Era una noche tranquila en el distrito 12, el distrito a cargo de la minería del carbón. Ya era tarde en la noche, por lo que casi todo el mundo estaba durmiendo. Mientras que en el pueblo todo estaba tranquilo, en medio del bosque, sólo reinaba el sonido de los insectos y el viento contra las hojas de los árboles, hasta que esa pequeña paz acabo.

De repente, de entre los árboles comenzaron a aparecer rayos y pequeños relámpagos blancos que se iban haciendo cada vez más y más frecuentes, hasta que formaron un especie esfera de energía que resplandecía todo a su alrededor, la cual corrió de inmediato a todos los animales como pájaros y ardillas que estaban contemplando este suceso. En un segundo, la esfera desapareció con un ruido sordo, dejando un cráter de aproximadamente 3 metros de ancho. Dentro del cráter, justo en el medio, se encontraba una figura arrodillada sobre su pierna derecha con los puños apoyados, la cabeza baja, y la pierna izquierda adelante. Era un hombre, o eso es lo que parecía. Un hombre bien alto, musculoso, y sin nada de ropa.

Luego de unos segundos agachado, el hombre lentamente empezó a levantarse. Al quedar completamente parado su torso fuerte y musculoso, lentamente levanto su cabeza, mostrando en su rostro una expresión neutra. Miro hacia el frente, para luego voltear lentamente su cabeza hacia la derecha, y luego voltearla lenta mente hacia la izquierda, como si estuviese inspeccionando a su alrededor. Cuando terminó de observar, miró hacia el frente, y dio unos cuantos pasos hasta salir del cráter y empezar a caminar por el bosque. Cuando llegó al final del bosque, se detuvo y contempló la vista del pueblo minero del distrito 12. Después de unos segundos volvió a caminar, rumbo hacia el pueblo. Este hombre no era un hombre común, ni siquiera era un hombre, no era un humano. Vino desde muy lejos con un objetivo, encontrar a alguien, y eliminarlo.


En una de las casas que se encontraba en el pueblo, la cuál era también una pequeña panadería, un niño estaba tratando de dormir. Su nombre, Peeta Mellark. Era un niño de 8 años, un niño muy bueno, con un gran corazón, que por desgracia no era valorado por eso. Su madre mayormente era mala con él, de vez en cuando era capaz de golpearlo aún incluso por algo muy pequeño. Tenía dos hermanos, uno menor y otro mayor. Con ninguno de los dos se llevaba bien. La relación con su padre era la que mejor tenía, parece que su padre era más comprensivo con él y sus hermanos que su madre, aunque tampoco era muy hablador que digamos. Peeta no tenía muchos amigos en la escuela, a pesar de ser agradable y saber relacionarse con la gente. Casi no hablaba con nadie en la escuela, pero desde hace unos días trata de juntar valor para hablar con una persona, una niña que conoció en su salón de clases. Su nombre es Katniss Everdeen.

Peeta la conoció cuando un día iba caminando con su padre y él la señaló. Su padre le contó que cuando era joven estaba enamorado de la madre de Katniss, quería casarse con ella, pero las cosas no sucedieron así. La madre de Katniss se había casado con alguien más, un minero del distrito 12.

-¿Un minero? ¿Por qué quería a un minero si te tenía a ti?-Preguntó Peeta.

-Porque cuando él canta… hasta los pájaros se detienen a escuchar.- Contestó su padre.

Y al parecer, Katniss había heredado la habilidad de su padre, porque ese día, en la clase de música, cuando la maestra preguntó quién se sabía la canción del valle, Katniss levantó su mano como una bala. Se puso de pie sobre un estante, y cantó para toda la clase. Peeta juró que todos los pájaros de afuera se callaron. Y cuando terminó la canción, él lo supo. Estaba perdido, al igual que la madre de Katniss. Desde ese día, Peeta la veía ir a casa todos los días sin faltar. Jamás hubiera podido imaginar todo lo que estaba destinado a vivir con ella, ni tampoco lo que estaba a punto de pasar.

Afuera de la casa Mellark, se iba acercando el hombre que apareció del bosque. Una vez que llegó a la puerta, golpeó duramente, casi agrietando la puerta. Ese golpe se escuchó en toda la casa. La madre de Peeta se quejó porque la estaban molestando a estas horas de la noche, mientras que el padre fue a ver quién era. Antes de llegar prendió unas cuantas velas porque estaba todo oscuro, Peeta se asomó para ver qué era lo que sucedía. El señor Mellark llegó a la puerta, y cuando la abrió, no supo cómo reaccionar. Ahí estaba el hombre alto y musculoso, mostrándose implacable con su mirada neutra y atemorizante. El señor Mellark estuvo tan conmocionado y confundido que le fue difícil hablar.

