Hola a todos ¿Cómo han estado? Espero que bien. Me he tomado mi tiempo para actualizar dado a que he estado de viaje y actualmente estoy trabajando en un proyecto más ambicioso. Sin embargo, aquí he vuelto con la actualización de mis fics.

Quería agradecerles los comentarios a Guest, a Narsil40, a Solitario196 y a Myst.

Aquí se los dejo:


La tomó de la mano y la arrastró hacia abajo. Entre tanta nieve, era agradable sentir su calor. Era como si sus manos transmitieran todo el calor corporal que ambos necesitaban. Bajaron sin soltarse, atravesando el pequeño bosque mientras la voz de sus amigas desaparecía en el horizonte. Luego de varios minutos lograron llegar al lado congelado, el hielo se veía algo inestable, sin embargo, cuando Luffy puso el primer pie lo sostuvo.

- ¿Estás seguro de esto? - Preguntó Nami mientras fruncía el ceño.

En el centro del lago había una pequeña isla, una isla hecha de tierra con un gran árbol que ocupaba más de la mitad del espacio.

- Confía en mi - Murmuró mientras daba tres pasos.

Estuvo a punto de patinarse y caer, pero logró mantener el equilibrio. Cuando se sintió seguro, volteó y le tendió la mano con una sonrisa. La mujer lo dudó unos segundos, pero terminó aceptando. Fueron dando pequeños pasos, uno tras otro, hasta que por fin pudieron sentir la seguridad del suelo. La oscuridad limitaba la visión, sin embargo la luz emanada por la luna era suficiente como para poder ver a varios metros delante. El morocho se dejó caer junto al árbol y apoyó la espalda en el tronco. En el momento que sintió la mirada de la pelinaranja sobre él, le hizo señas para que se uniera. Una ventisca helada recorrió el cuerpo de Nami, y cuando se sentó, se acurrucó contra el cuerpo del hombre. Pese a que habían dormido en la misma cama, se seguía sintiendo algo incómodo. Aun así, apoyó su cabeza en el hombro del morocho. Habían pasado años desde que había estado en una situación tan romántica como esa. Por lo general, desde que había terminado con Law, había optado por las salidas rápidas y sin momentos románticos. Había querido evitar situaciones incómodas y prefería conocer a los hombres antes de dar el siguiente paso. Ni siquiera con Smoker había tenido una situación como esa... Estar solos, bajo la luz de la luna, en medio de la nada. Sintió un ligero cosquilleo en el estómago. Apenas se había percatado que había puesto su mano sobre la del hombre.

- ¡Mira! - Luffy señaló los cielos - ¡Una estrella fugaz! -

La pelinaranja contempló el cielo y divisó la cola del cometa. Era algo que desde las grandes ciudades no se podía apreciar dado a la contaminación lumínica.

- Pide un deseo - Lo escuchó susurrar.

Cerró los ojos con fuerza. Deseo... deseo que todo salga bien entre nosotros, pensó. Al abrir los ojos, notó que el morocho aun tenía los ojos cerrados. Pero lo que más le llamó la atención es que él sonreía. Cuando abrió los ojos, se giró hacia ella.

- ¿Sucede algo? - Preguntó.

- No, nada - Desvió la mirada avergonzada - Te tardaste demasiado -

- Fue un deseo pequeño - Sonrió.

Al notar que la pelinaranja se giraba para poder contemplar la luna, bajó la mirada. Un deseo pequeño, pensó. Pero era lo único que quería. Respiró profundamente y se animó a pasar su brazo por el hombro de la pelinaranja. Sintió como se tensaba, pero no le importó.

- Oi... Nami... -

Con su brazo, la atrajo hacia sí y la obligó a mirarlo a los ojos. El pecho de la mujer se hinchaba y desinflaba con nerviosismo. Al notar que los oscuros ojos del morocho estaban posados en ella, el rubor trepó por sus mejillas.

- ¿Q... qué? -

- Nosotros... - Involuntariamente, acercó sus labios

- ¡Nami! - Se oyó el eco de la voz de Vivi en el silencio del bosque.

La mujer alejó al morocho de un empujón y se puso de pie. Sus ojos comenzaron a buscar a sus amigas. Habían estado caminando hacia el hotel y ella había desaparecido, sin decir nada. Era lógico que estuvieran preocupadas. Cuando Luffy se puso de pie, lo miró a los ojos.

- Están buscándome - Murmuró apenada, ella también había querido darle ese beso.

- Vamos -

Pero antes de que el morocho pudiera avanzar, ella lo detuvo con su mano.

