DISCLAIMER: la historia no me pertenece, los personajes son de Stephanie Meyer y la trama es de un libro el cual será dicho al final de esta historia, yo solo me adjudico la adaptación
Bella Swan es enfermera del equipo de urgencias del 061 de Sevilla. Su vida transcurre entre el trabajo y su relación secreta con Jacob Black, el mejor amigo de su hermano y médico de su equipo, relación que este no parece dispuesto a formalizar. Edward Cullen, miembro del equipo alfa del Team Six de los Seals, acaba de regresar de Afganistán. Su vida y la de Bella se cruzan tras ser apuñalado en la calle. Se trata de un hombre joven, corpulento, con una poblada barba rubia y unos espectaculares ojos azules. Un hombre cuyo torso y alma están marcados por profundas cicatrices. Desde ese encuentro, Bella no podrá dejar de pensar en el americano. Pero Edward se prohibirá a sí mismo sentir algo por la joven enfermera. Está a punto de enfrentarse a la misión más importante de su vida y, por nada del mundo, quiere ponerla a ella en peligro. Los Vulturi son la más peligrosa organización criminal de toda Europa. Son salvajes, despiadados, se financian con la prostitución y el tráfico de seres humanos, y Bella está a punto de caer en sus redes, sin imaginar las consecuencias.
36 - Cuánto me has cambiado
Pasaban las once y media de la noche cuando Marta la dejó en el portal de su casa.
La farola más cercana titiló y la luz anaranjada se apagó unos segundos. Permaneció observándola un instante y sintió un escalofrío, desde el incidente al salir de la cafetería todo le parecía motivo para asustarse, a pesar de que había tratado de sugestionarse a sí misma para no hacerlo. Pensó en la única persona que podría tranquilizarla, la única que podría hacerla sentir segura entre sus fuertes brazos, en el calor que desprendía su pecho.
Metió la llave en la cerradura y la giró. Oyó pasos a su espalda y se apresuró a abrir el portón. Una mano se posó en su hombro. Dio un grito y se giró alarmada, y entonces unos ojos verdes la deslumbraron en medio de aquella oscuridad.
—Tranquila, soy yo —dijo Edward.
Le abrazó con energía, rodeándole entre sus brazos como si se abrazase a una inmensa secuoya, y se apartó para mirarle a los ojos y comprobar que no era un espejismo.
—Pero ¿qué haces aquí?
—Necesitaba verte.
— ¿Y Rennesme? ¿Dónde está?
—Está bien, a salvo.
— ¿Y por qué no estás con ella?
—Si quieres me marcho.
—No, por favor. Nunca, nunca más te vayas —pidió colgada de su cuello, besándole con dulzura.
Edward la subió a sus caderas y empujó la portezuela. Sin dejar de besarla y acariciarla, cruzó el patio interior y la posó justo ante la entrada principal. Entre besos, Bella buscó la llave en su bolso y la abrió. Una vez en el interior, la atrapó contra la puerta y comenzó a meterle mano bajo la ropa.
— ¿Hay alguien más en la casa?
—No. Emmet tiene guardia y Rose no llegará hasta dentro de un buen rato. Estamos solos —dijo antes de que la atropellase otra tanda de besos. Sintió sus dedos ascendiendo bajo la camiseta, atrapando sus pezones, pellizcándolos.
—Gracias a Dios. Te necesito, te necesito ya —dijo levantando la blusa de algodón, dejando sus preciosos pechos al descubierto. Eran perfectos, perfectos para él, tan redondos y simétricos, con la areola sonrosada y pequeña. La erección le dolía en los pantalones, se moría de ganas de hacerle el amor, de recorrer ese camino que ella le había mostrado, el del placer sin límites. Se arrodilló y tiró del pantalón vaquero, sacándoselo. Y descubrió unas braguitas blancas con la imagen de un dibujo animado. Arqueó una ceja y la miró. Bella, con las mejillas sonrojadas, sonrió.
— ¿Bob Esponja?
—No sabía que vendrías y son muy cómodas, aunque sean poco sexys.
—Tú estarías sexy con un saco de patatas. ¿Y sabes por qué? —preguntó tirando con cuidado de las braguitas y bajándolas lo suficiente como para contemplar la fracción de vello castaño que ocultaban.
— ¿Por qué?
—Porque eres la mujer más sexy del mundo —aseguró convencido. Ella dejó caer la cabeza hacia detrás y se echó a reír—. ¿No me crees?— De un tirón se deshizo de la ropa interior y posó los labios directamente sobre su pubis, presionando su clítoris con la barbilla de modo intencionado. —Responde, ¿me crees?
—No. Claro que no —jadeó.