-¿Qué quiere?.- Preguntó.

-¿Es la casa Mellark?.-

El padre de Peeta sólo pudo asentir lentamente, cuando de repente llegó su esposa por detrás cargando una vela.

-¡¿Qué sucede aquí?! ¡¿Quién es usted?! ¡Loco!.- Dijo la mujer cuando vio a un hombre completamente desnudo frente a su puerta.

-¿Dónde está Peeta Mellark?.- Dijo el desconocido, con un tono bien duro.

-¡No sé qué demonios es lo que quiere pero lárguese de mi casa antes de que…- La señora Mellark no pudo terminar la pregunta porque antes de que se diera cuenta, el hombre dio un paso adelante e introdujo velozmente su puño en el pecho de la mujer, atravesándolo. En este punto no sólo Peeta presenció lo que acababa de suceder, sus hermanos habían despertado y lo observaron todo, la expresión de horror quedó plasmada en sus rostros, al igual que en el de su padre que se había quedado con la boca abierta y sin palabras.

El extraño entonces arrojó a la mujer hacia adelante, quedando en su puño manchado de sangre su corazón. Debido al impacto, varias de las velas que estaban en la casa cayeron y empezaron a incendiar la casa, debido a la madera seca y vieja de la que estaba hecha, además de que se incendiaban varias telas que había por el lugar. El hombre soltó el corazón, tomó del cuello al señor Mellark y lo empujó hacia atrás, manteniendo siempre la misma mirada neutra y dura.

-¿Dónde está Peeta Mellark?- Volvió a preguntar el desconocido mientras daba unos pasos y se acercaba amenazadoramente al señor Mellark, quien volteó sus ojos hacia donde vio a sus hijos, que se habían quedado inmóviles, horrorizados y con lágrimas en los ojos.

-Co…¡Corran! ¡Corran!- Gritó el padre, al mismo tiempo que el extraño volteó la cabeza hacia los chicos. Cuando eso pasó los niños se apresuraron a salir, Peeta que estaba aún paralizado, estaba por levantarse, cuando de repente, el hombre volvió a tomar por el cuello a su padre y lo arrojó contra sus hermanos, derribándolos a ellos y a otras velas que había, las cuales cayeron sobré aceite que se había derramado sobre el piso y las paredes, aumentando aún más el fuego. Peeta que se mantuvo seguro dónde se quedó vio con horror como el hombre avanzó hacia su padre y sus hermanos. El padre se había desnucado el cuello, ya estaba muerto. Los otros dos quedaron heridos sobre el suelo. Peeta jamás olvidará como los vio morir siendo golpeados y aplastados por este extraño. A este punto, las llamas cubrían todo el techo y 3 de las paredes de la casa.

El hombre volteó su mirada dura y fría hacia Peeta, quien estaba horrorizado y llorando. Dio unos cuantos firmes pasos, que hicieron que Peeta reaccionara un poco y retrocediera hasta quedar contra la pared. El extraño se detuvo y lo miró firmemente.

-¿Peeta Mellark?-

El pequeño Peeta sólo pudo asentir, mientras miraba llorando.

-Soy el Terminator. Un sofisticado organismo robótico cibernético enviado al pasado para cambiar el destino de un elegido.- Contestó el desconocido.

-Me…Me…buscas…¿a… mí?- Logró difícilmente decir el pobre Peeta.

-Así es Peeta Mellark. Tú has sido seleccionado para ser. EXTERMINADO.

