadie.

—Yo… no sé qué decir.

—Di que sientes lo mismo, por favor. Di que estás dispuesta a intentarlo.

—Lo estoy, aún no sé cómo, y ni siquiera quiero pensarlo. Estos días han sido la experiencia más horrible de mi vida —dijo sin poder evitar que las lágrimas regresasen a sus ojos—. Temiendo que no pudiésemos salir de allí, que le hiciesen daño a Nessie o a las otras niñas. Me he dado cuenta de la clase de monstruos que hay sueltos en el mundo, pero también de la clase de hombre que eres.

— ¿La clase de hombre que soy?

—Tú me dijiste una vez que no éramos iguales, que habías acabado con muchas vidas, hombres de los que ni siquiera recordabas el rostro, y que yo en cambio vivía para salvarlas. Hoy puedo decirte que me siento orgullosa por todos y cada uno de los monstruos con los que has acabado, porque el mundo es mucho mejor sin ellos. La antigua Bella jamás se creería capaz de decir algo así, pero es lo que pienso, lo que siento hoy, después de haber vivido lo que he vivido.

—Vaya, eso es hermoso y triste a la vez. ¿No te asusta lo que has visto de mí? ¿No te doy miedo?

— ¿Miedo? He visto cómo has estado a punto de morir por salvarnos. Cómo has conseguido sacarnos de allí. Es cierto que me ha impactado, pero… ¿miedo? En absoluto, porque forma parte de ti, de las cosas que hacen que te quiera. Mi único temor era que no despertases, el mío y el de Rennesme —dijo mirando a la pequeña que dormía ajena a la conversación de ambos—. Nessie estaba muy preocupada por su "ángel de los ojos mágicos".

— ¿Su ángel de los ojos qué?

—Cuando Aro nos secuestró, le conté una historia porque estaba convencida de que nos buscarías y tenía que asegurarme de que se iría contigo, solo contigo, si la encontrabas. Le dije que un ángel con los ojos exactamente iguales a los suyos vendría a buscarla, el ángel de los ojos mágicos, y la salvaría de todos los hombres malos. —Edward guardó silencio y Bella percibió cómo entonces era él quien se había emocionado.

—Todo esto ha sido culpa mía. Todo por lo que habéis pasado… Jamás me perdonaré por involucrarte.

—Tú no me involucraste, desde el principio me advertiste, pero fui yo quien no te hizo caso. Fui yo quien le entregó un papel con mi número de teléfono a Tanya, no te culpes, no podías saberlo.

—Pero tendría que haberte alejado de ellos, de mí, en lugar de…

— ¿Y crees que lo habrías conseguido? ¿Haberme alejado de ti? Mi destino estaba sellado a esa furgoneta junto a Rennesme.

—No quiero pensar qué habría sido de ella si no llega a contar contigo a su lado. Gracias, Bella, por cuidarla.

—Es tu hija, Edward. Y, aunque no lo fuese, es una niña adorable, es responsable, es inteligente…

—Veo que te ha conquistado.

—Desde el primer momento.

Como si hubiese podido adivinar que hablaban de ella, la pequeña se revolvió en su cama improvisada, destapándose, y Bella acudió a arroparla.

El SEAL aprovechó para descubrir sus piernas, observando su desnudez bajo el camisón. Sobre su rodilla derecha había un apósito de unos diez centímetros que cubría la cirugía, por lo demás estaban intactas. Sentía un resquemor en la herida y un dolor punzante amortiguado por los calmantes y antiinflamatorios que debían haberle administrado por el suero. Giró el cuerpo, asomando ambas piernas fuera de la cama.

— ¿Qué haces? —preguntó Bella alarmada, regresando a su lado dispuesta a impedir que posase un solo pie en el suelo como parecía ser su intención.

—Necesito ir al baño.

—Pues ahora mismo pido una botella o una chata. Aunque no tengo ni idea de cómo se dirá en albanés.

—No pienso hacerlo en un cacharro de esos. Voy a ir al baño.

—¿Se ha pasado un cirujano horas cosiéndote las venas de la pierna para que ahora llegues tú y lo eches todo a perder en dos segundos porque te da vergüenza que te ponga a hacer pis en una botella?

—No me avergüenza hacer pis en una botella, te aseguro que lo he hecho en sitios mucho peores, pero me siento bien, puedo caminar por mi propio pie y voy a ir al lavabo. ¿Ves? Ya estoy recuperado —dijo alzándose, descalzo, sosteniendo el palo del gotero y haciéndolo rodar por el suelo.

—Edward, pueden saltarse los puntos, puede volver la hemorragia… A veces pienso que tienes la cabeza hecha de mármol —sentenció enfadada al verle cruzar ante ella, caminando con la pierna rígida, pero entonces la imagen de su trasero desnudo por la parte posterior del camisón la hizo romper a reír—. ¿Sabes? Estoy por sacarte una foto, así con el culete al fresco, y subirla al Facebook de los hombres que no hacen pis en botellas.

—Malvada —rió alcanzando la puerta del aseo.

— ¿Crees que necesitarás ayuda?

—Puede que dentro de un rato, no sabes cuánto me pone esa actitud tuya de enfermera regañona —sugirió pícaro, dedicándole una de esas sonrisas ladeadas que tanto la seducían.

—No tienes remedio —rio ella acomodándose en el sillón junto a Rennesme, dispuesta a esperarle.

Aquel hombre debía estar hecho de una pasta especial, no podía ser de otro modo, era la única explicación para que fuese capaz de mantenerse en pie después de haber necesitado una transfusión tan importante y haber sido operado hacía tan solo unas horas. Una pasta única y maravillosa.

