12. Sin lágrimas que derramar
Día 4
Gabriel se frota las rodillas, por alguna razón ese estrecho cubículo que es el confesionario parece más incómodo conforme pasa el tiempo. Los años no perdonan.
Toma aire y se prepara mentalmente para recibir a todos los feligreses que dentro de poco se sentarán frente a él, en busca de perdón, consejo o consuelo.
Cada año que pasan son menos pero, aunque sólo sea una persona, él estará ahí, al piel del cañón hasta que la fuerza le acompañe.
Escucha unos suaves pasos que se acercan hasta él.
Entrecierra los ojos intentando ver a través de esas rendijas, sólo para darse cuenta de que unos pequeños dedos se aferran a ellas, y unos enormes ojos azules puros y limpios lo miran con curiosidad.
—¿Aquí es donde tú haces caca? —pregunta Sophia con toda su inocencia.
Gabriel se echa a reír, adora la inocencia de los niños.
—No, aquí es donde la gente viene a contarme sus secretos o pecados para que yo les aconseje y perdone —se explica procurando ser lo más claro y escueto que puede.
La observa lamerse los labios, rumiando una pregunta.
Es un encanto de niña, no da problema alguno, y su madurez le sorprende gratamente. Suele pasar, cuanto más penurias pasa una persona antes madura.
—¿Ser pobre es un pecado? —pregunta ella, ladeando la cabeza como un perrito que intenta comprender lo que le dicen.
Gabriel niega con la cabeza.
—No hija, claro que no —intenta despejar esa posible preocupación que atenaza su inocente mente.
—¿Y si es mi culpa que mamá y yo seamos pobres? —pregunta en un susurro cargado de dolor.
Gabriel se frota la cabeza intentando comprender como ha llegado a esa conclusión.
—¿Por qué piensas que eres la culpable? —pregunta con suavidad, es la primera vez que toma confesión a una niña tan pequeña. 10 años suelen tener los pequeños que van a hacer la comunión y van allí a confesarse, pero rara vez tiene que enfrentarse a revelaciones duras.
Sophia se encoge de hombros.
—Si yo no existiera mamá no estaría tan delgada, porque no se quedaría con hambre para que yo comiese, tampoco gastaría dinero en mi colegio ni medicinas para mí, ni tendría que irse a trabajar lejos para ganar más dinero... Estaría mejor sin mí —se explica.
Deja caer la cabeza sobre el reposabrazos, acomodando la barbilla entre sus brazos y mira hacia ningún lugar en particular.
—¿Gabriel? —pregunta intentando llamar la atención del cura que se ha quedado en silencio.
Él traga saliva intentando eliminar el nudo que se le ha hecho en la garganta. Es triste escuchar esos pensamientos en una niña pequeña.
—Dime hija —habla al fin.
—¿Tú no puedes mentir, verdad? —pregunta amortiguando las palabras contra su brazo.
—No, claro que no, es pecado.
—¿Mi mamá va a volver a por mí? —pregunta en un sollozo lleno de dolor y preocupación.
Gabriel no sabe que responder. Le dijo que volvería a por ella, pero sabiendo lo que ocurre en ese crucero no está del todo seguro que que pueda volver. Han pasado cuatro días y aún no ha llamado para preguntar por ella. Ni una señal de que sigue con vida.
¿Qué decirle?
Ella está intentando verle a través de las rendijas buscando sus ojos, y lucha por mantener las comisuras de sus labios rectas para que no se tornen en una mueca de tristeza.
—Estoy seguro de que tu mamá está deseando que pasen pronto los días para volver a verte —responde con la seguridad de que ha dicho la verdad.
Sophia sonríe satisfecha de su respuesta y Gabriel ruega al cielo en silencio que proteja a la madre de esa dulce criatura.
Día 5
Carol camina tambaleándose hasta el baño.
—Hijo de puta —gruñe al mirarse al espejo.
Ese último cliente le ha mordido en el hombro cuando llegó a su clímax. El de él, porque su placer ha sido nulo.
Se sorprende de que no le haya arrancado un trozo de carne.
Mira su reflejo. Unas ojeras ensombrecen sus ojos de los días que lleva sin dormir, las comisuras de sus labios están cortadas de tantas asquerosas felaciones, su cabello enredado y su cuerpo dolorido, lleno de moretones y arañazos por los brutales agarres y golpes.
Un sabor agrio sube por su garganta cuando siente el semen salir de su interior. Asco es lo único que le produce. La última vez que tuvo relaciones sin condón su hija fue concebida. Agradece las pastillas anticonceptivas que Negan le aportó, no piensa traer más niños a su miseria de vida, aunque eso no le librará de una enfermedad de transmisión sexual. Cruza los dedos para que eso no pase.
Entra en la ducha. Tiene dos minutos para asearse, por lo que tiene que darse prisa.
—9 días —susurra.
Nueve días más y volverá a abrazar a su niña. Eso es lo único que le da fuerzas para seguir.
Podrá aguantar, tiene que aguantar.
Día 6
"Lavandería reinas"
Daryl lee el letrero de fondo azul con letras blancas que le anuncian que está en el lugar correcto.
Nancy le dio el teléfono de ese sitio cuando le pidió su número. Quizás escribió números al azar o quizás conoce ese lugar y se sabe el teléfono de memoria.
La ha vuelto a buscar en hospitales, policía, calle... está desesperado. Los agentes y médicos ya conocen su rostro de memoria e incluso lo miran con pena en un silencioso "No sabemos nada de ella, chaval".
Ya van seis días ¡Seis! Y no hay rastro de ella. Empieza a desesperarse, y emborracharse tras pasar horas frente a su lugar de encuentro empieza a ser una rutina que le ayuda a pasar las solitarias noches sin su compañía.
Entra.
El lugar huele a detergente y suavizante de flor de cerezo.
Unas seis personas esperan pacientes entretenidas con sus teléfonos a que su ropa se lave; el tambor de las lavadoras gira sin cesar dibujando coloridas formas circulares y llenando el lugar de un suave zumbido.
Mira a las personas. No sabe si ir uno por uno, con su pregunta o lanzar su pregunta al aire. Se decide por lo segundo. Así ahorra tiempo.
—Perdonad —llama la atención de todos que lo miran con fingido interés —, ¿Por casualidad conocéis a una mujer de unos 35-40 años, pelirroja, cabello rizado, muy guapa, ojos azules muy grandes, piel...
—¿Roxanne? —interrumpe una voz tras él.
Daryl se gira, es el cartero que está dejando el correo sobre el mostrador y lo mira apretando las cartas contra su pecho con rostro esperanzado.
—Estuvo aquí hace dos viernes, me dio su número de teléfono pero se debió equivocar, porque ese número no existe —informa.
Daryl mira a ese hombre.
No, no se llama Roxanne, o quizás sí, puede que ese sea su nombre real, puede que no siquiera sea ella, o puede que tenga una pista y ese grandullón mojigato sea otra víctima a la que le ha dado un número de teléfono falso.
El hombre saca un papel de su bolsillo y rápidamente reconoce la caligrafía de Nancy.
Daryl sonríe. Tendrá que buscar a todas las Roxanne de la zona.
—Si la ves dile que me llame, por favor —pide entregándole un trozo de papel con su número y su nombre.
Daryl lo agarra con desgana.
—Claro... —mira lo que ha escrito —Tobin.
Ni loco le hablará de ese idiota. Es demasiada mujer para ese.
Día 7
Sophia sale del colegio cabizbaja. Odia estar ahí, y ahora ni siquiera tiene el consuelo de su madre. Los abrazos de mamá lo curan todo, pero ahora quien la recoge es Maggie. Es simpática, guapa y también la abraza, pero no es lo mismo. Ella no huele a mamá, no tiene la voz de mamá, su piel no tiene la suavidad de la de mamá...
Se limpia la solitaria lágrima que resbala por su mejilla.
Echa de menos a mamá.
Hannah no para de decirle que su madre la ha abandonado, que no la quiere porque es fea y tiene piojos.
Albert dice que su mamá está muerta.
Se repite que nada de eso es verdad, mamá la quiere, está trabajando, volverá.
¿Pero por qué no la llama?
Necesita a su mamá.
Cuenta los días con los dedos para saber cuanto falta para volver a verla. Los días pasan tan lentos cuando ella no está...
Gabriel le ha dicho que hasta que vuelva, la Virgen María será su mamá, porque ella es la madre de todos. Puede contarle sus penas y alegrías, hablar de como le ha ido en el colegio y todas las cosas que haría con su madre.
Pero ella no es mamá, es sólo una estatua y no puede darle lo que más necesita en este momento, que es un abrazo sanador acompañado de un te quiero.
Echa mucho de menos a mamá.
Día 8
Carol se deja caer sobre las baldosas del baño.
Tiene dos horas de descanso, esos bestias tienen una reunión obligatoria, por lo que ha aprovechado para darse una larga ducha y atender su magullado cuerpo.
