Fue todo un alivio volver a pisar tierra firme después de varias horas de trayecto desde que Ryku y compañía abandonaron las islas Espuma. Sobre todo, cuando el terreno estaba claramente marcado por la presencia de civilización. Isla Canela no era precisamente una parcela de tierra en mitad del mar de grandes dimensiones. La única ciudad de la isla se podía ver desde la distancia, incluso desde la playa en la que los chicos llegaron se divisaban algunos de sus edificios. El grupo hizo un pequeño descanso en la playa antes de acercarse a la ciudad.

Se notaba mucho que la urbe de isla Canela estaba poco habitada. Casi no se la podía considerar como ciudad, quedándose al borde de llamarse un pueblo grande. Los edificios recordaban al estilo que empelaba ciudad Fucsia con sus casas. Obviamente, no había más similitudes a partir de ahí, pues la alternancia de la estructura de los hogares de los que vivían en la isla variaba de un estilo más costero a uno más moderno como los edificios de ciudad Azulona o Azafrán. Ryku sintió una ligera nostalgia pues su pueblo sí compartía un estilo de construcción como la de la isla, aunque en pueblo Paleta predominaban las casas rurales a las costeras.

El grupo se dirigió al albergue a reservar sus habitaciones y a comer algo por el extenso viaje por las rutas marítimas. Mientras comían, Ryku preguntó a Dylan qué ofrecía la isla aparte del Gimnasio. No tenía intención de irse pronto después de lo que le costó llegar hasta aquí.

—Pues la verdad es que no mucho —respondió Dylan, desanimando a Ryku—. Isla Canela es casi como un centro turístico. Los entrenadores de Enlace no suelen divertirse mucho aquí a menos que hayan venido de vacaciones.

—¿En serio? Pues qué pena. Aun así, si atrae turistas, será porque hay algo de interés, ¿no?

—Como mucho las termas que hay gracias al volcán. Lo demás que vi cuando vine por primera vez fueron decenas de tiendas de suvenires, puestos de comida y posadas para turistas. Ya puedes ver lo poco lleno que está el albergue.

—Sí, casi parece como si estuviera abandonado —comentó Cetile.

—Es lo que hay. Como ya he dicho, los entrenadores vienen a por la medalla de Gimnasio y, a menos también quieran descansar y ser unos turistas más por un tiempo, no se quedan en la isla.

Entonces, sin previo aviso, a Ryku se le presentaron recuerdos de hacía ya un tiempo.

—¿No hay un laboratorio Pokémon en esta isla? —preguntó—. Lo dijo aquel hombre con gafas que rescatamos en el monte Moon. ¿Cómo se llamaba…? Ah, sí, Gustavo.

—Pues ahora que lo mencionas, es verdad. No presté especial atención a ese lugar cuando vine, por lo que no me acordaba de que existía. Si quieres ir allí a ver qué se cuece, por mí perfecto.

—¿Tú qué opinas, Cetile?

—No es precisamente de mi interés el tema de la ciencia con los Pokémon, pero tampoco me apetece quedarme aquí viendo lo poco animado que es el albergue. Me apunto.

—Decidido, entonces. El resto del día lo pasaremos visitando el laboratorio. Mañana, cuando esté con la energía al completo, desafiaré al líder del Gimnasio de aquí —declaró Ryku.

Dylan y Cetile asintieron, sentenciando el plan de su amigo. El grupo terminó de comer y descansó un poco para asentar la comida antes de salir del albergue y dirigirse al laboratorio.

De camino a su destino, Ryku descubrió cómo era la ciudad de isla Canela. Lo que mencionó Dylan de que casi se había convertido en un centro turístico era quedarse corto; lo era literalmente. Cada calle por la que paseaban estaba repleta de tiendas de suvenires, puesto de comida autóctona, termas y posadas. Todo tan concentrado que llegaba a molestar. Ryku se sintió incómodo con tanta zona turística. Estaba claro que la economía de la ciudad se basaba en el turismo, pero aquello era demasiado para cualquiera. Ryku lo tuvo claro: en cuanto obtuviera la medalla del Gimnasio, abandonaría la isla de inmediato. Aquella clase de aires no le gustaban. El laboratorio Pokémon, por suerte, estaba alejado de la zona de suvenires y demás. Aunque seguía habiendo tiendas de comida al otro lado de la carretera que separaba ambas zonas, eran muchos menos que estando en el centro de la ciudad, algo que el joven del Enlace del Charizard agradecía.