El extraño levantó su puño derecho, preparándose para acabar con la vida del pobre niño, el cual no podía hacer nada más que mirar hacia arriba, esperando su destino. De repente se escuchó un ruido proveniente del techo. El Terminator levantó la cabeza hacia el techo justo para ver que sobre él cayeron los escombros incendiados, cubriéndolo por completo. El pequeño niño reaccionó ante la suerte que tuvo porque no fue golpeado por eso y salió lo más rápido que pudo por la puerta. Al llegar a fuera se sentó en el suelo mientras miraba la casa en llamas tratando de procesar lo que acababa de ocurrir. Luego de unos segundos escuchó otro ruido proviniendo desde la casa. Levantó la cabeza justo para ver una figura en llamas que emergía de ella. Dicha figura se quedó parada de espaldas a la casa por unos momentos, permitiéndole a Peeta contemplar la identidad de su atacante, justo cuando creyó que no podía estar más horrorizado. El hombre que había visto desnudo antes ahora era todo una especie de esqueleto metálico sin ningún rastro de piel o cabello, envuelto en llamas, las cuales fluían por todo su cuerpo, incluso entre las pupilas de sus ojos, los cuales eran rojo sangre bien brillantes, destacando entre su cabeza de calavera metálica, era como ver a la misma muerte en persona, tal vez eso era lo que veía, la muerte.

Peeta gritó. Gritó lo más alto que pudo. El Terminator volteó su cabeza hacia donde estaba él, sus ojos rojos apuntaron directamente a Peeta. Los ojos del Terminator eran sus sensores oculares, por lo que a través de ellos veía varios números e instrucciones. Cuando vio a Peeta aparecieron unas miras de blanco apuntándolo a él junto con unos comandos.

BLANCO_

Peeta Mellark

OBJETIVO_

EXTERMINAR

Peeta ni siquiera lo pensó. Se levantó, dio la vuelta, y salió corriendo lo más rápido que sus piernas le permitieron, directo hacia el bosque. En sólo segundos el Terminator comenzó a perseguirlo. El muchacho corrió horrorizado, introduciéndose cada vez más en el bosque, no pensó hacia dónde dirigirse, no podía ni pensar, sólo quería alejarse de aquel monstruo. Cuando se sintió algo cansado, se detuvo detrás de un tronco caído, para tratar de calmarse un poco. Se sentó y respiró hondo pero a la vez trató de ser tan silencioso como pudo, el lugar en donde estaba era oscuro y silencioso, sin árboles tan grandes, y estaban un par de metros separados unos de otros, por lo que podía ver el cielo. Se sentó en el silencio durante un rato, hasta que empezó a escuchar pasos, pasos extraños, sonaban muy extraños, parecían bien pesados y firmes, sólo sabía que definitivamente no eran humanos. Se quedó lo más quieto y silenciosamente que pudo. De repente, los pasos se detuvieron. Luego de unos segundos de parecer que no pasaba nada, apenas se apartó y evitó que el ciborg lo aplastará cuando aterrizó en el lugar donde él había estado sentado segundos antes. Peeta empezó a arrastrarse de espaldas mientras su mirada permanecía fija en el horror que estaba justo en frente de él. El Terminator empezó a dar pasos lentos y firmes hacia Peeta. Cuando el niño chocó la espalda contra un árbol, sabía que ya no podía escapar, la misma muerte estaba a punto de reclamarlo. Sólo le quedó quedarse quieto, con los ojos bien abiertos mirando, esperando su fin.

El Terminator se detuvo justo en frente de él, su mira computarizada diciendo lo mismo aún, "EXTERMINAR". Levantó su puño izquierdo, preparado para terminar con la vida del niño. Peeta cerró los ojos fuertemente, esperando el golpe que nunca llegó, porque de repente se escuchó una voz.

-¡No vas a exterminar a nadie más!-

Peeta abrió sus ojos, mientras el Terminator se detuvo con su puño en alto. Volteó la cabeza hacia el lado desde donde vino esa voz. Viendo que provenía de un sujeto bien alto, vestido con una chaqueta de cuero, pantalones, botas, guantes y gafas negras, el cual se notaba que era bien musculoso, de cabello corto y venía dando pasos bien firmes, mientras apuntaba con su arma.

-¡Te estaba esperando!- Dijo el hombre, y comenzó a disparar su arma.


En la casa Mellark, la cual seguía estando todavía en llamas, los habitantes del distrito finalmente habían aparecido y empezaron a controlar el fuego. Con todos los ruidos que hubo esa noche parecía raro que hubieran tardado tanto en llegar, si lo hubieran hecho antes, se hubieran llevado el susto de sus vidas. Tal vez fue el hecho de que la mayoría trabajaban mucho en el día y estaban muy cansados a la noche, siendo sólo posible que se dieran cuenta por el ruido aterrador que Peeta hizo. Entre los hombres que había ayudando se encontraba el padre de Katniss, quien se preguntaba qué fue lo que pasó y si los Mellark estaban bien, al igual que todos. De repente escucharon unos fuertes ruidos provenientes del bosque.

