Hola a todos ¿Cómo han estado? Espero que bien... Tenía escrito una gran parte de la introducción... Cuando de repente mi notebook se quedó sin batería... Y perdí todo... I.I ... En fin... Cosas que pasan.

Sé que me he tardado, he estado con varias cosas de la universidad y no me ha quedado mucho tiempo para dedicarme a escribir mis fics... Espero me disculpen. Pero sepan que poco a poco iré actualizando todo.

Quería agradecerle los comentarios a fdms85, a solitario196, a deicy rios j, a Annon Aligator, y a Lollyfan33. ¡En verdad muchas gracias por el continuo apoyo!

Sin más que decir, aquí se los dejo:


Volvió en sí cuando escuchó al cerámica hacerse mil pedazos. Los ojos de su hermana se posaron en ella con velocidad, completamente sorprendida. Pero cuando estuvo a punto de decir algo, Anne comenzó a llamarla a gritos y no tuvo más opción que abandonar la cocina e ir a preguntar que era lo que quería. Koala también se fue, la pequeña Rina había comenzado a llorar a causa del frío que había ingresado cuando la puerta se abrió para recibir a unas inesperadas visitas.

Nami se apoyo contra la mesada de granito y respiró tres veces, respetando sus pausas e intentando recobrar la cordura. Se convenció de que todo estaba bien, de que tenía que reaccionar. Habían pasado ocho largos años y ella ya no era la niña inmadura que apenas ingresaba en la universidad. Ahora tenía 26 años y debía actuar como tal. Toda una mujer. Se agachó y comenzó a juntar los pedazos del pote. El queso estaba caliente y tenía que tener sumo cuidado para no quemarse o cortarse.

- He traído un postre de fresa, lo llevaré a la cocina -

Reconocía perfectamente esa voz. Su piel se erizó e intentó apurarse para poder actuar normal, de una maldita vez. Pero cuando estaba por juntar un gran pedazo de loza, una cortadura le obligó a llevar su dedo a la boca.

- ¿Nami? -

La pelinaranja se giró sobre su propio eje y contempló a Margareth desde su pequeña altura. Automáticamente se quitó el dedo de sus labios y se puso de pie.

- ¿Estás bien? - Preguntó estupefacta.

Ella también había cambiado. Sus cabellos habían crecido considerablemente, ya no eran cortos y simples, eran una cascada dorada que caía en forma de bucles hasta llegar a media espalda. Por supuesto que los llevaba sueltos. Además ya no solía vestir como una chica de universidad. El vestido gris que llevaba parecía ser sumamente abrigado, y las botas altas que calzaba eran la envidia de toda mujer.

- S... Si - Comentó mientras intentaba sonreír disimuladamente - Yo solo... -

- ¡Te has lastimado! - Al notar la sangre que salía de su pulgar, se acercó - Ven -

Jaló de su mano y la arrastró hasta el fregadero. Abrió la canilla y sumergió la mano de la pelinaranja en el agua tibia.

- Es una zona que suele sangrar mucho - Añadió mientras frotaba el pulgar con cuidado - Y te arderá por varios días -

- Gracias... - Murmuró algo desconcertada.

- No sabía que vendrías tan pronto - La rubia cerró la llave de agua y luego de secarse las manos con un trapo, se lo tendió para que pudiera hacer lo mismo.

- Oh si, yo tampoco esperaba volver tan pronto - Tomó el trapo y notó que en su anular descansaba un anillo plateado, desvió sus ojos con nerviosismo - Una tormenta adelantó nuestra partida -

- Ya veo - Margareth sonrió - Oi ¿Sabes quien estará feliz de verte? - Volvió a tomarla de la mano y la arrastró hacia el salón principal.

La mujer soltó un gran suspiro. No había nada que pudiera hacer. Había vuelto y había creído que todo estaría bajo control, pero el destino volvía a jugarle una mala pasada. El salón estaba mucho más ruidoso, todos se encontraban reunidos allí. Edward y Anne jugaban y corrían por toda la habitación, mientras los adultos hablaban. Pero cuando ella apareció, todos guardaron silencio. Maldijo por eso. No podía estar pasando eso...

- Oi, Luffy - La voz de Margareth retumbó en los oídos de todos - Mira quien encontré en la cocina -

La larga cabellera de la rubia, se hizo aun lado. Y ella se quedó sin aire. Otra vez... volvía a lo mismo... Sus ojos color chocolate se posaron en los oscuros ojos del morocho. Lo contempló por unos segundos con el rostro asombrado. Él... había cambiado bastante desde la última vez que lo había visto. 8 años, se repitió. 8 años habían pasado. ¡Claro que iba a estar cambiado!

Su cabello seguía igual de corto que siempre, pero lucía un poco más despeinado. Su rostro estaba mucho más curtido, y su altura superaba por mucho la suya. Además vestía como un adulto. El Luffy que había conocido años atrás había desaparecido por completo. Sintió cierto aire de madurez y por alguna razón, llegó a la conclusión de que le sentaba bien.

- ¿Nami? ¿Eres tu? -

Aunque seguía igual de lento...

- Han pasado años ¿Verdad? - Le regaló una sonrisa amigable.

Tampoco había cambiado tanto ¿O sí? Aunque era cierto que ellos no se veían hacía años y años. Ni siquiera habían logrado concordar en juntadas con sus amigos en común.

El morocho se puso a contar con los dedos de las manos.

