DISCLAIMER: la historia no me pertenece, los personajes son de Stephanie Meyer y la trama es de un libro el cual será dicho al final de esta historia, yo solo me adjudico la adaptación
Bella Swan es enfermera del equipo de urgencias del 061 de Sevilla. Su vida transcurre entre el trabajo y su relación secreta con Jacob Black, el mejor amigo de su hermano y médico de su equipo, relación que este no parece dispuesto a formalizar. Edward Cullen, miembro del equipo alfa del Team Six de los Seals, acaba de regresar de Afganistán. Su vida y la de Bella se cruzan tras ser apuñalado en la calle. Se trata de un hombre joven, corpulento, con una poblada barba rubia y unos espectaculares ojos azules. Un hombre cuyo torso y alma están marcados por profundas cicatrices. Desde ese encuentro, Bella no podrá dejar de pensar en el americano. Pero Edward se prohibirá a sí mismo sentir algo por la joven enfermera. Está a punto de enfrentarse a la misión más importante de su vida y, por nada del mundo, quiere ponerla a ella en peligro. Los Vulturi son la más peligrosa organización criminal de toda Europa. Son salvajes, despiadados, se financian con la prostitución y el tráfico de seres humanos, y Bella está a punto de caer en sus redes, sin imaginar las consecuencias.
35 - Vuelve a casa
Cuando despertó lo hizo sobresaltada, buscando a Rennesme a su lado entre las sábanas, con el corazón latiéndole en la garganta ante el temor de que Alec se la hubiese llevado, pero entonces recordó que estaba en casa, a salvo, y contempló con la respiración aún acelerada su habitación.
La luz del sol se colaba poderosa por las cortinas translúcidas, emitiendo destellos anaranjados por todo el derredor. Miró el reloj electrónico de su mesita de noche, marcaba las tres de la tarde.
Bajó de la cama y, sin poder contenerse, rompió a llorar. Se arrodilló en el suelo hecha un ovillo, rodeando los muslos con las manos, y liberó toda la tensión, todo el miedo que había sentido a lo largo de aquella semana, mientras permanecía en poder de aquellos monstruos. Pero sobre todo lloraba porque extrañaba a Rennesme y a Edward. ¿Estarían bien? ¿Habrían despertado ya? Él le había dicho que la llamaría si la niña la necesitaba y tenía el número de Emmet. Pero irracionalmente tenerles lejos la hacía sentirles en peligro. No sabía qué había sido de Aro… ¿Le habrían atrapado? La cabeza le iba a estallar.
— ¿Qué te pasa? —preguntó Rose entrando en la habitación, la había oído llorar desde el pasillo. La abrazó, sentándose a su lado en el suelo, ofreciéndole su hombro para arrancar toda aquella desolación que estaba arrasando su alma. Poco a poco consiguió tranquilizarse, normalizar el ritmo de su respiración y calmarse—. ¿Mejor?
—Necesitaba desahogarme —dijo, limpiando las últimas lágrimas que recorrían sus mejillas—. Pero estoy bien, en serio.
—Sí, estás genial. Bella has pasado por una situación muy traumática, no pretendas fingir que estás bien porque no es lógico que lo estés.
—Lo estoy, en serio —aseguró incorporándose—. ¿Has preparado lasaña?
El aroma del queso fundido y la salsa boloñesa ascendía por la escalera hasta la planta superior, Rose había cocinado su comida favorita. Esto la enterneció y la abrazó con fuerza, entonces fueron los ojos de su amiga los que se empañaron.
—Hemos pasado mucho miedo por ti.
—Lo sé.
—Tu hermano estaba como loco, le echaba la culpa a Edward, a mí por dejarte el coche y casi hasta al mundo por girar.
—Nadie ha tenido la culpa, excepto esos desgraciados. Y no me arrepiento de uno solo de los pasos que di, Rose, porque si no hubiese estado allí, con Rennesme y las otras niñas, no sé cómo habría acabado todo esto.
—Rennesme no puede negar que es hija suya, ¿verdad? Se parecen, muchísimo.
—Y no solo por fuera. Esa niña es… inteligente, cariñosa, divertida. Es la cosa más dulce y respondona que te puedas imaginar. Le he cogido mucho cariño.
