Capítulo 8: Empaquetado

Las películas poliméricas se utilizan para empaquetar distintos tipos de sustancias, incluyendo alimentos, tecnología e incluso piezas industriales. Existen varias rutas para optimizar su resistencia química, mecánica y a la flama, así como para adecuar sus propiedades de barrera conforme a lo que se requiera. En los últimos años se ha buscado ampliar el uso de polímeros biodegradables para reducir el impacto en el ambiente causado por los envases plásticos. Otra alternativa ha sido la captación de estos materiales para su posterior reciclaje.

Durante los meses posteriores al viaje a Inglaterra, la relación entre Camus y Milo se tornó más íntima y, hasta cierto punto, relajada. Solo hasta cierto punto porque junto al griego siempre había algo por lo cual emocionarse, algo nuevo qué hacer o algún lugar para conocer. Podía ser algún recoveco entre las laberínticas calles del centro, un restaurante familiar escondido a los pies de la Acrópolis o alguna ruta desconocida que llevaba a una de las islas. Milo había llevado la pasión y la emoción a su vida, haciéndole sentir increíblemente dichoso. Cuando estaba a su lado el mundo parecía fluir con mayor ligereza, todo parecía tener más sentido y todo lucía más real que nunca. Ahora que el semestre se acercaba a su fin, Camus sentía que necesitaba ese candor más que nunca y pensaba aprovechar la compañía de Milo al máximo.

Llegó julio y los dos hombres estaban cada día más ocupados con sus respectivos experimentos y tesis. Sus mañanas eran tan atareadas que prácticamente no se veían en la universidad y, con el fin de compensar la lejanía, comenzaron a pasar la mayor parte de sus noches en el departamento de Camus. Su relación se tornó más hogareña —más adulta, decía Milo— y el mayor no cabía en sí de la felicidad.

Camus esperaba que su vida permaneciera de esa forma por mucho tiempo más. Infortunadamente, aquella divinidad que tan frecuentemente disfrutaba de su sufrimiento no tardaría en fracturar todo lo que conocía como real.

Todo comenzó un fin de semana. Cierto viernes Camus le comentó a Milo que quería probar nuevamente su froutalia y cuando este se rehusó a cocinar en su "barbárica" cocina, decidieron pasar la noche en el departamento de Milo para que el sábado en la mañana pudiera preparar el platillo a su gusto.

Eran alrededor de las diez de la mañana. Habiendo desayunado, Camus esperaba a que Milo terminara de bañarse para poder ir al supermercado a comprar los víveres de la siguiente semana. Mientras tanto, Camus se distraía leyendo un panfleto con los descuentos semanales hasta que el sonido del seguro de la puerta principal provocó que diera un brinquito en su asiento.

Completamente extrañado por la inesperada visita, se levantó del sillón esperando que no se tratara de un asaltante. Afortunadamente, no tardó en reconocer a uno de los hermanos de Milo. Por el formal modo en el que vestía, supuso que se trataba de Saga. El recién llegado tampoco debió esperar a alguien que no fuese su hermano menor porque quedó pasmado al momento en el que sus miradas se cruzaron.

¿Dónde está Milo? —preguntó y Camus se sintió sumamente aliviado por haber mejorado tanto su griego en tan corto tiempo.

Se está bañando —respondió sin titubear.

Saga gruñó tan gravemente que Camus juró sentir las vibraciones en el aire que le rodeaba. En ese entonces, como si le hubiesen invocado, Milo salió del baño vestido únicamente con unos boxers azules y una toalla enrollada alrededor de su cuello que fallaba en disimular las marcas rojas que Camus había dejado en su cuerpo la noche anterior.

Milo detuvo sus pasos al instante en el que se topó con Saga, cuyo confuso rostro se deformó hasta convertirse en una mezcla de enojo y preocupación. Camus notó que sus manos, que sujetaban un delgado sobre de manila, comenzaron a temblar. A pesar de que todo lo que sabía de Saga era por boca de Milo, Camus sentía que el escenario era completamente irreal. Saga debía ser imperturbable, estoico incluso, y el modo en el que temblaba y en que su frente se cubría de sudor distaba mucho de la impasible imagen que tenía de él.