¡BANG! ¡BANG! ¡BANG! ¡BANG! ¡BANG!

-¡¿Qué demonios fue eso?!- Preguntó uno de los hombres.

-¡Fueron disparos!-

-¡Vino desde allá!- Señaló otro hombre.

El señor Everdeen miró en la dirección en la que Peeta salió corriendo. Sólo entonces se dio cuenta de las aparentes pisadas negras que estaban allí y se dirigían hacia el bosque.

-¿Pero qué?- Susurró el señor Everdeen en desconcierto.

Supo que algo estaba pasando, así que no perdió el tiempo en llamar a los demás.

-¡Pronto! ¡Reúnan a los hombres! ¡Dense prisa!-

Los que estaban a su alrededor asintieron y se apresuraron a alistarse para dirigirse hacia el bosque.


Mientras tanto en el bosque, el extraño de gafas oscuras seguía disparando contra el Terminator, el cual empezaba a retroceder con cada disparo, alejándose de Peeta, quien se encontraba paralizado en su lugar contemplando la escena. Con cada disparo el ciborg retrocedía al mismo tiempo que el hombre avanzaba. Hasta que el Terminator decidió que ya tuvo suficiente y empezó a avanzar al extraño hasta que alcanzó su rifle y se lo quitó para luego propinarle un derechazo en la cara, junto con un izquierdazo, haciendo retroceder al hombre, quien luego devolvía los golpes de la misma manera que el Terminator iba bloqueando y devolviendo más golpes para ser bloqueados también. Esto fue un ciclo que se repitió durante un rato. Peeta escuchó cada choque de golpe como metal contra metal, además de que finalmente se dio cuenta de los sonidos que hacía el Terminator al moverse. El hombre agarró por los hombros al Terminator y le dio un cabezazo, haciéndolo retroceder de nuevo. Entonces el Terminator avanzó, tomó por la nuca a su oponente y empezó a estrellar múltiples veces su cabeza contra un árbol, haciendo que se le salieran las gafas oscuras, para luego arrojarlo a unos cuantos metros su derecha. El hombre empezó a convulsionarse de manera extraña, pero manteniendo siempre su mirada neutra en la cara. El Terminator volvió a fijar su atención sobre Peeta, quién seguía paralizado por el miedo. El ciborg se acercó y estaba a punto de golpearlo cuando fue detenido por el extraño de chaqueta negra, quien parecía haberse recuperado. Lo rodeó con sus brazos desde su espalda y lo lanzó con fuerza estrellándolo contra una gran roca. Antes de que el Terminator pudiera levantarse, el hombre lo tomó por el cuello, lo levantó y golpeó fuertemente en el lado izquierdo de su pecho hasta que su puño lo atravesó. El Terminator levantó su cabeza abriendo su mandíbula, estirando sus brazos. Entonces los ojos rojos brillantes del ciborg se apagaron, dejó de moverse y bajó sus extremidades. El hombre soltó al Terminator, dejándolo caer al suelo.

Peeta vio a su atacante caer al suelo. Supuso que finalmente había muerto. Entonces el hombre que volteó su mirada hacia Peeta. Sólo se le quedó mirándolo. Peeta se preguntó qué será lo que va a hacer con él ahora. Una parte de él tuvo miedo de que también quisiera matarlo, pero por otro lado, este desconocido acabó con la cosa que estaba a punto de matarlo, evitó que el Terminator lo golpeara. Por alguna razón, Peeta no se sintió amenazado con él hombre viéndolo. Eso significa que, ¿Este extraño estaba protegiéndolo?

El desconocido volteó de repente su mirada neutra hacia otra dirección. Peeta empezó a escuchar voces y varios pasos, volteó su cabeza en la misma dirección y vio que había varias luces acercándose.

-¡Es por aquí!-

-¡Dense prisa!-

-¡Veo algo!-

Múltiples voces decían. Peeta volteó su cabeza de nuevo hacia el desconocido, sólo para encontrarse un lugar vacío. Ni el Terminator, aparentemente muerto, estaba en ese lugar.

-¡Ahí hay un niño!- Dijo una voz.

Peeta vio a un hombre acercarse hacia él.

-¡Es Peeta! ¡Es Peeta!-

El hombre que dijo esa voz se arrodilló frente a Peeta y empezó a hablarle. Había un hombre a cada lado con él mientras que los demás registraban el lugar. Peeta pudo reconocer al hombre que le hablaba, era el señor Everdeen. El padre de Katniss.

