Bueno, me alegro de que te guste, Wicked. A ver qué te parecen los nuevos giros, aunque el desastre irá por otros caminos.
Emma Swan
Me preocupaba. Por muchas cosas. Una de ellas era el cómo abordaría Regina la situación con mi hijo. Era mi última oportunidad y ni siquiera estaba allí para poder intentarlo. Y luego, luego estaban aquellos papeles. Todos aquellos patrones… Diseños. Era muchísima ropa y ni tan siquiera entendía del todo lo que Regina explicaba en sus notas. Mi idea de que la vida de Regina era fácil no podía estar más equivocada. Suspiré y traté de centrarme. Pero realmente esperaba no tener que ir a aquella reunión.
A esas alturas del día, Mary Margaret debía estar a punto de llegar a mi casa… no podía evitar pensar en cómo lo haría Regina. Me vi tumbándome en aquella espaciosa cama y abrazándome las rodillas… sentí ganas de llorar, y no me contuve. Ojalá pudiera hacer algo… pero como siempre, estaba relegada a un segundo plano.
Mary Margaret Blanchard
Toqué con los nudillos sobre la puerta. Hice bastante ruido. Emma probablemente se hubiese quedado dormida y tendría que volver a despertarla. Me moría por verla derrumbarse por fin después de tantas mentiras sobre que pensaba cambiar y tenía intención de ser mejor. Ella no tenía la fuerza para eso. De eso estaba segura.
Sin embargo, la sonrisa de mi rostro se derritió cuando la puerta se abrió suavemente. ¿Qué diablos le había pasado a Emma? Parecía otra persona. Para empezar, se había arreglado el pelo, cortado a media melena, de forma muy elegante y se lo había teñido de un tono pelirrojo que le sentaba bien.
Su sudadera manchada y su rostro lleno de panchitos parecían haberse ido también de paseo. Muy distintos eran el elegante vestido rojo que llevaba… y maquillaje bien elegante. Lo bastante para ensalzar los rasgos, pero no tanto como para parecer una cualquiera. ¿Desde cuando Emma tenía tanto gusto?
_ Buenas tardes. Pasen, pasen._ ¿Qué le había pasado a su voz? Estaba hablando con un tono relajado y tranquilo. Con una seguridad impropia de alguien que se enfrentaba a la pérdida de su hijo._ ¿Puedo ofreceros un café? No tengo nada más, la visita ha sido un poco repentina y mi nevera no está en su mejor momento.
_ Sí, me apetece café._ Terció la asistente.
Por un momento pensé que aquello era una broma. ¡El piso estaba limpio! Pero no simplemente limpio… estaba como una patena. Instintivamente pasé la mano por la encimera… y comprobé que no tenía ni una mínima capa de polvo.
Emma se acercó a la cafetera y empezó a preparar el café. Yo me senté en la silla sin saber dónde meterme. Aquella era mi trampa y sentía que se había cerrado a mi alrededor y que era yo la que no tenía escapatoria.
Emma se sentó y sirvió los tres cafés. La mujer que me acompañaba sonreía. Aquello tenía que ser una pesadilla.
_ Veo que tiene usted un hogar muy agradable y acogedor, señorita Swan._ La mujer dio un sorbo a su café._ ¿Puede decirme dónde dormiría Henry?
_ Justo tras esa puerta._ Comentó, señalando una de las habitaciones del fondo._ Es algo pequeña, pero es cuanto puedo permitirme.
_ Entiendo.
En el lugar que normalmente servía como trastero a Emma, si es que había un lugar que podía considerarse como tal más allá de los montones de basura que solía tener tirados por el suelo. La cama que yo sabía que había allí, pero nunca había visto, estaba hecha y con una manta simple, de color marrón. Bastante fea.
_ Sí, sí que parece un buen lugar._ Comentó la mujer._ ¿Trabaja usted?
_ No, lo cierto es que no. Pero estoy muy emocionada. Me han llamado para una entrevista en empresas Mills y quiero creer que tengo posibilidades.
¿Empresas Mills? ¿La empresa de Regina Mills? ¿La misma Regina con la que llevaba tanto tiempo intentando firmar un acuerdo? Aquello parecía una broma de mal gusto.
_ Bien… Creo que el juez encontrará todo esto muy interesante, señorita Swan. Por lo pronto, señorita Blancard, Emma reúne las condiciones impuestas por la sentencia del juez sobradamente. Así que la exhorto a que traiga aquí a Henry esta tarde para que pase la el fin de semana que le corresponde con su madre.
