Capítulo 7: Sensores
Durante los últimos cinco años, los polímeros han sido utilizados como sensores especializados que buscan imitar en la medida de lo posible a aquellos encontrados en la naturaleza. Las membranas poliméricas y los polímeros semiconductores son los materiales más utilizados como sensores, y poseen una alta sensibilidad ante distintos estímulos como la presión, el pH, los gradientes de concentración de iones y la humedad. No obstante, aún son pocas las aplicaciones prácticas para estos polímeros que buscan alcanzar la biomimética, y es necesario realizar un análisis más exhaustivo de las posibilidades de estos materiales.
Milo y Camus regresaron al hotel alrededor de las seis de la tarde. Aunque no tenían mucho apetito —comieron demasiadas papas fritas con pescado durante el almuerzo—, el francés insistió en que cenaran algo antes de regresar a la habitación. En el restaurante, Milo se la pasó remembrando cada uno de los eventos del día: desde el espectacular fundíbulo hasta los pequeños pavo reales que persiguieron a Camus en el laberinto del jardín. Afortunadamente, no comentó sobre el temblor de sus piernas durante la visita al calabozo o la sugestiva despedida de Surt. Camus optó por escucharle en silencio, feliz de que la velada fuese tan exitosa, y seguro de que Afrodita estaría orgulloso de él.
Ahora solo quedaba un asunto pendiente. La idea le llegó tan de repente que sintió como si le hubiesen dado un golpe en la boca del estómago. Había esperado esa oportunidad durante meses y ahora que la tenía tan cerca, ya no se sentía tan seguro. Por ridículo que fuera, no podía evitar el nerviosismo y, para colmo, el despiste de Milo no mejoraba la situación. Quizá si la cena fuese un poco más romántica, sería más fácil sobrellevarlo. Desafortunadamente, Milo parecía tener otras cosas en mente.
—Los muñecos de cera fueron de lo más desagradable. No parecían reales y sus ojos de vidrio eran espeluznantes. Me provocó más miedo que la bruja del calabozo. ¿Qué crees que tengan los muñecos debajo de la ropa? Supongo que es algún tipo de esqueleto. Menos mal que hace frío por acá, de lo contrario se ablandarían y se verían aún más aterradores.
Camus exhaló cansinamente y puso su plato a medio comer a un lado. Generalmente procuraba terminar toda su comida, pero esa noche se sentía indispuesto. Si bien no quería acelerar las cosas, al menos intentaría tornarlas un poco más a su conveniencia.
—Me alegra que te hayas divertido.
—A mí me alegra que me hayas invitado. Fue mucho más divertido que si hubiésemos ido a Birmingham.
Milo entrecerró los ojos y sonrió lánguidamente. Por unos instantes, Camus pensó que diría algo más, mas no fue así.
—¿Cómo te has sentido, Milo?
La extraña pregunta rompió la serenidad del rostro del rubio, quien arqueó la ceja izquierda y arrugó la nariz.
—¿De qué?
—De nosotros —preguntó sin más y sonrió al ver que las mejillas de Milo se sonrojaban—. Hemos estado juntos por casi cuatro meses —Milo bajó el rostro y apretó los labios—. ¿Milo?
—¡Cuatro meses! —exhaló entrecortadamente a modo de risa—. Qué rápido pasa el tiempo, ¿no te parece?
—Bastante.
—Parece que fue ayer cuando me diste el tema de mi tesis y ahora…—Yo me siento conforme con nuestra relación —interrumpió Camus—. Ha sido satisfactoria y confío en que las cosas seguirán así en el futuro.
Milo bufó, frunció el ceño y tomó un trozo de pan de su plato para luego trozarlo y meterlo a su boca.
—Parece que estás hablando de los resultados de una investigación— murmuró con la boca llena.
—Es un tipo de investigación, ¿no te parece?
El menor sonrió sardónicamente y sacudió las migajas de la comisura de su boca.
—Si lo ponemos así, la vida entera es un experimento.
—Lo es —concordó Camus—. La vida es experimentar cosas nuevas y diferentes, hallarles razón y decidir si es apropiado seguir estudiándolas, o si se encontrará mayor provecho en otras cosas. Siempre he sido un hombre rutinario y tú me has ayudado a cambiar eso. Ahora me atrevo a experimentar y a disfrutar más mi vida. Ha sido gracias a ti.