El grupo entró en el terreno del laboratorio y contemplaron asombrados cómo era. Había tres edificios principales y otros tantos más pequeños dispersos por los jardines de alrededor. De los tres grandes, dos de ellos estaban posicionados paralelamente el uno con el otro y compartían la misma estructura: cuadrada y completamente austera con ventanas tintadas que ocupaban una gran parte de las paredes blancas. Sin embargo, el edificio central, que unía la separación de los otros dos edificios, demostraba ser el más importante con su aspecto totalmente diferente del resto. Para empezar, las paredes no eran blancas, sino de un suave color crema con una línea verdosa en la base que rodeaba todo el edificio. La estructura no era rectangular como la de los edificios vecinos, sino elíptica. Apenas tenía ventanas que dejaran entrar la luz del exterior y sobre la puerta de entrada había una de color rojo bastante llamativo. Ryku y sus amigos se dirigieron a ese edificio.

Antes de entrar en el laboratorio, el grupo se detuvo unos instantes al ver unos cuantos científicos y un puñado de Pokémon realizando algunas pruebas en la hierba de los jardines. Todos los Pokémon que había eran de tipo planta, lo que llamó tremendamente la atención de Cetile. Tanto ella como los chicos se quedaron mirando qué era lo que estaban haciendo exactamente aquellos científicos. Se sorprendieron cuando uno de los Pokémon se puso a expulsar aquellos polvos dorados que paralizaban el cuerpo de aquel a quien tocaban hacia uno de los científicos. Con un Enlace activo no era ni extraño ni peligroso, pero el científico no tenía ni un brazalete en sus brazos. Estaba recibiendo el paralizador directamente.

—¿No es grave que un humano sufra la parálisis de los polvos? —preguntó Dylan.

—Si se atreven a ello, deben estar seguros de que los riesgos son bajos —opinó Ryku.

—Lo son —confirmó Cetile—. Los polvos que echan los Pokémon de tipo planta en realidad no son muy efectivos en los humanos. Solo los polvos somníferos lo son, y eso hasta es un beneficio en ciertos casos.

—Pero la parálisis…

—Será solo eso: una inmovilización de las zonas del cuerpo que más en contacto hayan estado con los polvos. Lógicamente, un estado prologado puede ser peligroso, ya que la persona acabaría completamente inmovilizada. Aunque, generalmente, para entonces ya están en un hospital siendo curados.

—¿Y qué hay de los polvos venenosos? —inquirió Dylan.

—Nada relevante. Como mucho enfermarás unos días, pero nada más lejos. Erika me contó que antiguamente era un problema a tener en cuenta, pero actualmente ya no es tan peligroso. Unos medicamentos y un poco de descanso bastan para curarte.

Mientras Cetile explicaba, otro de los Pokémon de tipo planta echó el característico polvo morado sobre un segundo científico.

—Ya solo falta que otro pokémon eche los somníferos y habremos visto los tres polvos —comentó Ryku.

—Me pregunto por qué harán eso —se dijo Dylan.

—Algún experimento, está claro —respondió Cetile.

El grupo dejó de mirar como un científico empezaba a sentirse mal mientras el otro se quejaba de que no podía mover las piernas y se metieron definitivamente en el edificio principal.

El interior del laboratorio no era nada especial. Tenía una recepción con una secretaria centrada en su trabajo, un suelo de baldosas blancas y paredes del mismo color crema que las del exterior. A un lado había una baja mesa de cristal con revistas y dos sofás para sentarse a su alrededor. Por toda la sala había macetas con plantas diversas, algunas de ellas despertaron la curiosidad en Cetile ya que no las había visto nunca. Finalmente, tras la recepción había dos puertas de ascensor que conducían a los pisos superiores, unas escaleras para subir independientemente de estos y un pasillo que se adentraba en el edificio. Ryku y compañía se acercaron a la mujer y esta se recogió el flequillo de su pelo negro y miró fijamente a los jóvenes con unos ojos color miel.

