Había transcurrido más de una semana desde el incidente en el edificio de Silph S.A y ciudad Azafrán casi había declarado el aislamiento total del resto de ciudades de la región. Al parecer, el día del secuestro en Silph solo había sido un ataque más de una serie que casi pudo haber envuelto la ciudad en el caos. Y todo por mantener a la policía ocupada y alejada de los lugares donde la organización criminal más centraría sus acciones. Sin duda aquella gente tenía muchos recursos para cometer delitos. El alcalde de ciudad Azafrán había ordenado que todo aquel que accediera a la ciudad desde que Sabrina pidió que se abrieran las entradas para poder luchar por su medalla de Gimnasio se marchara nuevamente y advirtió que quien pretendiera salir de la urbe, no podría volver a entrar hasta nuevo aviso.
Con esa información recibida, Ryku y Cetile deberían haber abandonado la ciudad poco después del secuestro. Pero su caso, al ser especial debido a la íntima relación de su situación con el incidente de Silph, dispusieron de un tiempo extra antes de verse obligados a salir la ciudad.
Dylan, por otra parte, sufrió lo que ya se esperaba. Sus padres no sabían si sentirse orgullosos o enfadarse mucho con su hijo por su actuación durante el incidente de Silph. Su madre pensaba que casi había arriesgado su vida sin un motivo de peso para ello, pero su padre era quien más debatía la emoción que debía mostrar, pues le encantó que su hijo demostrara ser tan fuerte y, a su vez, temía que su esposa le riñera igual que a su hijo. Al final, gracias un poco a la ayuda de Ryku y Cetile, Dylan se libró del castigo.
Cuando Cetile se recuperó de sus heridas, el grupo ya estaba preparado para irse de la ciudad. Los padres de Dylan le dieron una más que cálida y larga despedida a su hijo porque seguramente no volverían a verlo en una temporada. Después, el grupo se dirigió a la salida sur en dirección a ciudad Carmín. Los tres jóvenes habían decidido en el tiempo que esperaban que las heridas de Cetile sanaran que tomarían el STA hacia ciudad Fucsia para ahorrar tiempo y tomar la ruta marítima que empezaba allí con la finalidad de llegar a isla Canela. Por una vez que podían usar ese servicio de transporte, no lo iban a desperdiciar.
El grupo fue a paso rápido por la ruta 6 procurando no detenerse ni a descansar hasta haber llegado a ciudad Carmín. A pesar del dinamismo del viaje, siguieron tardando algunas horas en alcanzar la ciudad portuaria. Casi al punto de no haberles servido de mucho caminar velozmente por la ruta. Por culpa del esfuerzo, los tres jóvenes se vieron obligados a tomar un buen reposo en el albergue de ciudad Carmín. Sin embargo, no alquilaron las habitaciones y solo pagaron por acceder al comedor del albergue. Más tarde se dirigieron al STA ubicado al este de la ciudad.
Era la primera vez que Ryku visitaba un STA. Había escuchado sobre cómo era gracias a Horti, su amigo que trabajaba en la empresa. Ver personalmente las instalaciones resultaba mucho mejor que solo imaginárselo. De hecho, superaba con creces la idea que Ryku tenía del complejo. Al parecer, el STA no difería mucho de un aeropuerto pequeño, uno del cual los aviones no estaban pensados para realizar vuelos lejos de las fronteras regionales. Lo que se destacaba de un aeropuerto común eran los hangares especializados para Pokémon pájaro. Desde los cristales que daban a las pistas de vuelo, se podían ver pequeños aviones comerciales, avionetas privadas, pilotos hablando entre ellos y Pokémon pájaro como Fearow o Pidgeot aterrizando y alzando el vuelo constantemente cargando con alguna persona. Ryku se quedó unos instantes mirando el exterior a través de los cristales antes de seguir a Dylan hacia la recepción.
—Buenas tardes —los saludó una mujer de cabello rubio—. ¿En qué os puedo ayudar?
—Nos gustaría comprar unos viajes a ciudad Fucsia —dijo Dylan.
—¿Avión o el servicio para entrenadores de Enlace?
—Entrenadores de Enlace.
—Muy bien, entonces son tres viajes a ciudad Fucsia con pilotos de Enlace, ¿me he equivocado en algo?
Dylan se volvió esperando que sus amigos confirmaran la compra. Para su sorpresa, Ryku sí tuvo algo que añadir.
—Hace tiempo un piloto de Enlace me dio un número especial que me registró unas Monedas de Combate para gastarlas en un viaje de prueba. ¿Qué he de hacer para canjearlo?
—¿Me puede dar el número, por favor?
Ryku buscó en su agenda el número de Enlace que le dio Horti y se lo pasó a la recepcionista. A su vez, la mujer fue introduciendo los números en la base de datos y realizó varias comprobaciones. Segundos después, la mujer sonrió y asintió.
—El número es válido y la oferta está canjeada para este viaje. Si quieres, puedo llamar a quien te lo dio y así que sea él quien se encargue de darte el viaje de prueba.
—¿Es eso posible? —preguntó Ryku. La mujer asintió, sonriente—. Pues, si no es mucha molestia, me gustaría.
—Muy bien. Deja que termine los trámites de los viajes de tus compañeros y avisaré al propietario de este número. Es posible que tarde un poco dependiendo de la ciudad en la que se encuentre, de modo que sé paciente, por favor.
Ryku asintió y esperó a que Dylan y Cetile pagaran sus viajes y recogieran sus billetes. Con eso, ya podían dirigirse a ciudad Fucsia, pero optaron por quedarse con Ryku y volar juntos a la ciudad costera. Ryku agradeció el gesto.
