2. La mujer tras el vestido

Ella lo observa dormir largo rato antes de levantarse. La verdad es que se ha encontrado cómoda entre sus brazos, casi ha estado a punto de quedarse dormida junto a él.
Casi...

La ha contratado para toda una noche cuando podría haberlo hecho por un par de horas. No entiende el motivo, pero le da igual, mientras le pague...

Tampoco entiende la necesidad que ha tenido de contratarla. Es atractivo y agradable, está segura de que cualquier chica de a pie habría estado encantada de pasar una noche de diversión con él.
Pero le da igual, mejor para ella.

Se levanta lentamente, deslizando su cuerpo por las sábanas, desenrrollando sus fuertes brazos de su alrededor hasta que sus tacones se posan en el suelo.
Camina despacio por la habitación procurando no despertarle, y dejando que sus ojos se adapten a la oscuridad.
Sonríe al recordar cómo le preguntó si sus ojos eran suyos. Sí, lo eran, o quizás no, supone que también pertenecen a quién decida alquilar su cuerpo.

Recoge su vestido del suelo y vuelve a colocarlo sobre su magullada figura. No puede verse, pero siente todas y cada una de las contusiones que ha infligido en su cuerpo.
El pobre se disculpó tras el polvo.
Si él supiera las barbaridades que le han llegado a hacer... Lo que él le ha hecho no son más que caricias en comparación.
Los ricos siempre fueron los peores, porque el ciudadano medio sólo buscaba un polvo rápido o una mamada tras unos coches, ganaba poco, y a veces era una experiencia desagradable, pero duraba quince minutos como mucho, pagaban y se iban.
En cambio los niños ricos se la llevaban durante horas, a veces sólo era sexo, la paseaban por la casa para alardear de vida y poco más, pero la mayoría de las veces era una humillación tras otra, a cual más original. A veces llegó a pensar "Este me mata".
Tuvo alguna que otra compañera que no volvió tras pasar una noche con alguno de ellos.
Nadie denunció su desaparición, ningún policía preguntó por ella, a nadie le importó su muerte, porque ella no era más que una de tantas mujeres invisibles de esa sociedad.

Temía y a la vez buscaba a ese tipo de clientes. Aguantaba las vejaciones por muy duras que fuesen, porque de ganar 10$ a ganar 100$ había un trecho tan grande que marcaba la diferencia entre comer ese mes o no.

Y hablando de comer... mira a su alrededor, descubriendo un pequeño congelador tras la barra.
Lo abre, está lleno de hielo y algún que otro helado. Dios, ¿Cuánto tiempo hace que no se come un helado? Se muerde el labio pensativa, y mira hacia él. ¿Le molestaría que se llevase uno? O podría cogerlo sin decirle nada. No, ella no es de esas.

Mira su cartera sobre la mesa con todas esas tentadoras tarjetas de crédito. Sonríe ¿Cómo puede ser tan confiado? Está claro que su origen es tan humilde como el suyo, lo supo en cuanto la dejó posar sus pies sobre la alfombrilla del coche.

Localiza el escritorio con un bloc de notas sobre él. Perfecto.
Escribe una nota mientras bebe un trago de tequila. Tiene buen aguante para la bebida, para desgracia de algunos clientes que esperan emborracharla para hacerle vete a saber qué, pero son ellos los que acaban como cubas y ella tan fresca.

Recoge su bolso, asegurándose de llevar todo su dinero, coge la chaqueta de él que está sobre el perchero y echa un rápido vistazo al interior de la habitación antes de irse.
Sonríe. Si ha hecho bien su trabajo volverá a buscarla.

Camina por la mansión haciendo sonar sus pasos, le encanta el sonido que hacen sus tacones.
Es increíble que tenga esa casa para él solo. Que mal repartido está el mundo.
-Hasta pronto -se despide con tono pícaro, lanzando un guiño al caballero que le abre la puerta.
Él la mira con asco cuando pasa por su lado.
Le da igual, está acostumbrada.

Espera en la parada de autobús, podría pedir un taxi, ofrecer sexo a cambio de transporte, pero no se quiere a arriesgar a que la dejen otra vez tirada tras prestar ese servicio...

1000$ aún no se lo cree. Intenta hacer cuentas de cuanto se llevará de ese dinero, pero eso no depende de ella, no tiene ningún contrato que obligue a Negan a darle X% del dinero. No... es él quien decide. A veces de 100$ le daba el 50% y otras el 5%. Según el humor con el que lo pillase.

Un niño pequeño de grandes ojos color chocolate la saluda con la mano, a lo que ella sonríe e imita el gesto.
Son tan puros e inocentes que ven más allá de un vestido provocativo, pero su madre no, y lo retira de su lado, susurrándole "No te acerques a esa señora" No vaya a ser que le contagie algo. Lógico...

Se abrocha la chaqueta de Daryl hasta arriba, tapando las marcas de su cuello. Huele a él, huele bien. Sabe que volverá a buscarla, todos vuelven si ella desea que lo hagan, y por desgracia, también vuelven a buscarla aunque no lo desee.

Puede oír cómo hombres y mujeres la critican, la miran con asco y comentan la poca vergüenza que tiene de estar ahí compartiendo el mismo oxígeno que ellos, como si fuese ilegal que ella utilice el transporte público.

Odia eso, quizás su marido sea uno de sus muchos clientes, pero él puede pasear con la cabeza bien alta por la calle sin que nadie lo señale llamándole putero, aunque lo sepan, en cambio ella es la zorra, la puta sucia que gana la vida follándose a los hombres y destrozando familias.

