DISCLAIMER: la historia no me pertenece, los personajes son de Stephanie Meyer y la trama es de un libro el cual será dicho al final de esta historia, yo solo me adjudico la adaptación

Bella Swan es enfermera del equipo de urgencias del 061 de Sevilla. Su vida transcurre entre el trabajo y su relación secreta con Jacob Black, el mejor amigo de su hermano y médico de su equipo, relación que este no parece dispuesto a formalizar. Edward Cullen, miembro del equipo alfa del Team Six de los Seals, acaba de regresar de Afganistán. Su vida y la de Bella se cruzan tras ser apuñalado en la calle. Se trata de un hombre joven, corpulento, con una poblada barba rubia y unos espectaculares ojos azules. Un hombre cuyo torso y alma están marcados por profundas cicatrices. Desde ese encuentro, Bella no podrá dejar de pensar en el americano. Pero Edward se prohibirá a sí mismo sentir algo por la joven enfermera. Está a punto de enfrentarse a la misión más importante de su vida y, por nada del mundo, quiere ponerla a ella en peligro. Los Vulturi son la más peligrosa organización criminal de toda Europa. Son salvajes, despiadados, se financian con la prostitución y el tráfico de seres humanos, y Bella está a punto de caer en sus redes, sin imaginar las consecuencias.


37 - Anaconda

Despertó temprano, le había sentido moverse en la cama, entre sueños, y la preocupación por saber si le martirizaban, si se trataba de una pesadilla, la había desvelado. Permaneció a su lado, le besó en la frente y acarició con suavidad sus sienes, como solía hacer con Rennesme.

Y funcionó: poco a poco fue calmándose y su sueño continuó sin más sobresaltos.

Bajó a la cocina dispuesta a preparar el desayuno.

Allí encontró a su hermano Emmet que reponía fuerzas recién llegado de su guardia nocturna. Le dio un beso en la mejilla, se sirvió una taza de café y se sentó a su lado.

—Buenos días, ¿qué tal la noche?

—Tranquila, aunque parezca mentira, ¿cómo estás?

—Bien.

— ¿Has pensado mejor lo de irte a vivir a Estados Unidos?

—Sí. Y estoy convencida de hacerlo.

—Pues yo me he pasado la noche dándole vueltas, ¿has pensado que quizá solo busca una madre para su hija? ¿Alguien que la cuide mientras él no está? — Las palabras de su hermano le dolieron, mucho.

No deseaba explicarle cuales eran los planes de Edward para su pequeña porque no quería que le juzgase, pero estaba segura de que si los conociese no se atrevería a acusarle tan a la ligera.

—No es esa su intención y si le conocieses un poco mejor también tú sabrías que él jamás haría algo así. ¿Tan increíble te resulta pensar que me quiere?, ¿qué está tan enamorado de mí, como lo estoy yo de él?

—No, claro que no. Pero temo que des un paso del que te arrepientas después, cuando sea tarde para recuperar tu vida, la vida que tienes ahora. O quizá es solo mi egoísmo el que habla por mí. No quiero que te vayas. —Bella le abrazó y sintió su beso en el cabello.

—Emmet, yo no era feliz. Necesito que entiendas eso. No era feliz con esta vida que tú tanto temes que pierda. —Su hermano apartó la mirada como si no fuese consciente hasta ese momento de lo que estaba diciéndole.

—Por favor, dile a Rose que vendré a comer. Ha subido a quitarse el pijama y tengo que marcharme porque un compañero acaba de avisarme de que está en la puerta de mi casa para que le entregue unos documentos del trabajo, después me acostaré un rato.

—De acuerdo.

—Renacuaja, quiero que seas feliz, por supuesto. Para mí tu felicidad es lo más importante porque te quiero.

—Yo también te quiero, hermanito —dijo fundiéndose en un cálido abrazo de emociones contenidas.

Pocos minutos después de que la puerta se cerrase tras él, su mejor amiga descendió las escaleras a toda velocidad vestida con un chándal deportivo. Buscándole con la mirada.

