[Corregido y editado: 22/05/19]
Capitulo 1: La bestia con el brazo de metal.(3)
De inmediato, un único pensamiento llegó a mi mente, había otro humano aquí.
El silencio era implacable, el viento soplaba con fuerza, enfriaba mis músculos y llevaba consigo el afilado olor a peligro. Mi cabeza se había recuperado gracias al actual de Iac, y el pensamiento de rescatar a esa persona comenzó a fluir, haciendo estallar en mí el llamado del deber.
Iac en cambio, no parecía muy convencido. —«Estás pensando en ir, ¿No es así?».
—Claro que debo ir, soy un soldado Iac, no pienses que voy a abandonar a quien pide auxilio. —Iac aun refunfuñaba en desacuerdo. Yo apreté los puños, el sentimiento del deber era más grande que la opinión de mi compañero mental, obligándome a actuar. — Ya oíste el llamado, y yo voy a responder estés de acuerdo o no.
—«Espera…».
Ignorando las protestas de Iac, salí corriendo a toda velocidad. Atravesando el campo de pedruscos, me fijé en la zona por donde transitaba, era un camino de bajada, por lo que no fue necesario usar tanta energía. Entre tanto, Iac no paraba de quejarse sobre el peligro al exponer mi propia vida al intentar rescatar a alguien más, pero le ignoré lo más que pude, era difícil callar algo que no podías tocar, y menos si lo tenías hablando directamente en la cabeza.
No tenía tiempo de hablar, en mi interior, la única intención presente era llegar antes de que quien había dado los gritos ya no pudiera hacerlo. Me daba esperanza saber que había más de mi especie en este lugar, y como el soldado que siempre fui, ayudarlos era mi obligación y mi deseo. Sin embargo, note que mis fuerzas comenzaron a disminuir, a la vez, un leve pitido se hacía más fuerte en mi cabeza, no era ni de lejos como el tortuoso dolor de antes, sino más como una molestia que podía ignorar. Pero, a pesar de mis esfuerzos por seguir corriendo, mis piernas perdieron la suficiente fuerza como para forzarme a detenerme y caer de rodillas. Sentía una vibración moderada en mis prótesis, y mi cuerpo finalmente cayó tirado en el suelo rocoso totalmente paralizado.
—Maldición… —gruñí impotente intentando mover mis extremidades, consiguiendo solo verme más patético.
En tanto intentaba voltear mi cara en las rocas, oí en mi cabeza. —«Tranquilo Oriol, lo siento, pero no puedes seguir ignorándome» —era obvio que Iac era el responsable de esta parálisis.
No me quedó otra que escuchar lo que tenía que decir. — «No puedes ir así como así, no te dejare que nos expongas al peligro de forma tan absurda, que debas cumplir este tonto deseo del deber no hace que seas inmune a los peligros, ni menos a las heridas...»
Aunque mi cuerpo estaba paralizado, todavía podía pensar para comunicarme, estaba molesto. — «¿Qué carajo haces Iac?».
No podía creer que a solo minutos de ser amigos ya teníamos nuestra primera discusión.
—«¿Qué me pasa a mí?»— exclamó ofendido. —«Solo mírate. Vas a una muerte segura, armado solo con la hoja de tu brazo, sin ningún tipo de protección o apoyo ¡¿Es que acaso te volviste loco?!»
Pude notar algo en Iac, sorprendentemente para mí, su aptitud había evolucionado bastante rápido para el poco tiempo que llevábamos, y eso lo descubrí cuando vi el miedo en su voz.
—¿Que?... ¿Acaso tienes miedo? —señalé moviendo con dificultad mis labios. —Mi deber es ayudar a los civiles… no puedo… no puedo dejar que les hagan daño… es mi trabajo, mi vocación… nací para protegerlos, para ser su escudo y su espada… no para dejarlos morir… si he de luchar solo con mis manos, lo haré.
—«¡Ya te dije que pienses!, no actúes como un héroe suicida…—contesto molesto, cambiando a un tono más calmado continuó —… ¿Acaso no vez lo que nos espera más adelante?».
Recuperando levemente el movimiento de mis dedos, supe que la influencia de Iac no sería permanente, por lo que poco a poco seguí intentando zafarme de su control, presionando a mi cerebro para que volviera a controlar mis extremidades.
Mientras, en mi mente, encaré a Iac— «Iac no soy un puto adivino, no veo lo que tu vez…».