No comenta nada, prefiere hacerse la sorda aunque saben de sobra que ella está escuchando.

El autobús llega, se espera a que todos hayan subido, no quiere volver a arriesgarse a que la escupan, insulten por ser lo que es o manoseen como si su profesión les diese permiso a ello.

El conductor toma su dinero con asco, como si se lo hubiese sacado de sus bragas, pero al menos lo ha cogido, hay veces que no la dejan entrar, la gente aplaude por la decisión de ese "héroe" y ella regresa a la parada humillada, a esperar otro bus, que la admitan, aunque sea a regañadientes.

Camina por el pasillo procurando no mirar a nadie y se sienta en el última asiento intentando hacerse lo más pequeña posible.
Aún siente las miradas, los cuchicheos y las frases de algunos chavales de hormonas revueltas hablando de todo lo que le harían.

A veces le duele que sólo miren su apariencia y no la mujer que hay tras el vestido. Si tan solo una de esas personas se sentase a su lado y hablase con ella verían la clase de mujer que en realidad es. Pero no, prefieren juzgar, sin pararse a preguntar qué le llevo a practicar la profesión más antigua del mundo y cómo es su día a día.

Llega a su parada, el autobús se detiene con un brusco frenazo y ella baja rápido sin mirar atrás.
Camina por las calles mirándose a los pies hasta llegar al Gran hotel-casino llamado El Santuario. Un lugar, aparentemente inocente, donde los visitantes juegan, pierden, ganan dinero y beben, pero que esconde un secreto, que sólo unos cuantos conocen.
Ese lugar no es más que una tapadera, el verdadero negocio es la trata de blancas. Mujeres sin familia, extranjeras, sin un duro, son coaccionadas para ejercer la prostitución en las habitaciones de ese hotel, que misteriosamente, siempre está lleno cuando un cliente del casino pide habitación.
Las mujeres salen a la calle, siempre vigiladas por alguno de los esbirros de Negan, captan un cliente, y lo llevan hasta el casino, donde entran por la puerta trasera y suben a las habitaciones.
Ahí el cliente manda, lo que pasa tras esa puerta no sale de ahí. El hombre paga y Negan, Simon o alguno de ellos recogen el dinero, entregándole una pequeña proporción a la chica.

Ella es distinta, es de las pocas "afortunadas" que hay ahí. Las chicas la miran con odio, porque ella tiene libertad de recorrer las calles, ir a dónde quiera, conseguir a los más ricos clientes, y pasar la noche en una de esas mansiones. Lo que ellas no saben, es que toda esa libertad se debe a que Negan la tiene bien atada. Sabe que no intentará escapar, porque si lo hace le hará daño donde más le duele.

Se dirige hacia la entrada trasera, donde el gordo Joey espera. Finge ser un transeúnte que juega al Candy Crush en su móvil mientras como algunas chucherías, pero en realidad se está asegurando de que no se cuele nadie.
Ella pasa por su lado, él no levanta la vista, pero puede ver sus tacones y corto vestido, sabe que es una de las chicas de Negan

Entra.

-¡¿PERO QUÉ COJONES?! -grita Negan, abofeteando su mejilla cuando ve las marcas de su cuello. -¿CUÁNTAS VECES...

-¡Me pagó 1000$! -se precipita en aclarar antes de que la segunda bofetada caiga sobre su otra mejilla.

-¿Qué? -se relaja, arrebatándole el bolso para ver su contenido.
Su cartera, preservativos, tabaco, llaves, el helado, y otras pertenencias caen sobre la mesa.
-1000$ vaya... Esa es mi chica ¿Qué le hiciste? ¿Te pidió que te comieras su mierda? -pregunta barajando el dinero.

-Es el sobrino de Alexander Dixon, un niño grande que no sabe cómo administrar su dinero -explica distraída encendiéndose un cigarrillo.

-Vaya, así que tenemos un nuevo rico en la ciudad, qué interesante... -Negan sonríe mostrando todos los dientes -¿Volverá a buscarte?

-Lo hará -asegura ella distendida, dejando escapar el humo.

-Más te vale -dice él lanzándole una mirada dura para que vea la amenaza en sus ojos.

-¿Acaso te he fallado alguna vez? -pregunta con una media sonrisa orgullosa y la cartera en la mano esperando su parte del dinero.

Negan le entrega un simple billete de 100$

-Gracias -agradece ella satisfecha. Para una persona de a pie parecería un abuso que de 1000€ ella sólo se quedase con el 10% pero para ella ese dinero es oro.

-La próxima vez pídele el doble -ordena Negan sonriente con su fajo de billetes.

Ella le mira por encima del hombro y sonríe como respuesta.

Se encamina hacia su habitación, ya no duerme, ni ejerce su oficio ahí, pero sigue utilizándola para asearse.
El colchón está lleno de las huellas de los cientos de hombres que han pasado por esa cama, y la almohada de las lágrimas que ha vertido después.
Eran otros tiempos... ya le da igual. Un cliente, dos, tres; por detrás, por delante; Uno sólo, un trío, en grupo; no le importa, ya nada le sorprende, lleva tantos años en ese negocio que todo eso ya no es más que una aburrida rutina.

Eugene la sigue hasta el baño. No es un mirón, bueno, un poco sí, pero su tarea, es la de asegurarse de que las chicas no hayan sufrido daños que deban ser tratados y que no oculten nada. Aún recuerda el día que una joven había ocultado 200$ en un preservativo y lo guardaba entre sus piernas
Eugene se lo contó a Negan y no volvieron a saber de esa chica.
Las demás no hicieron preguntas, nadie quería conocer la respuesta.