No podía creerlo... En realidad... No había cambiado en lo más mínimo...

- Ocho - Se avergonzó. Quizás estaba siendo un poco obsesiva al contar los años con exacta precisión.

- Eso es mucho - Soltó una gran carcajada.

Su estado de ánimo tampoco había cambiado...

Soltó un suspiro y le regaló otra sonrisa. Las cosas no estaban tan diferentes. Pero cuando el morocho la abrazó con fuerza, sus ojos se abrieron como platos. Quedó completamente petrificada. No podía ser... No otra vez... Desvió los ojos hacía su hermana, buscando ayuda. Notó que el rostro de Nojiko se tensaba al igual que el suyo, ella también estaba en busca de auxiliarla. Al notar la presión que ejerció el morocho contra su cuerpo, su corazón comenzó a latir con fuerza. Sintió las sacudidas de su pecho con violencia y tuvo miedo de que él también las notara. Espiró profundamente para intentar calmarse, pero al sentir su perfume, quedó helada.

Maldición... Las cosas habían cambiado bastante ¿Desde cuando usaba un perfume tan caro? Recordó que ahora se trataba de un futbilista bastante reconocido, que estaba comenzado a esparcir su fama en el paí ó la mirada en el momento que sintió como sus mejillas comenzaban a teñirse, y rogaba porque no se notara. Cuando el hombre se separó de su cuerpo, soltó un silencioso suspiro. Se acomodó el cabello de manera nerviosa, quería disimular el temblor de sus manos.

- Escuché que fuiste a la Antártida - Comentó el morocho con una sonrisa.

- Estoy trabajando allí - A su alrededor, las cosas volvieron a la normalidad y, que los ojos de los presentes no estuvieran situados en ella, la relajaba - Paso casi todo el año en la base, los inviernos son muy crudos por lo que debemos evacuar la central -

- Debe ser duro - Dijo serio, pero su sonrisa volvió a aparecer en sus labios - Pero interesante -

- Lo es - Murmuró y desvió la mirada.

Los niños comenzaron a gritar en cuanto los copos de nieve comenzaron a caer. Edward y Anne salieron corriendo hacía la ventana más cercana y comenzaron a preguntar si podían salir. La adrenalina contenida en los pequeños cuerpo de esos niños era tan potente, que llamó la atención de todos los presentes, y Nami aprovechó el barullo para deslizarse hacia la cocina. Contempló la diminuta cortada que se había hecho y se llevó la herida a la boca.

- No ha sido tan grave ¿No? -

Al oír la voz de su hermana, Nami volteó. Nojiko se acercó a una de las alacenas y sacó un pote, que rellenó con patatas de bolsa. La pelinaranja alzó los hombros indiferente. Al menos, su incomodidad no se había notado. Soltó un gran suspiro y recordó que había dejado el queso tirado en el suelo.

- Maldición - Se agachó y con una servilleta de tela, comenzó a juntar el desastre.

- Tranquila - Su hermana se arrimó a su lado y comenzó a pasar un trapo húmedo por el suelo - Yo me encargo, ve afuera con los niños, en verdad te extrañaron -

Ante esas palabras la mujer no tuvo más opción que ponerse de pie y dirigirse fuera. Cuando llegó a la puerta trasera de la casa, notó que los dos pequeños yacían corriendo y escondiéndose de su tío Luffy. Sonrió al notar la risa de ambos, estaban pasando un buen momento. La nieve no paraba de caer. Contempló el cuelo gris y cerró sus ojos. No. No podía compararse con el frío de la Antártida. No había punto de comparación. Sin embargo...

Antes de salir tomó su abrigo y envolvió su tibia piel con capas y capas de lana. Cubrió sus anaranjados cabellos con un gorro negro y las palmas de sus manos con un par de guantes naranjas. Y atravesó el umbral. Anne corrió hacia ella y se escondió detrás de su cuerpo. Sorprendida, la pelinaranja quedó estática. No vio venir la inmensa bola de nieve que se estrelló en su rostro.

- ¡Lo siento! - Oyó la voz del morocho, seguido de una gran risa.

La niña soltó una carcajada y aprovechó que su tío preparaba otra munición para buscar otro refugio, esa vez lo encontró detrás de su padre. Nami se quitó los restos de nieve que decoraban su rostro y soltó un pequeño suspiro. Ni siquiera la nieve era tan consistente y fría como la de la Antártida. Se acercó al grupo de adultos que descansaban en unas pequeñas sillas bajo un techo de madera. Notó que los dos hombres habían prendido una pequeña fogata para calentarse las manos, y para mantener a la pequeña Rina bajo la protección del calor.

Notó que solamente había una silla liberada, y para su desgracia era junto a la rubia. Respiró profundamente y se obligó a mantener la compostura. No quería quedar mal, no quería parecer la típica niña que no logra superar su primer amor. Era completamente vergonzoso. Ella era mujer que había estudiado, que había pasado todos los retos que la vida le había impuesto y no iba a dejar que algo como eso, la atormentara por el resto de su vida.

Con aire decisivo, se sentó junto a Margareth y se cruzó de piernas. Pero no dijo nada. Contempló a los pequeños corriendo mientras oía las conversaciones ajenas. Por lo que decían, todos y cada uno de los que se encontraban allí, habían logrado superarse. Habían terminado sus carreras, conseguido importantes trabajos en compañías importantes y hasta habían logrado cumplir todos sus objetivos amorosos. Y pensar... que ella todavía no había terminado de realizarse.