—«Entonces te lo mostraré» —respondió en seco interrumpiendo mi protesta— «Soy tu apoyo, ¿recuerdas?, esto lo hago por tu bien, no por el mío, solo soy una IA, aquí el que se va a enfrentar al peligro eres tú, no yo».
De repente, mis sentidos comenzaron a cambiar, mi ojo biónico se mostró tras su fachada de ojo normal, y mi visión se convirtió en una interfaz permanente parecida a la de un casco de combate. Podía ver un pequeño mapa circular en la periferia superior de mi vista, en él, había un punto azul en el centro (Ósea yo), y más adelante, un gran puñado de puntos rojos. Al observar con dificultad hacia el frente corroboré la información; lentamente comencé a ver siluetas rojizas tras las rocas, siluetas que reconocí como las mismas arañas de antes, me estaban esperando.
—«¿Ahora lo ves?» —habló Iac regañándome—«Estamos juntos en esto Oriol, no voy a dejar que te arriesgues así. Si tus mueres, yo también lo haré, la diferencia es que tú tienes el control de este cuerpo, no yo, además para que sepas, no puedo retenerte más de siete minutos... —hizo una pausa, como si estuviera pensando su siguiente palabra— …Pero ten esto en cuenta; Mi vida también está en tus manos, ya no estás solo».
Sus últimas palabras me dieron una punzada en el pecho— Es que no lo entiendes… —Susurré entre dientes haciendo una mueca de ira.
A lo que el respondió sin dejarme terminar— «Conozco todos tus recuerdos. Se el porqué de tu actuar, sé que deseas tanto ayudar a quien lo necesita… créeme, lo sé».
Recuperando aún más el control de mi cuerpo me incline de rodillas para levantarme. Comprendí que Iac solo quería protegerme de la misma forma en la que yo quería proteger a esa persona, no obstante, si quería protegerme, debía apoyarme en esto—Entonces sabes que de todas formas iré, ¿cierto?
Iac, en tono comprensivo eludió mi pregunta, respondiéndome con algo de melancolía, intentó disuadirme. —«No fue tu culpa, ninguna de esas veces fue tu culpa, esas cosas pasan… más de lo que uno quisiera… de haber podido los hubieras salvado, no le debes nada a esas personas, eran tus compañeros sí, pero al igual que tú, llevarían la misma carga si hubieras muerto en su lugar, te dieron la oportunidad de vivir, no la desperdicies así, ya tienes contigo diez años de guerra...».
—Pero ¿qué estás diciendo Iac?, se los debo todo… —dije interrumpiéndole, poniendo los puños en el suelo para apoyarme— Sus muertes me dieron la voluntad que tengo ahora, ya casi no quedaban humanos cuando atravesamos el portal, ¿y me dices que abandone mi deber de proteger a los civiles?, no Iac, ni de broma, mientras siga respirando seguiré el código de la Unión, como soldado… no, como el paladín que soy, no dejaré que nada les haga daño.
Iac lo intentó por última vez— «Puede que muramos si vamos Oriol…».
Con una mano en la rodilla, tomé impulso diciendo con ironía. —El destino de los soldados es la muerte Iac, pero tú eres el que eliges si es honorable o no.
Ahora de pie, sacudí mi cuerpo para quitarme la sensación de la parálisis. Fijé mi dirección hacia los gritos, pero primero debía encargarme de la emboscada de las arañas. Tras el sonido del metal deslizándose, mi cuchilla se desplegó, aún estaba algo sucia, y ellos podían oler la apestosa sangre de sus compañeros caídos, pero pronto la suya también seria derramada, eran mis enemigos, y no tendría piedad.
—Necesitare tu apoyo Iac —dije preparándome para correr— Tú lo dijiste, también eres parte de este cuerpo, haz tu parte entonces y no me dejes morir.
Iac resoplo rindiéndose, nada ni nadie podía contra la voluntad de un paladín de la Unión— «Si no puedo detenerte, entonces me uniré a ti. [Iniciando protocolo de apoyo… conexión táctica establecida]. Tu solo confía en el sistema VAT, y déjate llevar, si hemos de morir aquí, no moriremos sin pelear, ¿no es así?».
Sonreí fijando mi vista en el objetivo, mi ojo biónico se presentó en un brillante color azul, y dejé que Iac guiara mis movimientos. Con el inminente combate, me repetí a mí mismo encendiendo el fuego de la determinación— No dejare morir a nadie más, no en este mundo, no mientras yo esté aquí para impedirlo.