—¿Necesitáis algo? —preguntó.

—Nos gustaría saber si podemos visitar las instalaciones —dijo Ryku.

—¿Oh? No sabía que a los turistas les interesara tanto la ciencia para venir hasta aquí.

—No hemos venido precisamente de turismo.

La secretaria prestó más atención en los chicos y vio los brazaletes en sus brazos.

—Ah, disculpadme. Tampoco es que se vean muchos entrenadores de Enlace en la isla. Solo suelen venir a coger la medalla del Gimnasio y se marchan. Por favor, decidme vuestros nombres para que pueda crearos unos pases de invitados.

—Yo soy Ryku. Él es Dylan y ella, Cetile.

La secretaria se quedó perpleja al escuchar los dos primeros nombres.

—¿Ryku y Dylan? Por casualidad no conoceréis a alguien que se llama Gustavo, ¿verdad?

—Sí.

La mujer esbozó una sonrisa.

—Caray, una sorpresa tras otra. ¿Sabíais que habéis aportado mucho a la investigación de los Pokémon?

Ryku y Dylan se miraron. Creían que su acción en el monte Moon había pasado desapercibida, incluso cuando vieron a aquel Omanyte en el zoo público de ciudad Fucsia. No se esperaban que en laboratorio fueran reconocidos.

—No hicimos nada relevante —respondió Dylan.

—Eso no es lo que me han contado. En fin, dadme un momento para crear los pases. Si me lo permitís, llamaré a Gustavo para que sepa que estáis aquí.

Dylan se encogió de hombros.

—Nos puede venir bien alguien que se conozca cada rincón del laboratorio. ¿Ryku?

—Estoy de acuerdo.

La secretaria imprimió unos papeles con los nombres de los chicos y los metió en unas tarjetas de plástico. Con ellas, se les identificaba como visitantes del laboratorio. Luego cogió el teléfono, marcó un número en el dial y llamó. En pocos segundos, la secretaria ya estaba hablando con alguien. La conversación duró poco, pero parecía que había conseguido su propósito.

—Gustavo está de camino. Dadle unos minutos tan solo.

Ryku asintió y cogió los pases de invitados. Los tres jóvenes se fueron a los sofás a esperar la llegada de su amigo científico, el cual apareció apenas cinco minutos después. El hombre de cabello largo y negro que llevaba aquellas tan características gafas que impedían ver sus ojos, se acercó muy contento a los chicos.

—Ryku y Dylan —dijo sonriente—. Cuánto me alegro de veros. ¿Qué hacen aquí mis salvadores?

—¿Salvadores? —repitió Cetile extrañada.

Gustavo se recolocó las gafas y se fijó en la niña de pelo castaño.

—Parece que ahora sois un trío, ¿eh?

—Ya te contaremos la historia en detalle cuando regresemos al albergue —prometió Dylan.

Cetile asintió y no preguntó más.

Gustavo dio una palmada para llamar la atención de los chicos.

—Bueno, amigos, ¿qué os trae al laboratorio? No os habréis encontrado un nuevo fósil que investigar, ¿verdad?

—No. Solamente vinimos a visitar el laboratorio. Para ver qué clase de investigaciones se llevan aquí.

—Ya veo. Me temo que no podemos desvelaros todos los experimentos que se llevan a cabo aquí —respondió ligeramente entristecido el científico—, no hasta que el desarrollo esté bien avanzado, al menos. Sin embargo, hay muchas investigaciones que sí os puedo enseñar, empezando por aquella en la que participo: la resurrección de Pokémon prehistóricos.

Ryku y Dylan se mostraron bastante curiosos con el nombre, pero Cetile no tanto.

—Suena fascinante —dijo Ryku honestamente.

—Ah, lo es. La finalidad de nuestro trabajo es descubrir los Pokémon que vivieron hace millones de años, traerlos a la vida y estudiarlos concienzudamente. Incluso en el futuro podrán usarse para los combates Pokémon. Pero basta de palabrería. Una imagen vale más que mil palabras. Seguidme.

