Si detectan cualquier tipo de incoherencia, es porque estoy enferma :( me disculpo por adelantado
Parallax-Jordan: Muchas gracias por tus lindas palabras. Sé que será larga, pero también prometo que valdrá la pena. De verdad le estoy colocando mucho empeño.
Procrastinacion: No hubo tiempo para la cita naruhina ajaja, pero quise dedicarle un momento muy especial a Boruto.
AnnelieseHitsuki7: Muchas gracias por darle la oportunidad a mi historia, espero que continúes leyéndola.
Gabe Logan: Y eso que la pelea duró poco, sin embargo, padre e hijo aún deben conversar lo sucedido. Y ahí sí que se vendrá algo interesante. Por el momento es turno de un descanso, y advierto que no es el momento mas romántico de la vida, de hecho, de romance tal vez no tiene nada, pero Boruto se merecía tener algo bueno por una vez.
secretlistener: Boruto take care of Hima watching tv together(?) I think the most interesting is after, in the night. Oh God, my english is awful jaja I try, I try :(
mayu.u-san: ¡Gracias y bienvenida! Espero te haya gustado el resto de la historia (prepárate para el drama)
El solitario: Gracias! Bienvenido! Espero te guste :)
XV
Noche juntos
…
.
Cuando Hima era una niña muy pequeña, solía asustarse por todo.
Y cuando digo "por todo", me refiero a que había pocas cosas que no la hacían llorar ni gritar asustada.
Incluso tras tantos años puedo recordarla perfectamente. A ella, con su gesto de temor y su mirada suplicante -igual que un cervatillo temeroso de hacer cualquier ruido-, escondiéndose en los brazos de mamá cuando algo desconocido aparecía frente a ella. Entonces papá -y después yo-, tenía que demostrarle que todo estaba bien, que era seguro salir y que nada la lastimaría.
Solo así mi hermana fue superando sus miedos, uno por uno.
Aunque hubo un único miedo que siempre mantuvo. Un miedo que jamás se atrevió a revelarle a mamá y papá, ya sea porque era demasiado vergonzoso tener que aceptarlo o porque sentía que, de la misma manera en que había superado sus otros miedos, podría vencerlo
Sea como sea, aquel era el gran secreto de mi hermana. El que ni siquiera sus mejores amigas conocían: su más grande temor.
Las tormentas y, especialmente, el ruido de los truenos.
Un miedo simple y, tal vez, tonto.
Un miedo que solo yo conocía, como el buen hermano mayor que era.
Recuerdo haberlo notado en su sonrisa nerviosa al oír el pronóstico del clima; en su silencio anticipado previo a cualquier tormenta; y en su mirada suplicante, idéntica a la de un cervatillo, cuando llegaba el momento de dormir.
Me recuerdo a mí mismo despierto una noche de tormenta, escuchando sus sollozos, mientras se mantenía oculta bajo las sabanas de su cama, y dando saltos al oír cada trueno.
Y, la recuerdo a ella, silenciosa y valiente, enfrentando sola su más grande temor sin pedir ayuda alguna. Al menos hasta que yo decidí enfrentarlo con ella, porque quería protegerla.
Entonces, cada vez que los truenos comenzaban a sonar, yo me dejaba caer por el borde de mi litera hasta la suya, para contarle algún cuento inventado en el momento.
Hima solía dejarme un espacio en su cama, en dónde yo me acostaba hasta que ella se quedara dormida o hasta que la tormenta se detuviera, lo que sucediera primero. Luego de eso, me iba. Escalaba de vuelta a mi propia cama, sintiéndome satisfecho de haberla protegido.
Había ocasiones, cuando pasaba mucho tiempo sin que la tormenta terminara o sin que mi hermana pudiese conciliar el sueño, en que yo me quedaba dormido junto a ella. No era usual, pero sucedía.
Esas eran las noches que pasábamos juntos.
Claro, papá y mamá no supieron nunca de eso. Probablemente nos descubrieron durmiendo juntos en más de un momento -después de todo con Hima compartíamos la misma habitación-, pero, después, cuando obtuve mi propio cuarto -cuando estar con mi hermana comenzaba a parecerme más complejo de lo que debería ser para cualquier hermano normal-, no me gustaba que mamá o papá pudiesen verme dormir con ella.