Su interior arde, es lo que tiene follar con mínimo un tío por hora y que no le de tiempo ni a embadurnarse con lubricante, y la cantidad de semen que hay en su interior de tantos tíos tampoco debe ser sano; orinar es un suplicio, apenas puede ir al baño dos veces al día, y aguantar tanto le está destrozando la vejiga y los riñones; no soporta el roce de la ropa sobre sus pezones de lo doloridos que están, esos tío no conocen la diferencia entre estimular para dar placer y torturar a base de mordiscos y pellizcos, bueno, sí lo saben, pero les excita más hacerle daño, y eso es lo peor; su boca le sabe a rayos, odia el semen, y lo peor es cuando se atraganta y acaba saliendo por la nariz; su cabello está sucio y enredado de los tirones que le han dado y las veces que se han corrido sobre su cara, es humillante, y más aún escucharlos reír mientras lo hacen; le duele cada músculo de su cuerpo, cada vez tiene más moretones, sobretodo en sus pechos, nalgas, cuello y caderas; la mandíbula está casi desencajada ¿Cuantas mamadas ha hecho ya? Aún así, debe de agradecer que ningún obseso del BDSM la haya elegido, por que ahí no habrá palabra de seguridad que valga, ni su sumisión será compensada, ni se preocuparán de su bienestar. Sólo la golpearán, humillarán, vejarán y torturarán hasta el borde del desmallo por el simple placer de tener poder sobre ella. Nada nuevo... rara vez llega a disfrutar del BDSM, pero tiene que admitir que cuando lo hace le resulta de lo más excitante y placentero por raro que parezca. Como con su niño rico. ¿Qué estará haciendo ahora? ¿La echará de menos? Se ríe en silencio de su estupidez. Nueva York está lleno de putas, estará divirtiéndose con otra.
Apoya la cabeza contra el azulejo de la pared y suspira.
Está cansada, muy cansada, apenas duerme dos horas diarias. No quiere cerrar los ojos porque como lo haga se dormirá, y no quiere hacerlo, debe de estar alerta si quiere seguir con vida.
Agudiza el oído, escucha sollozar al otro lado. Sabe quién es: es la chica joven que estaba delante de ella en la fila. Esa que temblaba y lloraba sin parar.
Y entonces agrios recuerdos vienen a su mente.
Su primera vez ahí...
Ella era aún más pequeña que esa muchacha, pero ya conocía bien la maldad del ser humano.
No se movió de la cama más que para ir al baño. Sólo lloraba y rogaba a Dios que eso acabase. Era una niña... una niña con tacones, desnuda y asustada que se aferraba a su muñeca con fuerza y enterraba el rostro en ella para ahogar sus gritos.
No recuerda que fue de su muñeca, supone que la perdió o se la destrozaron al igual que a su infancia.
—¿Estás bien? —pregunta a la chica del otro lado.
Es la misma pregunta que alguien le lanzó años atrás, en ese mismo lugar, igual de desnuda pero mucho más inocente.
Ella no respondió, desconfiaba tanto que ni los gestos amables aceptaba. Hasta que esa voz femenina le susurró 'No llores, mi niña' y algo dentro de ella se rompió. Había escuchado tantas veces esa frase en boca de su madre... claro que se la decía porque se había despellejado las rodillas en una caída, se le había roto un juguete... o cualquier situación inocente, no por haber sido violada hasta la saciedad por un tío que podría ser su abuelo.
Ahora los pensamientos sobre su madre ya no le dicen nada, no es más que un recuerdo borroso de su pasado. Ya no recuerda su olor, su voz, su rostro... Sólo su nombre, y porque gracias a su hija no hay día que no lo pronuncie.
—Me quiero morir —solloza la voz del otro lado.
Carol se muerde el labio ¿Qué decirle? Ella también estuvo queriendo morirse muchos años ¿Qué vida es esa? Si no fuera por Sophia su cuerpo ya estaría descomponiéndose en una cuneta a merced de aves carroñeras.
—Aguanta, chiquilla. Ya queda menos de una semana. No llores —intenta animarla torpemente.
Sí, queda menos de una semana, pero luego volverá a su habitación en tierra firme a seguir siendo violada. De nada sirve, pero siente la necesidad de darle consuelo de la misma forma que hizo otra mujer con ella en su día.
Nunca la vio, ni supo como era, sólo supo su nombre: Nancy, y tampoco la animó mucho, pero le gustaba hablar con ella, hablaba su idioma, su voz le recordaba a la de su madre y se sentía abrazada a través de esa pared.
—¿Tú no lloras? —pregunta torpemente la chica.
Carol sonríe con pesar, supone que ha notado la dureza de su voz.
—Hace años que dejé de hacerlo —responde. Es cierto, antes podría haber naufragado en sus propias lágrimas, pero ahora... Quiere hacerle creer que es porque se acostumbrará, que ya no sentirá dolor, ni asco, ni miedo e incluso le gustará... pero la verdad es que no llora porque ya no le quedan lágrimas que derramar. Jamás se acostumbrará, sólo se resignará ; jamás dejará de sentir dolor, sólo aprenderá a soportarlo, reducirlo, e incluso evitarlo; no dejará de sentir asco, sólo aprenderá a vivir con ello; y desde luego, no dejará de tener miedo, vivirá cada día sabiendo que quizás pueda ser el último.
Está a punto de lanzarle una pregunta cuando la escucha gritar y suplicar un 'por favor, no' y entonces su puerta también se abre.
Adiós descanso, hola pesadilla.
Día 9
¡La vela! La maldita vela con la que nueve días antes quemó su piel en una maravillosa sesión de sexo le ha dado quizás una posible pista.
Estaba limpiando su habitación para intentar despejar su mente cuando al abrir el cajón donde guarda sus juguetes sexuales la vio.
En el lateral de ese cirio estaba escrito el nombre de la parroquia de donde fue robada. Sólo ha tenido que googlear 'Parroquia María Auxiliadora' y dar con la dirección. Por suerte sólo hay una en todo Nueva York.
—Aquí vamos —susurra antes de entrar.
La iglesia huele a incienso, nunca le gustó el olor, le recuerda demasiado a su infancia cuando no tenían para comer y su madre iba a la parroquia en busca de un poco de caridad cristiana.
La recuerda siempre con sus camisetas deshilachadas, pantalones que le quedaban grandes y zapatos rotos. Aún así era una mujer realmente hermosa.
—¿Hola? —lanza la pregunta al aire, y el eco se la devuelve como en una malvada burla.
El lugar está desierto. Normal, poca gente cree ya en supersticiones sin sentido.
Camina lentamente, sus zapatos italianos parece chirriar en ese suelo de mármol.
Se ha vestido con su ropa de niño pijo para dar buena impresión, pero por suerte o por desgracia ahí no está ni Dios, nunca mejor dicho.
Los bancos están perfectamente alineados, la imagen de un cristo crucificado y una virgen de mirada triste arropan un solitario altar.
Un rosetón con un mosaico de vidriera que ilustra una escena bíblica deja pasar la luz que forma un hermoso arcoíris sobre el cáliz.
—¡BÚ! —interrumpe el silencio sepulcral la voz infantil de una niña que sale de detrás del altar.
Daryl se sobresalta y eso parece divertir a ella, porque su risa resuena en el interior de esa máscara de zombie con gafas de sol que lleva puesta. Ya casi lo había olvidado: Halloween se acerca.
—Te has asustado —ríe ella.
Empuja las gafas de sol hacia arriba para colocarlas correctamente sobre el puente de su nariz. Tara se las ha dejado y le quedan un poco grandes, tiene que tener cuidado para no romperlas ni perderlas.
Daryl no puede evitar echarse a reír. Con esas gafas más que un zombie parece una señora mayor con la piel estropeada de tanto tomar el sol en la playa.
—Ha sido un buen susto —la alaba y ella sonríe con voz cantarina —¿Sabes dónde está el padre? —pregunta volviendo a lo que le interesa.
Sophia se encoge de hombros.
—Yo no tengo papá —responde sin más. Ni tiene ni lo necesita. Mamá es la mejor.
Daryl se mesa la barba. No sabe si esa confusión le ha hecho tocar un tema delicado para esa niña. No puede ver su rostro para leer sus expresiones y ojos.
—No, me refiero a... al párroco, el cura, el señor de vestido negro con una cosa blanca aquí —intenta aclarar llevando dos dedos al cuello.
—Ah, el padre Gabriel —entiende al fin —.Ahora viene. Y eso se llama alzacuellos —le explica orgullosa de poder dar información.
—Vaya, que zombie más inteligente —sonríe él.
Sabía perfectamente como se llamaba, pero pensó que ella no. Los niños saben más de lo que aparentan. No está muy acostumbrado a tratar con ellos y tiende a subestimarlos.
Se sienta en primera fila a esperar. Qué incómodos son esos putos bancos. Normal que la iglesia esté vacía, si la mayoría de los que van allí son viejos y encima tienen que sentarse en ese destroza espaldas...
Trastea con su teléfono móvil, le gusta ese chisme, es entretenido, y por otro lado lo odia, porque cada vez que recibe una notificación piensa que es Nancy, se ilusiona como un idiota pero no es más que otro mensaje de Whatsapp de Gregory. Y ya van quince. Los ignora, le importa una mierda como está pasando la semana en ese crucero, y cuando lo llama por teléfono se limita a responder con monosílabos y frases hechas. Odia a ese gilipollas.
Mira en GoogleMaps las zonas de Nueva York que ha rastreado ya. El cerco se va cerrando y aún no tiene ni una sola pista de su paradero.
—Hola señor nuevo, yo soy el señor dedo —dice la niña que asoma un dedo por detrás de la mesa del altar como si estuviese en un teatro de títeres.
Daryl sonríe.
Él también lo hacía de niño. No podían permitirse juguetes. Jugaba con sus dedos, con piedras, con bolígrafos... cualquier cosa, el límite lo ponía su imaginación, y también los niños que se burlaban de él por no tener el juguete de moda en sus tiempos.
La de veces que llegó a casa tragándose sus lágrimas para que su madre no se diese cuenta de que estaba llorando. Los niños eran crueles. El día que no era un piojoso era un muerto de hambre y luego había días en los que directamente le pegaban y él mentía a su madre diciéndole que se había caído. Tuvo una infancia dura, pero no cambiaría a su madre por nada del mundo.