Se quita el vestido y lo coloca en el cesto para lavarlo con la ropa de las otras chicas.

Él la observa, no le importa, no hay nada que ocultar. Al principio le daba timidez desnudarse delante de él, pero ya le da igual, a veces ni se da cuenta de que está ahí.

Abre el grifo de la ducha, y deja que el agua caiga por su cuerpo mientras ella se entrega a la tarea de frotar con jabón su piel, retirando cualquier rastro que quede de esa noche, excepto los moretones que estarán ahí durante varios días.
Sonríe recordando la noche, fue un poco salvaje, pero el sexo fue dolorosamente delicioso. El muy cabrón la tuvo al límite del orgasmo varias veces. Pero fue curioso, no fue como los típicos clientes, no buscó sólo su propio placer, no buscó humillarla, era como... si quisiera que ella también disfrutase de aquello... y joder si lo consiguió. Ya no recuerda la última vez que un cliente le hizo sentir algo más que ser un recipiente que llenar.

-¿Necesitas ayuda con alguna de esas contusiones? ¿Te ha pegado? Puedes estar lastimada o tener algo roto -pregunta él con tono monótono, agachando la cabeza sintiéndose intimidado cuando ella hace contacto visual con él.

-No te preocupes, no es nada grave -resta importancia ella, aunque es cierto, lejos del ligero malestar que puede sentir si presiona sobre el moretón, por lo demás puede hacer vida normal perfectamente. Peor fue el día que llegó con una costilla rota por una sesión de BDSM que se fue de las manos, o la rotura de muñeca, porque el cliente olvidó que tenía las manos atadas, y la giró con violencia para cambiar de postura.
No, eso no es nada.

Cierra el grifo, se envuelve en una toalla y se cepilla los dientes, eliminando el olor a tabaco y alcohol de su aliento. Dos vicios prohibidos hasta la noche.

Abre su taquilla para coger su ropa.
Pantalones vaqueros, blusa de manga larga color azul cielo, botas y por supuesto ropa interior.

Se mira en el espejo, tendrá que usar mucho maquillaje para tapar el collar de chupetones del cuello, no quiere tener que dar explicaciones a nadie.
Bendito sea el maquillaje.
Atusa su cabello y lista.
Ha dejado de ser Nancy para ser Carol.

Se despide de Eugene con un saludo rápido y sale de allí por la puerta principal, haciendo creer a todo el mundo que no es más que una empleada que regresa a casa tras una larga noche de trabajo.

Vuelve a otra parada de autobús para tomar el que la llevará a casa.
-Buenos días -saluda a la señora que está esperando el bus. La anciana le devuelve el saludo y comienza a hablar con ella sobre lo que se retrasa el transporte.

Carol sonríe, lo que hace un traje... Si saliese a la calle vestida así para buscar clientes no ganaría un mísero dólar, y en cambio, vestida así durante el día, hace que la gente la mira como a una ciudadana más, sin tener ni idea de las barbaridades que ha hecho horas antes.

El autobús llega, espera en la fila entre un anciano y una madre con su bebé que le sonríe esperando a que ella le haga algún gesto.

Una vez que sube entrega el dinero al conductor que la saluda con amabilidad regalándole una cálida sonrisa.
Se sienta cerca de la puerta de salida y mira por la ventana con la mirada perdida.
La gente habla de sus problemas, cuentan anécdotas, miran el móvil distraídos... nadie repara en ella, y quien lo hace suele ser para coquetear con ella.
Sabe que es atractiva, y que los hombre se sienten atraídos por ella, ahí está el secreto de su éxito, además de su don de gentes y su descaro adquirido a raíz de sus años de experiencia.
Los hombres se sienta a su lado, le dan conversación e intenta pedirle el número de teléfono, pero ella se niega con toda la educación que puede; No quiere/puede tener una relación, ¿Quién querría salir con una prostituta?

Llega a su barrio, lo ve tan cutre y pobre comparado con la gran ciudad, pero le gusta vivir lejos del bullicio, así tiene menos posibilidades de ser reconocida por algún vecino como la prostituta llamada Nancy.
Entra en el supermercado, compra algunas cosas de primera necesidad: un cartón de Leche, 2L de agua, un paquete de pan de molde, algo de embutido y una bolsa de manzanas. No puede permitirse mucho más.

Se dirige a su hogar. Si a eso se le podía llamar hogar.
No era más que una cutre habitación de hostal. Tenía dos camas individuales separadas, una pequeña mesa con una silla para comer, un hornillo que ella compró, una nevera/congelador, una televisión minúscula y un baño compartido con quien viviese al lado; si ella lo estaba usando debía echar el pestillo de la puerta que daba a la habitación del vecino para que no entrase.
Lo más grande que había ahí era el armario empotrado de puerta corredera que utilizaba tanto como para guardar su ropa que como despensa.
La mayoría de la gente que vivía ahí eran jóvenes estudiantes, que acaban de obtener su primer empleo, o lo usaban de picadero.

-¡Señorita Peletier! -escucha a la casera gritar tras ella.
"Peletier" ni siquiera era su verdadero apellido.

Carol se para en seco y resopla "Me debe el alquiler del mes" murmura ella a la vez que la casera dice esa misma frase.

-Lo sé, señora Crosby, esta misma tarde se lo doy -le asegura sacando su mejor sonrisa.

-Más le vale, ya estamos a día 20, estoy cansada de sus retrasos -gruñe malhumorada alejándose de ella.

