Capítulo 10: Nanolitografía
La nanolitografía se refiere a una técnica para construir patrones nanométricos a partir de polímeros. Estos diseños pueden utilizarse en varias aplicaciones como lo son la electrónica molecular, el almacenamiento de información, pantallas, conductores y sensores. La mayoría de las técnicas se basan en la remoción selectiva de secciones poliméricas, o bien en la síntesis o deposición de las mismas. Actualmente, las técnicas están limitadas a costos elevados y a largos tiempos de preparación de muestra, por lo que aún existen varias áreas de oportunidad para extender sus aplicaciones.
La mañana que siguió a la visita de los gemelos fue una verdadera tortura para Camus. Pasó una noche terrible y, cuando el sol se coló en la habitación, el francés decidió dejar de engañarse a sí mismo y salió de la cama. La preocupación le impidió concentrarse en los infomerciales que daban en la televisión de la sala y Milo no contaba con libros que tuviese interés en leer —de cualquier forma, no habría podido prestarles mucha atención. Milo despertó a las diez de la mañana. El griego estaba acostumbrado a que Camus despertara antes que él y no se sorprendió al no encontrarlo en la cama.
Desayunaron juntos mientras veían un extraño 'documental' sobre extraterrestres en el antiguo Egipto. Una vez que terminaron y que Milo comenzara a preguntarse qué podrían hacer ese fin de semana, Camus comentó que deberían aprovechar el hermoso día para quedarse en casa y trabajar un poco en sus respectivas investigaciones. Para sorpresa de Camus, Milo aceptó gustoso y solo cuando el menor se sentó en su regazo se dio cuenta de que su pareja no había tomado su propuesta a modo literal.
A decir verdad, no podía culparlo. Él era el primero en utilizar los estudios como una excusa para estar cerca de Milo y, de no ser porque su mente se encontraba en otro lado —en una de las Cícladas para ser exacto—, habría disfrutado enormemente el malentendido. No habían tenido relaciones desde la discusión de la semana anterior y el ímpetu de Milo estaba azuzado por sus pocos días de abstinencia.
Entre besos, el pobre francés trataba de buscar alguna excusa creíble que lo salvara de la situación que él mismo había creado. No estaba de ánimo para hacer algo diferente a sentarse en espera de la llamada telefónica de los gemelos, y les había prometido que no diría nada a Milo hasta que ellos se contactaran.
Cuando el griego comenzó a mover sus manos hacia la hebilla de su cinturón, Camus estuvo a punto de empujarlo y salir corriendo en dirección al baño. Afortunadamente, un zumbido en la mesa de centro distrajo a Milo de su misión: su celular comenzó a timbrar.
Extrañado de que alguien le hablase a mediodía del sábado, Milo no pudo contener su curiosidad y se bajó de Camus para contestar la llamada.
Hubo un rápido intercambio de palabras y, después de unos segundos, todo el color desapareció del rostro del rubio; mordió su labio inferior y su párpado derecho comenzó a dar rápidos brinquitos. Milo atinó a balbucear un par de palabras; después escuchó a su interlocutor con atención. A pesar de que la llamada duró poco más de un minuto, a Camus le pareció una eternidad.
—Era Saga —dijo quedamente después de regresar el celular a la mesa—. Kanon está en Milos. Fue a ver a mamá.
—¿Y qué pasó?
—Le invitaron a entrar a la casa —respondió con incredulidad, como si acabase de ser testigo de algo completamente imposible—. Hablaron —le sujetó de las manos y le lanzó una mirada tan intensa que Camus pensó que se derretiría en ese momento—. Mamá quiere verme a mí también.
El francés sonrió con tanto orgullo como si él hubiese sido el orquestador del plan que reconciliaría a Milo con su madre.
—¿Ves? Debiste haber hablado con Saga desde hace meses.
Sus palabras no tuvieron mayor efecto en Milo, quien seguía pasmado por la llamada que acababa de recibir.
—No quiero ir —dijo finalmente.
—¿Cómo que no quieres? Estoy seguro de que tu madre quiere hacer las paces contigo. Si algo no estuviera bien, Saga no te habría llamado. Kanon también está ahí.