Él continuó recorriendo el monte de Venus con la barba en su descenso hasta aprisionar aquel pequeño botón rosado entre los labios. Lo acarició con la lengua y Bella sintió un latigazo entre las piernas, como si una ola desbocada se hubiese extendido desde el fondo de su ser, arrollándola. Tuvo que agarrarse a la pared para sostenerse en pie.
—Dilo. Di que eres la mujer más sexy del mundo —exigió antes de volver a hundir el rostro en su carne, jugueteando con su lengua en la entrada a su maravilloso cuerpo.
—No.
—Hasta que no lo digas no te daré lo que quieres.
— ¿Y qué quiero?
—Un poco de esto —advirtió abriéndose los botones del pantalón vaquero, liberando el sexo que, carente de ropa interior, se mostraba enhiesto, desafiante, en toda su plenitud, erguido contra su abdomen.
Su necesidad de tenerle dentro, de que fuese este y no su lengua quien la invadiese, le quemó entre las piernas. Sí, era cierto, lo quería y lo quería ya.
—Está bien. Soy la mujer más sexy del jodido mundo, pero no me hagas esperar.
Sin mediar una sola palabra más se puso de pie y le sacó la camiseta por la cabeza, dejándola desnuda. El furor de su mirada la hizo estremecer de deseo.
—Ahora sí, nena.
Con la elegancia de una pareja de baile, alzó su pierna derecha, encajándola en su cintura y la penetró con ferocidad contra la pared.
Bella jadeó.
Estaba llena, por completo, llena de él, sus cuerpos encajaban a la perfección. Permaneció en su interior, inmóvil, esperando que se acomodara a tenerle dentro.
— ¿Así está bien?
—Así está perfecto.
—No, aún no está perfecto —advirtió muy serio, y entonces apretó la cadera todavía más hasta encajar del todo. Ella gimió de nuevo, su invasión arrastraba un placer insospechado tras de sí—. Ahora, sí.
La sonrisa de Bella se había esfumado, el gozo que le palpitaba entre los muslos se la había llevado.
Sus manos se asieron a su cuello dispuesta a resistir las embestidas que tan bien conocía y tanto ansiaba. Rodeó sus caderas con ambas piernas, apresándole dentro, impidiendo que se atreviese a abandonar su interior hasta que le regalase ese néctar que tan solo él había logrado darle. Ese placer devastador que la llevaba a perder la razón por completo. Pero no tenía intención de liberarla.
Inspiró el aroma de su piel empapada en sudor, una mezcla de azahar y sal, podría reconocerlo en mitad de un jardín de flores.
Adoraba la cálida sensación de presión y humedad que le arropaba.
Solo ella.
Ella y nadie más había logrado hacerle perder la razón de aquel modo. Podría pasar la vida haciéndole el amor, una y otra vez. Enfebrecido por sus jadeos, aceleró sus movimientos y se golpeó en la rodilla con la pared. El dolor fue lacerante, pero un incipiente y devastador orgasmo lo hizo desaparecer, esfumarse en la espiral de placer, y se olvidó de él.
Bella se deshacía entre sus manos, dando gracias a que la sostuviese con firmeza, pues el clímax la había dejado agotada.
Cuando Edward la posó con cierta premura en el suelo y se deslizó fuera de su cuerpo, sospechó que algo no iba bien. Le miró, de arriba abajo, pero caminaba de espaldas a ella hacia el aseo de debajo de las escaleras.
— ¿Estás bien?
—Sí, claro, solo necesito un momento —dijo cerrando la puerta tras de sí.
Le aguardó fuera, recogiendo su ropa del suelo.
Se puso la camiseta y las bragas.
No oía nada en el interior del baño.
—Edward, por favor, me estoy asustando.
—Estoy bien.
No le creía.
Por el tono de su voz sospechaba que mentía, comenzaba a conocerle lo suficiente como para saberlo. Giró el pomo de la puerta y la abrió, descubriéndole sentado sobre la tapa del váter, presionándose en la rodilla con una toalla, con el apósito que antes la cubría abandonado sobre el lavabo, teñido de sangre.
—Tu herida, oh, Dios mío, estás sangrando.
—Tranquila no es nada, ya ha parado.
— ¿Fuiste hoy al médico?
—No he podido, ya te dije que tuve que llevar a Rennesme de compras.
—Todo el día de compras, caminando. Y ahora nosotros… nosotros…
—Follando como animales. Puedes decirlo, no está prohibido —dijo acariciando su muñeca con la mano libre.
—Edward, te estoy hablando en serio.
—Y yo también.
—Ahora mismo llamo a emergencias.
—Estoy bien. Mira. Es solo una grapa que ha desgarrado un poco la piel — manifestó levantando la pequeña toalla para mostrarle la herida quirúrgica, las grapas estaban teñidas de rojo y la mancha tenía el tamaño de una ciruela, pero era cierto, había dejado de sangrar. Bella hizo un mohín, no le convencía—. Creo que incluso podremos tener un segundo asalto.