Aunque Camus no estaba seguro de lo que pasaba, tenía una muy buena teoría al respecto.

—Saga… —Milo fue el primero en atreverse a romper el silencio, pero el resto de su oración murió en su boca.

—¿Desde cuándo?

El menor bajó el rostro y Camus notó en su pecho el acelerado ritmo de su respiración.

—Desde noviembre.

El francés cerró los ojos con fuerza. La sencilla respuesta confirmaba su teoría: Milo no le había dicho a su hermano que estaban en una relación. Cuando abrió los ojos se encontró con el pávido rostro de Saga, quien lanzó el sobre al sillón más cercano y cubrió su boca con la mano izquierda. El silencio los cubrió por varios segundos.

—¿Por qué no me dijiste? —preguntó finalmente. Milo clavó aún más su mirada al suelo—. ¿Mis papás saben?

Milo asintió sin atreverse a alzar el rostro.

—Les dije en diciembre.

Saga dio un grito ahogado y comenzó a negar con la cabeza sin desprender su mano de los labios.

—Es por eso que no pasaste la Navidad con nosotros.

Camus sintió una oleada de ardor ascender desde su estómago hasta su pecho. Milo le había dicho que no pasaría las fiestas en su isla natal porque sus padres no estarían en casa, y apenas ahora se daba cuenta que todo había sido una mentira. No solo eso, el hombre había mantenido su vida familiar y su vida romántica separadas a propósito. Mientras Camus pensaba que finalmente había encontrado una pareja estable y planeaba llevarlo a conocer a sus padres a fin de año, Milo ni siquiera se había atrevido a hablar de él a su hermano mayor.

Milo le había estado mintiendo desde hace meses y, si le había ocultado algo tan importante, no quería pensar qué otras cosas podría estar guardándose para sí mismo. ¿Por qué Milo tenía que ser tan orgulloso? ¿Por qué no podía confiar en él? Ciertamente, Camus no era la pareja perfecta, pero sabía escuchar. Todo ese tiempo le había apoyado en la medida de lo posible y no entendía por qué le había despreciado de tal modo.

—¿Por qué no me dijiste?

Camus alzó el rostro al escuchar en boca de Saga la pregunta que tanto le atormentaba.

Tuve miedo —susurró Milo sin atreverse a mirar a su hermano.

Saga entreabrió la boca, y la mano que aún tenía sobre ella apagó un tembloroso suspiro.

Los hermanos permanecieron en su sitio por lo que a Camus le pareció una eternidad. La habitación se cubrió en un profundo silencio interrumpido únicamente por el zumbido del refrigerador. Poco antes de que Camus considerara huir hacia la habitación con intenciones de calmar su enojo en soledad, Milo se atrevió a hablar nuevamente.

Lo siento. Quería decirte, pero mamá…

¿Creíste que sería como ella?

—¡No! —exclamó y dio un paso hacia él—. ¡Nunca! —agitó la cabeza de un lado a otro—. Lo tomó muy mal, Saga. No quería involucrarte.

¿No querías involucrarme? —el mayor finalmente bajó los brazos—. ¡Soy tu hermano!

Los ojos de Saga comenzaron a enrojecerse, clara señal de las lágrimas que intentaba contener. Los hermanos intercambiaron más palabras, casi todas con tanta rapidez que a Camus le fue imposible seguir el hilo de la conversación. En un momento, el mayor se acercó a Milo y lo abrazó fuertemente, provocando que Milo dejara escapar unos sollozos.

El francés sabía que sin importar lo furioso y decepcionado que estaba, no era momento para interrumpirlos. Tuvo que conformarse con mantener su distancia, mientras su mente se llenaba de negatividad. ¿Acaso había hecho algo malo para que Milo desconfiara tanto de él? ¿Acaso le tenía tanto miedo a sus padres? ¿Qué le habrían dicho? ¿Qué le habrían hecho? ¿Por qué nunca vio una sola señal de su tristeza?

