Para llegar a ciudad Fucsia, Ryku y compañía debían tomar la salida oeste de ciudad Azulona y adentrarse en la ruta 16. También podían ir por la salida este, volver a pueblo Lavanda e ir en dirección sur por las rutas marítimas que conducían tanto a la ciudad destino como a ciudad Carmín. Pero como no sabían si la hostilidad de los Pokémon en una parte de esas rutas seguía activa, la opción de ir por la ruta 16 era más segura además de más directa. No obstante, Dylan se dio cuenta tarde de que había un problema en esa ruta que afectaba a todo el grupo.

—Me acabo de percatar de que no deberíamos continuar por esta ruta —dijo cuando los tres descansaban unos minutos con tal de recuperar las fuerzas.

—¿A qué te refieres? —preguntó Ryku—. No me hace mucha gracia que tengamos que regresar a la ciudad por culpa de que algo nos impida el paso.

—Me temo que así es, lo siento —se disculpó Dylan—. Recuerdo que no tomé esta ruta porque la que viene después, la ruta 17, no es un camino apto para la gente, ni siquiera entrenadores. No a menos que vayas en bicicleta.

—¿Y eso por qué?

—La ruta 17 es un puente sobre el mar que conecta ciudad Azulona con ciudad Fucsia. Lo llaman «Camino de Bicis» porque lo transitan mucho esos vehículos a pedales. Incluso las motos pueden circular por ahí —explicó Cetile—. Sin embargo, debo discrepar en lo que dice Dylan; sí que podemos ir por el camino de bicis. ¿No sabíais que se construyó un segundo puente sobre el original para aquellos que no fueran en bicicleta tuvieran la posibilidad de escoger estas rutas con tal de llegar a ciudad Fucsia?

—No tenía ni idea —confesó Ryku—. Dylan es supuestamente quien me guía por las rutas.

—Por las que he ido —concretó Dylan velozmente—. Estas rutas no las visité nunca porque tenía en cuenta lo del camino de bicis. Admito haberme olvidado de ello.

—No importa. No es nada que nos impida movernos con normalidad, como ya hemos sufrido últimamente.

—Cierto.

—Yo ya estoy descansada —saltó de repente Cetile—. ¿Nos ponemos en marcha o he de esperaros más?

Ryku y Dylan respondieron levantándose y estirando los brazos. Juntos, reanudaron el camino.

En un punto de la ruta, los tres tuvieron un encuentro salvaje con unos Doduo, los cuales se limitaron a mirarlos curiosamente y a huir de ellos a toda velocidad. Cetile disfrutaba ver a la fauna local actuar, fascinada por la rapidez del pájaro de dos cabezas. Una hora y poco más de media hora, el grupo divisó en lo alto de una pendiente un edificio de techo azul verdoso y paredes color beige que bloqueaba el camino. Había muros de piedra a ambos lados de este con tal de reforzar el impedimento del paso. Ryku y compañía subieron la pendiente y entraron en el edificio.

El panorama era el supuesto anteriormente tras la explicación de Cetile sobre el camino de bicis. Había dos ciclistas vestidos con ropas ajustadas y cascos conversando con el vigilante del edificio, el cual se estaba encargando de contar las normas a seguir mientras estuvieran en el camino. Una vez despachados, el grupo preguntó por dónde se iba al puente de viandantes y el vigilante les señaló unas escaleras que llevaban al piso superior, donde se encontraban las puertas que llevaban a dicho puente. Ryku agradeció la información y los tres jóvenes subieron por las escaleras indicadas. Antes de ir directamente al puente, Cetile quiso hacer una pequeña parada en el mirador que había en aquella planta. La chica corrió hacia los telescopios que había y contempló a través de ellos el paisaje.

—Chicos, tenéis que ver esto. Es precioso.

Ryku y Dylan no necesitaban que Cetile les dijera lo hermoso que era el paisaje; lo veían directamente observando por las ventanas. Ante ellos se imponía una casa oculta en la ruta 16, la cual quisiera o no llamaba la atención por encima de todo, pero que fácilmente era eclipsada por el extenso bosque que se expandía más allá, con colinas y otros desniveles del terreno. A lo lejos, muy a lo lejos, se podía ver, aunque de manera muy borrosa, una silueta de una montaña, la cual, gracias a un panel informativo cercano, descubrieron que se trataba del monte Moon.

—Y pensar que hemos estado allí… es increíble la distancia que hemos recorrido, ¿no crees, Dylan? —dijo Ryku.

—Recorrer por segunda vez, en mi caso —agregó él—. Pero tienes razón. Tener en cuenta que hemos ido allí y ahora estamos aquí… si no fuera porque los bosques de en medio son tremendamente peligrosos incluso para entrenadores experimentados, nos hubiéramos ahorrado un buen trecho.

—Pero me hubiera saltado las medallas de ciudad Celeste, Carmín, Azafrán y Azulona.

—También es verdad. Aunque lo de ciudad Azafrán técnicamente nos la hemos saltado dos veces.

—Es verdad.

Finalizada la contemplación del paisaje, el grupo se dirigió a la puerta que conectaba con el puente custodiada por un vigilante, el cual advirtió de lo inseguro que eran algunas acciones que sorprendieron enormemente a Ryku, Dylan y Cetile. ¿De verdad había gente que se tiraba del puente para ver si podía caer en el mar tras pasar por los pelos el camino de bicis o se ponían a hacer equilibrismo sobre estas? Sin duda había gente muy temeraria en el mundo. Luego de entender los consejos del vigilante, el grupo pudo continuar.

El puente era de lo más vistoso conservando un aspecto austero. Las barandillas eran de una tonalidad rojiza que ayudaba a distinguirlas en el panorama y los huecos vacíos estaban cubiertos por gruesos cristales transparentes. El suelo de cemento tenía una raya blanca que dividía el puente en dos partes, una para los ciclistas que no usaban las bicicletas pero que querían ir por ahí y otra para los viandantes. La línea daba más espacio a los que iban andando que a los que los acompañaba el vehículo a pedales. Más allá de eso no había nada destacable… a excepción de las vistas.

No había discusión alguna de que el paisaje que había a ambos lados del puente era espectacular. A fin de cuentas, la ruta 17, también conocida como «Camino de Bicis», lo componía un bastante extenso puente sobre el mar y alejado de la tierra de Kanto. Las costas de la región se veían dificultosamente, pero tampoco resultaba interesante. Lo bello se hallaba mirando al oeste donde el mar, el sol y las nubes eran los únicos protagonistas de las vistas. Aquel día estaba despejado, por lo que la ausencia de las nubes daba un mejor aspecto al paisaje general. Ryku, Dylan y Cetile se quedaron admirando el panorama como si fuera una elegante pintura. Cetile hizo una foto con su cámara y se lamentó de que el sol no se alojara donde el mar marcaba el horizonte. Un atardecer daría el toque mágico y perfecto al esplendor de la naturaleza.

