Capítulo 6: Eclipse lunar (2)
Oriol tenía muy clara su misión; rescatar a esos ponis. Había prometido que iría junto a Silver, y él ya estaba allí. Si actuara solo, aún estaría cumpliendo con su palabra. No dejaría morir a ningún inocente mientras él estuviera allí para evitarlo, o al menos, lo intentaría.
—«¿Sabes qué?, al diablo, no tengo tiempo para esto» —chasqueó molesto al volver a sumergirse en el follaje.
Desde las hojas de aquel roble, Silver no le quitaba los ojos de encima al humano, pues sería la segunda vez que desaparecía sin avisar a nadie, y eso le molestaba; ¡él era quien daba las órdenes aquí!
—Hey, hey, ¿adónde vas? —por su tono, no parecía muy feliz de ver a Oriol escabullirse entre la hierba, y aunque trataba de contener su voz para no alertar al enemigo, comenzó a mostrarse autoritario a la par que agresivo; dirigiéndose al gigante como si fuera de rango inferior—. ¿Pero que estas haciendo?, ya te dije, esperaremos a los refuerzos antes de atacar, esas son las órdenes del capitán.
—¿Disculpa? —recalcó Oriol claramente irritado, volteando donde el pegaso haciéndole retroceder; estremecido por la abrumadora presión que ofrecían aquellos ojos rosados, Silver tragó saliva—. Esas son tus órdenes, no las mías, ¿entendiste? Hay ponis ahí dentro y aunque no les conozca, ni sean de mi especie, pienso rescatarlos con o sin tu ayuda.
Tras apartar la mirada, poco a poco el miedo inconsciente del teniente comenzaba a desvanecerse, por tal, sus acciones y tono de voz eran cada vez más audaces.
—¿Y qué piensas hacer?, ¿dejarnos aquí sin más? Si mis tropas encaran a esas cosas van a morir. Los trolls pueden ser lentos, gordos y torpes, pero hace falta uno solo de sus golpes para dejarnos malheridos, eso si no nos matan en el acto, ¿no dijiste que no nos dejarías morir si estábamos a tu lado? ¿tan rápido cambiaste de opinión como para irte sin más?... maldito arrogante.
Silver había dejado salir toda su opinión. Ya poco le importaba la respuesta del humano, primero estaba la seguridad de los ponis a su lado, y luego la misión. Las tropas a su alrededor no pudieron evitar desviar la atención a las palabras de su teniente; un ambiente tenso se estaba formando, si fuese niebla casi podrían cortarla con un cuchillo.
—Nunca dije que debían ir conmigo—. señaló el humano saliendo del follaje, a pesar de estar molesto, comprendía perfectamente a Silver; un oficial con miedo a perder a sus hombres. Además, veía innecesario seguir discutiendo el asunto; debía irse lo más pronto posible—. Como van las cosas no hay necesidad de que pierdas a ningún pony, si actuó por mi cuenta es precisamente para eso. Sé que ustedes son más débiles que yo, no lo niego —las palabras del humano sonaban como si esta situación ya la hubiese vivido, por su tono, era claro que le importaba la vida de aquellos ajenos a él, teniendo altos y bajos a la hora de pronunciar las palabras, la compasión y el deber cargaban con fuerza—. Pero mientras hablamos hay civiles que nos necesitan, somos soldados, y como tal nuestra obligación es protegerlos, aun si nos cuesta el cuerpo o la propia vida, ¿no es así?, ¿qué más quieres discutir? Déjame hacer mi trabajo antes de que sea demasiado tarde.
El resto de los pegasos se miraban anonadados, por más miedo que le tuvieran a esa criatura de piel clara y aspecto siniestro, casi podían sentir empatía por su persona. A su vista, esa aura negra lentamente desaparecía, y fue entonces cuando pequeñas e imperceptibles chispas arcoíris se vieron reflejadas en sus ojos. De repente, sintieron una presión en el pecho, pero no tan fuerte como para llegar a ser desagradable, es más, el miedo parecía desvanecerse a la vez que un sentimiento de lealtad lentamente aparecía. Silver también sintió esa chispa, aunque de todas formas seguía enojado con él.
