Capítulo 11: Detergentes

Una de las aplicaciones de los polímeros más ampliamente aprovechada es en la industria de los detergentes. El ingrediente activo de estas sustancias son los surfactantes, es decir, moléculas que poseen secciones tanto hidrofílicas como hidrofóbicas (i.e. anfifílicas). Actualmente, la mayor parte de los surfactantes son moléculas lineares de pesos moleculares más o menos altos. Sin embargo, en los años recientes se han encontrado beneficios adicionales al utilizar moléculas poliméricas de arquitecturas específicas.

Camus no pudo tener una mejor disertación de doctorado. Los sinodales llegaron a tiempo, la computadora portátil y el proyector funcionaron adecuadamente, su presentación fluyó sin complicaciones y la mayoría de las preguntas fueron previstas por el francés. Por supuesto que hubo un par de ocasiones en las que alguno de los profesores preguntó algo cuya respuesta desconocía por completo, pero fue lo suficientemente hábil como para improvisar respuestas que tuviesen al menos un poco de sentido. Tal y como esperaba, después de una deliberación de quince minutos, recibió su título de doctorado con mención honorífica y, mientras Shion le entregaba el acta que lo certificaba, un nudo se formó en su garganta.

Era curioso, pensaba. Había trabajado durante cinco años para obtener ese papel. Todo lo que había hecho desde que llegó a Atenas fue esforzarse en alcanzar su meta e hizo todo lo posible para que las cosas salieran conforme a su plan. El documento era algo esperado, algo natural de recibir. Sin embargo, ahora que se encontraba entre sus manos, se sentía sumamente agradecido de que los hados le permitieran obtenerlo. Era como si en algún momento hubiese habido una duda de su capacidad para titularse; como si no se lo mereciera.

Tragó saliva y se recordó a sí mismo que lo merecía completamente y que, en lugar de sentirse agradecido, debería sentirse orgulloso. Ofreció un fuerte apretón de manos a los profesores y después tornó su atención a los aplausos de su reducido público.

Las felicitaciones no se hicieron esperar y Milo se aseguró de tomar las fotografías necesarias para poder recordar ese momento para siempre. A pesar de que Camus insistió en que un par serían suficientes, el griego estaba inquieto (seguramente por su propia disertación), y le dejó distraerse con el obturador de su cámara digital.

Una vez que el ambiente se relajó, los presentes abandonaron el pequeño auditorio. La mayoría de los alumnos regresaron a la oficina o a los laboratorios, y Shion aprovechó su media hora de descanso para ir a almorzar. Milo estuvo con Camus un par de minutos más hasta que recibió un mensaje de texto en el que Saga le avisaba que él y el resto de la familia habían llegado a la universidad, por lo cual tuvo que dejarle para ir a recibirlos.

Camus aceptó que vería de nuevo a Milo hasta el inicio de su examen profesional y, si bien intentó aprovechar el tiempo para revisar las pocas correcciones que tenía que hacerle a su tesis, no tardó mucho en distraerse con la histeria de Aioria.

—¿Cómo pudiste responder a esa pregunta de la entropía? ¡Nunca he entendido eso de la entropía! ¿Crees que me pregunten a mí algo así?

—Estarás bien, Aioria —aseguró—. Me consta que Shura te ha puesto a estudiar lo que necesitas y más.

—De hecho —interrumpió el español—, lo que más me preocupa en estos momentos es tu nerviosismo. Quizá no debas entrar a la disertación de Milo. Aioros llegará pronto, puedes almorzar con él.

Aioria giró violentamente hacia Shura y le sujetó de los hombros.

—¡Él es el que me pone más nervioso! ¡Ayer me hizo leer tres capítulos del libro de fisicoquímica!

—Sí… eso suena a Aioros —admitió Shura.

—Tranquilízate, novato —canturreó Afrodita mientras daba vueltas en su silla—. Recuerda: si Death Mask pudo convertirse en doctor, tú puedes convertirte en maestro.

—¡Oye! ¿Por qué siempre me usan a mí de ejemplo?

—Eso no cuenta, Afrodita —aseguró Aioria a la par que se cruzaba de brazos—. Death Mask no es tan estúpido como parece.

Toda la oficina quedó muda después de escuchar aquellas palabras. Lentamente, Afrodita giró el rostro para observar la reacción de Death Mask y lanzó una fuerte carcajada cuando apareció un ligero rubor en sus mejillas.

—¡Adorable! Apuesto a que es lo más lindo que te hayan dicho jamás.

