Capítulo 6: Materiales Auto-Reparables

Los materiales auto-reparables son aquellos que tienen la inherente capacidad de reparar daños a su propia estructura sin la intervención de un agente externo. Diferentes tipos de polímeros han sido utilizados para alcanzar estas propiedades, ya sea por sus capacidades intrínsecas o extrínsecas de reparación. Un ejemplo típico de agentes extrínsecos son las vesículas de resina polimérica que liberan su contenido durante el fenómeno de fractura. La resina se difunde por la grieta hasta cubrir parcialmente la misma y una vez que cura, generalmente por la humedad del ambiente, genera un delgado recubrimiento que protege al sustrato de daño posterior.

Camus despertó a las siete de la mañana del viernes, su primer día libre después de la larga semana de conferencias. En teoría se encontraría con el resto del grupo a las ocho de la mañana en el restaurante del hotel, donde desayunarían rápidamente para luego viajar hasta Birmingham. Sin embargo, los planes de Camus cambiaron literalmente de la noche a la mañana. Se aseguró de levantarse antes que Milo y se duchó con su usual rapidez. Minutos después, mientras su novio se preparaba para bañarse, Camus salió de la habitación y se dirigió a la de Shura y Afrodita, que se encontraba al otro lado del pasillo.

Esperó frente al cuarto por unos segundos y, cuando escuchó un par de sonidos que le garantizaron que al menos uno de ellos estaría despierto, llamó a la puerta. No pasó mucho tiempo para que Shura le recibiese.

—Buenos días —dijo el francés—. Espero no haberlos despertado.

—Descuida, nos levantamos hace rato. ¿Pasa algo malo?

Camus bajó la mirada por uno breve instante. En un principio deseó que Afrodita hubiese abierto la puerta. No obstante, ahora que tenía al español frente a él, se percataba de que Shura era la persona más indicada para la misión que quería encomendar. Estaba seguro que él no haría tanto escándalo.

—Quería pedirles un favor. Ayer hablé con Milo y me dijo que nunca antes ha visitado un castillo —Camus no estaba muy seguro de eso, pero le pareció una mentira convincente—, así que decidimos visitar el castillo de Warwick en lugar de acompañarlos. ¿Podrías decirles a los demás y disculparme con Shion?

Shura ladeó la cabeza y arqueó la ceja y, por unos segundos, Camus pensó que le daría un sermón sobre lo cruel que era abandonar a su supervisor el mismo día en el que se irían de paseo.

—Entiendo. Somos un estorbo para tu cita romántica.

A Camus le costó mucho no responder con un "sí".

—Todos nosotros hemos ido al castillo. Shion ya ha de conocerlo de memoria. No tienen por qué sacrificar su visita a Birmingham solo por Milo. Yo soy su supervisor y no me molesta acompañarlo.

—Estoy seguro de que no —se alzó de hombros—. Está bien, yo les diré. Afrodita no se tragará tu mentira, pero puede que Shion sí.

—Muchas gracias. Te debo una.

Shura sonrió tan maliciosamente que Camus supo que no tardaría mucho en cobrarle el favor. No obstante, había logrado su cometido y se sentía satisfecho. Se despidió de su amigo, le pidió que manejase con precaución y regresó a su habitación en donde Milo apenas salía de la ducha.

—¿Dónde estabas? —preguntó todavía adormilado.

—Shura me llamó. Parece ser que Shion dejó unos documentos importantes en el auditorio y tienen que ir a la universidad por ellos. Dijo que para aprovechar el tiempo nos recogería a las nueve frente a la estación de trenes.

—Ya veo —Milo asintió sin darse cuenta de la mentira—. Entonces llamemos a Afrodita para que desayunemos juntos.

—Desayunó y se fue con los demás. Dijo que se pondría nervioso si se separaba de su medio de transporte.

Aquella respuesta sí generó sospechas en Milo, quien arqueó la ceja y torció la boca.

—¿Para qué querría él regresar a la universidad?

—Sospecho que fue una excusa para dejarnos desayunar a solas.

¡Bingo! Su pretexto fue tan perfecto que al momento de escucharlo, Milo borró cualquier signo de duda. Asintió lentamente y se sentó en la cama.

—¿Podemos llamar servicio a la habitación? —preguntó.

Camus sonrió y caminó hacia el escritorio en donde descansaba el menú.

—Por supuesto.


