DISCLAIMER: la historia no me pertenece, los personajes son de Stephanie Meyer y la trama es de un libro el cual será dicho al final de esta historia, yo solo me adjudico la adaptación.
Bella Swan es enfermera del equipo de urgencias del 061 de Sevilla. Su vida transcurre entre el trabajo y su relación secreta con Jacob Black, el mejor amigo de su hermano y médico de su equipo, relación que este no parece dispuesto a formalizar. Edward Cullen, miembro del equipo alfa del Team Six de los Seals, acaba de regresar de Afganistán. Su vida y la de Bella se cruzan tras ser apuñalado en la calle. Se trata de un hombre joven, corpulento, con una poblada barba rubia y unos espectaculares ojos azules. Un hombre cuyo torso y alma están marcados por profundas cicatrices. Desde ese encuentro, Bella no podrá dejar de pensar en el americano. Pero Edward se prohibirá a sí mismo sentir algo por la joven enfermera. Está a punto de enfrentarse a la misión más importante de su vida y, por nada del mundo, quiere ponerla a ella en peligro. Los Vulturi son la más peligrosa organización criminal de toda Europa. Son salvajes, despiadados, se financian con la prostitución y el tráfico de seres humanos, y Bella está a punto de caer en sus redes, sin imaginar las consecuencias.
40 - Si decides quedarte
Jacob se deshizo de la bata de quirófano y la arrojó a la papelera antes de fundirse con ella en un emotivo abrazo.
La rodeó con fuerza contra su pecho sabiendo que jamás volvería a tenerla entre sus brazos del modo en el que una vez fue suya, ni siquiera si aquel tipo que se jugaba la vida en la sala de operaciones falleciese. El amor de Bella ya no le pertenecería, nunca más, porque le amaba y lo haría aunque le perdiese para siempre, la conocía lo suficiente como para saberlo. Pero él quería que fuese feliz, del modo en el que él no había sido capaz de lograrlo.
— ¿Cómo está? —preguntó angustiada.
—Muy grave, pero tiene a tres de los mejores cirujanos del hospital atendiéndole, mi padre entre ellos.
— ¿Tu padre ha venido? —Su padre, el doctor William Black, era el jefe de cirugía del complejo hospitalario, catedrático de cirugía vascular, el más reputado de Andalucía y uno de los más eminentes del país—. ¿Qué hace aquí tu padre?
—Le llamé en cuanto bajamos de la ambulancia. Si alguien podía salvarle la pierna, además de la vida, es él.
—Gracias, muchas gracias, Jacob —dijo abrazándole de nuevo—. ¿Y la bala? ¿Y el traumatismo?
—Está en buenas manos, Bella. Déjame ver la herida de la frente y de tu antebrazo. ¿Cómo está?
—Bien, ya me lo han suturado. No importa, de verdad, mi brazo no importa.
— ¿Tanto significa para ti? Quiero decir… Apenas conoces a ese tío.
—Le conozco lo suficiente como para saber que quiero pasar el resto de mi vida con él. —Aquellas palabras fueron un mazazo en la boca del estómago; aunque lo sospechaba, oírlo de sus labios lo hacía aún más doloroso.
—Vaya.
—Le amo, Jacob. Cada célula de mi cuerpo lo hace.
—Siento celos. Perdóname, pero no puedo evitarlo. Querría ser yo el que estuviese tumbado en esa camilla si con eso pudiese recuperarte —aseguró emocionado, y tuvo que morderse los labios para evitar romper a llorar como un niño—. He sido un imbécil y por eso te he perdido.
—No pienses eso, tuvimos nuestra oportunidad, si se acabó fue porque no era nuestro destino estar juntos. Estoy convencida de que me habría enamorado de él de todos modos, porque jamás he sentido nada como lo que me ha hecho sentir —dijo a pesar de que sabía que estaba arrojando sal a su herida. Sin embargo, necesitaba que dejase de culparse, porque sentía que era así, que aunque Jacob hubiese correspondido a su amor como anheló en el pasado, se habría enamorado de Edward del mismo modo en que lo hizo, debido a que él había sacudido su existencia mostrándole cuál era el auténtico camino de la felicidad —. Gracias por lo que has hecho por él. Gracias por reanimarle, por traerle con vida hasta el hospital.