Rennesme estiró las piernas y aún adormilada se giró buscándola. Bella la subió a su regazo y la abrazó. La pequeña pestañeo, abrió los ojos despacio y despabiló de golpe al ver la cama vacía.

— ¿Y mi ángel? ¿Se lo han llevado?

—Tranquila, nadie se lo ha llevado. Tu ángel está en el baño. Ah, y se llama Edward.

— ¿Los ángeles hacen pis?

—Me temo que sí. Por lo menos este.

—Eso es porque no tiene alas, los ángeles que tienen alas no hacen pis porque no tienen pilila.

— ¿Qué? ¿Cómo sabes eso?

—Porque una vez le pregunté al profe de religión si los ángeles eran niños o niñas, y él me dijo que solo eran ángeles, ni niños ni niñas. Y eso es que no tienen pilila. —Bella se echó a reír con sus ocurrencias—. Edward… me gusta. ¿A que es guapo?

—Sí. Es muy guapo.

— ¿Y sabe volar aunque no tenga alas?

—Pues no lo sé, creo que sí.

—Yo quiero que me enseñe a volar —afirmó volviéndose al oír cómo se abría la puerta del baño.

La expresión del SEAL se mudó al descubrir a la pequeña observándole embelesada, sentada en las rodillas de Bella. Caminó hacia ellas despacio, posando cada pie con cuidado. La joven enfermera observó enseguida que se había deshecho del gotero.

— ¿Dónde está la vía?

—En la papelera, ya no la necesito.

—Te prometo que en todos mis años de profesión nunca me he encontrado con un paciente peor que tú.

—Bella, ¡no regañes a mi ángel! —intervino Rennesme sorprendiendo a ambos.

—Sí Bella, no regañes a su ángel —repitió Edward satisfecho con su defensora al tiempo que las alcanzaba—. Hola, Rennesme, me llamo Edward.

—Ya lo sé, eres un ángel que hace pis y sabe volar.

—Yo no podría haberlo resumido mejor. ¿Me darías un beso?

— ¿Puedo? —preguntó a Bella, y esta asintió.

A Edward le enterneció que le pidiese permiso para hacerlo. La pequeña le dio dos besos fugaces en las mejillas y volvió a acurrucarse contra ella. Caminó hacia la cama dispuesto a tumbarse de nuevo. Aunque jamás lo admitiría, el pequeño paseo hasta el baño le había producido un fortísimo dolor en la herida. Bella tapó los ojos a la pequeña con ambas manos tratando de evitar que viese demasiado a través de la abertura trasera del camisón.

— ¿En el cielo no venden calzoncillos? —preguntó Nessie pues no se le pasaba nada por alto, deshaciéndose de sus manos cuando ya se hallaba tumbado en la cama.

—Eso Edward, ¿no los venden? —añadió Bella esperando ver cómo saldría de aquel atolladero.

—En el cielo hay de todo, Rennesme, pero los médicos me los quitaron para la operación y todavía no me los han devuelto.

—Dime Nessie.

— ¿Qué?

—Que me digas Nessie, no Rennesme. Rennesme me lo llama la abuela cuando me va a regañar. Rennesme, ven aquí ahora mismo — dijo imitándola—. ¿Me vas a llevar con la abu Tori?

—Sí, claro. En cuanto pueda caminar bien, iremos a ver a tu abu.

A su respuesta la pequeña corrió hacia la cama y se abalanzó a sus brazos plena de felicidad.

—Gracias por salvarme de los hombres malos y ser mi ángel.

Bella los observó, desprendían auténtica ternura. Mientras Nessie se hacía un hueco a su lado, Edward parecía intimidado por la efusividad de la pequeña, por cómo le abrazaba, ya sin pudor alguno, y le hablaba de las más variopintas historias.

Pero Rennesme era así, un torbellino arrollador, y él necesitaba dejarse arrastrar por su energía, empaparse de su forma de ser y comenzar a conocer a su hija.

— ¿Me ayudas a dibujar un Olaf?

— ¿Qué es un Olaf?

—El muñeco de nieve de Frozen.

— ¿Y quién es Frozen? —preguntó y los ojos de la pequeña se abrieron como platos.

No daba crédito a que alguien desconociese su película de dibujos animados favorita. Fue su regalo de cumpleaños, lo único que Aro permitió que su madre le entregase, y la adoraba. Había permanecido todo el tiempo sentada a su lado en la cama, de la que solo se había movido para comer el menú que trajeron para los tres al mediodía. Pero en cuanto la pequeña mesita auxiliar estuvo libre, la invadió de nuevo una decena de dibujos que trazó a bolígrafo sobre unos folios que Bella había solicitado en el control de enfermería.

—Mientras Edward te ayuda a dibujar a Olaf, voy a bajar un momento a llamar por teléfono, ¿vale, Nessie? —La pequeña asintió y continuó concentrada en su quehacer—. Voy a llamar a mi hermano y a Rose, necesito hablar con ellos con calma. Una agente de la Interpol me dejó el teléfono un instante en Dürres, pero solo pude decirles que estaba bien porque no quería apartarme de ti.

— ¿Vas a dejarme solo con ella?

—Os vendrá bien, a ambos.

—Pero ¿y si te llama? ¿Y si necesita hacer pis o…?

—Relájate, sabe ir al baño sola desde hace años imagino y, tranquilo, no se come a nadie.

—Sí me como, a los muñequitos de jengibre. Bueno, y a los de chocolate también, menos los que hace la madre de Maria Hale, porque no les echa azúcar y saben a puaj…