—¿Sabes qué puedes hacer? Pintarle caras a tus dedos —comparte con ella sus secretos de la infancia.
Ella abre mucho los ojos a la par que da un gritito alegre aprobando esa idea y sus pasos resuenan por toda la iglesia cuando se baja corriendo del altar para plantarse frente a él.
—Píntame —pide entregándole un rotulador que saca de su mochila del colegio.
—Yo no... —Daryl mira esas manos extendidas plantadas frente a él. Pertenecen a una niña pequeña, no puede tener más de cinco o seis años, delgada, su piel es pálida y su ropa se nota que es de segunda mano. Le recuerda demasiado él.
La mira sonriente buscando sus ojos a través de esas gafas. Imposible.
—Claro —acepta finalmente. Demasiado mal lo debe de estar pasando como para tener que soportar encima que un ricachón le niegue esa minucia.
Toma su mano sobre la de él. Es suave, como la piel de todos los niños, supone. Nota su impaciencia mientras él dibuja.
—Este será el papá —anuncia tomando el dedo corazón —es el más alto de todos. Vamos a dibujarle los ojos, la nariz, la... —Y entonces cae en la cuenta: ella no tiene padre —O... o también podemos...
—¡Ponle el pelo y la barba como tú! —interrumpe ella que disfruta al ver como su dedo poco a poco se transforma en un muñeco —.Me gusta tu pelo.
Daryl respira aliviado, no parece que le afecte mucho el no tener padre. Supone que se ha criado sin él, que el tío se quitó de en medio en cuanto supo de su existencia. Un capullo al que le queda grande la palabra padre.
Cumple con su deseo.
—Esta será la mamá —toma el dedo índice y comienza a dibujar unos ojos grandes del azul de ese rotulador, cabello rizado y sonrisa amplia.
Casi sin darse cuenta ha dibujado a Nancy.
Sophia sonríe, se parece mucho a mamá.
—El dedo que está al lado del papá seré yo —pide emocionada.
—Está bien, pero me tienes que dar una pista de como eres si no quieres que te dibuje con cara de zombie con gafas.
Sophia ríe a carcajadas.
—Uy no. Dibújame los ojos como la mamá y el pelo rubio a media melena ¡Y tengo pecas! —se describe.
Observa como ese señor la dibuja. Dibuja muy bien.
—¡Y el dedo pequeñito un bebé con chupete! —grita sin control. Está deseando que termine para poder jugar.
Daryl niega con la cabeza. Quien le iba a decir que iba a alegrarle el día a una niña.
—¿Tiene nombre el bebé? —pregunta dibujando con torpeza el chupete. Ni recuerda como son los chupetes de bebé. Él nunca tuvo uno y hace que no está cerca de un bebé... puf, nunca ha estado cerca de un bebé.
—Henry —responde con rapidez. Así es como se llama el niño de su libro favorito —Y en el dedo gordo un perro que se llama Perro.
—Es un buen nombre —ríe Daryl. Que se sorprende de lo mucho que ha sonreído en el rato que lleva ahí.
El poder de la inocencia le ha hecho olvidar su triste situación por un instante.
—Listo —anuncia.
Pone la tapa al rotulador dando por finalizada la tarea.
Sophia observa el dibujo con ojos brillantes.
—¡Qué guay! ¡Ahora lo mismo pero en la otra —pide extendiendo su mano izquierda —Es que si me los dibujas sólo en una mano los papás no pueden besarse ni la mamá abrazar a sus hijos —explica al ver el gesto interrogante de Daryl.
—¿Y el papá no abraza a sus hijos? —pregunta al tiempo que de nuevo dibuja al padre, procurando que sea lo más parecido posible al anterior.
—Supongo —dice en un encogimiento de hombros. Ella sólo necesita los abrazos de mamá —¡Y en el dedo gordo un gato! —se le ocurre.
—Y déjame adivinar... se llamará... ¡Gato!
Sophia ríe con ganas.
—No tonto, se llamará Bolita, porque será blanco y gordito —corrige. Que nombre más tonto es Gato para un gato —¿Tú como te llamas? Le tengo que poner nombre al papá.
Daryl carraspea una risa. Entró en la iglesia buscando respuestas y saldrá de allí con una familia.
—Daryl ¿Y tú?
—Sophia.
—Oh, que nombre más bonito. Encantado de conocerte, Sophia. Esto está listo —anuncia tras dibujar el último bigote del gato.
Sophia sonríe con ganas.
—¡Muchas gracias! —se cuelga del cuello de Daryl en un abrazo de agradecimiento procurando no tocarlo con las manos, no quiere borrar el dibujo.
Daryl le da un par de suaves palmadas sobre la espalda. Desde luego no esperaba recibir un abrazo ese día. Sienta bien, y acaba de descubrir que los niños no se le dan mal. Puede que algún día tenga uno.
Sophia se sienta al lado de Daryl y juega con sus dedos mientras balancea sus piernas y canturrea una melodía desconocida.
—Me gusta la barba del papá. La señora Crosby también tiene barba, bueno, son tres pelos largos y duros en la barbilla.
Daryl ríe negando con la cabeza. Esa niña...
La observa. Es adorable.
—Repasemos: El bebé se llama Henry, la niña Sophia, el papá Daryl, el perro Perro, el gato Bolita ¿Y la mamá?
—Carol, como mi mamá —responde mostrándole como el papá y la mamá se besan.
Daryl traga saliva, si esa niña supiera que esa mamá-dedo representa a Nancy y no a su madre... No es con esa tal Carol con quien quiere besarse.
—Mi mamá es la mujer más guapa del mundo —murmura para sí.
Daryl se guarda un bufido. Él si que conoce a la mujer más hermosa del mundo, pero no va a contradecirla ¿Qué niño no idolatra a su madre.
—¿Vienes a confesarte? —pregunta Sophia entre sonido y sonido de besos que se reparten ese papá-dedo y mamá-dedo.
Daryl tarda en reaccionar. Su corazón le duele al recordar esos besos que noches atrás compartió.
—No, vengo a preguntarle al Padre si conoce a una amiga mía.
—Ah, ¿Y cómo se llama? —pregunta distraída haciendo que la mamá abrace a su hija. Echa de menos los abrazos de mamá.
—Nancy —responde. Y su nombre quema en sus labios.
—Mi mamá tiene una amiga que se llama Nancy, y como somos pobres nos ayuda a veces —dice con toda normalidad. Hay mucha gente que se llama Nancy. La profesora de educación física también se llama así, y alguna niña del colegio.
Daryl la mira con ternura. Como suponía su situación económica no es muy buena.
—¿Ah sí? Qué bien, que buena amiga.
—Sí, yo no la conozco pero a veces le da a mi madre juguetes y cosas para mí, los otros días me regaló esto —informa sacando del bolsillo su spinner.
Daryl abre mucho los ojos cuando ese chisme gira ante él. Lo reconoce, él se lo compró a Nancy esa noche que pasaron en el parque comiendo pizza y teniendo sexo sobre un banco. Ella insistió en que se lo comprara, nunca entendió para que quería esa mierda hasta ahora: Era un regalo para la hija de su amiga.
Pensaba que no podía amarla más, pero ese gesto eleva su amor hasta otro nivel.
De repente siente las manos sudadas y el corazón acelerado. Tiene ante sus narices una pista, alguien que la conoce y que posiblemente sepa su paradero.
—Oye Sophia, ¿Tú...
—¡Sophia! —grita Gabriel al verla hablando con ese desconocido.
Carol le advirtió que tuviese cuidado con quién se acercaba a su hija. Temía que la misma mafia que la capturó a ella aprovechasen su ausencia para raptar a la pequeña.
—Te dije que me llamaras si entraba alguien. Ve a ayudar a Maggie, anda —ordena con autoridad mirando desafiante a ese hombre.
—Vaaale —obedece cabizbaja —Adiós señor Daryl —se despide antes de echar a correr —¡gracias por los dibujos! —agradece agitando los dedos por encima de su cabeza.
Daryl intenta retenerla pero se detiene. La mirada que le está echando ese cura no es muy amigable.
—No pretendía hacerle nada —jura —Vine a hablar con usted, preguntarle sobre una persona, y mientras esperaba he estado hablando con Sophia y he descubierto que ella, bueno, su madre conoce a la mujer que estoy buscando, sólo necesito saber si me puede decir donde está y si está bien —se explica.
Gabriel lo mira de arriba a abajo. Es un joven bien arreglado, trajeado y zapatos brillantes, no sabe qué pensar de él.
—Aléjate de la niña, por favor —habla sosteniendo aún su mirada amenazante.
—Sin problema, pero si pudiera hablar con su madre yo...
—Su madre está trabajando fuera —interrumpe —no volverá hasta dentro de una semana —revela. Y al momento se arrepiente de haber dicho eso.
Daryl comienza a ponerse nervioso, la pista que parecía tener se esfuma por momentos.
—¿Y su teléfono? Sólo necesito saber si Nancy está bien, por favor, si pudiera hablar con Carol... —pide desesperado —O quizás usted también la conozca. Nancy no es su nombre real, no sé como se llama, pero es alta, delgada, cabello pelirrojo y rizado, ojos azules muy grandes, de unos 35 años muy hermosa, realmente hermosa —repite por enésima vez en su vida. No dice nada de la vela porque no quiere chivarse de lo que posiblemente fue un hurto.
Gabriel traga saliva al darse cuenta de que la mujer que busca es la misma mujer con la que intenta contactar
Intenta leer su mirada. Parece estar realmente preocupado.
