DISCLAIMER: la historia no me pertenece, los personajes son de Stephanie Meyer y la trama es de un libro el cual será dicho al final de esta historia, yo solo me adjudico la adaptación

Bella Swan es enfermera del equipo de urgencias del 061 de Sevilla. Su vida transcurre entre el trabajo y su relación secreta con Jacob Black, el mejor amigo de su hermano y médico de su equipo, relación que este no parece dispuesto a formalizar. Edward Cullen, miembro del equipo alfa del Team Six de los Seals, acaba de regresar de Afganistán. Su vida y la de Bella se cruzan tras ser apuñalado en la calle. Se trata de un hombre joven, corpulento, con una poblada barba rubia y unos espectaculares ojos azules. Un hombre cuyo torso y alma están marcados por profundas cicatrices. Desde ese encuentro, Bella no podrá dejar de pensar en el americano. Pero Edward se prohibirá a sí mismo sentir algo por la joven enfermera. Está a punto de enfrentarse a la misión más importante de su vida y, por nada del mundo, quiere ponerla a ella en peligro. Los Vulturi son la más peligrosa organización criminal de toda Europa. Son salvajes, despiadados, se financian con la prostitución y el tráfico de seres humanos, y Bella está a punto de caer en sus redes, sin imaginar las consecuencias.


38 - Ojo por ojo

—Subo un momento a por una goma para el pelo.

—Está bien, pero date prisa, que va a comenzar el Capitán América Winter Soldier y mis colegas dicen que me parezco a ese tío.

—Tus colegas están locos —aseguró divertida—. Tú estás mucho más bueno.

Bella pasó por la cocina y apagó el horno, la pizza ya estaba preparada, ahora solo debían esperar un poco para que se enfriase.

El sofocante calor la estaba haciendo sudar y esto la incomodaba, por lo que decidió darse una ducha rápida antes de cenar, ya que, aunque le había asegurado que durante los próximos dos días el sexo se había acabado, tenerle tan cerca, piel con piel, hacía flaquear su propia voluntad y necesitaba sentirse limpia por si finalmente se rendía.

Prendió la luz de la escalera, había anochecido hacía rato. Cogió un bonito pijama de tirantes y shorts de raso lavanda y unas braguitas de encaje que no dejaban demasiado lugar a la imaginación, y se metió en la ducha.

El agua de la alcachofa se estrellaba contra el suelo con energía mientras ella se enjabonaba el pelo.

De pronto, la luz del baño se apagó, dejando la habitación a oscuras. Cerró el grifo y abrió la pequeña ventana corredera lo suficiente para comprobar que en la calle las farolas y las viviendas colindantes tenían las luces encendidas. Con la escasa iluminación proveniente del exterior salió de la ducha y se cubrió con una toalla.

Oyó entonces la voz de Edward desde el final de la escalera y abrió la puerta del baño para entender lo que decía.

— ¿Me has dicho algo?

—Que han debido saltar los plomos. ¿Dónde están?

—En el garaje, justo detrás de la puerta de madera del descansillo.

—Enseguida vuelvo.

—Ten cuidado, no vayas a tropezarte.

Volvió a meterse en la ducha con intención de terminar de enjuagarse el cabello, pero entonces oyó un golpe y cacharros rodar, y temió que Edward hubiese chocado con la multitud de naderías que acumulaban en el garaje con el consiguiente riesgo de golpearse en la pierna lastimada.

A tientas envolvió su cabello en una toalla y se puso el pijama dispuesta a bajar en su busca. Descendió los escalones descalza porque no recordaba dónde había dejado las zapatillas.

— ¡Edward! Edward, ¿estás bien?

No recibió respuesta, pero para alcanzar el garaje había que descender un tramo de escaleras y abrir dos puertas, probablemente no podía oírla.

Recordó que Rose guardaba una pequeña linterna en el cajón del mueble de la televisión. Caminando en la oscuridad lo alcanzó, lo abrió y palpó con los dedos hasta encontrarla. Por suerte funcionaba, así que llegar hasta la puerta de acceso al sótano le resultó mucho más sencillo.

Cerró tras de sí, descendió el tramo de escalones y giró la manilla de la puerta de acero galvanizado que comunicaba con el garaje.

Dio un paso y le vio, tendido en el suelo. Con un fuerte golpe en la cabeza del que manaba sangre.

Quiso correr hacia él, pero entonces alguien la agarró, tapándole la boca y la nariz.