Ryku, Dylan y Cetile acompañaron a Gustavo por las instalaciones del laboratorio. La mayoría de las secciones estaban cerradas debido a que se estaban realizando experimentos y se requería mucha concentración. Según Gustavo, las habitaciones de esos pasillos estaban más enfocadas a investigaciones personales que casi nunca se conocen más allá de los otros científicos que trabajaban en el laboratorio. El científico llamó a un ascensor y subieron a la segunda planta.

En el siguiente piso las secciones eran más amplias y más abiertas al público, pues lo único que separaba a los científicos de la gente que paseaba por los pasillos eran unas grandes y gruesas ventanas transparentes. Gustavo se detuvo frente a una que creía que interesaría a los chicos. Dentro de aquella habitación había unos cuantos científicos estudiando la tecnología Enlace de Bill. Uno de ellos estaba transformado en un Pokémon que ninguno de los tres jóvenes había visto jamás, ni siquiera Ryku y Dylan en el torneo de aquel día en el S.S. Anne.

—¿Qué están investigando aquí? —preguntó Ryku comido por la curiosidad.

—Creí que los estudios referentes a la tecnología Enlace solo las realizaba Bill —añadió Dylan.

—No me digáis que también conocéis a Bill —dijo Gustavo como si ya se esperara una respuesta.

—Los tres, de hecho —puntualizó Cetile.

—Increíble. Estáis exprimiendo muy bien aquel viaje del que me comentasteis —rio Gustavo—. Aquí se investiga la forma de mejorar la tecnología Enlace.

—Como buscar la forma de que se puedan usar dos Enlaces en el mismo módulo, ¿por ejemplo? —preguntó Ryku recordando el día en que evitó que Bill se convirtiera en Pokémon para siempre.

—Esa fue una de las principales peticiones de Bill —confirmó Gustavo—, pero luego la descartó y nos dijo que nos dedicáramos a desentrañar aquello que ocultan los Pokémon, como habilidades especiales o poder imitar sus naturalezas.

—¿Habilidades especiales? ¿naturalezas? Suena muy extraño —confesó Dylan.

—Es posible. Pero hasta que no nos aseguremos de que no existen tales términos, seguiremos investigando. Bueno, ellos en este caso.

En la sala contigua había más Pokémon, esta vez no relacionados con la tecnología Enlace, empelando sus poderosos movimientos con tal de que los científicos que los vigilaba recopilaban datos de sus habilidades. Entre los Pokémon había que Ryku, Dylan y Cetile reconocían, pero otros no tenían ni idea de qué clase de Pokémon era.

De camino a la siguiente sala que Gustavo creyera que interesaría los chicos, Cetile preguntó acerca de los científicos que se estaban dejando tocar por los polvos paralizantes, venenosos o somníferos de los Pokémon de tipo planta. Gustavo se pensó la respuesta porque solo se conocía las investigaciones que se llevaban a cabo en su edificio. Sin embargo, su intuición le hizo decir que se trataría de algún estudio para desarrollar vacunas a los efectos de los polvos como los que se usan para curar los estados en los Pokémon, pero más enfocados a los humanos. Eso despertó la curiosidad en Ryku.

—Siempre me he preguntado por qué no podemos usar los objetos de curación de los Pokémon en los humanos. ¿A qué se debe?

—Esa misma pregunta se hicieron aquellos que desarrollaron las pociones y los antídotos —respondió Gustavo—. Y tiene una sencilla razón: los componentes de los objetos curativos para los Pokémon reaccionan de manera diferente en los humanos. Se realizaron pruebas al respecto y los resultados fueron inmensamente variados: desde lograr la función que tenía el objeto hasta producir el efecto contrario. Hubo casos en los que un antídoto acabó enfermando a los voluntarios y un antiparalizante dejó tetrapléjico temporalmente a otros.

—Entonces un antiquemar… —dijo Dylan dudando si quería saber el final de esa frase.

—Los efectos opuestos no fueron graves —puntualizó Gustavo—. Los que enfermaron se recuperaron a los pocos días. Los paralizados, en pocas horas. Y los que se echaron los antiquemar solo sufrieron tanto como alguien que queda dormido en la playa con un sol de lo más radiante.