Mirando a su alrededor, todos sus soldados tenían la cabeza por debajo de las hojas observando a Oriol, dando la impresión de estar hipnotizados; incluso Maple Syrup, quien le tenía terror, observaba al gigante casi con ternura.
—¡Hey! —un firme tono de voz llamó la atención de todos— Estamos en una misión, vuelvan a su puesto y sigan vigilando —de inmediato todos los pegasos volvieron a meter la cabeza en las hojas, sin embargo, mantuvieron las orejas agachadas para seguir escuchando.
Mientras tanto, Oriol estaba tan impaciente que decidió ignorar la situación y seguir con su plan, desapareciendo en cuanto Silver desvió la mirada para reprender a sus soldados. Nada más terminar de regañar a su grupo, el pegaso capuchino volvió a mirar a los arbustos, no obstante, solamente aquel pañuelo ensangrentado destacaba en su visión; esto le hizo rechinar los dientes.
—¡Cloud! —susurró enojado al volver a la copa del árbol, rozando la cabeza de su amigo quien espiaba sin vergüenza la conversación—. Quedas a cargo, si los refuerzos llegan con un plan, actúen y no nos esperen, probablemente esta bestia haga que esos trolls ataquen mucho antes de lo esperado.
—Silver, espera —le llamó antes de bajar la cabeza en las hojas— ¿Adónde vas?
—Lo voy a seguir, si quiere hacer algo estúpido me aseguraré de detenerlo, no sacrificare la misión ni vidas inocentes por los caprichos de un engreído bípedo con aires de héroe. Si ves a mi padre, dile lo que ha pasado.
Sin decir otra palabra, el joven pegaso descendió siguiendo el apestoso olor a sangre de troll, pues, aunque Oriol la había removido casi toda de su cuerpo, no pudo quitar por completo el hedor.
—«Sabía que no te importaban los ponis, ¡maldita bestia egoísta!, ¡sepa Celestia que lo sabía! Padre, si creías que esta cosa era alguien honorable estabas muy equivocado».
Atravesando arbustos, ocultándose tras árboles, rocas y hoyos en el suelo, el teniente Dust pasó varios minutos siguiendo el rastro del gigante. Mientras lo hacía, extraños susurros en la brisa jugaban con su mente, el bosque nunca había estado tan activo. El piar de los pájaros, el constante siseo de las hojas, y el crack de las ramas en sus cascos, permitían que la paranoia, fruto de sus nervios, embriagara su cerebro con horribles escenarios culpa de ese humano; desde el absoluto fracaso hasta incluso que él fuera parte del enemigo. Cualquier posible error que sucediera en esta misión sería motivo para culparle. El enojo y la ansiedad le jugaban una mala pasada a este joven oficial. Teniendo el ceño fruncido, mantenía la cabeza baja y sus alas plegadas. Atento a todo sonido a la vez que evitaba provocarlos, con los músculos tensos listos para desenfundar su lanza y atacar. El olor a sangre aumentaba su intensidad con cada paso, tanto que se detuvo para taparse la nariz con sus alas. Ahora, en la seguridad de una frondosa línea de follaje, el hedor era insoportable llegando a irritarle los ojos; dudaba si continuar la búsqueda por los cielos.
—«¿De dónde carajos viene ese olor?, por favor no quiero encontrarme con un vertedero troll» —pensó estando a punto de vomitar, acto seguido, tragó, preguntándose cuánto más podría soportar.
Pasando un casco sobre el otro continuó avanzando, pero antes de siquiera darse cuenta, tropezó saliendo de la vegetación. El fino pelaje capuchino de su mentón pronto fue empapado por el origen de aquel nauseabundo olor. Levantando el hocico para ver con qué había tropezado, sus pupilas se contrajeron al instante, una expresión de terror deformó su rostro a la par que decía incongruencias. Esta parte del bosque parecía una película de terror: la vegetación, la tierra, la madera a su alrededor, todo estaba salpicado de rojo, con la luz del sol reflejando grandes charcos bajo la carne y vísceras, el viento esparcía hedor a muerte. Apoyados en todas partes, e incluso apilados sobre sí mismos, trozos de troll fueron rebanados limpiamente por algo muy filoso. No podían contarse con exactitud cuántos habían muerto en ese lugar, aparte, la mayoría de las telas evidenciaban el miedo que sintieron antes de morir; de ahí el nauseabundo aroma.