Ryku y compañía aguardaron al momento en el que se les notificara la llegada del piloto de Enlace que había encargado el joven de pelo negro. Dicho piloto tardó poco más de media hora en aparecer en las pistas de aterrizaje del aeropuerto STA. Ryku reconoció al momento a su amigo Horti y se adelantó al aviso de la recepcionista de la llegada de su piloto al aeropuerto. Los tres se dirigieron a la puerta de embarque y dieron al empleado que había allí los billetes de vuelo. Este usó un walkie-talkie y llamó a dos pilotos libres y a Horti hacia la puerta de embarque por la que saldrían los tres jóvenes. Una vez los pilotos se plantaron en la salida, el empleado dio acceso a los jóvenes de atravesar la puerta.
Lo primero que hizo Ryku nada más entrar en las pistas de aterrizaje fe saludar a su amigo Horti. El piloto lo recibió con los brazos abiertos.
—Sabía que usarías mi regalo del viaje de prueba —dijo Horti alegremente—. Parece que ya has visitado muchas ciudades de la región para que te dejen ir a ciudad Fucsia.
—Técnicamente, las he visitado todas salvo la de isla Canela —añadió Ryku.
—Interesante, ¿ciudad Azafrán también? El STA de allí está cerrado actualmente.
—Sí. Me hubiera gustado usar el STA de ciudad Azafrán, pero después de ver en la situación en la que se halla la urbe…
—No hace falta que me lo digas. Alguien que se mueve por toda la región como yo sabe qué se cuece prácticamente en cualquier parte. Pero cambiemos de tema. ¿Cómo van tus objetivos? ¿El Alto Mando lo tienes cada vez más cerca?
—Juzga por ti mismo. —Ryku sacó de la mochila el estuche y enseñó las seis brillantes medallas que había recolectado—. Aún me quedan dos, pero, respondiendo a tu pregunta, sí cada vez estoy más cerca.
—Seis medallas… Y no han pasado tantos meses desde que te vi en la ruta 1. Se puede ver ahí la habilidad que tienes, Ryku.
—Gracias por el cumplido, Horti. Por cierto, ahora que mencionas nuestro encuentro en la ruta 1, ¿conseguiste capturar al Pidgey para tu hermano pequeño?
—Desde luego. Elvis me ayudó muchísimo con esa tarea. No te imaginas lo feliz que se puso mi hermano cuando le di la Pokéball que contenía su primer Pokémon.
—Me lo puedo imaginar —repuso Ryku con una sonrisa—. Seguro que reaccionó muy parecido a cuando me entregaron a Antorcha.
—Eso no te lo discuto. Bueno —Horti dio un aplauso—, creo que ya nos hemos puesto al día. ¿Listo para volar?
—Desde luego.
Horti hizo una señal a sus compañeros de trabajo y los tres se apartaron de los jóvenes con tal de activar sus Enlaces sin molestias. Cuando acabaron de transformarse, Ryku montó a Horti convertido en Pidgeot mientras que Dylan y Cetile se subieron a lomos de dos Fearow. Acto seguido, las tres aves se dirigieron a la pista y alzaron el vuelo en cuanto les dieron luz verde.
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Ryku repitió el postre que tanto le había gustado en el albergue de ciudad Fucsia. Dylan y Cetile todavía estaban con el plato principal. Los jóvenes estaban pendientes de las noticias, las cuales seguían hablando del incidente en Silph S.A y de cómo afectaba aquello a la mayor empresa de productos para entrenadores de todo Kanto. El presidente se encargó de calmar los ánimos y de asegurar que las producciones de sus productos seguirían como si el secuestro no hubiera ocurrido nunca. El resto de las noticias eran más de interés general.
—Espero que la policía detenga a todos los miembros del Equipo Leyenda —opinó Dylan—. Si por mi fuera, estaría yendo tras ellos para desmantelar toda la organización.
—No conseguirías mucho —lo desalentó Ryku—. Después de todos los encuentros que hemos tenido con ellos, su organización tiene pinta de tener enormes recursos para sus delitos. Me atrevería a decir que es la misma cantidad que la del propio Silph.
Dylan agachó la cabeza con una mueca de enfado.
—Por desgracias, pienso igual. Esa organización es más que un grupo de criminales que saben lo que se hacen. Algo me dice que lo que ocurrió en esos encuentros no son ni la punta del iceberg de lo que son capaces de hacer.
—Olvidémonos de ellos por ahora y centrémonos más en el viaje hacia isla Canela. —sugirió Ryku. Dylan asintió—. Repasemos el plan…
—Para llegar a isla Canela hemos de atravesar las rutas marítimas 19 y 20 —empezó a explicar Dylan—. No necesitamos que sea un guía total de esos caminos pues las rutas están bien marcadas y, al adentrarnos en el mar, no es que vayamos a tener muchos obstáculos por el camino.
—Yo no tendré muchos problemas pues iré volando por las rutas —continuó Ryku—. Intentaré no adelantarme mucho.
—En cuanto a mí, iré nadando por mar gracias a las capacidades de moverse con soltura por el agua del Blastoise. Y, como Cetile no dispone de ningún Enlace que la ayude a surcar el mar de alguna manera, irá sobre mi caparazón.
—Dijiste que también me prestarías tu módulo Repelente para que podamos mantener alejados a los Pokémon marinos, ¿no? —se quiso asegurar Cetile.
