DISCLAIMER: la historia no me pertenece, los personajes son de Stephanie Meyer y la trama es de un libro el cual será dicho al final de esta historia, yo solo me adjudico la adaptación

Bella Swan es enfermera del equipo de urgencias del 061 de Sevilla. Su vida transcurre entre el trabajo y su relación secreta con Jacob Black, el mejor amigo de su hermano y médico de su equipo, relación que este no parece dispuesto a formalizar. Edward Cullen, miembro del equipo alfa del Team Six de los Seals, acaba de regresar de Afganistán. Su vida y la de Bella se cruzan tras ser apuñalado en la calle. Se trata de un hombre joven, corpulento, con una poblada barba rubia y unos espectaculares ojos azules. Un hombre cuyo torso y alma están marcados por profundas cicatrices. Desde ese encuentro, Bella no podrá dejar de pensar en el americano. Pero Edward se prohibirá a sí mismo sentir algo por la joven enfermera. Está a punto de enfrentarse a la misión más importante de su vida y, por nada del mundo, quiere ponerla a ella en peligro. Los Vulturi son la más peligrosa organización criminal de toda Europa. Son salvajes, despiadados, se financian con la prostitución y el tráfico de seres humanos, y Bella está a punto de caer en sus redes, sin imaginar las consecuencias.


34 - Un ángel y una princesa

El sonido de los rotores del helicóptero era ensordecedor, la vez anterior no lo había percibido, quizá porque todos sus sentidos estaban concentrados en parar la hemorragia que amenazaba la vida del hombre al que amaba.

Iniciaban un viaje que los llevaría de vuelta a casa poniendo fin a aquella pesadilla, sentada en la parte posterior con Rennesme a su lado y Bella frente a ambas. El resto de SEALs se habían sentado en la parte más cercana a la cabina de control, concediéndoles una mayor intimidad.

—Nos detendremos en la base de Ramstein, en Alemania, y después continuaremos hasta Rota, donde aterrizaremos en torno a las cuatro de la mañana —le había advertido Bella al subir al aparato, agrio, como si se hubiese tomado un litro de zumo de limón concentrado.

Desde su última conversación en la habitación se había mostrado distante, parecía molesto por algo que no se atrevía a decirle. Bella imaginaba a qué podía deberse, pero la imposibilidad de hablar entre ellos sin hacerlo a gritos o utilizando los cascos, con lo cual el resto de la tripulación podría oírlos, hizo que pasase el vuelo en silencio, apoyada contra el fuselaje con los ojos cerrados.

La despertó el impacto de las patas al posarse en el suelo durante el aterrizaje, comprobando con cuidado que Rennesme también se había dormido, descansando sobre su regazo. Edward, que durante su sueño se había desplazado hasta donde permanecían sus compañeros, regresó a su lado mientras estos abandonaban el aparato para estirar las piernas, incluido el piloto, iluminados por las potentes luces de la base aérea.

Estaba muy atractivo vestido con su ropa militar, aquel uniforme se ajustaba tanto a sus curvas rudas y fuertes, a sus hombros de armario empotrado y a sus brazos de leñador, que debió contener el impulso de arrojársele encima, besarle y suplicarle que volviese a amarla de nuevo.

—El camión cisterna tardará unos veinte minutos en llenar el depósito. Si necesitas ir al baño es el momento.

Bella liberó sus cinturones, y haciéndose a un lado permitió que la cabecita dorada de Rennesme reposase sobre el asiento y se situó frente a él.

— ¿Qué te pasa? ¿Por qué estás enfadado?

—No estoy enfadado.

—No mientas. Es por la visita de Benjamin, ¿verdad? —Bella torció el gesto, desviando la mirada, incapaz de disimular la rabia que le producía oírla pronunciar su nombre siquiera—. Dime, ¿qué te pasa?

—No me gusta que ese tipo haya venido a verte.

— ¿Por qué? Solo estuvimos tomando un café.

— ¿Estuvisteis tomando café? No mencionaste nada de cafés.

— ¿Es que tiene algo de malo? ¿Estás celoso?

— ¿Qué? Ni hablar.

—Mucha leyenda del águila y del amor que no necesita ataduras, pero te pones celoso como un niño pequeño porque otro hombre se interese por mí.