—Lo tiene muy difícil, Bella. Ha perdido mucha sangre.
—Sobrevivirá. Tiene que hacerlo por Nessie.
— ¿Quién es Nessie?
—Su hija.
— ¿Tiene una hija?
—Sí. Y no puede dejarnos solas. No puede —repitió como un mantra, como si así las palabras pudiesen convertirse con mayor facilidad en realidad.
Jacob la cogió del brazo y tiró de ella hacia las incómodas sillas de la sala de espera de cuidados intensivos. Permanecieron, en silencio, sentados uno junto al otro, cada uno navegando dentro de sus mentes inquietas, la de ella, reviviendo el crítico traslado en ambulancia, la de él, recordándola en cada uno de los momentos íntimos que habían compartido, esos que ya no volverían a repetirse.
Habían transcurrido al menos treinta minutos cuando Emmet y Rose atravesaron la puerta apremiados, buscándola con los ojos. Ambos la abrazaron aliviados al saberla a salvo. Después de la llamada de Jacob alertándolos de lo sucedido, temieron que no les hubiese contado toda la verdad, aunque este les había pedido algo de ropa y eso debía significar que estaba bien. Bella se sintió aliviada de tenerlos consigo, de que le prestasen sus hombros para llorar, porque no podía parar de hacerlo.
Aquella habitación, aquella maldita habitación se empeñaba en traer a su memoria recuerdos terribles de la noche en la que perdieron a su padre y los días posteriores, en los que su madre estuvo luchando por sobrevivir. Habían sido demasiados días esperando en agonía entre aquellas cuatro paredes para que al final el desenlace fuese el peor posible. Y ahora estaba allí de nuevo, esperando noticias con el alma hecha pedazos.
Transcurrieron las horas en la pequeña salita durante aquella noche que parecía no tener fin. Hasta que casi al amanecer el doctor Black acudió en su busca con los ojos enrojecidos, acompañado de los otros dos cirujanos que le habían acompañado en las intervenciones.
—Ha sido una noche muy larga, Bella —dijo con aire cansado.
Conocía a aquella joven desde que era una chiquilla, y la apreciaba, a ella y también a su hermano Emmet, el mejor amigo de su hijo Jacob desde el instituto. Jamás había conocido a una chica tan trabajadora y voluntariosa, además de bonita. Aún no podía explicarse cómo su primogénito no había puesto los ojos en ella.
— ¿Cómo está Edward, doctor?
—Estable, dentro de la gravedad. El doctor Mendoza le ha extraído la bala y le ha extirpado el bazo, afectado por esta, hemos evacuado la mayor parte de la sangre derramada en la cavidad abdominal, y, entre el doctor Jiménez y yo, le hemos recolocado en la medida de lo posible la articulación de la rodilla y suturado los vasos afectados, controlado el sangrado de esta. Habrá que esperar, pero confío en poder salvarle la pierna.
— ¿Y el traumatismo craneal?
—No ha revestido gravedad. Le han suturado una pequeña herida y nada más.
—Gracias, muchísimas gracias, a los tres.
—Bella. —Le tomó ambas manos en un gesto muy paternal—. Su corazón es fuerte, pero está grave, mucho, preciosa. Sabes que las siguientes horas son cruciales, esperemos que no se produzca ninguna complicación. Hemos hecho todo lo que estaba en nuestras manos. Ahora depende de él, de que decida quedarse con nosotros.
—Lo hará —afirmó sin poder contener el par de lágrimas que recorrieron sus mejillas. El padre de Jacob la abrazó un largo instante con afecto—. Gracias, de verdad.
—En un rato te avisarán si quieres pasar a verle a la UCI.
—Sí, por favor.
—Pediré que te permitan acompañarle al menos unos minutos.
—Gracias, doctor Black —dijo Hugo estrechándole la mano.