- Me buscan a mi, no a ti - El hombre siguió avanzando hasta que su pecho chocó contra su mano - Y recuerda, no pueden saber que nosotros... -

- Lo se - La interrumpió apenado - Ve, iré en un rato -

La vio alejarse por el hielo. Estuvo a punto de caer un par de veces, pero se aguantó las ganas que tenía de reír. Sabía que se enojaría. Se quedó de pie, haciendo el tiempo suficiente como para poder volver sin levantar sospechas. Y contempló el cielo. Solo quiero que me digas te amo, recordó el deseo y bajó la mirada. Quizás la había lastimado bastante durante todos esos años... Pero no lo volvería a hacer, esperaría lo suficiente como para escuchar esas palabras de sus labios y cuando eso sucediera, festejaría. Se lo había prometido a él mismo, esa vez, sería para siempre.

(...)

Nami encontró las huellas de sus amigas en la nieve y las siguió hasta llegar al hotel. Comenzó a ver movimiento antes de arribar y para cuando estuvo lo suficientemente cerca, vio a Kaya hablando con Usopp. Parecía estar preocupada y no paraba de repetir lo mismo, podía leerle los labios. En el momento que la rubia la divisó, salió corriendo hacia ella y la abrazó con fuerza.

- ¿Dónde estabas? - La apretó contra su cuerpo - Estábamos preocupadas -

- Lo siento, yo... me perdí - Desvió la mirada hacia sus amigas - No quería preocuparlas -

- ¡Nami! - Vivi la abrazó por la espalda.

- Creímos que un animal salvaje te había devorado - Añadió Robin de manera indiferente.

- Oi, Robin - Usopp avanzó con el ceño fruncido - No digas esas cosas -

Aunque todos sabían que él también lo había creído. Al sentir la mirada penetrante de la morocha, la pelinaranja desvió la mirada. Comenzaron a caminar hacia el interior del hotel de manera relajada. Por suerte, su amiga había aparecido sin ningún rasguño. El calor del hogar invadió el cuerpo de Nami, pero ella no necesitaba calor, toda la situación en la isla había sido suficiente. Divisó que sus amigas tomaban lugar en los asientos del salón, pero ella encaró hacía su habitación. Necesitaba estar sola, pensar. Quería cierta paz para poder hacer las paces con su propia mente, con su propio corazón.

- ¿Nami? ¿Estás bien? - Fue Kaya quien notó su actitud extraña - Íbamos a tomar algo mientras hablábamos -

- Si, solo estoy algo cansada - Le regaló una pequeña sonrisa - También tengo algo de frío - Se frotó los brazos para simular estar helada.

- De acuerdo... - La rubia hizo una mueca de pena - Cualquier cosa, no dudes en avisar -

- Lo haré -

Subió los escalones con las piernas agotadas. Sabía que era un fin de semana especial para su amiga, pero no tenía ganas de estar allí. En ese momento solo quería estar en su cama, acostada boca arriba, contemplando el techo mientras vagueaba en sus pensamientos. Tenía mucho en que pensar, muchas cosas habían pasado en muy poco tiempo y todavía le costaba asimilar la situación. Abrió la puerta de su dormitorio con la llave que le habían entregado esa mañana y se encerró lo más rápido que pudo. Automáticamente, se quitó toda la ropa, dejándose unicamente la interior. Los padres de Kaya habían instalado calefacción en todas las habitaciones por lo que no hacía frío. Y se abalanzó sobre la cama. La suavidad de las mantas la arropó.

Cerró sus ojos con una sonrisa en sus labios, y abrazó la almohada con fuerza. Había estado a punto de besarlo, de nuevo. Sintió el calor trepando por su cuerpo. Se sentía tan feliz. Hacía años que había estado esperando ese momento. Y por mucho tiempo creyó que jamás volvería a sentir ese calor. Hasta la noche anterior... ¿Quién iba a creer que luego de ocho largos años el jugador más famoso del momento y la diseñadora ganadora de varios premios terminarían? Sobre todo luego de saber que estaban comprometidos. Era una completa locura. Pensó en sus rostro: Sus oscuros ojos, sus despeinados cabellos, su contagiosa sonrisa. Todo en él era único, más bien, perfecto. Se mordió el labio inferior.

Comenzaba a quedarse dormida con esa imagen, cuando alguien golpeó la puerta. Los ojos de Nami se abrieron con brusquedad y se apresuró a ponerse de pie. Tomó la bata que colgaba de una percha junto al baño y se la colocó con velocidad. Se arrimó a la puerta y abrió. ¿Quién sería a esa hora? Esperaba ver a Robin, intentando interrogarla acerca de su paradero en el bosque; sabía que no se tragaría lo de estar perdida. Ella nunca se perdía. Pero quedó helada al divisar a Luffy. El hombre estaba vestido con la misma ropa de invierno con la que lo había visto en el bosque. Sus cabellos tenían restos de nieve y sus mejillas estaban rosadas a causa del frío.