—Eso es todavía peor.
—¿Por qué dices eso?
—No sé —agachó el rostro—. Suena peor.
—Es normal que sientas miedo, Milo, pero tienes que enfrentarte a tu familia. De lo contrario, las cosas nunca volverán a ser como antes.
El menor murmuró algo en griego y Camus ni siquiera se tomó la molestia de intentar traducirlo.
—No quiero ir —repitió.
—Si quieres, puedo acompañarte.
—¡No! —gritó y alzó ambas manos como si fuese la peor idea del mundo—. ¡No! Está bien, está bien. Iré.
Caminó torpemente hacia la alcoba, tomó su billetera y una sudadera que lo protegería de la brisa marina. También se tomó un par de minutos para trenzar su cabello y cambiar sus viejas y sucias zapatillas deportivas por unas a las que aún se les podía reconocer su color original.
El camino hacia el puerto fue dolorosamente angustiante. La peor parte fue el viaje en autobús hacia el centro, donde Milo no dejaba de morderse los labios y estaba tan distraído que casi se fue de boca en tres semáforos consecutivos. El viaje en el subterráneo fue más tranquilo porque había tanta gente en el vagón que Milo ni siquiera podía moverse, ya fuese para estrellarse contra el piso o bien para escapar a la primera oportunidad.
En las taquillas, Camus prácticamente obligó a Milo a comprar el boleto del catamarán más rápido. Insistió en que la espera sería todavía peor si alargaba su sufrimiento a un viaje de cinco horas en lugar de tres. El francés pagó la diferencia de precio del boleto y solo se separó de Milo cuando empezó el abordaje.
Justo antes de desaparecer dentro del bote, Milo lanzó a Camus una mirada aterrada. Muy a su pesar, había una larga fila de gente detrás de él y ni siquiera pudo contemplar la idea de regresar al lado de Camus. Antes de darse cuenta ya estaba en el interior de la embarcación.
El mayor se decidió a regresar a casa una vez que el catamarán se perdió de vista en el horizonte. No dejó de pensar en Milo durante todo el trayecto y, en su ensimismamiento, llegó al departamento equivocado. De no haber sido porque su juego de llaves no le permitió entrar al edificio, Camus no se habría percatado del error sino hasta un par de horas después.
Más tarde, ya en el lugar correcto y acompañado por una botella de vino y las alitas del día anterior, Camus procuró trabajar en su tesis en lo que Milo se comunicaba con él. Fue hasta la séptima hora de espera que su celular timbró.
—¿Camus? —el aludido reconoció el cansancio en la voz de Milo—. Ya estoy en casa. Todo está bien —su voz era áspera y grave, probablemente desgastada por haber hablado durante varias horas—. Mamá… ella aún no lo entiende, pero dice que hará lo posible para hacerlo.
—¿Seguro que estás bien?
—Sí, solo algo cansado. Fue una tarde intensa.
—Me lo imagino.
Hubo un largo silencio y, por unos instantes, Camus pensó que se había cortado la llamada.
—Tenías razón; debí habérselo contado a Saga desde un principio —murmuró y Camus reconoció el valor en sus palabras—. También debí habértelo dicho. Lo siento.
—Eres demasiado orgulloso para tu propio bien —aunque sabía que no era el mejor momento para recriminar a Milo, sentía que tenía derecho a una retribución después de todo lo que había pasado—. No estás solo.
—Lo sé, lo sé. Lo siento —repitió con franqueza—. Pasaré la noche aquí. Iré a verte mañana en la tarde, ¿está bien?
—Está bien.
Un escandaloso y burdo grito interrumpió la llamada. Aún con la estática, Camus pudo reconocer la grosera voz de Kanon.
—Me voy —dijo Milo—. Vamos al puerto para ver si conseguimos pulpo. Mamá le prometió a Kanon que le prepararía pulpo con habas.
Si bien a Camus le encantaba el pulpo, las habas distaban mucho de ser su comida favorita y arrugó la nariz ante la desagradable idea de mezclar ambos ingredientes.
—¿Y esa es otra forma para castigar a Kanon o de hecho le gusta comer eso?
Milo emitió una apagada risilla.
