Capítulo 9: Medicamentos
Los polímeros naturales, sintéticos e híbridos, son usados actualmente en múltiples aplicaciones médicas porque permiten ajustar sus propiedades físicas, químicas y biológicas según los requerimientos necesarios. Los polímeros más comúnmente utilizados en la medicina son los biodegradables, los llamados "inteligentes" que generan respuestas específicas ante estímulos específicos, los que funcionan como excipientes e incluso aquellos que se utilizan para recubrir las píldoras de los medicamentos.
Era la tarde del viernes y Camus descansaba de una larga semana en el departamento de Milo. Desde que fueron descubiertos por Saga seis días atrás, Milo pareció perder el interés de ocultarse en casa de Camus. Este suponía que el griego ya no tenía una razón por la cual mantenerse lejos de su espaciosa cocina y por ello insistió en que Camus se quedara con él durante el fin de semana. El francés accedió sin más motivo que el poder tenerlo cerca.
La situación entre ellos seguía tensa debido a que Milo rehusaba aceptar cualquier ayuda que Camus pudiera ofrecerle. Sus constantes rechazos le frustraban sobremanera y lo máximo que logró fue la promesa de que si Saga y su padre no podían ayudarle, entonces recurriría a él. A decir verdad, Camus sabía que había poco que él pudiera hacer para cambiar la forma de pensar de la madre de Milo. No obstante, estaba dispuesto a todo para poder acompañar al griego durante el difícil momento. Quizá por eso aceptó pasar las tardes con él a pesar de que seguía molesto.
Esa tarde en particular, Milo estaba cenando con sus viejos amigos del pregrado. Ciertamente, el hombre no estaba de buen humor, pero sus compañeros habían planeado la salida desde hacía tanto tiempo que Milo no tuvo el corazón para cancelarles. El griego le había advertido que no regresaría antes de medianoche; sin embargo, Camus decidió esperarle en su departamento, a sabiendas de que no se sentiría tranquilo hasta que Milo regresara.
Los días anteriores habían sido tan estresantes que Camus quiso aprovechar la soledad para ver un par de episodios de Cosmos de Carl Sagan, mientras tomaba un par de copas de vino acompañadas por unas elegantes alitas de pollo. Infortunadamente, cuando se recostó en la cama y se preparaba para encender el televisor, alguien llamó a su puerta.
Sabía que Milo llevaba sus llaves y le pareció extraño recibir una visita a esa hora del día. No obstante, decidió desperezarse y salir de la cama, tomándose unos segundos frente al espejo para asegurarse de que lucía lo suficientemente decente como para abrir la puerta.
Cuando se asomó por la mirilla de la puerta principal, Camus alcanzó a reconocer la borrosa imagen de Saga. Había alguien detrás de él, mas no supo de quién se trataba. Extrañado, abrió la puerta para descubrir que quien le acompañaba no era otro sino Kanon. Ahora que los tenía uno frente al otro se daba cuenta de que, si bien eran físicamente idénticos, era fácil reconocerlos. Saga vestía un formal traje negro con corbata violeta —seguramente acababa de salir de su trabajo en el bufete de abogados—, mientras que la vestimenta de Kanon se limitaba a unos viejos jeans y una camiseta color azul. Sus expresiones eran también muy diferentes: Saga lucía tranquilo y una educada, aunque pequeña, sonrisa decoraba su rostro; por el contrario, la boca torcida de Kanon era una clara indicación de que estaba de muy mal humor. Procuró no pensar demasiado en aquellas diferencias y, esperando que los hermanos no trajeran consigo una mala noticia, extendió su mano derecha para saludarles.
—Buenas tardes, Saga.
El mayor asintió y correspondió al apretón de manos.
—Buenas noches, Camus. Te presento a Kanon, mi hermano menor.
Con solo mirar el tenso modo en el que Kanon se cruzaba de brazos, Camus supo que no valdría la pena ofrecerle la mano. Optó, entonces, por dedicarle un simple movimiento de cabeza; Kanon no respondió a la atención y desvió la mirada.
—Kanon —murmuró Saga gravemente—. Este es Camus, la pareja de Milo.
—Un gusto —espetó de mala gana y con un claro tono sarcástico.
Camus frunció el ceño y se alzó de hombros.
—Igualmente… —tras decidir que el gemelo menor no merecía su atención, se enfocó en quien de hecho se comportaba como un adulto—. Lo lamento. Me temo que Milo ha salido y regresará hasta la medianoche.
—Lo sé —aseguró Saga—. Milo me dijo que saldría. De hecho, yo insistí en que lo hiciera. Queríamos aprovechar la oportunidad para hablar contigo a solas.