Carol pone los ojos en blanco y sube las escaleras hasta la segunda planta. Sabe que tiene razón, pero hay meses que le cuesta ahorrar esos 150$ que cuesta la habitación al mes. Es lo más barato que encontró, no tiene aire acondicionado, calefacción, servicio de limpieza, cafetería, y ni agua caliente.
La habitación del santuario está mucho mejor y le sale gratis, pero tiene razones para no vivir ahí.

Abre la puerta despacio, ya son más de las diez de una mañana de un domingo, deberían estar despiertos, pero por si acaso...
Sonríe al sentir que ha hecho bien.
-Buenos días, Tara -susurra a su vecina que desayuna en silencio.

-Buenos días, ¿Qué tal el trabajo? -pregunta Tara ofreciéndole una galleta que ella rechaza.

-Bien, lo de siempre, sirviendo copas, escuchando tragaperras y demás -miente.
Para Tara ella es una humilde camarera que se gana la vida en el casino, con su sueldo estable y que, aunque no pudiese pagarse un alquiler mejor, no pasaba apuros económicos. Mentiras y más mentiras.

Guarda la compra en su armario/despensa, y el helado en el congelador.

-Muchas gracias, Tara -agradece, cogiendo el bote con sus ahorros y dándole el dinero que le corresponde. A veces sólo ganaba dinero para pagarle a ella, pero no puede prescindir de su servicio.
Cobra 15$ la noche, bastante barato, eso es lo que gana ella con una simple felación, pero si Negan de esos 15 sólo le daba 5...

Tara sonríe cogiendo el dinero.
-¿Quieres que la despierte y me la lleve conmigo? Así dormirás tranquila, debe de estar a punto de despertarse -se ofrece con gusto ella.

Carol niega.
-Gracias, pero quiero disfrutar un poco de ella -agradece, quitándose las botas y arrastrándose hasta la cama, acurrucándose junto a su niña de seis años, relajándose con el sonido de su respiración profunda.
Sophia es preciosa, con su piel pálida adornada por pecas, sus grandes ojos azules y su cabello pajizo.
Es inteligente, risueña, cariñosa y extremadamente independiente para su edad.

Llora en silencio por no poder darle la vida que se merece. Iba a darla en adopción, era lo mejor para ella, lo tenía todo preparado para ello pero, tras un parto complicado que acabó en cesárea, le vio la carita, la sostuvo en sus brazos y supo que no podía separarse de su bebé...
A veces se pregunta si fue una egoísta.
Negan quería que abortase, pero ella se negó. Estaba tan enamorada del padre de su niña, confiaba tanto en él, hasta que cuando estaba embarazada de 7 meses se fue para no volver.
Si la hubiese entregado en adopción quizás estaría viviendo en una casa en condiciones, con su cuarto propio, comiendo lo que quisiera, recibiendo todo lo que pedía por navidad, celebrando su cumpleaños, sin pasar penurias y siendo feliz...

Ella intenta hacerlo lo mejor que puede, la viste, alimenta, compra material para el colegio, juega con ella, la ayuda con los deberes, la abraza, la baña, le dice todos los días cuanto la quiere, pero cuando pasan meses difíciles, y ella está dormida a su lado y escucha su pequeño estómago gruñir de hambre, se le parte el alma.

La mayoría de los días evita comer para darle su parte a su niña, y a la noche, marchaba esperanzada al trabajo. Quizás su encanto haría su magia y su cliente la invitara a algo, aunque fuese un mísero yogur.

Vendería su alma para que a su hija no le faltase de nada, porque aparte de su nombre (Carol) no hay nada de verdad en ella, excepto su hija.


Sophia despierta, se despereza emitiendo un sonido agudo y abre los ojos para encontrarse cara a cara con su madre.
Sonríe con dulzura, tiene a la madre más guapa del mundo.
Hace tiempo que no se despierta junto a ella, la mayoría de las veces, cuando mamá llega de trabajar ella ya está desayunando y apunto de acompañar a Tara a su trabajo como paseadora de perros. Le gustan los perros, le gustaría tener uno, pero la señora Crosby no se lo permitiría.
Suele caminar con Tara por el parque, monta en el columpio, juega a veo veo, al pilla pilla... hacen tiempo hasta la hora de la comida, y cuando llega a casa despierta a mamá, almuerza con ella, hace los deberes a su lado, baja de nuevo al parque con ella, tras la merienda mamá hace ejercicios para mantenerse en forma, luego duerme un poco más y le lee un cuento antes de marcharse a trabajar.

Se levanta despacio, no quiere despertar a mamá, sabe que ha estado toda la noche trabajando y está muy cansada.

Corre hacia el baño, se sienta en el retrete balanceando las piernas, algún día llegará al suelo, porque tendrá unas piernas laaaaaaaargas y bonitas como las de mamá.
Se lava la cara, le gustaría darse un baño, pero para eso necesita a mamá que hace su magia: Llena la bañera de agua fría, luego echa un cubo de agua hirviendo y el agua se vuelve calentita.
Tiene ganas de lavarse el pelo, le gusta cuando mamá le lava el pelo, le relaja mucho, y juega a hacerle peinados raros. Le gustaría tener el pelo de mamá, así de color fuego y rizado, pero más largo, como lo tenía antes de rapárselo, no sabe porqué se lo rapó, pero ya le está creciendo de nuevo.