—Qué alegría volver a verte, pequeña zorra. —Los ojos violetas de Alec resplandecieron bajo la luz de la linterna. Bella intentó gritar, zafarse de quien la sostenía, pero le fue imposible, estaba bien sujeta por alguien a quien no alcanzaba a ver. Otra imagen más se materializó ante ella. Aro daba un paso adelante de entre las sombras, iluminando su propia cara con una linterna, como en un juego macabro, convirtiéndola en la imagen de un ser fantasmagórico.

— ¿Te sorprendes? ¿Es que creías que no te encontraríamos? Pues no deberías haberte dejado esto en el coche, puta —dijo mostrándole su DNI, ese que creía perdido en su bolso, dentro del Seat Ibiza calcinado de Rose.

Aro caminó decidido hasta ella y le dio un fuerte puñetazo en el estómago que la hizo doblarse por la mitad. Su opresor la dejó caer al suelo.

El dolor era insoportable, como si aquel puño la hubiese atravesado. Aun así, trató de arrastrarse hasta donde yacía Edward para intentar comprobar si seguía con vida.

Aro dejó su linterna encendida apoyada en una de las estanterías, su luz blanquecina iluminaba en derredor.

Santiago la agarró del cabello, era él quien la había retenido. Por lo tanto, no se lo había imaginado, en realidad le había visto en aquella avenida el día anterior.

—Como grites, mi amigo le meterá una bala en la sien a tu querido marine — dijo el monstruo a su oído.

El lugarteniente de Alec permanecía de pie junto al cuerpo inmóvil de Edward, apuntándole con una pistola. Santiago tiró de su cabello hasta ponerla en pie y entonces sintió cómo le pasaba una tira de tela por la boca, la ataba con fuerza a su nuca y también las dos manos a la espalda.

— ¿De veras creíais que la muerte de mi hermana quedaría impune? Ella era todo lo que tenía en el mundo —pronunció con su marcado acento eslavo, demasiado cerca—. No, por supuesto que no. Vais a lamentar haber nacido.

—Monstruo —balbució.

Aquel trapo en la lengua le produjo náuseas, así que desistió de intentar decir nada más, pues si vomitaba, podría morir asfixiada.

— ¿Soy un monstruo? ¿Eso piensas? No. Soy un fantasma, y después de esta noche volveré a desaparecer, después de que vuestros cuerpos mutilados aparezcan, me esfumaré. Pero antes toca ajustar cuentas, ojo por ojo.

Un imponente cuchillo de cocina resplandeció en su mano. Bella trató de defenderse, pero Santiago la tenía firmemente sujeta.

—Si te estás quieta, prometo que será rápido —advirtió. Entonces el shef de los Vulturi rasgó su blusa de seda en dos, desgarrándola con el cuchillo, dejando al descubierto sus pechos—. Eres demasiado vieja para mí, pero a mi hermana le gustabas, aún no sé por qué. ¿Quién de los dos la mató? —Bella cerró los ojos como respuesta—. Está bien, tú lo has querido.

Con un sencillo gesto hizo que Santiago liberase su brazo derecho, que él sostuvo con fuerza, extendiéndolo ante sí, y lo recorrió en sentido descendente desde el codo hasta la muñeca con el cuchillo, abriéndole la piel.

Bella gritó a pesar de su mordaza y el esbirro de Alec le tapó la boca con la mano. El dolor era insoportable. La sangre comenzó a manar de su herida. Quería dejarse caer, desplomarse, pero la sostenía con fuerza.

—Repito la pregunta. ¿Quién de los dos la mató?

Bella quiso arrodillarse, el dolor la haría desmayarse de un momento a otro.

No hablaría, jamás delataría a Edward, a pesar de que ni siquiera sabía si continuaba con vida o no.

—Me sorprendes, no creí que aguantases tanto. A ver si también te resistes a mi amigo. Santiago, es tuya.

El grandullón la arrinconó contra el banco de herramientas que su hermano conservaba en el garaje.

El brazo herido le sangraba y le dolía, pero aun así trató inútilmente de golpearle con una llave inglesa: el animal la aprisionó contra la estructura de metal con una fuerza descomunal, la misma que antes había utilizado para retenerla.

Sintió su lengua en la garganta y su aliento rancio sobre la boca mientras tiraba de la parte inferior del pantalón de su pijama bajándoselo hasta las rodillas. La mano buscaba el camino a su sexo mientras ella le golpeaba, le pellizcaba y lanzaba puñetazos sin que nada de esto minase su voluntad de violarla. Sollozó mientras aquel ser lamía sus pechos con sus manos sujetas por las suyas.