—Mi hermano fue el de la idea —Camus notó que el acento de Kanon era muy diferente al de sus hermanos. Su inglés era el más fluido de los tres, pero su entonación fluctuaba azarosamente, como si hubiese aprendido el idioma de mil maestros diferentes. Era fácil adivinar que esa suposición tenía algo de cierto.
Camus no estaba del todo seguro qué era lo que tendrían sus cuñados para decirle, mas no se atrevió a rechazarlos. Abrió la puerta de par en par y les ofreció asiento, así como algo de beber, pero los gemelos únicamente aceptaron lo primero. El francés lanzó una rápida mirada al departamento para asegurarse de que todo estuviese aceptablemente limpio y, al cerciorarse de que era así, se sentó en la mesa de centro frente a los gemelos.
—¿De qué querían hablar?
Saga exhaló largamente e incluso Kanon dejó entrever su nerviosismo; fue el hermano mayor quien decidió responder.
—Mañana vamos a hablar con mamá. Kanon vino de Italia para acompañarme.
—Tienen suerte de que haya estado cerca —aseguró—. A principios de año estaba al sur de Marruecos.
—Podrías estar en el otro lado del mundo y habrías llegado en dos días de no ser porque insistes en viajar en ese cacharro al que llamas motocicleta.
—¡Ya te dije que es un clásico!
Los gemelos discutieron por unos segundos más y Camus sonrió al darse cuenta de que ese bello Audi que vio alguna vez no le pertenecía a Kanon. Seguramente, había sido un préstamo de Saga, quien, avergonzado de que su hermano se paseara por la ciudad en una moto vieja, prefirió cederle su carísimo automóvil durante un fin de semana.
—Imagino que Milo no sabe que están aquí —interrumpió Camus al darse cuenta de que los hermanos serían capaces de discutir por el resto de la noche.
—No, y agradeceríamos mucho que mantuvieras esto en secreto —dijo Saga—. No estaría de acuerdo con lo que planeamos hacer.
—Sabe que estás buscando el modo de ayudarle.
—Lo que no sabe es que Kanon también está involucrado.
Camus frunció el ceño y tornó su atención al gemelo menor.
—Tengo entendido que tú también has tenido discusiones fuertes con tu madre.
Kanon extendió sus brazos en el respaldo del sofá, lanzó su cabeza hacia atrás y emitió una seca risotada.
—¡Por favor! ¡No he hablado con la mujer desde hace catorce años!
El francés lanzó una expresión de sorpresa al escuchar aquella confesión. Sabía que la madre de Milo resentía a Kanon por haberse ido de la casa tan joven, pero jamás se imaginó que la rencilla llegara al punto de separarlos por tanto tiempo. Si ese fue el destino que le deparó a Kanon, ¿qué podía esperarse para Milo? En ese momento, Camus se percató de que la situación era aún peor de lo que imaginaba.
Saga notó el asombro de Camus y le dirigió una empática sonrisa.
—Mamá nunca ha estado de acuerdo con el estilo de vida de mi hermano. Lo que más le molesta es el hecho que no haya estudiado una carrera.
—¿Y qué si no lo hice? Cuando me fui dejé de estorbarles; tenía todo el derecho de tomar esa decisión.
—Mis papás dieron todo de sí para darnos una vida mejor. No tienes idea de lo frustrados que se sintieron cuando decidiste convertirte en trotamundos en lugar de ir a la universidad. Fue muy difícil para ellos.
—No le costó mucho trabajo a mamá decirme que, si me iba, jamás podría regresar —se alzó de hombros—. Da igual, no es como si hubiese querido hacerlo.
Saga suspiró y frunció el ceño. Parecía ser que todavía tenía más cosas que reprocharle a su hermano, mas hizo lo posible por mantener sus pensamientos para sí mismo.
—Lo lamento, Camus. Podrás ver que la necedad y el orgullo son defectos muy marcados en la familia —sin saber qué decir o hacer ante tan incómoda situación, Camus se limitó a asentir—. De todas maneras, no estamos aquí para hablar de Kanon, sino porque mañana iremos con mamá y le diremos que Milo tiene el derecho a estar con la persona a la que quiere. Hacer esto será difícil si tenemos en cuenta que no sabemos nada de ti.
—¡Oh! —canturreó Kanon— ¡Pero si yo sí sé mucho de él! Milo lo conoció en la universidad; es su supervisor del proyecto.
Saga arrugó la nariz y giró parcialmente su rostro hacia su hermano.
—¿Su supervisor? ¿Por qué no me lo dijiste? —Kanon gruñó agudamente en señal de que la pregunta no era lo suficientemente interesante como para ser contestada—. Creí que solo eran parte del mismo grupo de investigación —retomó su atención sobre Camus.
