¡Me siento terrible por ni siquiera saber cuanto tiempo ha pasado desde el último episodio! He tenido un bloqueo brutal, sumado a una rutina que no me permitía pasar mucho tiempo despierta por la noche (que es cuando tiendo a escribir). Lo siento mucho, llevo semanas intentando sacar este capitulo, prácticamente he terminado reescribiéndolo un par de veces. ¡Pero basta de mí!

kasses: ¡Me agrada que disfrutes la historia! Kawaki tiene contemplada una aparición (pero será mucho más adelante)

secretlistener: Sometimes I hate myself for make him suffering (?)

caro: Y, debo confesar, que aún queda bastante para que sufra.

Gabe Logan: Increíblemente había escuchado antes del termino de Atracción Sexual Genética, en esas típicas historias de parejas donde al final terminan descubriendo que son hermanos separados al nacer. En este instante de la historia, él prácticamente está luchando con todo lo que tiene por seguir cuidando de su hermana, pero es inevitable que sus propios sentimientos lo sobrepasen. Boruto simplemente está agotado de ser un buen hermano, y hay un monstruo esperando la oportunidad de tomar el control.

Iris-san: ¡Por un momento pensé en desarrollar un pequeño fic con esa trama! Pero prácticamente ya saben el final, y creo que no hay demasiada gracia en jugar con un secreto así cuando en realidad los lectores ya saben que son hermanos desde el comienzo. ¡No hay drama!

Alluren: ¡Muchas gracias! El nuevo capítulo llegó tardísimo, pero por fin está aquí.


XXIX

Un obsequio para transmitir sentimientos

.

La brisa nocturna, acariciando mi nuca, resulta ser… relajante.

Completamente a solas en la entrada de mi casa, me permito disfrutar a gusto del extraño efecto tranquilizador que me produce el aire fresco en medio de la noche, incluso durante el invierno.

Soledad. Silencio. Oscuridad.

De alguna manera, esas tres cosas siempre me han venido bien juntas, incluso si todo esto se trata únicamente de un instante robado que podría terminarse en cualquier momento. Lejos de estar disfrutando de mi propia compañía, se trata más bien de disfrutar la ausencia de todo lo demás.

Sí, pero hoy es Nochebuena, me recuerda mi consciencia. La misma que ha comenzado a insistir en que debería volver dentro, para celebrar con mi familia. Mi problema es que carezco del júbilo necesario para festejar algo tan norteamericano como la Navidad. O, más bien, para celebrar cualquier cosa en realidad.

Últimamente, mi adolescencia ha comenzado a volverse dolorosa, monótona e interminable.

- ¿Boruto? -incluso si es a través de la puerta, soy capaz de distinguir la voz de papá. La acompaña el sonido de sus pisadas en el recibidor y el ruido que genera al girar la perilla-. ¿Sigues aquí fuera-ttebayo?

Echo mi cabeza hacia atrás, solo lo justo para encontrarme con su gesto de confusión, causado por mi extraña decisión de pasar un tiempo a solas. Mi anciano padre no alcanza a asomar medio cuerpo afuera, justo antes de terminar mascullando algo sobre el frío y la edad.

- Estoy esperando a Santa -el tono de mi voz debe hacerle preguntarse si acaso me estoy burlando de él o hablando en serio. Vuelvo a enderezarme, sin aclararle ese punto-. No te preocupes. Volveré a entrar en un momento.

- Mmm. De acuerdo, pero no te quedes mucho tiempo fuera. Serviremos el pastel dentro de poco, todos juntos.

- Solo es un tonto pastel-ttebasa.

- Puede ser, pero es un tonto pastel de la pastelería más cara de la ciudad -su burla es tan descarada que tengo que contenerme para no comenzar a insultarlo. Esta vez, cuando giro para verlo, lo único que me encuentro es su sonrisa tranquila, asomándose tras la puerta-. En realidad, tu madre y hermana están muy felices de que hubieras decidido comprar aquel pastel como obsequio para la familia. Muchas gracias por haberte preocupado por ellas, Boruto.

El tono tan afable con el que me agradece solo me produce la imperiosa necesidad de revelarle a papá mi verdadero motivo para haber comprado aquel pastel. Por fortuna, también soy demasiado cobarde para pensar seriamente en admitirlo.

- Solo dices eso porque tú también lo comerás, ¿eh? -es lo que digo en su lugar. Lo escucho arrojar una carcajada, y pienso en que ha pasado mucho tiempo desde que escuché a papá reír de esa manera.

