Lo primero que había que hacer en ciudad Azafrán era buscar un lugar donde pasar la noche. Podían ir al albergue de la ciudad, pero Dylan tuvo una idea mejor: dormir en su casa. Ryku estaba de acuerdo, pero no veía claro que en la casa de su amigo pudiera dormir tanta gente. Dylan no se preocupó por ello y aseguró que podrían estar todos sin problemas. Ryku se encogió de hombros; no iba discutir al respecto.

La casa de Dylan se encontraba al este de la ciudad, en un bloque de más de veinte pisos. Por el aspecto del edificio, Ryku no se imaginaba que la familia de Dylan fuese tan adinerada. Dylan lo contradecía. No es que tuvieran mucho dinero, es que los edificios de ciudad Azafrán de la zona media eran así de extravagante.

—Era la primera vez que venías a la ciudad, ¿no? —preguntó Dylan por seguridad. Ryku asintió—. Entonces, si te parece de personas ricas este edificio, no me imagino lo que pensarás cuando veas los de la zona alta de la ciudad.

—La verdad es que me gustaría. Pero con el estado de alerta, dudo que podamos hacer mucho turismo.

—Ya miraremos qué podemos hacer aquí antes de que pase el mes y tengamos que irnos.

Dylan pulsó un botón del interfono y esperó a que contestaran. Apenas unos segundos después, sonó una voz femenina al otro lado y, cuando Dylan dijo quién era, la voz se puso eufórica. Sin duda sus padres le echaban de menos. Ryku se preguntaba cómo reaccionarían los suyos cuando pasase por casa. La voz del interfono abrió la puerta y Dylan y el grupo entró en el edificio.

De nuevo, la portería del edificio mostraba claros indicios de que las personas que vivían aquí tenían una gran cantidad de dinero. Las paredes eran de madera barnizada que contrastaban en color con un suelo de mármol blanco y ambas partes reflejaban la luz emitida por las lámparas diseñadas de manera exquisita para la simple función que recibían. Incluso había un portero al fondo que los saludó educadamente mientras trabajaba en un ordenador. Dylan se dirigió a la parte derecha de la mesa del portero donde había un pequeño pasillo con un ascensor. Entraron en este y Dylan pulsó el botón que conducía al piso doce.

En cuanto Dylan llamó al timbre de su casa, la puerta se abrió casi de inmediato. Les recibió una mujer de cabello corto y recogido en un muñón de color azul muy oscuro, casi negro, y de ojos marrones. Vestía ropa informal, una camisa verde alga y unos pantalones azules. Con solo mirarle el rostro, se le podía ver la emoción y la felicidad grabadas en este. Internamente, Ryku calculó la posible edad que podía tener la madre de Dylan. Probablemente rondaría los cuarenta y muchos, pasando quizá por los cincuenta. La mujer los invitó a entrar.

El piso era grande, pero la decoración discernía bastante de cómo se mostraba el edificio en sí. El apartamento no tenía nada de llamativo y era bastante clásico. Tenía su recibidor, su salón, su cocina, su balcón, el baño y las habitaciones. El salón tenía dos largos sofás, una mesa entre estos, varios muebles, cuadros familiares y genéricos colgando de las paredes y un televisor. Ryku y Cetile se sentaron en el sofá después de que la madre de Dylan se los ofreciera.

—Hijo, ¿no pudiste haber avisado con anterioridad? Has llegado por sorpresa.

—Perdona, mamá. Ha sido un largo día y no se me había pasado por la cabeza llamar.

La madre de Dylan suspiró.

—Bueno, ya no hay nada que hacer. Habrá que encargar comida si queremos cenar todos. —Miró a Ryku y Cetile—. Por cierto, ¿quiénes son tus amigos? ¿El chico es ese Ryku del que me hablaste?

—Sí.

La mujer dedicó una sonrisa al chico.

—Encantada de conocerte en persona, Ryku.

—Lo mismo digo —dijo Ryku con una leve inclinación de cabeza a modo de saludo.

—¿Y la chica? —preguntó después—. No me dijiste que había alguien más en el grupo.

—Es una agregación reciente. Lleva pocos días viajando conmigo y Ryku desde que estuvimos en ciudad Azulona. Se llama Cetile.

—Oh, así que eres de la ciudad vecina. Un placer conocerte, Cetile.

—Yo también —contestó Cetile con voz nerviosa.

—¿Y papá?

—Dando un paseo con los amigos. No tardará en volver. Pero, mientras tanto, vamos a organizar las cosas aquí. Para empezar, ¿dónde dormirán Ryku y Cetile?

—Pensaba que podrían dormir aquí —respondió Dylan—. Pueden usar las camas de los sofás, ¿no?