- ¿Recién vuelves? - Habían pasado varios minutos desde que lo había dejado en la isla.

- Quería pensar - Soltó con una sonrisa.

El hecho de tener nieve en sus cabellos, le hacía lucir tierno.

- ¿Qué pasa? - Preguntó la mujer al notar que no se movía del umbral, tampoco decía nada.

- ¿Puedo dormir contigo? - Soltó sin que la pelinaranja se lo esperara.

Los ojos de Nami quedaron perplejos. ¿A qué se refería dormir con ella?

- ¡¿Qué?! -

- Pues... Hace años que no duermo solo y - Desvió la mirada avergonzado - No me gustaría tener que hacerlo ahora... - Se rascó la nuca.

Ni siquiera había terminado de procesar esa pregunta cuando escuchó las lejanas voces de Sanji y Zoro discutiendo. La desesperación invadió su mente. Si Zoro y Sanji los veían juntos, todo el secreto acabaría. Sintió que la respiración se le cortaba, tomó al morocho por la campera y lo jaló al interior. Cerró la puerta de un golpe y le tapó la boca para que no hablara. Apoyó la oreja en la madera y escuchó como ambos siguieron peleando mientras atravesaban el pasillo. Afortunadamente, ninguno se había percatado de ellos. Soltó un suspiro y se giró hacía Luffy. El morocho estaba lo suficiente cerca como para hacerla sentir incómoda. Le quitó la mano e intentó alejarse, pero estaba completamente acorralada. Casi podía sentir su helado aliento. ¿Acaso había estado comiendo nieve? No le sorprendería.

- ¿Eso significa que si? - Insistió con una gran sonrisa.

- De acuerdo... - Soltó un gran suspiro.

- Yahuuuuuu -

El morocho dio un salto de emoción, ella puso los ojos en blanco. ¿Quién lo entendía? Notó que se alejaba hacia la ventana y se quitaba la campera. Debajo solo tenía una camisa rallada roja y negra. ¿Había estado tan desabrigado? ¿Cómo podía soportar el frío del exterior? Cuando divisó su sonrisa, la mujer no pudo evitar sonreír. Siempre supo que las emociones del morocho eran perfectamente contagiosas, y en cierto punto, adoraba eso de él.

- Será divertido - Se quitó los zapatos y se dejó caer en la cama - Como una pijamada -

- ¿Pijadama? - Alzó una ceja, divertida.

También le gustaba lo infantil que podía ser. Se sentó a su lado y acarició sus cabellos, pese a que había estado fuera todo ese tiempo, estaba algo sudado. Lo contempló a los ojos, la sinceridad que amaba junto con su sonrisa, la atrajeron aun más. Acomodó su cabello detrás de su oreja y se inclinó para poder darle un beso en la frente.

- Iré a ponerme el pijama - Murmuró y se puso de pie.

- Espera -

Antes de que siquiera pudiera ponerse de pie, el morocho la tomó de la mano y la volvió a sentar en la cama.

- ¿Sucede algo malo? - Esa acción la había tomado por sorpresa.

- Quédate así - Dijo serio.

- ¿Así? -

Desvió la mirada al sentir como sus mejillas se ruborizaban. ¿A qué se refería con quedarse así? Notó un extraño calor trepando por su cuerpo y tuvo que morder su labio para no decir nada extraño. Cuando el morocho acarició sus cabellos, tuvo que ponerse de pie. Era demasiado vergonzoso para tolerarlo. Se giró con violencia. Aunque los años habían pasado, todavía no podía tolerar actuar como una niña pequeña. Situaciones como esas la llevaban a sentirse demasiado incómoda. Supo que no le quitaría la mirada.

- Aguarda un momento, iré al baño - Comentó y se encerró detrás de la puerta.

Estaba demasiado nerviosa como para pensar con claridad. Apoyó las manos en el tocador y se contempló en el espejo. Sus mejillas ardían por fuera, soltó una silenciosa maldición. ¿Por qué tenía que ponerse tan inquieta? La noche anterior también había dormido a su lado... Entonces... ¿Por qué tanta vergüenza? Con sus manos temblorosas, peinó sus largos cabellos. ¡Por Dios! Era un desastre. Abrió el pequeño cajón que había aun costado y sacó un peine, repasó sus cabellos con sumo cuidado. No quería lucir como un verdadero hombre lobo. Desajustó la bata y la dejó caer al suelo. Quizás esa ropa era demasiado... normal... Se sintió algo estúpida pensándolo de esa manera y tuvo que esconder su rubor bajo su mano. Aprovechó que se encontraba allí para tomar el perfume y embalsamar su piel con olor a rosas. No iba a permitir que nada arruinara esa oportunidad. Se giró y contempló la parte trasera de sus bragas, al menos no eran muy sugestivas. Tomó un de sus labiales y repasó el color de manera sutil.