Había habido pistas —apenas las notaba—, extrañas formas de reaccionar ante ciertas frases, ciertas preguntas. Debió haberse imaginado que había un motivo por el cual ya habían visitado casi todas islas a excepción de Milos. Había un motivo por el cual no le había presentado a Saga y por el cual había reaccionado con tanta felicidad cuando supo que Camus no pasaría la Navidad en París. El francés debió haberse dado cuenta de que algo estaba mal. De ningún modo habría podido adivinar la extensión del daño, pero debió haber sabido que la sonrisa de Milo no era tan sincera como parecía.

Después de varios minutos, los hermanos se separaron. Saga murmuró algo de un resfriado y Milo asintió, para luego encaminarse a la habitación en donde seguramente se pondría algo de ropa.

Al encontrarse solos, Saga suspiró cansinamente y dirigió su atención hacia Camus.

—Soy Saga —consciente de lo absurdo de la situación, se presentó con una sonrisa forzada—. El hermano mayor de Milo.

Le ofreció la mano al francés, quien la aceptó sin dudarlo. Las manos de Saga aún temblaban.

Camus. Conocí a Milo en la universidad.

Saga asintió y tragó saliva.

Lamento todo esto.

Yo también —gruñó—. No tenía ni idea. Nunca me lo dijo.

Parecía ser que Saga no había acabado de sorprenderse esa mañana, puesto que abrió ampliamente los ojos ante la confesión de Camus. No obstante, esta vez logró dominarse con más facilidad.

Entiendo. Mamá es… conservadora.

Camus asintió y Saga siguió hablando por varios segundos. Sin embargo, ya no podía entender una palabra de lo que decía, y no supo si era porque todavía estaba demasiado abrumado por lo que acababa de pasar o si el mayor había comenzado a utilizar palabras más complicadas. Aun así, le dejó hablar. Estaba demasiado cansado como para interrumpirle.

Lo lamento —dijo cuando Saga calló—. Mi griego no es muy bueno.

Saga rio secamente y se alzó de hombros.

—A mí me pareció bastante bueno —respondió en inglés. Camus notó que su acento era mucho más marcado que el de su hermano.

Poco después, Milo regresó vistiendo sus usuales jeans negros y una camiseta roja. Camus notó que incluso se tomó la molestia de ponerse los zapatos.

—Los sobres de Kanon llegaron antes de lo usual y quise traerte el tuyo —explicó Saga, mientras señalaba con la mirada el arrugado sobre—. Está en Cerdeña.

Milo asintió y le agradeció.

—Los dejo. Me parece que tienen mucho de qué hablar.

El menor asintió nuevamente y Saga se despidió de él con un beso en ambas mejillas. Antes de marcharse se dirigió a Camus.

—Hasta luego, Camus. Confío poder conocerte mejor la próxima vez.

A pesar de que sus palabras fueron atentas, el francés alcanzó a percibir en ellas un ligero tono amenazador. Saga se despidió nuevamente y salió del departamento, probablemente a sentarse en las escaleras por unos minutos más hasta tranquilizarse lo suficiente como para poder regresar a su casa.

Claramente exhausto, Milo dejó caer su peso en el sillón con el sobre amarillo. Sonrió desganadamente y abrió el paquete. Camus ya había visto sobres semejantes con anterioridad; Kanon procuraba enviarlos cada mes y solían traer un par de postales, una tarjeta Micro SD repleta de fotografías y, en ocasiones, una o dos hojas escritas a mano con alguna receta originaria del lugar que visitaba en esos momentos. En esta ocasión, Milo sacó una hoja de papel amarillento y comenzó a leer las concisas líneas ahí escritas.

—Son ravioles de queso y espinaca —susurró—. Deberíamos probarlos alguna vez.

—Me mentiste —su tono fue más severo al que esperaba; sin embargo, desconocía cómo atenuar el enojo que sentía en esos momentos.

Milo exhaló sin despegar sus ojos de la hoja de papel.

—Lo siento, Camus. No quería preocuparte.

—Algo así pasó antes. ¿Por qué no confías en mí?

El griego guardó cuidadosamente la hoja en el sobre y lo colocó con parsimonia sobre la mesa de centro.