Se pone su ropa de diario, todo el mundo compra ropa en las tiendas, pero mamá va a la iglesia. No entiende porqué el cura tiene una tienda de ropa ahí dentro ¿Utilizará los cristos y vírgenes como maniquíes? suelta una risita divertida, que ahoga con su mano. Mamá está dormida.
Cuelga su pijama para volver a ponérselo a la noche. Aunque no es un pijama, es una camisa de mamá, pero a ella le gusta ponérsela. Así ve cuanto va creciendo, al menos ya no le arrastra.
Sale del baño, mira hacia la cama. Mamá sigue dormida. Es tan guapa... es como una princesa de cuento.
Abre el armario/despensa y saca sus cereales favoritos para verterlos en un cuenco. Sólo un puñado, tienen que durar, no sabe cuando mamá podrá volver a comprarlos.
Saca la leche de la nevera y vierte la justa y necesaria. En cuanto ve que los cereales comienzan a flotar para.
Se sienta de rodillas sobre la silla y mira el libro de pasatiempos que le regaló Tara, está aprendiendo a leer y le gusta practicar y hacer las sopas de letras que trae.
- Sa-po, sapo, sapo...-susurra buscando esa palabra entre aquel lío de letras.
Sonríe triunfal cuando la encuentra en diagonal y la rodea con un círculo. Un par de meses más y ya ganará a Tara. Ella era la mejor con las letras, y mamá con los números, podía hacer los sudokus en un momento.

Se termina sus cereales, aún tiene hambre, pero no quiere comer más, si come mucho luego mamá verá que hay poco comida y no comerá nada para dejarle a ella más. Y no le gusta eso; quiere que mamá coma también. Se le notan los huesos, y no quiere que su madre sea sólo huesos.

Coge el taburete que está bajo el lavabo y se sube en él para poder lavarse los dientes. El cepillo de mamá el verde y el suyo es el rojo, cuyo mango forma la silueta de una foca con una pelota en la nariz. Le gustan las focas.

Recoge la mesa, friega el cuenco en el lavabo, lo seca, vuelve a guardarlo y limpia la mesa con un trapo húmedo.
Mira a su alrededor a ver si ha olvidado algo más. No, parece que está todo listo.

Coge su mochila de Dora la Exploradora que mamá compró en la tienda del Padre Gabriel. Le gusta ese cura, siempre le regala cosas cuando va. A veces eran chuches, otras lápices y su primer libro se lo regaló él. Un papel cae de su interior, ya no se acordaba, es una autorización del colegio esperando ser firmada para que el lunes pueda ir a una excursión a un centro de recuperación de fauna silvestre, pero hay que pagar la entrada, así que no va a ir, se quedará al cuidado de la otra profesora, dibujando y haciendo actividades divertidas mientras sus compañeros están viendo animales.
Si se lo dice a mamá sabe que se gastará dinero en eso para que ella pueda ir y hacerla feliz, pero gastar dinero pone triste a mamá y ella sólo es feliz si mamá es feliz.

Guarda el papel, y saca sus deberes para llevárselos a la cama y volver a sentarse junto a su madre. Si los hace ahora luego mamá no tendrá que ayudarla a hacerlos y podrán estar todo el tiempo jugando.

Su madre pasa el brazo por su regazo cuando la siente sentada a su lado.
-Sigue durmiendo, mamá, yo cuido de ti -susurra dándole un beso en la sien.
Sonríe, tiene a la mejor madre del mundo.


Carol despierta por inercia alrededor de las 13:15. Sophia sale del colegio a las 14:00 y suele ir a recogerla, sólo que hoy es domingo.

Mira a su lado, Sophia está concentrada, con el televisor en mute e intentando leer los subtítulos de Hora de Aventuras. Sabe que no puede, aún lee lento y confunde las letras.

-Hey, cariño ¿Por qué no le das voz? -murmura Carol. Su niña se gira, y se le ilumina la cara al verla despierta. Sonríe y se abraza a ella como si llevase días sin verla.

-No quería despertarte -susurra apartando un mechón de cabello del rostro de mamá -He hecho los deberes, desayunado y recogido la mesa -dice orgullosa.

Carol besa la punta de su nariz, tan pequeñita y tan responsable.
-¿Qué te parece si salimos a comer fuera? Tú y yo -propone sin dejar de abrazar a su pequeño tesoro.

-¿A nuestro restaurante favorito? -pregunta emocionada.

-Sí, a nuestro restaurante favorito. -sonríe Carol, si ella supiera lo que es realmente ese lugar...

Sophia abre mucho los ojos y asiente efusivamente.

-¡Pues vámonos! -exclama Carol emocionada por su reacción.

Coge su bolso, las llaves de casa y sale por la puerta con su niña de la mano, no sin antes pagar el alquiler del mes a la señora Crosby, que coge el dinero refunfuñando.

-¿Sabes que Tara tiene novia? -comenta Sophia mientras caminan por la calle.

-¿Ah, sí? ¿Y es guapa? -pregunta Carol fingiendo no saber nada. Le encanta la inocencia de los niños, sin odio, sin prejuicios, ojalá todas las personas fueran así.

-Sí, pero tú lo eres más -la piropea su niña, que es la autora de los halagos más hermosos y desinteresados que recibe.