Solía sentir que estaba haciendo algo malo, algo incorrecto. Ansiar dormir con ella y temer ser descubierto no era nada bueno, ¿lo entienden?, así que, por los siguientes años, cuando había una tormenta eléctrica, me colaba en su cuarto para acompañarla un rato, sin que nadie más supiera.
Ya no le inventaba historias para distraerla, de hecho, ni siquiera había palabras entre nosotros… simplemente, y en completo silencio, yo caminaba hasta su cama y me deslizaba junto a ella, en ese espacio únicamente reservado para mí. Allí permanecía hasta el amanecer, momento en el que me marchaba antes de que alguien pudiese descubrirme.
Y luego, una noche, simplemente ya no volví a ir a su cuarto, asustado de mí mismo.
Pese a que eran algo importante, con Hima jamás hablamos de esas noches, al menos no en voz alta.
Eran nuestro secreto… pero supongo que todavía lo son, en cierta forma. Porque jamás se lo he dicho a nadie y no creo que ella admitiese a sus amigas que, de niña, dormía con su hermano mayor.
Otro hermano ya lo habría olvidado -de hecho, probablemente ella ya debió hacerlo-, sin embargo, yo jamás he podido deshacerme de esos recuerdos. Muy por el contrario, han sido memorias que he conservado cuidadosamente. De hecho, a veces, cuando hay alguna tormenta eléctrica, me permito imaginar que nuevamente la estoy acompañando un momento.
Es vergonzoso admitirlo.
Así que, tras todo un monologo, se preguntarán porque de pronto he comenzado a pensar en esto. Aunque supongo que ya pueden adivinar la respuesta, ¿verdad?
Sí, sucede que en este minuto hay una gran tormenta.
Y yo estoy solo con Hima, porque hoy es la noche en que mamá y papá salieron para tener su cita de reconciliación. Sin embargo, esa no es la única razón para recordar todo lo que les he contado.
Principalmente lo he hecho porque en mis recuerdos, mi hermana solía llorar con solo escuchar el sonido de la lluvia golpear el techo. Pero ahora, por el contrario, ella solo tiene su vista fija en la televisión, disfrutando de la película que hemos escogido ver e ignorando la tormenta completamente, como si ni siquiera pudiese escucharla.
Debo confesar que estoy muy confundido. Y es que…
¿Mi hermana por fin ha superado su miedo?
Me remuevo en el sofá, sintiéndome… ¿inconforme con la idea?
Sé que no debería anhelar que ella tenga ese miedo todavía. Sé que es genial que haya podido vencerlo, pero… no puedo evitar sentir que se ha terminado.
Nuestro secreto, quiero decir, el que tan celosamente protegíamos.
El que, ahora, solo parece ser un viejo recuerdo que inútilmente he conservado.
Que patético soy, ¿no es así?
Por eso, en silencio, me dedico a mirar a mi hermana.
Desde dónde estoy puedo permitirme observarla sin que me vea, de hecho, es lo que llevo haciendo un largo rato. La verdad es que ni siquiera sé qué película estamos viendo, yo solo la estoy mirando a ella, sin razón.
Fijándome en cosas simples como la forma en que su flequillo enmarca su rostro, en el largo de sus pestañas o en el pequeño hoyuelo que se forma en una de sus mejillas, que aparece cada vez que ríe; y cosas como su piel lisa, sus mejillas sonrojadas y el tono rosa pálido de sus labios…
Doy un suspiro, aparto mi mirada y me acaricio la frente.
Es por este tipo de cosas que no me gusta pasar el tiempo con mi hermana, porque de pronto en lo único en que puedo pensar es en lo hermosa que luce y en lo mucho que me gustaría besarla.
Y, que eso suceda, no es nada bueno.
Usualmente, mi cabeza estaría gritándome una alerta para que me aleje de ella, pero esta vez me he comprometido a cuidarla. Cuidarla de verdad, quiero decir. Estar con ella y no quitarle el ojo de encima.
Solo así puedo asegurar que mamá y papá tengan una buena noche, cosa que, siento, les debo. Después de todo, no habrían peleado de no ser por mí.
Incluso aunque papá haya sido el responsable de todo en está ocasión…
- Hermano, ¿qué sucede?
Cuando abro mis ojos, descubro a Hima mirándome, desde el sofá en que está sentada.