_ Así lo haré._ Dije, de mala gana, mientras terminaba el café.
_ Espero que no le importe que me marche ya. Tiene usted un café muy bueno._ Terció la mujer._ Pero tengo trabajo que hacer.
_ No se preocupe._ Emma se mantuvo tranquila mientras nos despedimos de la mujer.
Se mantuvo asquerosamente tranquila y respetuosa como nunca lo había sido. Sólo me quedaba una carta por jugar. Emma tenía un temperamento muy endeble, no tenía más que provocarla un poco y montaría un espectáculo para la asistenta que me devolvería mis derechos. Lo que mejor se le daba era estropear todo lo bonito que tenía a su alrededor. Sólo tuve que acercarme y hablar con voz muy baja.
_ ¿Qué se supone que haces? ¿Acaso crees que vas a poder mantener esta patraña?
Emma no perdió los nervios. Maldita sea, me lanzó una sonrisa irónica.
_ Estoy intentando ser una buena madre, Mary Margaret. Aunque supongo que para ti es algo difícil de entender.
¿Acaso habían sacado una droga de diseño nueva que te volvía inteligente, sofisticada y mordaz? Me sentí impotente.
_ Esto no va a quedar así. Susurré antes de marcharme.
Regina Mills
Había hablado con Mary Margaret un par de veces, pero estaba claro que nunca había mostrado esa hostilidad. A mí me respetaba… a Emma… la consideraba basura, y eso siendo generosos. Cuando me quedé sola, me tomé por fin el tiempo para relajar la postura. La casa pareció sentir lo mismo, porque el armario emitió un crujido y las puertas se abrieron de par en par, mostrando las bolsas de basura que había ocultado allí. No había dado tiempo a sacarla.
No entendía cómo Emma se las apañaba para vivir en toda aquella inmundicia. Yo habría perdido la cabeza. Me llevé los dedos al puente de aquella nariz que no era mía. Miré por la ventana y me aseguré de que la asistente social ya se había marchado. Cogí las bolsas y salí a tirarlas al contenedor de la esquina. La titánica tarea que Emma no era capaz de realizar.
Y entonces, me di cuenta de una verdad extraña… una verdad que hacía tiempo que no podía llegar a considerar siquiera como una posibilidad, mientras andaba de vuelta.
_ No tengo nada que hacer._ Lo dije en voz alta, mientras me miraba en el escaparate de una tienda.
Desde que era una niña, cada instante de mi vida había estado planeado. Primero por mi madre, luego por mí misma, pues me había enseñado a ser eficiente en cada aspecto de mi existencia. Pero yo no era… Regina Mills en aquel momento. La que me devolvía la mirada en aquel momento era Emma Swan.
Y debía confesar que después de los arreglos que había hecho… La ex-rubia no tenía tan mala planta. Era una lástima lo de la melena… pero tenía el pelo tan dañado que mi peluquero se había negado a dejárselo. Ya volvería a crecer. Lo había hecho por su hijo, tampoco es que pudiese quejarse.
Libertad… En realidad podía hacer lo que quisiera. Después de todo, en aquel momento mi visa me quemaba en el bolsillo. Solía ser ahorradora, pero parecía que Emma me estaba transmitiendo su vena irresponsable.
O era por la irrealidad que tenía no ser yo misma. Después de todo, cualquier cosa que pudiera pasarme no tendría repercusiones sobre mí misma. Y había una cosa de la que me llevaba privando mucho tiempo. Así que no me lo pensé dos veces y me dirigí al primer bareto que encontré en la esquina. Sería por restaurantes de comida rápida en aquella calle.
_ Quiero una hamburguesa._ Le pedí._ Las más grande. Sí, con todo.
Hacía años que no me comía una hamburguesa. Bueno sí… sólo la carne… pero nada que llevase salsa, o el pan… Esas cosas estaban intrínsecamente prohibidas en mi saludable dieta.
Los olores de aquella cocina me estaban haciendo perder la cabeza. Algo en mi cuerpo reaccionaba instintivamente a la comida basura. Cuando me pusieron aquella hamburguesa delante, la cogí con ambas manos y la engullí. La mordí con furia. Era como si el ketchup produjese una hecatombe directamente en mis papilas gustativas.