Al acercarme a pocos metros de las siluetas, las arañas atacaron. Con la ayuda de Iac, mis ataques eran precisos y mortales, mis movimientos raudos y elegantes, y mis sentidos más agudos que nunca. La primera en saltar, fue la primera en ser rebanada a la mitad por mi hoja, salpicando de verde mi cuerpo y las rocas aledañas.
De esta forma me abrí paso entre los enemigos, entre tanto, en mi cabeza abundaban los recuerdos, mi motivación de actuar. Había perdido a tantos camaradas por no llegar a tiempo, y eso me dolía. Siempre era el mismo sentimiento, pero ninguno se comparó con la primera vez que pasó. Fue en ese fatídico día cuando el infierno llego a mi vida y a la de toda mi civilización.
Mientras luchaba, mi mente me transportó al pasado. Muy lejos de allí, en otra estrella, en un planeta de vastos océanos, azules cielos y verdes superficies. Atravesando las paredes de mis recuerdos, pude ver mi hogar… y el cruel destino que ese día me atrapo entre sus garras.
Desde de las nubes en una agradable mañana, lo que una vez fue una imponente y bella metrópolis de la Unión, ahora era el paisaje de un destrozado campo de batalla. Los grandes y blancos rascacielos, los cientos de distritos de comercio e industria, los abundantes parques hidropónicos, rebosantes de vida vegetal y animal, y la orgullosa flota que custodiaba la ciudad desapareció en un instante. Las bombas no dejaron nada a su paso.
Yo con suerte sobreviví a las primeras oleadas de naves alienígenas que llegaron sin previo desde el cielo. Confundido y aterrado, era un simple soldado que nunca había visto el conflicto más allá de las simulaciones de la academia. Solo conocía la paz, la prosperidad y la felicidad, pero ese día, conocí la muerte, la desesperación y el más punzante de los miedos.
Tras la caída de las bombas, me hallaba bajo los escombros de lo que una vez fue mi cuartel, rodeado de los cadáveres calcinados de mis compañeros junto a los restos de la estructura que debíamos proteger. Jamás creí que por desobedecer mi deber e ir a saludar a mis amigos durante mi guardia, me hubiera salvado la vida. Las barracas del cuartel estaban cerca de mi zona de patrullaje, y no creí que nadie se daría cuenta de mi desaparición por al menos unos minutos.
Como siempre para todas las guardias, traía puesto mi traje de combate modelo ACI-02: La cual se componía de una gruesa armadura completa, sellada, mecanizada, y sostenida por un exoesqueleto sobre el cuerpo del piloto. Fue gracias a ella que pude despertar físicamente ileso en los escombros, aunque psicológicamente estaba en shock. Ya bajo los escombros, no solo tenía a pocos centímetros gran trozo de neo-concreto amenazando con aplastarme, sino también el calcinado cuerpo de lo que una vez fue mi mejor amigo, Marcus. Aun en mi estado de shock, recordaba como la segadora luz de la explosión tragaba su cuerpo mientras iba a saludarme con una sonrisa y la mano en alto, ahora, su irreconocible cadáver aún conservaba esa pose.
Rápidamente entré en pánico, no sabía cómo actuar ante una situación así, no había protocolos algunos en los manuales que con tanto esfuerzo había leído. Lo único que hice en ese momento, era verme sumido en la impotencia de no poder quitarme el cuerpo de Marcus de encima, gritaba y lloraba en silencio dentro de mi traje, abrazando lo que una fue mi mejor amigo, no solo en el cuartel, sino desde que nací.
Pero la cosa no quedó allí, cuando finalmente me calmé, pensé que debía presentarme con algún superior, no sabía lo ridículo que era ese pensamiento en aquel entonces. Era un novato fiel a sus superiores, no tenía la voluntad suficiente para actuar por mi cuenta, y la única vez que la tuve, fue lo que me salvó de morir. Pero en ese momento, pensar en la posibilidad de encontrar a algún superior, me dio el valor para seguir moviéndome. Aunque primero debía quitarme el escombro que tenía sobre mí, no fue difícil gracias a la fuerza del traje, de otra forma, nunca hubiera salido de allí con tanta facilidad, de lo contrario, lo más probable era que terminara compartiendo el mismo destino que mis compañeros.
Lentamente retiré los escombros y me dirigí al ahora destruido pasillo por donde había llegado, atravesando los pilares colapsados hasta llegar al hall y después a la salida. Alcancé a dar unos cuantos pasos antes de que la confusión se despejara lo suficiente como para ver el paisaje post apocalíptico que tenía a mi alrededor.