Supongo que no se puede evitar. Es Nochebuena, después de todo.

- ¿Cómo me has descubierto? -él sigue riendo mientras vuelve dentro. Le sigue el ruido de la puerta al cerrarse.

Respiro profundo, intentando recuperar la tranquilidad que tan desesperadamente necesito. Pero a mi alrededor, el resto del mundo sigue girando como si nada.

Las farolas alumbrando la calle, silenciosa y solitaria; el gato de nuestros vecinos observándome desde su tejado; el ruido del motor de un auto a lo lejos; el aroma de la tierra húmeda en nuestro jardín…

El aire fresco, aliviando la tormenta en mi cabeza.

¿Qué has hecho esta vez, Boruto?

Ser un cobarde, solo eso. Pero aquella respuesta no es suficiente para sosegar a la molesta voz en mi cabeza, la misma que no cesa de reprocharme todos los errores que suelo cometer y que ahora me exige saber qué es lo que haré con la pequeña caja que oculto en el bolsillo de mi chaqueta.

Evoco en silencio el pequeño lazo amarillo que la envuelve -tal como con los regalos que papá a veces trae para mamá- y pienso, inevitablemente, en Hima. Supongo que no es de extrañar, después de todo se trata de un obsequio que he comprado para ella.

El obsequio perfecto.

El problema, como siempre, es…

"Vaya, estuviste mucho tiempo fuera de la tienda" -no importa lo fuerte que sacuda mi cabeza, ¡no consigo que aquellas palabras desaparezcan de mi mente! -. "Debe tratarse de una chica muy especial para ti, ¿verdad? ¡Que afortunada!"

Contengo un gruñido para mis adentros, reprimiendo el súbito deseo de estrellar mi propia cabeza contra el muro hasta conseguir que la voz de la vendedora se esfume. En su lugar, solo termino reviviendo la torpe conversación que he sostenido con ella, como si se tratara de mi martirio personal.

"No, esto… esto es para mi hermana menor". El rostro que ella puso a continuación y su ligero "oh" fue suficiente para hacerme comprender el error que acababa de cometer. Porque solo bastó un segundo de su mirada -con aquella mezcla de desconcierto e incomodad- para que me invadiera una alerta ya conocida. La misma que experimenté en cuanto le conté mamá sobre aquel extraño sueño en donde besaba a Hima. Una sola mirada, y nuevamente aquella voz asustada regresó, advirtiéndome con apresurados susurros en el oído.

Los hermanos no hacen esas cosas.

Cuando por fin salí de la tienda, el aire frio me golpeaba en los pulmones y mi corazón martillaba tan fuerte que lo sentía en los oídos. En mis manos estaba aquella pequeña caja, el lazo amarillo envolviéndola con orgullo, inconsciente de mis mejillas ardientes. El sentimiento resultó tan abrasador, que antes de darme cuenta ya estaba entrando la pastelería de junto, buscando algo que solo un hermano mayor habría pensado en regalar. Así fue como acabe trayendo un pastel navideño a casa. Mientras, escondido cual polizonte en el bolsillo de mi chaqueta…

El regalo perfecto para Hima.

Respiro profundo, pero no consigo rescatar ni un rastro de la calma que hasta hace unos minutos me había permitido disfrutar. En su lugar, tan solo termino sintiendo miedo, vergüenza e ira.

Pensando en un regalo como los que papá compra para mamá… ¿acaso eres estúpido o algo?

Si realmente es como me lo explicó Mitsuki, y los sentimientos son algo que pueden dejarse ver a través de los obsequios… ¿Hima podría notarlo, de alguna forma? ¿Qué hay de mi familia? Lo que siento, la parte de mí que me he esforzado tanto en ocultar, ¿podrían ellos verla finalmente?

¿O simplemente me encuentro pensándolo demasiado y lo único que está alterándome es mi paranoia naciente sumada a la molesta voz en mi mente?

La tormenta en mi cabeza se desata furiosa. Llena de contradicciones, de cosas que nunca podré decir en voz alta y de sentimientos que solo puedo mantener encerrados en una caja. Respiro profundo, conteniéndola y aplastándola en lo más hondo de mí, porque algo tan horrible como lo que soy capaz de sentir solo debería morir en silencio, tal como nació.

Y, sin embargo, aquí estoy. Añorando algo con tanta intensidad que ha comenzado a volverse profundamente agotador y doloroso. Mi interminable adolescencia, que no parece querer darme un respiro. Mis horribles sentimientos que -con justa razón- nunca serán correspondidos.