—Sí. Como no podrás activar tu Enlace, usar el módulo Repelente en tu brazalete nos será de gran ayuda. Los Pokémon marinos suelen ser más hostiles que los terrestres. En especial viniendo de los Tentacool y Tentacruel. No tengo ganas de volver a pelear contra esos Pokémon. Y menos teniendo pasajeros sobre mi caparazón.
—Muy bien. Parece que todos ya tenemos en mente lo que hemos de hacer en el viaje. Será mejor que nos vayamos a dormir ya.
Dylan y Cetile asintieron y cada uno se marchó a su habitación. Antes de acurrucarse en la cama, Ryku pensó en grabar un nuevo vídeo a sus padres después de conseguir su sexta medalla de Gimnasio. Se abstuvo por completo de mencionar su presencia durante el secuestro de Silph y mintió al respecto contando que había conseguido la medalla bastante antes de que el secuestro en Silph S.A ocurriera. Así se libraba de que sus padres se preocuparan más de lo que ya debían estar solo sabiendo que estuvo cuando el S.S. Anne se hundió. Una vez grabó todo lo que creía conveniente, lo mandó a sus padres y se echó en la cama.
A la mañana siguiente, Ryku y compañía se dirigieron a la playa de ciudad Fucsia al sur. Hacía un día con un sol radiante que invitaba gratamente a darse un chapuzón en el mar. Por esa razón, la playa estaba abarrotada de gente. Ancianos paseando por la orilla, madres echando crema a sus hijos, bañistas preparándose para una carrera por el agua, niños jugando con la arena y familias tomando algo en los chiringuitos cercanos.
Los tres jóvenes buscaron un lugar apartado donde no fueran el centro de atención durante la activación de los Enlaces y luego se transformaron en sus respectivos Pokémon. Acto seguido Dylan se metió en el mar y esperó a que Cetile se le subiera al caparazón. Una vez la chica dio el visto bueno de estar equilibrada en la espalda del Blastoise, este se adentró más en el mar. Ryku alzó el vuelo cuando sus amigos ya estaba en un punto peligroso para nadadores inexpertos.
A partir de ahí, el viaje por mar hacia isla Canela comenzó.
Gracias al uso del módulo Repelente por parte de Cetile, los Pokémon marinos no solían acercarse mucho tanto a ella como a Dylan. Sin embargo, eso no quitaba que se les pudiera ver en las cercanías. La mayoría eran, como había dicho Dylan, Tentacool y algún que otro Tentacruel. Cetile aprovechó ese paseo para hacer todas las fotos que pudiera antes de que los Pokémon no soportaran las emisiones del módulo Repelente y se retiraran al fondo del mar. No iba a conseguir buenas instantáneas, pero era mejor que nada. En ocasiones, el camino diseñado para entrenadores pasaba por pequeñas islillas compuestas exclusivamente de arena con gente pescando. Para Ryku fue algo curioso de ver, aunque Dylan y Cetile no se sorprendieron en absoluto, más porque estaban inmersos en sus tareas que en prestar atención a unos pescadores.
En un punto de la ruta 20, Ryku empezó a sentir algo extraño en las corrientes de aire. De vez en cuando debía esforzarse por mantener el equilibrio ya fuera porque las corrientes habían desaparecido o porque recibía algún inesperado golpe de viento. En el agua, Dylan también sintió que algo no iba bien en el mar y Cetile se lo confirmaba con comentarios de que se zarandeaba más de la cuenta. Ryku miró al horizonte, en la dirección opuesta a la que podría ver la región de Kanto y se topó con lo que suponía. Descendió hasta situarse cerca del agua y de sus amigos.
—Dylan, se acercan unas nubes de aspecto poco amistoso por el sur. Creo que se acerca una tormenta —contó Ryku.
—Yo no lo creo. Estoy seguro de ello —afirmó Dylan—. El agua se está embraveciendo y Cetile no hace más que confirmar mis sospechas. Espero que no se maree…
—¿Llegaremos a isla Canela antes de que nos metamos en la tormenta?
—Me temo que no. Nos quedan varias horas antes de que divisemos la isla y, por cómo se comporta el mar, la tormenta tardará menos en envolvernos.
—¿Qué podemos hacer? —preguntó Ryku—. No hay ningún sitio en el que podamos refugiarnos de una tormenta que no parece precisamente la típica lluvia con algo de viento.
Dylan no tardó en hallar una solución.
—Hay un par de islas en esta ruta llamadas islas Espuma donde podemos cobijarnos de la tormenta. Están mucho más cerca que isla Canela y las alcanzaríamos si aceleramos un poco el ritmo.
—Entonces pongamos rumbo a esas islas —sentenció Ryku.
—De acuerdo. Pero antes, ¿te importaría comunicar a Cetile que voy a aumentar la velocidad y necesito que se agarre bien?
Cetile había estado pendiente de la conversación de sus dos amigos, aunque, al estar transformados en Pokémon, no entendió nada de lo que se dijeron. No obstante, se hizo a la idea ya que ella también vio las peligrosas nubes que se les cernían. Ryku le hizo señas de que se agarrara bien al caparazón de Dylan, pero no pudo explicar bien por qué. De todas formas, Cetile no quiso saber los detalles y sin pensárselo dos veces se aferró como un imán al borde blanco del caparazón que separaba la parte de la espalda y de la barriga del Blastoise. La chica realizó todas las comparaciones que creyó conveniente para tener la seguridad de que no se soltaría fácilmente y movió la cabeza en señal de estar preparada.