—«¿Qué?... ¿Qué clase de animal pudo hacerles esto?» — pensó quedando en estado catatónico, aferrándose con fuerza a su lanza ya desenfundada.
Sin embargo, eso no fue lo peor. Al reaccionar guardó su arma, desviando la mirada al suelo con gran incredulidad. Algo había llamado la atención del teniente, parecía un saco volteado cerrado, el cual estaba sujetado por una gorda mano ahora sin dueño. Silver cayó sentado manchando su pelaje de rojo oscuro cuando vio lo que cargaba aquel saco; nada más verlo le dio mala espina, pero a pesar del miedo e incertidumbre del momento, acabó cediendo a uno de los sentimientos más primitivos de los seres conscientes: la curiosidad. Inmediatamente ahogó más de un grito sintiendo su corazón latir con fuerza, entonces no lo soportó más y vacío su estómago en un arbusto, aquello que vio hubiese sido horrible para cualquier pony: alas, plumas, cabello y cuernos yacían dentro del saco, todos de matices diferentes. Jadeante se limpió la boca con el casco. De pronto el mundo comenzó a abrumarle, la respiración le pesaba a la par que sudaba en frío, la luz del sol diluía su alrededor en tonos más oscuros, llegando incluso creer que iba a desmayarse debido al terrible mareo que sufría; estaba entrando en shock. Nunca en su vida vio algo tan horripilante, si bien la crueldad de los trolls era conocida en todos lados, jamás, ni en sus peores pesadillas, imaginó esto.
Súbitamente el ruido de las hojas le hizo volver en sí. Aún estaba en el suelo sujetando la lanza en el arnés, instintivamente se incorporó apoyado en sus alas, desenfundando su arma en cuanto estuvo de nuevo en cuatro patas. El mecanismo hizo un suave sonido metálico al mover los componentes, quedando la herramienta lista para manipularse donde apuntara el casco. Oía el bombeo acelerado en su pecho, sus pupilas aún no se dilataban, y la tensión provocaba que le temblaran las patas traseras; algo se aproximaba, algo muy peligroso.
De repente saltó de la sorpresa al ver una silueta en su rango de visión, un mal herido troll había aparecido apoyándose en un árbol, parecía golpeado, muy, muy golpeado, su brazo libre estaba visiblemente roto y lacio, al igual que una de sus piernas. Éste escupió manchando aún más el suelo, acto seguido fijó sus magullados ojos en Silver, mostrándole que también tenía dislocada la mandíbula y varios dientes rotos; más de lo habitual. Aun en ese deplorable estado, para Silver era un enemigo, por esta razón intentó cambiar su miedo por ira al recordar el contenido de aquel improvisado contenedor de tela; cosa que logró parcialmente.
Tenía frente a frente al enemigo, y a pesar de temblar, estaba determinado a acabar con su vida. La adrenalina provocada por el miedo hizo que Silver diera un grito enardecido al cargar. Sin embargo, un ruido seco resonó tras la cabeza del troll; algo contundente le había golpeado. Antes de caer por inercia, la lanza del pegaso le atravesó el cuello. Cayendo violentamente por el impulso sobre un arbusto, entonces, al verle más de cerca, el teniente se dio cuenta de que ya estaba muerto. Desconcertado, retiró su lanza sin mucho esfuerzo.
La euforia por la adrenalina le tenía en trance. Ahora no sabía qué hacer, si este era el olor que estaba siguiendo, entonces le había perdido la pista a Oriol hacía mucho. No obstante, el viento trajo consigo balbuceos a los oídos del pegaso. A pesar de la desorientación y la ansiedad que le daba el ambiente, tomó el coraje suficiente para escabullirse siguiendo ese sonido. Estas precarias e inentendibles palabras debían salir de la boca de un troll. Avanzando entre la maleza y los árboles, el joven oficial llegó a un claro en bosque. Tanto su periferia como el área hacían notar que se trataba de un campamento pony abandonado, sin embargo, los trolls lo habían usado como carnicería. Un gran tronco cortado decoraba el campamento, aparte de tener todavía un hacha clavada en él, estaba plagado de manchas color carmesí. Huesos de venado, zorros, jabalíes y pájaros podían encontrarse esparcidos por todos lados, al igual que basura, trozos de madera quemada, y desechos orgánicos.