Minutos más tarde, el puente realizó el primer y único giro de vuelta a la región. Cerca se avistó un edificio idéntico por el que habían salido antes. Ya estaban próximos de volver a pisar tierra firme. Entraron en la construcción y sin pensárselo dos veces salieron por la puerta del piso inferior. Nada más moverse por la nueva ruta terrestre, ciudad Fucsia se veía a lo lejos, aunque no demasiado. La ruta seguía siendo más larga que la que separaba ciudad Azulona de ciudad Azafrán desde que se abandonaba la vía subterránea este-oeste de la segunda ciudad. Avanzaron durante menos de media hora y accedieron a las calles de ciudad Fucsia.

Esta ciudad se tomaba más enserio el color que tenía como nombre en comparación a las ciudades vecinas que también poseían un color como representación. Lo demostraba con el adoquinado de las calles, de un color fuerte como el natural del ladrillo; más oscuro, pero más intenso. Sin duda habían pasado una capa de pintura sobre el material para obtener tan pintoresco color. Por lo demás, ciudad Fucsia alternaba las características de una ciudad costera con la de una ciudad de montaña. Contra más al sur ibas, más playeras eran las casas y, si ibas al norte, más pensadas estaban para verse rodeado de un bosque, que era lo que había en esa dirección. Ryku se sintió como si hubiera viajado al pasado. Las casas del norte, de tejados fucsia y rojo, se asemejaban mucho a las casas japonesas antiguas. Le gustaba. Dylan no reaccionó de ninguna manera, tal vez ya lo hizo cuando estuvo aquí por primera vez. Y Cetile se ponía a hacer fotos siempre que veía la oportunidad. Lo primero que hizo el grupo fue ir al centro de la ciudad, donde muy seguramente encontrarían un mapa de esta con tal de ver qué otras cosas se podían realizar en ciudad Fucsia más allá de ir al Gimnasio.

—Curioso. Gimnasio y albergue están en la misma calle —comentó Ryku.

—Y cada edificio está en un extremo, por lo que hace muy sencillo encontrarlos —añadió Dylan.

—Genial. Ese será nuestro primer objetivo. Veamos qué más ofrece esta ciudad.

—Podemos ir al zoo —sugirió Cetile—. Mirad, pone que es gratuito y son hábitats individuales. Abarcan una parte de la ciudad.

—No es mal plan, pero si lo que indica el mapa es verdad, es una pena que no sea ni un zoo de tamaño normal —dijo Ryku decepcionado—. Solo hay seis hábitats.

—Cada hábitat es bastante grande —explicó Dylan—. Es normal que haya tan pocos si los lugares donde viven los Pokémon son de un buen tamaño.

—Ahora que caigo, ¿un zoo no entraría en conflicto con las leyes de protección de los Pokémon? —inquirió Cetile.

Dylan negó con la cabeza.

—Leí que el fundador de ese zoo, cuyo nombre no me viene a la cabeza, tiene a esos Pokémon registrados como mascotas. Cuida de ellos como tales, pero en vez de tenerlos en su área privada, los expone para que todos sus habitantes disfruten de su presencia.

—Vaya, ese hombre debe ser increíblemente rico si es capaz de hacer algo así —opinó Ryku sorprendido. Cetile apoyó sus palabras con un gesto de la cabeza.

—Y más que os voy a dejar. ¿Veis esto de aquí? —Dylan señaló con el índice un edificio ubicado entre algunos de los hábitats. Ryku y Cetile asintieron—. Esto, es el edificio de la Zona Safari. Supongo que habéis oído hablar de ello. —Ryku y Cetile volvieron a asentir—. Bien, pues el fundador de la Zona Safari es el mismo hombre que creó el zoo público. Todo el dinero que se gana allí se reparte entre los exóticos Pokémon que viven en libertad vigilada en la Zona Safari y los Pokémon del zoo. ¿Cómo os quedáis?

—Pues que haber dicho que es rico es quedarse corto —se corrigió Ryku.

—Yo que ahora tengo unas ganas tremendas de ir a la Zona Safari después de escuchar que hay Pokémon exóticos —admitió Cetile—. ¿Podemos ir, por favor? Después del Gimnasio, claro.

—No sé. La Zona Safari es cara. Cuesta como tres mil Monedas de Combate entrar ahí, puede que incluso más —informó Dylan—. ¿Tienes el dinero acumulado, Cetile?

La chica lo miró como si la hubiera ofendido.

—He peleado contra muchos entrenadores mientras intentaba convencer a mis padres de emprender mi viaje por la región. Y no lo he usado nunca, por lo que, si no ha cambiado desde la última vez que lo miré, debo tener una cifra de cinco números muy alta.

—Vale, vale. No es necesario que fardes de las monedas que tienes. ¿Y tú, Ryku? ¿Qué opinas?

Ryku echó un rápido vistazo al dinero que había acumulado hasta ahora. Para él, sería una puñalada bastante dura en su cartera, pero no le impedía seguir comprando suministros y alojándose en los albergues.

—Tengo bastante para ello.

—¿Y también tienes ganas de ir a la Zona Safari? —inquirió Dylan.

—Porfa, di que sí —suplicó Cetile a punto de poner ojos llorosos.

Ryku se lo pensó unos segundos.

—Con todo lo que he oído de la Zona Safari, dudo que no me apetezca ir allí. —Cetile estalló de alegría—. Pero hoy no. El sol se pondrá pronto y solo desaprovecharíamos el dinero.

—¿Y el Gimnasio?

—Mañana iremos también. Por la mañana estaremos en la Zona Safari y después de comer desafiaré al líder de Gimnasio.

—Suena a un buen plan. ¿Estamos todos de acuerdo? —Cetile y Ryku asintieron—. Bien. Decidido, entonces. ¿Vamos a algún lugar y no desperdiciamos las horas de sol que nos queda?

—¡Al zoo público! —sugirió Cetile casi sin dejar que Dylan finalizara su pregunta—. A menos que la ciudad ofrezca algo más que eso.

Ryku y Dylan examinaron en detalle el mapa de ciudad Fucsia en busca de algo que le sirviera para hacer turismo. Estaba la playa, al sur, aunque ninguno del grupo quería llenarse las bambas de arena en esos momentos. El zoo público era la mejor y única opción.

Antes de ir al zoo, Ryku, Dylan y Cetile alquilaron sus habitaciones en el albergue y se desprendieron del peso de sus mochilas para ir más ligeros. Luego caminaron hacia el norte hasta dar con el zoo, el cual no fue complicado de detectar cuando al otro lado de una calle había un vallado de madera pintada de blanco con un gran cartel delante que indicaba el inicio de este y sus delimitaciones. Ryku no imaginaba que fuera tan grande el zoo para seis hábitats, aunque tampoco supuso que el zoo tuviera más funciones públicas como parques colocados estratégicamente entre los hábitats, un pequeño estanque donde vivían Pokémon que no pertenecían al dueño del zoo y algunas áreas de juegos con columpios y toboganes con los que entretener a los niños. Ryku cogió un mapa del zoo y el grupo entró en este.