Su hermana llegó con una bandeja llena de comida y todos comenzaron a comer, incluso los niños y el morocho se acercaron para poder tomar algo. Pero Edward, rápidamente tomó un poco de nieve y la colocó dentro del abrigo del morocho, por lo que la guerra volvió a comenzar en el patio trasero. Esta vez entre los dos hombres. Anne se sentó sobre la falda de su padre y comenzó a comer un pedazo de pizza con pepperoni .

- ¿Trabajaras mientras te quedas aquí? - La voz de Margareth retumbó en sus oídos, sabía perfectamente que la pregunta iba dirigida a ella.

- Por el momento no, pero intentaré buscar algo - Intentó mirarla a los ojos, pero desvió sus ojos hacía una porción de pizza.

- Tengo una agencia de modelos - La rubia le tendió un pequeño folleto con el nombre, dirección y número de la agencia - Estábamos buscando una mujer con cabellos naranjas para una colección negra y blanca - Completamente sorprendida, Nami tomó el papel y posó sus ojos en él - Si quieres venir a la audición, será mañana por la tarde -

Posó sus ojos en la rubia y asintió seria, luego llevó el papel a su bolsillo. ¿Agencia de modelos? ¿Qué clase de trabajo era ese? Desvió la mirada en el momento que Edward volvió corriendo hacía la mesa para escapar de una gran bala de nieve que su tío estaba a punto de arrojar.

(...)

La fiesta había sido un éxito. Todos se habían divertido demasiado, los niños eran dos personajes completamente amigables y divertidos, además la comida había estado muy rica, y la torta había sido la estrella de la cena. Su hermana se había lucido. Él curso de repostería que había hecho el año pasado, había dado sus frutos.

Nami se quitó el abrigo y lo colgó en el pequeño perchero que el cuarto de huéspedes poseía. Se quitó las botas y se dejó caer en la cama. Su cuerpo estaba dolorido, estaba cansado. Soltó un gran bostezo y se sentó en la cama. Posó sus ojos en el abrigo, más específicamente en el bolsillo del abrigo. Se quitó los guantes y el sombrero y los dejó en la pequeña mesa de noche que tenía. Se puso de pie y caminó hasta el perchero, comenzó a revolver entre los bolsillos hasta que encontró aquel catalogo.

¿Agencia de modelos? Soltó un suspiro. Cuando Margareth le había ofrecido asistir a la audición, se había sentido completamente ofendida. Ella era una mujer que había pasado más de la mitad de su vida estudiando para ser alguien importante, para ser una científica del clima. ¿Cómo alguien como ella iba a vender su cuerpo para que estuviera en una tapa de una estúpida revista? ¿Qué había de digno para una mujer en eso? Apretó el folleto con una mano y bajó la mirada. Lo que ella tenía que hacer era buscar trabajo en algún canal de televisión, o quizás en la base meteorológica de la ciudad.

Inesperadamente, la puerta se abrió y su hermana apareció en el umbral. Nojiko posó los ojos en su hermana y notó que en su mano derecha yacía el papel que la rubia le había dado durante la cena.

- ¿Vas a ir a la audición? - Preguntó con una sonrisa.

- ¿Qué? ¿Estás mal de la cabeza? - Soltó un gran suspiro y caminó hasta el escritorio de madera - No he pasado años estudiando para terminar posando en una revista como esa -

- Pero... - Se hermana se dejó caer en la cama - Sería divertido ¿No crees? - Cuando Nami posó sus ojos en ella, soltó una carcajada - Anda, vamos, sería solamente una audición. Ni siquiera sabes si quedarás o no -

- Sería rebajarme como profesional - Dijo seria.

- No, sería ganar dinero de una forma divertida, sería conocer gente nueva, sería demostrarle al todos que has superado el pasado y que puedes trabajar con esa mujer pese a lo que pasó -

La pelinaranja quedó petrificada en ese lugar. Alzó los ojos al techo y frunció el ceño. Quizás... quizás tenía razón...

- Bueno, iré a dormir. Mañana tengo que madrugar - Suspiró y se puso de pie - No te tomes las cosas tan a pecho - Sonrió antes de abandonar la habitación.

(...)

Era la mejor habitación del mejor hotel de la zona. Y como todo gran hotel, poseía las mejores comodidades, los mejores servicios. Razón por la que Luffy había podido pedir una segunda cena a través del servicio a la habitación. Adoraba que con solo una llamada, pudiera pedir toda la comida que quisiera. Era algo que siempre aprovechaba cuando se hospedaba en lugares como esos. Esa vez había optado por el bife con papas a la crema, la especialidad del chef de turno.

Había comido, había mirado un poco de televisión en la cama y había decidido echarse una siesta antes de que su vuelo saliera temprano en la mañana. Se quitó la remera y los pesados vaqueros que tanto le incomodaban, y se recostó en la cama. Cerró los ojos y se durmió con el sonido de la ducha en el baño.

No supo cuanto tiempo estuvo dormido, pero se despertó cuando sintió el cálido cuerpo de la rubia contra su espalda. Entre dormido, se giró hacía el interior de la cama, y luego de soltar un gran bostezo, se acurrucó. Sintió la mirada de la mujer posada en su rostro, por lo que sus ojos se abrieron de par en par. Margareth lo contemplaba seria. Curioso, el morocho preguntó:

- ¿Sucede algo? -

- Le he ofrecido trabajo - Murmuró en voz baja.