Niega con la cabeza sin ocultar su sonrisa.
Recuerda cuando volvió del hospital con ella. Sin cuna, sin ropa, sin pañales, sin seres queridos que le echasen una mano...
Fue la primera vez que entró en la iglesia en busca de ayuda. Avergonzada, temiendo la visita de asuntos sociales y que le quitasen a su niña.
Pero, para su suerte, el padre Gabriel la ayudó desde el primer momento, entró allí sin nada y salió con todo lo necesario para criar a su bebé.
Lo pasó mal, Sophia lloraba y ella no sabía porqué. Pasaba días sin dormir. Le habría encantado tener unos padres, hermanos, amigos, alguien que la ayudase, que la guiase, que le dijese que lo estaba haciendo bien, pero... estaba sola.
No le dio el pecho, aunque le habría gustado, le daba auténtico asco pensar en los labios de su niña rodeando un pezón que otros desconocidos habían manoseado.
Lo peor llegó cuando tuvo que volver al trabajo, porque esa era otra, en su profesión la baja por maternidad no existía, y a la semana de dar a luz estaba recorriendo las calles ganándose su sueldo, mientras Sophia estaba bajo el cuidado de una adolescente que se anunciaba como niñera. Lo pasaba fatal y contaba las horas para volver a casa, aún lo hacía, pero al menos ya confía en esa adolescente que acabó independizándose a la fuerza cuando contó a sus padres que era homosexual.
Ahora es su vecina, y a sus 22 años se gana la vida como puede: niñera, paseando perros, camarera, animadora infantil... lo que surgiera.
Es más que una niñera, es la amiga de Sophia, la que se la lleva de paseo mientras ella duerme sin cobrarle nada, sólo por hacerle el favor y disfrutar un poco de la pequeña, ya que durante la noche sólo debía dormir a su lado y poco más.

Llegan al restaurante favorito de Sophia, que no es más que un comedor social donde voluntarios de forma desinteresada alimentan a los más necesitados.

-¡Jesús! -saluda Sophia al muchacho que le está sirviendo la comida. No se llama Jesús, su verdadero nombre es Paul, pero desde que Sophia vio la imagen de cristo en la iglesia está empeñada en que es él.

-Hola preciosa, me alegro de verte ¿Te pongo un poco más? -pregunta mostrándole su plato de sopa.

-No, porque si me pones más los que lleguen más tarde se quedarán sin comer -responde ella haciendo alarde de su adorable solidaridad.

Jesús sonríe, y echa otra cucharada más.

Sophia coge su plato y espera a que sirvan a su madre para poder ir a buscar asiento.

-La semana que viene tenemos un menú especial por las fiestas del pueblo -le comenta Jesús.

-¿Menú especial? -pregunta Carol interesada.

-Sí, tendréis varios platos a elegir -explica entregándole un folleto un poco cutre donde informan de los platos que habrá.

Carol busca donde sentarse, en una mesa divisa a Axel y a Big Tiny, dos expresidiarios que a pesar de haber cometido delitos menores la sociedad les ha dado de lado.

-Buenas tardes señoritas -saluda Axel.

-Hola, ¿Y Óscar? -pregunta Carol mirando a su alrededor.

-Oh...-Axel mira a Sophia -Se fue a vivir aventuras -miente, y Carol se percata de ello, pero sabe el porqué de su mentira, por lo que no insiste.

-Toma mi pan cariño, yo no lo quiero -dice Carol entregándole el mendrugo de pan.

Sophia lo coge, sabe que sí lo quiere, por lo que se lo dejará y dirá que está llena, así mamá se lo comerá.

-Toma el mío también -se lo entrega Big Tiny -Que estás más enana que la última vez que te vi -se burla Big Tiny.

-Y tú mas gordo -le devuelve ella.

-¡Sophia! -le regaña Carol, pero Big Tiny sólo se ríe.

-¿Qué? ha empezado él -se defiende.

-Es verdad, culpa mía, no le regañes -dice Big Tiny -¿Bueno qué? ¿Has aprendido a leer ya?

-Sí, mira -afirma ella orgullosa, recogiendo el folleto que Jesús le entregó a su madre.

Guiña los ojos intentando comprender.
-¿Cómo se pronuncia esto? -pregunta Sophia, tirando de la manga de su madre para que le haga caso y señalando lo que quiere leer.

-Cro -responde Carol volviendo a la conversación con Axel.

-Cro... ¿Y esto? -vuelve a preguntar.

-Que -responde de nuevo.

-Croque... ¿Y esto?

-Tas -responde por última vez.

-Croquetas -lee, y alza la vista triunfal.

Big Tiny se ríe.
-Eso es trampa, te lo ha leído todo mamá.

-Jo, pero es que esas letras son muy difíciles... -se queja ella -Voy a leer otra.

Carol sonríe escuchándola leer, es tan dulce...
Pregunta cada vez que aparece una sílaba formada por tres letras. Lo lee todo, y da su opinión sobre si le gustará o no ese plato en función de lo que le haya costado leerlo.
Los comensales de su alrededor sonríen al escucharla.

Carol aprovecha ahora que está distraída.
-En serio Axel ¿Qué le pasó a Óscar? -pregunta en un susurro.

-Unos niñatos le prendieron fuego mientras dormía -susurra negando con la cabeza.

Carol asiente con los ojos muy abiertos por la desagradable sorpresa. Susurra un lo siento. Era un buen tío, no se merecía morir así. Su muerte será olvidada por la sociedad, al igual que la suya, el día que por desgracia deje este mundo.

-Mamá... ¿Qué te ha pasado aquí? -pregunta Sophia pasando sus dedos por su muñeca.

Carol se siente enrojecer, había olvidado ese chupetón.
-Nada, me di un golpe trabajando, pero estoy bien, no me duele -miente sin poder evitar sonreír al recordar a ese adorable salvaje.

-Tienes pinta de que te gustó ese "golpe en el trabajo" -dice Axel levantando las cejas, al percatarse de su estúpida sonrisa.

-Cállate -susurra intentando contener la sonrisa. Axel es de los pocas personas que conocen su verdadera profesión.
No la juzga, ahí todos son marginados, los parias de la sociedad que no importan a nadie. Se apoyan y comprenden, dando lo poco que tienen si pueden.


