DISCLAIMER: la historia no me pertenece, los personajes son de Stephanie Meyer y la trama es de un libro el cual será dicho al final de esta historia, yo solo me adjudico la adaptación
Bella Swan es enfermera del equipo de urgencias del 061 de Sevilla. Su vida transcurre entre el trabajo y su relación secreta con Jacob, el mejor amigo de su hermano y médico de su equipo, relación que este no parece dispuesto a formalizar. Edward Cullen, miembro del equipo alfa del Team Six de los Seals, acaba de regresar de Afganistán. Su vida y la de Bella se cruzan tras ser apuñalado en la calle. Se trata de un hombre joven, corpulento, con una poblada barba rubia y unos espectaculares ojos azules. Un hombre cuyo torso y alma están marcados por profundas cicatrices. Desde ese encuentro, Bella no podrá dejar de pensar en el americano. Pero Edward se prohibirá a sí mismo sentir algo por la joven enfermera. Está a punto de enfrentarse a la misión más importante de su vida y, por nada del mundo, quiere ponerla a ella en peligro. Los Vulturis son la más peligrosa organización criminal de toda Europa. Son salvajes, despiadados, se financian con la prostitución y el tráfico de seres humanos, y Bella está a punto de caer en sus redes, sin imaginar las consecuencias.
32 - Benjamin
Bajó las escaleras siguiendo los letreros que indicaban dónde estaba la cafetería.
Buscó señales de teléfono público, pero, al no hallarlas, se dirigió a la camarera que atendía tras la barra y le preguntó en inglés. La joven le indicó hacia un lateral del establecimiento en el que había un box de madera con un teléfono de monedas en el interior.
Lo descolgó y entonces se dio cuenta de que no traía dinero.
Ni dinero, ni cartera, ni sabía qué tipo de moneda utilizaban en Albania.
Decepcionada por su torpeza, colgó el auricular dispuesta a regresar a la habitación junto a Edward y Rennesme, pero entonces alguien introdujo varias monedas en el teléfono, una tras otra, por encima de su hombro. Al girarse sintió que el corazón le daba un vuelco dentro del pecho al hallar a Demetri.
El agente de la Interpol vestía una cazadora de cuero marrón, una camiseta informal y unos vaqueros, su aspecto era muy distinto a la ropa oscura que solía llevar en el Castillo Negro.
—Habla, te espero fuera —dijo alejándose del box para ofrecerle mayor intimidad.
Bella intentó tranquilizar a su hermano y a su mejor amiga relatándoles una versión edulcorada de lo que había vivido en ese lugar, remarcándoles una y otra vez que se encontraba bien. Cuando llegase a casa podría explicarles, o no, lo que había vivido en realidad a manos de los Vulturis.
Emmet le exigió que tomase el primer vuelo de regreso a casa o sería él quien se plantaría en Tirana al día siguiente. Estaba muy preocupado, necesitaba verla con sus propios ojos para creer que se encontraba bien. Ella le rogó que se calmase, que esperase, que estaba a salvo y regresaría en cuanto Edward se recuperase de sus heridas.
La presencia del agente encubierto a unos metros a su espalda, observándola apoyado contra una columna, apremió el fin de la conversación. Bella se preguntaba una y otra vez qué querría, para qué había acudido hasta el hospital a verla.
Caminó hasta él.
—Gracias por las monedas.
—No tienes por qué darlas, ¿podemos tomarnos un café?
— ¿Un café?
—Sí. Creo que tenemos una conversación pendiente, pero primero, ¿cómo está Cullen?
—Bien, a salvo, la operación ha ido genial.
— ¿Y Rennesme?
—Rennesme está muy bien. Solo espero que todo esto no le pase factura más adelante.
— ¿Y tú?
— ¿Yo? No lo sé, hay momentos en los que siento que todo me vuelve a la cabeza, pero supongo que hasta que no pasen unos días… ¿Qué quieres de mí, Demetri? ¿Por qué estás aquí?
—No me llames Demetri, nunca más, por favor. Mi nombre es Benjamin o puedes decirme Ben
—Está bien, lo recordaré, Ben.
—Solo quiero un café y una conversación, pienso que no es demasiado.
—No lo es —aceptó, peinándose el largo cabello tras las orejas, nerviosa.
La desconcertaba no saber qué pretendía y aún trataba de recomponerse de la sorpresa de tenerle allí ante ella. Cuando las cartas se habían puesto sobre la mesa en el Castillo Negro, el agente Ben dejó muy claro cuál era su postura. Lo primero para él era la misión y, sin embargo, por su culpa y la de Edward, esta había acabado de modo abrupto, sin que se cumpliese su objetivo principal: capturar a Alec Vulturi. Aunque confiaba en que descabezada la cúpula de la organización, incluida la hermana de este, su detención fuese cuestión de días.