- Nada, solo estoy cansado -miento, parcialmente. Intento devolver mi mirada a la televisión, pero cuando lo hago me doy cuenta de que el programa ya ha terminado y que solo los créditos están en la pantalla.
Resoplo. Debería intentar estar más atento a la realidad en vez de concentrarme en mis tontos monólogos internos.
Mi hermana, junta sus labios, de pronto luce algo preocupada. Mira al reloj en la pared.
- ¿Mamá y papá tardarán mucho? -pregunta. Sostiene un mechón de su cabello entre sus dedos y comienza a jugar con él.
- Son solo las diez de la noche, todavía deben estar en el restaurante.
Ella asiente, baja la mirada un segundo.
Sonríe entonces. Aunque para mí, que he visto cientos de veces su sonrisa, hay algo raro en la forma en que lo hace en está ocasión.
- ¿Podemos ver otra película? -pide. Su petición es extraña.
- ¿Una película? ¿No estás cansada?
Ella niega con su cabeza, rápidamente.
- La estoy pasando bien -promete, vuelve a sonreírme. El mechón de cabello se retuerce entre sus dedos y sus ojos, fijos en mí, brillan-. Es divertido estar contigo, hermano.
Guardo silencio, intentando descubrir si acaso está burlándose de mí. Pero ella no comienza a reír ni hace ningún gesto de burla, simplemente me mira con honestidad.
¿De verdad le gusta pasar tiempo conmigo?
- No mientas, solo hemos visto televisión -replico, porque una sonrisa de idiota amenaza con formarse en mi rostro-. Sé que estás aburrida.
Ella hace un mohín.
- No es cierto. Y hay otra película que podemos ver -me recuerda. Hace un gesto de súplica-. Será divertido, por favor.
Sonrío, comprobando lo tercos que ambos somos.
- No es necesario que mientas si estás cansada -le recuerdo-. Podemos irnos a dormir ya si quieres, no habrá problemas.
Hima vuelve a negar con su cabeza, incluso antes de que yo termine de hablar.
- No lo entiendes, hermano -insiste. Guarda silencio un segundo y, justo cuando voy a preguntar qué es lo que no entiendo, ella continua-. Quiero esperar a que lleguen mamá y papá, por favor.
Yo suspiro. ¿Acaso quiere quedarse despierta hasta la madrugada?
- No es una buena idea -replico de inmediato-, tardarán mucho en llegar. Además, mamá dijo que no podías pasar de las diez y media.
Eso, debo agregar, son las instrucciones específicas de mamá, las que me dejó antes de partir a cenar. Cosas como "no encender el horno", "no salir de casa", "no darle bebidas azucaradas", etcétera. Sinceramente no sé qué daño le haría permanecer despierta algunas horas extra, pero como también es conveniente para mí prefiero obedecerla.
Veo la tristeza inundar el rostro de mi hermana en cuanto le recuerdo su hora de dormir, e inmediatamente me siento culpable.
En mi mente, me permito llevar las manos a mi rostro y arrojar un quejido.
Oh, esto es una tortura. He perdido práctica como hermano mayor y como negociador de rehenes.
- Podemos ver un capítulo de una serie -agrego, resoplando-, pero luego será hora de dormir. Mamá dijo que tenías que acostarte temprano.
Hima asiente. Ya no está el gesto de tristeza, solo su mohín de siempre. Ese que usa cuando quiere pedir algo.
- ¿Podemos comer leche y cereal? -pregunta. Lo pienso un segundo, pero en vista de que mamá no ha prohibido comer refrigerios no veo ningún problema.
Ella no nos dejaría hacer eso, claro. "Son solo para el desayuno", diría. Por lo mismo, es una gran idea.
Escogemos una serie y nos acomodamos a lados opuestos del sofá, cada uno con un tazón de leche y cereal.
Fuera, el sonido de la tormenta aumenta drásticamente. Subo el volumen de la televisión un poco, intentando aplacar el ruido. Cuando vuelvo a mirar a mi hermana la descubro con sus ojos en la pantalla, concentrada en lo que está viendo.
- No parece que vaya a dejar de llover pronto, ¿verdad? -le murmuro. Ella asiente, sin decir nada más. Sus ojos están en la televisión.
Y tal vez es justamente eso, su esfuerzo en mirar la pantalla, lo que hace que finalmente me dé cuenta.