El hábitat que tenían más cerca era el de un Lapras, el cual disfrutaba felizmente de nadar por una zona de agua más grande que la piscina del Gimnasio de Misty. También había una cueva que debía hacer la función de casa del Pokémon. El Lapras resultaba ser muy cariñoso, acercándose a saludar a aquellos que se paraban a visitarlo. En ocasiones, la gente le daba comida de una máquina cercana, la cual solo contenía alimento para el Pokémon acuático, y el Lapras se lo agradecía con algún malabar de agua. Cuando Cetile se apoyó en la barra y extendió el brazo para que el Pokémon viera sus aludo, este nadó hacia ella y dejó que lo acariciara. Soltaba ronroneos cual gato.

—Hay que ver lo cariñoso que es —dijo Cetile sin parar de tocar el hocico del Pokémon—. ¿Es toda su especie igual?

—No lo sé. Un Lapras salvaje es difícil de localizar. Yo solo los he visto como mascotas o en libertad vigilada como ahora —comentó Dylan.

—¿No estará en peligro de extinción? —preguntó Cetile alarmada.

—En absoluto. Solo es complicado ver a uno nadando por ahí.

—No lo dices para animarme, ¿verdad?

—Dice la verdad, Cetile —lo apoyó Ryku—. Una vez tuve la ocasión de toparme con uno cuando entrenaba a mi Pokémon con tal de hacer un Enlace con él. Estaba socorriendo a una persona que se había adentrado demasiado en el mar. Fue lo más increíble que he visto a hacer a un Pokémon salvaje en mi vida.

Cetile dio al Lapras un poco de comida que había comprado de la máquina como gratitud por haberlo dejado acariciar, aunque en realidad el Pokémon solo deseaba mimos. Después de observarlo unos minutos más, se fueron a otro hábitat.

Se detuvieron frente a uno también acuático, aunque en menor medida. Tenía una pequeña isla en medio donde dormía un Pokémon rosa, de orejas curvas y un morro blanco a juego con la punta de su cola. Ryku lo buscó en la Pokédex y se quedó con su nombre: Slowpoke. Aquel Pokémon no tenía nada de interés pues se pasó todo el rato dormido bajo la palmera de la isla y, cuando abría los ojos, miraba en todas direcciones como si no supiera donde estaba y volvía a adormilarse. Aburridos, el grupo se dirigió a otro hábitat más interesante.

Para Ryku, Dylan y Cetile, el hábitat del Lapras fue el que más les entretuvo. Pasaron por dos más que pertenecían a un Voltorb y un Chansey, ambos poco amistosos con los humanos. El Chansey aún tenía un pase, pero se pasaba la mayor parte del rato ignorando a sus observadores mientras se movía por su hogar. Con el Voltorb era mejor pasar de largo; habían puesto una señal que comunicaba que el Pokémon estaba sobrecargado y expulsaba rayos de vez en cuando. Se le podía ver, aunque las vallas de seguridad de su hábitat eran las más estrictas.

Finalmente, los dos últimos hábitats acabaron siendo más acogedores. Uno de ellos albergaba a un Kangaskhan cuidando de su cría en la bolsa que sobresalía de su barriga. Una escena de lo más entrañable. Y el último hábitat tenía un Pokémon que no habían visto jamás y por ello se había convertido en la principal atracción del zoo. Ryku, Dylan y Cetile contemplaron al Pokémon nadando en aguas poco profundas. Este nunca salía a superficie, por lo que a través del agua miraron detenidamente cómo era. Parecía un caracol de mar por la concha en espiral blanca que tenía, pero esa era la única similitud. La oportunidad que el grupo tuvo de ver la cara del Pokémon se topó con un rostro azul de ojos saltones y con hasta diez tentáculos, según lograron contar entre los tres, saliéndole de debajo del cuerpo. Dos de ellos eran más largos que el resto y el Pokémon los usaba como brazos y los demás, para moverse bajo el agua.

—Vaya un Pokémon más raro —opinó Dylan—. ¿Alguno de vosotros ha visto algo así?

Cetile y Ryku negaron con la cabeza.

—Voy a mirar si encuentro una página del Pokémon en la Pokédex —dijo Ryku. Buscó concienzudamente, pero no obtuvo ningún resultado positivo—. Nada. Es como si no existiera.

—Aquí hay un panel informativo —informó Cetile. Ryku y Dylan prestaron atención a su amiga—. Pone que este Pokémon es el primer experimento exitoso de la resurrección de un Pokémon extinto a partir del ADN conservado en un fósil.

—¿Un Pokémon prehistórico? —cuestionaron Ryku y Dylan al unísono.

—Así es. Se llama Omanyte. Interesante, ¿no?

Ryku y Dylan tenían otra opinión al respecto y quisieron confirmar sus sospechas leyendo más en el panel informativo. Leyeron la antigüedad del Pokémon y como vivía en su época. Todos los datos que había no distaban de lo que una persona vería en un panel como ese. Sin embargo, el último párrafo se explicaba por parte del fundador del zoo cómo obtuvo a ese Pokémon. Cuando descubrieron que había sido comprado en un laboratorio Pokémon de isla Canela a manos de un hombre llamado Gustavo, sus sospechas se confirmaron.

—Es el Pokémon que salió del fósil que conservó después de salvarlo —dijo Ryku en voz baja.

—Al menos no se habla de dónde sacó el fósil ni del intento de robo —suspiró Dylan aliviado.

El grupo admiró un rato más al Pokémon prehistórico y luego se quedó paseando por los parques de la zona hasta que llegara la noche y la hora de cenar en el albergue. Los tres se fueron a dormir pronto por el día que les esperaba.

-0-

La Zona Safari se hallaba al norte, en las afueras de la ciudad. Cetile estaba muy excitada, incapaz de esconder sus emociones. Ryku y Dylan, por otro lado, intentaban calmarla y, en especial, que no se separara de ellos por querer llegar a la Zona Safari antes que nadie. Los chicos se sentían como si cuidaran de una hermana pequeña. Al final tuvieron que apañárselas con tal de que no se adelantara más y Dylan lo encontró amenazándola con quitarle su cámara de fotos. Al parecer, Cetile le tenía mucho aprecio al aparato pues con solo eso se consiguió que se tranquilizara.

Después de un buen rato caminando, alcanzaron la Zona Safari. Entraron en un edificio de tejado naranja con el símbolo de una Pokéball en su frontón acristalado. El interior estaba a rebosar de gente. Había grupos de hasta diez personas siendo guiadas por otra que debía ser un trabajador del safari por el uniforme que vestía compuesto por unos pantalones cortos como los de Cetile y una camisa de manga corta. La sala en sí estaba absolutamente decorada con la temática del safari, con estatuas de cartón de algunos de los Pokémon que vivían allí, mesas de información, áreas de descanso y tiendas de suvenires. El grupo de Ryku se dirigió a la recepción para saber cuál era el siguiente paso que debían dar.

—Buenos días —los saludó una mujer de cabello rojizo y ojos marrones—. ¿En qué puedo ayudaros?

—Nos gustaría entrar en la Zona Safari —dijo Dylan.

—¿Sois parte de algún grupo o ustedes tres ya son uno? —preguntó la mujer.

—Los tres somos un grupo.

—Muy bien… —La mujer trabajó en su ordenador—. ¿Vuestros nombres? —Cada uno de los tres jóvenes dio el suyo—. De acuerdo… ¿Qué tipo de visita deseáis realizar?