- ¿Qué? - ¿Cómo pretendía que escuchara? Estaba recién despierto y su voz apenas era audible.

- Le he ofrecido trabajo en la agencia a Nami -

El morocho la observó por unos segundos.

- Solo quería que lo supieras - Agregó en un susurro.

- No me molesta, si eso quieres preguntar - Se colocó boca arriba y contempló el techo en silencio. Habían pasado años desde la última vez que había visto a la pelinaranja - De hecho, me alegra verla tan feliz -

Se tragó el suspiro que estuvo a punto de escapar de sus labios y se giró hacía el margen de la cama, dándole la espalda. Sintió como la mujer pasaba el brazo por su cadera y lo aferraba con fuerza. Pero él no pudo cerrar los ojos. Enfocó su vista en la pequeña pared blanca, pero su concentración estaba en sus pensamientos. Había sido una gran sorpresa verla, algo completamente inesperado. Jamás había pensado que volvería tan pronto. Esperaba verla para la boda de Usopp y Kaya, no para el cumpleaños de Anne.

Asombrosamente, Nami había cambiado demasiado. Su cabello estaba mucho más largo. En su rostro había rasgos de mujer, no de niña. Además, su cuerpo se había estilizado mucho más y sus prendas demostraban que se trataba de una persona adulta, con un empleo y una vida digna. Ya no era la niña que había conocido en el jardín de infantes, ni la joven adolescente de la que se había enamorado en el instituto. Ahora era, tal y como solían decir en las películas, toda una mujer.

Cerró sus ojos con fuerzas e intentó desviar sus pensamientos. Al otro día tenía un partido que jugar, y no podía dejarse desvelar por aquellos pensamientos. Por más que pensara y pensara, todo era en vano. Lo hecho, hecho estaba, y la vida de ambos había sido separada hacía mucho tiempo.

(...)

Nami yacía de pie frente al gran edificio de la zona central de la ciudad. Jamás se hubiera imaginado que la agencia que poseía Margareth en el núcleo de la ciudad, fuera tan grande, importante y reconocida. La gente entraba y salía, había todo tipo de hombres y mujeres hablando, comentando y alagando los diseños que aparecían en la gran vidriera de muestra. Los vestidos eran fabulosos y las prendas eran modernas y elegantes. Si que tenía un don para todo eso. Los jamás había visto ropa tan bonita.

Notó que varias mujeres de cabellos naranjas ingresaban por la puerta principal. Todas iban por la audición. Respiró profundamente y se apresuró a entrar, antes que el arrepentimiento la llevara a la puerta de un taxi. No estaba segura como iba a competir con tantas mujeres bonitas, pero se animó a seguir. Solo sería una estúpida audición, recordó a su hermana. Solo era para divertirse.

Una mujer de traje les señaló a todas las presentes la gran puerta de madera que yacía abierta. Al parecer allí sería la tan esperada sesión. Caminó a gran velocidad, las piernas le temblaban con fuerza. Estaba nerviosa. No tenía ni idea como se hacía una audición como esa. No sabía si su cabello era lo suficientemente lindo, o si su maquillaje estaba lo suficiente retocado.

Su corazón dio un vuelco. Esperaba ver varios asientos de terciopelo rojo y un gran escenario de madera, tal y como si de una conferencia se tratase. En cambio, se encontró con varias cámaras de fotos, decenas de perchas cargadas de ropa, miles de personas yendo de aquí para allá, y diferentes luces apuntando a un solo sector de la habitación. Las voces eran tantas que se sintió completamente mareada. Mujeres y hombres pasaban a su lado, empujándola, cargando ropas, cámaras, luces y maquillaje. Incluso vio a una mujer corriendo con un secador de cabello.

Quedó completamente en shock mientras intentaba entender que era lo que estaba pasando allí. El caos era demasiado para alguien que solía trabajar largas jornadas en la paz de la Antártida. Nunca había visto tantas personas juntas, aglomeradas en un espacio tan pequeño.

- ¡Nami! - Oyó la voz de Margareth y volteó para poder encontrar algo de orden en alguien conocido.

La mujer vestía un elegante pantalón de vestir con tirantes y una camisa blanca como la nieve. Sus largos bucles dorados estaban atados en una coleta alta, y sus pies descansaban sobre unos tacos bajos. Algo refinado, simple, que por alguna extraña razón, la hacía aún más hermosa.

- Me alegro de que hayas venido - Sonrió y la tomó de ambas manos.

- Creí que irías al partido - Comentó y desvió la mirada cuando una mujer casi la atropella con un vestido azulado.

- Si, pero la audición es muy importante para la marca y tenía que estar aquí - Notó que un hombre se acercó y le regaló una sonrisa - Ven conmigo, te daré la prenda que usaras -

La guió de la mano. La pelinaranja no pudo evitar sentir cierta incomodidad. ¿Por qué la estaba tratando como si de mejores amigas se tratasen? Nunca se habían llevado bien, incluso habían tenido un pequeño encuentro cuando habían decidido viajar a las montañas en las vacaciones de la universidad. Jamás iba a poder olvidarse de eso. Se había olvidado los malditos lentes. Y había tenido que volver al lago justo para ver eso... Desvió la mirada al recordar la hermosa pareja que hacían allí, a la luz de la luna. Te puedo asegurar que no fuiste la única que salió herida. Déjalo en paz. Lo mejor que pueden hacer para superarlo de una vez todas, es dejarse de estas estupideces. Esas palabras si le habían dado justo en el corazón. Y nunca las iba a olvidar.