—¿Vosotros estáis de acuerdo? —Ryku y Cetile asintieron—. Está bien. Ve sacando ya las sábanas, Dylan. Ahora, en cuanto a la comida…

La madre de Dylan estuvo unos minutos debatiendo con el grupo sobre lo que pedirían para cenar. Los chicos no se molestaron en decir lo que les apetecía comer porque con el viaje hecho hasta ciudad Azafrán estaban dispuestos a llevarse a la boca cualquier cosa. Con ello la madre no tuvo problemas en elegir un local conocido y encargar la comida. No obstante, no llamó hasta que el padre de Dylan regresara.

El hombre de la casa entró por la puerta y se topó con la inesperada llegada de su hijo a casa acompañado de sus dos amigos. Era un hombre de casi cincuenta años, con entradas en la cabeza y barba no muy poblada de color negro y ojos oscuros. Se le empezaban a marcar las arrugas en el rostro, pero eran poco notorias. Tenía una complexión fuerte, típica de alguien que va al gimnasio un par de veces a la semana, y vestía ropa informal con una camisa a rayas y unos pantalones negros. La madre fue la encargada de ponerlo al tanto de la situación.

—De modo que tú eres Ryku, ¿eh? —dijo el padre. Ya había pasado un tiempo y todos esperaban a que sonara el timbre con la comida—. Dylan me ha hablado de ti, de tus combates contra los líderes de Gimnasio. Algo me dice que este año la Liga Pokémon va a ser más emocionante que nunca con mi hijo y contigo entre los posibles contrincantes del Alto Mando.

—Papá, que aún no tengo las ocho medallas para participar en la Liga —replicó Dylan—. Y a Ryku aún le faltan tres medallas.

—Os haréis con ellas, estoy más que convencido —dijo firmemente el padre de Dylan—. Ambos sois entrenadores poderosos y tenéis lo que hay que tener para llegar a la Liga.

—Ya empezamos otra vez… vendiendo el producto antes de tenerlo. Paso de repetir lo mismo que en cada llamada.

El timbre sonó. Por fin había llegado la comida.

Mientras cenaban, el padre de Dylan encendió la televisión y puso las noticias como sonido de fondo par que no hubiera tanto silencio en la casa. Hubo una corta conversación sobre lo que el grupo pretendía hacer en la ciudad. Al padre de Dylan no le costó nada saber que Ryku venía por la medalla de Sabrina, pero Cetile y su hijo ya eran otra historia. Cetile no tenía nada que hacer en la ciudad pues sus intenciones no incluían estar en las urbes de Kanto, además de que ella, viniendo de ciudad Azulona, ya se conocía ciudad Azafrán bastante. Por su parte, Dylan solo dijo que venía de visita ahora que podía, pues cuando Ryku obtuviese la medalla de Sabrina, lo acompañaría en el camino hacia la siguiente. Los padres desearon mucha suerte a Ryku para su siguiente paso hacia la Liga Pokémon. En especial, el padre le auguró que Sabrina sería uno de los líderes más complicados a los que se enfrentaría. Aquello causó que Ryku estuviera atento a toda la información que pudiera recolectar antes de enfrentarse a la líder del Gimnasio.

Después de la cena no hubo mucho más. Los chicos estaban agotados por el día que habían tenido en los puentes en la Ruta 12 y solo deseaban descansar. Ryku y Cetile hicieron aparecer las camas de los sofás y Dylan les ayudó a poner las sábanas y también les trajo almohadas. Cuando los padres se despidieron y se fueron a dormir. El grupo se quedó un tiempo más despierto.

—¿Tu padre es aficionado a la Liga Pokémon o a los combates Pokémon en general? —preguntó Ryku—. Cada vez que se mencionaba algo así se emocionaba.

—Aficionado es decir poco —rio Dylan—. Él tenía el mismo sueño que yo de alcanzar la cima y derrotar al Alto Mando. Pero ser un entrenador en el pasado era más complicado, pues no se entrenaba a un solo Pokémon, sino a seis. Si ya es complicado adiestrar a uno, imagina.

—¿No progresó mucho?

Dylan negó con la cabeza.

—Su equipo estaba formado por un Growlithe, un Meowth, un Ekans y un Pidgey. De esos cuatro, solo el Ekans y el Pidgey lograron evolucionar hasta su fase final mientras que los otros dos fueron más Pokémon mascota que de combate. Y si mal no recuerdo no llegó a conseguir ninguna medalla.

—Vaya, eso es triste —opinó Ryku.

—¿Y tu padre está reviviendo su sueño en su hijo? —inquirió Cetile. Sorprendió que lo preguntara.

—En parte —confesó Dylan—. Mi padre fue quien me metió en el mundo del entrenamiento Pokémon, pero fue mía la decisión de dedicarme a ello. Fui yo quien eligió al Pokémon con el que establecería el Enlace y, obviamente, yo me encargué de llevar a un Squirtle a su evolución final.

—Podría decirse que tu padre era la chispa que dejaste que encendiera tu objetivo de ser un gran entrenador de Enlace —comparó Ryku con una risilla.

—Mira, pues dicho así no suena nada mal. De hecho, es lo más cercano a lo que ocurrió.

Los dos chicos rieron.