Mientras caminaba sigiloso, fue un alivio no reconocer nada que perteneciera a un pony; ni siquiera las pieles curtidas en lo que fueron tiendas tenían el tamaño adecuado para serlo. De la nada, desde los árboles en la periferia, un cuerpo fue lanzado y cayó el tronco cortado, removiendo el hacha. Silver no lo pensó dos veces y se escabulló en una tienda cercana, observando con atención lo que estaba a punto de pasar. Aquella gorda bestia aún seguía con vida, retorciéndose de dolor por la caída, suplicaba a los árboles extendiendo su mano hacía ellos. Sin que éste lo viera, el joven pegaso no tenía ni la más mínima idea de lo que trataba de decir, por su tono desesperado y el inútil intento por escapar, recién se dio cuenta de que este enemigo tenía ambas piernas rotas, pues poco a poco comenzó a arrastrar su grasoso cuerpo usando solamente los brazos.
—¡Ya decirte todo lo que se, dejar a troll en paz! —exclamó impotente la gorda bestia girando a ver al bosque; Silver solamente oyó balbuceos rabiosos—. ¡¿Qué más querer?!
La brisa empezaba a crecer con lentitud. A la vez que Silver observaba atónito la escena, un hacha de piedra atravesó el aire girando a toda velocidad. Quedando clavada en la espalda del troll, éste dio un grito de agonía deteniendo su huida.
El pegaso capuchino sintió un escalofrío al oír gritar a la criatura, aferrando sus cascos a la temblorosa lanza de hierro, todo su ser le ordenaba exasperado que abandonara ese lugar, sin embargo, era esa misma intensidad la que no le permitía moverse. De pronto, sus orejas escucharon marcados pasos entre el viento y los quejidos del troll.
—¿Tienes la ruta Iac? —desde los árboles, la voz de Oriol se acercaba indiferente, aquel tono le daba un aire siniestro a los ojos de Silver—. Bien, déjame acabar aquí y nos vamos.
Silver no lo podía creer, no solamente vio al humano salir de la vegetación aún más manchado que la vez anterior, sino que también le vio hablando solo mientras acortaba distancias con el troll, pasando a llevar la tierra con su hoja, dejando un surco junto con un rastro de densas gotas por donde pasara.
—¡No! —suplicaba la cebada criatura volteando su cuerpo y extendiendo ambas manos buscando piedad—. ¡Ya decirte todo! ¡Ya decirte todo! ¡Aléjate! ¡No…! ¡Tú decir que dejar vivir si yo contarte! ¡No! ¡No! ¡Tú decir…!
—¡Slash! —con una retorcida lentitud, el cuello del troll poco a poco mostró un hilo rojo horizontal antes dejar correr el resto.
A la vista de Silver, Oriol miraba con indiferencia la mueca atónita de la criatura, casi con desprecio y sin ningún rastro de pena. Suavemente apoyó su pie desnudo en el pecho de la misma. Al más mínimo esfuerzo, ésta cayó hacia atrás dejando rodar su cabeza como si fuera una pelota. Inclinando las rodillas usó los ropajes "limpios" de su enemigo para limpiar la hoja y luego plegarla. Terminó hablando nuevamente consigo mismo.
«¡Este tipo está loco! ¡Verdaderamente loco!», pensó aterrado el teniente manteniendo la cabeza agachada, por fin su cuerpo había reaccionado permitiéndole moverse—. Debo… debo irme de aquí —susurró retrocediendo ocultándose tras la carpa, sin embargo, en el mismo instante en el que dijo la última letra, Oriol lanzó una mirada asesina en esa dirección. Entonces, saltó.
El corazón de Silver se detuvo. Un ojo rosa y otro azul brillante le veían fijamente desde arriba. El tiempo se ralentizó, mientras una delgada hoja metálica se deslizaba cortando su fino pelaje capuchino.
Mientras tanto en ManeTown, bajo los troncos de la casa comunal, la histeria colectiva invadía a la enferma población de ponis.