—Buenos días, ¿y tu hermano?

—Se acaba de ir, un compañero le ha avisado de que le espera en casa. Me ha pedido que te diga que vendrá a comer.

—Bueno, me gustaría haberle dado un beso, pero ¿qué le vamos a hacer? Ay, Bellaaaa, pero qué calladito te lo tenías —dijo con una sonrisa de oreja a oreja.

— ¿El qué?

—No sabía yo que se está grabando un documental de National Geographic en la planta de arriba.

—Pero ¿qué dices, loca?

—Acabo de ver una anaconda gigante por el pasillo.

—Estás fatal.

—Ay, madre mía. Fatal, fatal tienes que estar tú, que no sé cómo puedes andar. Me acabo de cruzar con tu americano que iba al baño y debía llevar una barra de pan escondida en los pantalones, ¡porque eso no es normal! —Bella rompió a reír a carcajadas.

—Estás como un cencerro, Rosalie.

—Sí, sí, un cencerro se queda corto. ¡Madre del amor hermoso! La campana de la catedral. Qué barbaridad. No es que yo me queje de mi Machoman.

—No sigas por ahí, no hablando de mi hermano.

—Bueno, quiero decir que estoy muy contenta. Pero lo de tu chico es del libro Guinness de los Récords.

—Eres incorregible, pero te diré algo: tienes razón, estoy muuuuy satisfecha.

—Se te nota en la mirada y en la sonrisa que me llevas. Cómo me alegro de que seas feliz, Bella. Te lo mereces, te mereces todo lo bueno que te pase.

—Gracias, tesoro. Tú también.

—De nada, es la verdad. ¿Y cuándo os vais?

—En una semana. Mañana o pasado iré a hablar con quien sustituya a mi supervisora, le diré que no me reincorporaré tras las vacaciones y me despediré de mis compañeros.

—Jacob se lo va a tomar muy mal.

—Me importa un bledo cómo se lo tome.

—Vino a verme al supermercado un día.

— ¿Sí?

—Yo estaba muy preocupada porque no aparecías, me moría de ganas de gritarle al mundo que no sabía nada de ti aunque sabía que no podía hacerlo.

— ¿Le contaste algo?

—No, claro que no. Pero él me dijo que necesitaba hablar contigo, pedirte perdón, porque se había comportado como un cerdo. Me preguntó si creía que tenía alguna oportunidad de recuperarte. A mí, precisamente a mí, que sabe que no le trago.

— ¿Y qué le dijiste?

—Me dio pena.

— ¿Jacob te dio pena? Pero si te llevas burlando de él desde que teníamos dieciséis años.

—Porque él se metía conmigo. Pero sí, me dio pena. Se nota que está enamorado de ti y que ha venido a darse cuenta cuando lo vuestro ya no tiene solución.

—Ninguna solución, Rose. Estoy enamorada de Edward, jamás me he sentido con nadie como con él, en toda mi vida.

—Resulta maravilloso oír esas palabras al despertar un domingo por la mañana. Buenos días —dijo el mencionado alcanzándolas en la cocina vestido con los vaqueros y la camiseta blanca que dejaba al descubierto la mitad de los antebrazos tatuados, la misma ropa de la noche anterior. Caminó hasta Bella, controlando una leve cojera y evitando doblar la rodilla derecha, y la besó en la sien con suavidad mientras la abrazaba—. ¿Por qué no me has despertado?

—Estabas muy guapo dormido y no había por qué —respondió acurrucándose entre sus brazos.

—Tú sí que estás guapa.

— ¿Con este pijama viejo?

—Preciosa.

—Bueno, creo que me tomaré el café por el camino, sin azúcar, porque ya me habéis endulzado bastante entre los dos —siseó Rose con una sonrisa pícara —. Enhorabuena, a los dos, por esa vida que vais a empezar juntos.

—Gracias, Rose —respondió Cullen.