— ¿Te ha dicho él que está interesado en ti? —preguntó dispuesto a ir en su busca y arrancarle la cabeza con sus propias manos.

—No ha hecho falta que lo exprese con palabras. Me lo dejó muy claro con un beso apasionado. —Las venas de su cuello se convitieron en dos autovías.

—Voy a matar a ese desgraciado —afirmó rojo de ira, poniéndose en pie dispuesto a cumplir su amenaza. Entonces ella rompió a reír a carcajadas—. ¿Te burlas de mí? ¿Es eso? ¿Estás burlándote de mí?

—Mírate, estás muerto de celos. Es mentira, no me ha besado, ni yo lo habría permitido. Porque, ¿sabes algo?, no me importa. No me importa que esté interesado en mí, ni él ni cualquier otro, porque a mí solo me interesas tú — confesó envolviéndole con sus brazos, enterrando el rostro en su pecho, besándole por encima de la camiseta que lo cubría—. Tú y solo tú.

Estaba enfadado, muy enfadado. No con ella, por supuesto, sino con aquel tipo que había osado ir a buscarla, con aquel tipo que no le había quitado los ojos de encima cada minuto que estuvo en su presencia en el Castillo Negro.

Él sabía leer los ojos de los hombres, su vida había dependido de ello en demasiadas ocasiones, y aquel agente de la Interpol estaba demasiado interesado en su chica. Durante el escaso segundo en el que creyó que la había besado, tuvo tiempo de planear una muerte lenta y dolorosa para el italiano. Esperaba no volver a verle en toda su vida, porque en su interior también le culpaba de no haberlas sacado de allí antes, de no haber evitado que padeciesen hambre y necesidad durante aquellos días terroríficos. Pero los besos de Bella recorriendo su cuello, subida a uno de los asientos para ponerse a su altura, unidos a sus palabras, a su declaración decidida y sin reservas, provocaron que se calmase. La besó apasionado, y la mordió en la barbilla y en la garganta, sabiendo cómo esto le erizaba la piel.

—Te quiero en mi vida, cada día, siempre, quiero que estés a mi lado. Sé que un hombre como yo solo puede ofrecerte una vida complicada, pero soy tan egoísta que ansío que la compartas conmigo. No quiero ir despacio, no quiero ir paso a paso, quiero que vengas a Estados Unidos conmigo. Quiero que empecemos una nueva vida juntos.

—Guau… Ese es… es un paso demasiado grande.

— ¿Eso es un no?

—No. Quiero decir, no lo sé. No es un no, es un sí, creo. Tengo que hablar con mi hermano, y con Rose, explicarles lo que siento, lo que sentimos, porque les va a parecer una auténtica locura. Pero sí, quiero intentarlo, sé que será complicado, pero quiero estar contigo. Además, jamás podría haber imaginado que en estos días cogería tanto cariño a Rennesme, necesita mucho amor…, pero sabremos hacerlo, sabremos hacerla la niña más feliz del mundo.

—Un momento, Bella, no voy a quedarme con Rennesme —afirmó muy serio, tajante. Aquella revelación la dejó sin palabras, inmóvil, incapaz de dar crédito a lo que acababa de oír.

— ¿Cómo que no vas a quedarte con Rennesme?

—Mírame, mira a tu alrededor —dijo indicándose a sí mismo, a todo el ambiente militar que los rodeaba—. Este es mí día a día, me paso la vida entre misión y misión, con la muerte cargada a la espalda como un accesorio más. ¿Crees que es lo ideal para una niña, tener un padre ausente que no sabe si regresará a su lado? No puedo ofrecerle la vida que se merece. Ella se merece la mejor familia de todas, un padre que la recoja de la escuela, que vaya a verla a las funciones del colegio y esté a su lado para soplarle las rozaduras de las rodillas. Eso conmigo jamás lo tendría y yo quiero que sea feliz, la más feliz de las niñas —dijo con la voz quebrada por la emoción. Dos lágrimas rodaron veloces por sus mejillas que se apresuró a limpiar, borrando todo rastro de que una vez estuvieron justo ahí, demostrando que no estaba hecho de hierro como pretendía hacer creer al mundo.