—¡Cállate, Köttbulle! Y tú tranquilízate, enano. No conseguirás tu título si te desmayas en medio del examen.

Siguieron hablando por los minutos que restaban para la siguiente disertación y lo más que pudo hacer Camus en ese tiempo fue poner un marcador fosforescente en la hoja con la primera corrección de su tesis.

Una vez que dieron las diez para las once, el grupo caminó de regreso al auditorio, donde Milo ya se encontraba preparando su presentación y los sinodales se acomodaban en sus asientos.

Camus decidió sentarse en el punto más alejado del podio, nueve filas de asientos hacia atrás, y desde ahí observó en silencio a su familia política. Saga, Kanon y sus suegros murmuraban entre sí y le dirigían a Milo señales de buena suerte cada vez que cruzaban sus miradas. Observó a la madre de Milo, quien, sujetada fuertemente del brazo de su esposo, mostraba una sonrisa nerviosa muy semejante a la que ya antes había visto en su hijo. La señora era robusta y, sin necesidad de verla de pie, Camus supo que era bastante alta. Sentada a lado del señor Kafantari, la mujer aparentaba tener la misma estatura.

Shion se levantó de su asiento a las once en punto y dio las indicaciones para el comienzo de la disertación, presentó adecuadamente a los miembros del jurado y, finalmente, le dio la palabra a Milo.

Fue obvio para Camus que su alumno había practicado su presentación por horas, ya que sus palabras fluían de sus labios con facilidad y certeza. Notó que perfeccionó la pronunciación de un par de compuestos que le habían causado problemas desde que comenzó a trabajar con ellos y que no se olvidó de mirar al público mientras exponía. Si bien sabía que el carisma de Milo poco tenía que ver con sus dotes como maestro, quería pensar que al menos una de esas buenas características las había obtenido gracias a sus consejos y a su incesante recordatorio de que la práctica hace al maestro. Sonrió con orgullo cuando Milo terminó su disertación y los presentes le ofrecieron un candoroso aplauso.

La segunda parte del examen no fue tan fácil como la primera. Los sinodales de Milo le atacaron con premura y, aunque el griego logró responder todas las preguntas, estuvo lejos de salir invicto. El nerviosismo logró colarse entre sus respuestas y le hizo cometer algunos errores que tardó varios segundos en corregir. No obstante, su desempeño fue adecuado para el de un alumno de maestría y el tranquilo rostro del jurado era clara señal de su aprobación. Después de una última pregunta por parte de Shion, los sinodales solicitaron unos minutos de deliberación y salieron del auditorio por una pequeña puerta escondida detrás del podio.

La breve espera se sintió larguísima y lo único que logró distraer a Camus fueron los comentarios de Afrodita sobre lo guapos que eran los hermanos de Milo — después de todo, Kanon sí era un dios de la fertilidad— y los vanos intentos de Death Mask para aparentar indiferencia.

Shion y los otros dos profesores regresaron al auditorio tras cinco larguísimos minutos y premiaron a Milo con el título de Maestro en Ciencias. Se escuchó una nueva ronda de aplausos e incluso un chillido de felicidad por parte de la madre de Milo. Los asistentes comenzaron a dispersarse y algunos rodearon a Milo para felicitarlo. Camus prefirió quedarse en su asiento, inseguro de si debía acompañarlos o escapar de su suegra con la excusa de no querer arruinar el bello momento.

Kanon no tardó en sacar una cámara digital que parecía ser más costosa que la beca mensual de Camus y comenzó a tomar fotografías a diestra y siniestra. Shion accedió a una fotografía con Milo y el resto de los compañeros del grupo le siguieron. La mayoría se quedó únicamente por unos minutos, pero Afrodita aprovechó la situación para sacar su modelo interior y Death Mask tuvo que arrastrarlo del auditorio para que los Kafantari pudieran fotografiarse con el graduado sin que algún extraño se colara a sus recuerdos familiares. Por supuesto, Camus tomó aquella señal como su oportunidad para escapar, pero justo cuando estaba a dos pasos de la puerta de salida, la insolente voz de Kanon le paró en seco.

¿A dónde crees que vas, cobarde? —preguntó con cara de pocos amigos—. ¡Ven para acá!