—Y cuídamela, cuídamela mucho, porque como no lo hagas, te van a sobrar todas las técnicas de militar esas que sabes cuándo te pille —advirtió muy seria.

— ¡Rose!

— ¿Qué? Tiene que saber con quién se mete. Ahora que, si la tratas bien, tendrás en mí a una amiga para toda la vida.

—Bueno es saberlo. Aunque te doy mi palabra de honor de que intentaré hacerla feliz cada uno de los días de mi vida.

—Y ve preparando una habitación para mí en tu casa, porque pienso ir a verla cada vez que pueda.

—Nuestra casa será vuestra casa.

— ¿Estás contenta ya? —preguntó Bella irritada por las amenazas cuasi mafiosas de su mejor amiga.

—Sí. Ya sí. Me voy a correr.

— ¿A correr tú?

—Sí, ¿qué pasa? Tengo que ponerme guapa para la boda.

— ¿Qué boda?

—La vuestra.

— ¡Rose! —la recriminó alarmada.

Ese no era un tema concerniente en ese preciso momento y no quería que Edward pensase que habían estado hablando de él cuando no era así.

— ¿Qué? Es lo que toca cuando estáis tan enamorados y tenéis tan claro haber encontrado al amor de vuestras vidas, ¿no? Por cierto, no me esperéis para comer, pasaré el día en casa de tu hermano.

—Pero él dijo…

—No importa lo que dijo, pasaremos todo el día y toda la noche fuera para dejar el nido de amor libre a los tortolitos. Hasta mañana —afirmó antes de salir por la puerta sin esperar su respuesta.

—Menudo bicho está hecha —suspiró descansando sobre su pecho.

Edward se agachó, haciéndola encajar en el ángulo de su cuello y la besó justo bajo la mandíbula.

—Se preocupa por ti y eso ya hace que la aprecie. Además, tiene razón.

— ¿En qué?

—Quiero casarme contigo.

— ¿Qué? —El corazón comenzó a latirle en la garganta—. Edward, en serio, no le hagas caso, está loca.

—No, no lo está. Mi felicidad será completa el día en el que lleves mi anillo en el dedo —aseguró tomando su mano entre las suyas y, llevándola a los labios, la besó—. Sé que es muy pronto, pero estoy convencido de que eres la mujer de mi vida, de la vida que quiero vivir hasta el último de mis días. Si no te lo he dicho antes es porque tenía miedo a que te asustaras, a que pusieses esa cara que estás poniendo.

—Bueno… lo siento. No pretendo poner ninguna cara. Estoy tratando de asimilar lo que estás diciéndome.

—No es algo inminente, no voy a presionarte, iremos a tu ritmo. Solo quiero que lo pienses —pidió observándola con dulzura, mientras se aproximaba a sus labios y la besaba despacio, Bella sintió de nuevo el mágico cosquilleo que la hacía sentir elevarse cada vez que la tocaba—. Sé que has estado cuidándome esta noche, sé que has estado vigilando mi sueño. Quería despertar y abrazarte, pero no podía. Era un sueño difícil, no el de siempre, no soñaba con el ataque que le costó ambas piernas a James como en otras ocasiones, era distinto. Soñé con Rennesme.

— ¿Qué le hacían daño?

—No. Soñé cómo sería su vida, nuestra vida. La vi hecha una mujercita preciosa, en casa de mi hermano, con diecisiete años. Era el día de su graduación en el instituto y tú y yo acudíamos a felicitarla. Me acerqué para darle nuestro regalo, un paquete envuelto en un brillante papel rosa con muchos lazos que tú habías preparado. Ella me abrazó con su preciosa sonrisa y me besó, estaba feliz, era feliz, pero cuando me dijo: Gracias, tío Edward, el alma se me rompió en mil pedazos. No quiero ser su tío. La extraño y acabamos de separarnos, quiero estar con ella, verla crecer, quiero ser el padre que necesita. —Bella dio un grito de felicidad y se encaramó a su cuello, le besó en los labios una y otra vez.