- ¿Tú estás… bien con eso? -vuelvo a preguntar. Hima aparta sus ojos de la televisión para mirarme.
Me sonríe, sin embargo, al igual que antes, su sonrisa solo me deja una sensación rara. Una que no puedo ignorar.
- La lluvia es algo bueno, ¿verdad? -yo asiento, ella vuelve a concentrarse en la televisión.
Solo entonces puedo verlo claramente.
Lo que, de alguna forma, yo ya debía saber.
Porque está ahí, ¿ven?, en la forma en que mueve su pie, sin detenerse; en la manera en que una y otra vez retuerce entre sus dedos el mismo mechón de su cabello; y, claro, en su mirada asustada, idéntica a la de un cervatillo.
Mi hermana tiene casi trece años, sin embargo, no ha conseguido superar su temor a las tormentas.
¿Cómo debe hacerme sentir eso?
.
…
.
Son casi las doce de la noche, pero yo sigo despierto.
La tormenta es horrible.
No se ha detenido, sino que, por el contrario, parece haber empeorado.
Incluso con el estruendo que parece hacer la lluvia al golpear el techo, puedo oír el viento silbar. No es un sonido agradable, de hecho, es ruidoso y no me permite conciliar el sueño.
Antes de desearlo estoy levantándome de la cama, pensando en que tal vez un vaso de agua me ayude un poco más.
Cuando estoy por salir, mi habitación se ilumina de pronto. Sucede en tan solo un instante, y es tan rápido que me toma por sorpresa.
El trueno viene justo después, tal y como me imagino sería el rugido de un dragón.
¡Cielos! ¿Y se supone que mamá y papá han salido a una cena?
- Espero que al menos regresen bien-ttebasa -suspiro, solo para, inevitablemente, comenzar a sentir que tal vez no fue buena idea insistir en que realizaran su cena justo hoy.
Tal vez, pienso, debí darles más tiempo para planearla. Pero como nunca, papá tenía un día libre, y mamá pareció entusiasmarse muy rápidamente. Además, ambos dejaron de pelear gracias a la cita.
Mis padres son un par de románticos, de eso no hay duda.
En silencio, y usando la linterna de mi celular, salgo al pasillo un momento. El sonido de la lluvia cayendo sobre el techo no hace más que aumentar. Camino entonces hacia el baño al final del pasillo, pero al pasar frente al cuarto de mi hermana termino deteniéndome por completo.
"No lo entiendes, hermano" -me ha replicado, justo antes de suplicarme permanecer despierta más tiempo, para esperar a mamá y a papá. Sin embargo, lo que Hima en verdad deseaba era continuar despierta porque le aterraba la idea de irse a dormir.
No lo entiendes, hermano… ¿"tú no le tienes miedo a las tormentas", habrá querido decirme en el instante en que guardó silencio?
Es cierto que no las tormentas eléctricas no me asustan, pero si la que hay en este momento me parece horrible incluso a mí, no puedo imaginar cómo debe sentirse ella, completamente sola en su cuarto.
En una situación así un buen hermano mayor verificaría que este bien, ¿cierto?
¿O acaso esa es solo una excusa que estoy utilizando para acercarme a ella?
- Maldición-ttebasa -doy un suspiro, apagando la linterna de mi celular. Me apoyo contra la puerta de su cuarto y dejo que mi cabeza descanse un rato allí-. ¿Qué se supone que estoy haciendo?
A continuación, muevo mi mano lentamente, dejándola caer justo sobre la perilla un par de segundos antes de girarla. Y, mientras lo hago, pienso que aún estoy a tiempo de arrepentirme, de dar media vuelta y volver a mi propio cuarto.
No sucede. De hecho, no importa lo mucho que me diga que lo que hago está mal, no me detengo. Giro la perilla hasta el final y empujo la puerta. Esta se abre con suavidad, sin rechinar.
Dentro, todo está oscuro.
Tras vacilar un segundo finalmente entro, en completo silencio. El aire escapa de mi cuerpo y cuando vuelvo a respirar, un aroma dulce invade mi nariz por un instante.
Mis ojos tardan un instante en acostumbrarse a la poca luz. Pero pronto puedo ver a Hima, recostada y cubierta con su colcha.
La imagen es tan familiar y extraña al mismo tiempo, que me toma un segundo reaccionar. No sé qué debería hacer.