El cuartel se encontraba en las periferias de la ciudad, cerca de un distrito industrial, a unos 96 km del centro del núcleo metropolitano, y aun así, pude observar un gigantesco cráter donde antes se encontraban los edificios más altos de todo este mundo. La realidad se me vino encima en la sensación más aplastante de mi vida. Impactado miré mi cuartel, había pasado dos años desde que salí de la academia y me integré a las fuerzas armadas como era mi destino. Esperaba una vida tranquila, había tenido mucha suerte de quedar en mi planeta natal, y más aún, tan cerca de mi madre. Cuatro de mis hermanos también estaban en este mundo, pero yo era el que estaba más cerca de mamá. Cada semana, dejaba pasar la tarde de borrachera con mis compañeros e iba a visitarla al hospital, de vez en cuando, también iba uno de mis hermanos, la pasábamos bien, jugando con los niños del hospital, ayudando a mamá, y retirándonos en la noche para beber algo y contar nuestras anécdotas de la vocación. Fueron días felices… Pero ahora no tenía conciencia si el área donde ella estaba seguía en pie, y eso fue lo que más me destrozaba.
De todos modos, mi prioridad era encontrar a algún sobreviviente en las ruinas del edificio, tenía esperanzas de hallar a alguno de mis amigos, pues todos ellos estaban en el cuartel al momento de la explosión. Pero con el paso de las horas removiendo escombros, no detecté ninguna de sus telemetrías. Finalmente, todas esperanzas se derrumbaron. Uno a uno fui sacando sus cadáveres de los restos de la estructura, todos estaban allí: María, Héctor, Kelly, Faino, Roderic, y muchos otros más. Lo único que me consolaba, era saber que habían muerto en el mísero segundo que tardo la explosión en llegar aquí. Desesperanzado, no podía hacer nada más que llorar amargamente por sus muertes… era todo lo que podía hacer… me había quedado solo.
Regresando al presente, los arácnidos aun daban pelea. Aunque la gran mayoría ahora eran cadáveres que decoraban macabramente el camino.
—¡Ahhhhhggg! —Grité con furia mientras rebanaba horizontalmente al último de los arácnidos cerca de mí.
—No detecto más movimientos Oriol, estas dos son las últimas —Dijo Iac animándome.
Estaba cansado, pero no lo suficiente como desplomarme como cuando escapé de ellas. No sé a cuantas de estas cosas había matado ya, desde que adentré en la emboscada no habian parado de llegar una tras la otra, por un momento creí que nunca se iban a acabar, y sin embargo, aquí estamos, yo frente a las ultimas arañas que dudan si atacar o no, se miran la una a la otra, sus mandíbulas ya no se mueven por excitación, sino por miedo. Debía atacar, corrí de prisa cargando contra ellas sorprendiéndolas, una de ellas intento su clásica intimidación levantándose en sus patas traseras. Mi cuchilla ni se inmutó al aterrizar sobre ella, atravesándola, rompí su tórax por mi peso.
La otra temblaba al ver como esa enorme criatura había destrozado a su compañera, ésta levantó la mirada, dejando ver su azulado iris al lado de un brillante ojos color rosa, fijos en ella, era sinónimo de su muerte. Sin pensárselo mucho, la araña intentó escapar.
Verla correr me llamó la atención, pensaba dejarla ir, después de todo, había matado a todo un enjambre de ellas, una sola no debía ser la gran cosa, además tenía otras prioridades.
Iac por otro lado, me insistió en matar a la pobre araña que intentaba correr por su vida. — «¡¿Qué haces?! ¡Tienes que matarla o volverá con más con refuerzos!».
Lo pensé por un segundo, y tenía razón, como soldado, sabía que era mejor acabar con ella ahora y evitarnos un problema a largo plazo, igualmente, la dirección de huida de la araña era la misma que yo debía tomar. Velozmente me dirigí en su caza. A pocos metros de ella, la podía oír chillando. Salté con mi cuchilla lista para atravesarla, y cuando estaba a punto de saltar para rematarla, tres mariposas de alas rosas y cuerpo celeste se interpusieron en mi vista, arruinando mi coordinación fallando el ataque, el cual terminó creando una grieta en las piedras justo al lado de la araña, la cual no dudo en seguir corriendo.
Retirando mi hoja de las rocas, escuché una voz masculina gritar a todo pulmón cerca de allí.
—¡Qué esperas!