— ¿Vas a entregarla en adopción? ¿Después de todo lo que hemos pasado? — preguntó sintiendo cómo aquellas palabras se habían clavado muy hondo en su pecho, y dolían, dolían como jamás pensó que pudiesen hacerlo.

—No. Claro que no, nunca haría algo así. Mi hermano Jasper y su mujer la adoptarán, ya lo han hecho genial con mis dos sobrinos y yo quiero eso para Rennesme.

— ¿Quieres eso para Rennesme? ¿Entregarla a una pareja a la que no conoce de nada solo porque lo hicieron bien una vez? Esa niña necesita a su padre, te necesita a ti.

—Yo seré el tío Edward, la cuidaré, formaré parte de su vida.

— ¿El tío Edward? Sé que quieres lo mejor para tu hija, pero lo mejor para ella eres tú. Nadie podrá quererla como tú, nadie la mirará con el mismo amor que tú, nadie la protegerá como tú. Porque tú eres su padre.

— ¿Tú eres mi papá? —preguntó la pequeña con la voz templada por el sueño del que acababa de despertar con la discusión.

Ambos la miraron como si acabasen de descubrir que estaba allí. Edward no supo qué responder, se hallaba ante una de las situaciones más complejas de su vida. Abandonó la aeronave sin decir una palabra. Necesitaba pensar, necesitaba aclarar sus ideas, y sobre todo necesitaba tiempo para decidir qué debía responder a la pequeña hermosura que le había mirado con una mezcla de sorpresa e ilusión en los ojos.

— ¿Él es mi padre, Bella? ¿Soy hija de un ángel?

Tomó asiento a su lado y cogió su manita, entrelazando sus dedos.

—Rennesme, eso es algo que tiene que explicarte él. Solo puedo decirte que a partir de ahora vas a tener una nueva vida, una vida maravillosa.

—Pero ¿es mi papá? ¿Él y mi mamá se dieron un beso de amor? La abu Victoria dice que si te das un beso de amor te sale un nene en la barriga.

—Pronto estaba aleccionándote tu abu Victoria sobre los peligros de besar chicos —chistó Bella entre risas—. Cuando Edward vuelva y se sienta preparado para hablar de eso contigo, te lo explicará todo, te lo prometo.

—Pues yo quiero que sea mi papá porque tenemos los ojos iguales y somos rubios.

—Una buena razón como otra cualquiera.

—Y quiero tener un hermanito que se llame Brandon.

— ¿Por qué Brandon?

—Por el hermano de Mickey de Los Goonies, mi peli favorita.

— ¿Los Goonies es tu peli favorita? Pero si es más antigua que el arte rupestre.

—Marcus y Athenodora, los que me cuidaban, tenían un DVD en su casa que les regalaron con el periódico, y la he visto muchas veces. No tendré que volver con ellos, ¿verdad? —preguntó disgustada al pensar en ellos.

—No, claro que no, no tendrás que volver a verlos nunca. ¿Es que te trataban mal?

—No me pegaban ni me gritaban, pero no me querían, decían que yo era un problema. No quiero ser más un problema.

—Nessie, tú no eres ningún problema, eres maravillosa, eres la mejor niña del mundo, la más guapa y la más buena.

— ¿De verdad?

—De verdad —respondió Edward regresando al interior del helicóptero, había oído gran parte de la conversación—. ¿Podemos hablar un momento, Rennesme?

—Os dejo solos.

—No hace falta.

—Pienso que sí —dijo incorporándose y abandonó el aparato, una ráfaga de viento le enmarañó el cabello sobre el rostro.

Quería saber cuál sería la respuesta de Bella a la pregunta de Nessie, pero a la vez la temía. Por eso había decidido ofrecerles intimidad. Caminó por la pista de aterrizaje, observando el quehacer de los operarios del gran camión cisterna que había comenzado a repostar de combustible al Black Hawk.