Respiró profundamente y asintió seria. Abrió la puerta del baño y salió decidida. Encontró a Luffy acostado boca arriba, tenía los ojos posados en sus manos mientras alzaba una pequeña caja musical que llevaba a todos lados. Parecía serio. Sorprendida por la curiosidad del joven, se acercó en silencio. Incluso cuando se dejó caer a su lado, no la notó. Estiró su mano y la tomó antes de que pudiera abrirla. El morocho se enderezo y la contempló fijo.

- ¿Qué es eso? -

- Es donde guardo pequeños tesoros - Murmuró con una sonrisa en sus labios.

Lentamente, abrió la caja. Ese diminuto regalo había viajado con ella durante todas sus aventuras en el mundo. Una agradable melodía comenzó a resonar en sus tímpanos. El morocho se acercó aun más para poder apreciar lo que había dentro. Lo primero que vio fue un pequeño dibujo que le habían enviado Edward y Anne el día de su cumpleaños, seguido de una pequeña fotografía donde se encontraba junto a su madre y su hermana cuando eran pequeñas. La pelinaranja emitió una pequeña sonrisa pero cuando alzó la imagen, quedó seria. Allí, al fondo de la caja yacía la pequeña pulsera que el morocho le había regalo años atrás. Luffy estiró su mano y la tomó para contemplarla.

- Oi - Sonrió - Todavía la tienes -

- Claro que la tengo, idiota - Se la arrancó de las manos y rápidamente la guardo donde pertenecía - Después de todo, fue un regalo -

- Ya había olvidado ese momento - Soltó una carcajada.

En cambio, ella no. Nunca lo había olvidado. Luego de todo ese alboroto en la feria escolar, luego de que ella lo hubiera cubierto de las garras de Ace, él le había regalado esa pulsera en agradecimiento. Y desde ese momento la había guardado, incluso cuando lo llegó a odiar más que a nadie, siempre la tuvo escondida. Era una especie de tesoro, uno muy preciado. Nami estiró su brazo y dejó la caja sobre la mesa de luz. Desde hacía años que no se separaba de ella, eran sus recuerdos. Se dejó caer en la cama, estaba cansada y no quería seguir pensando en eso. Cerró sus ojos con fuerza, le había comenzado a doler la cabeza.

- Oi, mañana es la fiesta ¿Verdad? - Preguntó el hombre mientras se acostaba a su lado.

- Si... - Murmuró.

La noche sería dedicada a el festejo de la despedida de solteros de los novios. Y claro que habían estado preparando muchas sorpresas para sorprenderlos. Tenía que recordar ir a desayunar con Robin, todavía tenían que terminar de ajustar algunas cosas de esa fiesta. Para peor... A la morocha le gustaba madrugar, por lo que lo mejor sería dormir. Se giró hacía la puerta del baño e intentó dormir, pero cuando cerró los ojos recordó una anécdota. Luego de haber estado en esas gratificantes vacaciones donde ellos dos habían empezado esa pequeña relación, habían tenido un accidente en el coche. Por esas extrañas cosas de la vida, había terminado en la casa de un hombre conocido del abuelo de Luffy y Ace. Ella había estado mal por su hermana pero cuando lo vio no pudo evitar soltar una sonrisa. Te amo mucho, había dicho. Sintió un pequeño revuelo en su estómago. En ese momento, lo amaba demasiado. Recordaba haber hecho toda la película de su vida en la mente. Había soñado con un para siempre. Ambos crecerían juntos. Terminarían el instituto. Comenzarían la universidad como la típica pareja, incluso había pensado que, luego de casi cuatro años de relación, podrían vivir juntos. Finalmente se recibirían y comenzarían a trabajar. Se mudarían juntos y cuando estuvieran preparados darían el siguiente paso. Posó sus ojos en el pequeño armario junto a la puerta del baño, allí descansaba su vestido de dama de honor. Kaya había elegido acompañar el blanco de amarillo, en cambio, ella lo acompañaría de naranja. Era su color favorito, su color predilecto. Y todas sus amigas serían damas. Su hermana la testigo, por supuesto. Y luego... Pensó en sus dos pequeños sobrinos... Ella también había soñado con eso...