—Casi tanto como al padre.
— ¡Rosalie! Que te estoy hablando en serio.
—Yo también. Quizá una de las razones por la que le has cogido más cariño es porque es su hija.
—No lo sé. En un momento como el que hemos vivido solo nos teníamos la una a la otra hasta que llegaron Kate y Bree, las otras dos niñas. Pero aun así, Nessie siempre estaba a mi lado, dormía abrazada a mí, me trajo un pedazo de pan escondido en la ropa cuando me negaron la comida…
— ¿Te negaron la comida? Por eso estás tan delgada.
—Prefiero no hablar de eso —pidió, su amiga asintió, entendiéndola—. La cosa es que ya la estoy echando de menos. Los, a ambos, en realidad.
— ¿Y qué vas a hacer? ¿Habéis hablado sobre el futuro?
—Edward quiere que me vaya a vivir con él.
— ¿A Estados Unidos?
—No, a Cuenca, pues claro, a Alabama.
—Uff. Y le has dicho que está loco, ¿verdad? —Su falta de respuesta la alarmó—. ¿Verdad?
—Estoy enamorada de él, Rose, estoy loca por él. Quiero estar con él.
— ¿Quieres estar con él? ¿O quieres pasarte la vida esperándole durante meses para poder tenerle solo unas pocas semanas al año? Te recuerdo que el padre de mi amiga Carolina era militar y…
—Lo sé, lo sé. La cabeza me va a estallar. Pero es que le quiero, Rose. Le quiero.
—¿Y te irás a vivir a un país distinto donde no tienes a nadie, ni familia ni amigos, a nadie, para vivir sola mientras él se juega la vida en el fin del mundo? Es una locura. Estás loca si te vas con él.
— ¿Si se va con quién? —Preguntó Emmet entrando en la habitación—. La lasaña se enfría.
—Tu hermana quiere marcharse a Estados Unidos con Edward.
—Se suponía que tenía que decírselo yo. Gracias, Rose.
—Se ha vuelto loca. Habla tú con ella, a ver si la haces entrar en razón —dijo esta sin disimular su enfado mientras abandonaba la habitación.
— ¿Es verdad lo que dice? ¿Quieres marcharte con él? Dejar tu trabajo, tu casa, tu vida…
—Quiero estar con él.
—Bella, ¿sabes lo que estás diciéndome?
—Lo sé, claro que lo sé. Sé que quiero ser feliz compartiendo una vida a su lado.
—Pero es un SEAL, los SEALs no comparten la vida con nadie salvo con su país. Viven por y para su país. ¿Esa es la clase de vida que quieres?
—No lo sé y hasta que no lo pruebe no sé si seré capaz de soportarlo. En estos momentos solo sé que le quiero, Emmet, le quiero y quiero estar con él, cada minuto de cada día que pueda tenerle conmigo.
— ¿Ya lo has decidido? ¿Es eso? ¿Es que mi opinión no importa? Te recuerdo que eres la única familia que tengo.
—Claro que importa, pero es mi vida y tengo la obligación de intentar ser feliz, y aquí, ahora, no lo soy, no lo era —dijo posando una mano sobre su brazo con cuidado, temiendo que se alejase para evitarla, pero no lo hizo, se mantuvo firme a su lado—. Puede que me equivoque, pero tengo derecho a hacerlo. Y si no lo soporto, si soy infeliz, volveré con las orejas agachadas, pero volveré.
—Es una locura —dijo rodeándola entre sus brazos y besándole el cabello—. Mi obligación es cuidar de ti, ¿cómo voy a hacerlo si te vas tan lejos?
—Podrás cuidarme por Skype, whatsapp, teléfono…
—No es lo mismo.
—En tus manos son armas de alta vigilancia. —Con aquellas palabras logró arrancarle una sonrisa que le supo a victoria silenciosa—. Además, no me voy a una secta, volveré siempre que pueda.
—Te quiero hermanita.
—Y yo a ti, muchísimo. Emmet, hay algo que necesito saber.
— ¿Qué?
— ¿Sabéis algo de Aro? ¿Ha huido, ha sido atrapado, hay posibilidades de que…?