Sin decir nada más, Ryku regresó a las alturas y esperó a que Dylan se pusiera en marcha de nuevo. Le pilló un poco de imprevisto que el Blastoise acelerara a una velocidad impropia de una tortuga. En el tiempo que tardó Ryku en reaccionar, sus amigos ya se le habían adelantado medio kilómetro.
A medida que el grupo atravesaba la ruta 20 en busca de esas islas que mencionó Dylan, la tormenta comenzó a hacerse más notoria. Los vientos zarandeaban a Ryku y le reducían la velocidad en varias ocasiones. Dylan no tenía problemas en surcar el mar por mucho que este ya creara pequeñas olas típicas de un mar intranquilo. Cetile fue quien se llevaba la peor parte; tanto por el movimiento de Dylan como por las olas del mar, la chica se mojaba constantemente.
Finalmente, después de ir a gran velocidad por el mar y con la tormenta ya a punto de caer encima del grupo, Ryku divisó unas islas muy juntas entre ellas que, dependiendo del ángulo en el que se las mirase, se fusionaban y creaban una montaña con dos picos. Curiosamente, las islas estaban bastante exentas de vegetación, pues solo se apreciaba una playa que conectaba directamente con la montaña sin ninguna transición entre ambas partes. El Charizard se adelantó al Blastoise y aterrizó en la costa. Unos pocos segundos después lo hicieron Dylan y Cetile.
Ryku desactivó su Enlace y, como suponía, la sensación de todavía conservar las alas apareció debido al largo tiempo que había permanecido siendo un Charizard. Fingió la incomodidad que sufría estirando los brazos, piernas y espalda. Mientras, Dylan desactivó su Enlace cuando Cetile lo desmontó. La chica dio unos pasos y se sacudió el cuerpo como un perro con la esperanza de secarse un poco el cuerpo y la ropa mojada.
—Debí haberme comprado un chubasquero —dijo Cetile lamentándose de no haber tenido la idea con antelación.
—Tienes ropa de recambio, ¿no? —preguntó Dylan.
—Sí, pero aun así…
—Chicos, si vais a discutir que sea en otro lugar. La tormenta ya casi está aquí —interrumpió Ryku, ya recuperado de la molesta sensación de las alas.
El grupo se movió por la playa en dirección a la primera entrada de una cueva que vieron desde el lugar donde habían aterrizado. Cuando entraron, los tres jóvenes se encogieron del sorprendente frío que hacía en su interior. Cetile debía cambiarse de ropa si no quería enfermar. Por otra parte, la cueva era asombrosamente amplia y profunda. El grupo no se percató de lo hondo que resultaba cuando perdieron de vista la salida en poco tiempo.
—¿Alguno ha marcado el camino de vuelta? —preguntó Ryku.
—Yo. Lo he hecho acumulando piedras en una forma específica —respondió Dylan—. Esperemos que no se desmonten.
Cetile estornudó y sobresaltó a los jóvenes por el eco producido. Dylan sacó de su mochila una chaqueta y se la puso a su amiga.
—Tenemos que encontrar un lugar donde se pueda cambiar antes de que empeore —dijo Dylan.
Ryku buscó un lugar donde Cetile podía ponerse ropa seca con privacidad, pero el terreno estaba bastante vacío de rocas grandes por las que esconderse. Por suerte, Ryku detectó una no muy lejos de donde se encontraban, aunque también vio algo raro oculto tras esta. Era un techo de lona.
Ryku señaló lo que había visto y el grupo anduvo hacia allí. Seguramente alguien había montado una tienda de acampada dentro de la cueva y podrían pedirle cobijo para que su amiga se cambiara de ropa. Rodearon la roca y se toparon con algo más que una simple tienda acampada.
Aquello parecía un asentamiento de expedición. La tienda podía albergar fácilmente a varias personas sin problemas y fuera de esta había estufas, una cocina portátil, sillas, mesas, aparatos que los chicos no habían visto nunca y una pizarra con información escrita sobre los Pokémon autóctonos. Entre todo el mobiliario de acampada, apuntando notas en la pizarra con un rotulador, había una mujer de cabello blanco y muy largo recogido en una coleta que le llegaba hasta el final de la espalda. Vestía una chaqueta larga hasta más allá de las rodillas de color cerúleo que tenía un cinturón cuya hebilla contrastaba enormemente con un intenso color fucsia. En el hombro izquierdo de la chaqueta había una especie de bordado o símbolo que no se alcanzaba a ver en detalle. Bajo la chaqueta, la mujer llevaba unos pantalones azul marino y unas botas de tacón del mismo color que la chaqueta y la planta y tacón de las botas del mismo que la hebilla fucsia. La mujer estaba bastante sumisa en lo que estuviera estudiando en la pizarra y no se percató de la presencia de Ryku y sus amigos hasta que sus pasos, y un nuevo estornudo de Cetile, la sacaron de su concentración. La mujer se dio la vuelta y miró al grupo un tanto sorprendida.
—No esperaba esta clase de visitas —dijo con voz serena.
Al darse la vuelta, se pudieron ver mejor las facciones de la persona. Ojos verdes, dos patillas cayéndole por delante de las orejas y tez sutilmente más oscura que la de una persona normal. La parte delantera de la chaqueta se pudo apreciar en más detalle y se vio que el interior de esta era blanco como su pelo y los pliegues del pecho tenían una especie de silueta minimalista de una Pokéball de color fucsia. Finalmente, bajo la chaqueta vestía una curiosa camisa blanca y, bajo esta misma, una prenda muy similar a un mono de vestir ajustado, de cuello largo y mangas que solo dejaban los nudillos y los dedos al descubierto. En la parte de las piernas tenía dos rayas decorativas blanca y fucsia.