Pero todo había cambiado de un momento al otro. Todo por ese maldito baile... Respiró profundamente. Desde ese momento lo había odiado y pese que habían hablado el hecho de quedar como amigos, jamás habían vuelto a ser los mismos de antes. En ese momento Nami había aprendido a no planificar su vida. Era en vano. Cuando comenzó a salir con Law, en las vacaciones de verano se prometió no empezar a planificar su vida junto a él. Y no lo hizo. Sintió el pesado brazo del morocho cayendo sobre su cuerpo y se asustó. Cuando lo escuchó roncar, bajó la mirada. Tampoco lo haría ahora. Había aprendido la lección, hasta la relación más duradera podía ser inestable. E imaginarse una vida con la persona a la que querías, podía costar mucho sufrimiento si luego se separaban. No iba a volver a pasar por eso.

El joven la apretó contra su cuerpo como si se tratara de una vieja almohada, sus mejillas se volvieron a teñir de rojo. Cerró los ojos con fuerza, tenía que dormir. Tenía que poder dormir algo.

(...)

El repiqueteó en la puerta la obligó a abrir los ojos. Notó que se encontraba apoyada sobre el pecho del morocho y se enderezó con brusquedad. Volvió a sentir el golpeteó en la puerta. Su pecho subía y bajaba con brusquedad. Se puso de pie y supo que estaba en un pequeño problema. Rápidamente se giró hacía Luffy y lo sacudió con violencia. Tenía que despertarlo. Cuando lo vio abrir los ojos, le tapó la boca. No podía dejar que lo escucharan.

- Alguien está llamando a la puerta, tienes que esconderte - Susurró seria.

El joven quedó pasmado, ni siquiera había terminado de entender lo que le había dicho. Asintió de manera desinteresada y se puso de pie. Cegada ante la impaciencia, lo empujó hacía el interior del baño y cerró la puerta de un golpe. Con eso bastaría. Al menos se mantendría en silencio por unos segundos, sabía que cuando recién se levantaba tardaba varios momentos en reaccionar. Peinó sus largos cabellos con la mano y abrió la puerta indiferente.

- ¿Estabas durmiendo? - La voz de Robin la tranquilizó.

- Lo siento, fue una noche agotadora - Sonrió nerviosa - El frío de la caminata me afectó un poco -

- Oi, si quieres que tenga todo listo para esta noche... - El cuerpo de Zoro apareció en el umbral, parecía cargar varias cajas con diferentes cosas dentro - Tienes que dármelo ahora - A juzgar por su mirada, también parecía estar recién despierto - Oi... ¿Te sientes bien? - Posó sus oscuros ojos en la pelinaranja.

- ¿Qué? ¿Tengo algo? - Se llevó ambas manos al rostro preocupada.

- Nami... - La morocha se cruzó de brazos y dejó escapar una sonrisa, para luego señalar su atuendo.

Recordó que había dejado la bata dentro del baño y se maldijo. ¿Cómo podía ser tan descuidada? Se giró hacía la pequeña valija y tomó el primer vestido que encontró, uno que utilizaba para ir a playa en verano. Se lo puso y posó los ojos en Robin. No cabía dudas que su amiga ya intuía que había algo raro en todo eso. El peliverde ingresó y dejó caer todas las cajas en la pequeña mesa al final de la habitación. Soltó un gran suspiro, todavía tenía ganas de estar junto a su almohada.

- ¿Y bien? ¿Díganme que es lo que quieren? - Bufó.

Había refunfuñado miles de veces, pero finalmente había aceptado. Él se encargaría de la maldita decoración para el festejo de la despedida de solteros. Pondría las luces y conectaría los parlantes. Tenía planeado hacerlo en ese mismo momento. No quería perder el tiempo. Si terminaba rápido, podría dormir una siesta luego del almuerzo.

Nami desvió la mirada hacía los pies del peliverde. Su piel palideció. La campera de Luffy estaba allí. Tragó saliva y rogó porque el hombre no la notara.

- Oi... ¿En verdad estás bien? - Insistió Zoro sin quitar la mirada de la pelinaranja.

- Claro - Respondió nerviosa, intentando gesticular con sus manos para no que no bajara la mirada - Claro que estoy bien -

- ¿Estabas por tomar una ducha? - Preguntó el hombre.

- ¿Qué? No -

- Dejaste el grifo abierto - Comentó serio.

La mujer volteó lentamente. ¡Maldita sea! Podía escuchar el ruido del agua fluir. Si comenzaba a cantar, todo estaba perdido. Se giró con violencia.