Refrescaba a aquellas horas de la noche. A lo lejos veía las luces encendidas de la torre de control, unos focos deslumbrantes apuntaban a la pista de aterrizaje, y desde su posición podía vislumbrar un hangar abierto con varios helicópteros militares en su interior. Caminó un buen rato por la pista sin rumbo, tratando de hacer tiempo para permitirles conversar en paz. Oyó voces y al girarse descubrió que los compañeros de Edward caminaban de regreso hacia la aeronave. Bromeaban entre ellos, la camaradería era evidente, así como la complicidad y el cariño que se profesaban. Eran como una familia. Eran su familia. Resultaba lógico que los apreciase tanto, que les confiase su propia vida. Sabía que aquellos hombres morirían por él, como él lo haría por ellos, y se sintió orgullosa de sus convicciones, de su valor y de su sentido de la responsabilidad. En un mundo corrompido como el que acababa de descubrir, de sufrir en sus propias carnes, que todavía hubiese hombres dispuestos a entregar su vida por los demás era una luz de esperanza.

— ¿Sucede algo? —le preguntó Gran Oso en español, al alcanzarla.

—No, solo salí a tomar el aire —respondió en inglés para que todos pudiesen entenderla.

— ¿Parkur está dentro?

—Sí, está dentro. ¿Por qué le llamáis Parkur?

—Porque es como el puto hombre araña —respondió Billy, recibiendo una colleja de Gran Oso—. ¿Qué he dicho ahora?

—No blasfemes ante la señorita. Parkour es el arte del desplazamiento, de subir por las paredes, por los edificios, usando las habilidades del propio cuerpo, y en eso no hay otro como él, el teniente es capaz de escalar la Torre Eiffel sin ninguna ayuda. Le he visto saltar de un edificio a otro, a más de veinte metros de altura, sosteniéndose solo con sus manos y con todo el equipo a la espalda.

—Vaya. —Solo de imaginarlo se estremeció.

—Es un gran tipo —apuntó Halcón. —Es el mejor tío que he conocido en mi vida, aunque levantase la corteza de la tierra no encontraría otro igual, y es la primera vez que me ha hablado de una mujer. Merece ser feliz —sentenció Gran Oso. Bella sonrió, parecía la típica conversación de chicas cuando rodean al ligue de su amiga para advertirle de que debe tratarla bien, solo que con los papeles invertidos.

—Intentaré que lo sea, cada día.

—Vamos, en menos de cuatro horas estaremos en España —dijo con una sonrisa con la que parecía concederles su bendición.

Alcanzaron el helicóptero cuando los operarios desconectaban el surtidor del camión cisterna. Bella permanecía en su interior, sentado junto a Rennesme. La pequeña asentía con una sonrisa y le miraba embelesada. ¿Qué le habría dicho? ¿Se habría arrepentido de sus palabras?

— ¡Bella, ven! Mi áng… Edward —corrigió con una sonrisa—, ha dicho que voy a tener una nueva casa y dos hermanos mayores, y que la abu Victoria vivirá con nosotros.

Sus sospechas se confirmaban, continuaba con la intención de entregarla a su hermano mayor.

— ¿Es que has hablado con Victoria?

—Todavía no, pero voy a ofrecerle una vivienda justo frente a la casa de mi hermano, que alquilaré y de la que me haré cargo, como de todos sus gastos y costes médicos, si acepta trasladarse a Atlanta para estar cerca de Rennesme. —Su arrojo por hacerla feliz la enterneció, pero a la vez la hacía sentir furiosa por no ser capaz de emplearlo en tomar las riendas y enfrentarse a la nueva vida que se le ofrecía ante los ojos. Merecía ser feliz, como había dicho Gran Oso, claro que lo merecía, pero él mismo era el primero que debía permitírselo.

Pasaban un par de minutos de las cuatro y diez de la mañana cuando el Black Hawk aterrizaba de nuevo, en esta ocasión en la base naval de Rota, Cádiz. Durante el vuelo no habían vuelto a cruzar una sola palabra. Rennesme se había dormido de nuevo y ella la sostenía en brazos, sujetas ambas por el mismo cinturón de seguridad. Una vez que el motor estuvo apagado, mientras las hélices dejaban de girar poco a poco, los hombres abrieron la puerta lateral para descender.

—Deja que la coja, debes estar muy cansada —pidió.

Bella le miró a los ojos sin disimular lo disgustada que aún estaba con él, pero le permitió que la tomase entre sus brazos.

Descendieron de la aeronave y caminaron hasta una furgoneta blanca que permanecía aguardándolos con las luces encendidas. Edward se sentó en la parte trasera con la pequeña descansando sobre su hombro izquierdo y ella tomó asiento a su lado. El resto del equipo ocupó los asientos de las filas anteriores.