Trataba de revolverse, pero entonces la giró, doblándola sobre la mesa del banco de trabajo como si estuviese hecha de plastilina para poder penetrarla por detrás. Al empujarla dio un golpe a la estantería en la que se hallaba situada la linterna.

Alec la había colocado estratégicamente para iluminarlos, y esta rodó por los suelos trazando ráfagas de luz que, como un estroboscopio, parecían ralentizar la realidad.

Supo que nada ni nadie podrían evitar que aquel animal la violase, y vio el cuerpo de Edward en el suelo un instante, a un par de pasos de ella, tendido, y después oscuridad. Solo quería que estuviese vivo. Un nuevo fogonazo de la linterna volvió a iluminar el mismo lugar y vio que entonces estaba vacío. Edward había desaparecido.

Aro, que debía estar apuntándole, estaba tan entusiasmado con las intenciones de Santiago, esperando su turno, que ni siquiera se dio cuenta.

Se oyó un crujido seco y el sonido de un arma al dispararse y caer por los suelos.

Alec se movió entre las sombras, consciente de que algo no iba bien, y se ocultó tras el pie de metal del que colgaban las bicicletas de montaña.

Bella sintió que la presión que Santiago ejercía sobre ella desaparecía. Se subió los shorts del pijama limpiando las lágrimas que empañaban su rostro y se acurrucó en el suelo. La luz de la linterna le indicó su posición y gateó hacia ella. Oyó un ruido seco, seguido de un gorgoteo. Ella no lo sabía, pero Edward acababa de partirle el cuello al gigantón que había intentado abusar de ella. Tomó la linterna en sus manos y sintió que alguien la tocaba en el hombro.

Gritó.

—Apaga la linterna —susurró Edward acuclillado junto a ella.

Bella apuntaba hacia el frente con esta. Y entonces el inconfundible ruido de un nuevo disparo rompió el silencio. El cuerpo de Edward que la protegía recibió el impacto de una bala. El leve gemido de este la hizo saber que le habían herido.

— ¡No! ¡No! —gritó.

Alec, envalentonado al saber que le había herido, caminó hacia ellos desde su escondite.

Deteniéndose justo frente a ambos. Su silueta se materializó envuelta en sombras ante la luz de la linterna.

—Adiós —dijo feliz, regocijándose con su victoria mientras los apuntaba.

Iba a vaciar el cargador sobre ambos y a librarse de ellos para siempre, pero entonces Bella tiró de la cuerda que tenía a su espalda atada a un perno, rezando a todos los santos en los que su madre creyó un día y cuya vocación ella misma había menospreciado entre bromas en más de una ocasión, y soltó las sujeciones del viejo y pesado kayak, que colgaba justo sobre sus cabezas. Este cayó sobre ellos, golpeando al albanés en la cabeza con fuerza y haciéndole caer hacia atrás antes de impactar con violencia en el suelo.

El silencio.

Un silencio asolador que olía a muerte, a sangre, a final.

¡Edward! También a él le había impactado el kayak, golpeándole en la pierna herida y en la cabeza, estaba inconsciente sobre ella.

Lo apartó y, dolorida, se alejó de él, caminó hasta la puerta sorteando infinidad de obstáculos, buscó el automático y prendió la luz. El panorama fue terrorífico. Aro yacía con un tiro en la cabeza junto a la puerta del garaje, Santiago también lo hacía, con el rostro en una mueca desencajada, y un gran charco de sangre manaba de la cabeza de Alec, cuyos ojos abiertos de par en par parecían abrazar a los demonios del infierno, que debían estar esperándole para recibirle.

Corrió hacia Edward, que seguía inconsciente tendido en el suelo, y descubrió que la hemorragia de la pierna había reanudado, manando cual arroyo desbocado desde su rodilla.

— ¡Edward! ¡Edward, por favor! —le llamó, mientras reaccionaba tomando el extremo de la cuerda que sostenía la piragua y lo ataba a su pierna para hacer un torniquete que apretó con toda su alma.

La sangre también manchaba su espalda, el impacto de bala había entrado por debajo de las costillas del lado izquierdo, pero no había orificio de salida, estaba dentro.

— ¡Edward, por favor, contéstame! ¡Despierta! —pidió acariciándole el rostro.

Corrió hacia el interior de la casa en busca de su teléfono, y regresando a toda velocidad junto a Edward marcó el número que tan bien conocía.