—Será mejor que nos vayamos a dormir —propuso Dylan—. Mañana será un buen día para ver un nuevo combate de Gimnasio.

—Sin duda. Buenas noches.

A la mañana siguiente, Ryku se despertó lleno de energía y dispuesto a afrontar el desafío que se le presentaba. Cetile, por otra parte, se levantó más vagamente, molesta por los constantes ruidos que provocaba Ryku al moverse en el sofá. Dylan fue el tercero en salir de la cama, seguido a los pocos minutos por sus padres. La madre de Dylan preparó el desayuno para todos a base de zumos y tostadas para los chicos y pastas y café para ella y su marido. Una vez acabaron de comer, el grupo salió de la casa y del edificio.

El Gimnasio de Sabrina se hallaba al norte de la ciudad, a bastante camino de la ubicación donde se encontraba en esos momentos el grupo. Ryku se alegró en parte, pues significaba que podría investigar un poco sobre la líder de Gimnasio y su Enlace. Dylan le ayudó proporcionándole la información básica que su amigo buscaba, pero, esta vez, Ryku quiso ir más allá y preguntó sobre el combate que tuvo él contra Sabrina. Dylan explicó en detalle su combate, pero, aun así, Ryku no obtuvo mucha más información. Tendría que mirar la Pokédex por si descubría puntos débiles que Dylan no explotara. Aquello lo mantuvo distraído buena parte del trayecto y, sin que se diera cuenta, ya se habían plantado frente al Gimnasio.

Ryku contempló anonadado la apariencia del Gimnasio de Sabrina. Con sólo observar aquellos pilares que se hacían más finos contra más se acercaban al suelo, que soportaban curiosas cúpulas bastante similares a caparazones y protegían el propio edificio donde se celebraban los combates, Ryku se puso muy tenso. Hasta los claros colores lila y blanco mezclados en la extravagante estructura que no se podía hacer comparación alguna más allá de un templo le intimidaban.

—¿Listo, Ryku? —preguntó Dylan.

Ryku no contestó. Seguía asombrado por el Gimnasio y atemorizado por las posibles habilidades de Sabrina.

—Por una vez, no —dijo al fin.

Dylan y Cetile miraron desconcertados a Ryku.

—¿En serio? ¿Por qué?

—Tu padre me ha metido el miedo en el cuerpo y tú explicación del combate que tuviste contra Sabrina solo ha empeorado el estado. Siento que necesito más entrenamiento, prepararme mejor para este desafío.

—Es la primera vez que te veo así de nervioso —comentó Dylan—. Pero no podemos salir de la ciudad ahora por el tema de las restricciones. Nos costaría bastante volver a entrar.

—Lo sé, pero con este nerviosismo no voy a conseguir nada y no desaparecerá hasta que crea que me he fortalecido —insistió Ryku—. ¿Qué podemos hacer?

—Chicos, ¿podríamos irnos a otra parte si no vamos a entrar al Gimnasio? —pidió Cetile. La pregunta fuera de contexto llamó la atención de Ryku y Dylan. La joven no esperó a que le dijeran nada para responder—. Es que hay un hombre allí al fondo que parece mirarnos concienzudamente y me da un poco de miedo.

Ryku y Dylan levantaron la cabeza y miraron en la dirección que señaló discretamente Cetile. Había un hombre de pelo corto y negro que vestía un atuendo de karateka no muy lejos de ellos. Parecía interesado en reconocer a los chicos, pues ladeaba la cabeza y usaba la mano para que no le molestase la vista por el sol. Al final, el hombre saludó seguro de conocerlos. Ryku y Dylan al principio no tenían idea de quién se trataba, pero cuando el hombre se les acercó más, supieron quién era.

—Nos volvemos a encontrar —dijo el hombre una vez se reunió con el grupo.

—No esperábamos verte, Kendo ¿Ya terminaste tu peregrinaje? —preguntó Dylan.

—Así es. Poco después del torneo en ciudad Verde regresé a ciudad Azafrán a continuar mi entrenamiento diario en el dojo. ¿Y vosotros? ¿Cómo va el viaje? Supongo que bien, ¿no?

—Desde luego. He de decir, Kendo, que me has ayudado muchísimo en cumplir mi objetivo de hacerme con las medallas de Kanto. Debo darte las gracias por ello —agradeció Ryku. El encuentro con su amigo karateka había mermado los nervios de enfrentarse a Sabrina, aunque sabía que en cuanto se separasen, volverían.

Kendo arqueó una ceja algo confundido. Segundos después se dio cuenta del motivo por el que Ryku le daba las gracias.

—Tiene que haberte sido muy útil la Máquina Técnica que te regalé, ¿eh? —rio.

—Y tanto. No ha habido casi ningún combate en el que no lo haya usado de cualquier manera ventajosa. Me atrevería a decir que te debo prácticamente todas las medallas que he ganado.

Kendo volvió a reír, esta vez con más ganas.

—No hay de qué. Me alegra que te hayas hecho más fuerte desde la última vez que nos vimos. Tal vez me concedas pronto esa revancha que te pedí.