Milo asintió lentamente, aparentemente impasible a pesar del agradecimiento que acababa de recibir. Mordió sus labios y comenzó a doblar y desdoblar la servilleta de tela.
—Esto no es un experimento —murmuró.
—¿Disculpa?
—Esto es algo que he querido hacer desde que te conocí —su voz se escuchó firme, pero queda—. No es algo temporal o algo que descartaré en el momento en que haya algún problema.
—No me refería a eso.
—¡Lo sé! —gritó y las cabezas del resto de los comensales giraron hacia ellos—. Lo sé… solo no digas que es un experimento.
—¿Milo? —preocupado, Camus deslizó su mano derecha sobre la mesa hasta encontrarse con la del griego—. ¿Qué pasa?
—Lo siento —se atrevió a corresponder la caricia después de sacudir su cabeza varias veces—. Yo también estoy feliz, Camus. Me gusta estar contigo, en verdad que sí. Haces que todo se sienta tan… fácil.
Incluso el francés, con su usual falta de empatía, supo que había algo más detrás de aquellas palabras. Una neblina, una tormenta quizá, cubría su mente y entorpecía sus pensamientos. Camus quiso indagar en sus emociones, quiso descubrir el porqué de su súbita reacción y extrañas palabras. No obstante, cuando abrió la boca para responder, sus ojos se encontraron con las turquesas de Milo que, determinadas, parecían haber tomado una decisión.
—Hay pocas cosas en esta vida en las que tengo certeza, Camus —entrelazó sus dedos con los de él—, pero una de ellas es que quiero estar contigo.
El silencio les cubrió por un par de minutos. Camus sabía que tenía que sentirse triste o preocupado . Sin embargo, en lugar de pensar en un modo para ayudarle, únicamente pudo concentrarse en sus últimas palabras.
"Quiere estar conmigo", pensó con tanta euforia que sentía que el corazón se le saldría del pecho.
Se sentía terriblemente culpable, pero se consoló a sí mismo convenciéndose de que Milo no diría más en esos momentos y que interrogarle únicamente empeoraría las cosas. Así pues, dejó a un lado la culpa que sentía y decidió tomar provecho de la situación.
—¿Milo? —carraspeó y limpió su boca con la servilleta.
—¿Qué pasa?
—¿Ya has terminado de comer?
Milo centró su mirada sobre su plato, en donde ya solo quedaban un par de cubitos de zanahoria de su pie de corned beef. Rascó su nuca y tomó un largo sorbo de su limonada.
—Sí. No supo tan espantoso como se veía.
Camus aprovechó que un mesero pasó cerca de su mesa y le pidió la cuenta. Después de firmar el recibo, se levantaron y caminaron hacia su habitación. Las luces principales se encendieron cuando Camus colocó la tarjeta de acceso en el interruptor y los hombres aprovecharon un banco cercano a la puerta para quitarse los zapatos.
—¿Está bien si me baño primero? —preguntó Milo alistando su ropa de cama.
—Adelante —respondió el otro, mientras cerraba las cortinas que la mucama había dejado abiertas desde la mañana.
Milo entró al tocador y Camus encendió el televisor para tener algo en que distraerse. Por supuesto, todo fue en vano y justo antes de que intentara mejor suerte con su ya arrugadísima revista de historia, un zumbido en su celular llamó su atención. Se sentó en la cama, desbloqueó el aparato y poco se sorprendió al encontrar diez mensajes de Afrodita. Había estado tan entretenido con Milo que desde la mañana no había revisado su celular.
OMG! Vas a llevar a Milo al castillo!
Seguro es para disculparte por lo de Surt. Se merece el paseo.
Espero que estén siendo más decentes en el castillo que en el laboratorio.
No dejes que los veten de Inglaterra por exhibicionismo.
Respóndeme, bastardo!
Siguen en el castillo?!
CAMUS!
No seas egoísta!
Vamos a regresar como a las once. Espero que estés aprovechando el tiempo.
Más te vale que hagan lo que tengan que hacer antes de que regresemos. Mi cuarto está en el mismo pasillo que el suyo y quiero dormir bien para el vuelo de mañana.
Camus frunció el ceño e hizo la nota mental de apartar seis horas seguidas en el laboratorio de microscopía. Eso le enseñaría a Afrodita a alejarse de sus asuntos. Su celular timbró nuevamente.
