Capítulo 3: Adhesivos
Un adhesivo es una sustancia que permite mantener dos superficies unidas. Se catalogan en adhesivos reactivos y no reactivos y, para ambos casos, las materias primas principales son las resinas poliméricas. Generalmente los adhesivos no reactivos se basan en emulsiones o soluciones que promueven la adhesión una vez que el agua o el solvente se evapora. Los adhesivos reactivos suelen conformarse por sistemas de dos componentes que, al mezclarse, forman una cadena polimérica entrecruzada que promueve la adhesión.
Camus llegó al aeropuerto de Atenas alrededor de las dos de la tarde. A pesar de que su vuelo salía a las cinco, su costumbre era siempre llegar con mucha, mucha antelación. Habría preferido llegar con Milo, pero este insistió en que su hermano mayor lo llevaría. Aquel sería su primer viaje en avión y su primera vez fuera de Grecia. Estaba emocionado y, aparentemente, había empacado tanto que tuvo que pedirle ayuda a Saga para evitarse las complicaciones de andar cargando sus maletas por las estaciones del subterráneo.
El francés pasó la revisión de seguridad sin mayores contratiempos y, después de esperar media hora el anuncio de la puerta de embarque en la que tendría que presentarse, avanzó con su pequeña maleta de ruedas hasta sentarse en la silla más cercana a la puerta. Acomodó su chaqueta en un asiento contiguo, sacó una revista de historia y esperó con paciencia a que sus compañeros no tardasen en llegar. Estaba seguro de que aligerarían la espera mucho más que el especial de Medio Oriente de National Geographic. Los viajes en avión siempre lo ponían nervioso y ni siquiera podía concentrarse en las fotografías de su revista.
Miraba constantemente hacia el pasillo principal en espera de sus compañeros y tuvo que pasar más de una hora para que llegase Shion, acompañado por Shura. Intercambiaron un escueto saludo y, antes de que el profesor tomase asiento, escucharon el saludo de Afrodita, quien jalaba de la mano a un muy aturdido Milo.
—¡Buenas tardes! —exclamó el sueco—. ¡Miren a quién me encontré en la revisión de seguridad!
—Me quitaron mi botella de agua —gruñó el menor, mientras revisaba que el resto de sus pertenencias siguieran consigo.
—Pobrecillo —interrumpió Afrodita—. Sus zapatos activaron el detector de metales y tuvo que caminar descalzo hasta que le regresaran sus cosas.
—Los aeropuertos son todavía más vertiginosos de lo que imaginaba —comentó Milo, acomodando su pequeña maleta junto a las de sus compañeros.
—Es cuestión de práctica —aseguró Shura—. Cada vez es más fácil.
—Eso espero. Mi hermano me dio miles de consejos para este viaje. De momento pensé que exageraba, pero ahora creo que no fueron suficientes.
—Tienes suerte de no venir solo —Shion tomó asiento a lado de Camus—. La primera vez que me subí a un avión fue para un vuelo intercontinental y no había nadie que me acompañara.
El grupo escuchó la anécdota de Shion durante los cuarenta minutos que faltaban para abordar. Camus prestó atención la mayor parte del tiempo hasta que las auxiliares de vuelo tomaron sus puestos frente a la puerta de abordaje. Comenzó a sudar frío y, del modo más discreto que pudo, tomó una pastilla para el mareo. Para cuando el abordaje inició, lo único le mantuvo en movimiento fue la inercia.
—Esto es más pequeño de lo que imaginaba —comentó Milo, mientras imitaba a la gente que le rodeaba y colocaba su equipaje en el compartimiento superior—. No se parece en nada a los que salen por televisión.
—Los aviones pequeños son los más comunes para trayectos cortos —explicó Camus—. Los vuelos trasatlánticos generalmente tienen diez filas de asientos. Ven. Siéntate a lado de la ventana.
—Mi asiento es el del pasillo.
—Cambiemos —insistió—. Yo prefiero sentarme lejos de la ventana.
Milo dudó por unos segundos, pero acabó por aceptar el ofrecimiento de Camus. La pareja se acomodó y el griego comenzó a curiosear en la bolsa de la butaca de enfrente.