- Oh, no... no lo noté -

Avanzó rápidamente e ingresó en el baño sin que pudieran ver nada en el interior. Al cerrar la puerta, soltó un suspiro. Tenía que ser una pesadilla, de esas de la que uno no puede despertar. Se giró hacía la ducha y corrió la cortina. Esa vez se había pasado.

- Nam... - Sonrió.

Pero la pelinaranja incrustó su mano en sus labios para que dejara de hablar. Lo estampó contra la pared con el ceño fruncido. El agua cayó sobre su brazo, estaba bastante fría.

- Te dije que estuvieras tranquilo - Gruñó sin quitarle la mirada de los ojos - Están Zoro y Robin aquí -

Las pupilas del morocho se dilataron sorprendido, como pudo, asintió. Nami soltó un pequeño suspiro y lo dejó, cerró la canilla y se llevó la mano a la frente. ¿Qué maldita explicación podría dar al respecto? Se mordió el labio inferior. Aunque... si no salía, sería peor. Tomó el picaporte y abandonó el baño. ¿Por qué mantener un secreto era tan complicado?

- No creo que estés bien - Zoro frunció el ceño.

- Se había trabado el grifo - Se rascó la nuca.

- Si necesitas ayuda con eso... - El peliverde se puso de pie y comenzó a caminar hacía el baño.

- ¡No, no, no! - La mujer se abalanzó delante de la puerta - Todo está en orden -

- ¿En verdad crees que está bien? - Se giró y posó sus ojos en Robin.

- Creo que lo mejor será irnos - La morocha ni siquiera podía ocultar sus sonrisa.

- Necesito saber lo de las luces - Bufó, si algo no salía como ellas querían sabía que le echarían la culpa.

- Lo de las luces puede esperar - Agregó la morocha - Vamos -

Al notar la posición firme de Robin, Zoro soltó un suspiro. Murmuró una maldición y se giró para poder tomar las cajas, necesitaba dejar eso en un lugar que no se rompieran. Las tomó con ambas manos y comenzó a caminar hacía la puerta de la habitación. No había caso, ellas solían ser un poco extrañas cuando querían. Y él... él no las terminaba de entender.

Inesperadamente y antes de que ambos abandonaran la habitación, la puerta del baño se abrió.

- Que buena ducha -

La pelinaranja volteó bruscamente. No podía ser. ¿Por qué tenía que ser tan idiota? Ni siquiera llevaba pantalones, una toalla blanca cubría su cintura de manera desprolija. Sus cabellos chorreaban agua por su espalda.

- ¿Luffy? - El peliverde frunció el ceño confundido - ¿Qué haces aquí? -

- Zoro - Sonrió - Estaba tomando una ducha -

- ¿Una ducha? - Repitió aun más sorprendido.

- Él... la ducha de su habitación no funcionaba - La pelinaranja se giró hacía el peliverde y alzó las manos nerviosa - Me pidió si podía bañarse aquí -

¿Por qué era tan complicado guardar un secreto cuando se trataba de Luffy? Al percatarse de que el peliverde no creyó ninguna de sus palabras, se llevó la mano a la frente y se apretó el puente de la nariz. Ni siquiera podían mantener un secreto por tres días... Robin ya se había dado cuenta y ahora ¡Zoro! Confiaba en su amiga más que en el peliverde. Zoro solía no mantener secretos por mucho tiempo. Era una cualidad que carecía, tal y como el morocho.

- Espera - Zoro apoyó las cajas en el suelo y se irguió atónito - ¿Tu dormiste aquí? - Señaló la cama, estaba completamente desecha.

- Suficientes preguntas - La morocha le sujetó el hombro - Déjalos en paz -

- Entonces ustedes dos... - Luego de años y años... No lo creía - ¡Ya era hora! - Soltó de manera escéptica.

- Oi - La pelinaranja se acercó dando bruscos pasos y lo tomó de la remera, lo arrastró hacía el final de la habitación y lo apoyó contra la pared - ¡Ni una palabra de esto! - Frunció el ceño.

- De acuerdo, de acuerdo - Bufó mientras le quitaba las manos de la ropa - Maldición, no diré nada - Esquivó a Nami y avanzó hacía la morocha, tomó las cajas y alzó la mirada por arriba del hombro - Las mujeres si que se ponen raras con esos temas -

Antes de abandonar la habitación, Robin le regaló una sonrisa a su amiga. Ella se encargaría de que el peliverde no dijera nada. Cuando la puerta se cerró, Nami posó sus ojos en Luffy. Otra vez... lo había echado a perder de nuevo. Se cruzó de brazos y lo contempló con disgusto.

- ¿Hice algo malo? - Preguntó al sentir una extraña aura de enfado.