La única certeza que tengo es que, si es tal y como recuerdo, hay un lugar reservado para mí en su cama.
Cuando por fin reacciono, me descubro caminando muy lentamente hasta ella, recordando lo mucho que me odié cuando decidí ya no acompañarla.
Pienso, por una fracción de segundo, en los años que han pasado desde que elegí no volver, convencido de que sería lo mejor para ambos. Pienso también, en que todo este tiempo he estado seguro de que ella podría vencer por si sola su temor.
Y pienso, finalmente, en que soy un completo idiota, porque al ver el espacio que hay en su cama me doy cuenta de que probablemente mi hermana lleva años esperándome, con la esperanza de que yo decida ir con ella una vez más.
Soy un horrible hermano mayor, ¿cierto?
Hima no dice nada, tampoco se mueve. Puedo ver su silueta, respirando tranquilamente y mirando hacia la pared. Desde dónde estoy no alcanzo a ver si sus ojos están cerrados o no.
¿Dormirá realmente o fingirá hacerlo tal y como yo hago cada vez que va a despertarme? Pese a que la pregunta en mi mente me causa intriga, pronto descubro que no quiero averiguar la respuesta, porque no tiene sentido.
Como mi hermana no dice nada -y como ni siquiera sé si está despierta-, me pregunto si acaso yo debería decir algo.
"Papá y mamá siguen sin volver, te acompañaré un momento, pero eso es todo" -las palabras se forman en mi mente, pero por alguna razón no salen. Tal vez porque, en el fondo, hablar estaría rompiendo nuestro trato silencioso.
Y yo anhelo en verdad que siga siendo nuestro secreto.
Así que, con lentitud, solo me meto en la cama y ya.
Tomo asiento en la orilla, intentando mantenerme lo más lejos posible, sin embargo, pronto puedo notar como su pequeño cuerpo se estremece con cada silbido y con cada golpe que el viento hace fuera. Descubro de esa forma que mi hermana está despierta y muy asustada, pero ¿cómo no estarlo?, si el viento no deja de golpear la casa. Lo hace tan fuerte que incluso yo termino imaginando que el techo saldrá volando en cualquier momento.
En silencio me recuesto lentamente a su lado, sintiendo como si mi corazón fuese a explotar en cualquier segundo de lo rápido que late.
Apoyo mi cabeza sobre el colchón y giro mi rostro para enfrentar a mi hermana. Ella permanece recostada tan solo algunos centímetros delante de mí, dándome la espalda. No deja de temblar.
Respiro profundo, y cuando lo hago todo lo que invade mi nariz es aquel aroma dulce que le pertenece.
Su aroma.
Decido que este es el límite, que no me aproximaré más a ella ni que la tocaré, no importa lo que suceda.
Y, justo cuando lo pienso, un trueno suena, firme. No hay relámpago, así que nos toma por sorpresa a ambos.
Yo doy un pequeño salto, pero Hima en cambio grita y se encoge, intentando protegerse.
Me quedo en silencio, inmóvil, viéndola asustarse cada vez más y más. Y recuerdo que el Boruto de antes la hubiese abrazado, esperando tranquilizarla; o le habría contado un cuento, esperando consolarla. Pero yo, mi yo de ahora, ¿qué puede hacer por ella?
- Basta ya, no eres una niña para estar llorando.
Es lo primero que digo… y siento ganas de golpearme a mí mismo o de que alguien me dé nuevamente una paliza. ¿Cuándo exactamente me he vuelto tan insensible con mi hermana menor?
Como sospecho de inmediato, mis palabras no ayudan en nada, solo lo empeoran todo. Mi hermana pronto se esfuerza para no llorar.
El corazón se me aprieta al oírla, y solo me produce ganas de huir.
Me pongo de pie finalmente. Ha sido una mala idea venir, será mejor que me vaya de aquí, que vuelva a mi propia cama.
Porque no estoy ayudándola.
No estoy ayudando de ninguna forma.
Solo soy un adolescente egoísta e idiota que no es capaz de hacer sentir segura a su hermana menor.
¿Cómo puedes ser tan inútil, Boruto?
- Hermano…
Escucharla hablarme consigue que me detenga por completo en esta ocasión. Más que su llamado, es la forma en que lo hace.
Su voz es solo un sollozo.