—Por eso no se recomienda aplicarse los objetos curativos pensados para los Pokémon. Por su alta inestabilidad en los efectos —dijo Ryku, entendiéndolo todo. Gustavo asintió.

—Y curiosamente lo mismo ocurre con los Pokémon cuando toman nuestras medicinas. Sin duda humanos y Pokémon somos muy diferentes.

—Pero ¿qué hay de los Enlaces? —recordó Ryku—. Ahí una persona se convierte en Pokémon, ¿no?

—Esa es una pregunta que te respondería mejor Bill. Desde un punto de vista científico, podría ser que, aunque con un Enlace activo el humano es un Pokémon, sigue siendo un humano. Esto se deriva en que los efectos de los objetos curativos para los Pokémon ni son beneficiosos ni perjudiciales. Más bien, se vuelven inmunes. Ahora bien, desde un punto de vista más tecnológico, más contestado por los desarrolladores de la tecnología Enlace, la respuesta podría ser muy diferente. Como ya he dicho, es mejor que se lo preguntes a Bill.

—Qué mal momento para haber formulado la pregunta ahora, ¿eh, Ryku? —soltó Dylan lanzando un mensaje indirecto a su amigo.

—Y qué lo digas. He tenido dos oportunidades de obtener la respuesta y las he desperdiciado. Para la próxima no me olvido.

El grupo continuó moviéndose por los pasillos del laboratorio deteniéndose de vez en cuando frente algunas salas y observar las investigaciones que se llevaban a cabo. Desgraciadamente, para los chicos ya no había nada que les despertara el interés, pues la gran mayoría de estudios trataban sobre cómo emplear los poderes de los Pokémon en beneficio de la humanidad como, por ejemplo, utilizar la electricidad que expulsaban los Pokémon eléctricos o ver si podían reducir la contaminación gracias a los Pokémon de tipo veneno. Finalmente, tras caminar por varios pasillos que daban la sensación de dar unas dimensiones infinitas al edificio, Gustavo entró contento en una de las grandes salas del pasillo.

—Y aquí es donde realizamos la investigación de la resurrección de los Pokémon prehistóricos —dijo aguantando la puerta.

Ryku, Dylan y Cetile se metieron en la sala lentamente y miraron en todas direcciones. Cada sección de la sala despertaba el interés de los chicos. En un lado había un pequeño invernadero donde unos científicos estudiaban y regaban unas plantas y pequeños árboles que Cetile jamás había visto. Por respeto, la joven amante de las plantas evitó sacar la cámara y ponerse a hacer fotos sin pensárselo dos veces. Mientras tanto, cerca del invernadero había un hábitat que contrastaba enormemente con el suelo de baldosas blancas y paredes grisáceas con una vegetación mezclada entre la más conocida en la actualidad hasta la más desconocida, ya fuera porque provenían de otras regiones o porque, simplemente, no existían. Al otro extremo de la sala había una enorme máquina de aspecto muy avanzado siendo utilizado por otro grupo de científicos.

En el hábitat no parecía que viviera ningún Pokémon especial, hasta que alguien tiró al agua algo de comida al estanque el cual estaba rodeado por la vegetación y de su superficie emergió unos tentáculos de color celeste. Ryku y Dylan contemplaron cómo estos rodeaban la comida y la hundían violentamente en el agua. El estanque entero se agitó durante unos segundos antes de volver a calmarse.

—¿Qué era eso? —inquirió Dylan.

—Eso, amigos míos, es la prueba irrefutable de que esa máquina de ahí funciona a la perfección —dijo Gustavo lleno de orgullo—. En ese estanque vive el primer Pokémon prehistórico que hemos logrado revivir. Y, precisamente, ese Pokémon nació de uno de los fósiles que encontré en el monte Moon.

—¿El que conseguiste conservar? —preguntó Ryku.

—El mismo.

—Un momento, Gustavo —lo interrumpió Dylan—. Creo que reconozco esos tentáculos, pero no recuerdo que fueran tan… largos. Es decir, vimos unos tentáculos similares de un Pokémon prehistórico cuando estuvimos en el zoo público de ciudad Fucsia. Pero estos no son exactamente iguales.

—Ah, conque también visteis al Omanyte que nos compró aquel hombre —comentó Gustavo—. Entonces ya estaréis familiarizados con este Pokémon, ya que se trata de su evolución. Su nombre es Omastar. Desgraciadamente, el Pokémon no suele emerger de las profundidades del estanque, aunque supongo que os podéis hacer una idea si visteis a Omanyte.

—Supongo.

De repente, un hombre de pelo corto y canoso y barba gris irrumpió en la conversación de los chicos con Gustavo. Este se dirigió a aquel hombre con mucho respeto. Ryku dedujo por aquella acción que debía tratarse de algún superior suyo. Aunque vestía igual que el resto de los científicos con esa bata blanca, corbata roja, pantalones grises y zapatos negros, en realidad no había nada que lo identificara como el jefe de Gustavo.

—Dígame, Gustavo. ¿Quiénes son estos chicos? —preguntó el barbudo.

—Son invitados que han decidido visitar las instalaciones —respondió el científico.

—Eso ya lo veo en sus identificaciones. Pero hay algo más, ¿verdad? Dudo mucho que haya abandonado la sala a toda prisa para convertirse en un guía turístico.

—Oh, claro, mis disculpas, señor Harold. —Los chicos se quedaron con el nombre del barbudo—. Verá, esto le parecerá interesante, ¿recuerda cuando le hablé de la obtención del fósil para el proyecto? —Harold asintió—. Bien, estos dos chicos de aquí son aquellos que evitaron que me robaran todos los fósiles.

—¿Esos rescatadores de los que tan bien hablaste? —se quiso asegurar Harold. Gustavo se lo confirmó con un movimiento de cabeza—. De modo que vosotros dos sois Ryku y Dylan, ¿eh? Hijos, no sabéis cuánto nos habéis ayudado en nuestra investigación. Sin vuestra intervención, no hubiéramos avanzado tanto como hubiéramos querido en este tiempo.

Harold se tomó la molestia de coger la mano a Ryku y moverla arriba y abajo en señal de agradecimiento. Hizo el mismo gesto con Dylan.

—N-No es para tanto… nos pillaba de camino… —quiso explicar Dylan.

—Fuera un acto voluntario o no, gracias a vosotros hemos conseguido poner a prueba la máquina de resurrección de fósiles y el estanque tiene un Pokémon extinto —dijo Harold quitándole importancia a las palabras del chico—. Os debemos mucho. Ojalá os lo pudiéramos recompensar de alguna manera que os beneficie.

—Con que sepamos ahora que se pueden revivir Pokémon extintos es suficiente, de verdad —intentó zanjar el tema Ryku—. No es necesario que piense en nada, de verdad.

—Bueno, está bien. Pero eso no significa que indirectamente vayáis a recibir algo a cambio —declaró Harold con cierto aire enigmático.

Ryku y Dylan intercambiaron una mirada. Miedo les daba en lo que pudiera pasar por la mente de un científico.

Durante la siguiente hora, tanto Harold como Gustavo enseñaron a los chicos todos los aparatos de interés con el máximo detalle que sus jóvenes mentes podían comprender. Cetile se pasó todo el tiempo parloteando con los científicos que cuidaban las plantas del invernadero y aprendiendo más de estas. Mientras Ryku y Dylan examinaban la máquina con la que los científicos habían logrado traer a la vida a un Pokémon extinto a partir de un trozo de piedra. Contra más miraban la estructura metálica del gran artilugio, más les recordaba a los chicos de que se trataba de una incubadora en vez de un aparato que devolvía a la vida a Pokémon muertos.

—Pregunta. Si solo hubo un fósil para resucitar a un Omanyte, ¿cómo es que hay uno en ciudad Fucsia y una evolución de ese Pokémon aquí? —inquirió Dylan.

—ADN —contestó Harold—. Como solamente disponíamos de un fósil con el que avanzar la investigación, decidimos dedicarnos a buscar la manera de revivir al mismo Pokémon varias veces a partir del mismo fósil.

—En otras palabras, este Omastar y aquel Omanyte… ¿Serían el mismo Pokémon? ¿Un clon del otro?

—Genéticamente hablando, sí. Ojalá pudiéramos conseguir que esa especie Pokémon fuera diferente entre sí, pero con un solo fósil del cual extraer el ADN, es imposible.

—Aún me cuesta entender cómo se ha conseguido esta hazaña científica, pero es muy interesante —opinó Ryku.

—Gracias, chico.

—¿Y algún día intentareis revivir a otros Pokémon extintos además de repoblar el mundo de Omanyte? —preguntó Dylan, curioso.

—Buena pregunta. Una respuesta corta es sí. Hubiéramos revivido a más Pokémon si a Gustavo no le hubieran robado el otro fósil. Hoy en día todavía quiero saber qué Pokémon habría salido de allí. —Harold soltó un suspiro de disgusto—. Sin embargo, a falta de otro fósil, bien es otra muestra de ADN de un Pokémon extinto.

—¿A qué se refiere? —cuestionaron los dos chicos a la vez.

—Estamos a la espera de la llegada de un fósil de características peculiares —informó Gustavo—. Básicamente, es especial porque no es una roca, sino ámbar fosilizado muy antiguo. Se encontró recientemente en ciudad Plateada y los científicos de allí han averiguado que ese ámbar contiene material genético intacto de otro Pokémon extinto. Cuando supieron de nuestro éxito con el fósil de Omanyte, se interesaron en descubrir qué Pokémon renacería de ese ámbar viejo. Y nosotros también.

Ryku se imaginó la clase de Pokémon extinto que nacería de aquel ámbar. Podía ser cualquier tipo de Pokémon. Quizá un Pokémon de tipo fuego. O uno de planta. Pegaba más un Pokémon de ese tipo si el fósil era resina de un árbol. No obstante, las posibilidades eran extensas. Literalmente, cualquiera de los tipos elementales que se conocían era una opción. Ryku sintió bastante curiosidad por saberlo.

En un punto de la conversación, Harold dejó caer un comentario que captó especialmente la atención de los chicos. Supuestamente, los científicos tenían entre sus planes hacer que los Pokémon extintos se relacionaran con los humanos más allá de las zonas de cautividad en las que se encontraban. En especial, mencionó a los entrenadores y pensó si serían capaces de entrenar a esos Pokémon, llevarlos a su evolución y, con suerte, establecer Enlaces con estos para combatir. Ryku y Dylan intercambiaron una mirada al escuchar aquello. Un combate con un Pokémon del cual no se sabía nada de lo que es capaz era peligroso, pero a la vez emocionante. Una parte de los chicos les hacía pensar que sería una buena manera de mejorar como entrenadores de Enlace.

Quizá esa sería la recompensa que comentó Harold con aires de misterio.

Poco después de enseñar toda la sala y de ver en más detalle al Omastar, Ryku, Dylan y Cetile creyeron haber exprimido a fondo la visita al laboratorio, cada uno a su manera. Harold y Gustavo ofrecieron a los chicos volver siempre que quisieran que tendrían la puerta abierta para los tres, pues ahora eran personas conocidas en el laboratorio. Ryku y Dylan no se desharían fácilmente de sus acciones en el monte Moon, algo que empezaba a molestarles. Se despidieron de los científicos y regresaron al albergue.

En el camino de vuelta, el grupo se topó con una pequeña festividad para los turistas en las calles. Había luces de colores por todas las calles, aunque, como el sol no se había puesto por completo, no se apreciaba mucho. Ryku bajó el ritmo con tal de observar el entorno, pero no se detuvieron y se dejaron llevar por las luces y la música.

Una vez en el albergue, el grupo cenó tranquilamente en el comedor. Si no fuera por unos pocos grupos más de entrenadores, hubieran tenido todo el comedor para ellos solos. Mientras comían, Ryku y Dylan contaron a Cetile aquella fama que le habían dado los científicos por evitar el robo de uno de los fósiles que se encontraron. Cetile se sorprendió ligeramente cuando descubrió que Ryku y Dylan se habían enfrentado al Equipo Leyenda en otra ocasión además de lo sucedido en ciudad Azafrán. Y algo le decía que no había sido siquiera la única vez.

Después de la cena, los tres jóvenes se despidieron y se fueron a dormir a sus respectivas habitaciones.