—¿Tipo? —repitió Ryku extrañado.

—Así es. La Zona Safari ofrece varias opciones para que los precios se asemejen a lo que los clientes vienen a hacer aquí. Tenemos la opción «civil», que es para personas o grupos que desean una visita guiada; la opción «inicio de entrenador», la cual está enfocada a aquellos que buscan capturar algún Pokémon de la Zona Safari con la finalidad de establecer un Enlace; y la opción «entrenador», la cual da total libertad de movimiento por la Zona Safari, aunque debe ir con mucho cuidado por posibles ataques de los Pokémon. Puedo daros una recomendación si lo deseáis.

—¿Qué nos sugiere? —preguntó Dylan.

—He visto que los tres poseen un brazalete Enlace. ¿Ya tienen un Enlace establecido o vienen a por uno?

—Ya tenemos uno —respondió Cetile.

—En ese caso la opción «inicio de entrenador» queda descartada, lo que nos deja con «civil» y «entrenador». Si solo preferís observar a los Pokémon salvajes, «civil» es vuestra mejor elección; pero si os inclináis más a una exploración libre y aceptáis las consecuencias que conlleva, entonces «entrenador» os satisfaría más. Actualmente, esta última opción incluye un desafío que se puede cumplir o no y no incrementa el precio.

—¿Qué clase de desafío? —inquirió Ryku.

—Uno muy simple: debéis encontrar una casa escondida en la Zona Safari. Si lo lográis, la recompensa es una Máquina Oculta.

Los ojos de Ryku y Dylan brillaron. Una Máquina Oculta era un objeto muy difícil de conseguir que contenía un movimiento que no se vende en las tiendas ni en los centros comerciales y además no se podía compartir con otros entrenadores. Un premio sin duda tremendamente útil para un entrenador.

—Me quedo con la opción «entrenador» —eligió Dylan.

—Yo igual —añadió Ryku.

—Conmigo hacemos tres —se incluyó Cetile. Ryku y Dylan la miraron—. No haré el desafío. Yo antepongo tomar buenas fotografías con el tiempo que necesite a eso.

Ryku y Dylan asintieron.

—De acuerdo. Entonces son tres opciones «entrenador», y solo dos realizarán el reto, ¿correcto? —El grupo asintió. La mujer terminó de teclear los datos recibidos y de calcular los precios—. ¿Pagáis en moneda real o de combate?

—Combate.

La mujer efectuó una conversión de la moneda.

—Serán quince mil Monedas de Combate en total. Cinco mil por persona.

Los tres jóvenes se fueron turnando para pagar la cantidad impuesta. Después de desembolsar el dinero, la mujer imprimió tres billetes en papel naranja y se los entregó a Dylan.

—Cuando comprueben que podéis entrar en la Zona Safari, esperen a que os den unas pulseras que os identificará como entrenadores que participan en el desafío—explicó la mujer—. Eso es todo. Gracias y que tengan una buena estancia en la Zona Safari. Cualquier duda adicional que tengan, pueden preguntar a cualquiera de mis compañeros o a mí misma.

—Vale. Gracias.

Ryku, Dylan y Cetile se apartaron de la recepción y, mediante las instrucciones grabadas en los billetes, fueron al fondo de la sala donde se ubicaba el control de acceso a la Zona Safari. Había un par de grupos de gente haciendo cola, por lo que tuvieron que esperar su turno. Cuando llegó, Dylan enseñó los tres billetes a un guarda y este los revisó conforme todo estaba correcto. Les preguntó por el desafío para asegurarse de que ninguno había cambiado de opinión y, tras confirmar la participación, cogió tres brazaletes naranjas y se los dio a Dylan. Advirtió que no debían perderlos en ninguna circunstancia, de lo contrario no podrían reclamar el premio del desafío. Ryku y Dylan se ataron bien fuerte los brazaletes en las muñecas con tal de asegurarse que el cierre no se soltaría. Cetile se lo guardó en el bolsillo. Después el guarda les explicó las normas a seguir con el desafío y ofreció un mapa de la Zona Safari con la que poder moverse fácilmente y saber regresar al punto de partida sin mayores dificultades. Con todo dicho, el guarda dio vía libre a los jóvenes de ir al recinto.

Nada más salir del edificio, ya se notó el cambio de paisaje al del exterior. Los árboles de copas planas, los caminos de tierra, campos que alternaban el verde de la hierba con manchas marrones de la arena y algún que otro lago. Parecía que se habían unido varios ecosistemas en uno solo. Ryku, Dylan y Cetile esperaron un momento a que los grupos de personas que habían entrado con ellos se subieran a un autobús de dos pisos y sin techo y se marcharan. Una vez el ruido del motor del vehículo se convirtió en un débil murmullo, los tres jóvenes se pusieron a explorar la Zona Safari.

Cetile era la más interesada en todo cuanto la rodeaba. Hacía fotos a cualquier cosa: las plantas, los árboles, los Pokémon que se atrevían a pasar cerca de los caminos… todo. A veces se paraba a realizar fotografías lo más complejas, como paisajes enteros o Pokémon interactuando con la flora de la zona. Se la veía tan obsesionada con inmortalizar todo cuanto veía que Dylan comprendió cuando dejó de agitarse tras amenazarla con quitarle la cámara.

—Caray, Cetile, no llevas ni un día entero fuera de ciudad Azulona y ya has debido de hacer unas… no sé… ¿cien fotos? —comentó Ryku.

—Trescientas cuarenta y dos fotos —puntualizó Cetile como si Ryku realmente estuviera interesado en conocer el número exacto.

—¿Por qué haces tantas fotos? —preguntó Dylan—. En menos de media hora has captado en la cámara casi toda esta parte de la Zona Safari.

—Fácil, porque adoro las plantas. Todas —contestó ella—. Sé que no existen dos lugares idénticos y quiero cerciorarme de que es verdad. Además, también me encantan los Pokémon de tipo planta. Algún día quiero convertirme en una experta tanto en la flora y ese tipo de Pokémon de todas las regiones posibles.

—Una fanática de las plantas. Curioso, pero no raro —opinó Dylan.

—¿Y vosotros? ¿En qué os enfocaríais cuando seáis mayores? —husmeó Cetile.

Ryku y Dylan intercambiaron una mirada. Su respuesta iba a ser la misma.

—Todavía no estamos seguros —habló Ryku—. Primero tenemos el objetivo de convertirnos en Campeones de la Liga Pokémon. Ya descubriremos lo que haremos después.

Cetile gruñó débilmente. No estaba satisfecha con aquella contestación.

—Me quedaré con que pretendéis ser Maestros de Enlace, ¿vale? Es lo que uno deduciría con eso.

—Como quieras, a mí no me importa —ignoró Dylan.

—Por cierto, Cetile, ¿cuántas fotos puede hacer tu cámara? ¿No tiene un límite? —inquirió Ryku.

—Claro que lo tiene, como todas las cámaras. Pero he venido cargada de tarjetas de memoria. Podré hacer miles de fotos sin problemas.

—Preparada para todo —apostilló Dylan.