Giro para verla otra vez, recostada ahora dándole la espalda a la pared y mirando en mi dirección. Mirándome, deduzco. El tiempo que llevo aquí no ha sido suficiente para distinguir los rasgos de su rostro, pero si puedo ver su silueta.
- ¿Quieres que me quede? -pregunto. No oigo una respuesta, pero puedo verla asentir con claridad.
Yo asiento de vuelta, vuelvo hasta la cama.
Con lentitud me quito los zapatos y dejo mi celular sobre su mesa de noche. Luego de eso me recuesto justo sobre su colcha.
Esta vez mi hermana se aproxima a mí, eliminando la distancia entre ambos, o al menos intentándolo. Yo retrocedo por instinto, pero finalmente el borde de la cama me lo impide.
No estoy seguro sobre qué hacer. Para empezar, ¿qué tanto debo permitirle que se acerque? ¿Qué tanto puedo confiar en mí mismo?
No parece que la tormenta vaya a terminar pronto. Eso significa que pasaré un largo tiempo a su lado, ¿verdad?, porque, de hecho, no hay nadie más que pueda acompañarla, nadie más. Estamos solos está noche. Mamá y papá siguen sin volver de su cita.
Pensar en ellos tan de pronto consigue que mi preocupación aumente. No me asusta que me descubran con mi hermana, pero de pronto una única pregunta asola mi mente.
Si algo les sucede a mis padres en medio de esta tormenta, como un accidente de auto, ¿qué pasaría con Hima y conmigo?
Tan rápido como llega a mi cabeza, me esfuerzo en eliminar esa pregunta, me esfuerzo en pensar en otra cosa. No quiero averiguar lo que mi mente es capaz de imaginar en un momento como este. Me asusta.
Un rayo ilumina el cuarto. Dura menos de un segundo, pero de todas formas me preparo para el trueno que llegará.
Mi hermana también lo hace. Puedo sentir como su cuerpo se tensa, probablemente de forma involuntaria, mientras agacha su cabeza. Cuando el trueno suena, Hima da un salto de todas formas, como si no pudiese evitarlo. Su cuerpo se aproxima aún más al mío, pero esta vez yo la recibo.
Y la abrazo.
O, más bien, dejo que sea ella quién me abrace. Todo lo que yo hago es pasar mi brazo bajo su cuello, buscando un poco más de comodidad para ambos.
- Solo son truenos, no hay nada que temer -me descubro susurrando. Ella asiente, se aproxima mucho más y deja caer su cabeza justo sobre mi pecho.
Pierdo el aire al sentir su peso y mi cuerpo se congela los siguientes minutos, mientras que por dentro mi corazón comienza a latir a la par de la repentina sensación que invade mi estómago.
Así que nos quedamos así, en silencio, hasta que soy capaz de respirar de forma normal nuevamente.
- Hermano, cuéntame alguna historia.
Su voz es muy suave, un simple susurro que llega a mi oído.
¿Cómo algo tan simple puede producirme un escalofrío?
- No sé ninguna historia -respondo de vuelta. Miro al techo, porque de pronto tengo miedo de olvidar como respirar.
Estoy tan nervioso que mis labios se secan rápidamente.
Y siento que el corazón va a salírseme del pecho en cualquier instante.
¿Ella podrá escucharlo?
- Entonces, ¿puedo contarte yo un cuento?
Le digo que sí de inmediato. Si eso ayuda a que se distraiga de la tormenta, entonces es algo bueno.
Hima comienza a hablar a continuación. Con su voz suave me narra una historia que, por alguna razón, se me hace familiar.
La de una princesa encerrada en una torre de marfil, que un día decide escapar de su encierro cansada ya de esperar a su príncipe azul. En el transcurso de la historia, la princesa se encuentra de pronto con un gato atrapado, a quién no duda en liberar…
Me toma un momento recordar dónde la he oído antes, pero la voz suave con que mi hermana habla me hace pensar rápidamente en mamá. Lo recuerdo entonces. Muchos años atrás, mamá solía narrarme aquel cuento justo antes de ir a dormir.
Era, de hecho, mi favorito.