—Estaré más que encantado.

Kendo miró hacia el Gimnasio de Sabrina y su rostro se puso más serio. Ryku se extrañó con esa reacción, pero no preguntó al respecto; quería mantener alejado el tema del Gimnasio siempre que pudiera.

—Si estás aquí, es que vas a por Sabrina, ¿no? —preguntó Kendo.

—Si tuviera el valor, sí —respondió Dylan—. Ryku tiene miedo de enfrentarse a Sabrina. Dice que no se ve capaz de enfrentarse a ella.

—Es algo normal. Pocos entrenadores tienen una gran ventaja contra ella que les dé la seguridad de tener probabilidades de victoria. Luego están los que simplemente pueden aguantar bien sus ataques y contrarrestarlos con una potencia igual o superior. —Dylan se encogió un poco. Kendo había acertado de lleno en las causas que le sirvieron a la hora de desafiar a Sabrina—. Ryku, si necesitas entrenamiento, puedes ir al Dojo Karate. Allí los entrenadores de Enlace han intentado muchas veces lograr una victoria contra Sabrina y su experiencia te servirá para tener una estrategia en combate.

—Eso suena genial, Kendo. Es justo lo que necesito —dijo Ryku alegremente—. ¿Puedo empezar hoy?

—Claro. Estamos cerca del dojo. Venid, os acompañaré.

Kendo guio al grupo hacia el dojo el cual, cuando el karateka dijo que no estaba lejos, los jóvenes no imaginaban que realmente estuviera a unos escasos cien metros del Gimnasio de Sabrina. Aquello sorprendió de sobremanera a Ryku y Cetile, pero no a Dylan, que ya sabía dónde se asentaba. El edificio mezclaba una estructura moderna con lo tradicional que recordaba al Gimnasio de Koga. Tenía un tejado de color marrón con cuatro arcos triangulares con tal de darles volumen, una fila de ventanas que permitían la intrusión de la luz y unas paredes de madera y piedra que, en conjunto, daban una gran sensación de robustez. Ryku reparó en una cosa del tejado: un pequeño cartel violeta con el símbolo de una pokéball blanca. Esa clase de carteles solían verse en los Gimnasios Pokémon, pero ese edificio era un dojo. ¿Qué significaba, entonces? Preguntaría en cuanto lo viera oportuno.

Kendo entró primero en el edificio, seguido de Ryku, Dylan y Cetile. Lo primero que llamó la atención del grupo no fue la decoración interna, sino los gritos de los karatekas que entrenaban en la sala dentro de unos cuadrados rojos compuestos por el suelo hecho con tatamis. Las paredes de dentro eran de un verde claro que entonaba armoniosamente con el marrón de los tatamis. Solo el rojo que marcaban los cuadrados de combate desequilibraba la buena elección de colores.

Kendo saludó a unos compañeros que esperaban su turno para entrenar dentro del cuadrado y se acercó a un hombre de ya avanzada edad, con muchas arrugas en su rostro, apenas pelo en su rostro y unos ojos entrecerrados que no indicaban que viera muy bien. Sin embargo, el anciano demostraba una energía impactante para un hombre de su edad. Daba consejos a los karatekas que se entrenaban y a veces pegaba unos vozarrones que eclipsaban los gritos de combate de los demás karatekas. Ryku no tenía duda alguna, ese hombre era un maestro karateka, el máximo exponente del Dojo Karate. También indicaban su estatus la ropa de karateka, su cinturón negro y la reverencia en señal de respeto de Kendo hacia el anciano.

—Maestro Koichi —dijo Kendo sin terminar la reverencia.

—Esa postura te deja muy vulnerable a contraataques, Hitoshi. Los brazos están muy separados y no podrás contraatacar un golpe frontal. Así solo logras que tus combates terminen más pronto de lo que deseas —regañó el anciano como si no lo hubiera escuchado—. No me vale la excusa de tu Enlace; todo Pokémon de lucha es capaz de utilizar las técnicas del kárate, incluso cuando tu poder se basa en el ataque. ¿Lo entiendes?

—Sí, maestro.

—Junta más los brazos, pero no tanto. Así, un brazo más adelante que el otro. No expongas el pecho, cúbrelo poniéndote de perfil. Los pies más separados, piensa que una mala postura te desequilibrará y podrías perder el combate. Bien, bien. Sigue así.

El tal Hitoshi obedecía perfectamente cada consejo que recibía por parte de su maestro y procuraba no colocarse mal después. Con la ayuda del maestro Koichi, Hitoshi consiguió bloquear y devolver algunos golpes de su contrincante.

—Continúa de esta manera hasta que esa posición sea tan natural como respirar. Después ya hablaremos de probarlo con el Enlace.

—De acuerdo, maestro.

Koichi dejó a Hitoshi practicando y se centró en el saludo de Kendo. El anciano realizó una ligera inclinación de cabeza a modo de respuesta y el karateka volvió a erguir el cuerpo.

