Capítulo XVII: Trina
Con el pasar de los años los castigos en Hogwarts han ido menguando su intensidad. Pasaron de tortura mágica medieval a simples noches de desvelo en compañía de gusarajos mal olientes ¿Dónde quedaron las viejas costumbres? Argus Filch esperaba que estas no se hubiesen extinguido aún, pues todavía guardaba con adoración y fervor los grilletes que alguna vez utilizó con los estudiantes, esperando el glorioso día en el que pudiera volver a hacer uso de ellos.
Por eso, cuando la profesora McGonagall lo llamó para hacer cumplir un castigo, él fue con la ligera esperanza de que aquel día se cumpliese su deseo tan anhelado.
Claramente no fue así.
—En la biblioteca desempolvando libros viejos. Cuando Hogwarts era un mejor colegio se permitía colgarlos de cabeza durante horas por haberse saltado clases—el conserje iba murmurando en voz baja su inconformidad con los castigos de este tiempo mientras dos alumnos lo seguían, guardando siquiera tres metros de distancia con el Squib.
Harry miraba al hombre sostener la lámpara en compañía de su gata, iluminando los oscuros pasillos del castillo con dirección a la biblioteca. Draco y él tenían que cumplir su castigo allí bajo las órdenes de la señora Pince, pero eso era mucho mejor que destripar un barril lleno de sapos cornudos como había propuesto Snape, suerte que McGonagall logró impedírselo.
Miró a Draco de soslayo, caminaba a paso calmo como si se dirigiera a su sala común y no a cumplir su castigo en la biblioteca. Viéndolo ahí, tan cerca, no se le hacía posible concebir la idea de que quiera abandonar el colegio, porque eso es lo que había dicho ¿No? Malfoy quería dejar Hogwarts y nunca más volver.
— ¿En verdad piensas irte? —no pudo evitar exteriorizar sus dudas.
El rubio volteó a verlo y retuvo su mirada, como si no quisiera que existiesen dudas de su decisión— ¿De Hogwarts? Sí, ¿Del castigo? también, pero les daré la satisfacción de castigarme una última vez.
Harry asintió, aparentemente calmado. Instantes después arremetió de nuevo— ¿Por qué? No lo entiendo, Hogwarts es...
—Para ti Hogwarts puede significar algo completamente distinto a lo que es para mí, vienes de una familia muggle así que no me extraña que consideres esto como lo mejor que te ha pasado en la vida, yo en cambio tenía más opciones, Dumstrang por ejemplo, tú sabes que habría ido allá de no ser por la distancia ¿Lo recuerdas?—los ojos grises se posaron en los suyos y fue como si le transmitiera el recuerdo a través de ellos: ambos, en la tienda de túnicas de Madame Malkins, Draco hablando y Harry emitiendo monosílabos. La primera vez que se conocieron.
— ¿Por qué no quieres seguir aquí? —siguió insistiendo.
— ¿Para qué? probablemente no habría terminado de estudiar de todas formas. Además, no pienso continuar con todo este asunto de la luna, lo que sea que esté pasando no tendría que ver conmigo si yo no estuviera en Hogwarts.
—Eso es mentira—replicó Harry con la mente puesta en la letra de la canción de la luna—Desde un principio tuvo que ver contigo. En Dumstrang o en cualquier otro colegio, igual te habría pasado.
—Pero no estuvieras tú para entrometerte—dijo e intentó caminar para apartarse del moreno, pero Potter lo tironeó del brazo y lo obligó a centrar sus ojos en los furiosos orbes esmeralda.
El sonido chirriante de la pesada puerta de madera abriéndose los trajo a ambos de vuelta al mundo, giraron la cabeza al mismo tiempo para ver a la bibliotecaria salir cargando una vela, llevando un pijama y una bata puesta.
—Buenas noches, Argus—saludó al conserje y luego enfocó sus ojos oscuros en ellos—Potter, Malfoy, no creí que fuesen de los que se saltan clases, pero no tengo mucho que esperar de la juventud de hoy en día, deberían agradecer que Dumbledore prohibió los castigos físicos, de lo contrario...—dirigió su mirada a Filch, quien solo asintió estando de acuerdo y mostrándose un tanto emocionado porque alguien comparta su forma de pensar— Pasen, hay muchos libros que desempolvar y solo tienen hasta el amanecer para hacerlo. Si no acaban hoy tendrán que desvelarse el resto de la semana—diciendo esto le dio una última mirada a Filch y se adentró a la biblioteca con la luz de la vela guiando sus pasos.
Draco miró mal a Harry y se soltó para seguir a la señora Pince, el Gryffindor permaneció unos segundos más, e hizo una mueca cuando se percató de que Filch se había quedado viendo embelesado el lugar en el que había estado parada la bibliotecaria. Después trotó para alcanzar a los otros, guiado por el resplandor anaranjado que proyectaba la luz de la vela.