- Era un gato muy encantador… -Hima sigue hablando, su voz es lenta y suena algo cansada. Su cuerpo también ha dejado de temblar como antes-. No tenía nombre, ni familia, ni recordaba su origen, pero había crecido en las tierras al norte del Reino, dónde los gatos crecían libres y lejos de los humanos. Y, al igual que todos los gatos libres, desconfiaba de los humanos, los consideraba monstruos egoístas. Por eso, convencido de lo malvados que eran, decidió viajar con la princesa con el fin de engañarla y llevarla ante el Rey de los gatos libres, quién odiaba a los humanos más que ningún otro gato…
"Pero el gato pronto se da cuenta de lo bondadosa y amable que es la princesa, y decide ya no llevarla ante el Rey, porque le ha tomado un profundo cariño, uno verdaderamente inexplicable para cualquier gato" -pienso, recordando las veces que mamá solía contarme la historia, justo antes de dormir-. "Y la princesa, agradecida de su compañía durante el viaje, decide darle un nombre propio, porque, pensaba, que ningún ser debía carecer de un nombre o de una familia…"
- Pero el gato rechaza su nombre… -Hima bosteza, su voz se vuelve un susurro y se me hace un poco difícil seguir escuchándola-, la princesa no entiende la razón, si es un nombre tan bonito…
Hima continúa narrando la historia, pero por alguna razón mi mente se ha quedado atrapada en la última parte. Y es que, por primera vez, veo las cosas de manera diferente.
Por primera vez, entiendo al gato.
Recuerdo entonces que, cuando era un niño, solía pensar también que el gato acompañaba a la princesa para llevarla ante su Rey. Sin embargo, ahora que vuelvo a escuchar la historia, me doy cuenta de que no era así. Desde el instante en que fue rescatado por la princesa, el gato se enamoró perdidamente de ella… pero como era incapaz de aceptarlo, porque enamorarse de una humana estaba prohibido por el Rey de los gatos, decidió viajar con ella, convencido de poder hallar una sola razón para comprobar que todos los humanos eran iguales. Y después, cuando vio que eso era imposible, decidió rechazar el nombre que ella le otorgó, porque un nombre era una señal de pertenencia y el gato pronto se dio cuenta de que la princesa…
- …se enamora, de un joven bibliotecario a quién conoce en un pueblo. Y él también se enamora de ella, perdidamente, pero por desgracia es tan alérgico a los gatos que no puede estar cerca de ninguno sin que su vida peligre -Hima habla. Yo la escucho con atención, mirando al techo, sintiendo su aliento cálido rozar mi clavícula-. El gato nota lo mucho que la princesa está enamorada del joven bibliotecario, así que decide marchase solo para continuar su propia aventura… La princesa llora al saberlo, pero él le pide que sonría, porque ha aceptado usar su nombre y ser su gato, incluso si están separados…
Mi hermana sigue narrando la historia, hasta terminarla. Aunque yo ya conozco el final, casi de memoria. La princesa quedándose en el pueblo, viviendo todo lo que no ha vivido en su torre de marfil, y el gato viajando por el reino, viviendo aventuras, envejeciendo…
Cuando la voz de mi hermana se apaga, ambos nos quedamos en completo silencio.
Miro al techo, sin dejar de pensar en el gato, viajando solo por el mundo, tan enamorado que no dudó en abandonar a su princesa para que ella pudiera ser feliz, y tan lastimado que fue incapaz de volver al único sitio que fue su hogar.
Y me pregunto, sin querer, si acaso podría yo hacer algo similar alguna vez, por mi hermana.
No sé cuánto tiempo paso pensando en ello, pero cuando me doy cuenta, lo único que queda es el suave golpeteo de la lluvia sobre el techo.
La tormenta por fin se ha calmado.
Poco a poco, me relajo. Me doy cuenta entonces que mi hermana se ha quedado dormida, probablemente tras haber terminado su historia.
Dormida, justo sobre mi pecho. Acurrucada a mi cuerpo.
Y descubro que la sensación es… agradable.
Tan peligrosamente agradable, que no importa lo mal que este, no la aparto, ni me alejo de ella. Solo me quedo quieto, memorizando la mayor cantidad posible de detalles.
Detalles como el peso de su cuerpo y el calor de su piel; su aroma dulce y su respiración pausada, que roza suavemente mi hombro cada ciertos segundos. Todo esto, tan agradable que consigue que incluso el nerviosismo en mi cuerpo, aquella rara sensación en la boca de mi estómago, me parezca algo increíble.