—Sin duda —se rio Cetile.

Continuaron avanzando por la Zona Safari en busca de algún Pokémon exótico. Hasta ahora no habían divisado ninguno que no hubieran visto fuera de la Zona Safari. Como mucho, algún Exeggcute que rondaba por los caminos, pero nada más. Divisaron el inicio de una nueva zona en la que el campo variaba ligeramente en comparación al anterior. La hierba tenía un tono apagado como si se hubieran podrido, pero Cetile explicó que podía ser el color natural de aquellas plantas. Los árboles se dividían entre los de copa plana y los triangulares. Los de copa plana estaban desperdigados por todo el campo igual que en una sabana mientras que los triangulares se agrupaban formando bosques no muy espesos. El grupo optó por realizar una parada con tal de orientarse, aunque más bien era para que Ryku y Dylan discutieran sobre el paradero de la casa del desafío.

—Hubiera sido más fácil si el mapa diera alguna pista sobre su posible paradero —pensó Ryku.

—Si fuera así, no se podría llamar desafío —repuso Dylan.

—Cierto. Pero es muy difícil. ¿Has visto el tamaño de la Zona Safari? Cuatro zonas y solo hemos pasado la mitad de una. Cada una debe ser enorme.

—Tal vez solo la central tenga estas dimensiones —supuso Dylan— y las otras sean de ecosistemas más específicos y con menor cantidad de Pokémon salvajes.

—Vale, creamos que es así. ¿Dónde podría estar esa casa?

—Veamos, podemos descartar de inmediato esta zona y la siguiente porque dudo mucho que se atrevan a construirlo tan cerca del punto de partida del desafío. Eso nos deja con las otras dos zonas, las cuales…

Cetile se aburrió de escuchar la discusión de Ryku y Dylan y se fue a buscar nuevos lugares que fotografiar. Los chicos no se dieron cuenta de que se había alejado de ellos ya que estaban demasiado enfrascados en el debate como para reparar en su desaparición. En cierto modo, era lo que la chica deseaba.

Cetile se introdujo en la arboleda y desde ahí se puso a hacer más fotos. Apuntaba hacia arriba, donde las copas de los árboles daban un curioso y elegante paisaje con profundidad mientras los rayos del sol viajaban a través de los huecos entre las ramas y las hojas. También los hacía al frente donde, a pesar de la ausencia de Pokémon, continuaba siendo un paisaje de lo más bello. Alcanzó a realizar fotos a una bandada descansando sobre las ramas de un árbol y a unos Metapod pegados en el tronco de otro. Cetile hizo una mueca de disgusto ante los Pokémon bicho porque los odiaba y temía a partes iguales. Tenía excepciones como los Butterfree, los Caterpie y algún que otro más que, a pesar de su tipo, tenían un poco de belleza digna de inmortalizar en una fotografía. Aunque, en general, eran Pokémon que la chica prefería tener alejados de ella.

Finalmente, Cetile salió de la arboleda, la cual resultó ser más pequeña de lo que se veía por fuera, y apareció en una pradera donde se topó con una gran cantidad de Pokémon. Estaban los típicos Nidoran macho y hembra, sus evoluciones intermedias y algún Scyther combatiendo por su cuenta contra un Parasect. Pero lo que más atrajo la atención de Cetile fue el descubrimiento de un Kangaskhan entre los demás Pokémon. En estado salvaje tendría la oportunidad de conseguir las mejores fotografías de la madre y la cría y corrió para no perder tan buena ocasión. No obstante, el Pokémon no se hallaba en las mejores circunstancias para ser fotografiado puesto que había un par de personas que lo estaban molestando.

Cetile se enfadó al principio, pero al estar más cerca vio que los motivos de aquellas personas no era dañar adrede al Kangaskhan, sino capturarlo. Le tiraban cebo con tal de que se les acercara y tener una mejor puntería a la hora de lanzar la Pokéball. Todo iba bien hasta que uno de los futuros entrenadores de Enlace decidió cometer el peor error de su vida: golpear a la cría del Kangaskhan con una piedra. En realidad, no fue intencionado, era una manera de distraer al Pokémon y así lanzarle la Pokéball sin que pudiera reaccionar. Desgraciadamente, la Kangaskhan se movió en el preciso instante en el que la piedra iba a pasarle por detrás de la espalda y terminó dando un certero impacto en la cabeza de la cría. Como era de esperar, la Kangaskhan estalló en ira y atacó a los entrenadores.

Uno de ellos ya tenía un Enlace y lo usó para defenderse, pero no le sirvió de mucho ya que perdió tras ser golpeado varias veces continuadas. Por suerte, aquello valió para que los entrenadores lograran escapar, pero la Kangaskhan seguía muy enfadada y enfocó su furia en otro objetivo: Cetile. A la chica le costó tomar una decisión y, en un acto reflejo, se llevó la mano a su brazalete y activó su Enlace. Una vez transformada, intentó protegerse del golpe que estaba a punto de recibir.

Fue una mala elección.

La Kangaskhan embistió con una fuerza impresionante que logró hacer retroceder el gran cuerpo del Venusaur. Al menos Cetile se alegró de haber resistido bien el choque y poder contraatacar si le volvía a golpear. Sin embargo, cuando dio un paso al frente un calambre recorrió todo su cuerpo. Se sintió completamente paralizada, incapaz de moverse por mucho que se esforzara. Cetile no pudo evitar un segundo golpe de la Kangaskhan que la liberó de la parálisis, aunque la dejó aturdida, momento perfecto para que el furioso Pokémon asestara el puñetazo decisivo y desactivara el Enlace de la chica y lo pusiera en el modo reinicio. Cetile se recuperó al momento y huyó nada más vio la oportunidad. Pero la Kangaskhan no había calmado su ira y la persiguió allá donde fuera. Cetile se metió en la arboleda de la que había salido, llorando aterrada por el acoso del Pokémon.

Mientras tanto, Ryku y Dylan continuaban su conversación acerca del posible paradero de la casa del desafío. En todo este tiempo, habían dicho suposiciones de un lugar exacto o más aproximado y cada vez fueron cercando más y más la casa hasta decantarse por su posición en la tercera zona del safari. Los dos jóvenes creyeron que podría estar ahí y acabaron con el descanso. Justo entonces se dieron cuenta de algo.

—Un momento, ¿dónde está Cetile? —Preguntó Dylan.

La chica había desaparecido. No se la veía por ninguna parte allá hasta donde alcanzaba la vista de los jóvenes. No había ninguna pista sobre hacia dónde se había marchado. Ryku se puso nervioso.

—¡Ay, no! La hemos perdido. Si se enteran sus padres de esto lo vamos a pasar fatal.

—Tranquilizate, Ryku —ordenó Dylan—. La Zona Safari es un recinto cerrado. Por tanto, Cetile no tiene posibilidad de salir de aquí sin que alguien se dé cuenta.

—Pero el territorio es muy grande y está plagado de Pokémon salvajes. ¿Y si alguno la ataca?

—Es una entrenadora de Enlace. Sabrá defenderse.

—¿Y si su Enlace entra en modo reinicio?