Tomaron asiento en torno a una de las mesas de plástico de la terraza de la cafetería y, en cuanto la ocuparon, la camarera acudió a atenderlos.
— ¿Qué quieres tomar? —le preguntó Benjamin.
—Un café con leche. —El agente de la Interpol intercambió unas palabras con la joven camarera en albanés y esta desapareció con el pedido de ambos—. ¿De dónde eres? Hablas muchos idiomas.
—Soy mitad italiano, mitad ruso. Nací en La Spezia, al norte de Italia, pero mi madre es de Irkutsk, en Siberia. Hablo albanés, español e inglés, además del italiano y el ruso.
—Vaya, eres un auténtico políglota.
—Siempre tuve facilidad para los idiomas, fue un punto a mi favor al unirme a la Interpol. —El agente la observaba con sus ojos negros, casi sin pestañear, haciéndola sentir incómoda.
— ¿Sabes algo de Kate y Bree?
—Ambas vuelan en estos momentos de regreso a Francia, donde las aguarda su madre.
— ¿Su madre? Pero si fue su padre quien…
—Su padre, fue quien las entregó a los Vulturis como pago por sus deudas de drogas y prostitución. Aprovechó para ello el fin de semana que le correspondía con las niñas, pues están divorciados.
—Maldito desgraciado —le espetó con rabia, una rabia que le nacía de las entrañas.
—Puedes estar tranquila, su madre se había recorrido todas las instituciones de Francia solicitando ayuda para encontrarlas y su padre está detenido desde el día siguiente a su desaparición, seguro que están dándole el trato que merece.
— ¿Y la otra chica, Irina?
—Irina Merlot llevaba seis años en manos de Alec Vulturi, los mismos que llevaba desaparecida. Sus padres son de Bristol, aunque ella desapareció en Bari, en mi país, donde estaban de vacaciones. Tuvo la desgracia de veranear en el mismo hotel que Alec, quien una noche la vio cenando con su familia y se prendó de ella. Irina solo tenía doce años. Al día siguiente hizo que la secuestrasen cuando jugaba en la piscina mientras sus padres tomaban el sol y la ha mantenido como su prisionera todo este tiempo.
—Es horrible.
—Sí, lo es. Va a necesitar mucha ayuda, pero es una chica fuerte y tiene unos padres que jamás perdieron la esperanza de encontrarla con vida, unos padres que la adoran y que ya están con ella.
La camarera llegó portando sus bebidas en una bandeja y las dejó sobre la mesa de metal antes de regresar a su puesto tras la barra. Benjamin dio un sorbo a su café expreso y al regresar la mirada a los ojos chocolates de Julia percibió la turbación que los empañaba.
— ¿Qué sucede? ¿He dicho algo malo?
—No, claro que no. Me alegro muchísimo de que Irina, Kate y Bree estén al fin con sus familias, después de todo el daño que les han hecho van a necesitarlas mucho, pero me apena no haber podido despedirme de ellas —dijo sin poder evitar que una lágrima corriese por su mejilla.
Benjamin estiró el brazo hasta alcanzar su rostro, limpiándola con el dorso de su mano. Bella sintió que su corazón se aceleraba, aquel contacto deliberado la había violentado. Él retiró la mano despacio, como si le costase dejar de tocarla.
—Estoy seguro de que a ellas también les habría gustado. Quizá puedas volver a verlas algún día.
—Ojalá, me gustaría saber que están bien.
—Lo estarán, lo sé. Como también sé que crees que podría haber hecho algo más por ellas, por vosotras.
—Sí, lo pienso, no voy a negártelo. Tendrás tus motivos, pero…
—No soy el tipo sin corazón que piensas, Bella. Y el dolor por no haber intervenido en la violación de Kate o en la de otras muchas niñas, es un peso que cargaré a mis espaldas hasta el día de mi muerte. Puedes estar segura. Pero ese monstruo debería estar hoy entre rejas junto a todos los suyos y no lo está. Está ahí fuera y continuará violando y matando niñas, continuará traficando con mujeres como si fuesen animales.
—Por nuestra culpa, ¿verdad? ¿Tendría que haber permitido que esa loca me matase o matase a Edward?
—Bella.
—Pues lo siento mucho por el bien común, por el bienestar del resto de las mujeres, pero solo tendré una vida y quiero vivirla hasta el último de mis días junto al hombre al que quiero.