Aquello era el maldito paraíso, salido del maldito infierno… bueno, aquella cocina sucia y maloliente era lo que parecía, un infierno. Cuando me quise dar cuenta estaba tirada en el asiento, amodorrada, mirando la hora perezosamente. Emma tendría que ir a la entrevista con su madre… me preocupaba. Pero no podía hacer más. O tal vez sí...
Emma Swan
Estaba mirando fijamente el fondo de la taza del váter. Había tenido varias arcadas, y al final había vomitado. Tiré de la cadena, y ahora miraba el agua con cierto nerviosismo. Esperaba otra… pero no, no había vuelto a vomitar.
Volví a la cocina. La pizza seguía donde la había dejado. Justo sobre la encimera. Apenas me había comido un trozo y mi estómago se había puesto en pie de guerra, como si un dos batallones de combate hubieran iniciado una contienda en mis tripas. Y ahora el olor… ese olor a anchoas y queso que siempre me había encantado, estaba provocando otra arcada.
Instintivamente cerré la caja y la guardé en la nevera. Apoyé la espalda contra la puerta. La pizza, mi comida predilecta, convertida en algo que mi cuerpo no podía soportar. Aquello debía ser una horrible pesadilla. Era la única explicación razonable. ¿De verdad Regina tenía el estómago tan delicado?
Abrí de nuevo la nevera, evitando mirar la pizza del infierno. Había varios tuppers que había decidido evitar por el color verde que auguraban. Pero ya no había tiempo para hacer otro pedido. Además, era posible que lo que pidiese tampoco gustase a la señorita Mills. Menudo desperdicio de estómago.
Así que cogí un tupper al azar, vertí el contenido en un plato y lo calenté en el microondas. Verde que te quiero verde. Tenía que admitir que el olor no era tan desagradable. Así que me senté delante del gran televisor que tenía Regina en casa y me coloqué aquel plato de espinacas ante mí. No sin cierto miedo, me llevé un trozo a los labios. La sorpresa fue mayúscula cuando me percaté de que estaba bueno.
Me apoltroné en el sofá y seguí comiendo, despreocupada. Pues no estaba tan mal. Quizá las papilas gustativas de Regina eran más selectas, pero mientras disfrutase la comida, poco me importaba. La alarma sonó. Así que me vestí, no sin cierto resquemor, y me dirigí al garaje.
Me daba miedo mirar aquel Mercedes. Si le hacía un sólo roce probablemente Regina me asesinaría y enterraría mi cadáver en un cementerio sin lápida. Así que me subí y arranqué con mucho cuidado. Había salido con tiempo y conducía como una abuelita. Llegué al parking de la empresa y dejé el coche en la plaza presidencial. La reunión era en una de las terrazas.
No quería ver a Mary Margaret. La perspectiva de cruzar la mirada con ella me daba más arcadas que las que me había dado mi Pizza favorita. Salí del ascensor y una chica joven vestida de traje se me acercó.
_ Señorita Mills, por fin llega, ¿Se encuentra mejor? Se la ve Alicaída._ Miré a la placa con su nombre.
_ Sí, Ivy… estoy, un poco mejor. No como unas castañuelas pero..._ Me llevé la mano a la nuca.
_ Bueno, las dos sabemos que no pospondrías una reunión como esta._ Sonrió._ ¿Tu retraso tiene algo que ver con esa chica, Emma Swan?
_ ¿Qué pasa con ella?_ Me tensé.
_ Bueno, dejó esto para ti._ Me pasó una casa, pequeña._ Mary Margaret te espera, no tardes.
Regina me había dejado algo. No me lo pensé dos veces y me dirigí hacia el lavabo más cercano, para tener un poco de intimidad al abrir la caja. Se trataba de un auricular. ¡Un auricular bluetooth! Suspiré, casi con alivio, y me lo coloqué en la oreja. Usé la huella digital para desbloquear el teléfono de Regina y llamé a mi propio número.
_ Buenas tardes, señorita Swan._ La voz de Regina sonaba clara y cristalina desde el auricular._ He pensado que le vendría bien que le brindara un poco de ayuda.
Sentí un tremendo alivio. Sentía que ya estaba, que podría seguir hacia adelante de la mano de Regina. Después de todo, yo poco o nada sabía de lo que iba a hablarse. Un acuerdo entre compañías era algo sobre lo que yo no podría tener el más mínimo control.
_ Bien, vamos allá._ Suspiré, me coloqué el auricular en la oreja… y marché en dirección a la reunión.
