La luz del día se fue disipando lentamente dando paso a la noche, mientras que el viento soplaba fuertemente haciendo que su cabello azabache se alzara sobre sus hombros. Al mirar atrás una brillante luna cautivo sus ojos al mismo tiempo que su cuerpo se estremecía al ser consciente de la presencia de quien había estado esperando.
— Rin – la llamo.
Su rostro se volvió hacia el pero no encontró a nadie.
— Rin — dijo nuevamente en otra dirección.
De nuevo nada.
— ¡Riiiin! – grito esta vez una voz femenina.
Los parpados de Rin se abrieron de golpe y un dolor de reconocimiento en todo su cuerpo se apodero de ella. Su rostro aún se encontraba estampado sobre la mesa donde se había quedado dormida.
— ¿Ayame? — pregunto aun desconcertada.
— Es la quinta o sexta vez que te quedas dormida aquí — conto con sus dedos.
— Lo siento mucho. ¿Qué hora es?
— Hora de llevarle la comida a la bestia — respondió de forma jocosa.
— No le digas de esa forma, él solo está pasando por un mal momento — lo defendió, aunque ella misma sabía que Ayame no estaba diciendo nada en vano.
Ya no se acordaba ni cuantos días habían pasado desde que Sesshomaru salió del hospital, unas semanas, un mes o quizás dos, tres… su mente en ese momento no podía procesar el tiempo, más allá del hecho que en los próximos minutos tendría que llevarle su almuerzo a la cama. A pesar de que cualquier otra persona podría hacerlo, ella siempre insistía en ser ella quien lo atendiera puesto que la culpable de que estuviese así no era otra más que ella por desearle la muerte.
Sesshomaru se había convertido en su bestia, con el humor de perros, frio y distante la mayoría de las veces, gruñón. Ella trataba de entenderlo, no era fácil verse imposibilitado de esa manera después de ser un hombre tan activo, pero tampoco tenía que pagar su rabia contra las personas que no tenían la culpa, por eso ella no podía dar su brazo a torcer y tenía que seguir a su lado.
La Sra. Lee le entrego una bandeja con la comida y las medicinas y se ofreció a llevarla ella pero Rin la rechazo, tomo la bandeja y subió hasta la habitación de Sesshomaru. Toco dos veces como era de costumbre y entro. La habitación se encontraba sumida en la oscuridad y a su vista le costó un poco acostumbrarse a ella.
— Le traje su almuerzo — dijo al percatarse que él la estaba mirando — ¿Quiere comer de una vez o prefiere esperar hasta más tarde? — pregunto con nerviosismo ante su silencio. Pero al ver su mirada se sintió avergonzada de ello, Sesshomaru el hombre más metódico y organizado del planeta no iba a saltarte su hora de comer.
Lentamente llevo la bandeja y la coloco en el regazo del hombre quien la miraba como si faltara algo.
— Las almohadas — se limitó a decirle a la nerviosa joven que tenía frente a él.
— Es cierto, perdóneme, ya se las coloco — expresó rápidamente.
Sesshomaru echo un poco su cuerpo hacia adelante y ella metió una almohada entre su espalda y la cabecera, luego otra, mientras colocaba la tercera la bestia hizo un gesto de dolor.
— Perdón, lo lastime — se apresuró a disculparse.
— Solo es por el esfuerzo de sentarme, si me ayudas se me pasara — dijo de mala gana.
— ¿Que tengo que hacer? — pregunto obediente.
— Coloca tu brazo en mi espalda y ayúdame a subir cuando estés colocando la almohada — ordeno.
Rin obedeció y fue extremadamente consiente del calor del cuerpo de su verdugo cuando coloco su antebrazo sobre su espalda cubierta por una franela blanca demasiado fina para su gusto. Sutilmente lo trajo hacia ella con bastante dificultad ya que pesaba mucho más de lo que pensaba y si hacía mucho esfuerzo podía volver a lastimarlo. Respiro poco a poco y con su mano libre introdujo la tercera almohada. Con torpeza fue dejando caer sobre la almohada el peso de Sesshomaru, pero fue demasiado pronto en consecuencia para evitar que se callera lo sujeto con ambos brazos y para su sorpresa el hizo lo mismo.
Rin puso una rodilla en el borde de la cama para evitar estamparse contra Sesshomaru, acción que tuvo el efecto esperado, aunque el hecho de que ahora las palmas abiertas del hombre en cuestión estuviesen sobre su espalda no ayudaba mucho a calmar el susto que había pasado.
Ninguno supo por cuanto tiempo habían permanecido de esa manera, aunque fue Sesshomaru quien se apartó primero.
— Gracias por tu ayuda — le dijo con su habitual frialdad.
Rin nuevamente se avergonzó de sus actos, no sabía que le estaba pasando, ni mucho menos porque su cuerpo reaccionaba de esa forma. Si bien se arrepentía de odiarlo eso no significaba que le cayera bien o sintiera algo por él.
— Si no desea nada más me retirare — trato de escapar antes de confundirse ya más de lo que estaba.
— Siéntate allí — señalo el mueble que se encontraba diagonal a su habitación.
— Disculpe, pero preferiría irme — suplico.
— Dije que te sientes allí — repitió con firmeza
— Yoo… no…
— Es una orden — sentencio.
Y ante esa mirada ambarina llena de… de… Rin no sabía que le transmitía esa mirada, lo único que supo fue que se quedó ensimismada observándolo, sentada justo donde él le dijo.
Para Sesshomaru molestar a Rin era la única diversión que obtenía en esas cuatro paredes, en ese momento su incomodidad resultaba bastante entretenida, sobre todo cuando la obligo a alzarlo, el permitir que él se diese cuenta que la ponía nerviosa y que de alguna forma tenía un efecto en ella le había dado la completa ventaja para atormentarla. Verla allí, sentada obligada a obedecerlo era particularmente gratificante. Aunque ni en sus sueños se habría imaginado la oportunidad que estaba a punto de tener.
Toc toc… dos pequeños golpes en su puerta anunciaron la llegada de alguien.
— Adelante — dijo con desdén.
— Joven Sesshomaru — la Sra. Lee entro a la habitación luciendo una expresión un tanto preocupada.
— Dime – Dijo a secas.
— Es la terapeuta, llamo hace un rato — hizo una pausa.
— ¿Dijo algo malo? — pregunto Rin.
— Su hija pequeña ha enfermado y no podrá venir hoy, llame a la clínica pero hoy no podrán enviar a nadie. Dijeron que para mañana enviarían a alguien más.
Sesshomaru sonrió.
Tanto la Sra. Lee como Rin quedaron atónitas ante la repentina alegría del joven, cuando muy por el contrario ambas esperaban que entrara en cólera.
— No importa — Dijo suavemente — Rin puede hacer el trabajo de esa mujer.
— ¿Qué? — chillo la aludida.
— Llevas tres semanas viendo como lo hace, para entonces ya debes saber todo lo que ella hace.
No, eso no. Por favor, esto no podía estarle pasando. Hacer los ejercicios con él no. Ella haría cualquier otra cosa, hacer eso era… era… impensable. Que no se le ocurriera decir que los masajes también,
— Rin, puedes irte. Te espero a las 5 en punto para los ejercicios y los masajes.