—Lo siento, no la conozco, ni tengo el teléfono de Carol, ella dijo que me llamaría cuando pudiera. Pero si quieres puedes dejarme tu teléfono y le pregunto por... ¿Nancy? La próxima vez que llame.
Daryl sonríe esperanzado.
—Sí, por favor yo... —rebusca entre sus pertenencias un trozo de papel en el que apuntar el número —Me llamo Daryl Dixon.
Día 10
Odia los tríos, las orgías, las dobles penetraciones y todo lo que implique follar con más de una persona a la vez. Si ya teme por su vida teniendo que vigilar a un solo tío, con dos o más...
Sabía que este día llegaría: Una panda de puteros reunidos en un mismo lugar durante dos semanas, hacen amistad, se cuentan batallitas, toman suficiente confianza como para hablar de sexo y putas y de repente el sexo grupal les parece una idea cojonuda.
Se gira en la cama con dificultad. Le duele todo, y siente asco al rozar su cuerpo. Odia el semen.
Rota el hombro para comprobar si está correctamente encajado. No sabe como no se lo han sacado de su sitio, la han tratado como si fuera una muñeca de trapo sin sentimiento alguno creada para satisfacer los deseos de esos cerdos. Puff como si fuera algo nuevo.
La puerta se abre y ella mira con un sólo ojo a su nuevo cliente.
—Madre mía... —susurra él que la mira aterrado —¿Estás bien? —pregunta acariciando suavemente su hombro que luce un enorme moretón.
Carol se encoge ante el tacto. Lleva tantos días sin tener un trato amable que hasta se sorprende de ese toque.
Lo observa. Es un hombre joven, delgado, bien vestido y peinado. No sabe qué pensar, por lo general cuanto más arreglados están peores son, pero su preocupación parece realmente sincera.
Se incorpora en la cama.
—¿Qué quieres hacer? —pregunta con desgana.
Él gira el rostro tímido ante su cuerpo desnudo.
—Yo... yo es que no... —carraspea buscando su voz —Nunca he hecho esto antes —confiesa cabizbajo.
Carol ladea la cabeza.
—¿Nunca has follado o nunca has follado con una puta? —pregunta. No sería la primera vez que alguien se desvirga con ella. La mayoría suelen ser tímidos y dejan que ella tome el control, otros en cambio son tan obsesos de las películas porno que esperan que ella los complazca igual que esas actrices fingen hacer, aunque esté recibiendo la peor de las humillaciones.
—Con una prostituta, bueno... con una mujer en general, yo... soy gay —aclara finalmente. Desvelando por primera vez su secreto. Y se siente bien, odia tener que ocultarse como si estuviese haciendo algo malo. Lo que hacen esos machos con esas pobres mujeres en ese barco sí que es una atrocidad.
Carol abre mucho los ojos, esa respuesta sí que no la esperaba. De pronto se siente relajada. No hay peligro, al menos no de ser violada.
—¿Y qué haces aquí entonces?
El joven se encoge de hombros y sonríe con pesar.
—Mi padre me trajo para 'hacerme un hombre'.
Sonríe con cariño. Menudo padre, que en su desesperación prefiere que viole a una prostituta a aceptar que su hijo es homosexual, como si eso lo fuera a 'curar'. O quizás ni siquiera sepa cuales son sus preferencias sexuales y piensa que la razón por la que no le ha conocido novia alguna es porque es un muchacho tímido.
—Osea que no quieres follar conmigo.
Él niega con la cabeza.
—Eres muy atractiva, tienes unos ojos preciosos pero no me atraes nada —responde midiendo sus palabras para no ofenderla.
Carol asiente paseando la lengua por el interior de su boca pensativa.
—Pues veo poco probable que yo desarrolle una polla, así que... puedes irte ya o esperar sentado mientras yo me doy un largo baño y luego sales de aquí con cara de haberte hartado de follar —propone.
Así ambos ganan, ella se permite el descanso que tanto necesita y él se llevará la palmadita en la espalda de su padre.
Él sonríe.
—Disfruta de tu baño.
Carol le devuelve la sonrisa e intenta levantarse.
—Joder —gime cuando apoya el peso de su cuerpo en el brazo izquierdo. Ya se había olvidado del dolor.
El joven hace el amago de ayudarla pero ella lo detiene con un movimiento de manos.
—Estoy bien, estoy bien, yo puedo —asegura.
Se encamina hasta el baño sin mirar atrás.
El joven la mira preocupado. Tiene la espalda llena de moretones, sus nalgas duele verlas y un mordisco con muy mala pinta sobre el hombro.
—Si necesitas ayuda aquí estaré. Me llamo Aaron, por cierto.
Carol se detiene para responder.
—Nancy, pero puedes llamarme como te salga de tu homosexual polla.
Aaron se echa a reír y asiente viéndola marchar.
Mira a su alrededor y decide ponerse cómodo y sentarse en una butaca para atender su smartphone.
Carol cierra la puerta tras ella, pero no la bloquea, teme tener que necesitar su ayuda para salir de la bañera. Se encuentra muy débil, más de lo que aparenta y tener que apañárselas con un solo brazo no ayuda.
Evita mirarse al espejo, no quiere saber como está, teme no reconocerse.
Mete lentamente un pie en el interior de la bañera que ha llenado y comprueba así su temperatura. Está bien, caliente como a ella le gusta.
Se arma de valor y se sienta en el interior.
—Joder —gime de dolor cuando el agua acaricia sus genitales.
Arden.
Apoya la frente sobre la fría porcelana de la bañera y muerde su labio para ahogar el sollozo.
Agudiza el oído al escuchar a la chica de al lado gritar de dolor y se retuerce al escuchar esa voz masculina que le habla con autoridad y el cuerpo de la joven golpear el suelo.
Se sumerge en la bañera para que el agua tape sus oídos y los gritos no sean más que un eco lejano.
—No lo va a conseguir —susurra.
Esa chica no será más que un cuerpo inerte que tiraran por la borda y aparecerá, si aparece, meses después en alguna playa con la piel comida por los peces, hinchada e irreconocible.
Es así, por muy duro que parezca.
Cuando el barco llegue a puerto no habrá nadie esperando su regreso, nadie preguntará por ella, nadie la echará de menos. Para su proxeneta sólo será una puta menos, y para la sociedad un cuerpo sin nombre que nadie reclamará jamás.
Cierra los ojos y deja vagar su mente por pensamientos más alegres. Recuerdos del pasado. El olor a azahar de las calles donde solía pasar las vacaciones con sus padres, la brisa del mar acariciando su rostro, el murmullo de las olas, el sabor de los helados artesanales, la sonrisa de sus padres observándola jugar...
Se hunde aún más en esa agua que empieza a enfriarse, obligándose a aguantar la respiración.
Le encantaría tanto sumergirse en sus recuerdos y no salir jamás...
Volver atrás, donde su inocencia estaba intacta y soñaba con ser pirata.
Vuelve a salir a flote para tomar aire.
No, no puede pensar en eso, volver atrás sería renunciar a su hija ¿Para qué quiere vivir sin ella?
Sacude la cabeza y sale de la bañera.
La chica de al lado sigue llorando, y el animal que está con ella le grita en un perfecto ruso. Puede oír los golpes de un látigo que corta el aire y el sonido de sus cuerpos chocando.
Se envuelve con gracia en una toalla y se aleja de allí.
Aaron continúa sentado con el teléfono móvil en la mano. Agradece tener ese aparato, es la mejor compañía que tiene en ese crucero, y es más inteligente que todos los cerebros de esos tíos juntos.
Alza la vista al sentir una presencia a su lado y sonríe.
—¿Qué tal el baño? —pregunta.
Aseada parece otra. Las marcas siguen ahí, pero su cabello está peinado y su piel no parece pringar.
Carol se encoge de hombros.
—Necesario —responde sin rodeos.
Camina hasta el armario y rebusca en la bolsa una barrita energética y una botella de agua. Necesita reponer fuerzas.
—Te invitaría a algo, pero mientras tú tienes un comedor con buffet libre abarrotado de comida yo sólo tengo esto para sobrevivir dos semanas, así que...
Aaron hace un gesto con la mano disculpándola. Y la deja comer tranquila.
—Si quieres mañana puedo volver y traerte algo de comida —propone.
Es increíble como tratan a esas mujeres ¿Por qué no pueden ir al comedor como ellos? ¿Por qué no pueden salir de allí? Es obvio que están esclavizadas en ese lugar.
Carol lo mira con cariño, es un encanto. Los hombres como él le dan cierta esperanza en la posibilidad de un mundo mejor para las mujeres en generaciones futuras. Aunque para ello tengan que ser homosexuales, quizás sea lo mejor.
Y hablando de generaciones futuras...
—¿Escuchas eso? —pregunta señalando hasta el baño por donde se cuela la voz de su joven vecina. Está asustada, sufriendo y suplicando por favor que pare.
Aaron agudiza el oído y asiente. Un sabor agrio sube por la garganta al imaginar lo que le pueden estar haciendo a esa chica.
Carol comprende esa mirada.
—Si quieres llevar comida y pasar el tiempo con alguien que sea con ella. Necesita tu compañía más que yo, e incluso te lo agradecerá —dice con suavidad.
Ella aguantará. Lleva más de veinte años en esa mierda, se ha enfrentado a esas bestias muchas veces, pero esa joven... tiene dudas de que salga viva de esa sesión que está teniendo, pero si lo hace no aguantará mucho más con esos monstruos sin corazón ni empatía alguna. Al menos con Aaron descansará los días que le quedan ahí y no sufrirá daño alguno.