—¡Mira qué cosas! —le mostró a Camus una bolsa para el mareo—. No creí que estas realmente existieran.
El francés miró nerviosamente la bolsa y recordó todas las veces que la había necesitado. Aunque nunca había vomitado en un avión, solía utilizarlas para evitar hiperventilarse. Los recuerdos comenzaron a ponerle aún más nervioso y decidió cambiar de tema justo al momento en que las auxiliares de vuelo comenzaron a dar las instrucciones de seguridad.
—Trajiste demasiado equipaje —acusó el francés—. Si esa era tu maleta de mano, no quiero imaginar qué tanto documentaste.
—De hecho, cuando le expliqué a mi hermano que necesitaba ayuda porque mi maleta era demasiado pesada, me regañó y me dijo que estaba siendo impráctico. ¡Incluso fue a mi casa para ayudarme a empacar otra vez! Me hizo dejar más de la mitad de mis cosas…
—Hizo bien. Lo mejor es viajar ligero.
—Se burló que quisiera llevar mi shampoo —Milo no pareció escucharle—. No tiene ni idea de lo mucho que se me reseca el cabello en clima frío. Tendré que comprar un acondicionador cuando lleguemos.
—Puedes pedirle uno a Afrodita. Probablemente será la única persona más vanidosa que tú.
Milo bufó.
—Afrodita no es vanidoso. Su belleza es completamente natural y no es su culpa que atraiga tantas miradas.
—¿Él te dijo eso?
—Yo lo digo. Tú le tienes mala fe porque siempre te está molestando —dio una suave palmada en el muslo izquierdo de Camus—. Es su extraño modo de demostrar lo mucho que te quiere.
Camus sonrió y colocó su mano sobre la de Milo.
—Lo sé. Me perturba un poco, pero lo sé.
El avión comenzó a desplazarse por la pista y Camus apretó con fuerza la mano de Milo.
—Está bien —sonrió alentadoramente—. No estoy nervioso. Mi hermano dijo que sería como una enorme montaña rusa.
Camus recordó que tampoco le gustaban las montañas rusas. Frotó sus ojos con su mano libre y pensó en cuán irónico era que estuviera más nervioso que su novio, el cual nunca antes se había subido a un avión.
Después de avanzar por algunos minutos, Camus escuchó los desagradables ruidos mecánicos que anunciaban el pronto despegue. Sin darse cuenta, inclinó su cuerpo hacia el de Milo, quien estaba tan concentrado en el paisaje que no se percató del comportamiento del mayor. El avión se detuvo momentáneamente, Camus inhaló profundamente y comenzaron a avanzar hasta que las turbinas encendieron y la velocidad los impulsó levemente hacia sus respaldos. El avión despegó y Camus sintió su estómago hundirse hasta su trasero.
—¡Mira! —exclamó un muy feliz Milo—. ¡Estamos atravesando las nubes!
El francés apenas y le escuchó. Mentalmente canturreaba una canción infantil que le ayudaba a mantener el ritmo de su respiración.
—Nunca creí ver al horizonte tan inclinado. ¿No es genial, Camus? —volteó a ver a su novio y solo entonces se percató de cómo el color había abandonado su de por sí pálido rostro—. ¿Camus? ¿Estás bien?
A pesar de su malestar, el hombre asintió en silencio.
—¿Tienes miedo a volar? —el avión dio tres brincos y Camus dejó escapar un agudo quejido de sorpresa—. ¿Por qué no me dijiste?
Camus fue incapaz de responderle hasta que el avión dejó de ascender y se niveló con el horizonte. A sabiendas de que ya había pasado lo peor hasta que llegara la hora del aterrizaje, se incorporó y secó las gotas de sudor en su frente con el dorso de la mano derecha.
—No tengo miedo —aclaró—. Los despegues y aterrizajes me incomodan. No nací para emociones tan fuertes.
Milo abrió ampliamente los ojos e inclinó su cabeza hacia arriba.
—Es por eso que no has querido ir conmigo al parque de diversiones.