—Gracias, ¡gracias! Rennesme va a ser muy feliz contigo, con nosotros. Ahora sí que mi dicha es completa.

—Por ello voy a solicitar unos meses de inactividad hasta que mi pierna se encuentre totalmente restablecida. Tú harás grandes sacrificios para que lo nuestro salga adelante: dejarás tu país, tu trabajo… y yo, yo debo corresponderte del mismo modo. Te lo debo, os lo debo a ambas. Estoy convencido de que mi equipo lo entenderá, por mucho que me duela dejarlos en la estacada.

—No te imaginas lo feliz que me hace oírte decir eso. Mucho.

—Lo sé.

—Soy la mujer más feliz del mundo. Sé que lo comprenderán, ellos quieren que seas feliz. ¿Ya se han marchado?

—No. Están en la base, regresan mañana y retomarán sus vacaciones. Tenemos unos días de descanso antes de pasar a la actividad de nuevo.

—Qué bien.

—Y bueno, ¿qué planes tenemos para hoy? ¿Te apetece que salgamos a comer?, ¿que vayamos al cine?

— ¿Y si vamos al hospital a que un amigo traumatólogo te vea la pierna?

—Negativo. Mi pierna está perfecta. No ha vuelto a sangrar. Pero quizá sea mejor quedarnos en casa, podríamos hacer una prueba de cardio.

— ¿De cardio?

—Para comprobar si estoy en forma.

— ¿Te has vuelto loco? ¿Es que vas a ponerte a hacer flexiones ahora?

—En realidad había pensado en otro tipo de ejercicio —dijo deslizando los dedos por el interior del pijama de fino algodón, colándose en el interior del sostén de encaje, acariciando el sonrosado pezón con la yema de los dedos.

Bella sonrió antes de agarrarle por la muñeca y sacarle la mano del interior de su ropa.

—Tengo una idea mejor, vamos a descansar y a ver un poco de televisión. Voy a cocinar para ti, para que tu paladar vaya acostumbrándose, y vamos a darnos muchos besos y caricias inocentes.

—A mí ya no me queda nada inocente, y menos si estás a mi lado —confesó.

Agarrándola por la cintura, pegó su vientre a su espalda, y entonces pudo sentir el bulto que contenían los vaqueros, buscó sus ojos sorprendida por su capacidad de reacción.

— ¿Lo notas?

—Tendría que estar anestesiada con una epidural para no hacerlo. Es la anaconda.

— ¿Cómo la has llamado? —preguntó antes de echar a reír divertido con su ocurrencia.

—Olvídalo, y olvídate de que eso que estás reclamando vaya a suceder. Estás de reposo relativo.

— ¿Y eso quien lo dice?

—Tu enfermera regañona.

—Oh, nena, no seas mala —rogó restregándose despacio sin pudor alguno con sus manos agarradas con firmeza a sus nalgas, presionándola contra sí.

—Sí, lo soy. Soy muy mala, y mientras estés de reposo, tu amiguito estará de descanso.

— ¿Y eso cuánto durará?

—Por lo pronto dos días, después ya veremos. —Edward liberó sus nalgas, molesto.

—C'mon*. Está bien, aguantaré todo el día de hoy, pero mañana antes de irme a Rota a recoger a Rennesme me las vas a pagar con creces.

Sonrió, y su sonrisa fue tomada por una afirmación.

Se sentía feliz, como no recordaba haberlo sido en toda su vida.

Tenía a su lado a una mujer preciosa que había despertado sentimientos que ni siquiera era capaz de reconocer en él mismo, pero que a la vez le hacían tomar conciencia de que seguía siendo humano, de que no era tan distinto al resto del mundo porque también él amaba, sufría y sentía. Y, además, estaba Rennesme, aquella pequeña le había robado el corazón y después de aquel sueño se había dado cuenta de que sería un cobarde si no lo intentaba, si no se dejaba hasta el último aliento en tratar de hacerlas felices a ambas. Y si para ello debía sacrificar varios meses de su trabajo, tendría que hacerlo, a pesar del sufrimiento que le ocasionaba dejar a sus chicos todo ese tiempo.