¿No se supone que están volviendo a intentarlo? Deberías confiar un poco más en él, las palabras que Robin le había dicho el día anterior retumbaron en su mente. Fue entonces cuando aflojó sus músculos. Dejó escapar una espiración y se acercó a la cama con cansancio. Ahora que había otra persona más que lo sabía, debían ser más cuidadosos. No querían desviar toda la atención de la boda. Se sentó en la esquina y se frotó los ojos.

- Oi... -

Sintió como se sentaba a su lado y giró su rostro para poder observarlo.

- No... Es solo que... - Había decidido optar por guardar la paciencia - En verdad quiero que sea un secreto, al menos por ahora -

- Nadie más se enterará, lo juro - Sonrió mientras levantaba una mano en señal de promesa.

Algo era algo. Al menos ahora se sentía algo más tranquila. Se puso de pie y le dio un pequeño beso en la frente. Ella también necesitaba una ducha, tenía relajarse. Detenerse a pensar. Las cosas no iban a ser tan fácil como quería.

(...)

Las luces estaban perfectamente puestas. La comida desbordaba de la mesa. La música retumbaba en las cuatro paredes del salón. Luffy avanzó entre sus compañeros, tomó una pequeña albóndiga de carne y se la llevó a la boca. No cabía duda que la comida de Sanji era la mejor. Se sentó en un pequeño cojín que había frente a la televisión. Usopp y Zoro yacían jugando un simple juego de combate. El morocho le estaba ganando, por mucho. Luffy soltó una carcajada cuando logró derrotarlo y tomó el joystick. Seleccionó sus tres personajes y comenzó a jugar.

Era divertido volver a los viejos tiempos, como cuando pasaban horas en sus casas en vez de estudiar para los exámenes. O en la universidad, cuando se salteaban clases para poder divertirse entre ellos. Era nostálgico pensar cuanto tiempo había pasado desde la última vez que habían compartido algo así.

Poco a poco, todos comenzaron a llegar. Sanji terminó de preparar la comida y se sentó a su lado. Ace bajó junto a Edward y el niño corrió a su lado para poder jugar con ellos. Las mujeres tardaron un poco más. Esperaron a que todos los hombres estuvieran reunidos en el salón para aparecerse. Bajaron una tras la otra. Al parecer se habían juntado en una sola habitación para poder arreglarse, maquillarse y peinarse. La última de la fila fue Kaya, quien llevaba un pequeño velo de novia decorando sus rubios cabellos. Todos comenzaron a gritar y aplaudir.

Cuando Luffy divisó a la pelinaranja quedó helado. Hacía tiempo que no la veía tan bien vestida, desde aquella vez en la sesión fotográfica. La diferencia entre ese momento y ahora, era que lucía mucho más natural. No pudo despegar su mirada de ella, ni siquiera cuando alguien pasó con un bandeja de bocadillos por delante de sus ojos.

- Oi ¿Seguro que no quieres? - La voz de Vivi lo sacó de sus pensamiento - ¿Estás enfermo? - Le tocó la frente.

- No, yo... - En verdad quiero que sea un secreto, en ese momento había visto algo extraño en la mirada de Nami. En verdad lo quería, y él lo había prometido. Tomó varios bocadillos y se los llevó a la boca - Solo no sabía que elegir -

- Hay mucho más - Sanji se apresuró y tomó uno de los de verdura - Come lo que quieras -

Tomó un par de bocados más y volvió a sentar junto a la consola. Tenía que distraerse, actuar como si nada sucediera. De lo contrario, todos se darían cuenta y eso haría enojar a Nami.

Luego de la fabulosa entrada, se dedicaron a hacer diferentes cosas. Habían preparado juegos y actividades, también bailaron al compás de la música. Realizaron torneos de batallas y rieron a carcajadas. Llegó un momento en la velada que ambos grupos estaban divididos según el género, los hombres yacían delante de la televisión intentando ser el campeón del torneo. Mientras que las mujeres yacían en los sillones hablando y curioseando acerca de diferentes cosas.

Al terminar su partida, Usopp le entregó el joystick a Zoro. Estiró su cuerpo con una sonrisa y desvió la mirada hacía Luffy. Se giró hacía donde se encontraban las chicas y al notar que yacían concentradas en diferentes anécdotas, se acercó al morocho y murmuró:

- Oi, Luffy. Ahora que ya has terminado con Margaret, ¿No crees que es buen momento para volver a intentar salir con Nami? -

Los ojos de Zoro se desviaron hacía sus amigos de manera curiosa. Sanji también se sintió atraído por el rumbo que la conversación había tomado.