Camus tragó saliva y miró rápidamente hacia la madre de Milo, quien se limitó a bajar el rostro y a afirmar el agarre que tenía del brazo de su hijo menor. El señor Kafantari insistió en que los acompañara y el francés supo que no había modo de escaparse de la incómoda situación. Caminó con lentitud hacia el podio y dejó que Kanon le tomase decenas de fotografías. Algunas de ellas solo con Milo y muchas otras con el resto de la familia. En un momento, y a insistencia de Saga, Camus intercambió lugar con Kanon y tomó varias fotos de los Kafantari, mientras rezaba porque la bendita cámara no se le resbalara de los dedos.

Después de veinte minutos de fotografías, la situación comenzó a parecerle graciosa y casi sintió pena cuando Aioria y Aioros entraron al auditorio para preparar la disertación del primero. A Camus le habría gustado ver hasta cuándo serían capaces los Kafantari de seguir con su sesión fotográfica y saber si la interrumpirían por cansancio o por saturación de la memoria de la cámara.

Una vez fuera del auditorio, Milo propuso que se quedasen un poco más para ver la presentación de Aioria. A pesar de que Kanon y su padre no parecían estar muy de acuerdo, pues se acercaba la hora del almuerzo, la señora Kafantari comentó que era una excelente idea. Nadie se atrevió a contradecirla.

Mientras ustedes se quedan aquí, Camus y yo iremos por un café —pronunció firmemente y sin cabida a réplicas.

El francés sintió su sangre helarse y habría huido de no ser porque estaba tan atónito que ni siquiera pudo mover sus piernas. Milo y su padre lucían tan sorprendidos como él y Kanon fingió distraerse con las fotografías que había tomado. Únicamente Saga parecía saber de qué se trataba todo ese asunto. El gemelo mayor colocó un brazo sobre Milo y lo guio lentamente de regreso al auditorio. Camus no pudo evitar pensar que Saga era un maldito traicionero.

Los esperamos aquí —comentó el hermano mayor—. Cuando termine el examen de Aioria iremos a comer al centro.

Kanon y el señor Kafantari los siguieron y Camus quedó a solas con la mujer. El francés agitó la cabeza con el fin de encontrar las palabras adecuadas, pero solo se encontró con los reproches que se había guardado durante meses. A sabiendas de que no era el mejor momento o lugar para sacar a relucir sus rencores, optó por decir lo más amable que se le ocurrió en ese momento.

Gracias por la comida que le manda a Milo. Es muy buena cocinera.

La mujer arqueó la ceja izquierda y Camus maldijo su mala suerte.

Ven. Saga dijo que hay una cafetería a un lado de la biblioteca.

Camus pensó que aquello no sonaba tan mal. Si en algún momento intentaban matarse mutuamente, habría testigos suficientes para detenerlos y, en el peor de los casos, solamente tendría que lidiar con quemaduras de segundo grado causadas por café caliente. Se armó de valor, se convenció a sí mismo de que lo mejor sería terminar con aquel asunto y siguió a la mujer hasta la discreta cafetería del edificio de química.

Eligieron prontamente una mesa cercana a la salida de emergencia y Camus se ofreció para ir por sus bebidas. La mujer pidió un trozo de pastel con nueces y una taza de té de yerbabuena, mientras que Camus se decidió por un expreso cortado. No le gustaba el café de esa tienda, pero quería tener un arma en caso de que la señora decidiera arrojarle la taza de té.

Una vez que le entregaron la orden, Camus tuvo que regresar a la mesa y sentarse frente a su suegra. El ambiente se sentía increíblemente tenso y en ese momento se le ocurrió que debió haber pedido una bebida diferente. Estaba seguro de que el café no ayudaría en nada a disminuir el temblor de sus manos.

Desde hace tiempo… —la mujer comenzó a hablar, mas no tardó en detenerse a sí misma. Tomó una larga bocanada de aire y comenzó nuevamente—. Mi esposo quería que nos presentaran antes. Intenté hacerlo varias veces, pero tenía miedo.

Ya somos dos —murmuró Camus para sí. La mujer fingió no escucharlo.

No tengo excusas —admitió quedamente y con la cabeza gacha—. Soy una mujer simple, Camus. No muy inteligente y soy necia como una mula. Hice lo que creí que era lo mejor para mi familia… yo… —tragó saliva y Camus notó que sus ojos comenzaron a brillar con la amenaza de lágrimas—. He estado equivocada antes. Te traje aquí porque quería disculparme.

El francés frunció el ceño al darse cuenta de que su disculpa distaba de ser sincera. Ciertamente, la mujer parecía entender que había cometido un error al haber rechazado a Milo; sin embargo, sus palabras aún estaban teñidas de recelo y de temor. Estaba seguro de que la señora Kafantari lloraría de felicidad si Milo aparecía en ese momento y le explicaba que todo se trataba de una broma y que solamente le gustaban las mujeres. Camus no esperaba que la señora sintiera orgullo por la sexualidad de su hijo, pero se preguntaba si algún día llegaría a sentir algo que no fuese repulsión.