—Es delicioso. Le pediré a mamá que prepare un poco más para llevarte.
—Dile que no tiene que ser generosa con las habas.
—Le diré que te dé doble porción —se escuchó un nuevo grito por parte de Kanon—. Ahora sí me voy. Cuídate.
—Igual. Procura descansar.
La relación entre Milo y sus padres mejoró en el transcurso de las semanas. Comenzó a visitarles cada quince días y siempre regresaba con varios recipientes repletos de deliciosa comida. Camus tenía que admitir que era admirable que una mujer como la madre de Milo lograse que las habas supiesen bien. Kanon se quedó en la isla todo el mes de julio y cuando se fue a inicios de agosto, prometió que regresaría para la titulación de su hermano menor.
Su noviazgo también dio un giro positivo. Al no tener que seguir ocultando su relación a su familia, Milo comenzó a mostrarle a Camus una faceta diferente. Desde un principio el francés tuvo la impresión de que el griego era hogareño, pero ahora se daba cuenta de que solo había visto la punta del iceberg. Milo comenzó a hablarle más de su familia, no únicamente de sus padres y hermanos, sino que incluía a su larguísima lista de tíos y primos. Le habló de las fiestas, de las peleas y de las soporíferas vacaciones en la casa de playa de su abuela, quien había fallecido dos años atrás. También le habló de sus mascotas: perros, gatos, aves e incluso un par de escorpiones. Todos ellos escaparon de casa o tuvieron muertes prematuras; a su familia no se le daba eso de cuidar a otros seres vivos, decía.
Camus disfrutaba de la refrescante franqueza de Milo y ni una vez se cansó de escuchar sus anécdotas por aburridas que fueran. Era imposible hacerlo cuando después de cada historia sosa venía un recuerdo; por ejemplo, cuando Kanon robó los ahorros de Saga y este se vengó encerrándolo en el baño de visitas por cinco horas seguidas.
También disfrutó el día en el que conoció al padre de Milo. Almorzaron juntos una semana después de que Kanon partiera. Con sus sesenta años, el hombre era tan alto como Camus y las muchas manchas en su rostro daban fe de las cientos de horas que debió haber pasado bajo el ardiente sol de Milos. Su cabello debió haber sido castaño hace mucho tiempo, pero ahora estaba casi completamente cubierto por las canas. Sus manos eran grises y agrietadas, y sus ojos denotaban un cansancio mayor al de su edad.
—Mis papás dieron todo de sí para darnos una vida mejor —fueron las palabras que Saga usó un mes atrás, mas solo hasta este momento Camus se percató de lo ciertas que habían sido.
El hombre se disculpó con la pareja por haberse mantenido al margen por tanto tiempo, por no haber obligado a su esposa a entrar en razón y por haber pensado, en un principio, que Milo estaba en un error y que debía alejarse de Camus.
El francés sabía que aquellas disculpas no serían suficientes para compensar el dolor que experimentó Milo al saberse rechazado por sus propios padres, o para borrar el miedo que sintió cuando se aceptó como bisexual. Tanto él como su esposa tendrían que trabajar juntos para demostrarle a su hijo que estaban verdaderamente arrepentidos y para tratar de enmendar, aunque fuese un poco, el daño que le hicieron tanto a Kanon como a Milo. Aun así, Camus sabía que una disculpa era mejor que ninguna, y la aceptó con la mayor gracia que pudo. También aprovechó para asegurarle que amaba a su hijo y que haría todo lo que estuviera en sus manos para protegerlo.
Después de eso, la conversación se tornó bastante incómoda. Parecía ser que ni uno ni otro tenían ganas de decir nada más y solo cuando Milo salió al rescate la velada pudo salir adelante.
—¿Te conté que a Camus le gusta el teatro antiguo, papá? Su favorito es Eurípides.
Los ojos del hombre brillaron con interés e inició una larga disertación sobre lo importante que era que los jóvenes se interesaran por la historia. A pesar de no ser un hombre que dedicara mucho tiempo a la lectura, conocía los mitos al pie de la letra y, para sorpresa de Camus, tenía una excelente visión sobre los orígenes y significados de las leyendas.
