Capítulo 3: Caminos Convergentes (4)

Antes de que Cream y Gold llegaran al claro, la verdosa sangre salpicaba la mano del gigante, sacudiendo sus pensamientos en una ola de recuerdos y visiones. Por ello, Iac sonaba alarmado. —¿Qué fue lo que pasó Oriol?

—Esas visiones otra vez…cuando maté a esa araña todo se fue a negro, los destellos me hablan amigo… pero esta vez pude oírlos con claridad.

—¿Hablas en serio?, ya dije que lo hablaremos después, no es el momento para… oye ¿Me estas escuchando?

Oriol no parecía reaccionar, aún estaba consiente, pero no podía oír a Iac, quien comenzó a preocuparse. —Oye, ¿me oyes?, maldición, no lo entiendo, estas arañas no tienen un veneno mortal… ni siquiera te lastimaron.

Ese no es el veneno con el que tienes que lidiar maquina… —Una voz diferente susurró a Iac, profunda y ronca, emanando oscuridad. Su risa a carcajadas se escuchó desde lo más profundo del subconsciente de Oriol, quien estaba tumbado en su mente representada como una blanca habitación vacía. Poco a poco el color se fue apagando, comenzando a hundirse en un espeso mar de oscuridad que brotaba del suelo a vista y presencia de Iac, representado como una diminuta llama azul, inmediatamente activó todas las alarmas depurando el sistema, desintegró las negras aguas, dejando solo una pequeña llama color rosa donde antes estaba el cuerpo de su amigo, tenue, pero sin ganas de apagarse, su luz atrajo a tres incandescentes mariposas desde las paredes, las cuales comenzaron a rodearla.

No sé cuánto tiempo pueda seguir ocultándoselo… —Susurró cansado, acercándose al fuego rosado, dirigiendo la palabra al trio de mariposas. — Tarde o temprano se dará cuenta por sí solo, lástima que sea él quien haga todo esto.

Una de las mariposas abandonó a las otras reuniéndose con la llama azulada. Una tierna, dulce y tímida voz emergió de ella, mientras las otras dos sollozaban reflejadas por la débil luz rosa. — Pobrecillo… que recuerdos tan feos y tristes… me da tanta pena no estar allí para consolarlo… —La llama se tambaleó con lentitud, amenazando por si su débil presencia, provocando que las mariposas se acercaran más a ella. — Tranquilo, aquí estoy, no te voy a abandonar.

Yo tampoco, después de todo, fue mi deseo egoísta lo que lo arrastró a esto…

Fuera de su mente, el gigante se mantenía en pie, Iac tomó brevemente el control de su cuerpo tras la depuración, y en cuanto pudo, le devolvió los controles a su amigo que no recordaba nada después de aplastar al bicho.

Y de pronto, la voz de Cream hizo eco en su cabeza. —¿Oriol…? ¿Estás bien?


Mientras, al interior de la caverna, las crías chillaban aterradas en lo más profundo de su hogar. Iluminadas por la leve luz verdosa de los huevos que esperaban emerger. Una vez acobijados por las feromonas impregnaban la zona, sintieron la protección de su matriarca. Una gigantesca araña de la seda se había asentado en una gran cámara subterránea rodeada de sus huevos, llegando a su lado, las pocas crías supervivientes mantuvieron la calma explicándole los acontecimientos de su fallido día de caza.

La matriarca, al oír los relatos de un sanguinario monstruo similar a los que ella les contaba cuando eran habían nacido, sintió miedo por sus crías, y una gran pena de haber perdido a tantas en lo que debió ser un tranquilo día de caza. Dado que se mudaron a esta zona del bosque hace pocas lunas, confiaba en no encontrar los mortales peligros del centro de la región. Los alrededores del territorio arácnido eran la zona perfecta para una joven que buscaba su propia camada lejos de las presiones de las colonias más antiguas, por lo que, al huir de su antiguo hogar con un macho nómada, era totalmente ignorante de la existencia de la aldea de Pony ubicaba más al norte.