¡Usen protección! ✧ヽ(◕‿◕ヽ✿)
Si en algún momento Camus pensó en responder los mensajes, su intención desapareció tras leer el último de estos. Apagó el celular y lo guardó en el cajón de la mesa de noche a sabiendas de que se ganaría una buena reprimenda por ignorar el "atento interés" de Afrodita.
Sintiéndose repentinamente cansado, decidió recostarse en la cama por unos minutos. El murmullo del televisor le ayudó a relajarse al grado que, cuando el pestillo de la puerta del baño se liberó, dio un brinco de sorpresa. Milo no tardó en salir con una toalla enrollada alrededor de su cuello. Le pareció raro que hubiese salido en pijama. No la había utilizado el resto de las noches y, como si eso no fuese suficientemente extraño, un intenso rubor cubría su apenado rostro.
—¿Camus? Cuando dije que quería estar contigo no me refería precisamente a esto —confesó.
El francés supo al instante a lo que se refería y sintió que el alma se le iba del cuerpo. ¿Cómo pudo haber sido tan estúpido? ¿Cómo pudo haber interpretado tan inocente y dulce confesión como algo lascivo? La respuesta era clara: era algo en lo que Camus había estado pensando desde hacía meses y cuando creyó ver un signo de que Milo también lo deseaba, se dejó llevar por sus instintos.
—Sin embargo… —el pánico de Camus cesó cuando Milo habló nuevamente. Este ya estaba frente a él, hincado sobre la cama y recargado sobre sus puños cerrados. Sus húmedos rizos enmarcaban perfectamente su rostro, nervioso pero decidido, y Camus se quedó sin palabras.
—¿Qué haces, Milo?
—También quiero estar contigo de esta forma —tragó saliva—. He querido hacerlo desde hace tiempo, pero no me atrevía. Yo… debí haberte dicho esto antes y…
—¿Decirme qué?
—Yo… —vaciló—, la verdad es que nunca antes…
Camus abrió los ojos de par en par y se hincó sobre la cama.
—¡¿Eres virgen?!
Milo lanzó el rostro hacia atrás y cubrió su boca con ambas manos para amortiguar una fuerte carcajada. Rio tan tendidamente y por tanto tiempo que Camus no pudo evitar sentirse irritado y, admitía, bastante celoso.
—Si no eres virgen, ¿cuál es el problema? —preguntó Camus cruzado de brazos.
—Perdón, perdón —dijo aún entre risas—. Hubieras visto tu cara. Ni siquiera en el avión te veías tan asustado.
Camus lanzó un gruñido. ¡Por supuesto que se había asustado! Desde el principio supuso que Milo tenía tanta o más experiencia sexual que él. Él era mucho más sociable y, después de todo, acababa de cumplir los veintiocho años. Era un adulto y Camus lo trataba como tal. Habría sido sumamente bochornoso para Camus enterarse de que lo había corrompido sin saberlo. Si bien no le habría detenido en sus intentos, al menos habría sido más cuidadoso durante sus demostraciones de cariño en la universidad.
—No soy virgen —continuó—, aunque supongo que algo hay de eso —se inclinó hacia adelante, con un gesto serio en el rostro—. Nunca he estado con otro hombre.
Camus entreabrió la boca sin saber cómo responder. Milo le había dicho el mismo día de su confesión que nunca antes había tenido una relación seria con otro hombre y Camus supuso que se refería a que había hecho de todo, menos tener una relación formal. Ahora, en retrospectiva se daba cuenta de que todo había sido culpa de Milo y que debió haber sido más claro. Cerró los ojos sintiéndose ligeramente derrotado.
—Entiendo —murmuró finalmente—. No te preocupes, Milo. No lo haremos hasta que te sientas listo.
Sintió una presión en su pecho que lo obligó a recostarse nuevamente. Cuando abrió los ojos, vio la mano de Milo sobre sí y notó que estaba tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo.
—No me escuchaste. Quiero hacer esto desde hace tiempo —movió sus piernas hasta quedar a horcajadas sobre él—. Admito que estoy algo nervioso, pero serás gentil conmigo, ¿no es así, Camus?
Sus palabras aparentaban inocencia, pero su tono era más que incitante. Incluso había remarcado su acento griego y Camus se preguntó en qué momento se había dado cuenta de lo mucho que le provocaba cuando hablaba de ese modo.