Temía por sus vidas como si solo él pudiese cuidar de ellos, vigilar sus espaldas. No conocía a nadie con sus habilidades para reparar un vehículo averiado sin el menor recurso o para escalar un edificio solo con la ayuda de las manos, y eso les había salvado la vida en más de una ocasión. Tampoco nadie era capaz de buscar una salida de emergencia como Gran Oso, el grandullón tenía una mente privilegiada para buscar soluciones, aunque en principio podían parecer descabelladas y, sin embargo, siempre, siempre, tenía razón. Billy por su parte era un manitas con las comunicaciones, no había teléfono, radio o antena que no fuese capaz de reparar al más puro estilo MacGyver, con cuatro pedazos de cuerda, palos o alambre. Halcón era un hacha para la creación de planes de ataque, podía calcular la respuesta más lógica del enemigo entre mil posibilidades distintas, en solo un minuto, además de ser un paramédico condecorado por su capacidad de preservar la vida humana a pesar de las lesiones en combate. Y Dragón, ese tipo silencioso y distante, obedecía sin rechistar, sin la menor duda, como si no tuviese el menor miedo a la muerte. Juntos eran un gran equipo, el equipo perfecto…

— ¿En qué piensas? —le preguntó Bella, entrelazando sus dedos con los suyos.

Estaban sentados en el sofá con un cuenco de palomitas sobre el vientre de ella, viendo una película en la televisión después del almuerzo. La pierna de Edward reposaba sobre un cojín en la pequeña mesita de madera siguiendo órdenes estrictas de su enfermera regañona.

—En que tengo que preparar la habitación de Rennesme, está llena de trastos.

— ¿Y la señora Victoria?

—Tengo el presentimiento de que no nos acompañará.

— ¿Por qué?

—Tiene esa mirada, la misma que mi madre en sus últimos días. Aunque se mostraba alegre y activa con Nessie, sus ojos están cansados, está agotada de luchar contra esa maldita enfermedad.

—Oh, Edward. Será muy duro para Nessie ahora que al fin se han reunido.

—Quizá sea mejor que pasemos lo que queda de verano en España, ya que estaré de baja.

— ¡Baja que será muy larga como sigas moviendo la pierna!

— ¿Cuándo vas a convencerte de que mi pierna está perfecta?

—No lo está, deberías ponerte un pantalón corto en lugar de los vaqueros, está inflamada y no conviene que… ¿Qué haces? —preguntó al ver cómo buscaba algo en el bolsillo trasero del pantalón.

—No utilizo pantalones cortos desde que iba al colegio, pero si quieres verme con ellos lo soluciono ahora mismo —dijo mientras comenzaba a cortarlos con cuidado por encima de la rodilla con la navaja que había extraído del bolsillo, y que cortaba como un bisturí. En un par de movimientos había convertido los pantalones en un par de bermudas.

—Estás como una cabra.

—Me recuerdas tanto a Cricket cada vez que dices eso…

— ¿Cómo está? ¿Ha mejorado?

—Por suerte, sí. La medicación ha funcionado y, aunque parezca un milagro, ya no necesita ese trasplante, sus riñones han respondido, ambos, los médicos no dan crédito a su mejoría. En cuanto esté más recuperado le fabricarán dos prótesis especiales para sus piernas y tendrá que volver a aprender a andar.

—Sin duda estáis hechos de una pasta especial.

—Me lo comentaron los chicos, ellos han ido a verle. ¿Me acompañarás?

—Por supuesto. Iremos al hospital. —Cullen la besó en la frente, apretándola con suavidad contra su pecho. Ella apoyó la cabeza en su hombro, no existía lugar en el mundo tan cómodo como los firmes pectorales de Edward Cullen. ¿Es que acaso la felicidad no era eso? Un beso, una caricia, un abrazo de la persona amada con el que te confirmase que el sentimiento fluía en ambas direcciones.

Al fin podía relajarse y ser feliz.