Gritos, lamentos, y maldiciones resonaban por el interior de la estructura, a la vez que Cream intentaba reanimar a una pegaso tendida en el suelo, con las alas desplegadas en todo su esplendor, presionaba una y otra vez el pecho de la misma para luego darle respiración boca a boca, sin embargo, sus esfuerzos parecían inútiles. La multitud enferma rodeaba la escena contenidos únicamente por dos guardias, y la situación comenzaba a salirse de control. Preguntas como: ¿Qué está pasando? ¿Por qué nos sucede esto? ¿Qué hace la doctora para ayudarnos? ¿Dónde está el aceite?, entre otras de la misma índole, iban directo a la cabeza de Cream carcomiéndole la mente poco a poco. Estas situaciones de extrema tensión contrastaron por completo la agradable visita de la familia NewApple, pues nada más presentarse a trabajar, habían dado la alarma de un posible ataque troll y una evacuación forzada. Para la pobre doctora Cross, las cosas no podían ir peor que tener a casi un centenar de ponis histéricos presionándola para salvar una vida.
—¡Doctora! ¡Doctora! ¡Por favor haga algo! ¡Mi hermana se muere! —gimoteaba desesperada una terrestre color naranja y melena blanca. Escuálida y débil como todo el resto de los enfermos, tenía el rostro lleno de lágrimas al tratar de llegar donde su familiar. Apenas empujaba al guardia que la contenía.
—¡Vamos, vamos! ¡Reacciona maldita sea! —exclamó Cream con fervor tras terminar los masajes, acto seguido, volvió a dar dos respiraciones boca a boca.
Esta era la cuarta vez que repetía el mismo proceso, como profesional sabía que ya era inútil seguir intentando reanimar a la paciente, sin embargo, al darle la segunda bocanada, ésta reaccionó tosiéndole directamente en la boca, provocando su abrupta retirada; la pegaso había despertado. Los minutos pasaron, ahora con la multitud en silencio y en sus lugares, Cream revisaba a su paciente en una de las muchas camillas presentes, aquellos pálidos ojos azules apenas si seguían la luz que la doctora puso frente a ellos, estaba tan débil que poco después volvió a cerrarlos; aún respiraba y eso era suficiente. El familiar de aquella pegaso sollozaba aliviada en los cascos del guardia que previamente la había contenido.
Ordenando antes a sus enfermeras que se encargaran de los demás pacientes mientras ella iba por algo de suero a la cocina. Cream caminaba en silencio por el centro del complejo, todos los pacientes le miraban, no con furia ni con rencor, si no con pena y compasión, a pesar de sus deplorables estados, pocos eran los que habían perdido la esperanza en su doctora. La terrestre pelirroja debía morderse el labio por dentro para aguantar las ganas de llorar, casi había perdido otro paciente, pero nada le aseguraba que esto no se repetiría, y eso era lo peor. Al llegar a la cocina y cerrar la gruesa puerta de madera tras de ella, estalló dejando salir toda la frustración, la enfermedad había avanzado tanto de la noche a la mañana que ya había perdido tres pacientes más; todos ancianos, pero eso no lo hacía menos grave, al menos no para la doctora.
La cocina era enorme, digna para la casa comunal de ManeTown, con grandes fogones, repisas, lavaplatos y demás, siendo un edificio de madera, nunca había ocurrido un accidente relacionado con este cuarto. Cream intentaba ser silenciosa al momento de llorar, por suerte para ella la cocina en aquel momento estaba vacía, convertida en el almacén de las pocas medicinas que quedaban, era cuestión de tiempo para que, los tres cuerpos almacenados aquí se multiplicaran por decenas, y eso le provocaba aún más pena. Se tomó su tiempo, limpió sus cascos y cara con agua del grifo de uno de los lavaplatos, para luego tomar unas servilletas secando la humedad, arregló su bata, melena y mascarilla. Lo único que le restante para salir eran las bolsas de suero en su hocico. Éstas se encontraban en los refrigeradores en lo más profundo de la cocina, alimentados con magia de unicornio para generar hielo, eran de los pocos mecanismos refrigerantes del pueblo, por no decir un lujo.