—¿Quiénes sois? —preguntó sin variar su tono de voz.
—Pues…
—Da igual —añadió seguidamente—. Antes de eso, será mejor que vuestra compañera entre en calor y se ponga ropa seca si no quiere coger un resfriado. Ven, en la tienda podrás quitarte esas prendas húmedas.
Cetile se acercó y se metió en la tienda de acampada. La mujer la acompañó dentro, pero salió a los pocos segundos dejando que se cambiara de ropa en privado.
—Vosotros dos también deberías entrar en calor. No vais vestidos como para soportar las bajas temperaturas de esta cueva —sugirió la mujer.
Ryku y Dylan no dudaron en aceptar la invitación de la desconocida y se sentaron alrededor de una de las estufas que había fuera de la tienda. La mujer terminó de escribir las notas que quería apuntar en la pizarra y se centró en sus invitados. Sacó de una bolsa un par de bebidas calientes y se las dio a los chicos. También les ofreció algo de comida y ellos la aceptaron gustosamente. La mujer cogió una silla y se sentó junto a los dos jóvenes.
—Bien, ahora sí nos podemos conocer mejor. Empecemos. ¿Quiénes sois y a qué habéis venido a las islas Espuma? —preguntó la mujer.
—Me llamo Ryku y él es Dylan —contestó Ryku—. No teníamos pensado hacer una parada en estas islas, pero una tormenta nos ha obligado a refugiarnos aquí.
—Ya veo. Sois entrenadores de Enlace, ¿no? —señaló la mujer los brazaletes de los chicos. Ellos asintieron—. Eso explicaría también por qué unos jóvenes como vosotros tres se han aventurado a navegar por el mar y alejarse tanto de las costas de Kanto. Supongo que os dirigíais a isla Canela.
—Así es. Dylan y yo estamos recolectando las medallas de los Gimnasios de la región e íbamos al que hay en esa isla.
—Entiendo. En ese caso esta no ha sido más que una inesperada parada. Podéis descansar aquí hasta que la tormenta amaine o creáis oportuno que podéis reemprender el viaje.
—Muchas gracias… esto…
—Blanche. Me llamo Blanche.
—Ahora es nuestro turno de preguntar —dijo Dylan—. ¿Qué haces exactamente en las islas Espuma? Este sitio no suele ser muy visitado por nadie, ya sean entrenadores o turistas.
—Pensé que esa respuesta sería más que obvia —respondió Blanche con una sonrisa. Hizo un gesto para que Ryku y Dylan prestaran atención a los aparatos y la pizarra con las notas—. Pero, por si acaso, me dedico a investigar a los Pokémon de tipo hielo. Estudio su hábitat, su comportamiento, cómo evolucionan… Todo lo que se pueda relacionar con esos Pokémon. Y como estas islas son el único lugar de todo Kanto donde hay Pokémon de tipo hielo, me he montado un campamento para estar investigando las veinticuatro horas.
—¿Adoras a los Pokémon de hielo? —inquirió Ryku.
—Podría decirse así. Aunque, cuando termine mi investigación sobre ellos, probablemente me dedique al estudio de otro tipo de Pokémon. Me podríais considerar como uno de esos profesores Pokémon.
Ryku no lo veía así. Mucha gente se consagraba a su manera a la investigación de los Pokémon. No era exclusivo de los profesores Pokémon.
—Dime, Blanche, ¿cómo has venido hasta aquí? —siguió cuestionando Dylan—. Veo que no tienes un brazalete Enlace. ¿No has venido en forma de Pokémon?
—En absoluto. Tengo contactos que saben conducir barcos. Solo me hace falta llamar y puedo ir a cualquier destino que esté rodeado por mar. No siempre se necesita de un Enlace para viajar, ¿no crees?
—Supongo que tienes razón.
Blanche asintió levemente. Poco más se dijeron a partir de ahí pues tampoco es que se pudieran explayar mucho más que ver el progreso de la investigación de Blanche. Cetile salió de la tienda de acampada con ropa limpia y seca mientras Ryku y Dylan mataban el tiempo leyendo las notas de Blanche sobre los Pokémon de tipo hielo. Cuando se reunió con ellos, la pusieron al corriente de la identidad de Blanche. Para sorpresa de los chicos, Blanche y Cetile entablaron una conversación más profunda, una típica de dos investigadores que comparten datos de sus proyectos. Blanche estaba sumamente interesada en los conocimientos de Cetile acerca de los Pokémon de tipo planta y Cetile se atrajo por las especies de Pokémon de tipo hielo. Ryku y Dylan quedaron apartados de la charla de ambas. Aun así, ellos tuvieron una discusión sobre un tema un tanto peculiar.
—Oye, Dylan, ¿qué crees que es Blanche? ¿Un hombre o una mujer? —soltó la pregunta Ryku.
—Menos mal. Creí que era el único que dudaba del sexo de Blanche. Y no tengo ni la más remota idea. Físicamente puede pasar tanto por un hombre como por una mujer, al igual que por la forma de vestir, el comportamiento… Es como si tuviera de todo de ambas partes.
—Por mi parte me quedo con que es una mujer —aclaró Ryku—, aunque no estoy para nada seguro de ello.
—Mira, estas dudas me superan, así que prefiero no indagar en el asunto —quiso terminar la conversación Dylan—. Sinceramente, esta clase de misterios no me apetece resolverlos. Prefiero vivir con la duda que descubrir la verdad, al menos en este contexto.