-Peeta…¿Qué sucedió? ¿Estás bien? ¿Dónde están tus padres?- Dijo susurrando para no asustar al chico.

Peeta sólo pudo quedarse mirándolo con los ojos abiertos y la boca medio abierta mientras respiraba, todo lo que había pasado era simplemente demasiado para que un niño de 8 años lo procese así de golpe.

-Oye…está bien. Ya estás a salvo- Susurró el señor Everdeen para tratar de calmarlo.


De vuelta en el pueblo, la casa en llamas finalmente había sido apagada. Sólo entonces la gente se dio cuenta de los cuerpos que se encontraron. Peeta no había podido moverse, así que tuvo que ser cargado de vuelta al pueblo. Se encontraba mirando el lugar, completamente paralizado, el señor Everdeen estaba a su lado, cuidándolo. Varias personas habían venido a ver el lugar, incluso había niños curioseando. Entre ellos estaba la esposa del señor Everdeen, cargando a su hija menor en sus brazos, y a su lado estaba su otra hija, Katniss. Katniss vio a su padre arrodillarse en frente del chico, que reconoció como uno de sus compañeros de clase.

-Peeta…¿Qué fue lo que pasó?- Preguntó despacio el señor Everdeen para no asustar más al niño.

Peeta sólo pudo quedarse mirándolo, mientras más lágrimas caían de sus ojos. El señor Everdeen se dio cuenta de que el pobre muchacho estaba completamente traumado.

-Oye, está bien. No tienes que hablar ahora si no quieres- Dijo con calma el señor Everdeen, mientras colocaba su mano derecha sobre la cabeza de Peeta y la acariciaba.

Katniss vio como estaba Peeta y no puedo evitar sentirse mal por el chico, hasta estaba considerando la idea de ir a darle un abrazo, pero entonces su madre la llamó.

-Katniss. Ven. Vamos a casa-

Katniss sólo pudo asentir mientras la seguía, sin poder apartar su mirada de Peeta.

Mientras todos seguían moviéndose por el lugar, sólo Peeta y el señor Everdeen seguían quietos. El señor Everdeen se preguntó que va a pasar ahora con el niño, toda su familia estaba muerta, hasta donde él sabía ya no tenía a nadie. Tal vez van a hacer que vaya a un orfanato, los cuales no son muy agradables. Entonces se escuchó una voz detrás de ellos.

-Yo me encargo-

Peeta y el padre de Katniss voltearon la mirada hacia la persona que dijo eso. Era el mismo hombre musculoso y de atuendo negro, que nuevamente tenía puesta gafas negras.

-¿Quién es usted?- Preguntó el señor Everdeen.

-No estoy autorizado a contestar tu pregunta- Respondió el hombre con una voz dura y firme.

El señor Everdeen le pareció muy extraño este sujeto, nunca había visto a alguien vestido de esa forma. Pero hablaba con autoridad, sólo asumió que debía haber sido algún tipo de agente especial de la paz. El desconocido se arrodilló frente a Peeta y le tendió la mano.

-Peeta Mellark. Ven conmigo-

Peeta sólo se le quedó viéndolo pero no estaba asustado de este hombre. Porque si algo entendió de todo esto, es que este hombre fue quien lo salvó.

-Tranquilo. No dejaré que nadie te haga daño. Nunca- Volvió a hablar el extraño.

Eso hizo reaccionar a Peeta. Lentamente aceptó la mano del extraño para luego avanzar y envolver sus brazos alrededor de su cuello y abrazarlo. Por fin sentía que estaba seguro. El extraño envolvió sus brazos alrededor de Peeta y lo levantó con delicadeza.

-Yo cuidaré de él- Dijo el extraño sin siquiera mirar hacia el señor Everdeen.

El padre de Katniss le pareció que Peeta se sentía bien con este sujeto, al parecer lo conoce, así que solo asintió para luego retirarse y volver a casa con su familia, sintiéndose mal por el pobre chico, al igual que su hija.

El desconocido empezó a caminar hacia una dirección en el pueblo mientras llevaba a Peeta, quien se encontraba exhausto con todo lo que había pasado. Para tratar de calmarse, decidió pensar en Katniss, porque sólo pensar en ella y su voz, lo hacía sentir mejor. Siempre.