Preocupado, dejé ir al arácnido y usé toda la potencia de mis piernas para llegar lo antes posible. Aquel grito lo conocía bien, si mi experiencia no me fallaba, ese era el tono del último esfuerzo, una provocación a la muerte, una invitación viéndola directamente a los ojos, el tiempo se me acababa.
Finalmente había llegado al origen de los gritos, dejando tras de mi un rastro de cadáveres arácnidos bastante extenso; sin lugares frondosos donde ocultarse y atacar, acabar con las arañas en campo abierto fue relativamente fácil, dado que les era difícil girar con agilidad y eran lentas con los movimientos laterales.
La zona a la que llegué parecía ser un valle de piedra, el cual, descendía en altos muros de roca intercalados; similar a las antiguas minas de cielo abierto. Allí, comencé a bajas los niveles de forma recta, cosa de arribar lo más rápido posible al lugar de donde provenían los gritos. Antes de llegar al último nivel de la cantera, y gracias a mi ojo biónico, pude ver a las afueras de una cueva a varias arañas muertas en el ancho del banco, además de las manchas de sangre verde de las arañas, logré notar algunos tramos de rojo, como si hubieran arrastrado algo hacia el interior de la caverna, lo que hizo aumentar mi preocupación. Sin embargo, a pocos metros de llegar a la berma que separaba el nivel donde me encontraba con el siguiente (el de la cueva), una silueta roja mucho más grande que las anteriores pareció. Al instante, me detuve en seco, pegando el cuerpo a tierra sin hacer ruido.
En mi mente pensé— «Carajo, es a cosa es enorme… ¿Iac? ¿Cómo es que no detectaste su presencia?».
De inmediato obtuve una respuesta— «Me baso en los patrones de sonido de las arañas, con sus pelos, ellas emites vibraciones para detectar a sus enemigos, y yo uso eso para detectarlas».
—«¿Entonces?» —pregunté cortante. A lo que él me contestó— «Esta cosa no emite vibraciones, no está buscando presas, si no que ya tiene una entre sus fauces» —Eso ultimo me dio un muy mal presentimiento y una punzada en la conciencia.
Sigiloso y casi a ras del suelo, avancé hasta el borde para ver al enemigo. Fue difícil controlar mi respiración al ver a una colosal araña nada más asomar la cabeza, dada su posición, si hubiese seguido bajando me hubiera topado de frente con esa criatura.
Desde donde estaba, podía oír el desagradable sonido que emite la carne al ser desgarrada, no quise ver, pero lo hice de todas formas, debía confirmarlo por mí mismo, con cada centímetro que avanzaba, rogaba al destino que no fuera lo que yo pensaba, y por lo más sagrado de la vida, esperaba no ver a un ser humano siendo devorado.
Para mi mala fortuna, su gran cuerpo ocultaba lo que estaba comiendo. Pero a su alrededor, pude observar algunas frutas y cestos de tela vegetal, algunos trapos, una espada partida a la mitad sujetas a un extraño arnés, y entre las fauces del monstruo, grandes charcos de sangre roja salpicada, donde, con cada movimiento de sus fauces, más salía de lo que estuviese comiendo. Por el rastro, la sangre, y el grito invitante a la muerte, el relámpago de realidad atravesó mi cerebro reviviendo los recuerdos, había tenido la oportunidad en mis manos, pero había llegado tarde, no quedaba nadie a quien salvar. Cerré los ojos con un profundo pesar, me alejé un poco, y dejé que los recuerdos invadieran mi cabeza mientras aguantaba las ganas de llorar por la ira y la impotencia.
Me llevo tiempo, pero con mis propias manos, di sepultura a todos y cada uno de los cadáveres que encontré en el cuartel, sin importarme si eran sintéticos o humanos, yo, los enterré a todos. Supe de quienes eran los cuerpos gracias a las placas de identificación que pude recuperar, algunas todavía tenían grabado el nombre en ellas, y en las demás, tuve que adivinar a quien pertenecían por el deplorable estado en el que se encontraban. Mientras buscaba, también hallé al resto de la guardia con la cual compartía turno, yo tuve suerte de estar dentro del cuartel cuando pasó; encontré los trajes en buen estado, pero cuando la onda expansiva destruyó el cuartel, la fuerza del impacto había matado al instante a estos soldados, protegiendo solo sus cadáveres de las posteriores llamas que dejo la bomba, por lo que sus cuerpos eran los únicos intactos.