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Cetile se despertó en plena noche por motivos desconocidos. No había sido por el frío que se hubiera colado en la tienda porque la estufa del interior había estado encendida toda la tarde y aún deprendía calor. Tampoco fue porque ella no se hubiera cubierto correctamente en el saco de dormir ni que Ryku o Dylan la hubiera despertado por algún movimiento involuntario durante sus sueños. Era como si necesitara algo. ¿Un poco de frío, tal vez? Quizá con tanto calor en la tienda Cetile se hubiera despertado por el exceso. Sí, debió ser ese el motivo. Cetile bajó la cremallera de su saco de dormir y silenciosamente se calzó y salió de la tienda de acampada.
El cambio de temperatura se sintió prácticamente al instante. Fue brusco, pero también fue algo que Cetile agradeció. Con eso no tuvo dudas de que se había acalorado en la tienda y necesitaba refrescarse. Se quedaría unos minutos fuera y luego volvería dentro. Mientras tanto, Cetile examinó las notas de Blanche y los dibujos que había hecho de algunos Pokémon que vivían en la cueva. Le gustaba cómo dibujaba la investigadora.
De repente, por el rabillo del ojo, Cetile notó movimiento cerca de la tienda. Se volvió para ver mejor a quien estuviera por ahí, pero no dio con nada sospechoso. Sin embargo, un ruido le corroboró que no habían sido imaginaciones suyas.
—¿Blanche? ¿Eres tú? —preguntó.
La mujer de cabello blanco había dicho que se pasaría la noche despierta para realizar un estudio nocturno de los Pokémon de la zona. Por eso Cetile tuvo como primera sospecha que se tratase de ella. No obstante, no recibió respuesta alguna. Repitió la pregunta por si no se le había oído bien y, de nuevo, no hubo contestación. Cetile pretendió ignorar la presencia del ser que anduviera cerca de la tienda y se dispuso a irse a dormir, pero entonces Cetile detectó movimiento otra vez y, en esta ocasión, sí pudo ver algo del ser que andaba cerca de la tienda. Una cola azul oscuro se meció entre las rocas que había más en el interior de la cueva.
Cetile no lo pudo evitar. Su lado fotógrafa emergió y quería sacar al menos una fotografía de aquella criatura que, ahora que había visto esa cola, claramente se trataba de un Pokémon. Uno que Blanche no había registrado en su investigación y que vivía en la cueva. Con esa foto la ayudaría a avanzar en su trabajo. No se lo pensó dos veces, fue a por su cámara, se abrigó un poco y salió corriendo a hacer las fotos.
Como Cetile estaba tan concentrada en sacar las instantáneas del Pokémon de cola azul, la joven no se había dado cuenta de cuánto se había adentrado en la cueva y alejado de la tienda de acampada. Tuvo suerte de que hubo un punto en el que la propia cueva no le permitía avanzar más, de lo contrario se hubiera perdido en las profundidades. El obstáculo que le bloqueó el paso fue un estanque bastante amplio del cual salía un arroyo de agua cristalina, por un lado. Cetile admiró un momento el hermoso paisaje que tenía delante de ella y le sacó un par de fotos para su colección. Luego volvió a la caza del Pokémon. No se movió mucho del sitio tras haberse dado cuenta de lo lejos que se había ido de la tienda. Buscó al Pokémon durante un buen rato, pero no hubo rastro de él. Cetile sentenció que quizá se hubiera metido en el agua y ya fuera imposible seguirle la pista. Por si acaso, la joven se acercó al borde del estanque y miró en sus profundidades por si alcanzaba a divisar el tono azulado del Pokémon.
No halló nada.
Cetile se rindió y abandonó la búsqueda del Pokémon de cola azul. Con un suspiro, se puso de camino de vuelta a la tienda.
La joven solo dio unos pocos pasos cuando súbitamente sintió un frío más intenso que el habitual en la cueva. Cetile se encogió y su cuerpo se puso a temblar. Instintivamente, Cetile se dio la vuelta y observó un fenómeno poco habitual en una cueva: se había puesto a nevar. Si no fuera porque el frío estaba siendo más fuerte a cada segundo, lo hubiera fotografiado. Pero las temperaturas siguieron bajando hasta tal punto que Cetile no pudo dar un paso más y se arrodilló con tal de conservar el poco calor que le quedaba. La nieve empezó a caer a su alrededor, primero con normalidad, pero a los pocos segundos pareció que los copos estaban siendo impulsados por fuerte viento. Cetile cerró los ojos y se hizo un ovillo. Su cuerpo se estaba congelando.
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—¡Cetile! ¡Cetile, despierta! —oyó la joven. Una voz la llamaba. Una voz familiar—. Vamos, chica, respóndeme. Dime algo.
Cetile abrió los ojos y vio el rostro de Blanche muy preocupada por ella. la mujer la había envuelto en su chaqueta para que volviera a entrar en calor.
—¿B-Blanche? —musitó.
—Menos mal. Creí haber llegado demasiado tarde. ¿Puedes levantarte?
Cetile respondió a la pregunta poniéndose de rodillas. Le costaba mantener la posición, pero lograba conservarla sin mayores problemas. La chaqueta de Blanche le proporcionó un calor tan agradable que la joven se envolvió por completo con esta. Le iba grande, pero eso solo ayudaba a cubrir más el cuerpo.
—G-Gracias p-por v-venir, B-Blanche —tartamudeó Cetile. El frío le impedía hablar con fluidez.
—Santo cielo, chica. ¿Por qué estas tan adentro de la cueva con la cámara y en pijama? ¿No te das cuenta de lo peligroso que resulta que vayas así vestida por aquí?