Sus decisiones de enviar a las recién entrenadas e inexpertas crías le habían costado ya dos tercios de las mismas, pues tras agotada después de desovar la última ronda de huevos, le fue imposible salir por comida por su cuenta. En esta situación, no le quedó más remedio que enviar al macho nómada con el que había huido, dándole la misión de espantar a los enemigos y evitar la pelea de ser necesario, ya que, si él moría, cualquier depredador podría atacarla, además, serían los últimos huevos fértiles que podrían eclosionar, volver al interior del bosque en busca de otro macho era igual a cometer suicidio, en esta travesía, quienes le rodeaban eran su único apoyo.

Aceptando la misión sin protestar, el macho, quien era casi de la mitad del tamaño que la matriarca, se embarcó rumbo al exterior. Al llegar cerca del límite con la fachada de la cueva, sus seis ojos negros lograron ver los capullos que sus hijos habían dejado atrás, y tras acercarse con lentitud hacia ellos con la intensión de recuperarlos, pudo observar con horror e ira los restos de la masacre del grupo de caza. Todas esas pequeñas arañas que con tanto esfuerzo había entrenado y protegido yacían muertas esparcidas a los pies de cuatro extrañas criaturas, una de ellas destacaba por su altura y por el hecho de ser bípeda. Siguiendo las instrucciones de su matriarca, supo que debía retirarse, aunque en el fondo de su corazón de araña, un intenso deseo de venganza se hizo presente. Antes de retirarse y dejarle los capullos a esos monstruos sin corazón, se fijó en las partes metálicas de la criatura bípeda, reconocía esas extremidades.

Su instinto de supervivencia le advirtió que debía huir inmediatamente, pero la confusión mezclada con la curiosidad e ira, le hizo quedarse un poco más, ¿Cómo era capaz una de esas cosas el haber salido de la Zona del pilar blanco?, eso era imposible, desde que era una cría, nunca han abandonado esas extrañas montañas rectangulares que protegen con tanto recelo. Antes de convertirse en un nómada, escuchó infinidad de historias relacionadas a la Zona del pilar blanco, cientos de los más valientes o los más estúpidos exploradores de su anterior camada iban allí para nunca volver, tantos eran los casos que esa parte del bosque se convirtió en una zona prohibida, un lugar sin presas que no valía la pena arriesgarse a entrar. Personalmente ingresar a esa zona fue lo que le motivo a ser un nómada, pues tras formar un grupo de exploración en busca de acuíferos ricos en peces, fueron emboscados por criaturas similares a la que tenía fuera de la caverna, extraños bípedos humanoides de metal les atacaron con tal ferocidad que de los 46 exploradores adultos solo volvieron 3 incluido él. Nunca olvidaría los brillantes ojos azules de esas cosas, creyó que moriría ese día, pero justo cuando iban a matarlo se detuvieron dejándole, jamás entendió porque al cruzar un determinado punto estos le ignoraron, despareciendo en las sombras y la vegetación del bosque central.

Con el peligro que significaba enfrentar a una de esas cosas, el macho comenzó a retroceder sin emitir ningún sonido, no valía la pena arriesgar el futuro de su camada por dos presas, aunque fuesen grandes, podría encontrar más. Sin embargo, un agudo chillido llamó su atención, cerca de uno de los capullos, una de las crías que transportaba la carga había sobrevivido a la masacre, escondiéndose y quedándose inmóvil desde que el Pegaso aplastó a las primeras víctimas. Observándole inmóvil, el explorador se dio cuenta que era una de las pocas crías que presentaba signos de madures, y lo más importante, sus feromonas indicaban que sería un macho fértil, algo vital en una camada recién formada. Las cuatro criaturas aún no se jactaban de su presencia, estaban ocupadas hablando con el bípedo, quien parecía mareado.

Usando algo de tela, el macho arácnido escupió un hilo en línea recta, lo suficientemente largo como para alcanzar la cabeza del pequeño, percatándose de que no le vieran, empezó a arrastrarlo con lentitud hacia él. Súbitamente sintió una abrumadora presión en sus entrañas, la criatura bípeda le había visto, de hecho, estaba viéndolo fijamente ante la mirada ignorante del resto de criaturas. Ese brillo azulado que lo apuntaba le hizo recordar recordó a esos humanoides metálicos masacrando a sus compañeros en la Zona del pilar blanco, un miedo irracional le impidió moverse, el pequeño se mantuvo quieto, aguantando chillar a su padre.