Por lo general suele ser egoísta y preocuparse solo por ella. Porque necesita salir viva de allí y estar con su hija, pero esa chica es tan joven...
Le gustaría ayudarla de verdad, sacarla de ahí para siempre, reunirla con su familia... pero no puede, eso es lo máximo que puede hacer, y le sabe a poco.
Sacude la cabeza, no quiere pensar en ello. No le gusta encariñarse con nadie. Las prostitutas mueren y los puteros entran y salen de su vida sin más, y si se quedan más tiempo es para engañarla con Te quieros vacíos que lo único que hacen es dañarla.
Se sienta al borde de la cama y lo observa
—Bueno, ¿Qué me cuentas de ti? ¿De dónde viene tu fortuna? Tendré que conocer un poco más al hombre con el que he tenido el mejor sexo esta semana.
Aaron sonríe tímido.
—Mi padre subasta obras de arte únicas —dice para no usar la palabra 'robadas' —Y yo tengo galerías de arte donde artistas de la pintura y la fotografía exponen. Ahí conocí a mi pareja —responde sintiendo un poco de nostalgia. Que ganas tiene de volver a verlo y abrazarlo.
—¿Galería fotográfica? Puede exponer cualquier aficionado? —Se interesa.
Carol sonríe al ver como Aaron asiente.
—Tengo un cliente aficionado a la fotografía que le gustaría darse a conocer —informa.
Camina por la habitación y rebusca en su maltrecho bolso.
—Y si mi niño rico fotografía igual que folla estoy segura de que no te defraudará —asegura entregándole el trozo de papel con el número de teléfono apuntado que días atrás él le entregó —Se llama Daryl Dixon. Llámalo, por favor.
Aaron toma el papel entre sus manos.
—Descuida, lo llamaré.
Carol observa como registra el número en su smartphone.
Cambia el peso de su cuerpo de un lado a otro y se muerde el pulgar nerviosa. No sabe como sacar el tema, pero tiene que hacerlo, quizás esa sea su única oportunidad. Él parece de fiar.
—Oye, ya... ya sé que te sonará extraño y puede que me digas que no, pero... podría... ¿Me permitirías hacer una llamada desde tu teléfono? Por favor. No llamaré a la policía, lo juro.
Aaron la estudia. Está nerviosa, insegura, y le suplica con la mirada. ¿Dónde se fue la mujer segura que estaba frente a él hace unos segundos?
Que no va a llamar a la policía dice... Que la llame y hundan ese barco con todos esos misóginos dentro.
Le sonríe con ternura.
—Claro —dice entregándoselo.
—Gracias —agradece casi en un sollozo nervioso.
Toma el teléfono con manos temblorosas, como si temiese romperlo. Es lo más valioso que ha tenido en sus manos en todos esos días.
Marca el número que tiene grabado con fuerza en su mente.
Un toque...
Su corazón se le acelera.
Dos toques...
Le falta el aire...
Tres toques...
Empieza a impacientarse y suplica a todos los dioses que descuelguen ese teléfono.
Cuatro toques...
—Parroquia María Auxiliadora. Soy Sophia ¿Quién eres tú?
Carol sonríe ampliamente por primera vez en todos esos días. Cuanto ha extrañado esa voz, temía no volver a escucharla.
Abre y cierra la boca intentando hablar pero la emoción no le deja.
—Ho... hola mi amor —vocaliza al fin.
—¡Mamá! —grita ella, y su felicidad le llega a través de ese teléfono —¡Gabriel, es mi mamá! ¡Mamá, estoy merendando galletas de dinosaurios y ya quedan cuatro días para verte!
Carol ríe con ganas ante esa forma de hilar la conversación.
—Sí mi amor, cuatro días. Tengo muchas ganas de verte ¿Te estás portando bien? ¿Qué tal el cole?
—Sí, me como toda la comida, me lavo los dientes, me visto solita y me acuesto a mi hora. En el cole estamos preparando Halloween y Tara me está ayudando a hacer un disfraz de zombie.
Los ojos de Carol se iluminan mientras su hija habla.
Aaron observa sonriente. Por las preguntas que hace supone que está hablando con un niño o niña. Su propio hijo o hija lo más seguro.
Le gusta lo sonriente que está.
Sabe que esa llamada le saldrá por un ojo de la cara, pero merecerá la pena. Seguro que es la primera vez que habla con su hija en esos más de diez días.
—Mamá, cuando vengas te voy a abrazar fuerte, fuerte fuerte y no te voy a soltar.
Carol sonríe con los ojos llenos de lágrimas. Casi puede sentir ese abrazo.
—Yo también mi vida, y te comeré a besos.
La escucha reír animada. No sabe cuanto tiempo lleva hablando con ella. Supone que bastante, pero el tiempo se le ha pasado volando.
Debería despedirse ya, aunque le pese, está acaparando ese teléfono que no le pertenece.
—Mi niña, tengo que colgar ya, tengo que trabajar. Prometo volver a llamarte si puedo, y si no nos veremos en cuatro días ¿vale? Te quiero mucho, no lo olvides.
—Vale, mamá. Yo también te quiero mucho mucho mucho mucho ¡No cuelgues, Gabriel quiere decirte algo!
Carol espera a escuchar la voz de Gabriel tras el teléfono.
—¿Qué ocurre? —Pregunta con sequedad y cierta preocupación cuando el cura le pregunta que tal está. No tiene interés alguno en contarle como va su vida.
—Vino un hombre preguntando por ti, bueno por Nancy.
Al instante su cuerpo se tensa y le falta el aire. Miles de nombres vienen a su mente. Nombres de proxenetas y monstruos en general que quizás realmente la buscaban a ella o querían asegurarse de que ella no estaba para llevarse a su niña.
—¿Quién? —pregunta con una voz dura cargada de rabia.
—Me dijo que se llama Daryl Dixon, y me dejó su número.
Carol deja escapar el aire y siente como su cuerpo se relaja de nuevo.
Se aparte el teléfono de la oreja y pone los ojos en blanco mientras niega con la cabeza.
—Este tío es idiota —susurra.
Escucha toda la explicación y su mente se debate entre gritar a Gabriel por dejar a su hija sola a pesar de sus advertencias, volver a tener la charla con su hija sobre hablar con desconocidos o matar a Daryl ¿Para qué coño la busca? Nueva York está lleno de putas con las que follar ¿Por qué narices tiene que ser ella? No sabe qué habrá averiguado sobre ella, pero sabe que ha estado en su barrio, y lo peor, ha estado hablando con Sophia que encima le ha dicho que su madre conoce a Nancy. Dios...
Maldito sea el día que se olvidó la puta vela en su casa.
—No le digas nada, y si llama dile que has hablado conmigo, osea con Ca... —mira hacia Aaron —...con mi yo real y que no sé nada de Nancy. O mejor, dile que no he llamado. ¡Y no le pongas el nombre de la parroquia a los putos cirios, coño! —y cuelga antes de que a Gabriel le de tiempo a asimilar ese reproche.
Se frota los ojos cansada y mira hasta Aaron que le sonríe.
—No sé quien era esa última persona, pero algo me dice que la primera era... ¿Tu hijo o hija? —pregunta tomando el teléfono que ella le ofrece. Está caliente del tiempo que lleva pegado a su oreja y tiene la batería baja, pero no importa, ella parece estar feliz.
—No le digas a nadie que soy madre, ni a Daryl, y tampoco comentes que me has dejado hablar por teléfono, por favor —suplica u ordena dado el tono de su voz.
—Descuida —la tranquiliza él —¿Me permites decirte que tienes una sonrisa preciosa?
Carol sonríe tímida.
—Vaya... Teniendo en cuenta que no tienes interés alguno en follar conmigo me atrevo a decir que es el piropo más sincero que he recibido por parte de un hombre. Gracias.
Aaron asiente con la cabeza en un silencioso denada.
Se queda en silencio sin saber qué decir ¿Cuanto tiempo lleva ahí? ¿Será eso suficiente para contentar a su padre?
Carol lee sus pensamientos y sonríe.
—Creo que deberías irte ya, pero antes... —se acerca a él lentamente y comienza a despeinarlo —Te agarré del cabello para que no te apartaras de mí —mete las manos por el interior del cuello de su camisa y se desplaza hasta la espalda donde clava sus uñas —, Te arañé cuando llegué al orgasmo —frota sus labios con el pulgar —, tienes los labios enrojecidos por lo mucho que los has utilizado —Le desabrocha la camisa volviendo a abrocharla de forma despareja y desabrocha también el cinturón —y como ya te has quedado satisfecho te marchas de aquí con prisas para no perder más el tiempo con una miserable puta —se aleja para contemplar su obra —. Listo, eres el perfecto putero —Gira sobre sus talones hasta su cama donde se quita la toalla y posa desnuda sobre las frías sábanas. El juego vuelve a empezar —. Gracias por el mejor sexo de mi vida, Aaron.
Él sonríe.
—No digas eso muy alto que nadie te va a creer —bromea —Espero volver a verte en otras circunstancias.
Carol asiente y lo observa marchar. Duda que vuelva a verle, y menos en otras circunstancias. Puta es y puta será. Nadie podrá cambiar eso nunca.
Ese joven continuará con su vida y tarde o temprano ella será borrada de su memoria. Al fin y al cabo ella no es más que un ave de paso en la vida de todos los hombres que han estado entre sus piernas o que han fingido estarlo.
Día 11
Daryl espera impaciente tras una pared de cristal.
—Que no sea ella, que no sea ella, por favor —ruega una y otra vez.
Está en la morgue, enfrentándose a lo que más temía. No la encuentra por ningún lado, y según ese cura, Carol no sabe nada de Nancy, así que el más aterrador de los escenarios llegó a su mente ¿Y si está muerta?