Después de comer un rápido desayuno, la pareja estuvo lista para iniciar su camino hacia la supuesta estación de trenes. Milo permaneció en silencio todo ese tiempo, probablemente más por el letargo que por el enojo del día anterior. El griego sabía que era impulsivo y prefería alejarse de las personas cuando estaba molesto, eso le evitaba complicaciones a los demás y a sí mismo. Si bien la noche anterior no lo había calmado lo suficiente como para buscar una reconciliación, al menos sus ojos ya no miraban a Camus con desprecio. No solo eso, cuando los jóvenes comenzaron a caminar por las calles adoquinadas, hasta se podría decir que se puso de buen humor. El hombre estaba tan maravillado con las pulcras vitrinas de las pastelerías y joyerías que ni siquiera se dio cuenta de cuándo se desviaron de la calle principal y comenzaron a caminar por una avenida mucho más solitaria.

Fue solo hasta que los edificios fueron súbitamente reemplazados por una larguísima barda que Milo se dio cuenta de que algo extraño pasaba.

—¿Estás seguro de que este es el camino, Camus?

—Claro que sí —aseguró—. Ya casi llegamos.

—Debe ser una estación muy tranquila. Está muy alejada del centro.

Camus agradeció el hecho de que Milo fuese tan poco experimentado en eso de los viajes. De lo contrario, no habría creído su tonta mentira y le habría cuestionado hasta que confesara la verdad. Quería sorprenderlo y desde un principio contó con su ingenuidad. Afortunadamente, esta fue suficiente para distraerlo hasta que llegaron a una pequeña puerta con un letrerito que decía "Entrada al Pueblo".

—¿Entrada? —rio el menor—. ¿Y cuándo fue que salimos? —miró a su alrededor y advirtió los muchos letreros que indicaban que habían llegado a la entrada lateral del castillo de Warwick—. Un momento. Esta no es la estación de trenes.

—No. No lo es.

—Es el castillo.

—Así es.

—¿Y los demás?

—Le pedí a Shura que les dijese que no los acompañaríamos. Creí que preferirías conocer un castillo inglés antes que visitar la ciudad.

Milo sonrio amplísimamente y abrazó a Camus del cuello, quien exhaló con alivio al comprobar que su plan había sido todo un éxito.

—¡Por supuesto que sí! Tenía ganas de venir, pero creí que ustedes ya lo habían visitado.

—Lo hicimos el año pasado. Por eso les dije que siguieran con el plan de Birmingham.

—Por eso y porque querías pasar el día a solas con tu alumno favorito, ¿no es así?

—Eres mi único alumno —recordó.

Milo le dio un rápido beso en la nariz.

—Tú siempre tan romántico. Por eso me gustas tanto.

Camus sonrió y se separó de él para guiarlo hacia la taquilla, donde pagó por las entradas y le entregó a Milo un tríptico con todas las actividades que podrían realizar mientras estaban ahí. Avanzaron por el sinuoso camino de grava hasta que llegaron a la entrada principal: un enorme puente de piedra que conducía hacia un altísimo portón.

—¡Esto es emocionante! —exclamó Milo a la vez que leía el mapa del tríptico—. ¡Tenemos que subirnos a todas las torres! ¡Y quiero ver el espectáculo de los halcones!

—Tendremos tiempo para todo eso, no te preocupes.

—¡Hay un calabozo! —se colgó del brazo de Camus y lo sacudió con fuerza— ¡También hay que visitar eso!

Camus palideció.

—Esa no es una exhibición.

—¿Cómo que no? —detuvo sus pasos de repente—. Si hasta cobran extra por entrar.

El francés bajó la mirada y rascó nerviosamente su mejilla.

—Es algo así como una casa embrujada.

—¡Mejor aún!

Un escalofrío recorrió la nuca de Camus, quien parpadeó varias veces y arrancó el tríptico de las manos de Milo.

—El recorrido dura casi una hora. Nos hará perder mucho tiempo.

El griego arqueó la ceja y sonrió burlonamente.

—Santo cielo. Le tienes miedo a las casas embrujadas.

—No es cierto.

—Sí lo es.

—¡Claro que no!

—Está bien, Camus —aseguró mientras acariciaba su brazo—. No tenemos que ir si no quieres. Ya encontrarás otro modo para aliviar el pobre corazón que heriste con tu semana de desplantes.

—Eres ruin.

—Lo sé.

El menor guiñó el ojo y le sujetó de la mano para conducirlo al patio principal del castillo.

Aprovecharon la mañana para visitar las pequeñas exposiciones alojadas en la base de las torres y aprendieron cosas importantísimas como el modo en el que las damas de la corte se preparaban para las fiestas dominicales o el modo en el que la servidumbre pasaba desapercibida moviéndose a través de pasadizos secretos.

