–Tenías que ver su cara cuando les mostré las fotos, Te juro que pensé que le daría un infarto.
Inuyasha sonreía divertido y trataba de imitar sin mucho éxito la cara de asombro de Naraku.
– Fue una buena jugada – respondió Seshomaru.
Inuyasha continuó esperando a que su hermano dijera algo más, sin embargo solo se quedo en silencio.
– Bah ¿Es todo lo que vas a decirme? – hizo una seña para que continuará hablando. –¿Seshomaru? ¿Te ocurre algo?.
Se acercó a su hermano preocupado, parecía que estaba sudando cuando en la habitación hacía bastante frío. Tocóla frente de su hermano con su mano derecha y la otra la puso en la suya. – no, no tienes fiebre ni nada – Seshomaru le lanzó un manotazo.
–Déjate de tontería– se acomodo un poco en la silla donde Rin e Inuyasha lo habían sentado, estaban en una salita pequeña en la planta baja de la casa, era un estar íntimo que solo utilizaba la familia, él había insistido en que podía estar de pie pero ellos lo tiraron allí y a decir verdad estaba mejor así, si estuviera de pie quizás se habrían dado cuenta de cual era la razón por la que se sentía tan incómodo. –Tenemos que seguir presionando a Naraku, mantenerlo ocupado.
–Tienes razón, mientras más tiempo esté ocupado arreglando sus asuntos menos tiempo tendrá para meterse en los nuestros– tres suaves golpes se escucharon en la puerta seguidos de una pausa para comenzar nuevamente –debe ser Lee, le dije que nos trajera algo de comer.
–No tienes porque ser tan irrespetuoso – lo reprendió.
–No te levantes, yo voy a buscarlos –dijo Rin a Inuyasha quien había estado sentada a su lado todo el rato.
Seshomaru respiro hondo una vez más, desde que habían llegado allí había estado tratando en vano de no mirarla, de no prestarle atención, pero su cuerpo tenía vida propia y al parecer unas intenciones totalmente contradictorias a las de su mente. Su cuerpo reaccionaba de una forma diferente ante ella, a decir verdad nunca le había sucedido tal cosa, no con tan poca piel que mostrar, no con tan sólo una débil ráfaga de su olor. Sentía una atracción primitiva hacia la muchacha, de eso se había dado cuenta el día de los ejercicios en su habitación, un deseo tan primitivo como si fuera un animal hambriento de ella. El calor nuevamente se apoderó de su parte más viva, sentía como su carne se contraria para crecer más. Rin se levantó se su asiento de una manera tan inocente que se sentía un depravado por desear sostenerla de las caderas e ir hundiéndose en sus piernas, aspirar todo su olor y luego ir rozando su piel por encima de ese maldito vestido color naranja hasta llegar al dobladillo de su falda y tomarla con sus dientes para alzarla e ir subiendo luego poco a poco por su pierna dejando un rastro de besos y pequeños mordiscos hasta llegar a ese punto cubierto por las bragas, se imagino a Rin diciendole que lo necesitaba y a él tomándola por las nalgas y bajando la tela que le molestaba para hundirse en ella y en su sabor hasta hacerla gritar de placer.
El sonido de la bandeja chocando con la mesa lo devolvió a la realidad, solo para encontrarse ahora con Rin inclinada hacia la bandeja agarrando unos pastelitos dándole una visión en primera fila de sus senos, quienes parecían apretados y deseantes de que él los sacara de ese apretado vestido.
Rin volvió a su lugar – ¡Están deliciosos! –exclamó. Inuyasha también se unió a ella y entre los dos se dedicaron a elojear cada uno de los pastelitos y panecillos que habían probado. Seshomaru decidió tomarse la jarra de té el solo. Ellos sin embargo no le prestaron mucha atención al ser que parecía estar en sufrimiento. Con el pai de limón Rin soltó un gemido de satisfacción, maldición, pareció decir Sesshomaru quien le puso más hielo a su té, Inuyasha casi parecía menear una cola imaginaria y Rin habría jurado que por un momento lo vio mover una orejas por encima de su cabeza.
Inuyasha miró su teléfono y tras ofrecer una disculpa dijo que se iría, que alguien lo estaba esperando y que se le haría tarde. Salió de la salita no sin antes darle un beso en la mejilla a Rin y susurrarle a Seshomaru que por favor no la tratará tan mal, que era una buena chica.
Rin se sentía incomoda, demasiado incomoda. Jugaba con sus dedos entrelazandolos y haciendo círculos con sus dedos. Desde su intento fallido de ejercicios no había estado a solas con él. Hace un rato la presencia de Inuyasha había hecho que se relajará y comenzará a comportarse como tonta. Seshomaru estaba inmóvil mirando al vacío. Quería irse pero al mismo tiempo quería quedarse con él, así fuera en un sepulcral silencio. No entendía que había pasado entre ellos para que él cambiará tanto. No era como si antes hubiesen conversado mucho, pero había algo, no era cariño ni odio, pero era algo, ese algo la hacía estar cómoda con el, así fuese solo para desafiarlo, pero ahora era diferente, desde ese dia en la habitación había sido diferente ¿Qué hice mal?
–¿Qué dijiste? – preguntó Seshomaru mirándola con sus impenetrables ojos ámbar.
Maldición lo dijo en voz alta.–Yoo..– no, no iba a ser tan tonta como para preguntárselo. No podía reclamarle nada, el no le había prometido nada, ellos ni siquiera habían sido amigos antes. – Solo pensaba en voz alta.