— ¿Qué piensas hacer con ella? ¿Cuándo os marcháis?

—Mañana iré a ver a su abuela. Hablaré con ella, le contaré lo sucedido con Tanya y lo difícil que ha sido rescatar a Rennesme. Después la llevaré a verla, hablaré con la señora Victoria y le ofreceré lo que sea necesario para que acepte venir con nosotros. No quiero que Rennesme sufra una sola pérdida más, quiero que sea feliz, la niña más feliz del mundo. Espero que diga que sí. Si tanto la quiere, no podrá negarse. Mi hermano está encargándose del papeleo para que pueda llevármela legalmente cuanto antes a casa. A su nueva casa.

— ¿Cuándo?

—No lo sé, en unos días. Va a ser muy feliz con su nueva familia.

—Sé que quieres lo mejor para ella, pero continúo pensando que vas a cometer un error que después no tendrá vuelta atrás. Tú no eres su tío…

—Por favor, no insistas. Perdóname que sea así de franco, pero en este tema tu opinión no cuenta. Voy a hacer lo que yo, y solo yo, considere que es mejor para ella.

—Gracias. Muchas gracias, pensé que querías que intentásemos algo juntos, pero creo que jamás podría estar con alguien para quien mi opinión no cuenta.

—No des la vuelta a las cosas.

—No les doy ninguna vuelta. Eres tú el que no paras de dar vueltas a algo que tendría una sencilla solución —le espetó ofendida.

— ¡No la tendría, Bella!, Fuck! No hay nada sencillo en mi vida, nada.

—Yo te ayudaría.

— ¿Es que crees que no quiero quedármela? ¿Qué no me gustaría verla crecer cada día?

—Eso parece.

—Pues te equivocas. Te equivocas por completo. —Se tomó un segundo para calmarse, tomando conciencia de lo exaltado que estaba, del modo en el que le había hablado—. Perdóname, Bella, por favor. Perdóname por decir que tu opinión no cuenta, claro que cuenta, tu opinión es muy importante para mí, pero no puedes hacerte a la idea de lo difícil que es mi vida, ya me parece suficiente egoísta pedirte que vengas conmigo, a pesar de que me asusta, de que me aterroriza que no seas feliz. Pero tú eres adulta y puedes echarte atrás, puedes elegir si quieres continuar a mi lado. Rennesme no podría hacerlo. —Bella descendió la mirada, ¿cómo podría hacerle entender que estaba a punto de cometer un error irremediable? Que Rennesme le necesitaba a él, que le adoraba, y que jamás encontraría un padre mejor. Pero en ese momento no le haría entrar en razón—. Tu hermano está esperándote en la base —dijo cambiando de tema.

— ¿Qué? —preguntó y sus ojos se abrieron como platos.

—Le llamé cuando nos detuvimos en Ramstein y dijo que vendría a recogerte para llevarte a casa.

—Gracias.

—No hay de qué —respondió mientras apartaba un mechón de cabello de Rennesme que con el agitar del vehículo le había caído sobre la naricilla respingona. Bella observó el cuidado con el que lo hacía, acariciando su mejilla con dulzura. ¿Cómo podía ser tan cabezota? Él sería un padre maravilloso, sería perfecto, lo sabía, solo quedaba que se diese cuenta de una vez.

— ¿Has sabido algo más de Alec? —preguntó de improviso capturando su atención.

Edward no había vuelto a pensar en aquel desgraciado desde que ambas estuvieron a salvo, lo que había sido su única prioridad.

—No. Al parecer está desaparecido. Se esconderá bien durante un tiempo y después tratará de reorganizar su imperio, imagino. La Interpol se encargará de él y tarde o temprano le atraparán, estoy seguro. Ese desgraciado acabará entre rejas o muerto.

—Ojalá sea así.

El vehículo se detuvo, habían llegado a su destino. Descendieron y caminaron hacia un edificio. Halcón fue el primero en abrir la puerta metálica, se adentró en él, seguido de sus compañeros, y accedieron a un amplio recibidor. Bella y Bella también lo hicieron, este cargando a la pequeña en brazos.