Dylan agitó la cabeza.

—Ahí sí que podríamos preocuparnos.

Entonces Ryku tuvo una idea.

—Ya sé. La llamaré, así daremos con ella sin problemas.

—Ryku…

El joven no escuchó nada de la advertencia de Dylan hasta que fue demasiado tarde. En su agenda no había registrado el número de holomisor de Cetile. Ryku se quedó petrificado unos segundos.

—No le hemos pedido el número desde que nos acompaña —repitió Dylan—. Esa idea había fracasado antes de que la pensaras.

—¿Qué se te ocurre a ti?

—Si Cetile se ha separado de nosotros mientras hablábamos del paradero de la casa del desafío, no debe andar muy lejos. Pero no la hemos visto en ningún lado desde aquí y no tiene motivos por esconderse de nosotros tras los árboles de la sabana. De modo que… —Dylan miró a la arboleda que había cerca de ellos—. Seguro que se ha adentrado en el bosque para hacer fotos de los árboles y las plantas de ahí. Según dijo antes, adora eso.

—Entonces debería estar allí. —Ryku se acercó a la arboleda sin llegar a entrar—. ¡Cetile! —gritó con todas sus fuerzas—. ¡Cetile, ven! Vamos a continuar el camino.

—Esperemos que no nos obligue a entrar ahí. No me apetecería volver a toparme con Beedrill si hay en la Zona Safari —murmuró Dylan más para sí mismo.

—¡Cetile! —aumentó más la voz Ryku—. ¡Sal de ahí y vámonos!

Hubo unos segundos sin respuesta hasta que al final la chica contestó. No obstante, no lo hizo de la forma que Ryku esperaba, más bien se oía a una muchacha llorando de miedo. Ryku y Dylan pusieron una mueca de confusión ante la incertidumbre de lo que ocurría. Notaron unos temblores y los dos se alejaron de la arboleda por si acababan recibiendo algún golpe de parte de Cetile por no mirar al frente. Escasos segundos después la chica apareció de entre los árboles acompañada de la Kangaskhan embistiendo los árboles y estos quedándose a punto de venirse abajo, pero aguantaron su propio peso. Ryku y Dylan miraban asombrados la persecución del Pokémon a su amiga.

—¡Ayudadme! —suplicaba Cetile dando vueltas en círculos. Impresionaba que la Kangaskhan no fuera capaz de atraparla con esa técnica.

—¿Se puede saber que has hecho? —inquirió Ryku.

—No es momento de contar anécdotas —bramó ella—. Activad vuestros Enlaces y salvadme.

—Activa el tuyo también —le recomendó Dylan.

—¡No estoy corriendo así por placer! —se quejó Cetile. Cada vez se irritaba más de que sus amigos no le echaran una mano—. Tengo mi Enlace reiniciándose. Y basta ya de hablar. No podré soportar este ritmo por más tiempo y si mis padres se enteran de que me ha atacado un Pokémon salvaje y no me habéis defendido…

—Lo sabemos —se adelantó Dylan—. No tenemos más remedio. Vamos.

Ryku y Dylan activaron sus Enlaces y adoptaron sus respectivas formas Pokémon. La Kangaskhan se vio atraída por la luz de la transformación, pero la ignoró y retomó la persecución. Por suerte, ese segundo que la había distraído había sido suficiente para que Cetile se alejara más del Pokémon y se refugiara detrás del Charizard y el Blastoise.

—Tened cuidado. Es muy fuerte —avisó a sus amigos.

Ryku y Dylan miraron confiados de su propio poder hacia la Kangaskhan. Daba igual lo que dijera Cetile, en un combate dos contra uno la ventaja se inclinaba para los que eran más. Aunque ambos no habían peleado juntos en ningún momento, sino que se turnaban, tenían fe en que se sabrían combinar sus poderes tan opuestos.

La Kangaskhan rugió de ira y Ryku se lo devolvió como una señal de que no les asustaba. Entonces, el Pokémon arremetió contra Ryku y este alzó el vuelo esquivando fácilmente el ataque. La Kangaskhan no frenó porque había visto a otro Pokémon detrás del Charizard preparado para detenerla de frente. Dylan retrocedió ante la imponente fuerza de la Kangaskhan, pero consiguió cumplir su cometido y evitó que se acercara más a Cetile. La chica, al ver el peligro que corría en ese combate, se escondió detrás de la roca en la que descansaron.

Desde el cielo, Ryku observó atentamente la pelea de la Kangaskhan contra Dylan. Su amigo contraatacó introduciéndose en su caparazón y girando a gran velocidad sobre sí mismo. Esto conllevó a que el Pokémon se protegiera mientras era dañada ligeramente con cada giro del Blastoise. Un último giro de mayor potencia que el resto logró finalmente recular a la Kangaskhan. El Pokémon vociferó más invadida por el odio que nunca. Era el momento ideal de combinar ataques.

Ryku voló hasta situarse justo encima de la Kangaskhan, a más de quince metros de altura. Realizó un cálculo rápido y soltó un potente lanzallamas mientras el Pokémon continuaba con grito de guerra. El torrente de fuego cayó sobre la Kangaskhan como una ducha de agua ardiendo. Ryku estuvo escupiendo llamas hasta que no pudo aguantar más la respiración y se vio forzado a parar si no quería asfixiarse. Cuando todas las llamas se extinguieron, la Kangaskhan se encontraba paralizada, más por la repentina lluvia de fuego que le acababa de caer del cielo que por sufrir el estado de parálisis.

Para terminar, Dylan quiso dar el golpe de gracia ahora que tanto la Kangaskhan como su cría estaban atontadas colocando muy cerca de su cuerpo sus dos cañones de agua. Cuando vio el momento oportuno disparó dos chorros de agua a presión que mandaron por los aires al Pokémon. Suspendida en el aire, Ryku participó en el golpe de gracia y cargó su movimiento Megapuño con la finalidad de enviarla todavía más lejos. Unos segundos más tarde el Charizard contempló como el Pokémon viajaba por el cielo hasta caer en la tierra de la sabana a más de cincuenta metros de distancia de Ryku, Dylan y Cetile. Después de asegurarse de que no se levantaba con tal de volver a la carga. Ryku aterrizó cerca de la roca y desactivó su Enlace. Dylan hizo lo mismo poco después.

—¿Ya ha pasado el peligro? —preguntó Cetile sin salir de su escondite.

—Es seguro.

Cetile abandonó su refugió y suspiró aliviada.

—Gracias. Me habéis salvado de una buena.

—¿Ahora nos puedes explicar por qué te perseguía una Kangaskhan? —inquirió Ryku.

—Eso. Espero que haya una buena razón; no era la manera que tenía en mente de ver a un Pokémon exótico en su hábitat natural —añadió Dylan.

Cetile explicó todo lo sucedido desde que se alejó de ellos hasta que regresó acompañada del Pokémon salvaje. No escatimó en detalles, sobre todo en demostrar su inocencia en referencia al enfado de la Kangaskhan. Se quedó a gusto cuando echó la culpa a aquellos entrenadores.

—Así que un listillo decidió herir a la cría de un Kangaskhan —resumió Dylan la parte de la acusación a los entrenadores.