—La información de la que disponemos dice que atravesaron la frontera de Portugal para esconderse. La policía les espera en cada paso fronterizo, porque estamos convencidos de que intentarán huir a Francia para reagruparse.
—Ojalá les pillen pronto.
—Estoy convencido de que será así, no temas —dijo abrazándola, tratando de calmarla.
…
Después de comer, Emmet tuvo que marcharse a su apartamento a recoger sus cosas para la guardia que le esperaba aquella noche. Durante el almuerzo apenas había cruzado palabra con Rose, aún parecía molesta con su decisión de marcharse, podía entenderla, para ella también sería muy duro alejarse de su lado. Tomó asiento junto a ella en el sofá en el que cambiaba de canal desganada.
— ¿No me vas a perdonar?
—No. He pasado una semana aterrorizada, temiendo por ti, y ahora que por fin te tengo de nuevo, y nada más llegar me sueltas que te marchas, que nuestra vida juntas se ha acabado.
—Rose, por Dios, ni que hubiese pillado el ébola y fuesen a aislarme en el Carlos III.
—El ébola no, pero una edwarditis de narices sí.
—Y qué edwarditis, Rose. Severa y sin remedio. —Su amiga la miró de reojo, sin mudar el rictus serio—. No habría podido evitarlo ni aunque hubiese querido. Me gusta, me encanta, me…
—Vamos que estás enchuminada perdida.
—Como no lo he estado en mi vida, sí. Sé que es él, estoy segura de que es el hombre de mi vida y quiero intentarlo, quiero que salga bien y ser feliz a su lado. Pero si algo sale mal, sé que tengo a una amiga en cuyo hombro podré llorar todas las lágrimas del desamor, ¿verdad?
—Por supuesto, tonta, ni lo dudes —dijo con una sonrisa contenida. Bella la abrazó con ímpetu. La había añorado tanto, había necesitado tanto de sus afectos, de sus regañinas, de aquella hermana que la vida le había regalado.
…
Sonó el timbre de la puerta y Bella, que fregaba los platos, se asomó veloz a la ventana con el corazón latiéndole a mil revoluciones. No podía ser él, lo sabía, pero aun así no perdía la esperanza de verle al otro lado del cristal.
Rose acudió a abrir, era un mensajero con un paquete.
Observó cómo su amiga firmaba en el dispositivo electrónico y regresaba al interior de la casa, debía ser para ella. Continuaba su tarea, cuando entró en la cocina.
—Es para ti. De un tal Edward Cullen.
Al oír aquellas palabras soltó la taza de café que enjuagaba y se secó las manos en el delantal, apremiada por la necesidad de saber qué contenía aquel paquete. Era un embalaje de cartón del tamaño de una caja de zapatos que con ayuda de las tijeras de la cocina logró abrir con las manos temblorosas como un flan. En su interior había un teléfono móvil, un iPhone 6, encendido, y una nota impresa que rezaba: «Llámame».
— ¿A qué esperas? —preguntó Rose observándola casi tan ilusionada como ella. Lo tomó y buscó en la agenda encontrando el único número que había registrado como «My Man», y subió las escaleras a toda velocidad buscando la intimidad de su habitación.
—Buenas tardes, preciosa. —El mero sonido de su voz grave la hizo estremecer por dentro, mil cataclismos estallaron en su pecho al oírle.
—Buenas tardes. Gracias por el teléfono.
—Tenía que solucionar tu incomunicación de algún modo. Además, así sé que soy el único hombre en tu agenda. ¿Cómo estás?
—Bien, y vosotros, ¿cómo estáis?
—Bien, muy bien. En realidad es mentira, no estoy bien, me faltas tú.
—Pues ven, venid, no estoy tan lejos.
—No puedo, estoy preparándolo todo para llevar a Rennesme a ver a su abuela dentro de un rato. Jamás imaginé que fuese tan cansado comprar ropa a una niña de siete años.
— ¿Estás comprándole ropa?
—Una maleta llena. Pero tiene que elegirla y probársela, cada prenda, y encima, por si no lo sabías, la ropa de las princesas siempre tiene que tener un poco de rosa, como dice ella. Me ha hecho recorrer todas las tiendas de ropa infantil de Rota, porque las de la base se le quedaban pequeñas. Esto es peor que una misión en Oriente Medio, está empeñada en que dé el visto bueno a cada conjunto —bromeó. Bella se echó a reír.