Estoy disfrutando esto.
Y sé que no debería sentirme orgulloso del latir acelerado de mi corazón, para nada, porque después de todo se trata de mi hermana menor.
Es solo que no puedo evitarlo. No puedo evitar la manera en que me siento cuando estoy junto a ella.
Mi teléfono vibra entonces, aun sobre la mesa de noche. Con mi brazo libre lo alcanzo, solo para encontrar un mensaje de mamá.
Me dice que papá y ella vienen en camino por fin, que el viento estaba tan fuerte que era recomendable no conducir. Me pregunta, después, si ambos estamos bien. Sin moverme demasiado, y tecleando la respuesta poco a poco con mi mano libre, le informó que ambos estamos bien y que Hima ya se ha dormido.
No le cuento, claro, sobre que estamos juntos en la misma cama, ni tampoco sobre que ella está durmiendo tan cómodamente sobre mi pecho.
No es algo que deba contarle, jamás. A nadie.
De hecho, solo es algo que quiero guardar para mí.
El siguiente mensaje de mamá me informa que llegarán en media hora a casa.
Respiro tranquilo, porque mis padres están bien. No les ha sucedido nada y volverán a casa dentro de poco. Entonces, solo hay una cosa que me queda por resolver.
¿Cómo vuelvo a mi propia cama?
Y es que… esto es tan perfecto.
Me descubro entonces apoyando mi cabeza sobre la suya, girando mi rostro para inspirar el aroma dulce que desprende.
Tan dulce y cálido, tan suave… Solo un poco más, lo prometo, solo un par de segundos más y luego volveré a mi propio cuarto, a mi propia cama, a fingir que nada de esto ha sucedido jamás. Pero no sucede, porque soy un mentiroso, porque no tengo la intención de marcharme.
Porque quiero quedarme y dormir aquí, con ella.
Aunque no deba ni siquiera ansiar eso.
- Hima… Hima, tengo que irme…
Mis parpados comienzan a pesar demasiado. Si sigo aquí, me quedaré dormido pronto.
Intento levantarme, buscando no moverla demasiado para no despertarla. Echo mis piernas hacia atrás, intentando alcanzar el suelo para deslizarme fuera de la cama. Pero entonces ella me detiene, sosteniéndome por mi camisa con un poco de fuerza. Niega con su cabeza también, soltando un suspiro. No necesito que haya luz para notar que sigue dormida.
Y, a continuación, dice una sola palabra. O más bien la susurra, aún dormida, pero resulta lo suficientemente clara para mí.
- Quédate.
Nada más. Una simple petición. Pero como si fuera alguna especie de hechizo mágico yo me dejo caer de nuevo sobre su colchón, vuelvo a subir mis pies y a cubrirlos bajo la colcha. Y ella vuelve a acomodarse sobre mi pecho, vuelve a cerrar sus ojos y a dormir.
De hecho, hay una pequeña sonrisa de satisfacción en su rostro.
Cuando la noto, todo lo que consigo hacer es devolver mi mirada al techo y respirar lentamente.
Intento, como sea, controlar los latidos de mi corazón, pero por mucho que lo intento no puedo conseguirlo.
Porque estoy feliz.
Estoy muy feliz. Y muy nervioso.
Siento el calor y el peso de su cuerpo, y su respiración rápida que poco a poco se acopla a la mía, más lenta. Siento mis parpados cada vez más pesados, cerrarse por sí solos. Y, por primera vez en años, vuelvo a recordar lo cómodo que me siento cuando estoy junto a ella, en la enorme tranquilidad que me produce su presencia.
"Quédate"
Pienso en que la amo…
Sí, en que la amo. Claro. Amo a mi pequeña hermana, la amo más allá de lo que debería, aunque eso me convierta en alguien enfermo y perverso.
Solo que, en este momento, por raro que les parezca, esa línea de pensamientos no me parece errónea. Por primera vez no me siento culpable, ni siento vergüenza de este sentimiento. Lo encuentro, de hecho, algo hermoso.
Algo que me hace feliz.
Al igual que el gato en el cuento, estoy enamorado aunque no deba estarlo. Pero soy feliz con ello.
Soy realmente feliz amándola, incluso si ella jamás lo sabe.
¿Tan equivocado es sentir esto?
CONTINUARÁ…