—Estoy convencido de que no sabían lo peligroso que se vuelve ese Pokémon cuando atacan a su cría —opinó Ryku—. Hemos tenido suerte de poder vencerla. De lo contrario hubiera causado un buen destrozo en la Zona Safari.

—Me siento un poco mal por ella. No había hecho nada malo y acabó recibiendo mucho daño —dijo Cetile preocupada por el Pokémon—. Espero que no os hayáis pasado.

—Como mucho estará debilitada e inconsciente —intentó relajarla Dylan—. Con que coma un poco y descanse nada más despertar volverá a ser la de antes, solo que más tranquila, claramente.

—Menos mal. Cambiando de tema, ¿habéis avanzado en el desafío?

—Sí. Creemos que la casa puede esconderse en algún lugar de la tercera zona del safari —informó Ryku—. Aun así, también buscaremos en las otras zonas por si acaso nuestra deducción es errónea.

—De acuerdo. ¿Nos ponemos en marcha, entonces?

Ryku y Dylan asintieron y el grupo retomó de nuevo la ruta de la zona el cual había sido una guía para moverse por la Zona Safari. Pasaron cerca de la Kangaskhan debilitada y comprobaron que, efectivamente, solo estaba inconsciente al igual que la cría. Procuraron no levantarla y se distanciaron del Pokémon cuanto antes. Por el camino Ryku y Dylan pidieron a Cetile que les diera su número de holomisor con tal de que no volviera a suceder algo similar a lo de antes. Cetile, a cambio, también solicitó los números de Ryku y Dylan por las mismas causas. Una vez cada uno de ellos tenía a los otros miembros del grupo en su agenda del holomisor, recuperaron la pasión por explorar la Zona Safari. La primera zona no ofreció nada que no hubieran visto ya y tampoco detectaron ninguna pista que condujera a la casa del desafío, de modo que continuaron hasta llegar a la segunda zona.

Ahí la Zona Safari cumplía con aquello a por lo que habían venido Ryku, Dylan y Cetile: los Pokémon exóticos. Solo en aquella zona, el grupo vio a una manada de Rhyhorn pastando relajadamente por los páramos. Cetile consiguió unas muy buenas instantáneas de las crías jugando en un charco de agua mientras las madres los vigilaban a la vez que comían la hierba del campo. El grupo presenció una pelea entre un Pinsir y un Scyther en la cual el vencedor fue el Pokémon de las manos en forma de cuchillas. Más adelante el terreno se tornó más empinado, con la formación de colinas y lagos en sus pies. Los lagos creaban playas que aumentaba la variedad de Pokémon en esa área. Los tres jóvenes vieron a unos Psyduck moviéndose erráticamente, unos Magikarp los cuales saltaban en ocasiones del agua, Poliwag disfrutando de un baño y algún que otro Dratini nadando por la superficie del agua. Ryku, Dylan y Cetile no cabían en su asombro al ver al Pokémon azul.

—Tienen Dratini viviendo en la Zona Safari —dijo Dylan—. Esa clase de Pokémon es tremendamente difícil de ver en estado salvaje pues suelen vivir en las profundidades marinas.

—Me alegro de haber conseguido ver uno en persona y no en una entrada de la Pokédex —comentó Ryku.

Cetile tomó una fotografía justo cuando el Dratini se puso a jugar con un Poliwag cercano.

—Pensar que una cosa tan mona evoluciona en un Pokémon tan poderoso. Sorprende solo con imaginarlo.

—He oído que el tipo dragón es el tipo más poco común en los Enlaces, al menos en los que hay en Kanto —explicó Dylan—, por lo complicado que es entrenar a uno.

—Y a mí ya me costó lo suyo controlar a mi Pokémon para establecer un Enlace… —contó Ryku—. Siento que en realidad sería muy fácil en comparación con el entrenamiento de un dragón auténtico.

—Un Charizard es tan arduo de entrenar como un dragón. Así lo veo yo, por lo menos —contrapuso Cetile con intenciones de animarlo—. Aunque no sea de tipo dragón, un Charizard lo es físicamente hablando. Apuesto que, si entrenases a un Pokémon de tipo dragón, ya tendrías algo de experiencia en ese campo.

—Supongo que tienes razón —aceptó Ryku entre risas—. Antorcha daba sus problemas a medida que maduraba.

El grupo terminó de contemplar a los Pokémon del lago y echaron una ojeada a los que había en la playa. Shellder y Krabby gobernaban la arena y algunos Exeggutor hacían la función de palmeras bajo los que descansaban diversos Pokémon anteriormente nombrados. Ryku y Dylan esperaron a que Cetile se complaciera con las fotografías antes de continuar. Ryku y Dylan siguieron buscando el paradero de la casa y, por el terreno de la segunda zona, las suposiciones de encontrarla en la tercera eran cada vez más fuertes.

Para llegar a la última área, el grupo debía seguir un camino que atravesaba una arboleda. Cetile se disgustó; ya había tenido suficiente aventura en un bosque por un día. Mas no había otra senda por la que moverse sin ir campo a través, eso si las colinas no terminaban bloqueando el paso. A regañadientes, Cetile tuvo que entrar si no quería quedarse a solas en la Zona Safari, otra cosa que no pretendía repetir.

Durante el itinerario rodeado de árboles, Ryku examinó el mapa para averiguar en qué punto de la última zona saldrían y así establecer un recorrido óptimo de búsqueda de la casa. Compartió la información con Dylan, el cual comprobó si el trayecto indicado por su amigo se podía mejorar o no. Al no ver nada que optimizar, los dos marcaron en el mapa el paseo que darían en cuanto salieran del bosque.

—¡Chicos! Mirad esto.

La repentina llamada de Cetile sobresaltó y atrajo las miradas de Ryku y Dylan. La chica señaló a un lado del camino, apenas un par de filas de árboles más allá. Ryku y Dylan no percibieron nada extraño que hubiera llamado la atención de Cetile, pero ella recalcó con el dedo lo que había detectado. Con la insistencia de la chica intentando que avistaran lo raro en el interior del bosque, Ryku optó por adentrarse en los árboles con la finalidad de ver más de cerca aquello que Cetile les quería enseñar. No tardó mucho en descubrirlo y de entre los árboles, corroboró lo que Cetile procuraba mostrarles. Dylan y la chica penetraron en el bosque detrás de Ryku y se reunieron con amigo. Entonces Dylan también presenció lo singular que había captado el interés de Cetile. Más allá de los árboles había un camino oculto. Gracias a las dos filas se escondía muy bien en la maleza, lo único que conseguía revelarlo era la misteriosa posición de los árboles al poco de pasar aquellas dos normales. El camino era fino, de no más de metro y medio de ancho, lo que aumentaba su discreción.

—¿A dónde creéis que llevará? —preguntó Cetile.

—Este camino no figura en el mapa —contó Ryku asegurándose de ello—. Es posible que sea…

—El camino que lleva a la casa oculta del desafío —terminó Dylan.

—¿De verdad pensáis eso? —Cetile no estaba muy convencida de que fuera así.