—Aunque el doctor Hadjichristidis sea su supervisor titular, he sido yo quien le ha apoyado en sus experimentos —Camus hizo una larga pausa para ordenar el resto de sus ideas—. Sé que lo que hice no fue apropiado. Nunca tuve la intención de aprovecharme de mi posición. Mi plan original era esperar a que Milo se titulara, pero…
—¿Pero? —Saga le alentó a continuar.
—Tenía miedo de que encontrase a alguien más.
Por supuesto que Camus evitó decir que ese miedo desapareció una vez descubrió que Kanon era su hermano. No obstante, el temor de perderle estaba ya muy arraigado en su mente y le hizo precipitarse a una confesión. En retrospectiva, los difíciles meses de añoranza le parecieron cortos y pensó que, después de todo, quizá sí debió haber esperado. Infortunadamente, el asunto estaba zanjado y lo único que Camus podía hacer era aceptar la responsabilidad de sus actos.
—Es algo que ambos deseábamos —continuó—. Amo a Milo y de ningún modo me habría aprovechado de él. Si esto pasó es porque ambos lo quisimos.
Sabía que su excusa era pobre. Aunque tuviesen casi la misma edad, Camus estaba en una posición aventajada con respecto a Milo y pudo haber abusado de su poder con facilidad. El que no lo hiciera no lo eximía de su error.
Saga frotó su barbilla con la mano derecha y habló tras varios segundos de silencio.
—Lo mejor será no decirle a mamá que eres su supervisor. Pensará que lo chantajeaste para convertirlo en tu novio. Estoy seguro de que buscará cualquier excusa para convencerse de que Milo es completamente heterosexual y que esto es solo un experimento —Camus soltó una seca risa—. ¿Hay algo más que nos puedas decir? —preguntó—. ¿Algo que de hecho podamos contarle a mamá?
El francés suspiró y cerró los ojos con fuerza. La cabeza comenzaba a dolerle y suponía que la situación empeoraría conforme avanzara la tarde. Aun así, se convenció a sí mismo de cooperar.
—No hay mucho que decir, en realidad. Soy parisino, hijo único. Nací y viví en Francia durante casi toda mi vida. Mamá es doctora en farmacología y es líder de investigación en Sanofi Pasteur; papá es maestro en química orgánica y trabaja en Arkema. Estudié un pregrado en ingeniería química y una maestría en química orgánica, ambos en la universidad Pierre y Marie Curie. Hace casi cinco años me mudé a Atenas para estudiar el doctorado y vivo a un par de cuadras de aquí. Planeo titularme en septiembre y después me quedaré a trabajar en el grupo como posdoctor. Yo… —se interrumpió a sí mismo—, no tengo muchos pasatiempos. Procuro enfocarme en mi investigación.
Kanon bufó y golpeó a su hermano con el codo.
—¿Ves? — en griego—. Te dije que era aburrido.
—Y yo no te dije que sabe hablar griego.
Por un breve instante Kanon lució abochornado. No obstante, el gesto no tardó en ocultarse detrás de una burlona sonrisa.
—Hijo de familia, doctor y sabe griego… —masculló Kanon—. Si alguno de ustedes fuese mujer, mamá estaría encantada. Ya habría venido hasta acá para pinchar sus condones con un alfiler.
—Kanon… —advirtió su hermano.
—¿Qué? Sabes que es cierto.
—¿Por qué nunca te tomas nada en serio?
—Eres tú quien no me toma en serio. Vine a ayudar a Milo, no a escuchar la historia de vida de este papanatas.
Camus carraspeó y se cruzó de brazos.
—Te recuerdo, Kanon, que soy extranjero y mi respeto hacia las leyes de hospitalidad es más bien débil. No me hagas sacarte a patadas.
Kanon arqueó la ceja y torció la boca en una sarcástica sonrisa.
—¡Ah! Después de todo, el papanatas sí tiene algo de sangre en las venas.
—¿Tanto te molesta que sea el supervisor de Milo?
—Lo que me molesta, Camus —espetó con desdén a la vez que inclinaba su cuerpo hacia adelante—, es que metiste a Milo en este embrollo y ni siquiera lo sabías. ¿Cómo no notaste que algo andaba mal?
La cruda verdad dejó al francés sin palabras. Kanon tenía razón: Milo había tenido una gran pelea con su madre hace meses y Camus no se dio por enterado. Creía saber todo de él y la verdad era que solamente conocía una parte superficial de su vida. ¿Qué más desconocía de Milo? ¿Qué otra cosa le ocultaba? ¿De qué más no se había percatado? Quizá por eso Milo no confiaba en él. ¿Cómo confiar en alguien tan poco observador, alguien que no veía lo que debía ser obvio?
Sus pensamientos fueron interrumpidos por un resoplido de Saga.