—Lo dije entonces: esto no se trata de confianza.

—No estoy hablando de Surt. Estoy hablando de que no me dijiste que nunca habías estado con otro hombre.

—¡Te dije que nunca había tenido una relación seria!

—Y la verdad era que nunca habías tenido nada.

Milo mordió su labio inferior y exhaló sonoramente.

—Olvídalo. También lo de mi madre. Lo mejor es que no te entrometas.

El despectivo tono de sus palabras provocó que un nuevo ardor cimbrara el vientre de Camus. Le costaba creer que el hombre frente a él fuese el Milo de siempre. No tenía idea de que pudiese ser tan frío, mucho menos con él.

—Pude haberte ayudado. Pudimos haber hablado con ella.

El otro frunció el ceño y apretó los labios.

—Yo no... no necesitabas escuchar sus palabras.

—Milo...

—Ella puede llegar a ser muy cruel.

Para Camus aquello era fácil de imaginarse. Su hijo era igualmente capaz de herir a las personas.

—¿Por qué siempre tienes que ser tan orgulloso?

—Estará bien, Camus. No necesitas involucrarte. No quiero que pases por esto.

—Si tú tienes que pasar por esto, lo haré contigo.

—No —su respuesta fue contundente—. No es necesario.

—¡¿No es necesario?! —dio un par de zancadas hacia el hombre que aún no se atrevía a mirarle a la cara—. ¿Hace cuánto que no ves a tus padres?

—Hablé con papá la semana pasada —respondió de mala gana, como si realmente pensase que esa respuesta sería suficiente para Camus.

—¿Y tu madre? —Milo se encogió de hombros y Camus tuvo que morderse los labios para contener parte de su ira—. Desde diciembre, ¿no es así?

—Este es mi problema, no el tuyo. Lo resolveré por mí mismo.

Camus quiso tomarlo del brazo para ponerlo a su nivel, mas no se atrevió a sabiendas de que podía ejercer más fuerza de la necesaria. Se limitó a negar varias veces con la cabeza y parpadear con rapidez para contener sus lágrimas de frustración.

—No puedo creer que me estés diciendo esto.

—No es tan malo como parece —Camus notó que sus palabras comenzaban a flaquear—. Simplemente es complicado.

—¡Seguro! ¡Debe ser muy complicado repudiar a tu hijo solo porque le gustan los hombres!

—No esperaba que lo entendieras... —murmuró con respiración entrecortada.

—¡¿Qué, Milo?! ¡¿Qué hay para entender?!

—¡Que mis padres no son como los tuyos! —finalmente, Milo se levantó de su asiento y confrontó a Camus, quien nunca antes le había escuchado gritar así—. ¡Mamá no es una importante farmacóloga, papá no es un químico famoso! Él apenas terminó la secundaria. Es un minero, Camus. ¡Un minero! Ha pasado toda su vida bajo tierra y lo único que sabe del mundo es lo que ha aprendido entre los túneles. Mamá es ama de casa. ¡Ni siquiera terminó la primaria! Su vida ha sido difícil y el único confort que ha encontrado ha sido en la religión.

—La religión que envenenó su mente.

—Que la confundió —espetó con firmeza—, y a mí también. Fue hasta que salí de la isla que mi mente se aclaró, que acepté que lo que sentía era normal y que estaba bien que me gustaran tanto los hombres como las mujeres. Aprendí todo eso aquí y, aun así, fue difícil. Fue una de las razones por las que... —ahogó un quejido—. ¡Fue uno de los motivos por los que quise regresar a casa! ¡Porque tenía miedo de lo que sentía! Pero acepté lo que era gracias a Kanon y a los amigos que había hecho aquí. Mamá apenas sale de la isla; no es una mala mujer, solo es ignorante.

—Esto no tiene nada que ver con la educación. ¡No hay excusa para que abandones a tu hijo únicamente porque es diferente!

—Necesita tiempo —las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas—. Sé que lo entenderá tarde o temprano.

—¡Por favor, Milo! ¡Ha sido más de medio año! ¡¿Realmente crees que el tiempo hará una diferencia?!