—No te preocupes. Cuidaré bien de ti —dijo mientras colocaba su mano derecha sobre su hombro para halarlo hacia sí y darle un suave beso en los labios—. Si quieres que pare, dímelo —Milo asintió lentamente y Camus sujetó su mejilla para luego besarle con más intensidad.
El griego se concentró en mantener el equilibrio entre sus brazos y rodillas para evitar aplastar al francés con su peso y Camus agradeció el espacio libre para mover sus manos a sus anchas. No tardaron mucho en anidarse en su cintura, donde había zonas tan sensibles que provocaban que Milo meciera sus caderas con apenas un roce.
Se besaron por varios minutos hasta que Milo se separó, no sin antes repartir varios besos húmedos en su rostro. Se incorporó y se sentó sobre Camus, quien alzó instintivamente sus caderas para acrecentar el placer que sentía. El súbito movimiento tomó a Milo desprevenido y no tuvo tiempo suficiente para morderse los labios que tan impúdicamente emitieron un agudo gemido.
—No te burles —advirtió el menor cuando abrió los ojos y se encontró con la encantada sonrisa de Camus.
—No lo hago.
A sabiendas de que no era el mejor momento para ponerse a discutir, Milo comenzó a desabotonar su pijama. Desafortunadamente para Camus, la acción fue interrumpida por la irritante canción de un comercial.
—¡¿Podemos no hacer esto con el televisor encendido?!
Camus pensó en responderle que aquello no era su culpa y que lo había tomado desprevenido, mas pudo contenerse a tiempo y se conformó con tomar el control remoto y apagar el aparato. Lanzó el control a un resquicio de la cama y aprovechó el momento para apagar todas las luces a excepción de la de la cabecera.
—¿Mejor? —preguntó Camus.
Milo sonrió, se quitó la parte superior de su pijama e incluso se atrevió a desabrochar y bajar la cremallera de los jeans de Camus.
—Mucho mejor —murmuró mientras reclamaba un nuevo beso de sus labios.
Por unos instantes Camus pensó en la fortuna que tenían de que Shion se hospedara en un piso diferente al suyo, y en lo desafortunados que serían Shura y Afrodita por estar a un par de habitaciones de distancia. Sin embargo, Milo no tardó en recuperar su atención cuando comenzó un suave vaivén sobre su cuerpo.
Mientras tanto, en una farmacia de Birmingham, un español compraba un paquete de tapones para los oídos y una cajita de pastillas para dormir.
Comentario de la Autora: Antes que nada, una disculpa por haber tardado tanto en actualizar. Me dio una conjuntivitis muy, muy intensa y tuve que alejarme de todas las pantallas e incluso los libros. Fue algo sumamente aburrido. Ya estoy mucho mejor, pero todavía no veo con mucha claridad. Me siento como Shiryu y necesito agua de la vida. Es decir: vodka, pero ya se me acabó y estoy triste.
Sobre este capie, creo que este ha sido uno de los más difíciles de escribir desde que empecé con esta serie. Quería poner ciertas escenas muy específicas, pero al final me quedé con un resumen de todo lo que quería hacer jaja! De todas formas estoy satisfecha con él. ¿Esperaban porn? Quizá sí, pero ustedes saben que eso no se me da mucho. Una disculpa si es que no cumplí con la expectativa.
Estoy feliz porque el servidor me permitió dejar el emoji de Afrodita jaja! Había notita musical por ahí, pero me conformo con la carita.
Este capie fue revisado por la hermosa Gochy que se asegura de que las actualizaciones sean, si no chéveres, al menos no anti chéveres. Chuu!
Eso es todo por ahora. ¡Espero no lo hayan odiado!
Respuesta a Review de Dk: Noooo! No tires tu celular! Surt no lo vale! Además, ya se fue y no tendrás que verlo nuevamente a menos de que leas otro fic con él. Jaja! Me alegra que hayas disfrutado el capie anterior y, sobre todo, que te hayas tomado el tiempo de dejar una review. Espero que sigas disfrutando de la adorabilidad de Camuchis. Aún tendremos algo de eso. Y por favor, ponte de pie. Soy una diosa generosa y no requiero que se inclinen ante mí *giggles* ¡Muchísimas gracias!