—Nunca he entendido el afán de las personas para subirse a algo que les hará vomitar. Si me subo a estas cosas es porque es el método más rápido y económico para viajar a otros países.
Milo sonrió y recargó su cabeza en el hombro de Camus.
—Es curioso que alguien tan racional como tú le tenga miedo a algo tan sencillo.
—No tengo miedo —insistió sin escucharse muy convencido.
—Está bien, Camus. Si algo pasa y el avión se cae, moriremos juntos y será muy romántico.
—¿Milo?
—Bien. Me callo.
Milo miró por la ventanilla durante casi todo el trayecto hacia Londres y Camus intentó, en vano, leer un artículo sobre los baños públicos de la antigua Persia. Pasaron cuatro horas y, afortunadamente para Camus, aterrizaron sin problemas en el Reino Unido.
Todo el estrés del mayor desapareció una vez tocaron tierra firme. En cambio, Milo comenzó a sentirse nervioso al encontrarse con los mares de gente en el aeropuerto de Londres. La gente iba y venía con rapidez y hablaban en decenas de idiomas que Milo no alcanzó a reconocer. Tanta fue su sorpresa que casi tuvo que asirse a la maleta de Camus para evitar perderse. Afortunadamente para su salud mental, ningún miembro del grupo había documentado equipaje, así que pudieron pasar directamente a la revisión de la aduana.
El gentío se disipó una vez llegaron al vestíbulo. Eran las siete de la noche y los ventanales estaban cubiertos por una delgada capa de escarcha. La gente que se atrevía a salir del cálido edificio no lo hacía sin antes colocarse dos capas de ropa encima. Debido al constante abrir y cerrar de puertas, gran parte del aire helado se colaba hacia el vestíbulo y Milo comenzó a frotar sus brazos para evitar que el calor escapara de su cuerpo.
—Espero que entre los consejos que te dio tu hermano, esté el que trajeras ropa térmica —comentó Camus, mientras abría su maleta y sacaba una bufanda para ofrecérsela.
—La mitad de mi equipaje era ropa térmica —murmuró melancólicamente y se envolvió con la bufanda—. Saga me limitó a tres juegos; cuatro con el que llevo puesto.
—Serán suficientes.
Milo no pareció estar de acuerdo con la afirmación de Camus, pero se reservó sus comentarios. Después de todo, seguramente ya había tenido aquella discusión con Saga.
—¿Cómo se sienten todos? —preguntó Shura—. ¿Quieren descansar o seguimos hasta Warwick?
—Lo mejor será que vayamos de una vez a la estación de trenes —opinó Afrodita—. Estoy exhausto y tengo hambre.
—Este año rentaremos un automóvil.
Camus y Afrodita miraron Shura como si estuviese loco.
—¿Y quién va a manejar? —preguntó Camus.
—Solo hay que conducir del otro lado del camino —respondió el español—. No es tan complicado.
—No se preocupen —Shion comenzó a caminar hacia un mostrador de renta de automóviles—. Shura ya manejó del lado izquierdo el año pasado, cuando me acompañó a la IPC en Japón.
—¡¿Manejaste en Japón?! —exclamó Afrodita.
—Así es. Si sobreviví a eso, creo que puedo con esto.
Afrodita y Camus estuvieron de acuerdo con su lógica y cedieron, no sin algunas reservas. Inicialmente, Milo no comprendió la preocupación de los demás y no lo hizo hasta que salieron del estacionamiento.
—La vía rápida está a la derecha —señaló Milo como si fuese una novedad para todos—. ¿Por qué estos salvajes manejan por la izquierda?
—De hecho, inicialmente casi todos los países conducían de esta forma —señaló Camus sentado a un lado de Milo en el asiento trasero—. Se ha rastreado esta costumbre desde época de los romanos. Algunos dicen que así era más fácil controlar a los animales que conducían los carruajes, aunque otros indican que es debido a que de esta forma podían mantener la mano libre para utilizar la espada en caso de que ser atacados por un pandillero a un costado del camino.