Llegaron a una especie de camerino improvisado con telas. Margareth la obligó a sentarse en una pequeña silla de madera. La rubia volteó con energía y comenzó a husmear entre las cientas de perchas que yacían colgadas. Sacó un pantalón muy parecido al suyo y una camisa igual de blanca. Las apoyó en la mesada y luego optó por unos grandes tacones negros. Pero lo que más le sorprendió a Nami fueron el gorro y el saco.

- Espera aquí - Margareth alzó su mano derecha y exclamó - ¡Aphelandra! - Una mujer extrañamente alta, de largos cabellos castaños y ojos oscuros, se acercó dando rápidos pasos - Encárgate de ella, por favor -

La mujer comenzó a pintarla. Jamás había sentido tanto maquillaje en su rostro, notó que agarraba diferentes polvos, lapices y labiales. También la peinó, no podía ver que era lo que le estaban haciendo a su rostro, pero cuando quedó libre y logró alcanzar un espejo, quedó pasmada. ¿Qué? No podía ser ella. Su rostro parecía una suave porcelana, sus ojos estaban delineados de manera sutil, natural pero de manera distinguida. Sus pálidos labios estaban pintados de un rojo oscuro, completamente llamativo. Tenía que admitir que jamás se había visto tan bien.

- Ahora vístete - Comentó la mujer con una sonrisa - Te esperan los camarógrafos -

La pelinaranja tomó las prendas que la rubia le había previamente y se dirigió a un pequeño baño que encontró liberado. Se vistió rápidamente, esperando parecer lo más alineada posible. Notó las miradas despreciativas de otras mujeres. No podía entender como había mujeres que vivían toda su vida en aquel ambiente tóxico. Esquivó las miradas y siguió su camino hasta la frontera con las cámaras.

- Bien, niña, te toca -

Un extraño hombre la tomó del antebrazo y la empujó hacía el rincón de la habitación que utilizaban para tomar fotos profesionales. Notó que las paredes eran blancas y el suelo también, parecía estar en una zona completamente vacía, salvo por una sola silla negra. Nami la contempló algo espantada. La luz le impedía ver más allá de las cámaras.

- Vamos, posa -

Sus manos comenzaron a transpirar. ¿Cómo se suponía que debía posar? Intentó recordar alguna de aquellas revistas francesas que solía leer durante su doctorado en París. Las modelos solían poner poses extrañas poco naturales pero muy atractivas. Tomó la silla y se quitó el saco. Posó una pierna sobre el dorso del asiento y mientras que con mano sostenía su saco sobre el hombro, con la otra apoyó el codo, utilizando su pierna como mesa, y se sostuvo el el rostro con firmeza.

Los flashes de las cámaras comenzaron a aparecer entre el gentío. Parecía que estaba siendo un éxito, pero se sentía completamente ridícula. En verdad no podía creer que la gente ganara dinero simplemente haciendo eso.

- Suficiente - Chilló el mismo hombre, que al parecer era el maestro de la fotografía.

Nami volvió a normalidad y pudo engullir el aire que le faltaba. Caminó rápidamente y se alejó del área de retratos. Se quitó el sombrero negro y se secó el sudor de la frente. No había sido tan grave ¿O si?

- Ha sido magnifico - La voz de Margareth la sorprendió - Espero que te quedes, en unas horas nombraremos a la ganadora y veo potencial en ti -

Le regaló una sonrisa. No tenía otra cosa que hacer, al menos por ahora. Cuando la rubia se alejó dando largos brincos, Nami buscó la mesa de aperitivos con la mirada y caminó para poder beber un poco de agua. Tomó un vaso de plástico y comenzó a refrescar su garganta. Ni siquiera había hablado... ¿Entonces porque tenía tanta comezón? Era patético. Podía pararse frente a un auditorio de miles de personas y hablar dos horas sobre el clima mundial, pero sus piernas temblaban cuando tenía que pararse frente a una cámara de fotos.

Se sirvió más agua. Tenía que tranquilizarse. Se llevó la mano a su mejilla, estaba hirviendo.

- Me alegra volverte a ver -

La voz le erizó la piel. Había escuchado esa voz en algún otro lado, una voz masculina. Era un recuerdo lejano... Pero no podía distinguir de quien se trataba. No era alguien familiar, lo hubiese sabido en cuestión de segundos. Apoyó el vaso sobre la mesada y volteó con brusquedad. Sus ojos se abrieron bruscamente. No. No podía ser. Ese hombre era el mismo del que había escapado hacía dos días, en el bar. Quedó petrificada. No había dudas, ese cabello grisáceo, esos ojos negros. El habano. Todo.

- Nunca llegaste a decirme tu nombre - Agregó con una sonrisa.

- Yo... Eh... - La respiración se le entrecortó. No podía creer que las vueltas de la vida fueran tan crueles.

- ¿Te llamas Eh? - Dijo burlonamente intentando aguantar una carcajada.