Tras tensos minutos la presión comenzó a decaer, pero la preocupación del macho casi le hace entrar en combate, pues esa cosa se acercaba a los capullos, y por tal, a la pequeña cría que intentaba rescatar, no obstante, para su sorpresa, ignoró al pequeño que permanecía inmóvil haciéndose el muerto, tomando los paquetes de seda y volviendo con los demás cuadrúpedos. A pesar de ello, la mala suerte provocó que, en ese preciso momento, el último grupo de caza, siendo éstos todas las crías restantes de la camada, volvían a su hogar transportando un gran saco de tela, del cual unas astas de ciervo sobresalían en la parte superior.

Esto pintaba mal, muy muy mal, el macho no sabía qué hacer, si dejaba a los pequeños enfrentar a esas criaturas no podrían sobrevivir, no cuando el anterior grupo era el doble de grande que ellos. Debía pelear, perder a todas sus crías significaría la muerte de la camada de todas maneras, pues en el estado tan débil de la matriarca y el hecho de que debía quedarse a su lado para protegerla sería imposible encontrar comida en el exterior, además de que las cavernas fúngicas no fueron tantas como ellos pensaban al asentarse aquí. Decido a no dejar morir al resto de sus crías, el macho arácnido jaló al pequeño de un solo movimiento, chillándole levemente, le indicó lo que debía hacer, a lo que rápidamente desapareció con dirección a las entrañas de la tierra. Mientras tanto en el exterior de la caverna, los agudos alaridos de sus crías le hicieron salir a la luz de la tarde, mostrándose ante las criaturas. La partida de caza aún estaba lejos por lo que estarían a salvo, pero inclusive desde allí, lograron horrorizarse de sus hermanos masacrados decorando la fachada de su hogar.

Con los nervios alcanzando niveles que nunca imagino, el guardián de la camada levanto su tórax apoyándose en sus patas traseras mostrando sus colmillos a la vez que daba un fuerte y agudo gruñido, con esto, intentó intimidar al enemigo frente a él, rogando a sus predecesores que se retiraran, ya que el bípedo aun tenia los capullos sobre sus hombros.

No retrocedería. Determinado a dar su vida para proteger a la matriarca y a la camada, después de todo, ese pequeño macho podría remplazarlo algún día, pero antes, debería darle la oportunidad, aunque eso significara enfrentarse al rezagado de la Zona del Pilar Blanco.


Cream retrocedió aterrada ante aquella bestia que había emergido de la cueva, pues los recuerdos del monstruo de la cantera aún estaban frescos. Gold frunció el ceño preparando su magia mientras una gota de sudor le recorría el pelaje de la cara, aun así, se mantuvo firme. Silver guardó silencio al extender sus acalambradas alas, aún estaba confundido por los eventos que vivió respecto al gigante. Y Oriol, con ambos capullos en los hombros, miraba a la araña sin dejarse intimidar, si la otra que era más grande no lo logró asustar, esta tampoco lo haría.

Dejando los capullos en el suelo, desplegó su espada junto a su ojo derecho preparándose para el combate. Esperó a que la criatura atacase, pero nada sucedió, el macho arácnido mantenía la posición, recargando acido en caso de tener que usarlo. Pasaron los segundos, las pequeñas arañas continuaron avanzando a vista del cuarteto invasor, arrastrando consigo al desafortunado venado que llevaban encerrado en seda. Ambos gigantes se miraban el uno al otro entre la tensión sus acompañantes, fue entonces que Oriol lo comprendió entre lo extraño del asunto, sintiendo un agudo y momentáneo dolor de cabeza, pudo entender el chillido que daba la araña a sus crías, llevó un poco de tiempo acostumbrarse, pero logró oír claramente lo que éstas decían.

La voz del macho era grave y algo áspera a los oídos del gigante, poco a poco, aquellos chillidos sin sentido se transformaban en palabras, cuyo tono asemejaba a alguien queriendo esconder su miedo. — Vayan a dentro ¡Rapido!... si no vuelvo, díganle a la matriarca que no salga.

Padre —Respondió una de las pequeñas, con una aguda y muy áspera voz femenina, sacudió sus diminutas mandíbulas asustada. — ¿Qué pasara contigo?, ¿Qué les pasó a los demás?

No te preocupes por mí, sigue a tus hermanas y no mires atrás. —Parándose nuevamente sobre sus patas traseras, el guardián exclamó furioso, no obstante, los Ponys oyeron un agudo alarido. —¡Alejaos de aquí! ¡No quiero tener que matarlos! ¡Llevaos a las presas y déjenos en paz!