—Las probabilidades son muy altas. Una casa oculta en algún lugar de la Zona Safari, un desafío para encontrarla, un camino escondido en un bosque que no figura en el mapa que lleve hasta esta… todo encaja.

—Dicho de esa forma, pues sí que parece que nos encontremos en la ruta hacia esa casa.

—Salgamos de dudas y vayamos por aquí, a ver dónde acaba —instó Ryku.

Dylan y Cetile asintieron en acuerdo con su amigo y avanzaron por el camino oculto en el bosque. Debido a la poca amplitud de este, el grupo se movía en fila a la vez que sorteaban la recuperación de terreno por parte de los árboles. En más de una ocasión los tres jóvenes se tropezaron con alguna rama que sobresalía de la tierra. Al cabo de más de diez minutos pasando por el intrincado recorrido, el grupo consiguió salir del bosque y andar por una tierra menos abrupta. Los tres se tomaron un pequeño descanso con tal de relajar los pies de la ardua caminata. Aprovecharon esos instantes de descanso para ver a dónde habían ido a parar.

La zona oculta hacía honor a su título impuesto, ya que el campo no estaba habitado por Pokémon salvajes y las colinas formaban un muro que impedían su acceso a esta a menos que las escalasen. Había también la orilla de un lago, el cual poseía unas grandes dimensiones y se partía en dos por un pequeño muro de piedras formadas a propósito. Por último, ahí se encontraba el objetivo del desafío de la Zona Safari: la casa escondida. Sin duda se ubicaba de una manera tan magistral en un giro de las colinas que era literalmente imposible verla desde ningún otro ángulo que no fuera en el que se hallaban los tres jóvenes.

Contentos de haber completado el desafío, Ryku, Dylan y Cetile fueron a la casa nada más el dolor de sus pies disminuyó y picaron en la puerta. Segundos después les abrió un guarda que vestía un uniforme de color verde oscuro.

—¿Os puedo ayudar en algo? —les preguntó.

—Venimos por el desafío de la Zona Safari —explicó Ryku. Él y Dylan levantaron los brazos y enseñaron las pulseras naranjas colgando en sus muñecas.

—Oh, hacía tiempo que nadie se aventuraba a realizar el desafío, y mucho menos a completarlo —comentó el guarda sorprendido—. Mis más sinceras felicitaciones. Aunque… ¿Solo sois vosotros dos? ¿Y vuestra compañera?

Cetile sacó de su bolsillo la pulsera.

—Yo no participo activamente, pero aun así estoy en la prueba igual que mis amigos. No me importa si no me llevo la recompensa.

—Bueno, mientras poseas la pulsera, tienes el derecho al premio —explicó el guarda—. Adelante, pasad. Os ha debido costar llegar hasta aquí.

Ryku, Dylan y Cetile aceptaron la invitación del guarda y entraron en la casa. Esta era muy simple. Tenía todo lo necesario para que viviera una persona: un baño, una habitación con una cama, una cocina y un comedor. Si no fuera porque la cocina y el alumbrado destacaban por encima del amueblado de la casa, casi podía pasar por una casa rural. El guarda pidió que tomaran asiento en unos sillones cerca de la chimenea mientras él iba a por aperitivos y la recompensa del desafío. En menos de un minuto, les había dejado en una mesa de patas cortas un plato de galletas y unos zumos y había recogido el premio. Se sentó en el último sillón libre y enseñó un disco idéntico al de una Máquina Técnica, pero con una superficie azulada.

—Esto es una Máquina Oculta. Supongo que ya sabéis lo que eso significa.

—Un disco que contiene un movimiento poco común, que no se vende en ninguna parte y es intransferible —definió Dylan.

—Exactamente. Antes de entregar una a cada uno, ¿me podríais revelar el tipo de Enlace que tenéis?

—Yo uso uno de tipo fuego —respondió Ryku.

—Yo uno de agua —añadió Dylan.

—Y yo uno de planta —sentenció Cetile.

El hombre movió la cabeza, decepcionado.

—Me temo que esta Máquina Oculta solo le servirá uno de vosotros. Concretamente, al del Enlace de tipo agua.

—¿Por qué?

—Este disco contiene el movimiento Surf, un ataque de agua de gran potencia que lanza extraordinarias olas contra el enemigo. Dicho movimiento solo lo pueden aprender la mayoría de Pokémon acuáticos y algunos más que no son ni de tipo agua ni viven en el mar o los lagos. Dudo mucho que un tipo fuego y un tipo planta como lo son vuestros Enlaces puedan aprender el movimiento.

—Entonces, ¿qué premio recibe aquel que no puede utilizar la Máquina Oculta? —inquirió Cetile—. No me digas que no recompensa a alguien que ha completado el desafío, ¿verdad?

—En absoluto. Aunque, a mí ver, la otra compensación por finalizar el desafío con éxito es más como un premio de consolación.

—¿Qué se supone que es?

—Un pago de veinte mil Monedas de Combate.

Ryku estuvo a punto de expulsar el líquido de la bebida y regar a sus amigos.

—¿Veinte mil Monedas de Combate un premio de consolación? Entiendo que la Máquina Oculta sea mucho mejor que el dinero para entrenadores, pero hablamos de veinte mil monedas —repuso Ryku—. Esa cantidad de dinero no se gana porque sí. Es como un segundo premio que otra cosa.

—Si lo ves así, perfecto. Os daré unas tarjetas con esa cantidad y las podréis canjear en la recepción del edificio principal.

El grupo se quedó un tiempo recuperando las fuerzas en la casa oculta y aplacando las necesidades de la naturaleza. Antes de volver, a Cetile le apareció conmemorar el éxito del desafío haciéndose una foto en la casa. El guarda se aseguró de que no hubiera nada que pudiera servir de pista para localizar la casa y tomó personalmente la fotografía. Los tres jóvenes sonrieron a la cámara frente a la chimenea y levantando sus respectivos premios. Una vez hecha y siendo validada por la propia Cetile, se despidieron del guarda y regresaron al principio de la Zona Safari procurando que el camino oculto en el bosque continuara siendo así.

Volviendo por las zonas que habían visitado, Cetile tuvo la oportunidad de hacer nuevas fotos a otros Pokémon exóticos como una manada de Tauros, un banco de Goldeen en un lago con pequeñas islas de arena ocupadas por Slowpoke y a un puñado de Venomoth volando por ahí. Nada más llegar al edificio principal de la Zona Safari, Cetile ya había llenado por completo una de las tarjetas de memoria. Ryku y Dylan se preguntaron cuántas fotografías estaría dispuesta a hacer su amiga y, en especial, cuántas tarjetas de memoria había traído consigo.

Antes de abandonar definitivamente la Zona Safari, Ryku y Cetile canjearon el dinero de la tarjeta que les dio el guarda en la recepción y la mujer les felicitó por haber completado el desafío mientras ingresaba el dinero en sus carteras virtuales.

El grupo realizó una parada en el albergue para reposar de la aventura vivida en la Zona Safari y comer. Aún quedaba bastante día por delante, y todavía faltaba ir al Gimnasio de la ciudad con tal de que Ryku se apoderara de la medalla.