- ¿Qué? - Frunció el ceño nerviosa - No, no, no, claro que no - Era oficial, nunca en la vida se había sentido tan avergonzada - Me llamo Nami -

- Soy Smoker - Le tendió la mano pero al ver que la mujer no reaccionaba, dijo - Bien, Nami - El hombre dio media vuelta y comenzó a alejarse lentamente, pero se detuvo solamente para admirarla por encima del hombro - Quiero que sepas que cuando definamos modelos, votaré por ti -

No pudo responder nada. El hombre se alejo rápidamente y su rostro ni siquiera pudo reaccionar. Se giró hacia la mesa y se sirvió más agua. Luego de esa extraña conversación, su garganta estaba incendiada. La cabeza le daba vueltas y vueltas, por lo que decidió tomar asiento.

No supo cuanto tiempo pasó, pero cuando unos grandes altavoces anunciaron que ya habían definido una ganadora, soltó un suspiro. Solo quería que todo eso terminara y volver a su casa. Su hermana en verdad no creería lo que le estaba pasando. La voz le pareció tan lejana que apenas pudo escuchar el nombre de la elegida, pero cuando todos los ojos se posaron en ella, con recelo, quedó aturdida.

¿Qué estaba pasando?

- ¡Felicidades! - Margareth apareció entre el gentío y le dio un abrazo - Estas contratada -

(...)

No supo como, pero terminó viajando en un vehículo cero kilómetros hacia la casa de la gran y reconocida diseñadora. De alguna manera se las habían arreglado para convencerla de ir a ver el partido de fútbol a su piso. En un principio le había sonado pésimo, pero al final terminó aceptando. Y allí estaba en un auto gris, junto con la rubia, Smoker y la extraña mujer que había maquillado su rostro.

El edificio era moderno y lujoso, todo de vidrio polarizado. Jamás había tenido que alzar tanto el cuello para poder ver la cima de una edificación, pero... Siempre había una primera vez. Sin saber que decir o que pensar, siguió a los demás hasta un gran ascensor con decenas de botones. Notó que la rubia apretaba el último piso, el 75. ¡75 pisos! ¿Cuánto tiempo iba a estar de pie en aquel ascensor. El corazón comenzó a latirle cono fuerza a medida que los pisos pasaban. No podía creer que estuvieran subiendo piso por piso.

Cuando, finalmente, el elevador se detuvo, Nami bajó disparada. Había sentido una leve claustrofobia. ¿Cuanto tiempo habían estado allí de pie? Le había parecido una eternidad. La rubia se adelantó, buscó la llave en su bolsa y abrió la puerta con gran facilidad.

La pelinaranja ingresó detrás de ella, y sus ojos quedaron sorprendidos ante el lugar. Un gran salón de paredes blancas y grandes ventanales deleitaron sus ojos. Las cortinas eran rojas y yacían amarradas aun costado. Los pocos rayos de sol que ingresaban por el vidrio, alumbraron de naranja el ambiente. Lo primero que notó fue el gran sillón colorado que estaba frente al televisor. Un gra televisor de... muchas, muchas pulgadas. No podía creer que Luffy viviera entre tanto glamour y tanta ostentación. Jamás hubiese imaginado su hogar de esa manera.

- Es magnifico ¿Verdad? - La rubia la tomó del brazo con energía - Te mostraré el resto del piso -

La guió hasta la gran cocina. Era algo para no creer. La gran isla de granito, se asemejaba a las cocinas de la televisión, aquellas donde solían cocinar horas y horas. Todo estaba impecable. Notó las grandes lamparas que colgaban del techo. Algo completamente único. A pocos metros, detrás de una gran puerta de madera, se encontraba el salón que Margareth usaba para diseñar sus prendas. Un elegante escritorio blanco con varios papeles de diferentes tipos y tamaños, y sobre un pequeño armario había telas, prendas y agujas con hilo. El paraíso de cualquier costurera.

Caminaron hacia la otra punta del piso, donde se encontraba la habitación principal. Nunca había visto una cama tan grande, los almohadones eran super largos y además parecían ser suaves y esponjosos. La ansiedad comenzó a trepar por su columna. Tenía una fuertes ganas de saltar sobre la cama y quedar tirada allí. Pero se mantuvo controlada. No podía perder el control de esa manera, no mientras se le enseñaba la casa por primera vez.

- Y la mejor parte está aquí -

La rubia abrió dos colosales puertas de madera oscura y Nami pudo divisar un closet de varios metros. De un lado había zapatos, carteras, camisas, polleras, pantalones, maquillaje, joyería y todo tipo de accesorio femenino. Del otro, ropa masculina de todo color; camisas, vaqueros, trajes, zapatillas, entre otras cosas. Quedó muda. ¿Qué mujer no soñaba con tener su propio closet lleno de ropa? ¡Incluso cabía un pequeño sillón frente al espejo! Soltó un suspiro. Ni juntando todos los sueldos de un año llegaría a pagar algo como eso...

- Pero hay algo aún mayor -

Fue arrastrada hacía el gran balcón del departamento, ubicado en el último piso de todo el edificio. Algo completamente magnifico. Desde allí no solo se podía ver toda la ciudad, sino que también había una pileta... ¡Una maldita pileta! En verdad no podía creerlo. Era algo de locos. Y un jacuzzi. No, no podía creerlo.

- Es hermoso - Murmuró la pelinaranja sin quitar la vista del paisaje.

El sol estaba cayendo en la ciudad y apenas podía iluminar las calles de la ciudad.