Agradeció haber tomado un desayuno ligero; comenzaba a sentir náuseas.

Espero que también se haya disculpado con Milo.

La mujer asintió lentamente y un fino mechón de canas se escapó de su peinado.

Sé que no es suficiente, pero es lo único que puedo hacer además de… intentarlo —admitió—. Cuando Milo nos habló sobre ti sentí que el corazón se me escapaba del pecho. Un millón de temores aparecieron frente a mis ojos. Temí que fueses un hombre horrible o que se pudiera contagiar con alguna de cosas que son tan comunes hoy en día. Temí que lo expulsaran de la universidad y pensé que quizás por eso decidió estudiar una maestría, porque tal vez su jefa se había enterado de lo que era y que lo había obligado a renunciar —rio secamente y el malestar de Camus se incrementó—. Pensé… en lo que le diría la gente en las calles, en que alguien podría golpearlo o incluso matarlo. También… —parpadeó varias veces y miró a Camus a los ojos por unos brevísimos instantes— temí por lo que diría mi familia. Pensé que si su abuelo estuviera vivo, se habría muerto del coraje.

La mujer abrió su bolso de mano y sacó un pañuelo desechable para limpiar su nariz.

Admito que todavía tengo miedo —confesó—. Por más que quiero, no puedo evitarlo.

—Estaremos bien. Cuidaremos el uno del otro.

La mujer asintió.

Saga dice que eres un buen hombre y creo que tiene razón. Él siempre ha sido muy bueno para juzgar el carácter de los demás. Espero que entre tus virtudes esté la paciencia porque necesitarás tenerla conmigo.

Aunque Camus pensó que Milo ya se había encargado de poner a prueba dicha virtud, decidió no perder el enfoque de la conversación.

Seré paciente mientras usted lo sea. Lo intentaré siempre y cuando usted también lo haga.

Lo haré, te lo aseguro —dijo con tanta firmeza que Camus tuvo que creerle—. Cuando le dije a Milo que se fuera de la casa no estaba pensando. No vi su rostro cuando se marchó ni escuché a mi esposo cuando me pidió que recapacitara. No pensé que no lo vería en Navidad ni en lo que pasaría si no hacíamos las paces —su labio inferior tembló hasta formar una extraña sonrisa—. No pensé en nada hasta ese día en el que Kanon regresó a casa.

La mujer limpió nuevamente su nariz y tuvo que sacar un segundo pañuelo para retirar las lágrimas de sus ojos.

Nunca quise olvidarlo. Nunca lo hice. Todas las noches pensaba en él e incluso así no tuve el valor para…

La mujer balbuceó varias palabras que Camus no alcanzó a comprender. Solo cuando la señora carraspeó varias veces y le dio un largo sorbo a su taza de té, Camus pudo retomar el hilo de la conversación.

Lo alejé de mí por catorce años y me di cuenta de que estaba haciendo lo mismo con Milo. Supe entonces que no podría hacerlo nuevamente. No perdería a otro de mis niños por mi estupidez.

Camus exhaló sonoramente. No estaba seguro de qué decir en esos momentos ya que, a pesar de que se sentía conmovido, no sentía que la mujer se mereciera un agradecimiento. ¿Por qué darle las gracias por hacer lo que cualquier madre sensata y cariñosa hubiese hecho desde un principio? Su suegra todavía tenía un largo camino que recorrer antes de demostrar un verdadero cambio; sus palabras solo tendrían el mismo valor que sus acciones. Decidió esperar hasta entonces, cuando la mujer verdaderamente se mereciera un agradecimiento.

Amo a Milo —optó por decir—. No puedo prometerle que nunca lo lastimaré ni que todo será perfecto, pero puedo prometerle que haré todo lo que esté en mis manos para hacerlo feliz.

Milo siempre ha tenido mucho amor para dar —un agudo ruido semejante a una risilla escapó de sus labios—. Ya era hora que alguien se lo repusiera.

Terminaron sus bebidas en silencio y cuando faltaba un cuarto de hora para el mediodía, decidieron regresar al auditorio. Tomaron asiento en una pequeña banca a la salida del salón.

Milo dijo que te gustaba el calamar —comentó la mujer, mientras esperaban a que la disertación de Aioria terminara.