Desorientado por entender a aquella bestia que consideraba nada más que un depredador estúpido, Oriol no supo que hacer, la ética y moral de su facción le decía que no podía atacar seres consientes, es más, debería protegerlos, ¿Pero ¿dónde estaba el limite a ello?, pensó el gigante. Ahora que podía entenderlos, sabía que sentían empatía por sus muertos, querían protegerse, eran criaturas que querían comer, no era maldad, era supervivencia. La cosa cambiaba radicalmente, él no había matado bichos sin emociones sedientos de sangre, había matado hijos e hijas de una criatura inteligente, pero, ¿Por qué ellos?, ¿Por qué no ocurrió lo mismo con las otras arañas de la cantera?, en ese momento se dio cuenta. Las tres mariposas que tantas dudas le daban estaban volando sobre el arácnido. Su cabeza esta todo un caos. Rápidamente enfundó su espada recogiendo los capullos.

Nos vamos —Dijo seriamente al dar la vuelta en dirección contraria a la cueva, susurrando sin ser oído. — No es necesario que hallan más muertos…

Los Ponys le miraron extrañado, creían que él arremetería contra la araña, era una amenaza, al fin y al cabo. Pero no le cuestionaron, Gold suspiró aliviado al igual que Cream. Silver por su parte no supo que pensar, ¿Iban a dejar a esa cosa cuando perfectamente podía asesinarla?, no lo comprendía del todo, sin dar una sola palabra de protesta, siguió al grupo.

El cuarteto se retiró poco después, llevando Oriol los sacos de tela, desaparecieron al adentrarse nuevamente al bosque. La araña macho se desplomó aliviada, no estaba seguro de que había pasado, pero la camada estaba a salvo. Viendo a sus crías hechas pedazos frente a él, las sacudió con sus patas cuidadosamente, apartándolas de la vista llevándolas en una red de seda fuera del suelo rocoso, allí, comenzó a cavar en la tierra blanda a la sombra de los árboles mientras se decía a sí mismo con pesar.

Lo siento mis pequeñas… este lugar no era tan seguro como lo prometimos…


El sol seguía su camino por el cielo cambiando el ángulo de las sombras de un pequeño grupo de mamíferos que caminaba a paso lento en medio del bosque, uno de ellos, el más alto, llevaba sobre si dos grandes capullos de fina telaraña. En unos cuantos minutos llegarían a una zona más despejada donde descansarían de este exitoso rescate.

Mientras tanto, la terrestre de cabello rojo se aproximó al Pegaso color capuchino caminando junto a él sin decir nada, aunque en realidad, ésta le veía las heridas de reojo. Cabizbajo, Silver levantó la melena al no recibir ningún golpe o amonestación.

Con un tono apagado, le dirigió la palabra. — ¿Pasa algo Cream?

¿Qué te pasa Silver?, no has dicho nada desde que rescatamos a las demás —Respondió la doctora suavemente, moviendo la cabeza en dirección contraria por un segundo, volvió a hablar, esta vez mirándole a los ojos. — Disculpa por el pisotón…

No importa… —Interrumpiéndole— Y por el codazo…

Está bien —Contestó el Pegaso, volviendo a ser interrumpido — Y por no preocuparme de tus heridas…

¡Eh Oriol! —Llamó Silver intentando desviar el tema, sorprendiendo al gigante quien volteo a verle deteniéndose, en esta ocasión, su tono no era tan agresivo, sino más bien firme. —¿Podemos descansar aquí? Creo que ya es hora de sacar a Cherry y a Sandy…

¡Rayos! —Dijo alarmado el unicornio, a la vez que Oriol bajaba los capullos, acercándose a ellos los golpeó con su casco, de inmediato comenzaron a sacudirse y a pedir auxilio entre gritos femeninos. Oriol desplegó su espada. — ¡Aguanten chicas, ya la vamos a sacar!

Mientras, Silver se posó sobre el césped agotado, Cream poco después se le uniría diciendole —Déjame revisarte.

Sin protestar, el Pegaso se dejó examinar acostándose. Tenía varios mechones de pelaje quemado, algunas gotas incluso alcanzaron la piel, dejándole rojas marcas que reflejaban el musculo. Además, se dio cuenta que su larga cola plateada estaba cortada a la mitad, bajó las orejas para luego postrar su cabeza sobre el pasto, pensando en Oriol y lo que había pasado con aquel ojo.