Sinceramente, comienzo a preguntarme si alguna vez podré ser feliz.

Feliz de verdad, quiero decir. Sin Hima, y sin este peso en mi pecho que se crea cada vez que la observo… ¿puedo vivir sin aquel sentimiento que he cargado toda mi vida? ¿Puedo dejar de amarla de la forma en qué hago?

Miro a la pequeña caja en mis manos: por fuera, el lazo amarillo que he escogido pensando en ella; en su interior, mis malsanos sentimientos, esperando en vano ser aceptados.

Soy tan patético, enamorado de alguien que jamás podrá corresponderme de la forma en que espero.

Yo, tan solo… debería comenzar a dejarla ir, ¿no?

- ¿Qué tienes ahí, hermano?

Doy un salto en cuanto las manos de Hima se deslizan por mi espalda. Su llegada me toma por total sorpresa, petrificándome mientras que ella deposita sin cuidado el peso de su cuerpo sobre mí, inclinándose para observar por sobre mi hombro.

- ¿Es un regalo? ¿Es para mí? -pregunta socarronamente, incapaz de notar el efecto que me genera su repentina aparición.

Su rostro, justo a centímetros del mío, y el hecho de que me esté hablado, no me permite pensar en una mentira.

- Sí -apenas consigo escuchar mi propia voz, pero ella parece entenderme con claridad porque inmediatamente su sonrisa se ilumina.

- ¡¿De verdad?! -sus manos alcanzan la pequeña caja en tan solo un instante. Su cuerpo se aparta del mío tras eso, y yo necesito controlar el sentimiento de ausencia que me produce.

Una ola de pánico brota desde lo más hondo de mí en el momento en ella se dispone a abrir mi regalo. Toda mi inseguridad, suplicándome que reaccione y recupere la pequeña caja. Pero soy incapaz de obedecer, gobernado por aquella parte mía que durante todo el día ha esperado este momento. Así que me mantengo en silencio, observándola desenvolver mi obsequio, y solo en el momento en el que ella abre la pequeña caja soy consciente de que he contenido mi aliento. Vuelvo a inspirar, al mismo tiempo en el que mi hermana retiene su propia respiración.

Soy entonces testigo silencioso de su suspiro contenido, su mirada de asombro y el sonrojo que se forma en su rostro.

El collar de plata resplandece brevemente bajo la luz de la farola. Mi hermana acaricia con cuidado el dije con forma de girasol, repasando con la yema de sus dedos cada uno de los pétalos hasta descubrir la pequeña punta de llave que reemplaza el tallo de la flor.

- Es… es hermoso -su voz, desbordando emoción, aplaca cualquiera de mis preocupaciones anteriores-. ¡De verdad lo es, hermano!

- Entonces… ¿te ha gustado?

- ¡Claro que sí! -ella sonríe, tan dulcemente que consigue formarme a mí una sonrisa-. ¡Tengo que mostrárselo a mamá!

Los hermanos no hacen esas cosas. El susurro aterrado en mi oído me obliga a detenerla. Sostengo su mano con firmeza, frenando su carrera.

- ¡Espera! -improviso, sin saber siquiera qué es lo que quiero pedirle- ¿Qué tal si…? ¿Qué tal si lo mantienes en secreto? El regalo, digo. De mamá y papá.

De cualquiera que pueda sospechar.

- ¿Por qué? -mi hermana me dedica exactamente el mismo gesto de extrañeza que papá realizó hace un rato.

- Bueno, porque… porque no le compré nada a ellos -mi mentira tan lamentable resulta ser suficiente para ella. Sin preguntar otra cosa, Hima toma asiento lentamente a mi lado, y bajo la tenue luz de la farola comienza a examinar en detalle el collar.

- De acuerdo -es su respuesta susurrada, con su mirada fija en los pequeños pétalos de plata.

Durante los siguientes minutos ella permanece sentada a mi lado, en completo silencio. Como me avergüenza decir cualquier cosa, o incluso mirarla, me dedico a examinar cuidadosamente la tela raída de mis zapatillas, a las polillas sobrevolando la farola sobre nuestras cabezas y, finalmente, al gato de nuestros vecinos, espiándonos en silencio.

Tengo que controlar la sonrisa que a ratos amenaza con delatar la forma en que me estoy sintiendo. Sé que estoy haciendo trampa, revelando mis verdaderos sentimientos de esta manera, pero incluso así no puedo evitar alegrarme.

Porque por solo un pequeño momento, puedo cerrar mis ojos y fingir que ella está aceptándolos, que somos una pareja celebrando Nochebuena juntos.