—Y-yo… Po-Pokémon…
—¿Pokémon? ¿Te ha atacado alguno de los que hay en la cueva?
Cetile negó con la cabeza y continuó su explicación. O, al menos, el intento.
—Cola azul… vi-viento helado… frío… mucho f-frío…
Blanche no terminaba de entender lo que la joven contaba, aunque tampoco era primordial. Lo importante ahora era devolver a Cetile a la tienda y dejarla cerca de las estufas para que recobrara el calor de su cuerpo. No tardó en cargar con ella y llevarla de vuelta al campamento. Una vez en la tienda, la metió en su saco de dormir y encendió la estufa. Luego salió y pensó si quedarse vigilándola o volver a su trabajo. Eligió lo segundo; Cetile ya estaba a salvo.
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Por la mañana Ryku y Dylan despertaron he hicieron unos estiramientos dentro de la tienda. Mientras se cambian de ropa, observaron a su compañera, la cual seguía dormida y no se había despertado en ningún momento. Ryku y Dylan intercambiaron una mirada. ¿Debían despertarla? Por como estaba de encogida en su saco de dormir, optaron por dejarla descansar y salieron de la tienda.
Fuera estaba Blanche organizando unos papeles mientras se bebía una taza de café. No llevaba puesta la chaqueta.
—Buenos días —los saludó—. ¿Habéis dormido bien?
—Si no llega a ser porque nuestras camas eran sacos de dormir, hubiera sido una experiencia igual o mejor que pasar la noche en un albergue. —dijo Ryku.
Blanche sonrió.
—Me alegra saber que no hay ningún agujero en la tela. Podéis haceros unas tostadas para desayunar si queréis. ¿Tomáis café? Me temo que es lo único que puedo ofreceros como bebida.
—Si no hay más remedio. Es mejor que tener la garganta seca —comentó Dylan.
Los chicos se sirvieron el desayuno a base de tostadas y Blanche les echó un poco de café en unas tazas limpias. Cuando se sentaron, Ryku miró de reojo los papeles que ordenaba Blanche.
—Has tenido una noche productiva, por lo que se ve —dijo a modo de pregunta.
—No la más productiva de todas, pero sí he avanzado algo en mi investigación —respondió Blanche—. Sin embargo, tuve un pequeño percance anoche que involucra a Cetile.
Ryku no terminó de morder la tostada que tenía en la boca y Dylan detuvo abruptamente el paso del café por su garganta. El chico de pelo azul oscuro tosió en consecuencia y Ryku dejó colgando la tostada unos segundos en su boca antes de realizar el bocado en su totalidad.
—¿Cetile? ¿qué quieres decir con eso? —preguntó Ryku.
—No sé a ciencia cierta cuál fue la razón por la que vuestra amiga abandonó la tienda anoche y se paseó por la cueva en pijama, con un simple abrigo y su cámara de fotos.
—Eso no es propio de ella…
—¿Bromeas? —interrumpió Dylan tras dejar de toser—. ¿Has olvidado el día que tuvimos en la Zona Safari? No difiere mucho de lo que ha hecho hoy.
Gracias a Dylan, Ryku refrescó su memoria y recordó la pelea que tuvieron su amigo y él contra la Kangaskhan por culpa de que Cetile se había apartado del grupo. Con eso en mente, no le pareció muy raro que Cetile lo repitiera.
—¿Qué la habrá hecho salir? —se preguntó Ryku.
—Lo único que sé al respecto es lo que balbuceó la joven. Hablaba de una cola azul y de una repentina bajada de temperaturas que causó que nevara dentro de la cueva —explicó Blanche—. Esto segundo es algo normal. Hay Pokémon aquí que se dedican a practicar sus movimientos de hielo ya sea de día o de noche. Seguramente se puso en medio de una de esas prácticas.
—¿Y lo de la cola azul?
Blanche se encogió de hombros.
—En todo el tiempo que llevo aquí jamás he visto un Pokémon cuya cola sea de ese color. Solo conozco un Pokémon que tenga una cola de ese color, pero si lo ha perseguido hasta donde la encontré, está claro que lo vio más hacia el exterior de la cueva, y ese Pokémon que tengo en mente no es de los que se aventuran a andar por tierra. Se cual sea ese Pokémon que vio Cetile, debió serle de interés si cometió tal temeridad.
—¿Se pondrá bien? —preguntó Dylan—. Has dicho que estuvo en medio de unas prácticas de movimientos Pokémon.
—Está bien —lo tranquilizó Blanche—. Solamente estaba fría por las bajas temperaturas. La devolví a la tienda y encendí la estufa para que entrara en calor de nuevo. A estas alturas ya ha debido recuperar la temperatura corporal adecuada. ¿Sigue durmiendo? —Dylan asintió—. Entiendo. Aunque parece que ya está fuera de peligro, es mejor prevenir. Os daré unas pastillas que guardo en el botiquín para el resfriado por si presenta los síntomas. Si es más grave, llevadla al hospital, ¿de acuerdo?
—Sí.
Media hora más tarde. Cetile salió de la tienda con cara de haber dormido poco. Aparte de eso, la chica se veía bien, sin síntomas de haber enfermado. Llevaba puesta la chaqueta de Blanche. Probablemente se había metido en el saco de dormir con esta. Blanche, Ryku y Dylan no tardaron en preguntar sobre su estado, a lo que ella respondía constantemente que estaba bien, solo un poco molesta por la falta de sueño.
Mientras desayunaba, Cetile explicó con mayor detalle lo que le ocurrió anoche. Habló del Pokémon de cola azul y la describió de tal forma que Blanche descartó de inmediato el Pokémon que ella creía que podía haber sido. Aquello dejó intrigados tanto a ella como a los jóvenes.