Destrozado por ser el último superviviente, observaba las 324 tumbas que ahora decoraban el patio del cuartel; lugar donde solíamos ejercitarnos o jugar en nuestro tiempo libre. Lo elegí porque era el único lugar con tierra para dejar a los muertos. Yo sabía que había más cuerpo por desenterrar, pero no los logré hallar, no pude encontrar a nadie más para darle una digna sepultura, y eso me rompía el corazón, el no poder rendirles el honor que se merecían; éste era uno de los valores más importantes de nuestro código de soldado, y no fui capaz de cumplirlo.
Al terminar de darle los honores a cada sepultura, pude ver cómo, de entre las nubes y sobre el gigantesco cráter que decoraba lo que una vez fue el núcleo urbano más grande de este planeta, a enormes cruceros alienígenas descender desde la atmosfera. Estaba estupefacto, allí estaban los culpables de todo este dolor. No pasó mucho tiempo hasta que comenzaron a desplegar grandes cantidades de pequeñas naves por toda la ciudad. De pronto, la tristeza se transformó en ira y en venganza, tanto, que incluso mis implantes neurales tuvieron problemas para controlar esos sentimientos. Me hallaba a punto de jurar y encaminarme en la senda de la venganza, cuando escuché los primeros gritos de auxilio en la lejanía. Fue en ese entonces que recordé los subterráneos de la mayoría de edificaciones de la ciudad, aun había gente por salvar.
Determinado por la ira y el deber, tomé en uno de los pocos rifles que aun funcionaba y me lancé a la ciudad a pie, mi único pensamiento en ese entonces era daría piedad a ningún enemigo en mi camino, y que rescataría a todas las personas que pudiera. No podía fallar, el destino me había dado otra oportunidad. Entonces, en lugar de jurar por la venganza y convertirme en un merodeador, cambié mi juramento, y me autoproclamé paladín. Quien diría que terminaría siendo uno oficialmente.
El viento soplaba con fuerza sacudiendo mi cabello, llevándose con él las pocas esperanzas que había reunido. Acostado de espaldas sobre la roca, tenía la mirada perdida en el cielo naranja del atardecer. Aun concentrado en mis recuerdos, unas pocas lagrimas alcanzaron a salir mientras aun lograba oír a la araña devorar a su presa, Iac también me hablaba, pero yo estaba indiferente, derrotado por mi fracaso e incompetencia.
—«¿Qué vamos a hacer ahora?» —le oí decir a Iac cuando me digné a prestarle atención— «No pensaras tomar venganza, ¿verdad?».
No sabía que responderle, sinceramente no tenía claro que iba a ser de mí, esa era la única forma de volver a encaminarme en la Causa. El procedimiento era claro: Si un soldado llega a perderse en un punto extremo, debe adaptarse y buscar volver a la Causa, en caso de ver esto muy poco probable, deberá sobrevivir hasta que la Causa vuelva a él.
—No lo sé… —Contesté derrotado limpiándome la cara con mis manos.
Iac termino compartiendo mi pesar, ambos teníamos acceso a eso horribles recuerdos del pasado que salían a flote por la situación. Cuando finalmente decidí hacer algo, eso sería salir de allí. Ya no quedaba nada para mí en ese lugar, nada excepto pelear con ese monstruo, reclamando venganza por quitarme el único vestigio de reencontrarme con mi raza, sin embargo, yo había dejado atrás ese camino hacia ya mucho tiempo. Segundos después, le dije a Iac que lo mejor era moverse y buscar un lugar seguro donde dormir, cosa en la que estuvo totalmente de acuerdo.
Al levantarme, volteé a ver al sol que se despedía de nosotros en las montañas lejanas, pudiendo oler de la sangre que traía consigo el viento del oeste. Pero, en la amargura del fracaso, Iac fue quien descubrió algo más dentro del oscuro paraje de la desilusión.
—«¿Lo oyes?» —Me dijo Iac con voz tranquila, casi como si un brillo de esperanza lo hubiera alcanzado.
—¿Oír que? —Respondí abatido caminando, preparándome para subir los niveles de la cantera. A lo que él respondió curioso— «¿Sabes cómo suena el eco de un sollozo en una cueva?».
Exhalé pensando y rápidamente abrí los ojos sorprendido, volteando súbitamente hacia la cueva, por poco y se me escapa el llanto al sentir la esperanza volver a mí, en su lugar, una sonrisa triste se me dibujó rostro, aún quedaba alguien con vida, aún quedaba alguien a quien yo podía salvar.
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