- ¿Verdad que si? - Sonrió la rubia - Vamos, el partido esta por comenzar - Abrió el pequeño refrigerador que yacía en junto a la piscina y sacó una gran botella de champagne - Si todo sale bien, celebraremos - Le guiñó un ojo.

(...)

La cabeza le daba vueltas, ni siquiera tenía noción de la hora. Tampoco sabía exactamente donde estaba. Las cosas habían pasado tan rápido que apenas había podido notar que se había dormido. Pero... ¿En dónde? Se llevó una mano a la frente y se quitó los largos cabellos del rostro. Aprovechó y se frotó los ojos. Estaba acostada en una cama... ¿Acaso había logrado volver a la casa de su hermana? Sintió la suavidad de las sábanas y el extraño perfume que llevaban. Ese no era el jabón que usaba Nojiko para lavar las mantas...

Fue entonces cuando se sentó. No estaba en la casa de su hermana. Seguía en el piso de Margareth. Y no solo eso... Estaba acostada en su cama. ¡¿Cómo demonios había llegado ahí?! Se giró hacia un costado y notó que Smoker yacía dormido junto a ella.

¡¿Qué demonios estaba pasando!?

Lo primero que hizo fue tocar su cuerpo. Afortunadamente, todas sus pendas yacían en su lugar. Soltó un gran suspiro, más tranquila. La única anormalidad en sus ropas, era su camisa abierta de par en par. Pero al notar que el hombre también poseía toda su vestimenta, se calmó. Nada había pasado. Se pasó el brazo por la frente para quitarse el helado sudor.

Bajó de la cama y se calzó. Recordaba que Luffy había ganado el partido, se habían puesto a festejar y no sabía bien porque se había decidido quedar allí. Desvió la mirada hacia el hombre y sus mejillas se tornaron rosadas.

Abandonó la habitación a toda velocidad. Necesitaba buscar a alguien, necesitaba abandonar aquel edificio para poder continuar con su rutina. Pasó delante del gran balcón y divisó que la rubia yacía sentada frente al agradable sol de mañana. En sus manos cargaba un gran cuaderno y dibujaba garabatos con un lápiz negro. Estaba sumamente concentrada. Nami tomó coraje y se apresuró. Caminó dando pasos firmes y cuando estuvo a su lado, preguntó:

- ¿Qué demonios pasó? -

Margareth dejó sus instrumentos de trabajo sobre una pequeña mesa de madera y la se quitó los lentes de sol, solo para contemplarla. Le regaló una tranquila sonrisa.

- Si hablas entre ustedes dos, nada - Comentó - Solo comenzaste a actuar de manera extraña alrededor de las tres de la mañana- Agregó con tono sarcástico - Curiosamente le sugeriste a Smoker de que vaya a tu casa... Aunque - Hizo memoria frunciendo el ceño - No exactamente con esas palabras - Rió.

- Maldición... - Tendría que haber vuelto a la casa de su hermana en cuanto el partido terminó. Jamás había bebido alcohol en su vida, razón por la que con solo dos copas de bebida, había actuado de manera tan vergonzosa.

- Comenzaste a decir cosas que nadie entendió y dijiste que tenías calor - La rubia estiró su brazo y tomó el vaso de jugo de naranja natural, le dio un sorbo y agregó - Te comenzaste a sacar la camisa - Al notar que la pelinaranja negaba con la cabeza, completamente abochornada, sonrió - Tranquila, no pasó nada. Le pedí que te lleve a mi cama para que pudieras descansar pero tu insististe en que se quede - Dio otro sorbo - Insisto, no ha pasado nada. Él solo se quedó allí contigo y ambos se durmieron -

- Por Dios... - Bufó. No podía creerlo, en verdad había hecho el ridículo.

- Aphelandra y yo dormimos en los sillones - Comentó para subirle el animo - Son más cómodos de lo que pensaba -

- En verdad, lo siento - Y lo peor era que había usurpado la cama de esa mujer...

Posiblemente eran una de las parejas más ricas del mundo y ella había actuado como una idiota... ¡Y no solo eso! Había dormido en la misma cama donde ellos... Desvió la mirada y se quitó esos pensamientos de la cabeza. Era suficiente. Había sido bastante humillada por sigo misma. Y no tenía ganas de continuar en esa casa.

Respiró profundamente y comenzó a abrocharse los zapatos.

- Yo... tengo que irme - Se puso de pie y acomodó sus cabellos - Gracias por todo lo de ayer, pero... lo siento -

- Oi, espera -

Antes de que la rubia pudiera tomarla del antebrazo, Nami atravesó el gran ventanal y se dirigió al interior de la casa. Comenzó a abrocharse la camisa mientras avanzaba hacia la puerta de salida. No estaba segura como iba a llegar a la casa de su hermana... Pediría un taxi o preguntaría en cualquier negocio. Quizás había un bus o un tren que la dejara cerca.

Tomó su abrigo cuando solo le quedaban tres botones para terminar de abrochar su camisa, y abrió la puerta con determinación. Iba a irse, rápido. Antes que las cosas no terminaran de peor manera. Pero cuando estuvo a punto de atravesar el umbral, notó una figura del otro lado.

Quedó estática, en su lugar. Y subió la mirada hacía el rostro del individuo. Justo cuando creía que las cosas no podían salir peor, Luffy aparecía. Le regaló una sonrisa nerviosa.