Cabizbaja, la doctora caminó hacia ellos. Oía los lamentos de quienes estaban en la sala principal, el ruido de sus cascos al tocar la madera era lo poco en lo que podía refugiarse. Una vez frente al gran contenedor metálico, lo abrió con los cascos dejando salir vapor frío mezclado con un olor salino. Con la nariz arrugada, introdujo la cabeza para sacar tres bolsas con líquido, luego cerró el recipiente. Fue entonces cuando posó su mirada en los otros contenedores: de los seis que había, éste era el único donde se guardaban medicinas. Cream sabía perfectamente para que serían usados los otros contenedores, es más, uno de ellos ya estaba en uso, al mirar dicho contenedor, un nudo se formó en la garganta de la terrestre pelirroja, pues conocía a quienes se hallaban dentro; no fue fácil oír el informe de los guardias. Dando un triste suspiro dejó el suero en el piso, acortando distancia con el recipiente de metal, puso su casco en él.
—Lo siento tanto… fueron buenos ponis, señora Dough, abuelo Hammer, señora Wake, de verdad… —sus ojos comenzaban a humedecerse—. Perdónenme.
Cream agitó la cabeza para quitar los pensamientos tristes de su mente, las despedidas no le era algo fácil. Al abrir con cuidado el contenedor, vio tres feas bolsas negras en su interior. Cuando llegó a trabajar, los guardias fueron quienes le dijeron que habían fallecido, pero ella nunca los vio. Aún era difícil creer que aquella agradable anciana, la cual todos los días le saludaba en las mañanas, estuviera en una de esas bolsas, o que el afable carpintero que casi siempre iba para vendarse la pata por golpearse con el martillo, dando su pícaro, pero divertido comentario antes de irse, también se hallaba ahí. La primera bolsa tenía etiquetado el apellido Wake, no la conoció lo suficiente para recordarla, pero si a su nieto, quien era uno de los amigos de Silver. Cream bajó la mirada pensando en su partida al bosque junto con Oriol.
—«Espero que vuelvas Silver, eres de lo poco que me queda en este pueblo» —reflexió tocando la superficie de la bolsa con cariño. Para su sorpresa, sintió algo metálico al otro lado del plástico—. ¿Huh?
Al tener más tacto, parecía ser una especie de collar, el suave tintineo de la plata fue rápidamente reconocido.
—«¿Quizá los guardias no les quitaron los objetos personales?» —pensó deteniéndose antes de abrir la bolsa, respiró el helado aire del congelador y bajó la bragueta con cuidado—. «Me aseguraré de devolverle esto a su familia».
Con la más buena de las intenciones, Cream abrió la bolsa con mucho respeto, dejando salir un bonito y reluciente collar de plata sujeto al casco de la difunta, ahora solo debía sacarlo. Al tomar la cadena con los dientes, una especie de hilo blanco parecía moverse a pocos centímetros del collar, en primera instancia la doctora creyó que era eso: un hilo blanco, pero luego de enfocarlo se dio cuenta que era un gusano parcialmente congelado.
—«El cuerpo no debería tener gusanos todavía, aún no entran en descomposición» —mencionó para sí observando curiosa como éste todavía se movía un poco.
Esto era extraño, para una profesional como ella, este tipo de gusano no se le hacía conocido, no era tan largo como para ser una solitaria, además de que éstas no podían abandonar el sistema digestivo del huésped. Ni tampoco era pequeño y grueso como para ser una larva. Poco a poco fue apartando el plástico negro para ver a la difunta señora Wake, lo que vió provocó que sus ojos se abrieran de par en par, quedó atónita: Literalmente, no pudo ver ni uno solo de los cabellos de la anciana, pues todo estaba cubierto de gusanos similares a este. Sin fijarse en más detalles pues la escena fue muy grotesca, cerró la bolsa dejando el collar dentro.
—«Esto no puede ser coincidencia» —pensó alarmada tomando la segunda bolsa, encontrando lo mismo, y así con la tercera también pasó lo mismo. —«¿Y si acaso…?» —algo en su interior le decía que esto estaba estrechamente relacionado con sus pacientes, a toda prisa su cerebro intentó hilar este rompecabezas médico.