Afrodita, quien estaba sentado al otro lado de Camus, emitió un lastimero quejido de hartazgo.
—Acabamos de llegar, Camus. Si tenemos que escuchar tus datos curiosos toda la semana, al menos deberías dejarnos descansar por hoy.
Camus torció la boca y cerró los ojos.
—No tienes que ser tan grosero; únicamente respondía a la pregunta de Milo. Cada día te pareces más a Death Mask.
Afrodita lanzó un grito ahogado y Camus vio la brillante sonrisa de Milo a través de la pobre iluminación. Segundos después, reconoció la discreta sonrisa de Shura por el espejo retrovisor.
—Si todos manejaban de este lado, ¿por qué se cambió? —Milo se rehusó a quedarse con la duda.
—Fueron varios factores, en realidad. En algún momento Napoleón ordenó a su gente que condujera por la derecha: unos dicen que fue porque él era zurdo y otros porque odiaba a los ingleses y quería hacer todo de forma opuesta; otros dicen que fue una estrategia militar para despistar al enemigo. La costumbre se extendió y, para cuando llegó el automóvil, se consideró que el conductor encontraría mayor comodidad si se colocaban los controles del lado izquierdo.
Milo asintió y le agradeció a Camus por su atenta respuesta. La validación de su alumno le puso de tan buen humor que casi pudo ignorar por completo los largos suspiros de cansancio de Afrodita.
Con ayuda del GPS llegaron a Warwick poco antes de las nueve de la noche. Se dirigieron directamente al hotel y se registraron. El humor del sueco iba de mal en peor y Shura se rehusó a entrar a una habitación con él antes de que comiesen algo. Fue por eso que dejaron sus maletas en el vestíbulo y se encaminaron al restaurante del hotel. El lugar era sencillo y tenía pocas opciones, pero todos estaban tan hambrientos que ni siquiera se dieron cuenta.
Al terminar, Shion pagó la cuenta, recogieron sus cosas y se dirigieron a los cuartos. Milo y Camus compartirían una habitación y Shura y Afrodita la otra. Como era de esperarse, el jefe del grupo tendría un cuarto solo para él. Antes de separarse, acordaron la hora de encuentro para el día siguiente y se desearon las buenas noches.
Cuando Milo y Camus entraron a su habitación, este último exhaló un largo suspiro de alivio. Estaba mucho más cansado de lo que esperaba y apenas podía esperar para desempacar, tomar un baño e irse a dormir. Los planes de Milo eran más sencillos: encendió la calefacción, se desvistió hasta quedar en ropa interior y se metió a la cama.
Camus siguió firmemente con su plan y, aunque fuese cuarenta minutos más tarde, se acurrucó a lado de Milo, dejando abandonada la segunda cama matrimonial de la habitación.
Comentario de la Autora: Antes que nada, una disculpa por haber tardado tantos días en actualizar. Me mudé y mi vida fue un caos durante semana y media. Pero ya mero acabamos, ya mero acabamos. Dicho sea eso... ejem...
¿Qué pasó con los reviews, muchachos? Me malacostumbraron a más de cinco reviews por capie y ahora nomas fueron 3. Yo diría que de 11 a 3 de un capie a otro fue algo muy drástico. Espero que no haya sido porque el capie haya sido terriblemente malo. Ejem... bueno, sólo dije esto para ver si los podía hacer sentir un poco culpables. Espero que varios me acompañen con el resto de la historia. Les prometo que sí van a pasar varias cosas!
Sobre el capie, me proyecté mucho en Camus. Me da bastante nervio el volar y nunca he vomitado en un vuelo, pero sí he sujetado las bolsitas para el mareo como si fuesen mi línea de vida. También me pongo histérica con la recogida de equipaje y con el paso en la aduana y eso se lo puse a Milo. En general, soy una neurótica y a veces me sorprende que tenga las agallas para salir de mi casa.
Mmm... creo que eso es todo. Sólo me resta comentar que con este capie se marca el regreso de mi querida betuchis, Gochy, antes Afrodita de Escorpio. ¡Mil gracias por todo! Espero no hacerla sufrir (demasiado). Chuu!