-¿Te ha gustado la comida? -pregunta Carol, agachándose delante de ella para poder limpiar la comisura de sus labios.

-Sí, es mi restaurante favorito -confiesa relamiéndose.

-¿Y eso? -pregunta Carol.

-Porque es gratis, y nos hace falta el dinero -responde con una madurez impropia de su edad.

Carol sonríe, sin entender como una confesión tan triste hace que se sienta tan orgullosa de ella.
La abraza con fuerza, estrechándola contra ella, derramando un par de lágrimas sobre su hombro.

-Eres lo que más quiero en este mundo ¿Lo sabes? -dice dando un sinfín de besos en su mejilla.

Sophia asiente.
-Y tú para mí, mamá -susurra como si le estuviese confesando un secreto.

Carol vuelve a comérsela a besos, haciéndole cosquillas, para escuchar su hermosa risa.

Caminan por la calle rumbo al parque, donde juega con otros niños, corre, ríe, se divierte como cualquier niña de su edad y gasta energías.
Cada día que pasa la sorprende. Aunque no dice nada sabe perfectamente que la situación económica de ellas no es la mejor. Nunca pide nada, y los pocos regalos que puede hacerle los agradece y cuida como si fueran oro en paño. Es lo mejor que le ha pasado en la vida.
Mira a los otros niños, con sus videojuegos, bicicletas drones y patinetes extraños, ojalá pudiera darle algo de eso a su pequeña.
Es tan inteligente, risueña y sociable... Desea que cuando crezca llegue lejos y pueda escapar de esa situación, ya que ella está atada a esa miseria para siempre.

Sophia mira a su madre, que sonríe ampliamente al verla deslizarse por el tobogán una y otro vez. A mamá le hace feliz verla feliz y eso la hace más feliz aún.


-¿Estás segura que 2+3 es igual a 6? -pregunta corrigiendo los deberes de su niña una vez que llegan a casa.

Sophia comienza a contar con los dedos.
-oh-oh, son cinco -dice borrando y volviendo a escribir la respuesta correcta.
Mamá es muy lista.

-¿Sabes una cosa? en el congelador tengo una sorpresa para ti -le susurra al oído.

Sophia no espera a oír más y corre a abrir la puerta que le da una bofetada de aire congelado en la cara.
Saca un tarro color marrón que nunca había visto antes.
-Cho co la te -lee despacio.

-Helado de chocolate, nunca lo has probado ¿verdad? -pregunta sabiendo la respuesta. Sophia niega y corre a sacar una cuchara para ella y otra para mamá.

Abre la tapa y huele el contenido. Le gusta su olor. Clava la cuchara haciendo esfuerzos para que penetre en el interior hasta que consigue sacar un trozo.
Y se lo lleva a la boca.
-Es lo más delicioso del mundo mundial -dice volviendo a comer otro trozo. Carol sonríe satisfecha -¿Tú no comes mamá? -pregunta al ver como su madre no ha cogido aún su cuchara.

-No cariño, a mamá no le gusta el chocolate, es todo tuyo -miente.

Sophia la mira desconcertada. Intentando averiguar si le miente o si es verdad que no le gusta.
-Eso es porque no lo has probado -dice cogiendo otra cucharada y acercándola a la boca de su madre.
Carol sonríe y abre la boca, dejando que el helado de chocolate, que hace tanto tiempo que no probaba, inunde sus papilas gustativas de hermosos recuerdos donde todo era más sencillo. Donde ella no era más que una adolescente feliz y despreocupada, en ese tiempo antes de ser engañada y sacada de su país para...

-¿Estás llorando? -pregunta Sophia -Entonces es verdad que no te gusta. Que rara eres mamá.

Carol ríe entre lágrimas mirando a su pequeña disfrutar del helado.

pasan la tarde jugando, dibujando, viendo dibujos animados... haciendo lo que cualquier madre haría por su hija.
Escucharla reír le da la vida, ella es el principal y único motivo por el que lucha todos los días para sobrevivir un día más.

Hace algunos ejercicios para mantenerse en forma y Sophia la ayuda a su manera, sentándose sobre su vientre mientras hace abdominales, ganándose un beso cada vez que sube, sentándose sobre su espalda mientras hace flexiones, e incluso se anima a hacer algunos ejercicios de yoga con ella.

Se tumba a su lado mientras ella dibuja, tarde o temprano le entrará el sueño y se echará su siesta de la tarde junto a ella.
Necesita dormir un poco más para poder trabajar toda la noche y aguantar lo que le venga.
Desea que ese joven Dixon vuelva a buscarla, al menos con él lo pasó bien, y espera volver a repetir la experiencia.


-Mamá, ya son las ocho -la despierta Sophia que sabe a qué hora comienza mamá a prepararse para irse -Voy llenando la bañera para bañarme y me lavas el pelo ¿vale? -dice sonriente, le encanta que mamá la bañe.

Carol besa su frente y le da una palmada juguetona en el trasero para que vaya al baño.
Se despereza como un gato y se levanta para calentar el agua para su niña, que se sorprende al ver como el agua cambia de temperatura. Es tan inocente...
A ella no le importa bañarse con agua fría, aunque en los días de auténtico frío se suele duchar en la habitación del casino.

-Recotín, recotán, de la vera, vera va el palacio en la cocina ¿cuántos dedos tienes encima? -canturrea Carol posando una determinada cantidad de dedos sobre la espalda desnuda de su niña.

Sophia piensa e intenta sentir el número exacto de dedos que mamá posa sobre su espalda.
-Uhm... ¿siete? -pregunta dubitativa.