Así que ahí está, dispuesto a reconocer a una mujer sin identificar, que tiene el rostro destrozado debido a repetitivos golpes pero que encaja con su descripción: Mujer blanca, de aproximadamente 40 años, complexión delgada, alrededor de 1'75 de estatura, vestido rojo y tacones.
—Un camionero la encontró tirada en una cuneta como un animal atropellado —murmura con la mirada fija el cuerpo cubierto con una sábana que tiene frente a él.
Las lágrimas llenan sus ojos sólo de imaginársela siendo golpeada, y agonizando sin que nadie la ayudase.
Rick frota su espalda, pero él rechaza esa caricia con un movimiento de hombros.
No quiere ser consolado, no puede ser consolado, sólo Nancy podría hacerlo. Y su desesperación por encontrarla le está pasando factura. Empieza a ser más alcohol que hombre y lleva tres días son cambiarse de ropa. Siente que su cabeza le va a explotar, está mareado y tiene unas ganas de vomitar tremendas.
Las piernas le tiemblan y su corazón se acelera de forma descontrolada cuando el forense lentamente va descubriendo su cuerpo.
Su respiración se corta unos segundos mientras su mente asimila la imagen que tiene frente a él.
—No es ella —respira aliviado.
No son sus piernas, no es su vientre, no son sus manos, no son sus pechos. Esa mujer no es ella.
—¿Está seguro? —pregunta el otro forense que está a su lado —. Mira que el cuerpo tras morir...
—¡Qué no es ella, joder! —gruñe. No quiere que siembre la duda en él. Sabe que no es ella; sus piernas son más largas y estilizadas, sus pechos más redondeados con un lunar junto al pezón izquierdo, y su vientre... —¿Tiene una cicatriz bajo el ombligo? —pregunta al recordar esa cicatriz de apendicitis que con cariño besó dos semanas atrás.
El forense mira el informe y niega con la cabeza.
Sonríe ampliamente.
No es ella, Nancy está viva, lo sabe.
Día 12
Carol se arrastra hasta la cama. No tiene fuerzas, apenas puede caminar, le duele todo el cuerpo. Ella que estaba tan extrañada de que ningún obseso del BDSM la hubiese elegido...
Sabía que tarde o temprano llegaría alguno, sabía que no habría palabra de seguridad que lo frenase y sabía que iba a doler, pero no es lo mismo saberlo que sentirlo.
Tiene dudas de que sus genitales estén intactos, y le da miedo comprobarlo, sus pezones están ensangrentados y doloridos, el roce de las sábanas es un infierno. Le cuesta respirar, sus muñecas y tobillos aún tienen las marcas de las bridas que han estado inmovilizándola durante tres interminables horas. Pensó que la mataba.
Decapita un grito de dolor cuando intenta girarse. La boca le sabe a sangre y las patadas que ha recibido en el abdomen han debido lastimarla.
—Asco de hombres —gime dolorida.
Sabe que ha apagado un par de cigarrillos sobre su clítoris, sabe que ha mordido con fuerza sus labios internos hasta el punto de hacerlos sangrar mientras reía como un puto psicópata, y sabe que ha metido toda su mano en su interior, sin lubricarla, sin prepararla. La ha metido en un movimiento rápido y la ha violado con ella enterrando hasta la mitad de su brazo en su interior. La palabra placer no apareció en ningún momento. Al menos para ella.
Y eso que su día no empezó mal, incluso fue divertido.
Para su sorpresa su primer cliente de la mañana fue Gregory, con G de gilipollas. Él no la reconoció, pero ella a él sí. Por alguna razón tiene grabada en su memoria esa primera vez en la casa de su niño rico, cuando salió por la puerta principal y él fue quien le abrió.
Se presentó de forma cordial, le dijo que quería jugar, y cuando ella estaba a punto de adoptar su papel de sumisa él se dejó caer, se puso a cuatro patas y ladró.
Tuvo que morderse la mejilla para no reírse de él mientras le decía 'Buen perro'.
Así que durante una hora ha sido la ama de un perro de ridículos genitales que le ha limpiado con la lengua sus zapatos de tacón y se ha dejado grabar siendo humillado.
Grabación que envió a Daryl, aunque al momento borró el rastro de ese envío.
No es digna para estar con su niño rico pero bien que la elige para sus fantasías más vergonzosas, y lo mejor es que ni siquiera quiso tocarla, ni ella le dejó.
Sonríe.
Daryl esta semanas no está teniendo límites. Estará disfrutando de esa solitaria casa, follándose a quien desee donde desee. Si es que se le ha quitado ya la tontería de buscarla.
—Eres idiota, niño rico —susurra para sí. Y su solitaria risa hace que vuelva a sentir una punzada de dolor que le recuerda donde está.
Mira al techo intentando guardar sus lágrimas de dolor y suplica que todo siga en su sitio cuando al fin se arma de valor y lentamente va llevando su mano a su entrepierna.
Aunque quizás lo mejor sería que la hubiese desgraciado de por vida, y así no tener que follar más.
Suspira aliviada. Todo está maltratado, dolorido e hinchado pero en su lugar. Espera que aguante así dos días más.
Dos días... y al fin verá a su niña.
Se encoge como un animal herido cuando escucha su puerta abrirse.
Otro más...
Día 13
Daryl vuelve a llenarse otra copa, y otra, y otra...
Está cansado de buscar y no obtener respuestas.
Se siente mal por rendirse, se siente mal por estar obsesionado con ella y se siente mal por ser así. Tiene todo lo que había soñado: dinero, lujo, cochazo... y ahí está, llorando como un gilipollas ¿Por quién? ¡Por una puta que lo más seguro es que se haya pirado! Seguro que fue ella quien le robó. Sí... le robó la tarjeta y a la noche siguiente volvió para hacerse la inocente, y ahora estará por ahí puliéndose su pasta.
Lanza la botella vacía de whisky por la ventana que acaba estrellándose contra la pared de la piscina y partiéndose en mil pedazos que se sumergen en el fondo al igual que ese ataque de rabia momentáneo.
Niega con la cabeza ¿Cómo puede pensar así? No, ella no es una simple puta, y tampoco le ha robado, bueno sí, la cordura, porque se está volviendo loco.
Quiere encontrarla, tiene que encontrarla. Sólo necesita saber que está bien, que simplemente ha querido alejarse de él. Le dolerá, pero respetará su decisión y aprenderá a vivir con ello a sabiendas de que ella está bien.
—¿Dónde estás mi amor? —susurra mirando una copa teñida del mismo color rojo de sus labios en la que espera encontrar la respuesta.
Actualidad.
(*Es posible que necesitéis releer el inicio del capítulo anterior para recordar lo previo a esta parte*)
—¿Estás mejor? —pregunta Rick.
Deja un sándwich y una botella de agua frente a Daryl.
Le ha costado que se duchara para quitarle esa ropa que huele a muerto y de paso aliviar la cogorza.
Daryl se encoge de hombros y mira la comida con desgana.
No tiene hambre, no le apetece comer, y menos tras descubrir lo que temía: está enamorado de Nancy.
Sí, enamorado hasta las trancas de una mujer que conoce de hace una semana y de la que no sabe nada. Ni de su paradero ni de su vida, porque Nancy no es más que un personaje interpretado por una completa desconocida.
—He reparado tu teléfono. Tienes suerte de que sólo se haya despiezado al lanzarlo —comenta Rick, pero Daryl sigue sin mirarle.
Toma su teléfono. Quizás trastear por internet o ver una peli le ayude a despejar su mente un par de horas.
Introduce el Pin, 0610, el día y mes que conoció a Nancy, y su patrón de desbloqueo es la letra N, hasta ahí llega su obsesión.
Mira la cantidad de llamadas perdidas y mensajes de Whatsapp que tiene sin ver.
Todos de Gregory.
—Con G de gilipollas —susurra para sí, y la voz de Nancy viene a su mente diciendo esa misma frase con su hermoso e indescifrable acento.
Sacude la cabeza, tiene que dejar de pensar en ella.
Decide leer los Whatsapp.
*Mensaje*
"El crucero ya zarpó"
—Ojalá te hundas —murmura tras leer el mensaje.
*Foto*
"El hombre de mi izquierda es B. Lewis, un importante decorador y restaurador d interiores, te lo presentaré"
—Me importa una mierda.
*foto*
"Este caballero es..."
—Me sigue importando una mierda esta gente.
*foto*
"De izquierda a derecha estamos..."
—¿Para esto gasto megas?
*vídeo*
"Nos encontramos en la sala de..."
—Aburrido.
*Audio*
"Señor Dixon, el barco volverá a Nueva York en un par de días. En cuanto llegue a puerto tomaré un vuelo hasta Francia para..."
—Pues muy bien, aprovecharé para restregar mi polla por tu almohada.
*Vídeo*
"Hola, niño rico..."
Salta de la silla en cuanto escucha esa voz de sirena y mira a Rick con los ojos muy abiertos.
—¿Tú la has oído también, verdad? —pregunta señalando el móvil con brazo tembloroso. Necesita cerciorarse de que no se está volviendo loco.
Él asiente.
Sonríe emocionado. No está escuchando a ningún fantasma. Está viva, sólo estaba en ese puto crucero. Dios... ¿Por qué narices no fue él? Menuda semanas habría pasado, y se habría ahorrado esa puta angustia.