Vislumbró ambas figuras girar en un pasillo que formaban los tantos estantes repletos de libros y condujo hasta allí sus pies a paso apresurado.
Cuando llegó bajó la velocidad y empezó a caminar un poco rezagado de las dos personas. Draco avanzaba junto a la bibliotecaria guardando un poco de distancia pero estando a la par, mientras él se quedaba atrás, solo viendo su silueta y prestando más atención a su forma de andar.
Madame Pince recorría los pasillos como una rutina, arrastrando los pies y un poco encorvada; Draco en cambio se erguía en todo su porte y sobrepasaba casi por una cabeza de altura a la mujer, su andar era calmado, estaba claro en cada una de sus pisadas que no quería estar allí pero que no tenía otra opción, sin embargo, eso no le quitaba su altivez ni aires de grandeza cada que pasaba observando los estantes y chequeando la cubierta de algún libro viejo.
Desde su posición, Harry observaba atentamente a Malfoy, ni siquiera sabía por qué lo hacía, quizá para encontrarle alguna falla de la cual burlarse después o algo por el estilo, o quizás era porque nunca había prestado total atención a su figura, es decir, reconocería de espaldas a Draco donde fuese, eso es seguro, pero observándolo bien no sabía cuándo fue el momento exacto en el que creció tanto. Siempre fue más alto que él (y eso realmente le molestaba) y ahora era probable que apenas y le llegue a los ojos, el único que le igualaría en porte sería Ron, quien en las vacaciones había crecido más de lo que alguien normal crece en tan poco tiempo, se preguntaba si aquello era un efecto secundario de ser mago.
Por otro lado, él era más robusto que Malfoy ¿Y por qué no? más fuerte que él. Lo había notado cuando tuvieron la pelea en el salón en desuso antes de que llegara Snape, era verdad que en un descuido el rubio le partió el labio, pero por lo demás estaba seguro que si se enganchaban en una pelea cuerpo a cuerpo, sería Harry el vencedor.
Como para confirmar sus pensamientos, pasó de enfocarse en toda la figura enfrente suyo, a observar concretamente sus hombros; anchos, a través del saco del colegio (porque ninguno iba puesto túnica) se entendía la forma de una espalda masculina, inconfundible con la de una mujer, de los hombros hasta la estrecha cadera iba una línea casi diagonal que formaba su cuerpo. Y entonces, a Harry se le ocurrió desviar la vista un poco más abajo...
—Empezarán por aquí, esta zona casi nadie las visita y es la que más polvo acumula. Tienen prohibido usar magia para esta tarea así que confiscaré sus varitas hasta que hayan terminado.
Mientras la bibliotecaria indicaba todo eso y extendía su mano hacia un molesto Draco, Harry chocaba contra una mesa vacía, empujándola hacia un estante del cual cayeron varios libros sobre su cabeza que le hicieron reaccionar.
Draco lo miró como si mirara a un babuino y luego sacó de su bolsillo su varita dirigiéndose a Madame Pince— ¿Y cómo pretende que limpiemos todo esto? ¿Con la lengua? —dijo insolente.
—No sería mala idea—indicó la mujer, resentida, y luego conjuró unos trapos que aventó sobre la mesa con la que había chocado Harry, acompañados de una vela que surgió de la nada—Con eso bastará.
Harry acomodaba sus lentes cuando la mujer le extendió la mano, por un momento creyó que debía tomarla y luego entendió que le estaba pidiendo su varita. La entregó, y procuró recobrar la compostura— ¿Hasta dónde debemos de limpiar? —preguntó mirando los libros que le habían golpeado la cabeza reposando en el piso con una gran capa de polvo cubriendo su portada roja y volviéndola casi gris.
Como si la mujer hubiese estado esperando esa pregunta, sonrió y dijo—La biblioteca es grande, señores.
Con esas últimas palabras se despidió desapareciendo al virar en una esquina y dejándolos a solas, ambos notando como el resplandor de la vela que llevaba se iba haciendo cada vez más tenue hasta dejar de mostrarse casi por completo.
Uno de los trapos se estampó contra la cara de Harry y quedó colgado gracias a sus cabellos que iban en distintas direcciones.
—Será mejor que te apures, no creo estar aquí mañana para ayudarte. Debí haberte botado de la escoba para que me expulsen y así evitarme todo esto—bramó Draco estirando su mano para que uno de los libros volará hasta él, empezando a limpiar la cubierta con la franela (para colmo roja Gryffindor) que había conjurado Madame Pince.
Ante el mutismo de Potter, Draco se giró para comprobar que no estuviese planeando nada extraño. Lo encontró con la vista clavada en un libro, con el trapo rojo en una de sus manos, pero sin hacer el esfuerzo siquiera por quitar el polvo. Sus ojos fijos en ninguna parte, parecía como si estuviera en medio de un dilema interno.