Oyó por detrás la voz de Rennesme, eligiendo prendas. La enterneció saber que la pequeña requería su aprobación a cada paso. Acababa de descubrir que era su padre.
—O sea, que no me echa ni un poquito de menos.
—Los dos te echamos mucho de menos, mucho. Nessie, ven un momento, saluda a Bella.
— ¿Bella?
—¡Hola, Nessie! Cariño, ¿estás bien?
—Sí, muy bien. Edward va a llevarme a ver a la abu Victoria y me ha comprado un traje de bailarina.
—Pero qué guapa vas a estar, cariño. Te voy a comer cuando te vea.
—Ya se ha ido corriendo al probador otra vez. Pero puedes comerme a mí si quieres —dijo haciéndola reír—. Ya me mordiste una vez.
—No me lo recuerdes, que me da calor solo pensarlo. Y tu pierna, ¿cómo está? ¿No estás dándole mucho ajetreo?
—Tranquila, mi pierna está bien. Apenas me duele. Estoy dejándola descansar sentado de tienda en tienda.
—Eso no es suficiente, tendrías que…
—Está bien, Bella. Créeme, he tenido heridas mucho peores.
—Bueno, pero si te duele…
—La dejaré reposar, mi sexy enfermera particular. —Sonrió satisfecha. Cuánto le encantaría tenerle junto a ella y poder besarle.
— ¿Cuándo vendréis a verme?
—No lo sé. Pronto, espero. Tenemos que acabar una conversación.
— ¿Qué conversación?
—La de tu traslado a Alabama —sonrió reconfortada al comprobar que la idea de tenerla cerca no le abandonaba un instante.
—Hablaremos.
—Tengo que dejarte, Carmen dice que Rennesme ya tiene puesto un nuevo modelito.
— ¿Carmen?
—La esposa de Eleazar Denali, el amigo de mi padre del que te hablé, ¿recuerdas? Ha sido tan amable de acompañarnos, y Rennesme la ha conquistado.
—Como a todos. ¡Ains!, pasadlo genial y ten paciencia con la peque.
—Te quiero.
—Y yo a ti.
Se quedó con una sensación agridulce tras la conversación. Hablar con él la había tranquilizado, así como oír la voz de Rennesme, que sonaba muy contenta, podía imaginarla corriendo aquí y allá en la tienda. Pero a la vez, de modo irracional, se sentía molesta por no ser ella, sino otra mujer, por muy amiga de su familia que fuese, quien los acompañase de compras. Ella querría estar allí, ayudando a su pequeña princesa a probarse vestidos, oírla reír y ver cómo Edward soportaba la jornada de compras estoico como un espartano. En su interior temía que Edward hubiese permitido que se alejase de él en ese preciso momento porque pasar el día con ambas le haría imaginarse la familia a la que había renunciado.
Bajó al salón y percibió el aroma del café recién hecho, así que se dirigió directamente a la cocina.
— ¿Y bien?
— ¿Qué?
— ¿Qué tal sigue tu edwarditis?
—Aguda, muy aguda —bromeó tomando una taza del mueble para servirse —. Y mi renesmetitis tampoco se queda atrás.
—Rennesme, qué nombre tan bonito.
—Como ella.
—Sí que lo es. Tu hermano me ha contado que el tipo que os tenía secuestradas solía abusar de las niñas. ¿A ella también…?
—No, a ella no llegó a tocarla. A otra de las chicas sí —recordó con dolor.
— ¿Y a ti? —preguntó con franqueza mirándola a los ojos.
—No. Lo intentaron en un par de ocasiones, pero logré librarme.
Recordó entonces el momento en el que Edward le hizo el amor atada a la pared, cómo había sido capaz de darle la vuelta a una situación como aquella, de auténtico horror, y convertirla en el sexo más salvaje que había tenido en su vida, en el orgasmo más devastador y desconcertante.
— ¿En qué piensas?
—En nada —se limitó a responder sin evitar sonrojarse.
—Lo que yo digo, edwarditis aguda.
—E incurable —admitió con una sonrisa—. Rose, ¿alguien más se ha enterado de lo que me ha sucedido?