—¡El crucero! ¡Volvía hoy! Tengo que... —mira su reloj —. ¡Joder, que tarde, no voy a llegar! —se apresura en ponerse las botas. Está hecho un desastre: camiseta de tirantes, blusa desabrochada, pantalón de chándal, botas y chaqueta americana. Pero le da igual, se ha vestido con lo primero que ha pillado. Debe darse prisa, Nancy ya estará en su lugar de encuentro y necesita llegar al menos para ver como se mete en el coche de otro tío.
Sólo quiere saber que está bien.
Rick intenta detenerlo, pero él no escucha. Acude a esa voz de sirena sin miedo a naufragar, o a estrellarse con el coche por estar borracho, mejor dicho.
Carol camina por la calle aún medio dormida, apenas puede mantenerse en pie, y todo le parece irreal, se pregunta si quizás no está soñando aún.
Se siente mareada, muy cansada, aún le dura el efecto de la maldita droga, tiene muchísimo frío; no pudo coger sus pertenencias, por lo que ha perdido la chaqueta de Daryl, y se muere de hambre.
Todavía no ha podido ver a su niña, se ha pasado el día metida en una bañera con agua fría, no sabe ni como ha conseguido vestirse.
Se despertó y lo primero que vio fue a Eugene humedeciendo su rostro con una esponja, y a Negan sonriéndole con un fajo de billetes en la mano.
Estaba feliz por todo el dinero que había ganado gracias a ella, por supuesto ella no verá un duro, es el precio a pagar por no ganar más de 100$ la noche. Lo bueno es que no tendrá que seguir robándole a Daryl, o al tío que vaya a follarla.
Le duele todo, sólo desea que quien vaya a ser su cliente hoy la trate bien y no le exija mucho.
Puf, está pidiendo demasiado, la tratará como la puta que es y le exigirá lo que le de la gana.
Dobla la esquina y mira hacia la carretera. No hay ningún coche de alta gama parado al borde con las luces de emergencia encendidas. Daryl no ha ido a buscarla. Se siente defraudada y no sabe por qué ¿De qué le sorprende? Lo extraño sería que después de dos semanas aún la esperase y la estuviese buscando.
Seguramente ya se habrá olvidado de ella, habrá encontrado a otra prostituta con la que pasarlo bien, o aún mejor, una chica de la que enamorarse.
Tenía la esperanza de que estuviese ahí, al menos él si acepta y respeta la palabra de seguridad. No se ve con fuerzas para sobrevivir a una noche de sexo sin reglas.
Se apoya en su farola y cierra los ojos un instante. Dios, la cabeza le va a estallar, y se muere de sueño. Lo que daría por poder acurrucarse junto a su hija y dormir como nunca ha hecho.
—¿Cuanto la noche, zorra? —pregunta una voz masculina.
Abre los ojos. Ni un segundo de descanso. Todo sigue siendo tan irreal, como un sueño vivido. Pero por desgracia no lo es.
Frente a ella se encuentra un chico de unos veinticinco años, repeinado, aseado, y vistiendo ropa de marca. Esos son los más peligrosos. Y lo peor es que lo reconoce: Es uno de los cinco chicos que hace dos años la desnudaron, le dispararon pintura con una pistola de paintball, le escribieron puta por todo el cuerpo y la sacaron a la calle para verla temblar de frío bajo la nieve mientras ellos la observaban a través de la puerta acristalada riéndose y masturbándose.
Se encoge sólo de pensar lo que pretende hacer con ella esa noche.
—100 —dice con un hilo de voz.
El chico la mira de arriba abajo sopesando si merece la pena esa inversión.
Se acerca a ella y tira de su escote para sacar uno de sus pechos y apretarlo con fuerza.
Ella gime y sonríe suavemente de forma automática, aunque sólo sea asco y dolor lo que siente.
Sabe que eso es lo que quiere. Son tan básicos.
El joven saca su cartera.
—Más te vale que valgas la pena.
Ella coge el dinero con manos temblorosas.
No quiere ir con él, pero tampoco puede rechazarlo.
Puede que sea el único hombre que se le acerque esa noche y debe llevarle dinero a Negan. No quiere otro castigo ejemplar. Ya tiene bastante.
La agarra del brazo con fuerza para guiarla al interior de un coche descapotable.
Lo mira de soslayo. Ese niñato ni siquiera se acuerda de quién es ella, es una puta más en su lista. Ella por desgracia lo recuerda perfectamente, en su memoria tiene grabada los rostros de cada hombre peligroso que ha pasado por su vida, y todas sus alarmas se encienden cuando vuelve a estar en presencia de alguno de ellos. Instinto de supervivencia, supone.
—Tíos, tengo una —habla por el móvil el joven —100$. Está buena, un poco delgaducha y está como drogada, pero tiene buenas tetas... a ver cuanto aguanta sin llorar.
Carol tiembla aún más, de nuevo estará ante todos esos niñatos.
Mira hacia atrás en busca de una salvación, pero nadie más tiene pinta de querer sus servicios, y ella necesita el dinero.
Llegan hasta el coche y se para de golpe tomando el control de su cuerpo que hasta entonces sólo se dejaba llevar. De repente siente un miedo atroz. No puede entrar, no quiere entrar, ese auto probablemente tenga como destino su muerte y no puede dejar este mundo sin ver por última vez a su hija. Sólo quiere eso, ver su carita una última vez.
—¡ENTRA DE UNA VEZ, COÑO —ladra el joven tirando de ella con fuerza.
No sabe si es por el cansancio, la droga o el miedo pero ese coche huele a muerte.
—Yo no... no quiero, no... —intenta resistirse con todas sus fuerzas a esos tirones que él le da.
Ya tiene medio cuerpo dentro.
—¡NANCY! —grita una voz que al instante reconoce y que hace que el joven afloje su agarre, dándole así libertad de movimiento.
Se gira hacia el lugar de donde procede la voz.
Ahí está, emergiendo de entre las luces de las farolas y caminando deprisa hacia ella.
—Daryl...—murmura con un hilo de esperanza y los ojos llenos de lágrimas —. Yo... —no le da tiempo a pronunciar más palabras. Antes de que se de cuenta Daryl la está estrechando con fuerza contra él en un abrazo tan cálido y auténtico que tiene que morderse el labio para no romper a llorar ¿Tan necesitada estaba de cariño? O quizás es por su terror a la muerte. La ha visto tan de cerca...
—Mi amor —susurra Daryl ahogando un sollozo contra su cuello —. No te haces una idea de lo preocupado que he estado por ti y lo mucho que te he echado de menos — la estrecha más contra él, no quiere dejarla ir.
No se lo cree, de nuevo siente la calidez de su piel, su dulce aroma y su tacto suave...
Es ella y está entre sus brazos, aunque sólo sea un par de minutos. Ese niño pijo ha llegado antes que él y, como muchas veces le ha dicho Nancy, su cliente es el primero que llega.
Le jode, ha estado todas las noches presentándose ahí puntual, como un reloj, sin suerte alguna y hoy que llega más tarde porque había perdido la esperanza va y aparece, pero al menos se queda con la tranquilidad de que está viva.
—Deja que te vea bien —la agarra de los hombros para apartarla y poder hacer contacto con sus ojos. Tan hermosos como siempre pero su mirada luce distinta, como perdida, sus pómulos están más marcados y unas profundas ojeras oscurecen su expresión —. ¿Qué te han hecho? Tienes mala cara —pregunta limpiando con el pulgar una solitaria lágrima que resbala por su pálida mejilla.
Carol sonríe con tristeza. Si le contara..
—Mira quien fue a hablar. Estás hecho mierda —se percata de su extraño look y su aspecto desaliñado.
Daryl se mira.
—Ya, bueno no he tenido una semana fácil, y esto... pues fue lo primero que pillé, necesitaba verte —confiesa.
Le cuesta hablar, cuanto más la mira mas rápido late su corazón y más le falta el aire. Ya casi había olvidado la magia que desprenden sus ojos y el encanto de su sonrisa pícara.
Ella tiembla ligeramente, y es entonces cuando se da cuenta de sus brazos desnudos.
—¿Tienes frío? ¿Dónde está mi chaqueta? —pregunta sin importarle mucho la respuesta.
Se quita su propia chaqueta americana y la coloca sobre los hombros de ella.
Carol lo mira con cariño, agradeciendo su gesto.
La chaqueta huele bien e irradia calor procedente de su cuerpo.
El frío se va, aunque aún tiene hambre y sueño.
—Perdí tu chaqueta, lo siento —dice avergonzada, acurrucándose bajo esa prenda.
Daryl vuelve a tomar su rostro entre sus manos para que le mire a los ojos.
—No importa, te compraré otra y...
—Ey tío, ¿Qué coño haces? —gruñe el joven que empieza a impacientarse.
Daryl lo asesina con la mirada. Lleva dos semanas sin ella, sólo quiere disfrutar de su presencia un par de minutos, tampoco pide tanto. Pero por otro lado, ese idiota ha pagado por estar con ella, le esta robando tiempo y eso puede perjudicar a Nancy.
Acaricia su rostro con cariño una última vez.
—Lo siento, tu cliente espera, pero te juro que mañana...
—No quiero ir con él —se precipita en confesar.
Lo agarra con fuerza de las muñecas. No quiere que se aleje de ella, quiere seguir sintiendo esa caricia sobre su rostro.
—Por favor, me va a hacer daño —suplica con voz entrecortada.
Daryl mira a esos ojos aterrados, esa mirada no pertenece a Nancy. Se trata de la mujer misteriosa cuyo nombre desconoce que tanto ama y que ahora mismo le ruega por su ayuda.
Parece tan pequeña y frágil...
Mira hacia el chaval. Repeinado y vestido con polo de marca, apoyado contra el coche y mirándole con altanería. Puto niño pijo.