—No pensaba verte tan pronto en el dojo, Kendo. ¿Crees que tu muñeca ha sanado?

—Si quiere prohibirme el entrenamiento hasta que crea que estoy curado, lo entenderé, maestro.

—Debería, pero no voy a pedirte que te marches, así aprendes la teoría y ya la pondrás en práctica antes.

—Como desee.

El anciano cambió de tema mirando al grupo de jóvenes que estaban pendientes y ajenos a la conversación de maestro con su alumno.

—¿Quiénes son estos jovenzuelos? —preguntó Koichi cariñosamente.

—Son Ryku, Dylan y… —Kendo se dio cuenta de que no había preguntado el nombre de la chica.

—Soy Cetile —sacó ella del apuro al karateka.

—Eso. Perdona por no preguntártelo antes.

Cetile hizo un gesto que le quitaba importancia a la acción.

—¿Ryku, dices? —El anciano parecía sonarle el nombre—. Es ese jovencito con el que tuviste un memorable combate en tu peregrinaje, ¿no?

—Exactamente. Es el joven del Enlace del Charizard y al que le entregué una de las Máquinas Técnicas del dojo.

—No habrá hecho mal, ¿verdad? —se quiso asegurar Ryku.

Koichi rio lentamente.

—Las Máquinas Técnicas del dojo son públicas. Cualquiera puede venir aquí por ellas. Pronto se podrán comprar incluso en el centro comercial de ciudad Azulona. —Ryku respiró aliviado—. Pero contadme, ¿por qué habéis venido al dojo? ¿Acaso queréis aprender kárate?

—No, maestro. Han venido para solicitar consejo —respondió Kendo—. Ryku está en la ciudad porque pretende desafiar y vencer a Sabrina, pero no se ve capacitado.

—Kendo dijo que los karatekas del dojo han luchado contra ella. Esperaba poder elaborar una estratagema con las experiencias de vuestros combates —añadió Ryku.

—Ah, Sabrina. Esa joven psíquica —dijo Koichi con cierta nostalgia—. Es cierto, casi todos los miembros del dojo han desafiado a esa mujer, incluso yo.

—Espere un momento, ¿está diciendo que todos los aquí presentes tienen el mínimo de medallas necesarias para enfrentarse a ella? —inquirió Dylan.

—Así es —confirmó Kendo—. Pero como nadie pretende derrotar al Alto Mando, no recolectamos más de las necesarias para el tema de Sabrina. Excepto el maestro, que no las puede obtener.

—¿Por qué no?

—No se permite que un exlíder de Gimnasio venza a otros líderes para hacerse con sus medallas —informó Koichi.

—¿Usted fue un líder de Gimnasio?

—Es por eso por lo que el dojo tiene ese cartel morado con el símbolo de uno, ¿no? —preguntó Ryku nada más ver la oportunidad de curiosear sobre ello.

—Es tal y como dices, jovencito —corroboró Koichi—. Antaño el Gimnasio de ciudad Azafrán era este dojo. Y yo, su líder. Pero un día llegó Sabrina e impuso la ley de cambio de líder porque ya me estaba haciendo viejo y por aquel entonces el dojo no tenía sucesor. Al menos fue educada y me desafió con la finalidad de demostrar que ella mantendría el nivel de dificultad para los futuros entrenadores que vinieran por la medalla y me venció de manera fulminante.

—Tipo psíquico fuerte al tipo lucha, ¿no? —explicó Dylan esa rápida derrota.

—Exacto. Entregué todos los papeles para que Sabrina construyera su Gimnasio al lado de este y mi Gimnasio quedó relegado a solo un dojo donde practicar kárate. Han pasado muchos años desde ese día.

—Desde entonces, los que se entrenan en el dojo quieren demostrar que las debilidades del tipo lucha al tipo psíquico no es más que una simple limitación que puede ser superada con esfuerzo —continuó Kendo—. Desgraciadamente, muy pocos karatekas del dojo han logrado tal hazaña.

—¿Cuántos? —preguntó Ryku interesado.

—Pues no sabría darte un número exacto así de pronto. Puede que unos cinco.

—Son bastantes para la clase de combate que es —opinó Dylan.

—Es posible, pero contra más, mejor —dijo con seguridad Kendo—. Cambiemos de tema. Ryku, ¿no se supone que has venido a conocer las experiencias de los demás karatekas para idear una estratagema propia en vez de conocer el pasado del dojo?

—Es verdad. Maestro Koichi, ¿me podría decir quiénes se enfrentaron a Sabrina?

—Por supuesto —aceptó el maestro karateka—. Pero antes de eso, me gustaría saber la técnica que posees y comprobar si no molestarás a mis alumnos porque tus temores no son más que infundados.

Ryku tragó saliva. Aunque un combate contra Koichi no se perdía nada, seguía siendo contra un líder de Gimnasio. Uno antiguo, pero un líder, a fin de cuentas. Sin embargo, Ryku se armó de valor y accedió a la propuesta del maestro karateka. Como mínimo tenía su Enlace resistía los golpes del tipo lucha.