Es mi favorito. Sobre todo cuando Milo lo prepara.

La mujer bufó con molestia.

Les pone demasiado ajo. Si quieres saber lo que es bueno, deberías probar los míos —Camus sonrió al encontrarse con tan nítido espejo del orgullo de su pareja—. El domingo celebraremos con la familia. Ven para que pruebes los mejores calamares de toda la isla.

—¿Cree que esté bien?

La mujer se alzó de hombros.

Milo solo invitó a algunos primos y tíos y, si alguno los molesta, Saga y Kanon se encargarán de ellos.

—Es un buen plan.

Esperaron por un par de minutos más hasta que se abrió la puerta del auditorio. La gente salió en pequeños grupos y no tuvieron que esperar demasiado para que el resto de los Kafantari apareciera. Milo parecía ser el más nervioso, pero Camus no tardó en tranquilizarlo con una tierna sonrisa.

¿Cómo le fue a Aioria? —preguntó con la esperanza de disipar la tensión.

Si no fuera porque casi vomita de los nervios, diría que le fue mejor que a mí.

—Ese no es un estándar muy alto —admitió Camus.

Milo rio abiertamente y la opresión que Camus sentía en el pecho desde la mañana se esfumó como si jamás hubiese existido.

Bien —dijo Kanon—. ¿Ya felicitamos a todos? ¿Ya podemos irnos a comer?

Nos acompañarás, ¿no es así, Camus?

El francés estuvo a punto de acceder a la invitación de Saga cuando vio a Shion acercarse discretamente hacia ellos.

—Disculpa, Camus. Me gustaría hablar contigo antes de que te vayas.

La opresión en el pecho del francés regresó instantáneamente. ¿Qué era lo que Shion tenía que decirle? ¿Acaso había descubierto su relación con Milo? ¡Por supuesto que lo había hecho! Tuvo una mañana tan estresante que olvidó por completo disimular su relación. ¿El hombre sería capaz de retractar el voto de su disertación o se limitaría a darle un larguísimo sermón de lo mal que había actuado? Nervioso, se dirigió a los Kafantari y les ofreció una disculpa.

Lo lamento. Tengo algo que revisar con el doctor Hadjichristidis. Los acompañaré en otra ocasión.

Milo estuvo a punto de insistir, pero su madre le interrumpió.

Déjalo. Vendrá con nosotros el domingo.

Ni siquiera Saga vio venir aquellas palabras y todos voltearon a ver a la mujer como si le hubiese salido una tercer cabeza. A Camus le habría gustado admirar la curiosa escena por más tiempo, pero prefirió acortar su camino hacia el cadalso.

La oficina de Shion nunca le pareció tan lúgubre.

Comentario de la Autora: Chan chan chaaaaaaaaaaaan! Los cliffhangers son buenos para mi alma. Eeep! El siguiente capítulo será el último! *sniff* ¿No les da nostalgia? Será triste terminar esta serie que tanto me entretuvo. Extrañaré, sobre todo, hacer sufrir a Camuchis.

Este capie fue uno muy difícil de escribir. El asunto debía ser muy tenso, pero algo que quería hacer era mostrar la humanidad de la mamá de Milo. Creo que la ignorancia suele ser la detonadora del miedo y el miedo muchas veces puede expresarse como odio. Es por eso que pienso que el mejor modo de combatir al racismo y a las fobias es educando a la gente. El odio no debe ser manejado con más odio, sino con diálogo. Muchas veces el diálogo es imposible, pero cuando hay ganas de cambiar, abres una puerta para el aprendizaje y la tolerancia. No es que quiera justificar lo que hizo la señora. Simplemente quise presentar sus argumentos y el hecho de que estaba decidida a aceptar a su hijo. Espero que haya sido una escena aceptable.

Sobre los exámenes... no tengo ni idea de si las disertaciones sean o no abiertas en Grecia (i.e. si puedes invitar a quien quieras). Yo creí que lo serían en todos lados, pero al menos en la universidad de Inglaterra a la que asistí, no fue así. Una disculpa si escribí alguna tontería en ese aspecto.

Haría un comentario sobre lo mucho que me gusta hacer sufrir a Aioria, pero la mera verdad es que me gusta hacerlos sufrir a todos.

Como siempre, este capie fue beteado por la hermosa Gochy, quien opina que debería hacer un sidestory incestuoso con Kanon y Milo (no, no es cierto, para nada que piensa eso, pero yo sí XD).

Eso es todo por ahora. ¡Espero no hayan odiado este capie! ¡Se me cuidan mucho!