—¿Te ha pagado ya?
Ella le extiende con mano temblorosas un par de billetes que él coge.
—Entra en nuestro coche, ahora voy yo —le susurra entregándole las llaves.
Ella se encamina torpemente hasta el auto.
—¿A dónde mierda vas, puta? —grita el joven.
Intenta agarrarla del brazo para retenerla pero es interceptado por Daryl que lo tira al suelo de un empujón.
—¿De qué coño vas tío? —grita desde el suelo mirándole con odio.
—No quiere ir contigo, aquí tienes tu puto dinero —gruñe lanzándoselo a la cara.
El joven se levanta y se encara con él mirándole amenazante.
Daryl se echa a reír.
—¿De verdad quieres pelearte conmigo? No tienes ni media hostia, niñato.
Le aguanta la mirada.
No le tiene ningún miedo. Su masa muscular es nula. Mucho golf, padel y todo lo que tenga que ver con caballos pero deportes cuerpo a cuerpo ni uno, y seguro que no ha participado en una pelea callejera en su vida. Sus problemas lo arreglan a base de denuncias o sicarios que les hacen el trabajo sucio.
—Pss, quédate con esa zorra —recula el chico, que se aparta de Daryl caminando hacia atrás mientras le hace una peineta.
Daryl espera de pie fulminándolo con la mirada, podría partirle la cara de un puñetazo por haber insultado a su chica, ¿Pero para qué? No merece la pena perder el tiempo con él, y menos esa noche.
Lo observa hasta que ve el descapotable alejarse, no quiere arriesgarse a que lo sigan.
—Gilipollas —murmura una vez que lo pierde de vista.
Gira sobre sus talones y camina hasta su coche.
Carol le devuelve la sonrisa que él le da.
—Lo siento, Ese idiota puede joderte la vida —murmura medio adormilada.
Esos asientos son demasiado cómodos.
Se siente mal por haberlo involucrado en eso, pero confesarle que no quería ir con él fue la única salida que encontró para asegurarse una noche más con vida o al menos sin deteriorar su salud más de lo que está.
Daryl bufa.
—Ese idiota me puede comer los huevos por detrás —replica dando por finalizado el tema. No quiere perder más el tiempo con ello, tiene cosas más importantes en las que centrarse.
Mira a Nancy, sentada en el asiento del copiloto y utilizando la chaqueta americana como manta.
Adorable.
Decide poner la calefacción para que entre en calor más rápido.
—¿Estás bien? Me extraña que aún no me estés pidiendo el dinero —pregunta mientras rebusca en su cartera.
Nancy se sienta correctamente en el asiento y toma el dinero.
—Sí, sólo muy cansada, apenas he dormido estas dos semanas, he tenido muchos clientes en el crucero —responde guardando torpemente el dinero en el bolso. Dios, que mareada está.
Daryl la observa, está poco habladora y apenas atina a cerrar el broche del bolso de lo cansada que está.
—¿Te merece la pena? —pregunta.
Entre el cansancio y lo delgada que ha vuelto parece que ha estado secuestrada en lugar de trabajando en un crucero.
Ella se encoge de hombros.
—Pagan bien, y nunca había montado en barco, me apetecía —responde para ocultar la realidad.
Se acerca hasta Daryl en busca de un beso a ver si así se calla.
Daryl saborea esos labios con suavidad, quiere que ese beso dure a pesar de que sabe que lo besa para eludir el tema.
La ha echado tanto de menos...
Hay tantas preguntas que quiere hacerle ¿Por qué le dio un número de teléfono falso? ¿Por que no le avisó de que estaría en ese crucero? ¿Se llama Roxanne? ¿De qué conoce a Carol y Sophia? ¿Puede hacer él algo para ayudarlas? ¿Por qué hay en la morgue una mujer con su mismo vestido?...
Tantas preguntas, y ahora en cambio sólo quiere besarla. Ya tendrá tiempo para obtener respuestas.
Lleva la mano hasta su nuca para atraerla más hacia él, necesita tenerla más cerca.
Siente como ella lleva la mano hasta su entrepierna donde su miembro está notablemente excitado. Él también la ha echado de menos.
La agarra de la muñeca para detenerla y ella detiene el beso para mirarlo interrogante.
Se miran en silencio.
—¿Cómo puedes ser tan hermosa? —pregunta Daryl en voz alta sin darse cuenta. Está tan guapa con esa expresión de desconcierto...
Ella lo sigue mirando buscando la respuesta al porqué de su negativa a ser tocado.
—Estás que te caes de sueño. Descansa un poco. La noche es larga, ya habrá tiempo de sexo.
Carol ladea la cabeza ¿De verdad le está pidiendo que duerma?
—Estoy muy cansada, niño rico, como me duerma no despertaré hasta el amanecer —avisa —. Así que o follamos ahora o lo haces mientras duermo —propone. No sería la primera vez que duerme durante el sexo.
Daryl la mira como si estuviese loca.
—¡No pienso hacer eso! Si necesitas dormir hasta el amanecer hazlo, no importa.
Ahora es Carol quien atisva locura en sus palabras.
—¿Y qué piensas hacer mientras duermo?
Daryl se encoge de hombros.
—No sé, dormir a tu lado, o mirarte mientras duermes.
Carol pone cara de asco.
—Eso es siniestro.
—No, lo siniestro es que consideres siniestro que te mire y no que te viole —corrige él.
¿Cómo puede proponerle que se acueste con ella sin ser consciente de ello?
Carol pone los ojos en blanco.
—Has pagado por follar conmigo, no por...
—He pagado por estar contigo, lo que hagamos durante ese tiempo es irrelevante —interrumpe.
Se siente mal porque piense que sólo la quiere para sexo y la vez se siente idiota por tener ese sentimiento ¡Es una prostituta! Lo logico es que la contrate para follar. Normal que piense así.
De nuevo se miran en silencio. Ninguno encuentra argumentos.
—Duerme, anda —intenta dar por finalizado el tema.
Reclina su asiento hacia atrás para que esté lo más cómoda posible.
Nancy dibuja una sonrisa cansada y él muere de amor con ella. Su sonrisa es preciosa.
Se inclina sobre ella para darle un último beso antes de reanudar la marcha.
—Descansa, mi amor —susurra contra sus labios.
Ella asiente.
—Sí, per deja de llamarme mi amor, por favor —pide en un bostezo.
Entre lo cómoda que está y lo caldeado que está el coche se rendirá al sueño enseguida.
Daryl la mira de soslayo. Ya se ha incorporado a la carretera.
—¿Por qué? ¿Qué tiene de malo?
—Por que así es como llamas a la mujer que amas, no a la puta que te follas —murmura mientras sale y entra en el sueño.
Detiene el coche en un semáforo en rojo permitiendose así mirarla unos segundos.
Parece tan pequeña acurrucada bajo esa chaqueta...
—¿Y si la mujer que amo es la puta que me follo? —pregunta utilizando sus mismas palabras.
Espera su respuesta impaciente y con el corazón acelerado, acaba de decirle que la ama.
—Puff, no digas gilipolleces —rechaza esos sentimientos sin molestarse siquiera en abrir los ojos.
Daryl traga saliva ¿Eso es todo? ¿Esa es toda su reacción? Le ha dado prácticamente igual. Le ha abierto su corazón y le ha importado una mierda.
Quiere odiarla, pero no puede. Ella está siendo sensata. Él no es más que un cliente más. Toda sus palabras amables, besos y caricias es un papel aprendido que interpreta con todos ¿Cómo iba a enamorarse de ella?
Pues lo ha hecho, será una gilipollez pero está enamorado hasta las trancas.
Un coche toca el claxon avisándole de que el semáforo está en verde.
Sacude la cabeza y la mira una última vez antes de reanudar la marcha.
Duerme profundamente.
—Descansa mi amor, yo cuido de ti —susurra a sabiendas de que no puede oírle.
Los sentimientos de ella serán actuados, pero los de él son auténticos y eso nada lo cambiará.
Hola, espero que a pesar de todo os haya gustado el capítulo :)
Sé que tardo en actualizar y os impacientáis, pero como muchas veces he dicho, no voy a abandonar ninguno de mis fic. Tranquilas ^^
En Twitter compartí un adelanto del capítulo que al final no incluí porque decidí cortar antes, así que lo veréis en el siguiente.
Como dije anteriormente, la parte del barco es una historia real y Nancy ha vivido la misma experiencia que la chica que me dio el permiso para publicar dicha historia. Exceptuando la parte de Aaron, pero era un personaje que necesitaba introducir a la historia y que será un pilar importante en la afición de Daryl.
Nancy a pesar de pensar en Daryl en varios momentos durante el crucero, podemos ver que sus sentimientos no van más allá del cariño que puede sentir por él ya sea por la complicidad en el sexo o por el respeto que le muestra. No podemos hablar de amor romántico, aún no.
Cosa que Daryl ya sabia pero no quería aceptar, hasta que ve la nula reacción de ella cuando le confiesa su amor.
Respondiendo a una pregunta sobre el capítulo anterior:
-Sí, Carol aún está enamorada del padre de Sophia. Fue el primer hombre que la trató con cariño, que le dijo que la amaba y le prometió rescatarla de esa vida, pero la abandonó cuando estaba en la etapa final de su embarazo, le hizo mucho daño y por esa razón evita tener sentimientos hacia sus clientes más allá de cariño.
(Más adelante se reencontrará con el padre de Sophia)
En el próximo capítulo Daryl descubrirá lo maltratado que está el cuerpo de Nancy, le preguntará sobre Sophia, Carol se reencontrará con su hija y Daryl le preparará una sorpresa muy tierna.