El rostro de Milo se quebró y su orgullo cedió para dejar paso a la tristeza.

—No es tan fácil —exhaló—. No es tan fácil como crees.

—No estoy diciendo que sea fácil. Estoy diciendo que no tienes que hacer esto solo. Yo podría hablar con ella, decirle lo que pienso.

—Ella te pagaría con la misma moneda.

—¿Y qué? ¿Tienes miedo de que reaccione como tú? —tartamudeó, su inglés comenzaba a fallarle— ¿Que me avergüence de lo que soy? ¿De lo que siento?

—¡No estoy avergonzado!

—¡Por favor! ¡Ni siquiera le dijiste a Saga que existía!

—¡No quería meter a mis hermanos en esto! Ni tú ni ellos tienen que cargar con las consecuencias de mis decisiones.

—¿Sigues pensando que este problema es solo tuyo?

—¡Lo es!

—Milo...

—¡Es mi madre y es mi problema!

Elle est un monstre!

—¡No hables así de ella!

—¡Voy a llamarla como lo que es!

Camus notó que sus manos temblaban tanto como las de Milo, que se quedaba sin aire y que era imposible contener sus propias lágrimas. Milo tardó varios segundos en reaccionar. Se sentó nuevamente en el sillón y hundió su rostro entre las manos.

—Ella no es… Necesita tiempo.

—¡Deja de decir eso! ¿Por qué la defiendes tanto?

—¡Porque tengo que creer que puede cambiar!— alzó el rostro y a Camus le pareció tan desconsolador que tuvo que desviar su mirada—. Porque no quiero pensar que nunca más pasaré la Navidad con ellos, que no volveré a probar los kataifi de mamá, ni su pastel de zanahoria, ni... —hipeó y hundió nuevamente su rostro entre sus manos.

Camus le escuchó sollozar por un par de minutos sin atreverse a acercarse a él. Cuando consideró que ambos estaban un poco más calmados, caminó hacia el sillón y se sentó a su lado.

—Lo siento, Milo. Tienes razón. No lo entiendo, pero quiero ayudarte. Me enfurecí al saber que esa mujer había lastimado al hombre que amo.

Milo enderezó su espalda al instante y lo miró con incredulidad.

—¿Qué dijiste?

Fue en ese momento que Camus se percató de lo que había dicho. Abochornado, desvió el rostro, a sabiendas de que sus orejas delatarían el rubor que lo cubría.

—Eso no es importante ahora.

Milo rio con nerviosismo y lo abrazó fuertemente.

—Claro que lo es, Camus —aseguró—. ¿No lo ves? Es lo único que importa.

Estuvieron así por largo rato. Todavía tenían muchas cosas de qué hablar, pero al menos por ese momento, podían refugiarse en lo único que era verdaderamente importante.

Comentario de la Autora: Ok, ok. Siento que necesito dar una explicación por esto. Eh... *runs away*

Jaja! No es cierto. Lo que pasa es que desde hace mucho que quería trabajar una historia en la que hubiese un conflicto de este tipo. El trabajar en universos en donde la homosexualidad no causa prejuicios es bueno porque te ayuda a enfocarte en otras cosas. El ambiente de Santuario lo permite especialmente bien y en general disfruto tanto leer como escribir esas historias. Desafortunadamente, no es algo real. Sobre todo en un país como Grecia, y quería explorar este tipo de temas.

Además, casi siempre pongo a Camus como el bruto y esta vez quise hacer algo diferente. Sip, Camuchis es un babis, pero esta vez fue Milo el que cometió un grave error en la relación. Su situación familiar podrá explicar su actitud, pero no justificarla. Fue egoísta e hizo sufrir a Camus por eso. Espero que este capítulo se haya sentido real. Trabajé mucho en él. También lamento que Camus y Saga se conocieran en un modo tan incómodo. Veremos más de Saga y de Kanon más adelante.

Una vez más, este capie fue patrocinado por la bella Gochy, mi betuchis consentida.

Mmm... creo que eso es todo por ahora. Se me cuidan mucho y feliz día de reyes atrasado!