Volvieron a tomar asiento en las sillas de plástico. Su hermano la abrazó, ofreciéndole su hombro para descansar mientras Jacob reposaba la cabeza contra la pared de cristal, agotado.
—Deberías ir a casa a descansar. Ayer estuviste de guardia todo el día —le dijo su mejor amigo.
—Emmet tiene razón, deberías…
—Estoy bien, tranquila. Tranquilos.
— ¿Cómo llegasteis tan rápido a casa anoche?
—Íbamos de regreso de un aviso junto a la Carbonería, la guardia había acabado y volvíamos para dejar la unidad cuando me llamaron al móvil para decírmelo.
— ¿Sabes algo de los otros tipos? —preguntó Emmet.
—Están muertos. Los tres. Me lo ha dicho una de las enfermeras de urgencias —reveló peinando hacia detrás con los dedos el cabello castaño que se arremolinaba en un tupé ladeado sobre la frente.
—Hijos de puta.
—Jacob, da las gracias en mi nombre a Harry y a Leah, no tuve oportunidad de hacerlo cuando bajamos de la ambulancia.
—Tranquila, no hace falta. Harry me ha pedido que te diga que seas fuerte, aunque él ya sabe que lo eres. Dice que se pasará esta tarde a verte, porque anoche le tocaba recoger a las niñas y se sentía mal por no poder acompañarte.
—Que no se sienta mal. Le estoy muy agradecida, os lo estoy a los tres. Especialmente a ti —dijo tomando su mano y apretándola con afecto—. Si Edward se salva será gracias a ti.
—No tienes por qué darlas. Es mi trabajo, nuestro trabajo. Y, además, sabes que haría cualquier cosa por ti.
Bella sonrió.
Lo sabía, entonces lo sabía.
A pesar de que nunca podría quererle como él deseaba que lo hiciera.
Su corazón pertenecía al hombre cuya vida se debatía sobre una cama de hospital. Lleno de cables, de sondas, de indicadores de sus constantes vitales. Inconsciente, con la cabeza envuelta en una malla y el abdomen y la rodilla cubiertos de apósitos.
Cogió su mano, grande y templada, y entrecruzó los dedos con los suyos. Se había quitado los guantes, porque quería que él sintiese el tacto de su piel. Vestida con la mascarilla, el gorro y la bata desechable no podrían reconocerla cuando despertase.
Porque iba a despertar. Tenía que despertar.
Bajó la mascarilla con cuidado y le besó en el dorso de la mano. Su pecho se movía rítmicamente gracias al respirador.
—Hola, cariño —balbució sobre su piel tratando por todos los medios de controlar las ganas de llorar que la asolaban—. Los médicos dicen que has estado muy cerca. Demasiado cerca. Pero ellos no te conocen como yo. Ellos no saben que eres un SEAL, un hombre de acero, mi hombre de acero. Ellos dicen que han hecho su trabajo y que ahora depende de ti. De ti, cariño. Y yo te prometo que si decides quedarte vamos a ser muy felices, los tres juntos. Cuidaré de ti, te doy mi palabra, por el resto de los días de mi vida. Seré valiente, no desfalleceré si decides quedarte junto a mí, junto a nosotras. Dicen que no puedes oírme y que no sientes dolor, eso me tranquiliza, pero necesito decirte que no puedes dejarnos solas, Edward. Te necesito, te necesitamos. Aún tenemos que ir a Fisher' s Hole, o Peaceland o como quieras llamarlo, tenemos que echar esas carreras en la orilla del mar y tienes que hacerme el amor en cada habitación de nuestro nuevo hogar. Nessie tiene que conocer a su padre, tiene que descubrir lo maravilloso que es tener un ángel de los ojos mágicos como papá. Y tienes que acompañarla al colegio en su primer día y llevarla a los recitales de Navidad, ¿recuerdas? —Vislumbró entonces cómo por su mejilla izquierda descendía una lágrima, veloz, incontrolable, solo una—. ¡Está llorando! ¡Está llorando! —clamó apretando el pulsador que daría la voz de alarma en el control de enfermería.
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