- Hola -

- ¿Nami? ¿Qué haces aquí? - Preguntó sorprendido.

- Nada, yo ya me iba -

Intentó pasar por la pequeña abertura que dejaba el cuerpo del morocho. Solo tenía que alcanzar el elevador pero el hombre la tomó del brazo y jaló de él para que volviera a su lugar. Nami soltó un gran suspiro, sabía que ya no podía huir de eso.

- ¿Estás bien? - Insistió el morocho.

- Claro que estoy bien - Ni siquiera ella podía convencerse de eso.

Notó que los ojos de Luffy la contemplaban desafiantes. Sabía que estaba mintiendo, tenía un sexto sentido para esas cosas. El morocho respiró profundamente y bajó los ojos hasta su cuerpo. Cuando lo vio fruncir el ceño, ella también desvió su atención hacía su propio cuerpo. Todavía no había podido terminar de abrochase la camisa y debajo de su prenda, yacía su sostén rosado. El calor comenzó a trepar por su garganta y sus mejillas se tiñeron de bordo. Rápidamente, tapó su cuerpo con el pequeño saco que cargaba.

- Tengo que irme - Dijo mientras intentaba, nuevamente, escapar del hombre.

- ¿A dónde? - Luffy volvió a detenerla.

- ¡¿Cómo que a donde?! ¡A mi casa! - La poca paciencia que le quedaba, se estaba esfumando.

- Déjame dejar la valija y te llevo -

Luffy la acorraló hacia el interior de la casa con ayuda de su valija. No iba a permitir que Nami viajara sola hacía la casa de su hermano, era un camino largo y rebuscado. Además de que no parecía estar en la mejor condición emocional. Pese a las quejas e insultos de la pelinaranja, logró cerrar la puerta a sus espaldas.

- Esto es secuestro - Farfulló y se dio por vencida.

El morocho alzó la mirada hacía la pequeña mesa ratona y divisó todas las botellas destapadas. La gran mayoría estaba vacía y los vasos yacían esparcidos por todo el salón. Se quitó el abrigo y lo colgó en un pequeño perchero de piso. Caminó hasta un pequeño modular y comenzó a buscar las llaves de su vehículo. No tenía la más pálida idea de lo que estaba pasando allí. ¿Acaso había habido una fiesta? ¿Algún encuentro amistoso donde habían celebrado algo o a alguien? No le sorprendía de Margareth puesto que ella solía festejar sus victorias cuando no podía asistir al estadio, pero... En verdad había sido una sorpresa muy grande encontrarse con Nami allí.

- Mi cabeza - La pelinaranja resopló y se dejó caer a un pequeño sillón, colocó la cabeza entre sus piernas y respiró profundamente.

- Es parte de la resaca - La rubia por fin se mostró. Ingresó con su vaso vacío y su cuaderno bajo el brazo - Ya se pasará -

- ¿Qué pasó aquí? - El morocho volteó al oír su voz y la contempló con el ceño fruncido.

- Solo hemos festejado tus goles - Le dio un rápido y sonoro beso en los labios y se dirigió a la cocina - No pensé que terminaría así -

- ¿Así cómo? - Luffy alzó una ceja, sin terminar de comprender a que se refería.

- Quiero irme a mi casa - Nami se puso de pie - Si no te apuras, me iré caminando -

Luffy la contempló serio. ¿Qué demonios estaba pasando allí? ¿Por qué todos estaban actuando de una manera tan rara? Apretó las llaves del carro con fuerza y se acercó hasta la pelinaranja para poder analizarla de cerca. Ella simplemente clavó su ceño fruncido en él. La notaba nerviosa, impaciente.

- ¿Qué es lo que te pasa? - Volvió a preguntar, esta vez más seco.

- No me pasa nada -

Intercambiaron miradas fulminantes. Ambos sabían que ella estaba mintiendo, y también... Ambos sabían que ninguno de los dos iba a ceder.

- Quiero irme a mi casa, vamos -

La mujer caminó hasta la puerta de salida y apoyó la mano en el picaporte. Pero cuando estuvo a punto de abrirlo, una voz masculina retumbó en sus tímpanos.

- ¡Nami, espera! -

Ella volteó con brusquedad. No podía ser...

El morocho notó la expresión de agotamiento en la mirada de la mujer. Sorprendido ante la repentina voz, volteó. Sus ojos se abrieron de par en par. ¿Qué estaba haciendo Smoker allí? Instintivamente su ceño se frunció, y al notar que el hombre se acercaba hacía la pelinaranja, sintió cierto enojo subiendo por su espalda. El peligris se acercó demasiado a su amiga y hasta le tomó la mano con fuerza.

- Yo puedo llevarte - Comentó serio sin quitar sus ojos de la mujer.

No. No iba a permitir que ese tipo se atreviera a tocarla. Se acercó a él y luego de tomarlo por la camisa, lo empujó contra la pared más cercana. El sonido del cuerpo contra el cemento retumbó en toda el piso.

- ¿Qué demonios haces? - Gruñó sin quitarle la mirada de encima.


Hasta aquí hemos llegado. Ha sido un capitulo bastante largo, la idea era terminarlo mucho antes pero cuando empecé a escribir no pude detenerme O/O ... Espero que les haya gustado y estaré ansiosa por leer sus comentarios.

Estaré de viaje estos días por cuestiones de universidad, pero prometo volver y continuar actualizando mis fics.

¡Nos leemos pronto!