—Maestro Koichi. ¿Nosotros podemos ver el combate? —preguntó Dylan.

—Desde luego. Seguidme.

Koichi caminó hacia la parte trasera del dojo y abrió una puerta corredera que conducía a una segunda habitación mucho más amplia que la anterior. En esta, se apreciaba perfectamente el diseño para combates de Gimnasio, con el cuadrilátero de madera clara, un contorno de piedra blanca que lo delimitaba y un pequeño habitáculo a un lado de cristales gruesos para evitar que los espectadores sufrieran daños indirectos por los combates. No solía usarse por el tipo de combates que se realizaba, pero, a pesar de la antigüedad del recinto, los combates que se hacían por aquel entonces no cambiaban muchas de sus leyes.

—Kendo, lleva a estos chicos a la zona segura, por favor —pidió Koichi.

—Ahora mismo, maestro.

—Ryku, tú quedate aquí —señaló un extremo del cuadrilátero.

El joven obedeció y esperó a que el maestro karateka se posicionara al otro lado de la sala, quedando cara a cara desde la distancia.

—Las reglas son las mismas que las de cualquier combate entre entrenadores, de modo que no pienses como si fuera uno de Gimnasio —informó Koichi a lo lejos—. Tampoco muestres poco de tu potencial; quiero ver todo lo que puedes hacer, como si pretendieras destruir esta sala.

Ryku abrió los ojos ante aquello. Dar lo máximo de sí mismo en un combate… no era nada que no hubiera hecho ya, pero le sorprendía que el anciano lo soltara así de repente. Igualmente asintió y el maestro karateka se remangó, revelando su piel un tanto flácida y un brazalete Enlace descansado en su antebrazo derecho.

—¿Preparado? Activa tu Enlace.

Ryku accedió al módulo Enlace de su brazalete y presionó la acción de las placas que tocaban la piel de la persona y lo inducía a la transformación en Pokémon. En pocos segundos, su cuerpo adoptó la forma del Charizard y se mostró tan imponente como debía serlo el Pokémon de tipo fuego.

—Ah, hacía tiempo que no veía un Enlace de Charizard—dijo el anciano rememorando el pasado—. Tienes un Enlace poderoso. Vamos a ver cómo te desenvuelves con él.

Koichi acercó lentamente la mano a la pantalla de su brazalete y activó su Enlace. Ryku contempló como el anciano se envolvía en el aura brillante y su cuerpo se modificaba lentamente. Se extrañó de que a duras penas su cuerpo cambiara: no le salieron nuevas extremidades como una cola, un hocico o algo similar, pero si encogió un poco, haciendo que el Charizard superara en poco menos de medio metro al Pokémon en el que convertía el anciano. Cuando el cuerpo dejó de modificarse, el aura desapareció y mostró un Pokémon de facciones bastante humanas. Un Hitmonchan.

Ryku se encogió un poco sin que se notara. Era la primera vez que veía a un Hitmonchan que no fuera en las imágenes de la Pokédex. Tan raro de toparse en un combate ya fuera salvaje o normal como un Charizard. Lo que más le impresionaba era su aspecto tan humano. Desconocía si esa vestimenta lila compuesta por una camisa y una falda atadas por un cinturón negro y unas bambas también lilas formaban parte de él o eran prendas que se podían quitar. También se podía decir lo mismo de los guantes de boxeo rojo que cubrían sus manos y esa especie de hombreras del mismo color amarronado como su piel. Para Ryku era un Pokémon extraño.

Koichi golpeó sus manos con los guantes un par de veces a modo de señal de estar listo y alzó uno de los brazos. Ryku sabía lo que significaba. En cuanto lo bajase, empezaría el combate.

Koichi realizó aquella acción y Ryku no se lo pensó dos veces en arremeter con fuerza. A un maestro del combate no había que permitirle actuar mucho o sería vencido fácilmente. Escupió un torrente de llamas que viajó rápida y peligrosamente hacia el Hitmonchan. Ryku no lo podía ver bien, pero creyó que el Pokémon enemigo no se estaba molestando en esquivar el ataque. ¿Un error de su parte? Imposible, Koichi era un maestro karateka; alguna manera tendría de soportar las abrasadoras llamas.

Koichi contraatacó de una forma poco previsible. Cargó su puño y golpeó el fuego como si fuera algo que pudieses detener y apagar con solo tocarlo. Ryku no esperaba que fuera posible que consiguiera tal proeza por muy maestro que fuera. El fuego era fuego y se suponía que se necesitaba algo más que las manos para pararlo. Sin embargo, la poca experiencia de combate contra el Pokémon humanoide le llevó a equivocarse por completo cuando el puñetazo del Hitmonchan dio contra las llamas y con el contacto empezó a salir humo que cubría lentamente la sala. Ryku no cabía de su asombro. ¿Cómo lo había logrado? Ignoró la pregunta y se centró en el combate ahora que la visión se había reducido.