— ¿Estás loco? Ni hablar.
…
Bella le había ofrecido dormir juntos en el sofá cama, pero el muy cabezota subió las escaleras a la pata coja después de que le colocase un nuevo vendaje, y se acomodó en su habitación, en su cama.
Edward sabía que su compañera de piso regresaría, y quizás incluso su hermano, y no deseaba afrontar una situación tan violenta. Además, se sentía bien, el dolor casi había desaparecido.
—No te imaginas lo sexy que te pones cuando me regañas —dijo besándola en la frente.
Le encantaba tenerla así, recostada sobre su hombro. La presión de sus pechos contra sus costillas resultaba tan erótica que habría tratado de demostrarle lo recuperado que estaba de no conocer cuál sería su respuesta.
—Soy la mujer más sexy del mundo, ¿recuerdas?
—Por supuesto, y además eres mía, como yo soy tuyo. —Aquellas palabras encendieron una inexplicable llama en su interior. Sintió un calor abrasador.
Él la besó, y rodeándola entre sus brazos la subió a su cuerpo.
— ¿Qué haces? Puedo darte en la pierna sin querer —dijo tratando de echarse a un lado.
—Olvídate de mi pierna de una vez. Quiero que estés siempre así, en la cima de mi mundo, que lo primero siempre seas tú. Tú y… Rennesme, por supuesto.
— ¿Como su tío?
—Sí —respondió serio, no tenía ganas de volver a tener la misma discusión, no era el momento.
— ¿Con quién la has dejado?
—Con su abuela. Carmen se quedó con Nessie en una cafetería cercana a su casa mientras yo visitaba a la mujer y hablaba con ella. Es una señora mayor y está muy delicada, por eso quería prepararla antes de que viese a la niña. Hablamos. Lo más duro fue cuando me preguntó por Tanya.
—Lo imagino —dijo haciéndose a un lado, bajando de su cuerpo por temor a lastimarle.
—Pero después, cuando al fin la llevé con ella, la sonrisa de esa mujer borró cualquier rastro de dolor de su rostro. Nessie se abrazó a ella y ambas lloraron, incluso Carmen. Estuvimos un buen rato conversando, pero a la hora de marcharme Rennesme me pidió que la dejase dormir en casa de su abuela. Quería dormir en su antigua habitación, que aún está tal y como ella la dejó. No pude resistirme, me lo pidió arrugando la nariz…
—Sí, es irresistible cuando hace eso.
—Además, pienso que se merecen un tiempo a solas, por eso les he dicho que pasado mañana iré a recogerla. Las dejaré un día más juntas y entonces hablaré con doña Victoria de mis planes de futuro.
— ¿Crees que aceptará?
—No lo sé. Me pareció que hubiese envejecido años desde la última vez que la vi, sin embargo, parece que Rennesme le ha dado una vitalidad insospechada, hasta se puso a jugar con ella como una niña en el suelo de su habitación. Llevé a Carmen a su casa y Eleazar me preguntó si me apetecía quedarme a dormir. Le respondí que no, que el único lugar en el que me apetecía estar era aquí, a tu lado, y él me preguntó: ¿Y qué te lo impide?
—Cuando te he visto creí que eras otra alucinación.
— ¿Otra?
—Sí, porque esta tarde me pareció ver a alguien entre unos coches… Pero por suerte tú no eras un sueño, eres real.
—Tan real como lo que siento por ti. No quiero presionarte, pero ¿has hablado con tu hermano?
—Le parece una locura, pero es mi vida y prefiero arrepentirme de haberme marchado contigo a permitir que esto que tenemos se desvanezca.
—No se desvanecerá, Bella. Te haré la mujer más feliz del mundo, te prometo que no te arrepentirás. —La ilusión con la que hablaba iluminaba su mirada—. Nos marcharemos en una semana.
— ¿Una semana?
—Aunque si lo prefieres puedo ir yo primero y regresar a buscarte en un tiempo.
—No. Me marcharé contigo. Una semana es tiempo más que suficiente.
—Estoy deseando que conozcas Fisher' s Hole. Será nuestro refugio, te encantará, quiero que hagas lo que te apetezca con él, que lo sientas tu hogar desde el primer momento.
—Estoy convencida de que me encantará. Pero Edward, ¿mientras estés fuera podría venirme a España para estar con mi familia?
—Sí, claro, por supuesto. Jamás te pediría que me esperases en casa sola. Te lo vuelvo a repetir: harás lo que desees y como lo desees. Quiero que seas feliz, tanto como me lo haces ser a mí.
—Ya lo soy gracias a ti.
—Gracias a ti, Bella. No tienes ni idea de cuánto me has cambiado.