—Por la manera en la que has descrito esa cola, encajaría con un ave. Pero ¿un pájaro de tipo hielo? No me viene a la cabeza ningún Pokémon de esas características —dedujo Blanche.
—Por eso perseguí la cola. Solo quería hacerle una foto y volver a la tienda, pero tras perderlo y rendirme en la obtención de una imagen, sufrí el ataque de hielo —contó Cetile.
—Eso de hacer tantas fotografías te va a pasar factura —dijo Dylan—. Recuerda el día de la Zona Safari.
—Lo sé, pero aquí el motivo era que quería ayudar a Blanche en su investigación ya que había visto que ese Pokémon no figura en los que ha registrado.
—No debiste haberte arriesgado así —la riñó Blanche con calma—. Agradezco que quisieras echarme una mano en mi trabajo, pero no quiero cargar con la culpa de que alguien tan joven fallezca solo por intentar sacar una instantánea de un Pokémon.
—Lo siento.
Blanche suspiró.
—Aun así, he de darte las gracias por contar esos hechos. Estaré pendiente por si veo esa cola azul o me topo directamente con el Pokémon en cuestión. A pesar de todo, me queda mucho que hacer en la investigación.
—Al menos he ayudado un poco.
—Desde luego. Aunque, si has de hacer algo así otra vez, procura que no sean en condiciones tan adversas, ¿vale? —Blanche guiñó un ojo a Cetile.
—Lo prometo. No más temeridades, aunque en mi defensa añado que no son voluntarias.
Cuando terminaron de desayunar, los tres jóvenes esperaron a que la tormenta fuera lo suficientemente débil para reanudar su viaje. Blanche informó al grupo de que la tormenta había amainado definitivamente. El cielo seguía nublado y con intenciones de llover otra vez, pero lo más grave había pasado y podían dirigirse a isla Canela sin problemas. Blanche se tomó la molestia de regalar a Cetile un paraguas por si les caía algo de agua por el escaso camino por mar que les faltaba. Cetile agradeció el gesto enormemente. Después, el grupo recogió todas sus pertenencias y Blanche acompañó a los jóvenes a la salida. La investigadora se despidió de ellos mientras Dylan y Cetile surcaban el mar y Ryku viajaba por el aire. Cuando los chicos desaparecieron, Blanche regresó con su investigación.
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Blanche se sobresaltó con un sonido que hacía mucho tiempo que no escuchaba. Su tono del Pokégear rezumó por las paredes de la cueva con más intensidad de la que podía ofrecer un artilugio tan antiguo. Blanche cogió el aparato y aceptó la llamada sin mirar quien era el que estaba al otro lado de la línea. No le hacía falta.
—Hacía tiempo que no llamabas —dijo Blanche con una sonrisa en el rostro—. ¿Cómo va todo?
—Todo lo bien que puede ir, la verdad —respondió la voz al otro lado—. Sabes lo que significa que use el Pokégear.
—Sí, me puedo hacer a la idea. Muy grave debe ser la situación para que emplees el número de este dispositivo tan anticuado.
—Deja de desprestigiar al Pokégear, Blanche —replicó la voz enfadada—. Nos ha ayudado mucho más de lo que imaginas.
—No lo estoy desacreditando. ¿Olvidaste que fui yo quien recomendó su uso?
Se escuchó un suspiro.
—Mira, no te he llamado para discutir como solemos hacer. Es para avisarte de ya sabes qué.
Blanche adoptó una cara seria y se reclinó.
—¿Dónde están?
—Según las noticias, en isla Canela ha habido un pequeño, por decirlo suavemente, problema en la Mansión Pokémon. ¿Dónde estás tú?
—En las islas Espuma, bajo la tapadera de una investigadora Pokémon.
—Algo que pega contigo —se dio el privilegio la voz de comentar—. Ahora en serio, Blanche, abandona las islas. Si han ido a isla Canela por algo, no descarto que prueben de encontrarte en las islas Espuma. Lo de la central Energía ya no suena a casualidad. Han expandido la búsqueda.
Blanche miró todas sus posesiones. Guardarlo todo en poco tiempo iba a ser imposible.
—¿Cuánto tiempo tengo? —preguntó.
—Pues por lo que se dice en las noticias, tiempo de sobra para que escapes con lo que te hayas montado ahí. Pero no alargues la espera y vete cuanto antes, ¿vale?
—Entendido. Recogeré mis cosas y me iré. Bueno… nos iremos.
—Bien.
—¿Y qué hay de ti? ¿Estás a salvo o también vas a tener que moverte de nuevo? —inquirió Blanche antes de colgar.
—Tengo tiempo de sobras donde me he escondido, Blanche. No vendrán hasta aquí; no es tan sencillo. Aun así, pronto tendré que mudarme a otro lugar. ¿Crees que deberíamos reunirnos?
—No lo sé, aunque no descartó que debamos si ya nos van encontrando después de separarnos. Te devolveré la llamada cuando llegue ese día.
—Entendido. Buena suerte, Blanche. Y ten cuidado.
—Tú también.
Blanche cortó la comunicación y se puso a recoger sus pertenencias. Contra antes lo hiciera, mejor. En un momento, la mujer de pelo blanco se quedó mirando la tienda unos instantes. «Algún día no tendremos lugar en el que escondernos y nos veremos forzados a luchar para defendernos. Espero que ese día no llegue muy pronto». Y continuó empaquetando sus pertenencias.