–¿En que pensabas? – inquirió.
Dios, este hombre iba a volverla loca, hace unos minutos la ignoraba y ahora se interesaba en lo que ella pensaba. Esto último la había tomado por sorpresa debía decirle la verdad sobre lo que estaba pensando o inventar algo y salir del paso.
–Está bien, no tienes porqué decirmelo– se inclino en su asiento y cerró sus ojos.
Rin no entendía porque una simple pregunta la había puesto tan nerviosa – yo pensaba en.. pensaba en.. – sesshomaru la escucha atentamente, necesitaba saber que tenia, pero el no era nadie para presionarla – pensaba en ese día en tu habitación. – Sesshomaru tenso todo su cuerpo, sin embargo no abrió los ojos por temor a que dejara de hablar – tu... yo.. –maldición ella no podía dejar de divagar, no estaba acostumbrada eso. toda su vida la habían regalado por ser parlanchina y ahora estaba sentada frente a un hombre con los ojos cerrados y no podía terminar lo que quería decir – será mejor que lleve la bandeja a la cocina.
Cobarde. cobarde.
Seshomaru la observo mientras ella trataba penosamente de colocar los platos en la bandeja, que patética se debía de ver.
Si. Mírame, disfruta lo patética que me veo. Tu habitación, tu y yo. No se ni por qué dije eso. Vamos Taisho sonríe por mi desgracia.
Rin levantó la bandeja junto con el orgullo que aún le quedaba, si no hubiera estado buscando una respuesta en el impasible rostro de Seshomaru se habría dado cuenta de que la esquina del mueble donde había estado sentada todo ese rato se asomaba por encima de los cojines. El primero sintió un leve dolor en la pierna derecha y luego un crack tras otro hasta ver toda la vajilla tirada en el piso.
lo que me faltaba.
Rápidamente se apresuró a recoger la costosisima vajilla que sabrá Dios de que país era.
– Déjalo así – escucho que le dijo Seshomaru pero hizo caso omiso. – por Dios te dije que lo dejaras así – su tono de voz era un poco más fuerte. – lo ignoro de nuevo y se tiro sobre sus rodillas y brazos para alcanzar un pedazo que se encontraba un poco más lejos. –Si no te levantas por ti misma me obligarás a levantarte yo.
Rin obedeció esta vez, nuevamente por su salud. Si el se agachaba por ella probablemente pasaría la siguiente semana en cama por su espalda.
–Déjame verte – Rin no entendió hasta que tuvo sus manos entre las de Seshomaru quien la estaba examinando como si fuera una niña. No se percato como había llegado hasta allí –No te cortaste –le dijo mientras continuaba con su incursión dedo a dedo, centímetro a centímetro.
Debía parar esto. Debía parar de tocarla, Si seguía así iba a besarla comenzaría lentamente y después la devoraria en un dulce frenesí besaría cada parte de su cuerpo y la saborearia como a un manjar exquisito.
– Sessh..
No pronuncies mi nombre.
Rin estaba hipnotizada con sus ojos ambarinos, no se dio cuenta que su mano estaba subiendo hasta que sintió la sedosa piel contra ella. Sesshomaru inspiró sintiendo su olor, la caricia de Rin había lanzado rayos eléctricos por todo su cuerpo. Tenía que parar, Rin no se merecía estar con alguien como el, él no era para ella y tenía que parar ya antes de que le hiciera daño.
Rin lo obligó a mirarla, tenía unos ojos hermosos, quería ver esos ojos llenos de alegría, quería que siempre estuvieran mirándolo a él, quería que fueran suyos, que sus manos solo lo acariciaran a él pero sabía que era imposible, algún día ella encontraría a alguien más y se entregaría y sería feliz con ese hombre. Un pensamiento primitivo se apoderó de él y se encontró abrazándola de la forma más posesiva con la que había abrazado a una mujer. Rin se estremeció al sentir el contacto de su cuerpo. Sentía el aliento se Seshomaru cerca de su rostro
Seshomaru inspiró el dulce aroma de Rin. Estaba exitado, con ella en sus brazos y con su boca a centímetros de la suya. Rin permanecía inmóvil, sabía que no le era indiferente y si la besaba ella le correspondería, pero no podía hacerle eso. Rin era demasiado inocente, demasiado dulce.
No podía.
Mi dulce tentación me temo que esto no podrá ser. No puedo arruinarte de esta forma.
Se obligó así mismo a soltarla –Llamare a alguien para que recoja este desastre – dijo en tono neutral.
Rin asintió.
¿Qué había sido eso? primero la ignoraba, luego se interesaba, luego la volvía a ignorar, la abrazaba y después de nuevo la frialdad.
La sra Lee llegó en menos de un minuto y junto con dos muchachas recogieron la vajilla que según la sra lee eran de procedencia alemana.
Seshomaru desapareció junto con el revuelo, Rin también decidió que era hora de irse, tras ofrecer unas disculpas a la sra Lee por la vajilla subió a su habitación.
Cerró la preciosa puerta francesa y se acostó en su cama, no entendía nada de lo que había pasado en la salita de estar, no entendía a Seshomaru en lo absoluto. Pero había una cosa que había entendido, algo que habia estado intentando ocultar de sí misma, pero ya no le quedaba ninguna duda.
Cometí la peor estupidez de mi vida, me he enamorado de él.
Y lloro, No supo cuanto había llorado ni hasta que hora. Solo sabía que necesitaba hacerlo.