—No, nadie. Excepto la policía de Sevilla.
— ¿Nadie de mi trabajo?
—No, Emmet y yo tuvimos que guardar el secreto, por la investigación del chalé de ese tipo, Jaro Voltori.
—Aro Vultuti, menudo malnacido.
—Sí. Eso sí que salió en las noticias. El asalto al chalé, aunque estaba vacío.
—Porque Aro escapó, ¿verdad?
—Sí. Él escapó, pero tu hermano piensa que no ha podido escapar a Francia porque en todas las fronteras han puesto su foto y han dado órdenes de detenerle.
—Como si eso sirviese para algo —suspiró dando un sorbo a su taza de café —. Qué raro que no trabajes hoy sábado, ¿no?
—Un milagro, aunque no completo, me han llamado hace un rato porque tengo que ir a revisar un descuadre de pedidos y me darán las tantas. ¿Qué hora es?
—Son las cinco y media.
—Si voy pronto regresaré antes. ¿Puedes quedarte sola un par de horitas?
— ¿Me lo preguntas en serio?
—A ver, no me gusta dejarte sola, acabas de llegar de una situación tan traumática…
—La próxima vez que te oiga decir la palabra traumática te arrojaré el café hirviendo encima. Sigo siendo la misma, puedes estar segura. Claro que puedes irte, es más, me voy a ir yo a ver a mis compañeros del cero sesenta y uno que están a punto de terminar el turno, así los saludo y me despejo. Tarda lo que debas, y si luego te apetece cenar con ellas como cada sábado, por mí no te preocupes, en serio, estoy bien. Anda, vete.
— ¿Segura?
—Segurísima.
—Voy a arreglarme, entonces. Volveré temprano, gracias, tesoro.
—Gracias a ti. —Ambas volvieron a abrazarse—. Solo espero que hoy Jacob no esté de guardia, aunque creo que no.
Las dos abandonaron la vivienda prácticamente a la vez. Aprovecharía para preguntar a sus compañeros por su supervisora, Claire; necesitaba saber si se había tomado ya las vacaciones y si podría ir a verla el lunes para hablar sobre su partida. También averiguaría si Tyler, el enfermero del equipo tres, había sido ya papá o por el contrario ese pequeño continuaba rezagándose, si era así, ¡acabaría naciendo con casi diez meses!
La reconfortó la normalidad con la que la saludaron los operarios de la centralita con los que se encontró, sin mirarla con cara de susto como si acabase de regresar de la muerte, como lo hacían de modo inconsciente Rose y su propio hermano desde que regresó.
— ¡Bella! —oyó a su espalda. Era una voz femenina. Al darse la vuelta se encontró los ojos grises de Marta—. ¿Qué haces por aquí?
—Ya ves, que no puedo vivir sin vosotros y decidí pasarme —bromeó acercándose, saludándola con dos besos en las mejillas.
—Yo he ido al coche a por mí monedero, pero estamos en la cafetería, ¿te vienes?
— ¿Está Jacob?
—No, hoy no tiene guardia, yo tampoco la tenía, pero la cambié. ¿Vienes?
—Sí, claro. —La acompañó caminando por los pasillos hasta el bar.
Tenía la sensación de que había transcurrido mucho más que una semana desde la última vez que transitase por aquellas instalaciones, como si durante su estancia en el Castillo Negro la vida se hubiese detenido solo para ella.
—Pues Jacob está que trina con la nueva enfermera de su equipo, dice que no se adapta a ella, te está echando mucho de menos.
—Y más que me va a echar.
— ¿Qué?
—Que me alegro de que ahora me valore como debe.
—Pues sí.
— ¿Y Tyler? ¿Ya ha nacido su peque?
—Míralo, ahí está —dijo indicando hacia el concurrido grupo de hombres y mujeres que conversaban en torno a una pequeña mesa en el fondo del establecimiento compartiendo tiempo juntos tras el final de sus turnos.