El Hitmonchan aprovechó la niebla que se había levantado y avanzó hacia Ryku para asestarle un buen golpe en el estómago. Por suerte, el Charizard conocía esa táctica y captó el movimiento de la niebla a tiempo y reaccionó haciendo brillar sus garras cerradas en un puño y devolver el puñetazo en cuanto vio aparecer el guante rojo del Hitmonchan. El impacto de ambos movimientos fue tan fuerte que creó una onda de viento que dispersó por completo toda la niebla creada con el lanzallamas de Ryku.

El Charizard y el Hitmonchan se quedaron unos segundos con sus puños chocados y se miraron mutuamente. Ryku estaba serio, aplicando fuerza con su brazo intentando continuar el ataque a pesar de que su puño ya no brillaba. Hitmonchan solo hizo una cosa: sonreír. Aquello desconcertó ligeramente a Ryku, pero no bajó la guardia… hasta que fue golpeado.

El Hitmonchan había utilizado su otro brazo para terminar el trabajo que le había dado al otro. Ryku no pudo defenderse de ese golpe y recibió un certero golpe en el estómago que lo hizo retroceder un par de metros. Dolorido, Ryku procuró reincorporarse lo más pronto posible, pero cuando levantó la cabeza, el Hitmonchan ya estaba delante de él.

Koichi encadenó varios puñetazos en la gran barriga del Charizard a una velocidad tan alta que Ryku se sintió indefenso e incapaz de escapar. Cada vez que movía el brazo para apartar al Hitmonchan, o erguir la cabeza para que su lanzallamas lo alejase, el Pokémon humanoide se encargaba de que permaneciera encogido por los sucesivos puñetazos. Al final, el Hitmonchan dio un segundo de descanso al Charizard para respirar y, a ser posible, para contraatacar. Sin embargo, ese segundo pasó rápido y el Pokémon de tipo lucha dio un nuevo puñetazo en la barriga del Pokémon de tipo fuego acompañado de una gran descarga eléctrica que recorrió todo el cuerpo de Ryku y lo hizo retroceder de nuevo. Esta vez, Ryku se arrodilló; el daño que acababa de recibir había demasiado intenso con tal de mantenerse en pie.

Ryku realizó un último esfuerzo por recuperarse y contraatacar, pero la descarga eléctrica del anterior ataque lo dejó inmovilizado. ¿Paralizado? No, simplemente la electricidad aún no había abandonado su cuerpo y continuaba su efecto de provocar que sus músculos no le respondieran correctamente. Ryku vio que sus posibilidades de moverse a tiempo y atacar eran bajas, y se volvieron nulas cuando de un rápido movimiento hacia adelante se volvió a plantar frente a él. Ryku no pudo hacer nada más que rezar por aguantar el nuevo golpe.

El Hitmonchan se agachó, cargó su próximo ataque y volvió a llenar el puño de electricidad. Luego, en un abrir y cerrar de ojos, Koichi dio un preciso gancho en la barbilla del Charizard y la electricidad recorrió una vez más el cuerpo de Ryku, tumbándolo de la potencia del puñetazo y aturdiéndole por completo, aunque eso ya no iba a ser una ventaja para el Hitmonchan; el combate se había sentenciado con ese movimiento.

Ryku cayó con todo el peso del Charizard sobre la madera del campo de batalla y se envolvió en el aura blanca característica de la Prioridad Humana. Un instante después, el joven estaba mirando al techo, asimilando lo que acababa de suceder.

Koichi regresó a su forma humana y Dylan, Cetile y Kendo salieron del habitáculo. Se acercaron al maestro karateka y a Ryku mientras el joven se ponía en pie.

—Menudo combate —dijo Dylan emocionado—. Todo ha ocurrido tan deprisa que casi no pude apreciar nada.

—Ya he visto suficiente —comentó Koichi ignorando a Dylan.

—¿Cómo lo he hecho, maestro Koichi? —preguntó Ryku. Estaba algo desanimado por haber tenido, probablemente, la derrota más rápida de su carrera como entrenador. A los ojos de un maestro karateka y exlíder de Gimnasio, debió haberlo hecho fatal.

—Sin duda necesitas adquirir la experiencia de aquellos que han luchado contra Sabrina. —Ryku esperaba esa respuesta—. Pero no porque tu técnica sea mala, sino porque deberás enfocarla hacia el Enlace de tipo psíquico de Sabrina.

Ryku levantó la cabeza.

—¿Quiere decir que no he peleado mal, maestro Koichi? Si no he sido capaz de evitar sus ataques.

—Es cierto, pero no del todo. Lograste reaccionar mi primer golpe directo, algo que solo Pokémon veloces y que vuelan constantemente tenían más probabilidades de esquivar. Tu no volaste, pero ese Megapuño fue una buena medida de defensa. Eso me dice que ya sabes usar bien ese movimiento, igual que tu lanzallamas. Me costó mantener el frío de mi Puño hielo, casi logras quemarme.