—No es…
—Perdóname por no inmolarme y tratar de impedir que le matasen. ¿Para eso has venido? ¿Para echarme en cara…?
— ¿Me quieres dejar hablar? ¡Menudo carácter! No he venido a reprocharte nada.
— ¿Y entonces?
—Necesito explicarte mis motivos, que sepas por qué era tan importante para mí esta misión. Yo tenía, tengo, una hermana. Se llama Tia, justo acababa de cumplir los diecisiete años cuando desapareció, hace diez años. Un día dijo a mis padres que iba a pasar la tarde con unas amigas, pero en realidad se había citado con un joven al que había conocido a través de una red social, en un parque cercano a casa. Mis padres no sospecharon nada, no percibieron nada extraño en ella, ni ese día ni los anteriores, pero después de aquella tarde fue como si se la hubiese tragado la tierra. No hubo pistas, no apareció cadáver alguno, ninguna teoría oficial, ningún hilo del que tirar, ni siquiera para alguien con mis contactos.
—Vaya, es terrible.
—Mis sospechas, mi experiencia y los escasos datos fiables con los que cuento me hacen creer que fue captada por una de las muchas organizaciones que trafican con mujeres en Europa. Desde entonces solicito cada caso en el que haya la menor posibilidad de hallar algún dato, algún indicio sobre ella. En esta misión las probabilidades eran muchas, sobre todo desde que descubrimos que Aldo Monteso, uno de los messrs en Italia de Alec, había captado a varias chicas a través de las redes sociales. Llevo cinco años infiltrado, cinco años escalando peldaños en la organización, más de mil ochocientos días que me gustaría poder borrar de mi memoria, pero no puedo y creo que jamás lo haré. Y ahora estaba a solo un paso de detenerle.
—Comprendo tu frustración, Benjamin. —Le costaba llamarle por su nombre real—. Y sé que trataste de cuidarnos a tu modo. Impediste en varias ocasiones que ese cerdo de Laurent me atacara, me llevaste para que pudiese ayudar a Kate después de que… De que ese monstruo la destrozara. Y sé que fingiste que te había noqueado con la silla para que intentásemos escapar en el club. No pienso que no tengas corazón, claro que no.
—Me alegro, no sabes lo importante que eres para mí —dijo posando con suavidad su mano sobre la de ella.
Bella miró sus ojos y sintió un escalofrío, era la segunda vez que la tocaba de modo aparentemente inocente. Y su mirada, su postura, parecían querer transmitirle muchos sentimientos, sentimientos que ella no correspondía en absoluto. La apartó como si quemase y Benjamin confirmó lo que ya sospechaba: que no tenía la menor posibilidad con la joven enfermera.
Su belleza le había fascinado desde el primer momento en que la vio, pero más aún lo hicieron su entereza, su valor y su forma de enfrentarse a Laurent o a la propia Jane. Sabía que habría tratado de protegerla del mismo modo aunque sus superiores no le hubiesen advertido de que se trataba de la pareja sentimental de un teniente de la marina norteamericana con acceso directo a La Casa Blanca.
Bella le fascinaba, le seducía aun sin proponérselo, pero la sabía lejos de su alcance y su reacción acababa de terminar de confirmárselo.
—Ese Cullen es un tipo afortunado —sentenció con una sonrisa que estiraba la leve cicatriz de su barbilla—. Solo quiero que sepas que siempre estaré ahí para ti, para lo que necesites —dijo entregándole una tarjeta con sus datos personales. Bella la tomó entre los dedos, observándola con detenimiento mientras el agente de la Interpol se incorporaba de su asiento. También lo hizo ella para despedirle—. Aun a pesar de las terribles circunstancias, ha sido un placer conocerte, Isabella Swan. Por favor, despídeme de Rennesme, dile que ya estoy recuperado de la patada que me dio.
— ¿Te dio una patada?
—Con toda su alma —indicó hacia abajo con la mirada—. Cuando traté de sacarlas de la habitación me pateó con todas sus energías porque tú le habías dicho que si alguien trataba de llevársela le golpease con fuerza justo ahí. Y créeme, esa chica tiene futuro como delantera centro.
—Lo siento muchísimo, pero tienes que entender que, dada la situación, era un gran consejo —dijo sin poder contener la risa. Benjamin la miró muy serio.
—Es genial que te parezca tan divertido. Casi tengo que abandonar a los Carabinieri para unirme a los Castrati —añadió, provocando que su risa aumentase—. Ahora en serio, despídeme de Rennesme y, por favor, guarda mi número.
Benjamin se marchó sin mirar atrás, rogando en su interior que aquella no fuese la última vez que la veía.
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