Tienes varias quemaduras químicas, pero no son graves, con unos cuantos ungüentos quedaras como nuevo… ¿Estás seguro que te encuentras bien? —Le habló compasiva, observando la mirada apagada del Pegaso. Al no recibir respuesta, insistió. — ¿Quieres hablar de ello?

Silver Dust miró a los ojos a su compañera, inhalo aire y respondió tranquilo. —Estuve a punto de morir Cream… los dos lo estuvimos, Red está muerto y… —Suspiró— Oriol nos salvó, tenía miedo Cream, miedo de él, y me comporté como un potrillo ahí atrás, ¡Ay!

La doctora de dio con el casco en la cabeza, dando una ligera sonrisa a la vez que Silver la miraba extrañado. —No esperaba esto la verdad, pero ya pasó, no podemos hacerle nada…

La doctora hizo una pausa para mirar a Oriol, el cual cortaba con cuidado la fina capa de tela del primer capullo, el Pegaso sintió el suave toque de la terrestre cercano a sus heridas al continuar. —Fue una bendición que él apareciera, aunque ¡sí! —Le dio un suave golpe en la nariz a su paciente, cambiando su tono a uno más suave. —Te comportaste como un potrillo, pero eso no quita el hecho de que siempre quisiste protegerme ¿no es así? —El Pegaso asintió, súbitamente la doctora le dio un abrazo, provocando que su corazón se acelerara por sus palabras, dando una feliz sonrisa nerviosa. — Has madurado Silver, mírate, eres todo un guerrero como siempre quisiste serlo, pero ten más cuidado ¿sí?, no quisiera perderte a ti también…

Los alaridos de Gold forzaron a acabar la tierna escena. El unicornio se hallaba justo al lado del capullo, tan solo faltaba una capa y su prisionera seria libre —¡Ya casi estamos, aguanta un poco más!

Oriol intentaba concentrarse, súbitamente un par de cascos color champaña salieron a abrazar el ancho torso del gigante sorprendiéndolo de ver un peligroso cuerno dirigirse hacia su cara, el cual esquivo por los pelos. Un unicornio de Crin roza oscuro y ojos naranjas, sollozaba lastimosamente con las orejas caídas sobre su pectoral derecho, gimoteando palabras casi inentendibles, sin embargo, se le veía muy feliz. —Gold… Gold… sabía que regresarías…

El gigante estaba pasmado, el pelaje de Sandía le hacia cosquillas. No sabía si abrasar a la Pony o quedarse estático ante la pasmada vista de Gold. Limitándose a decir gentilmente a la vez que sus brazos cruzaban el lomo de la yegua. —Ya ya, tranquila, todo está bien — Haciéndole una seña a Gold diciéndole: "Amigo, no sé qué hacer".

Gold… —Progresivamente la calma volvía a su asustado corazón, parecía muy cómoda entre el calor del cuello y el hombro derecho del gigante, llegando a rozar repetidamente sus mejillas en él cariñosamente, sin darse cuenta de a quien estaba tocando. — Eres tan suave y cálido…

Gold Rush se despejó la garganta llamando la atención de la yegua. —Eh… ¿Sandy?

La unicornio, que aún tenía los ojos cerrados, levantó las orejas, abriendo los ojos con lentitud al alejarse del pecho de su supuesto salvador. Al ver los rosados iris de Oriol y su cabello color cian, dio una breve y nerviosa sonrisa forzada, luego miró a Gold, luego a cielo, finalmente vio la espada, y se desmayó. Quedando en los brazos del gigante con una expresión tranquila mientras Cream, al lado de Silver, estallaban de la risa.

Ambos machos suspiraron aliviados, dejado a Sandy recostada sobre el pasto, quedaba un capullo por abrir, él cual no dejaba de moverse violentamente, por el sonido que emitía no parecía muy feliz. Pero eso no intimido al soldado, quien repitió el proceso. Esperaba que ocurriera lo mismo, sin embargo, en vez de recibir un cálido abrazo de una yegua asustada, dos cascos le dieron de llenó en la cara, y como estaba sentado, cayó de espaldas contra el césped. Del capullo, una Pony terrestre color amarillo claro y crin color cereza emergió gritando histérica con lágrimas en sus ojos color turquesa.