Más tarde, Milo le explicó que los conocimientos de su padre formaban parte de la memoria colectiva de los isleños. Amaban su cultura a morir e incluso aquellos que no sabían leer, podían recitar varias estrofas de los clásicos. Se decía que Grecia era la cuna del mundo occidental y esa tarde Camus descubrió que fueron los griegos quienes se autodenominaron de esa forma.
Así pasaron los días y, distraído con su recién encontrada familia política, Milo y la redacción de su tesis no tardaron en acercarse al fin del año escolar. Tan previsor como siempre, Camus estuvo listo para su disertación a finales de agosto, mas Shion tenía su agenda llena y a duras penas pudo darle una cita para el primer viernes de septiembre: la misma fecha del examen de los alumnos de maestría.
—Shion debe estar completamente desquiciado para querer hacer tu examen, el de Aioria y el mío en un mismo día —le dijo Milo después de que Camus le diese la retroalimentación de su tesis.
—Las disertaciones de maestría solo tardan cuarenta minutos —explicó—. Es por eso que hará la mía primero. Le dedicará toda la mañana y en la tarde estará más relajado para atenderlos a ustedes.
—Preferiría que fuese un día para cada uno, así se sentiría más especial —se cruzó de brazos sobre la mesa de la biblioteca—. Por cierto, ¿vendrán tus padres?
Camus bajó la mirada y negó con la cabeza.
—Mi padre iba a venir, pero me habló hace un par de días para decirme que esa semana viajará a Estados Unidos.
—Lo lamento.
—Está bien, estoy acostumbrado. Es más fácil ahora que soy adulto a cuando era niño y lo único que quería era que mis padres asistiesen a mis festivales del colegio.
Milo se inclinó hacia él y frotó su frente en contra del cabello de Camus como si fuese un gato meloso.
—Y yo que creía que tus papás eran perfectos.
—Están locos. ¿O ya se te olvidó el asunto de las latas rectangulares?
—Jamás.
—Estará bien, Milo —le dio un rápido beso en la cabeza—. Lo único que importa es aprobar el examen. Tú también deberás enfocarte en eso. Recuerda que tienes que estudiar más sobre la resonancia magnética nuclear. Tu segundo sinodal siempre pregunta sobre la teoría y no tengo que hacerte un examen para saber que casi no entiendes el tema. Tampoco te olvides de revisar las referencias de tu tesis; Shion te matará si se entera que escribiste mal el nombre de la profesora Charleux.
Milo enderezó la espalda e hizo un saludo militar.
—¡Señor sí, señor!
Una risa queda escapó de los labios de Camus. Lo mejor de que se acercara la fecha de la disertación de Milo era que pronto se titularía y dejaría de ser su alumno. Eso le permitiría tener la conciencia un poco más tranquila y ya no tendría que tomar parte de su valioso tiempo juntos para discutir cosas de la escuela. Por otro lado, una vez que Milo se titulara, dejaría de asistir a la universidad y ya no pasarían tanto tiempo juntos.
Aquel pensamiento turbó un poco a Camus, sin embargo, decidió dejarlo de lado. Lo más importante en ese momento era que ambos se graduaran. Ya después se preocuparía por lo demás.
Comentario de la Autora: Uffff! Ya nos estamos acercando peligrosamente al final! ¿No es emocionante? Bueno, una parte de este asunto ya se arregló, pero aún queda un pendiente importante y no me refiero precisamente a la disertación de los muchachos. Sea como sea, esperemos que no reprueben.
Mmm... creo que no hay más comentario para este capie. Sé que fue un poco extraño y espero que no lo hayan odiado.
Un enorme agradecimiento, como siempre, a mi querida betuchis, Gochy, quien me corrige el trabajo como Camus a Milo.
Respuesta a Review de Shingo: Me alegra mucho leeros nuevamente. No sé si sea consuelo, pero ya tengo planeado empezar otro MiloxCamus cuando termine este. Probablemente haya un desfase de algunos meses, pero al menos ya lo empecé. Ojalá te guste. De todas formas, aún quedan algunos pendientes por acá. ¡MILO MERECE TODO EL AMOR! ¡Muchas gracias por leer y comentar!