La parte favorita de Milo fue cuando llegaron a la armería y pudo elegir entre varias espadas y algunos accesorios de ropa para posar como un rey medieval. Camus tenía que admitir que, para estar portando una túnica mugrosa y una corona de plástico, Milo se veía bastante bien. Milo le pidió que posara con él, pero Camus sabía que si el griego hacía funcionar el desastroso arreglo era por su bella sonrisa y el vigor con el que sujetaba la espada. Se sabía incapaz de imitarlo y prefirió rehusarse. Milo quiso insistir, pero acabó distrayéndose con un trío de estudiantes chinas que se tomaron varias fotografías con él. Camus fungió como fotógrafo y Milo estuvo tan entretenido que dejó pasar la oportunidad de ver a Camus con un yelmo o, mejor aún, con un sombrero de princesa en forma de cono.

De lo que sí no pudo salvarse fue del maldito calabozo. A pesar de que Milo no insistió en visitarlo, Camus decidió aventurarse por el simple hecho de que su novio quería hacerlo. Se mantuvo firme en su decisión durante la compra de los boletos e incluso en la fila de espera. También logró mantenerse tranquilo cuando el guardián del calabozo les explicó las reglas del juego y los condujo hacia el sótano.

Fue solo hasta que un hombre disfrazado de verdugo comenzó a contar macabras historias de tortura y asesinatos que empezó a sentirse incómodo. Los repentinos sonidos y los malditos actores que se ocultaban entre las sombras solo empeoraron la situación. Se lamentó mil y un veces no haber entrado al calabozo el año anterior. En aquella ocasión optó por quedarse afuera con la excusa de acompañar a una jovencilla de maestría que era alumna de Shura. De haber entrado en esa ocasión, ahora sabría qué esperar de los actores y no tendría que estar a la expectativa en cada uno de sus pasos.

Lo peor ocurrió cuando el grupo llegó con una bruja que eligió a Milo para hacer una vívida demostración de las grotescas mezclas que hacía para sus pociones. Si bien la perenne sonrisa del griego ayudó a que la mayor parte del grupo se relajara y tomase el espectáculo con más humor que miedo, la verdad era que Camus estaba aterrado. Entre la pena ajena, el nerviosismo y, tenía que admitirlo, la preocupación sus piernas comenzaron a temblar y si no se escapó en ese momento fue porque sabía que no podría encontrar la salida en medio de la oscuridad.

Camus terminó el recorrido sujetado fuertemente de la mano de Milo, quien no dejaba de reír y de exclamar lo divertido que había sido el calabozo. Las manos de Camus seguían temblando cuando decidieron ir por algo de comer y fue solo hasta que tomó un té de manzanilla que sintió que podría seguir con la visita.

Infortunadamente, cuando salieron de la cafetería ya había terminado el espectáculo de aves de rapiña. No obstante, Camus señaló que todavía estaban a tiempo para una de las demostraciones más famosas del castillo: el fundíbulo.

—¿Qué diablos es eso? —preguntó el menor.

—Es una catapulta de unos cinco metros de alto que funciona por medio de un contrapeso. Construyeron una de tamaño real basándose en planos antiguos y está completamente hecha con materiales de la época. Admito que es bastante impresionante verla funcionar.

—¿Me estás diciendo que tienen una catapulta gigante y que lanzan un proyectil con ella?

—Un proyectil en llamas.

—¡¿Y qué esperamos?!

Caminaron con rapidez hacia el noreste del castillo y con alivio comprobaron que el espectáculo apenas comenzaba. Tomaron asiento en el pasto, cerca del angosto río que bordeaba uno de los muros del castillo, y esperaron con paciencia a que los encargados preparasen la carga del fundíbulo.

—¡Es enorme! —exclamó Milo.

—Tenía que serlo; era un arma de asedio muy popular en la época. Solían utilizarla para lanzar piedras e incluso animales muertos.

—Asco…

—También se sabe que lanzaban cadáveres de personas que murieron por la peste bubónica.

—La edad media era espantosa.

La pareja observó con detenimiento el modo en el que los trabajadores preparaban el fundíbulo. Al menos seis hombres y mujeres ataban cuerdas, jalaban palancas e incluso caminaban sobre lo que parecía ser una rueda de hámster gigante. Finalmente, después de media hora prendieron fuego al proyectil.

Hubo un grito de advertencia y, tras un breve conteo regresivo, la bola de fuego salió despedida por los aires. Su altura superó por mucho las expectativas de Milo, quien incluso la perdió de vista por un par de segundos. Fue la estela luminosa quien guio su mirada hacia al menos sesenta metros de distancia, donde el proyectil cayó con un súbito ruido sordo. El público estalló en aplausos y gritos, y el griego rio con tantas ganas que incluso Camus se contagió de la carcajada.

La adrenalina instigó a Milo a ponerse de pie inmediatamente para ver qué más podían hacer en el castillo, pero Camus le sugirió quedarse en el pasto por un rato más en lo que estudiaban sus opciones en el mapa. El griego aceptó a regañadientes y juntos buscaron qué lugares les faltaban por visitar.