¡Gold, maldito pedazo de mierda seca!, ¡¿Dónde estás?!, ¡¿EH?!

De inmediato el unicornio bajó las ojeras asustado, Cherry Juice le lanzó una mirada fulminante, saliendo del capullo, sin fijarse que, al pisar el suelo, lo que tocó fue el muslo cubierto por la manta purpura de Cream, quedando en con una expresión confundida. Al ir siguiendo el rastro llegó a la piel clara de Oriol, quien lentamente comenzó a levantarse siniestramente. Las pupilas de la yegua de contrajeron al verle completamente de pie, la sombra del sol le daba un aspecto siniestro, eso, sumando a que todavía tenía el arma desplegada, provocaron que también se desmayara.

Oriol en realidad no estaba enojado, solo que al ver lo alterada que estaba la nueva integrante, supuso que no hacer movimientos bruscos le ayudaría a calmarse, olvidándose en el proceso que tenía su hoja desplegada.


Ya con todos reunidos en el campamento abandonado, recogieron las alforjas llenas de plantas y partieron rumbo a ManeTown llegado el anochecer, acampando una vez arribara la noche, ubicándose muy lejos de posibles enemigos. Gracias al gigante, el grupo pudo dormir tranquilo, bueno, al menos la mayoría de la noche, algunos de sus integrantes aun no lo conocían del todo. Oriol, si bien se negó a dormir, fue acompañado por Cream, quien prefirió dormir en su regazo una vez todos estuviesen dormidos, estando sola, las pesadillas de lo sucedido en la cantera la atormentaban, llevando el collar de Red en el cuello durmió tranquilamente siendo acariciada por el gigante que no dejaba de ver las estrellas.

Por supuesto durante el resto del viaje, tanto Sandy como Cherry mantuvieron las distancias con Oriol, quedándose atrás de la cabeza junto con Silver y Cream. Gold por su parte iba al lado del gigante, estaba muy agradecido con él, aunque, como todo el grupo, se preguntaba cómo sería cuando llegaran a ManeTown, ¿Dónde podría quedarse?, ¿Acaso el alcalde se lo permitiría?, por su tamaño era imposible pasar desapercibido, sin embargo, algo debían hacer por él, después de todo, los había salvado sin pedir nada a cambio, ni siquiera un bit.

Oye Oriol, ¿Te gustaría quedarte conmigo? —Consultó el unicornio dorado. —No te molestan las granjas ¿Verdad?

¿Granjas…?


Al llegar a ManeTown, el pueblo estaba desierto por la enfermedad de las arañas, los pocos guardias que aun protegían el pueblo salieron corriendo al ver llegar al gigante, Cream tuvo que darle muchas explicaciones al alcalde después de eso, además de coordinar el funeral de Red.

Sin saber que le deparará el destino a partir de aquí, Oriol aceptó quedarse con Gold, ese día fue uno de muchas sorpresas para la familia NewApple. El resto de la expedición volvió a sus respectivos trabajos esperando olvidar lo sucedido. Cream visitaría a Oriol de vez en cuando, si es que le quedaba tiempo, pues aun quedaba buscar una cura para la rara enfermedad que asolaba el pueblo.

Mientras, Iac, a pesar de todas las charlas con Oriol, aun intentaba desesperadamente evitar el tema de las visiones y las extrañas mariposas que le seguían…

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NA: Bueno gente, he aquí el capitulo 3 de este largo Fic que tengo planeado. Espero que estén disfrutando la lectura, pronto alcanzaré las 1000 visitas totales, todo un logro la verdad. Además de que este 12/03, se cumple un mes desde que inicie en fic, quiza no sea muy relevante, pero para mi es importante :3

Agradezco su lectura y su apoyo, si tenéis comentarios no se los reserven, estoy feliz de saber que se molestan en escribirme algo por ínfimo que sea. :D

Si me como alguna palabra o hay algún error, lo corregiré en unos días ;)

Nos vemos en el próximo capitulo: "La elegancia del Hierro"

PD; Un agradecimiento especial a UnSimpleEscritor, quien me asesora en esto de la escritura, gracias amigo por compartir tu experiencia.

(Inserte Gif de Maud guiñando un ojo)