- ¡¿Qué?! - Estuvo a punto de atragantarse con un albóndiga pero logró mantener la discreción. Desvió la mirada hacía la pelinaranja - ¿De qué hablas, Usopp? -

- Anda, ya sabes a lo que me refiero - Insistió - Pasaron doce años, seguro ya te perdonó -

- Usopp tiene razón, Luffy - El rubio se enderezó y clavó su mirada en él - Si en verdad la quieres recuperar, ahora es el momento -

Comenzó a sentirse incómodo. ¿Qué podía decir? Si no decía algo, sus amigos sospecharían. Si decía algo estúpido, podrían sospechar de él igual. Tenía que guardar el secreto, tenía que guardar el secreto. Posó sus ojos en Zoro, pidiendo ayuda. Pero el peliverde simplemente desvió la mirada hacía la pantalla.

- Todavía no es el momento... - Desvió la mirada. Ni siquiera sabía como mentir, nunca le había salido - Esperaré un tiempo más -

- Con eso basta - Agregó el peliverde - Oi, idiota, si no prestas atención te ganaré pronto -

(...)

Nami llevaba pasando la escoba por varios minutos, la cantidad de mugre que se había generado en una sola noche era demasiado. Pero el lugar tenía que quedar impoluto. Allí se desarrollaría toda la cena luego de la boda. Alzó la mirada cuando Koala se acercó con una sonrisa. En sus brazos, la pequeña Rina yacía completamente dormida.

- Seguiré yo, sostenla un rato - Comentó la mujer.

- ¿Estás segura? - Nami arqueó una ceja - Puedo barrer un poco más y luego... -

- Créeme - Dijo burlonamente mientras le tendía a la niña - Cuando tengas un niño querrás tener un momento a solas -

Koala sujetó la vara en sus manos y comenzó a barrer la zona cercana a la cocina, allí era donde más mugre se generaba. Con las manos temblorosas, Nami aferró a la pequeña a su cuerpo, no quería que se cayera. Experimentó ese extraño calor que solo había sentido cuando había alzado a sus sobrinos recién nacidos. No pudo evitar contemplar el rostro de la niña sin parpadear. Lucía tan pacífica, tan tierna.

Inesperadamente, Rina abrió sus claros ojos y los apoyó sobre la mujer. Su rostro parecía extrañado, sin embargo estiró las manos para poder tocar la nariz de la mujer. Ella sonrió. Desde la primera vez que la había visto, había crecido mucho más. Sus rizos estaban más esponjosos y sus ojos mostraban un color más intenso. Al girar, se encontró de frente a un espejo. Se miró fijamente. Era extraño. Hacía tiempo que no se imaginaba cargando con un niño. Un niño que quizás podría ser suyo.

- Nami... -

Volteó esperando encontrar a Luffy, pero en cambio se encontró con su hermano mayor. Sabo avanzó con una sonrisa y estiró sus brazos para poder agarrar a la niña.

- Gracias por cuidarla -

- No fue nada - Se la entregó.

Pero al no sentir su peso en sus brazos, sintió un extraño vacío. Reprimió las ganas de aferrarla aún más. Al reconocer a su padre, la pequeña rió. La pelinaranja sonrió.

- Vamos Rina, es hora de dormir -

Cuando el rubio subió las escaleras para dirigirse a su habitación, Nami se percató de que había quedado completamente sola en el salón. Volvió a posar su mirada en el espejo. Las luces estaban apagadas y la única iluminación provenía de la luna, que ingresaba por los grandes ventanales. El salón estaba despejado, allí entrarían cerca de cien parejas bailando. Se imaginó la luz de las velas, la chimenea prendida. La melodía resonando por toda la habitación. Y un gran vestido de seda decorando su cuerpo. El olor a jazmines que decoraba la habitación la envolvió, haciéndolo todo más real.

Solo faltaba algo. Bajó la mirada y cuando la volvió a alzar, lo divisó de pie a sus espaldas. Genial, ahora se estaba volviendo tan loca como para imaginar personas.

Cuando Luffy se acercó y la abrazó por detrás, supo que no estaba imaginando. Era real. Él de verdad estaba ahí. Se quedó sin aliento mientras intentaba procesar todo lo que estaba pasando. El morocho apoyó su rostro contra el hombro de la mujer, y bajó sus brazos hasta su vientre, para luego susurrar:

- Algún día tu también lo serás -

Sus ojos se abrieron como platos y el extraño calor volvió a su cuerpo. ¿Cómo sabía en que estaba pensando?


Hasta aquí hemos llegado hoy. Espero que les haya gustado. Estaré ansiosa por leer sus comentarios. Y...

¡Nos leemos pronto!