—Hay que ir laberinto del jardín.

—Me parece que esa atracción es para niños —indicó Camus.

—Esa es solo una sugerencia —alzó el folleto—. ¿Ves? Dice que no hay restricción de edad.

Camus quiso insistir en que mejor probasen otra cosa cuando fueron interrumpidos por una voz bien conocida.

—¿Camus?

El aludido alzó el rostro y se encontró con nada más y nada menos que Surt.

—¿Qué haces aquí? —preguntó con incredulidad—. Creí que tu avión salía hoy.

Surt rodó los ojos y se cruzó de brazos.

—Gracias, se nota que te da gusto verme. Mi avión sale en la noche, así que aprovechamos para visitar este lugar —miró hacia Milo, quien había transformado su cálida sonrisa en una severa mueca de disgusto—. Veo que trajiste a tu estudiante de maestría.

—Milo —respondió Camus con firmeza—. Su nombre es Milo y hoy me acompaña no como mi alumno, sino como mi pareja.

No tuvo que voltear para saber que el griego había fijado su sorprendida mirada en él. Extrañamente, Surt ni se inmutó por la revelación. Muy al contrario, su maliciosa sonrisa pareció ampliarse y no separó sus ojos de los de Milo.

—¡Surt! —una voz lejana le llamó—. ¿Qué haces? ¡Es hora de irnos!

El grito provenía de un rubio a varios metros de distancia. Estaba acompañado de otros cinco jóvenes, probablemente todos miembros del grupo Charleux.

—¡Voy! —de nueva cuenta tornó su atención hacia la pareja—. Tengo que irme. Espero puedas visitar París este año, Camus. ¡Trae a Milo! Puedo darle un tour privado por la ciudad.

Les guiñó el ojo, rio quedamente de un chiste que solo él pareció entender y corrió hacia donde estaban sus compañeros. Camus permaneció sentado en el pasto sintiéndose bastante confundido y no se atrevió a decir nada hasta que Milo rompió el silencio.

—¿Sabes? De repente ya no me pareció tan desagradable.

—¿Milo?

—¿Sí?

—Cállate.

—¿Entonces sí podemos ir al laberinto?

Camus bajó la cabeza en señal de rendición. Estar en una atracción repleta de niños no podría ser peor que compartir espacio con esos dos juntos. Además, se acercaba la hora de cerrar y, consecuentemente, la hora de regresar al hotel.

La tarde apenas comenzaba.

Comentario de la Autora: ¡Hora de anécdota! Cuando fui al castillo de Warwick, lo primero que quise hacer es ir a los calabozos. Pensé que sería una expo sobre las torturas y las personas que habían estado en ese lugar. Sin embargo, el costo adicional era demasiado y, como fui alrededor de Halloween, la fila para entrar era enoooorme. Así que decidí no entrar. Un par de meses después fui a una ciudad portuaria llamada Blackpool y vi que ahí también había una atracción que se llamaba así (Dungeon). Decidí entrar y, cuando me dieron mi boleto y mi folleto, me di cuenta que se trataba de una casa embrujada. ODIO las casas embrujadas. Soy una cobarde y odio que me asusten y aunque me gusten las historias macabras, cuando se trata de sustos muero de miedo. Tristemente ya lo había pagado y mis amigas estaban emocionadas por entrar, así que tuve que ir con ellas. Fue una de las experiencias más espeluznantes de mi vida. Sobre todo porque me tomaron como 'voluntaria' en una de las secciones. Me temblaron las piernas todo el rato y, al igual que Camus, si no salí corriendo fue porque sabía que nunca iba a dar con la salida. XD En retrospectiva fue algo muy divertido, pero en ese momento me quería morir.

El castillo de Warwick es por mucho uno de los castillos más divertidos de UK. Si alguna vez tienen oportunidad de asistir, se los recomiendo muchísimo.

Este capie fue patrocinado y revisado por mi queridísima betichus, Gochy, quien es casi tan chévere como Milo.

Les prometo que este es el último capie que tendrán que aguantar a Surt. Fue divertido (para mí) ponerlo, pero es hora de seguir con otras cosas. ¡Espero no hayan odiado este capie!

¡Aprovecho de nueva cuenta para invitarlos al Milo Ship Fest que estamos celebrando en Tumblr! Hoy inicia el evento y aún hay tiempo para que participen (miloshipfest punto tumblr punto com).

Respuesta a Review de Shingo: Me alegra que no odies a Camus. No se lo merece. Surt se lo merece en SoG y aquí también, pero quizá por eso me hace reír. Me gusta la gente mala y aquí Milo se puede defender de él, así que es bastante inofensivo. ^^ Muchísimas gracias por leer el capie y por tu review. ¡Chuu!