Todos se volvieron a saludarla y repartió entre ellos besos y abrazos. En menos de lo que imaginaba sus compañeros la pusieron al día de lo sucedido a lo largo de esos días dentro y fuera de aquellas paredes, y de nuevo sintió que el tiempo no había pasado. El bebé de Tyler nacería el lunes, iban a provocarle el parto a su novia, dado que él no se animaba. Claire, su jefa, estaba de vacaciones como temía, Marta continuaba preguntándole con disimulo por su hermano Emmet, y Mike insistió en invitarla a las fiestas de su pueblo.
La vida seguía igual, exactamente igual para ellos. Y, sin embargo, aquella semana había supuesto un salto mortal en la suya, se sentía distinta, muy distinta. A pesar de esto, disfrutó de volver a verlos y compartir risas banales, porque hubo un momento en aquellas horas de encierro en el que pensó que nunca más volvería a disfrutar de su compañía. Aun así, tenía más claro que nunca que no deseaba regresar a esa rutina, ansiaba marcharse lejos, con él. También averiguó que Bigotes, el gato de la fallecida doña Blanca, estaba en poder de una vecina que trataba de buscarle un nuevo hogar, pues decía no poder hacerse cargo de él.
…
Pasaban las nueve y media cuando dio el último beso de despedida. Se había tomado tres cervezas casi sin darse cuenta, y devorado al menos dos platos de frutos secos a medias con Marta. Lo suficiente como para estar un poco achispada.
— ¿Has venido en autobús? Te llevo en el coche a casa —se ofreció la médico.
—Quizá te venga mejor el aire de la moto —sugirió Mike.
—Prefiero ir con Marta, pero gracias, Valentino Rossi.
—Ya sabes que para ti siempre tengo el motor a punto —bromeó—. Me ha encantado verte, a ver si te animas a venir al pueblo.
—No lo creo. Mi novio está recuperándose de una cirugía en la pierna.
— ¿Tienes novio y no nos lo has contado? —preguntó Marta con los ojos como platos, los del enfermero no pudieron disimular su decepción.
—Sí.
—Tienes que contármelo todo.
—Hasta luego, Mike, nos vemos —se despidió subiendo al Opel Corsa plateado.
Contempló un instante a través de la ventanilla cómo las sombras del anochecer extendían su plomizo manto sobre la cuidad. El día acababa. Un día sin Edward ni Rennesme, a los que echaba de menos con tanta fuerza que dolía.
— ¿De dónde es?, ¿le conozco? —preguntó Marta mientras maniobraba para salir del estacionamiento.
—No, es norteamericano —respondió con la mirada perdida en la avenida llena de coches que circulaban arriba y abajo, la hilera de vehículos aparcados en la acera frente a ellas, los contenedores de basura… Y, de repente, cuando comenzaban a circular por fin, vio una cabeza pelada asomarse entre dos coches junto a los contenedores. Por un instante sus ojos capturaron una imagen escalofriante.
— ¿Norteamericano? ¿Y dónde le has cono…?
— ¡Para, para! —exigió, y Marta la obedeció en el acto.
— ¿Pasa algo?
Bajó del coche sin decir nada y echó a correr hacia los vehículos estacionados para comprobar si lo que había visto era cierto o se trataba de un espejismo. El rostro de Santiago. La cabeza pelada de uno de los lugartenientes de Alec Vulturi. Le había visto justo allí, entre los coches. Pero no había nadie. Miró la avenida arriba y abajo. Miró tras los contenedores, incluso se arrodilló y miró bajo los coches.
Nadie.
Su mente le había jugado una mala pasada. Tenía que haber sido eso, no podía tratarse de otra cosa. Estaba temblando, el corazón le latía en la garganta y un sudor frío empapó de modo súbito su frente y su pecho. Le flaquearon las piernas, sintió que las fuerzas le fallaban y se apoyó contra uno de los vehículos.
— ¿Estás bien? —preguntó Marta, que había bajado del automóvil, alcanzándola.
—Sí, tranquila. Me pareció ver algo, alguien entre los contenedores, y las cervezas con el estómago vacío han hecho el resto.
— ¿Seguro que estás bien?
—Sí, seguro.
—Volvamos al coche. ¿Quieres que paremos a cenar?
—No, déjalo, no te molestes, me tomaré algo en casa.
—No es ninguna molestia, al fin y al cabo voy a llegar al piso y no tengo nada preparado. ¿Nos comemos unas hamburguesas?