—Así que empleó hielo para contraatacar. —Ahora Ryku entendía que no esquivara sus llamas.

—Kendo, llama a los miembros que se enfrentaron a Sabrina en el pasado y reúnelos en la sala de descanso —ordenó Koichi.

—Ahora mismo, maestro.

—Maestro Koichi —intervino de repente Dylan—, después de ver el combate, ¿me concedería uno contra mí?

El anciano escudriñó de arriba abajo al chico del pelo azul.

—Se puede ver en tu mirada que te gusta combatir. Ya has vencido a Sabrina por tu cuenta, ¿verdad? —Dylan asintió—. Entonces debo negarte el combate. Más porque con mi edad el Enlace me pasa factura después de emplear una intensa ofensiva que por no desearlo. Discúlpame, joven.

—No pasa nada, solo era una petición.

—Sin embargo —añadió rápidamente el anciano—, puedo concederte un combate con el mismo nivel de fuerza que el mío con uno de mis alumnos al que también le gusta combatir. Si no te importa pelear contra otro, seguro que estará más que dispuesto a aceptar tu desafío.

—Bueno, hubiera preferido que fuera usted, pero un combate es un combate. Acepto.

El maestro karateka asintió satisfecho.

—Kendo, llama también a Hideki y dile que un joven quiere tener una pelea de Enlace contra él.

—Entendido, maestro.

—¿Quién es ese Hideki? —inquirió Dylan.

—El mejor alumno del dojo, y mi futuro sucesor. No te confíes, puede ser tan fuerte como yo o incluso más.

—Suena bien ese reto. Estoy listo.

Dylan se quedó a solas en la sala del campo de batalla mientras Ryku y Koichi se dirigían a la sala de descanso a esperar a los alumnos del maestro karateka. Kendo fue avisando a aquellos que habían desafiado a Sabrina en el pasado y los llevó a la sala de descanso. Cuando comunicó a Hideki sobre el combate que le esperaba, este se ató con fuerza la cinta roja de su frente y fue al campo de batalla a librar a disputa contra Dylan. Cetile fue la única que no tenía nada que hacer y no sabía cómo aprovechar el tiempo mientras Ryku y Dylan estuvieran ocupados. Su única opción fue quedarse sentada en una esquina a observar a los miembros que no habían luchado contra Sabrina entrenar. Cuando acabó el trabajo, Kendo le hizo compañía con tal de que no se sintiera sola y se conocieran un poco más.

Iba a ser un día largo y aburrido para la joven.

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El grupo regresó a casa de Dylan después de pasar todo el día en el Dojo Karate. El maestro Koichi los había invitado a comer con tal de que aprovechar al máximo las horas del día y, gracias a eso, Ryku aprendió muchísimas cosas de los miembros del dojo que lucharon en el pasado contra Sabrina. Cada uno tenía una versión de su combate, pero pocos se volvían totalmente diferentes. Ahora que había descubierto muchas cosas e ideado un plan, el joven ya no tenía miedo y estaba preparado para afrontar el combate de Gimnasio. Por otro lado, Dylan peleó contra Hideki mientras su amigo escuchaba a los karatekas. El sucesor del dojo tenía un Enlace igual de peculiar que el del maestro Koichi con un Hitmonlee, la popular contraparte de Hitmonchan, y enseñó al joven de pelo azul que su nivel era muy similar al del mismísimo maestro, venciéndolo en apenas un par de movimientos más que en el combate de Ryku. Al igual que su amigo, había experimentado la derrota más rápida de su carrera como entrenador. Finalmente, Cetile se aburrió tanto en la espera a que sus amigos terminasen sus tareas que acabó pidiendo a Kendo que le diera clases de teoría sobre kárate. No es que pudiera emplear las técnicas con su Enlace, pero podría aplicarlas a preverlas y actuar en consecuencia si alguna vez le tocaba pelear contra alguien como él. Dylan también se apuntó a esas clases cuando fue derrotado ya que tampoco tenía nada que hacer después de eso.

Durante la cena, el padre de Dylan preguntó acerca del combate contra Sabrina y cómo había ido. Ryku reveló que no había ido al Gimnasio ese día y que se dedicó exclusivamente a preparase para cuando llegase el momento. El padre se extrañó bastante pues creía que Ryku ya habría hecho el primer intento, pero entendió que el chico no combatiera contra la líder de Gimnasio. Al menos ahora, si no ocurría algo inesperado, el joven sí se enfrentaría a Sabrina. Y se aseguró que, antes de abandonar la ciudad, le contase la pelea con todo detalle. Ryku aceptó el trato.

Después de la cena, todos se quedaron un rato mirando la televisión con algún programa de entretenimiento. Una vez finalizó, cada uno se fue a su cama a dormir. Ryku fue el último el conciliar el sueño porque no paraba de pensar lo que haría al día siguiente. Había ideado tácticas, aprendido algunos patrones que siempre realizaba Sabrina, conocido algunos de los movimientos de su set, entre otras cosas. Mañana iba a ser un día importante.