— ¡Bella! ¡Bella! —Oyó la voz de Rose gritando su nombre, miró hacia la derecha y los vio.

Ella y su hermano corrían en su dirección desde el ala derecha de la sala. Los alcanzó, estrellándose con ambos en un impetuoso abrazo. Las emociones contenidas dieron paso a las lágrimas, Rose lloraba a mares y Emmet la estrechó con tanta fuerza contra su pecho que acabaría por provocarle un exoftalmos si su abrazo se prolongaba más tiempo.

—Hermanito, relaja que me vas a matar —pidió, y entonces pareció tomar conciencia de la energía con la que la sostenía y la liberó.

—Dios mío, no puedo creer que estés aquí —dijo besándola en la mejilla, rodeándola de nuevo, como si necesitase tocarla para saberla a salvo.

—Estás más delgada —percibió Rose de inmediato.

— ¿Te han hecho daño? Dime la verdad.

—No, al menos físico, Emmet. Lo hubieran hecho, mucho, si Edward no nos hubiese liberado.

— ¿Nos?

—Sí, a mí y a la pequeña que lleva en brazos, es su hija —apuntó volviéndose hacia, que permanecía inmóvil, con el rostro de la niña descansando en su cuello, profundamente dormida.

—Qué bonita es —dijo Rose.

—Por dentro lo es incluso más.

—Gracias por devolverme a mi hermana —dijo Emmet caminando hasta él, tendiéndole la mano.

Edward, acomodando a Rennesme para liberar su mano derecha, la estrechó. Rose volvía a besarla y abrazarla, como si temiese que fuese a esfumarse como un sueño.

— ¿Quiénes son esos tipos? —preguntó refiriéndose a los hombres que esperaban con las mochilas en el suelo a que su teniente se uniese a ellos para marchar hacia las dependencias interiores de la base.

—Son miembros de su equipo. Ellos nos rescataron.

—Vaya, están como quesos de bola, mira qué espaldas, qué brazos, qué… Pero vamos, que para mí como tu hermano ninguno —dijo al percibir que Emmet las alcanzaba.

—Ya, ya, no disimules, te he oído.

— ¿Volvéis a estar juntos? —La sonrisa de ambos fue toda una confirmación sin palabras.

—Bueno, ¿nos vamos a casa de una vez? Tengo el coche en la puerta.

—Supongo que sí —dudó.

Se sentía feliz por ver a su hermano y a su mejor amiga, por saberse a salvo y de regreso en su país, pero no deseaba apartarse de Edward ni de Rennesme. En absoluto—. Esperad un momento.

Caminó hasta ellos.

— ¿Vais a dormir aquí?

—Sí, dormiremos en el destacamento. Son las cuatro de la mañana, Nessie está dormida y mañana en cuanto despierte la llevaré a ver a su abuela.

— ¿Y si me echa de menos?

—Te llamaré por teléfono o por videollamada —respondió con una sonrisa, enternecido por su preocupación por la pequeña. Entonces se acercó a ellos aún más y forzándole a que se agachase besó la mejilla de Rennesme con dulzura. Se apartó de ella con los ojos llenos de lágrimas—. Eh, tranquila, sabes que la cuidaré bien.

—Lo sé, lo sé. Y cuídate también tú esa pierna, no hagas esfuerzos.

—No los haré.

—Y que los médicos te revisen la operación.

—Lo haré.

—Y ten mucho cuidado… —Edward la agarró de la nuca, llevándola hasta sus labios y la besó, apretándola con suavidad contra el cuerpo cálido de Rennesme, que quedó convertida en un sándwich entre ambos. La pequeña se agitó un poco entre sueños, provocando el fin del beso antes de lo que ambos deseaban.

—Te llamaré en cuanto hable con la señora Victoria. Cuídate, come y sobre todo descansa. No te preocupes por mí, por nosotros, estaremos bien.

—Esperaré esa llamada —afirmó apartándose de ambos, no sin antes dar un nuevo beso a Rennesme, en la espalda, y se marchó.

Amanecía cuando Bella se metió en la cama, en su cama, entre sus sábanas, y se durmió no sin antes dedicar su último pensamiento a la pareja que había dejado atrás en la base militar de Rota: un ángel y una pequeña princesa que le habían robado el corazón.