-¿Cómo va a ser siete si sólo hay una mano? -pregunta divertida Carol mostrándole la mano izquierda.

Sophia ríe ante su torpeza y chapotea en el agua antes de volver a pensar.
-¿5? -pregunta cruzando los dedos esperando acertar.

-Si hubieras dicho 3 no tendrías que penar. Recotín recotán de la vera vera va... -vuelve a canturrear Carol entre risas al escuchar a su niña resoplar por haberse confundido otra vez

Le encanta esos momentos con ella.
Lava su cabello con delicadeza, masajeando el cuero cabelludo, acariciando su sien, como sabe que a ella más le gusta.
La seca con una toalla sin olvidar un sólo rincón de su cuerpo, aprovechando para buscarle las cosquillas, y la ayuda a ponerse el pijama.

-Ve preparando los sandwiches mientras yo me ducho ¿vale? -dice Carol, a lo que Sophia obedece con gusto. Le encanta ayudar a mamá.

Carol se ducha eliminando el sudor del día. Mira su cuerpo, deberá maquillar todas las marcas, sean visibles o no, ya que hay clientes muy especiales, por no decir gilipollas, que se empeñan en creer en que son ellos los primeros que se acuestan con ella, y el estar llena de chupetones y mordiscos les hará recordar la realidad.
Mira su cabello en el espejo, ya va creciendo, menos mal. Negan la castigó por desobedecer y cortó su pelo al cero para su desgracia, ya que son pocos los hombres que quieren a una puta con la cabeza rapada. Lo pasó realmente mal, su cabello ha tardado demasiado en crecer, y ahora es cuando empieza a remontar de nuevo.

Sale del baño. La mesa ya está puesta y los sandwiches listos para ser metidos en la sandwichera.

Sophia sonríe al verla cenar, lleva mucho tiempo yendo a trabajar con el estómago vacío y le encanta verla comer.

Se lavan los dientes una junto a la otra. Intenta imitar a mamá, le encanta sus dientes, son tan blancos y perfectos... seguro que es por la forma que tiene de lavárselos y ella quiere tenerlos iguales.

Carol se acuesta junto a su niña y lee su libro favorito por enésima vez. Debería preguntarle al padre Gabriel si tiene otro distinto que le pueda gustar.
Mañana lo hará.

La observa dormir, acaricia su cabello y la mira embobada como el día que nació. Cuando tenía 15 años creyó saber por primera vez lo que era el amor, se equivocó, ocho años antes del nacimiento de Sophia creyó encontrar el amor de su vida, se equivocó también. Pensó que el amor no existía, que no era más que un invento que sólo existía en las películas, hasta que llegó ella. El verdadero amor de su vida.

Prepara la ropa que Tara le deberá poner mañana para ir al colegio. Sonríe, esa es de las pocas prendas de vestir que tiene que no ha pertenecido a otro niño antes. Es un conjunto de camiseta y pantalón que le regaló su niñera por su cumpleaños, un mes atrás.
Mira su mochila para asegurarse de que lo tiene todo listo, que no olvida nada, y entonces lo ve...
Una autorización necesaria para mañana. La lee detenidamente-

Tara llama a la puerta. Se saludan rápido y Carol echa un rápido vistazo a su alrededor para ver si olvida algo.
-Tara, mañana cuando la lleves al colegio entrégale esto a la profesora, por favor -pide Carol entregándole la autorización firmada y los 5$ a pagar.
La joven asiente y ella marcha de allí.
Ya echa de menos a su niña. Ruega al cielo para que le permita volver a casa sana y salva junto a su pequeña un día más.


Se cambia de ropa rápido, y recoge la chaqueta de Daryl.
-Tom, te vienes conmigo, necesito que te hagas pasar por mi cliente. Órdenes de Negan -dice Carol, o mejor dicho Nancy, señalando a uno de los secuaces de Negan de unos sesenta años.

Otra noche más...


Hola, pues aquí está el otro capítulo, espero que os haya gustado. Como habréis apreciado el fic es algo más que sexo, y tiene su historia de fondo.
Lo siento si esperabais otro capítulo como el primero XD, pero quería que conocierais un poco más a la clase de mujer que está detrás de la pícara Nancy.

No seré yo la que os cuente cómo Carol llegó a ser lo que es, es ella misma la que a lo largo de los capítulos irá recordando momentos que os haga ir atando cabos (De hecho ya os ha dado algunas pistas).

Carol muestra cierto interés/curiosidad/atracción por Daryl por ser un cliente distinto a lo que está acostumbrada.

Sophia es la que dará el toque inocente, viendo el mundo desde su perspectiva, siendo feliz con lo poco que tiene, sabiendo que no tienen mucho dinero, pero sin llegar a comprender toda la miseria que hay detrás.

Supongo que recordaréis a Axel de la serie, pero quizás a Big Tiny no. Él era un preso afroamericano, bastante alto y robusto que me recordaba al protagonista de La Milla Verde por como contrastaba su físico con su forma de ser.

Estuve a punto de poner a Ed como el villano de la historia, pero creo que Negan da más el perfil, teniendo en cuenta el harén de mujeres que tiene en la serie...

En el siguiente capítulo llamado "Traje y corbata" volvemos con Daryl, en su primer día de su nueva vida.

Para los que esperáis la actualización de sólo una noche, no os preocupéis que la estoy escribiendo. Acabo de volver de mis vacaciones, y como os dije tengo los tres primeros capítulos de esta historia escritos, por eso lo publico ya.

Un saludo, espero vuestros comentarios e impresiones :)