- Hermano -Hima me llama. Esta vez, cuando la observo, la encuentro dándome la espalda, mirándome por sobre su hombro y recogiendo su cabello con una mano. Su sonrisa divertida, el pequeño hoyuelo marcándose en su mejilla, me desconcierta por un momento-. ¿Qué esperas?

¿Qué espero?

Ella apunta con su cabeza hacia la pequeña caja con mi obsequio, justo en medio de ambos. Me toma un segundo más entender lo que me está pidiendo.

Respiro profundo mientras mis dedos alcanzan la fina cadena de plata. Ella voltea su rostro y deja de observarme, lo que es un alivio porque me siento incapaz de disimular lo nervioso que me encuentro.

La yema de mis dedos roza su cuello mientras engancho la pequeña cadena, al primer intento. Puedo notar la forma en que su cuerpo se estremece a causa de mi tacto.

- Tus manos están realmente frías -su queja es un susurro.

- Lo siento -o algo así es lo que respondo, no estoy seguro. Porque soy incapaz de apartar mi vista de su nuca.

Hima, si te besara justo allí, ¿qué clase de reacción tendrías?

No obtengo ninguna respuesta a la pregunta en mi cabeza. Terminado nuestro momento, mi hermana se aparta de mí y vuelve a su lugar, en silencio. Me doy cuenta de que la sonrisa entusiasta de su rostro ha desaparecido, para ser reemplazada por una sonrisa lánguida.

- Hermano… -me llama, y de alguna manera yo esperaba que lo hiciese.

- ¿Qué sucede?

- Yo… lo siento -su disculpa, en voz baja, me desconcierta al inicio. Pero mirando su rostro arrepentido recuerdo nuevamente el silencio con el que me ha castigado en los últimos días desde nuestra última pelea, y solo ahora se me ocurre la posibilidad de que todo este tiempo, en realidad, ella hubiese estado sintiéndose tan culpable como yo.

- ¿Por qué te disculpas?

- No debí decir aquello en la cena, el otro día -ella murmura, con la vista fija en sus zapatos-. Eso de desear que no fueras mi hermano. Lo siento.

Me toma un momento pensar en mi respuesta. Vuelvo a mirar hacia el techo de nuestros vecinos para verificar si su gato continúa observándonos, pero para mi sorpresa descubro el tejado vacío. De seguro ha encontrado algo más interesante para observar que solo a un par de adolescentes hablando.

- Creo que estaría bien si lo deseas -aquello que me ha estado carcomiendo por dentro los últimos días, escapa con una increíble facilidad-. Sé que no soy precisamente el mejor hermano mayor, en realidad, estoy bastante seguro de que soy el peor que…

- ¡Claro que no! -su grito me produce un sobresalto. Vuelvo a mirarla, y me encuentro con aquel gesto suyo que indica que se encuentra frustrada. Espero en silencio, por si agrega algo más, pero tras algunos segundos solo se dedica a apretar sus labios y mirar a sus pies, como si quisiera decirme tantas cosas y al mismo tiempo no fuese capaz de hacerlo.

Supongo que, después de todo, Hima es tal y como yo, ¿verdad?

Bueno, ¿qué otra cosa podría esperar? A fin de cuentas, somos hermanos.

- Deberíamos entrar, antes de que nuestro tonto padre devore todo el pastel -me pongo en pie, sacudo mi ropa y extiendo mi mano para ayudarla-. Vamos, date prisa.

- ¡Espera! -incluso si dice aquello, ella toma mi mano y la usa para levantarse. Su repentino movimiento provoca que casi perdamos el equilibrio, pero a ella parece no importarle. Su mirada, ahora asustada e insegura, me obliga a esperar pacientemente todo el tiempo que le toma realizar su pregunta- ¿Qué… qué hay de ti, hermano? ¿Tú en verdad deseas que no seamos hermanos?

Vaya pregunta que haces, Hima. Porque sucede que no importa cuánto lo desee, ni cuanto fantasee con ello, simplemente es el tipo de cosas que no puede cambiar. Pero, por supuesto, no es el tipo de respuesta que podría confesarle.

- Bueno, no es como que pueda pedir otra hermana -sin pensarlo mucho, pellizco sus mejillas hasta que ella me suplica que me detenga-. Es algo tarde para pedirle a mamá que te devuelva, ¿cierto?, así que creo que tú estás bien.

Distingo su rostro apenado por causa de mis palabras. Ha de tener sentido, porque yo en realidad no suelo decirle cosas tiernas.

- