La ruta 21 era el recorrido marítimo más corto de todo Kanto sin contar la ruta 19, la cual solo era un fragmento de la ruta 20. El viaje sería más o menos directo, con pocas rocas sobresaliendo del agua o islillas. Tal y como Ryku suponía, en pocas horas pisarían la costa sur de Kanto, más concretamente la playa de pueblo Paleta. Por desgracia, el joven no contó con que aquel día el cielo estaría nublado y con intenciones de llover.
Ryku, Dylan y Cetile estaban en la playa norte de isla Canela mirando tanto el cielo como el mar y pensando en seguir con el plan o esperar a que las nubes se dispersaran.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Dylan—. ¿Nos volvemos hasta que el sol vuelva a aparecer o nos arriesgamos a que nos llueva encima?
—En las noticias no dijeron que llovería —replicó Ryku.
—Ya, pero las predicciones del tiempo no son infalibles. Y esas nubes no tienen un color que digan que solo van a estar ahí.
—Eso no es lo que realmente me preocupa, sino el mar. —Ryku hizo que Dylan se fijara en el agua que se extendía delante de ellos—. No está solamente encrespado. Esas olas podrían dificultar el viaje.
Dylan examinó detalladamente las olas. Las más grandes que detectó no debían alcanzar los dos metros de alto.
—Se calmará pronto —dijo Dylan con seguridad—. No hace tanto viento para que el mar empeore.
—¿Estás seguro de eso? ¿Crees que podrás navegar con tu Enlace? —inquirió Ryku.
—Claro. Os lo enseñaré.
Dylan se adelantó un poco y activó su Enlace. Ya con la forma de un Blastoise, se lanzó al mar y se puso a navegar entre las olas con suma facilidad. A pesar de que las olas lo oscilaban de manera que podía acabar dando pequeños saltos entre ellas, Dylan demostró que era capaz de mantenerse siempre en el agua con el caparazón al descubierto.
—Pues es verdad, se desenvuelve muy bien en estas condiciones —observó Ryku—. Pero el último voto lo tienes tú, Cetile. ¿Tú qué opinas? —Ryku se dio la vuelta y vio a su amiga ya con el chubasquero puesto. Hace unos segundos ni siquiera lo había sacado de su mochila—. ¿Cuándo te has…? —preguntó Ryku desconcertado.
—Desde que Dylan dijo que podía navegar fácilmente —respondió ella mientras se recolocaba el chubasquero—. Ya he ido en su caparazón un par de veces y sé con certeza que nada muy bien, pero ha de mejorar eso de evitar que el pasajero se moje constantemente. Por eso me lo he puesto cuanto antes.
—Entonces, ¿estás bien con que sigamos con el plan? —se quiso asegurar Ryku. Cetile asintió tras ponerse la capucha—. Muy bien. Avisaré a Dylan de que te recoja y nos pondremos en marcha.
Ryku se adelantó y activó su Enlace. Luego voló hasta la zona por la que estaba nadando Dylan, llamó su atención con la voz y le comunicó que Cetile esperaba a que pudiese subir a su caparazón. Dylan regresó a la orilla y ayudó a Cetile a aferrarse correctamente en su caparazón y fue adentrándose de nuevo en el mar lentamente hasta que Cetile ya se hubiera acomodado. Cuando lo hizo, la joven hizo una señal a Ryku de que estaban preparados y juntos emprendieron el camino por la ruta marítima.
La ruta 21 destacaba principalmente por su tranquilidad a la hora de tener encuentros con Pokémon salvajes dado que a la mayoría de especies de aquella zona prefería quedarse bajo el agua a subir a la superficie. Menos motivos tenían con el mal tiempo que hacía fuera del agua.
El viento obligaba a Ryku a esforzarse un poco más en mantener el equilibrio y volar junto a sus amigos. A veces, la dirección del viento cambiaba repentinamente y desigualaba las fuerzas que aplicaba el Charizard para no salir volando de un lado para otro como si no supiera volar. Ryku estuvo luchando contra el viento por al menos media hora, cuando este al fin se calmó. En el agua, Dylan y Cetile tenían menos problemas, pues el Blastoise procuraran que su pasajera no se mareara con los altibajos que hacían por las olas.
Pasaron un par de horas hasta que por fin todo el grupo pudiera viajar sin tener que combatir contra el temporal. El cielo comenzó a despejarse y las olas remitieron dejando el mar encrespado. No en el estado de encrespamiento más adecuado para navegar, pero sí el que más permitía no agitarse constantemente, algo que Dylan agradecía de buen gusto. Y Cetile también, la cual ya había testeado debidamente la funcionalidad del chubasquero.
Un tiempo más tarde, después de navegar y volar sin mayores problemas, Ryku divisó la costa de Kanto o, al menos, su silueta a lo lejos debido a la niebla que había en el horizonte. Aun así, aunque pareciera que estaban cerca de volver a pisar tierra firme, todavía quedaba un poco de trayecto.
Transcurrida prácticamente una hora más, Dylan y Cetile comenzaron a tener encuentros esporádicos con bancos de arena que sobresalían lo bastante para llamarlos islillas, pero tampoco sería posible de lo poco grandes que eran. Allí como mucho una persona podría pisar la arena y, máximo, dar dos o tres pasos antes de volver a poner los pies en el agua. De hecho, en algunos de aquellos bancos de arena había pescadores que hacían tiempo observando el mar mientras esperaban a que los peces picaran en sus cebos.
—Dylan, ten cuidado. Contra más te acerques a la playa, menos movilidad tendrás para nadar —advirtió Ryku desde lo alto.
—Ya me he dado cuenta. A veces noto como araño la arena de debajo con las garras. ¿Eso significa que ya estamos a punto de pisar tierra firme?
—Sí. Llegaremos a la playa en poco menos de diez minutos si seguimos este ritmo.
Cetile, que permanecía ajena a la conversación entre Dylan y Ryku, informó de que ya podía ver la playa y los árboles de Kanto, concluyendo en que estaba a punto de atracar.
Tal y como Ryku calculó, Dylan, Cetile y él pisaron la arena caliente de la playa de pueblo Paleta en el tiempo especificado. Ryku fue el primero en aterrizar y desactivar su Enlace. Quería tumbarse a descansar, pero prefirió aguantar un poco hasta que lo que pisaran fuera por lo menos la hierba del campo. Además, también debía calmar su espalda de la sensación de todavía tener alas. Entretanto, Dylan avanzó agazapado hasta que Cetile pudo desmontarlo sin mojarse los pies y luego se levantó y desactivó su Enlace.
—Menos mal que el mar se calmó a mitad de camino. Un poco más y no hubiera podido contener el mareo —comentó Cetile mientras se quitaba el chubasquero y sacudía el agua del mar.
—Pues menos mal, sí. No me hubiera gustado que vomitaras por el lateral del caparazón —añadió Dylan.
Ryku miró alrededor y observó nostálgico las decenas de metros de arena y las rocas que había en cada extremo. No visitaba la playa desde que Antorcha evolucionó a su fase final. Viejos recuerdos vinieron a la cabeza del joven y se solaparon con la realidad, creando siluetas ficticias de sí mismo y Antorcha como un Charmeleon entrenando en la orilla del mar y peleando contra los Pokémon de agua que nadaban cerca de la orilla. El mejor lugar donde mermar su orgullo y entrenarlo como era debido.
—¿Hola? Tierra llamando a Ryku.
La voz de Dylan y el sonido de un chasquido de dedos desvaneció el recuerdo de Ryku y trajo al chico de vuelta a la realidad.
—¿Q-Qué pasa? —dijo como si estuviera desorientado.
—Te he preguntado cuánta distancia nos queda hasta el pueblo —repitió Dylan—. ¿Qué estabas mirando que te ha dejado ensimismado?
—Nada importante, la verdad —respondió Ryku sonrojado—. Es solo que hacía tiempo que no venía a esta playa y…
Dylan miró en la misma dirección que Ryku cuando estaba sumiso en sus pensamientos y no le costó mucho darse cuenta de lo que estaba aconteciendo.
—Ya entiendo —dijo con una sonrisa malévola—, estabas recordando algo que te ocurrió aquí, ¿verdad? Sí, seguro que es eso. Déjame adivinar…
—No es necesario que…
Dylan cortó a Ryku levantando un dedo.
—Tuvo que ser algo digno de volver a recordar, está claro. ¿Algo divertido? Puede, pero no estabas sonriendo ni aguantándote la risa. ¿Algo impresionante? Lo dudo, sobre todo si nos fijamos hacia dónde dirigías la mirada. Debió ser algo único, algo de lo que te sientas… no sé, orgulloso de lo que conseguiste.
—¿Quieres dejar de actuar como si fueras un detective? He dicho que no fue nada importante —protestó Ryku. Estaba más ruborizado que antes.
—¡Ya sé! —continuó Dylan ignorando las palabras de su amigo—. Es porque aquí debiste realizar parte del entrenamiento de tu Pokémon de Enlace, ¿verdad? Vamos, admítelo.
Entonces Ryku se calmó y el rubor de su rostro desapareció. Se había dado cuenta de que no necesitaba avergonzarse por ello.
—Vale, lo admito —confesó Ryku—. Pero es algo que ya deberías saber, Dylan. ¿O acaso has olvidado la conversación que tuvimos sobre nuestros Pokémon cuando nos dirigíamos a ciudad Carmín y pasamos por la guardería Pokémon?
—No me he olvidado. Pero, a diferencia de lo que yo conté, tú no explicaste ninguna anécdota que estuviera relacionada directamente con el entrenamiento de tu Pokémon. Solo algunas graciosas del día a día con él.
—¿Por qué te interesa tanto conocer el entrenamiento que hice con Antorcha? —inquirió Ryku—. ¿Tan atrayente es educar a un Charmander con la finalidad de convertirlo en un Charizard?
—Teniendo en cuenta que en Kanto no se suele entrenar a ese Pokémon, pues sí. Además —añadió rápidamente Dylan—, seguro que hasta Cetile estará encantada de conocer esa historia.
—No creo que a ella… —Ryku no terminó la frase cuando miró a su amiga y la vio con la típica cara de emoción cuando estaba envuelta de flores, árboles y Pokémon de tipo planta. Ryku suspiró, abatido por no tener una vía de escape—. Está bien, os contaré una anécdota que tuve con Antorcha en esta playa. Pero solo una, ¿vale? Me gustaría llegar a casa para comer.
Dylan y Cetile asintieron satisfechos y Ryku los llevó a la zona de la playa donde tuvo aquel recuerdo. Una vez allí empezó a explicar que traía a Antorcha en su segunda fase evolutiva a la playa porque era el terreno perfecto y más cercano donde podía controlarlo y debilitar su orgullo a partes iguales. Gracias a que estaban en la orilla, las llamas del Charmeleon no incendiarían nada próximo durante los combates, y mermaba su orgullo haciéndolo luchar contra los Pokémon de tipo agua que se acercaban a la orilla tras oír los rugidos de desafío de Antorcha. Ryku contó que las primeras veces que venía no daba órdenes al Charmeleon para después de regresar a casa, hablar con él sobre la experiencia recibida con la ayuda de la profesora Dalia. No explicó cuántas veces realizó esa técnica, pero sí la que hizo que Antorcha aceptara entrenarlo.
—Perdió estrepitosamente contra un Tentacruel —dijo Ryku seriamente—. Fue doloroso ver como ese Pokémon zarandeaba a con sus tentáculos a Antorcha y luego lo estampaba contra la arena. Si no lo hubiera metido en su Pokéball para protegerlo, probablemente mis intenciones de entrenamiento hubieran acabado ahí. Sin embargo, era necesario que experimentara esa derrota para continuar con el adiestramiento.
—Comprendo la estrategia que empleaste: querías que Antorcha supiera de primera mano que no era poderoso ni invencible para luego fortalecerlo tú y ganarte su respeto —señaló Dylan.
Ryku rio.
—Su respeto no me lo he ganado; nunca conseguí ese logro. Pero sí alcancé el siguiente objetivo del entrenamiento, que era el que acabas de comentar: fortalecer a Antorcha. Todo con el único objetivo de luchar de nuevo contra aquel Tentacruel u otro y derrotarlo con tan solo unas heridas leves. Después de varios años, alcanzamos esa meta. Y después…
—Antorcha evolucionó a Charizard —acabó la frase Dylan.
Ryku asintió.
—Después de eso vino lo que ya sabes: establecí el Enlace con él y luego Antorcha fue mi entrenador para dominar el cuerpo de un Charizard. —Ryku suspiró después de sentir que se había quitado un peso de encima—. Bien, así concluye la anécdota que recordaba en la playa. Hayáis tenido suficiente o no, nos vamos de inmediato.
—Un momento —saltó repentinamente Cetile—. Ryku, gracias por contarme esa historia, pero ahora también quiero que Dylan cuente cuánto le costó convertir a su Pokémon en un Blastoise.
—¿Qué? ¿Ahora quieres que el que cuente sea yo? —preguntó Dylan sobresaltado.
—Claro. Ahora que conozco un poco sobre el entrenamiento de Ryku, también me gustaría saber un poco más del tuyo. ¿No sería un poco injusto que te lo reservaras?
—Para nada. Ryku ya está al corriente del entrenamiento que le hice a mi Squirtle para evolucionarlo, ¿verdad, Ryku? —El joven asintió—. ¿ves? Además, esto lo he hecho como una pequeña venganza por su insistencia a cierto evento que me ocurrió en la ruta 8.
—¿En serio me has hecho explicar el entrenamiento de Antorcha por eso? —preguntó Ryku claramente molesto. Dylan asintió y casi se sintió avergonzado tras revelar el motivo—. Mira que ya te vale.
—Aun así, tampoco me incomoda hablar de ello —continuó respondiendo Dylan a Cetile—. Puedo explicarte algunas cosas mientras nos dirigimos a pueblo Paleta, pero, a cambio, tú también narrarás el entrenamiento de tu Venusaur. ¿Trato?
—Trato.
Durante el trayecto que separaba la playa de pueblo Paleta, Cetile y Dylan estuvieron conversando tendidamente sobre los entrenamientos de sus respectivos Pokémon. Ryku solía mantenerse aislado de la charla hasta que era el turno de Cetile de hablar. Sus historias sobre cómo entrenó a su Bulbasaur eran más interesantes que las de Dylan, pues ella también tuvo que pasar por alguna fase adicional más allá de conocer las debilidades y fortalezas de su Pokémon y emplearlas en combate. Cetile explicó que, además de eso, tenía que cuidar a su Bulbasaur como si de una planta se tratara. Los entrenamientos que solo se enfocaban en dominar movimientos los hacía en días soleados y, a veces, en plenas lluvias. También regaba constantemente el bulbo de su espalda y procuraba mejorar en todo momento la relación con su Pokémon. Así logró que evolucionara a Ivysaur. El entrenamiento de la segunda fase evolutiva no variaba mucho de la primera, donde la máxima diferencia era que el Ivysaur estaba más preparado para combatir mucho más a menudo que en su fase evolutiva anterior, lo que suponía una aceleración en el progreso de alcanzar la fase final. Con la ayuda de Erika, el Ivysaur no tardó en evolucionar a Venusaur. A partir de ahí la historia ya igualaba a la de Dylan y Ryku con lo difícil que era liberar a su Pokémon después de obtener su Enlace.
—¿Y no le pusiste ningún mote a tu Venusaur? —inquirió Dylan—. No lo has mencionado en ninguna parte de la historia.
—Si no me lo preguntas, no lo creía necesario —respondió Cetile—. Tú tampoco te has molestado en decirme el nombre de tu Blastoise. El único que lo ha hecho ha sido Ryku, y porque parecía que te lo estaba explicando a ti todo.
—Pues es verdad que no lo he dicho en ningún momento —se dio cuenta Dylan—. Bien, entonces diré yo el nombre del mío y luego tú, ¿de acuerdo? —Cetile asintió—. Mi Blastoise responde al nombre de Hidrocan.
—El mío, al de Flosdres.
—Curioso, el nombre que le pusiste a tu Venusaur es el menos se relaciona con alguna característica de este.
—No te creas. Basé el nombre íntegramente en la planta de su espalda, solo que intenté que no sonara tan obvio. Igual hiciste tú a la hora de llamar Hidrocan a tu Blastoise, ¿no?
—En parte. Yo sí le puse un nombre sin tratar de disimularlo. Simple y a la vez llamativo. Al menos así lo veía de pequeño.
—Chicos —avisó Ryku a sus amigos—, hemos llegado.
El grupo divisó pueblo Paleta no muy lejos de donde se encontraban. Ya podían ver las casas que los componían y los verdes terrenos sobre los cuales estaban edificadas. Las casas compartían prácticamente la misma estructura: un tejado triangular de color rojo, paredes blancas y dos pisos. Aun así, había algún que otro que destacaba al menos en su forma, como era el caso de una granja no muy separada del pueblo. El único edificio que realmente parecía no pertenecer al pueblo era un edificio rectangular de tejado liso de color beige con una chimenea roja, paredes color beige y hasta cuatro pisos en lo alto de una pendiente. Daba la sensación de que quien viviera allí era la persona más importante del pueblo.
—Solo es el laboratorio de la profesora Dalia —reveló Ryku—. No es la persona más importante del pueblo ni mucho menos.
—Pero es una Profesora Pokémon. Algo de importancia tiene —contrapuso Dylan.
—Ni se te ocurra decir eso delante de ella —aconsejó Ryku—. Dalia no se vino a vivir al pueblo solo por encontrar un lugar donde realizar sus investigaciones, sino porque también es un lugar tranquilo. Ella no busca fama de ningún tipo, aunque sea esta quien la encuentre.
—Vale. No tratarla como si de una persona importante se tratara. Mensaje captado.
Ryku y compañía entraron en el pueblo y bastó con andar unos segundos por las calles para que la gente del pueblo reconociera al joven de pelo negro y dejaran los que estuvieran haciendo en esos instantes con tal de saludarlo. Dylan y Cetile se quedaron perplejos ante la inmensa popularidad que tenía su amigo en el pueblo. No obstante, Ryku intentaba que la gente no se mostrara tan alegre de volverlo a ver con el objetivo de mantener su regreso en secreto y dar así una sorpresa a sus padres. La gente entendió la petición de Ryku y lo ayudaron a que el pueblo celebrara su llegada con la mayor sutileza posible, aunque los más pequeños eran imposibles de hacer que se comportaran como Ryku quería y con ellos sí debía estar un rato con ellos. Dylan se fijó en que Ryku se quedó más tiempo que el resto con un niño de pelo castaño y ojos verdes que tenía un Pidgey en el hombro.
—¿Por qué has estado más tiempo con él que con el resto? —preguntó Dylan intrigado.
—Ah, es el hermano pequeño de un amigo mío —contestó Ryku—. Quizá puedas hacerte una imagen de él, ya que se trata de aquel piloto de STA con el que me quedé hablando un rato antes de que volásemos a ciudad Fucsia. El del Enlace de un Pidgeot.
—Ah, sí, me acuerdo de él. De modo que su hermano pretende seguir sus pasos, ¿no? Por lo del Pidgey que tenía en el hombro.
—Bueno, no estoy seguro. Sé que pretende convertirse en un Entrenador de Enlace como nosotros, pero no para qué lo va a usar exactamente. Puede que realice el mismo viaje de recolección de medallas como nosotros en el futuro.
—Pues teniendo en cuenta los tipos de cada Gimnasio, un Pidgeot es una muy buena elección. Solo tendrá problemas con Brock y Surge por resistencia y debilidad de tipo respectivamente. Aunque, como bien sabemos, eso es solo la teoría. En la práctica todo puede cambiar.
—Dímelo a mí —dijo Ryku entre risas—. La mitad de mis combates contaba con desventaja de tipo por resistencia a los míos o debilidad a los suyos.
—Cierto —apoyó Dylan con las mismas risas.
Ryku se detuvo frente a una de las casas que estaba protegida por una valla de color marrón oscuro y barnizada para que no se notara mucho la antigüedad de la madera. El jardín interior gozaba de un árbol cuyo grueso tronco invitaba a pasar el día sentado bajo sus ramas. Ryku abrió la pequeña puerta que dividía la hierba del jardín de la que decoraba el camino y recorrió el corto sendero adoquinado hacia la puerta azul de su casa. Esperó unos segundos antes de tocar el timbre.
Pasó medio minuto para que se escuchara las pisadas de alguien acercándose a la puerta y abriéndola acto seguido. Quien apareció al otro lado era una mujer de cabello castaño y recogido en una coleta con una goma azul claro. Tenía los ojos marrones y vestía una camisa de manga corta de color rojo sobre otro de color rosa, una falda granate y unos zapatos marrones de suela ancha. Por unos instantes, la mujer no reconoció a Ryku por haberse fijado antes en Dylan y Cetile que en él, pero cuando lo hizo, se llevó las manos a la boca.
—Hola, mamá —saludó Ryku.
—Ryku, has vuelto —dijo su madre conteniendo una lágrima—. Cuánto me alegro de volverte a ver. ¿Por qué no me avisaste de que venías?
—Quería hacer una visita sorpresa.
—Y lo has hecho. Vaya sí lo has hecho. Incluso vienes acompañado. ¿Quiénes son estos jovencitos?
—Ellos son Dylan —presentó primero Ryku y esperó a que su amigo terminara su saludo—. Y ella es Cetile. —La chica hizo una reverencia tímidamente.
—¿Dylan, dices? Es ese amigo que hiciste cuando empezaste tu viaje, ¿no? —se quiso asegurar la madre de Ryku. El joven corroboró sus palabras con un movimiento de cabeza—. Encantada de conocerte en persona, Dylan. Y a ti también, Cetile, mi hijo no me ha hablado mucho de vosotros, pero sí lo suficiente saber quiénes sois.
—No pasa nada. Seguro que Ryku explicaba cosas que os serían más interesante de escuchar —dijo Dylan sin darle importancia—. Vamos, creo que es más relevante ver cómo recolecta medallas que lo que hagan sus compañeros de viaje.
—Es cierto, pero eso no significa que no desee conoceros mejor —contrapuso la mujer—. Adelante, pasad. Debéis estar agotados de vuestras andaduras. Sentíos como en vuestra casa.
Dylan y Cetile entraron en la casa y se pusieron a explorar un poco la planta baja. Ryku entró más tarde y se quedó un momento a solas con su madre.
—¿Dónde está papá? —preguntó Ryku.
—En el jardín trasero jugando con Aradya.
—¿Aradya? ¿Quién es?
—Una pequeña sorpresa que tu padre y yo nos guardamos para cuando volvieras a casa —sonrió su madre—. Sabía que vendrías, pero no cuándo. No esperaba que hoy fuera el día.
—Ya veo…
—Voy a preparar la comida, que hoy hay más bocas que alimentar —comentó la madre de Ryku dando por finalizada la conversación—. ¿Por qué no llevas a tus amigos a conocer a tu padre? Seguro que está tan distraído con Aradya que no se habrá dado cuenta de que tiene visita.
—Es lo que pretendía hacer. Tengo mucha curiosidad por conocer a Aradya, sea quien sea, si papá se divierte con ella… o él.
—Seguro que os llevareis bien. Ya lo verás.
Dicho esto, la madre de Ryku se dirigió a la cocina y él se reunió con sus amigos en el salón, los cuales miraban atónitos a su alrededor. Los tres dejaron las mochilas en el sofá.
—Caray, Ryku, aun sabiendo que es una casa rural, cualquiera lo compararía con una mansión —opinó Dylan.
—Diría que es hasta más grande que mi casa —añadió Cetile.
—¿No estáis exagerando un poco? Todas las casas del pueblo son así replicó Ryku—. Ninguna tiene nada que realmente la haga parecer impresionante. La mansión de Koga le da mil vueltas a la mía.
—Ya, pero es la impresión que da.
—Pues me hacéis dudar si debo enseñaros mi habitación —bromeó Ryku—. De hecho, creo que dejaremos eso para luego. Mi madre me ha dicho que mi padre está en el jardín de atrás con alguien llamado Aradya. Es la primera vez que escucho ese nombre, así que me pica la curiosidad.
Ryku condujo a Dylan y Cetile a la parte trasera de la casa y salieron por una amplia puerta de cristal que daba al jardín de atrás. Allí estaba su padre, un hombre de pelo corto y negro, barba bien afeitada y ojos marrones que vestía una camisa de rayas gris y blanco, unos pantalones azules y unos cómodos zapatos negros. El hombre estaba agazapado y acariciando la hierba del suelo, aunque aquella era solo la visión que recibían Ryku y compañía desde su posición.
—¡Papá! —llamó Ryku.
El hombre detuvo su actividad, se levantó y se giró. Se llevó las manos a la cintura y esbozó una enorme sonrisa.
—Pero mira quién ha vuelto a casa —dijo sin disminuir su sonrisa. Se acercó al grupo y acarició el pelo de su hijo, desgreñándolo en el proceso—. Ni más ni menos que el coleccionista de medallas —rio—. Espero que en el proceso me hubieras hecho caso de mis advertencias.
—Lo hice, papá, lo hice —respondió Ryku zafándose de la caricia de su padre—. Ya puedes dejar que recupere el aire.
El padre de Ryku rio de nuevo y liberó a su hijo de sus brazos.
—Vas a tener que contarme lo que has vivido en tu viaje. Y también algún que otro combate de Gimnasio. Quiero saber cuán fuerte te has vuelto con el Enlace de Antorcha.
—Luego, cuando mamá también esté en la conversación —pospuso Ryku—. Ahora me gustaría presentarte a mis amigos…
—Dylan y Cetile, ¿verdad? —dijo su padre directamente—. Deben serlo. Son las únicas personas que comentaste a tu madre y a mí que te acompañaban en el viaje. A menos que hubiera alguien más que después se separara del equipo.
—No, ellos son los únicos que han estado conmigo todo el camino. Bueno, Dylan. Cetile se unió antes de que abandonara ciudad Azulona y me dirigiera a ciudad Fucsia —sentenció Ryku las sospechas de su padre.
—Comprendo. —El hombre se calmó un poco—. En fin, me alegro de conoceros en persona, chicos. Espero que vuestra estancia en pueblo Paleta os sea agradable.
—Por ahora lo es, señor —comentó Cetile.
—Genial.
Hubo un corto silencio que Ryku rompió cambiando de tema.
—Oye, papá, mamá me ha hablado de que estabas jugando con alguien llamado Aradya. ¿Quién es?
—Ah, ¿no te lo ha contado? —preguntó el padre de Ryku un tanto sorprendido. El joven negó con la cabeza—. En ese caso, es mi turno de presentarte a alguien.
El padre de Ryku se dio la vuelta y llamó a Aradya como quien llamaba a cualquier Pokémon mascota. Entonces Ryku comprendió la sorpresa que mencionaba su madre. Sus padres habían comprado o adoptado un Pokémon que habían registrado como Pokémon mascota. Se preguntó cuál sería, pero no se molestó en pensar en las opciones cuando su padre se agachó, cogió algo entre sus brazos y se dio la vuelta.
—Ryku, te presento a Aradya, el nuevo miembro de la familia.
Era un Eevee. Aquel pequeño zorrillo de orejas puntiagudas, pelaje de color café, cola en forma de punta de un pincel con una mancha de color crema en la punta y una suave y espesa melena alrededor de color crema. Lo único que diferenciaba a ese Eevee del resto de los de su especie era un diminuto lazo de un rosa pálido cerca de su oreja izquierda.
Aradya miró curiosa a los tres jóvenes con sus ojos marrones, como si los estudiara desde la distancia. Ladeaba en ocasiones la cabeza. El padre de Ryku le informó de quiénes eran y eso ayudó mucho a la pequeña Eevee a tomar una decisión sobre cómo comportarse frente a aquellos supuestos desconocidos. Soltó su clásico sonido Pokémon y se puso muy contenta de verlos.
—Es un poco desconfiada al principio —dijo el padre de Ryku—, pero luego no tarda en revelar su verdadera personalidad. Es inteligente, alegre, cariñosa y muy, pero que muy juguetona. ¿Verdad, Aradya?
La Eevee respondió con agradable chillido.
—¿Desde cuándo la tenéis exactamente? —inquirió Ryku—. Mamá me dijo que me la mantuvisteis en secreto.
—Oh, hace bastante ya que forma parte de la familia. Si mal no recuerdo llegó poco después del accidente del S.S Anne. Y de eso ya hace varios meses.
El padre de Ryku dejó a Aradya en el suelo y la Eevee se acercó a Cetile y Dylan en busca de conocerlos mejor además de querer jugar con ellos mientras recibía alguna que otra caricia.
—¿Y por qué la comprasteis? —preguntó Ryku—. Desde luego esta es la sorpresa que menos me esperaba recibir cuando regresara.
—¿Comprar? —repitió su padre como si la palabra le fuera graciosa—. Aradya no es una mascota comprada, ni siquiera la adoptamos. La realidad te parecerá más sorprendente todavía: nos la regalaron.
Ryku miró a su padre con los ojos muy abiertos.
—¿En serio? ¿Y quién podría regalaros un Eevee? ¿La profesora Dalia, quizá?
—He dicho que te sorprenderías mucho, ¿no? Dalia fue nuestra primera opción, pero resulta que la generosa persona que nos la entregó lo hizo en persona. Era bastante joven, no debería superar la treintena y se le veía bastante animado de regalarnos a Aradya, nombre el cual se lo pusimos tu madre y yo. El nombre de ese joven era… espera un momento… ah, ya, Bill.
—¿¡Bill!? —exclamó Ryku.
El grito del joven había llamado la atención de sus amigos y de la Eevee. Ambos amigos también se mostraron igual de impactados que Ryku al escuchar el nombre del creador de la tecnología Enlace. Aradya, sin embargo, miraba extrañada a todos por igual, confusa de lo que estaba ocurriendo.
—Sabía que te impresionaría. Bill nos contó que era un viejo conocido tuyo y que hiciste mucho por él, como ayudarle con un grave problema que tuvo en su casa. No dio detalles, pero aseguró que se trataba de algo muy controlado y no había de qué preocuparse. Eso lo dijo especialmente por tu madre.
—¿Por qué Bill os regaló un Eevee? Y lo que es más curioso, ¿cómo os encontró? No recuerdo haberle mencionado donde vivimos.
—Ah, eso es porque, según las palabras de Bill, quería compensar el daño que os había causado a ti y a uno de tus amigos, el cual supondré que es Dylan. Comentó que fue él quien os regaló los billetes para subir al crucero de lujo más famoso del mundo y que, después de lo que le ocurrió, no se sintió bien y quiso arreglar las cosas. Y nos encontró gracias a ti y a tu tarjeta de entrenador, aunque le costó encontrar nuestra casa: se equivocó varias veces. Pero cuando dio con la correcta nos suplicó que aceptáramos a Aradya. Solo teníamos que firmar unos papeles para traspasar la propiedad de la Eevee a nosotros y listo. Todo lo demás ya se había encargado él.
Ryku lanzó una rápida mirada a Dylan, el cual no necesitó que su amigo le formulara la pregunta obvia.
—Tendré que preguntar a mis padres si también han recibido otro Eevee de su parte.
Acto seguido, Ryku retomó la conversación con su padre.
—¿Solo por eso? —El joven no entendía las acciones del investigador Pokémon—. Siendo honesto, me parece demasiado que nos haya regalado un Eevee solo porque Dylan y yo no pudiéramos disfrutar del S.S. Anne como debiéramos. —Ryku miró rápidamente a Aradya y ella se la devolvió. Se quedaron así unos segundos y luego Ryku se acercó y acarició la cabeza del Pokémon, el cual se lo agradeció con un suave gruñido de cariño—. Aunque tampoco es que lo vea nada mal.
—Eso mismo pensamos tu madre y yo cuando tuvimos a Aradya entre nuestros brazos —dijo su padre—. Bill dijo que lo podíamos considerar una manera de mantenernos distraídos mientras tú seguías con tu viaje. Al principio no me gustó esa respuesta, pero con el paso de los días descubrí que ese joven tenía toda la razón. Aradya aumentó mucho la actividad en la casa. No hacía tanto ejercicio desde que tenía que evitar que tú y Antorcha os alejarais demasiado del pueblo.
—Pues sí que es activa —rio Ryku.
—Muchísimo. Llevo una hora jugando con ella y mírala, tan enérgica como esta mañana. ¿Por qué no me ayudáis a hacer que se canse, aunque sea un poco?
El padre de Ryku no le hizo falta insistir en la petición de ayuda cuando Cetile animó a Aradya a que la siguiera y juntas se pusieron a jugar con una pequeña pelota roja con la que antes estaba disfrutando en Pokémon. Poco después se unió Dylan y él y Cetile se pasaron la pelota desafiando a la Eevee a apoderarse de ella antes de que llegara al otro. El Pokémon demostró tener una agilidad y velocidad superior a la fuerza con la que los jóvenes lanzaban la pelota y no tardó en empezar a bloquear los pases. Entonces, Ryku y su padre participaron en el desafío y pusieron a Aradya en un aprieto del que le fue bastante más difícil descubrir el destinatario al que se dirigía su pelota. Eso no significaba que en alguna ocasión lograra atraparla entre sus dientes.
Pronto Aradya se aburrió de jugar con la pelota y los demás agradecieron enormemente tener un momento para respirar. Las cuatro personas se sentaron en la hierba a descansar mientras Aradya seguía moviéndose de un lado para otro, curioseando su entorno e interactuando con todos. A Aradya le gustaba saltar en el hombro de las personas y mantener el equilibrio caminando entre uno y otro pasando por la espalda. Era increíble lo bien que lo hacía y, sobre todo, lo poco molesto que resultaba que se moviera sobre alguien. Parecía que les estuviera masajeando la espalda cada vez que iba al otro hombro.
Finalmente, Aradya dejó de ir por todos lados y se quedó tranquila en el hombro de Ryku, aunque vio más cómodo tumbarse en sus piernas. Ahí se tumbó y permaneció atenta a lo que ocurría a su alrededor.
—Parece que me ha cogido cariño —comentó Ryku.
—Eso es muy positivo —añadió su padre—. Aradya comprende que debe establecer una buena relación contigo ya que serás a quien más vea de vosotros tres. Y porque, básicamente, también eres su dueño.
Ryku acarició la nuca de la Eevee y esta se dejó lleva por el masaje hasta el punto de cambiar su postura a una donde la recepción de las caricias tuviera el máximo efecto en ella.
Un tiempo más tarde, la madre de Ryku irrumpió en el jardín y avisó a todos de que la comida ya estaba casi preparada y que fueran poniendo la mesa. También recomendó a Ryku y a sus amigos que llevaran sus pertenencias arriba. Ryku obedeció y, acompañado de Dylan y Cetile, recogieron sus mochilas y subieron a la segunda planta. La habitación de Ryku era la última puerta a la izquierda. Después, los tres jóvenes bajaron y ayudaron al padre de Ryku a poner la mesa.
Durante la comida, y para que no sólo se escuchara el sonido de los tenedores chocando con los platos, el padre de Ryku pidió que se le explicara alguna historia corta que animara un poco el ambiente. No era necesario que se tratara de un combate Pokémon, solo de algo divertido que le ocurriera durante el viaje entre ciudades y que no le hubiera mencionado ya en los vídeos que les mandó. A Ryku no se le ocurrió nada que cumpliera esos requisitos hasta que Dylan preguntó si habló en detalle de su aventura en la Zona Safari o sus últimos conocimientos adquiridos en el Laboratorio de isla Canela. Ryku recomendó más lo segundo, pues no había dicho a sus padres que venía precisamente de la isla. Aquello bastó para mantener amena las conversaciones en la mesa.
Más tarde, Ryku dijo a sus padres que se llevaba a Dylan y Cetile a ver el pueblo y, si estaba disponible, también a visitar a la profesora Dalia. Los padres de Ryku estuvieron de acuerdo y su madre le advirtió que regresaran antes de la hora de cenar. Luego los tres jóvenes salieron de la casa y volvieron a las calles del pueblo.
Ryku ya avisó a sus amigos de antemano que el pueblo no era precisamente un lugar muy turístico. Con lo que habían visto de camino a su casa podría decirse que han visto lo más importante a menos que les apeteciera ver trabajar a los granjeros de las afueras. Dylan y Cetile estuvieron de acuerdo en que aquello no les interesaba demasiado, de modo que el único motivo por el que estar fuera era visitar a la profesora Dalia.
—Con un poco de suerte no la encontraremos trabajando —dijo Ryku cuando se plantaron frente al sendero que ascendía por una pendiente hasta el laboratorio de la profesora.
—¿En qué trabaja? —inquirió Cetile.
—Es la encargada de actualizar con nueva información los registros de los Pokémon en la Pokédex y en ocasiones ayuda a Bill con su trabajo. Probablemente esté recopilando datos sobre los Pokémon prehistóricos que descubrimos en isla Canela antes de que se vuelvan Pokémon con los que se puede establecer un Enlace.
—Suena interesante. ¿Algo más?
—Bueno, sí, pero sería mejor que os lo enseñara ella misma. Ya lo haré yo en caso de que esté ocupada.
Ryku pulsó el botón el timbre y sonó como si de una alarma se tratara. Dylan y Cetile se taparon los oídos por el inesperado estruendo, mientras que Ryku ya estaba demasiado acostumbrado a ese tono. Nadie respondió al momento, pero alguien terminó abriendo las puertas en los segundos siguientes.
Quien los recibió fue una mujer de cabello negro recogido en una coleta que le llegaba hasta casi la mitad de la espalda. Unas gafas de cristal pequeñas cuyos terminales estaban unidos por una fina cuerda protegían unos inteligentes ojos azules. La mujer vestía la típica bata de laboratorio sobre una camiseta roja y unos pantalones cortos de color marrón y unos zapatos negros de tacón bajo y cuadrado. Sujetaba en uno de sus brazos una libreta para escribir apuntes.
—Anda, Ryku, qué alegría volver a verte —dijo a modo de saludo—. ¿Cuándo has vuelto?
—Hoy mismo, hace unas cuantas horas ya —respondió él.
—Ah, entonces supongo que estás dando la noticia de tu regreso a todo el pueblo, ¿verdad?
—Podría decirse así, sí —rio Ryku—. Pero también estoy enseñando un poco el pueblo a mis amigos y, como deducirás, el laboratorio de la profesora es lo que más les interesa.
—Sí, puedo ver que ellos también tienen brazaletes Enlace. Deben ser entrenadores como tú, ¿no?
—En realidad, solo yo lo soy —contrapuso Dylan.
—Yo solo lo empleo como defensa personal contra Pokémon salvajes que me quieran atacar, no para combatir —agregó Cetile.
—Entiendo, entiendo —dijo la mujer meneando la cabeza—. Bueno, ahora que habéis hecho esa pequeña presentación, que menos que yo también me presente. Soy Mary, ayudante de la profesora Dalia.
—Yo soy Dylan.
—Y yo, Cetile.
—Encantada de conoceros.
—Entonces, ¿podemos ver a Dalia? —preguntó Ryku.
—Claro. Aunque a estas horas está trabajando, no se trata de nada que requiera la máxima atención. —Aquello animó a los amigos de Ryku—. Seguro que se alegra de verte y de conocer a tus amigos. La encontrareis en la parte de atrás de la finca, cuidando de los Pokémon que atiende actualmente. ¿Puedes encargarte tú, Ryku?
—Sin problema.
Mary asintió y dio las dos opciones que había con tal de llegar al lugar donde estaba Dalia. Podían ir por dentro del laboratorio o, simplemente, rodearlo. Ryku vio más oportuno la primera opción, así hacía un poco de guía de sus amigos por donde solía trabajar la profesora Dalia. Dylan y Cetile estuvieron de acuerdo con su propuesta y Mary los dejó pasar.
Nada más entrar en el laboratorio, Dylan y Cetile comprobaron la gran diferencia que había con el laboratorio de isla Canela con una estructura más simple y diseñada para investigar cosas muy específicas. Además, también era donde vivía Dalia y, al igual que el Gimnasio de Blaine, había secciones que eran partes comunes de una casa cualquiera: un salón, una cocina, un lavabo y unas escaleras que daban al segundo piso donde Ryku explicó que estaba su habitación. Todo ello en un extremo del edificio. Al otro, estaba todo el área de trabajo de la profesora Dalia: unas cuantas habitaciones pequeñas donde se archivaban información diversa sobre los Pokémon y demás, unas escaleras que daban a otra zona del segundo piso y otra habitación más grande que tenía una parte dividida en tres hábitats para un tipo determinado de Pokémon los cuales eran Pokémon de tipo agua, planta y fuego y otros aparatos de alta tecnología pero de fácil reconocimiento, como la máquina de curación básica que suele haber en todos los centros Pokémon y un sistema de copias de seguridad y almacenamiento de alta capacidad para su ordenador. Ryku reveló que en el piso superior había una máquina de intercambio y unas cuantas habitaciones diseñadas para poner en vigilancia a los Pokémon heridos.
Ryku abrió una puerta de cristal que había en la parte trasera del salón y sus amigos se asombraron del increíble paisaje que se extendía ante sus ojos. Cetile era quien, de lejos, más le encantaba lo que estaban viendo. Por su parte, Dylan solo admiraba lo sorprendente del entorno. Parecía que estaban contemplado una mezcla perfecta de distintos hábitats comprimidos en un solo lugar. Había montañas, cuevas, extensos campos de hierba, estanques, pequeños lagos, un río y un montón de arboledas repartidas por todas partes. Cetile se lamentó de no haberse traído la cámara consigo. Era un terreno digno de inmortalizar.
A media que se adentraban en los campos, los chicos pudieron observar a manadas de Rhyhorn y Tauros corriendo en estampida de un lado para otro. También había una manada de Rapidash que pastaban tranquilamente por los páramos a la vez que cuidaban y vigilaban a sus crías. En el cielo volaban bandadas de Pidgey y Pidgeotto y de Spearow y Fearow y, entre la roca de la montaña se podían distinguir grupos de Geodude. Más adelante, Ryku divisó a Dalia en la orilla de un estanque, arrodillada frente a un Poliwag y un Psyduck. Cuando el joven llamó la atención de la profesora, los Pokémon que andaban cerca de ella retrocedieron cautelosamente. No huyeron como hubiera hecho cualquier Pokémon salvaje, eso significaba que estaban acostumbrados a tener cerca a más humanos además de Dalia.
—¡Ryku! Cuánto tiempo sin verte —saludó alegremente Dalia. Abrazó cariñosamente al joven—. ¿Cuándo has vuelto? ¿Cómo te ha ido el viaje? ¿Has cumplido tus objetivos?
—He vuelto hoy. El viaje me ha ido muy bien y todavía no he cumplido mis objetivos —respondió Ryku—. Pero voy por el buen camino. Ya tengo en mi poder siete de las ocho medallas de Kanto.
—Me alegro mucho de oír eso. Significa que las cosas no podrían irte mejor. —Dalia lanzó una rápida mirada a los acompañantes de Ryku y se fijó en los brazaletes Enlaces que poseían—. Y decidme, ¿quiénes sois vosotros, jóvenes entrenadores?
—D-Dylan —se presentó el joven de pelo azul, conteniendo la emoción de tener delante de él a una Profesora Pokémon.
—Cetile —añadió la chica, ligeramente distraída por su alrededor.
Dalia se dio cuenta al momento de los gustos de cada uno.
—Encantada de conoceros. —Se volvió a Ryku—. Déjame adivinar los motivos adicionales por los que me has visitado. Primero, Dylan tiene pinta de que le encanta tener ante sus ojos a una Profesora Pokémon. Y Cetile… me atrevería a decir que está fascinada por el pequeño paraíso que he construido para los Pokémon.
—¿Tanto se nota? —se rio Ryku—. Dylan es alguien con quien comparto los mismos objetivos de recolectar las medallas de la región y ganar la Liga Pokémon. Y Cetile… bueno, es una gran aficionada a las plantas y a los Pokémon de tipo planta.
—Así que tengo frente a mí a un posible campeón de la Liga Pokémon y a una futura botánica.
—Creo que el término más adecuado para ella es fotógrafa de la naturaleza, ¿verdad, Cetile? —precisó Ryku.
—También —contestó ella sin excluir que deseara convertirse en una científica de las plantas cuando fuera mayor—. ¿Y usted, profesora? ¿A qué se dedica exactamente para tener este santuario para Pokémon?
—Por favor, tuteadme, no me gusta que me pongan en un ficticio nivel superior —insistió Dalia. Cetile asintió y pidió disculpas por ello. Dalia lo agradeció—. Verás, mi trabajo consiste en la investigación general de los Pokémon. En otras palabras, apunto las características básicas de cada Pokémon y las que más interesantes pueden llegar a ser. También me encargo de estudiar por encima algunas de las circunstancias bajo las cuales los Pokémon evolucionan, aunque quien se encarga a fondo de ese tema es Lilia, la Profesora Pokémon de la región de Sinnoh.
—Y para compartir toda esa información que recolecta, creó la Pokédex —añadió Ryku por si ella no lo comentaba.
—Aunque solo con información de los Pokémon nativos de Kanto y los que se descubren dentro de la región —concretó Dalia—. Fuera de aquí las encargadas son las Profesoras Pokémon de las otras regiones, las cuales también se encargan de recolectar información de los Pokémon nativos de sus respectivas zonas.
—Así que por eso tienes esta especie de utopía para los Pokémon. Como los estudias a la vez, necesitas disponer de varios hábitats donde puedan vivir relajadamente —dedujo Cetile.
—Exactamente, aunque esa no es la única razón —replicó suavemente Dalia—. Una parte de los Pokémon que viven aquí no son salvajes, sino que pertenecen a algún entrenador. Mi trabajo en ese aspecto es el de cuidar a esos Pokémon hasta que vuelven a estar llenos de energía para seguir con sus entrenamientos o, simplemente, pasan unas buenas vacaciones por su cuenta si sus dueños van a un lugar donde no pueden admitir cierto tipo de Pokémon, como por ejemplo algún Tauros o Rhyhorn. Eso, a su vez, me ayuda en mi trabajo principal de estudiarlos, siempre de manera que no les moleste.
—Hablando de estudiar Pokémon —dijo Ryku tras recordar algo al escuchar esas palabras—, he deducido por cómo lo mencionó Mary que últimamente estás trabajando mucho. ¿A qué se debe?
Dalia se quedó unos segundos en silencio.
—No sé si debería contároslo, pero también sé que eres alguien que sabe guardar secretos, Ryku. Espero que tus amigos también sepan guardarlos.
—Seremos unas tumbas. Palabra —prometió Dylan muy seriamente. Obligó a Cetile a que jurara de manera similar a él y Dalia se rio con aquello.
—Está bien, os lo contaré. Desde hace unos días, he estado en contacto con los científicos del laboratorio Pokémon en isla Canela sobre su reciente éxito en la resurrección de Pokémon prehistóricos que vivieron hace miles de años. Ya han conseguido revivir a una especie extinta y, después de una exhaustiva investigación por mi parte, junto a otros científicos por tratarse de un Pokémon de características especiales, se añadirá una nueva entrada en la Pokédex. Después, con el paso de tiempo, es muy probable que esos Pokémon estén disponibles para ser entrenados y establecer Enlaces con ellos. Suena emocionante, ¿verdad?
—Lo sería, si no lo supiéramos ya —comentó Ryku. Dylan y Cetile asintieron apoyando las palabras de su amigo. Dalia miró a los chicos sorprendida y con la extremadamente lógica pregunta dibujada en su rostro a la que Ryku respondió sin necesidad de que la profesora la formulase—. Es que hace pocos días visitamos el laboratorio de isla Canela y tuvimos la oportunidad de ver en persona a uno de esos Pokémon prehistóricos.
—Y en el zoo público de ciudad Fucsia había una evolución anterior al Pokémon del laboratorio —añadió Dylan.
—Veo que los científicos no mantuvieron en secreto ese descubrimiento, aunque tampoco me extraña —dijo Dalia un tanto molesta—. El hombre que descubrió el fósil del cual nació el Pokémon prehistórico tenía pinta de persona eufórica en esos asuntos.
—Si te confesamos algo, Dalia, la verdad es que Dylan y yo ayudamos indirectamente a que se pudiera revivir al Pokémon prehistórico.
—Gracias por contarme ese secreto, Ryku —agradeció Dalia con una sonrisa—. Ahora entiendo la historia de ese científico sobre unos jóvenes que evitaron que unos criminales le robaran el fósil. Esos jóvenes erais vosotros dos. —Ryku y Dylan asintieron, corroborando las palabras de la profesora. Dalia suspiró—. Al final esto no ha sido ningún secreto si se lo cuento a personas que ya lo conocen. Admito que me he quedado un poco con las ganas de manteneros en vilo con algo curioso del mundo de los Pokémon. —Hizo una pausa en la cual pensó en algo que la animó—. Ahora que recuerdo, hay una cosa más que quizá no sepáis. Esto no es ningún secreto, es incluso hasta un rumor para mí.
—Ah, ¿sí? ¿De qué se trata? —inquirió Dylan.
A Dalia le brillaron los ojos.
—Se dice que se ha descubierto una nueva especie de Pokémon en Kanto de la que no se sabe absolutamente nada. La gente que afirma haberlo visto lo define como un Grimer mucho más pequeño y de color más pálido, como rosado.
—Eso suena muy interesante —opinó Dylan con el mismo entusiasmo que Dalia—. Podría convertirse en un nuevo tipo de Pokémon al que poder enfrentarse en combates de Enlace.
—Lamentablemente, por ahora solo es un rumor —aclaró Dalia—. Los casos de personas avistando a ese Pokémon son realmente escasas, por lo que hay una alta probabilidad de creencia que solo fueron alucinaciones, frutos de una imaginación desbordada. Ya veremos si en el futuro se confirma la existencia de esa nueva especie de Pokémon. En lo personal, espero que se cumpla. Hace mucho tiempo que no estudio a un Pokémon desconocido de principio a fin.
—Vaya, es una pena.
En ese tema, Ryku intentó mostrarse igual de decepcionado que su amigo, pero le costaba mucho sabiendo que esa especie de Pokémon que describió Dalia eran Ditto, los clones fallidos de Mew. Evitó que el recuerdo de las decenas de Charizard queriendo carbonizarlo con sus llamas no lo delataran. Por suerte, Cetile cambio de tema a tiempo y terminó la conversación con Dalia.
Para que los jóvenes no terminaran la visita ahí, la profesora Dalia se ofreció a ser una guía por aquello que denominaba un paraíso para los Pokémon. Dylan y Cetile vieron a los Pokémon vivir en libertad y actuar acorde a dicho estado. Los Pidgey se pasaban el día en las ramas de los árboles, piando y cantando sin parar, mientras que los Pidgeotto vigilaban que las bandadas rivales de Spearow y Fearow les arrebataran sus árboles. Contemplaron el río y los Magikarp nadaban patosamente a contracorriente, aunque la fuerza del río se los llevaba con bastante facilidad. Dalia enseñó a los jóvenes uno de los lagos donde especificó que había sido creado como hábitat para Pokémon de tipo agua que vivían en el mar tales como Horsea, Staryu y sus respectivas evoluciones. En algunas zonas de los campos había diversos Pokémon de tipo planta, los cuales lo más comunes eran Tangela, Exeggutor y Bellsprout. Cetile los miraba absorta, ignorando por completo todos los demás Pokémon que se cruzaran cerca de ella. Ahí Dalia entendió el amor que sentía la chica por los Pokémon de tipo planta.
En un momento del paseo, Dylan se atrevió a preguntar a Dalia acerca de las Pokédex y si había alguna forma para que él tuviera un módulo Pokédex como el de Ryku. Por desgracia, la respuesta de la profesora no fue la que el joven de pelo azul esperaba.
—No suelo entregar los módulos Pokédex a cualquiera, además de que actualmente no estoy por la labor de pedir que me fabriquen más —dijo—. Silph es la compañía que se encarga de adaptarme la Pokédex para integrarla en los brazaletes Enlace y ellos tampoco están disponibles para hacerme más después del incidente que tuvieron en su sede central. Y —añadió como si quisiera que el siguiente motivo destacara por encima del resto—, aparte de todo eso, suelo poner una simple condición que va desde ser alguien que recién entra en el mundo de los entrenadores Pokémon a tener algo que demuestre que es un entrenador ya experimentado y que mi Pokédex le vale como repaso. En el caso de Ryku, fue la primera condición, pues empezaba a adiestrar a Antorcha, el Charmander que le regalé.
—Ya veo. Entonces, ¿cómo consigo el módulo Pokédex por la segunda condición? —inquirió Dylan. Estaba decidido a hacerse con él.
—Bueno, un entrenador experimentado en Kanto sería esa persona que, como mínimo, ha logrado derrotar a todos los líderes de la región y obtenido sus respectivas medallas —respondió Dalia. A Dylan le brillaron los ojos—. Veo que esa condición la cumples, al menos hasta donde se puede llegar dado el cierre temporal de uno de los ocho Gimnasios. Haremos esto: consigue la medalla que te falta, me enseñas la colección y te prometo que te reservaré un módulo Pokédex para ti en cuanto pueda volver a encargarlos a Silph. ¿Qué te parece?
—Perfecto. Te enseñaré las medallas en cuanto pueda.
—No hay prisa, chico. Pueden pasar varios meses hasta que Silph me permita pedirle más módulos Pokédex. Quizá no pueda hacer nada hasta que pase la Liga Pokémon.
Aun así, aquello no impedía a Dylan de sentirse muy feliz de saber que pronto tendría en su brazalete un módulo Pokédex.
Cuando el sol ya empezaba a esconderse tras las montañas y las ayudantes de Dalia se retiraban a sus respectivos hogares, Ryku y compañía también volvieron a casa. Llegaron antes de la hora de cenar lo que permitió a los padres de Ryku preguntar sobre lo que harían a partir de la mañana.
—Dylan y yo podemos hacer algo más que esperar a que abran de nuevo el Gimnasio de ciudad Verde para adquirir otra medalla. De modo que algunos días los dedicaremos a entrenar en los alrededores para ese día —explicó Ryku—. Y en cuanto a Cetile…
—Yo he acordado con la profesora Dalia aprender todo los posible acerca de los Pokémon de tipo planta y cuidar con ella a los que viven en su finca. De paso aprovecharé para hacer fotografías —dijo ella.
—Entonces necesitareis un lugar donde pasar las noches que os quedéis aquí. Tu padre y yo hemos preparado la habitación de invitados mientras estabais fuera y os hemos dejado vuestras pertenencias allí —contó la madre de Ryku—. Espero que no os moleste compartir habitación.
—Para nada —dijo Dylan sin darle importancia.
—Muy bien. Ya está todo acordado. Solo quedan un par de cosas por aclarar. Una, que aviséis a vuestros padres de que estáis en pueblo Paleta. —Dylan y Cetile asintieron aceptando la orden de la mujer—. Y dos, Ryku, Aradya dormirá contigo en tu habitación ya que le gustó ese lugar donde dormir.
—No me importa. Será como volver a tener a Antorcha a mi lado, solo que esta vez no tendré que acostumbrarme a dormir con una luz encendida toda la noche.
Dylan y Cetile se rieron con ese comentario.
—Ah, y que no se te olvide de contarnos a tu madre en detalle las experiencias que no nos hayas explicado en los vídeos —recordó el padre de Ryku.
—Claro que no me he olvidado. ¿Queréis que os cuente alguna de ellas mientras hacemos tiempo hasta la hora de comer? —preguntó Ryku.
—No es mala idea. Vayamos al salón a ponernos cómodos mientras nos la narras.
Ryku asintió. Era casi igual a como pensaba que serían las cosas cuando regresase a pueblo Paleta después de recolectar las medallas de Kanto. Dylan, Cetile y Aradya eran sorpresas que no esperaba, pero tampoco le disgustaban. Había hecho buenos amigos en su travesía y tenía un Pokémon mascota de lo más adorable. Ahora lo único que podía hacer era esperar junto a su amigo Dylan a que anunciaran la reapertura del Gimnasio de ciudad Verde y obtener su octava y última medalla de Gimnasio.