—No seas ridículo, Kanon. Sabes bien que Milo es muy buen actor y que es tan necio como mamá. Además, tú tampoco te diste cuenta de que algo estaba mal, ¿recuerdas?
—¡Es diferente! —se defendió—. ¡Yo solo he hablado con él por teléfono! ¡Este idiota prácticamente vive con él!
—Tampoco te diste cuenta de que eran pareja.
Un violento rubor cubrió las mejillas de Kanon, quien lentamente se reacomodó en su asiento hasta hundirse en el respaldo.
Por su parte, las palabras de Saga aligeraron el corazón de Camus. Hubiese jurado que Kanon sí sabía de su relación. Después de todo, era el único miembro de su familia a quien le había dicho que era bisexual. Si Milo había ocultado una verdad a su hermano favorito, no era de sorprenderse que ocultara otra a su pareja. Milo era más que necio; era orgulloso y egoísta, y su comportamiento le había causado problemas innecesarios a las personas que más quería. Al menos, pensó Camus, en su pecado llevaba la penitencia. El sobrellevar la situación por su cuenta debió haber sido muy doloroso y, aunque en esos momentos Camus se sentía molesto y fuera de lugar, al menos tenía la certeza de que Milo ya no estaría solo.
—Milo hablaba todo el tiempo de su querido supervisor, de lo inteligente, guapo y gracioso que era. Fue ahí cuando me di cuenta de que tenía muy mal gusto y que le gustaba Camus —frunció el ceño—. Me imaginaba hacia dónde se dirigía el asunto hasta que llegó noviembre y dejó de hablar de él. Cuando evadió mis preguntas al respecto supuse que Camus lo había lastimado y que optó por alejarse de él. Fue un error de cálculo —miró a Saga acusadoramente—. Además, a diferencia de otros, yo sí sabía que Camus existía.
Saga lanzó una desdeñosa mirada a Kanon y negó varias veces con la cabeza.
—Esa no es sorpresa. Siempre ha confiado más en ti —aseguró—, aunque nunca por completo.
Los tres hombres callaron por varios minutos.
—Nos hemos desviado del tema —dijo Saga finalmente—. Háblanos más de ti, Camus. Después de todo, ahora somos familia.
Camus sonrió tenuemente y asintió. Habló un poco más de su vida antes de Milo y luego les contó cómo terminaron juntos. Habló un poco de su relación, de lo que hacían los fines de semana e incluso de algunas de las locuras de Milo. Fue interrumpido varias veces por los gemelos, quienes le contaron varias anécdotas de cuando los tres vivían en Milos. Hablaron tendidamente por un par de horas hasta que dieron las diez de la noche y Kanon sugirió a su hermano que regresaran a su departamento. Se hacía tarde y requerirían toda la energía posible para enfrentarse a su madre.
—Muchas gracias por todo, Camus —dijo Saga, mientras caminaba fuera del departamento—. Me dio gusto conocerte mejor.
—¿Están seguros de que no quieren que les acompañe mañana?
—Para nada —respondió Kanon, agitando su mano en el aire—. Mamá te mataría y, ¿qué le diríamos a Milo?
—Entonces, llámenme en cuanto tengan oportunidad, ¿de acuerdo? Les deseo mucha suerte.
—Gracias —murmuró Saga—. La necesitaremos.
Los gemelos se despidieron de Camus, quien regresó al departamento una vez los hombres se perdieron de vista en las escaleras.
Su apetito había desaparecido por completo, por lo cual guardó las sobras de sus alitas de pollo en el refrigerador. No obstante, se animó a tomar un par de copas de vino antes de acostarse. Para su sorpresa, Milo llegó sobrio y poco antes de las once. Cenaron cereal en la cama mientras veían un episodio de Cosmos y, cuando Milo se quedó dormido sobre su pecho, Camus sintió envidia.
El nerviosismo le haría permanecer en vela el resto de la noche.
Comentario de la Autora: ¡Al fin volvió a salir Kanoncito! ¡¿No les da gusto?! Es un encanto, sobre todo cuando está haciendo enojar a Camuchis. Sip, sip. Es una pena que no se me dé eso del incesto, de lo contrario haría un sidestory KanonxMilo. Ejem...
Mmm... creo que no hay más cosa qué decir de este capie. Espero que no lo hayan odiado. No hay mucho avance, pero era necesario. ¡Ya sólo quedan 3 capies! ¡OMG! Ojalá que Camus no se tire de un edificio de los corajes.
Me retiro, no sin antes agradecer a mi querida betuchis, Gochy Monchis, quien siempre está dispuesta a mermar mis babosadas. ¡Se me cuidan mucho!
PD: A Camus le gusta Cosmo de Carl Sagan porque yo no sé lo que es la sutileza.
PPD: Kanon es un pobretón.