Draco observó atentamente sus facciones, una mezcla entre seriedad y vergüenza, para luego fijarse en sus manos; sus dedos largos agarraban con fuerza la pasta del libro, remarcando las venas y engrosando los dedos de aquella extremidad. Definitivamente algo le molestaba.
Pero él no era un Gryffindor como para estarse preocupando ni entrometiendo en asuntos de otros, ya tenía suficientes con los suyos, así que retomó su tarea no sin antes recorrer de pies a cabeza a su acompañante en una inspección casual.
Harry no notó ninguna de estas acciones, pues su mente lo atormentaba con el vago interés que experimentó al estar observando detenidamente a Malfoy. Aquello había estado mal, aquello había estado pésimo. No se debía repetir, nunca más. E igual ya no habría otra oportunidad para algo así porque Draco se iría, y eso era lo mejor que le ha pasado en todos estos años en Hogwarts.
Ya no debía pensar en eso, el sueño hace cosas raras con las personas y a él le tocó una mala pasada, pero nada más, ya se reiría de la ridícula situación en un futuro.
Reforzaba esos pensamientos a medida que restregaba el trapo contra el libro y evitaba a toda costa mirar a Draco Malfoy.
El ambiente se volvía tenso y pesado por momentos, tornándose igual que siempre cuando ellos dos se encontraban en el mismo lugar.
Fuera de la biblioteca y fuera del castillo, una mujer se paseaba sobre el lago con pies descalzos y ni parecía que tocase el agua. Sobre ella la luna brillaba esplendorosa, iluminando tanto a Hogwarts como a diversas partes del mundo. En cuestión de segundos, en un parpadeo se podría decir, la figura se transportó a Malfoy Manor ayudada por el brillo lunar, pues ya se había asegurado de que su hijo no correría ningún peligro, especialmente esa noche.
Su ida fue como ver un montón de luciérnagas que luego se desintegraron, o al menos así se lo describió Albus a Fawkes en su despacho.
Al sureste de Inglaterra, una hermosa mansión solariega de terrenos extensos y cuyas protecciones no identificaron ninguna anomalía, fue abordada por una mujer de piel blanquecina y aire sobrenatural. Apareció en la recámara principal, a los pies de una cama ocupada por solo una de las dos personas que deberían estar allí. Se acercó al cuerpo durmiente y lo destapó con cuidado.
Narcissa suspiró entre sueños, ya acostumbrada a la ausencia de su esposo desde el retorno del señor tenebroso, no sintió cuando la cobija de seda fue retirada de su cuerpo, ni tampoco cuando un frío dedo dibujo en su frente una media luna, lo único de lo que fue consciente entre sueños fue de un mal presentimiento. Algo terriblemente malo estaba por suceder.
La divinidad apartó su mano de la piel contraria y sobre el cuerpo de Narcissa se proyectó borrosamente los residuos de un alma antigua; piel morena, cabello negro y rizado y ropas holgadas flotaban etéreos sobre la silueta femenina, difuminándose entre los rasgos de la mujer de carne y hueso.
—Tendrás a tu hombre piel morena—habló la luna. Al instante, el espíritu de la gitana abrió sus ojos esmeraldas y los ubicó directamente en la fuente del sonido.
—Pero a cambio quiero el hijo primero que le engendres a él—dijo repitiendo nuevamente la conversación que ya había sostenido con la gitana hace cientos de años.
El espíritu se separó del cuerpo de Narcissa y se volvió casi tangible al postrarse frente a la delgada figura, mirándola directamente a sus ojos indistinguibles.
—Entrégamelo—susurró la noche.
Quien a su hijo inmola para no estar sola poco le iba a querer, por ello la gitana no tuvo ningún reparo en contestar, ni ahora ni hace siglos, las mismas palabras: — Te lo entregaré, Trina*.
Las dos desaparecieron en un esplendor solitario. La luna brilló contentando a miles de espectadores esa noche, los cuales en su mayoría eran animales del bosque u Hombres-lobo rindiendo homenaje al astro nocturno, entre todos ellos hubo unos cuantos humanos que ignoraron el suceso como suelen hacerlo con todo aquello que no les afecta, otros tantos lo apreciaron a su debida manera, y Harry y Draco dejaron caer los libros que estaban limpiando.
En Malfoy Manor, un último suspiro llenó el dormitorio principal esa noche.
*Trina es el nombre de la diosa de la luna en la que me enfoqué.
Lo sé, lo sé, siglos de espera y traigo un capítulo corto xd
Pero tengo buenas noticias ¡Terminé exámenes!
Lo que es = a vacaciones, y eso equivale a: ¡Más tiempo para escribir!
O eso espero xd
En fin.
¡Gracias por leer!