Entre todos los papeles en la habitación de Cream, había un informe completo de todas las observaciones de la enfermedad que ella pudo recopilar. Los primeros síntomas parecían ser un resfriado común, dolores musculares y ganas de comer.
—«El paciente cero se encontraba en una escuadra de guardias que defendió el pueblo de las arañas. Siguiendo el cuadro y analizando las heridas del soldado, llegué a la conclusión de que se trataba de una bacteria. Pasaron los meses, pero todos los antibióticos y antivirales no funcionaron. Mi segundo paciente fue la novia del guardia que trabajaba en la taberna como cocinera, de ahí en adelante los casos aumentaron, más y más ponis llegaban a la puerta de mi clínica. Las arañas atacaron otra vez hiriendo a otras personas, las cuales tuvieron los mismo síntomas días después. Pero el soldado… él nunca volvió, y parece que mejoró, todos los guardias mejoraron y los civiles no… ¿qué puede ser?».
Una chispa de iluminación llegó a Cream, quien rápidamente salió de la cocina dejando las bolsas de suero tiradas. Todos los pacientes la vieron salir enardecida, viéndola pasar confundidos de esa actitud, pero significaba algo, podían sentirlo, y eso les daba algo de ilusoria esperanza. Sus enfermeras intentaron interrogarle, pero la doctora las ignoró yendo por el guardia más cercano. El cual aún estaba consolando en silencio a la delgada terrestre naranja junto a su hermana; quien todavía seguía dormida.
—¡Guardia! —le llamó Cream provocando que este saltara de inmediato muy nervioso.
—Solo estaba dándole mi apoyo, nada más, lo juro —dijo acelerado al tiempo que retrocedía culpable, mirando de reojo a quien momentos atrás tenía a su lado, la cual le veía preocupada.
—¿Qué? —contestó la doctora confundida, para luego enfocarse en lo que venía a preguntar— No, no, ¿Tú sabes quién fue el primer guardia contagiado de la enfermedad de las arañas?
—Hem… hem —el semental color café no sabía que responder, por lo que fue sincero— No señora, no lo sé.
—Maldición —masculló entre dientes, retirándose a toda prisa en busca del otro guardia, dejando a la pareja muy desconcertada. No obstante, pasó lo mismo, nadie sabía quién era.
—Al diablo, confirmaré mi hipnosis ya mismo —dijo tomando un escalpelo a una de sus enfermeras, trotando veloz hacia el paciente más enfermo y más cercano.
Quedando frente a una anciana muy delgada y moribunda, yacía en una camilla rodeada de familiares, en especial por sus hijos y sus nietos.
—¡Doctora!, ¡¿Qué hace?! —exclamó la enfermera alborotada viendo como Cream apartaba a la familia de la anciana, quienes le miraban sin saber qué hacer.
—Tranquila Bandages, soy doctora. —dijo muy segura antes de empezar a cortar.
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NA: Buenas gente, cada vez queda menos para el final de este arco. T_T
Estoy dudando su concluir este fanfic para empezar otro relatando el segundo, ahí veré que hago. uwu
Últimamente no me ha pasado nada malo, tengo miedo, aiudaaaa xD
Aunque estoy esperando ansioso la generación 5, la conclusión de la serie no afectará lo que es el fanfic, de hecho, ver los capítulos me ha dado nuevas ideas para el segundo y tercer arco :3
Muchas gracias por seguir este proyecto, ver sus visitas y sus reviews me motivan a seguir escribiendo. Prometo corregirla cuando acabe el primer arco, tengo muchos cambios que hacerle, sobre todo los anteriores al cap 5.
PD: Unsimplescritor, gracias viejo. Tu nuevo proyecto "Su ultima misión", no hace más que inspirarme con la tremenda calidad que le das, parece ser que ya tengo otra historia en favoritos. 100% recomendada a pesar de todos los posibles clichés que me imagino tendrá. xD
(Nha en serio, 100% recomendada).
PD2: He estado pensando en crear otros proyectos relacionados con MLP (en especial un relato erótico con personajes anexos a las mane6 de EG) todo con fines de explorar otros generos literarios.
PD3: Lo sé, es una excusa muy mala, comprendanme, estoy enfermo xD
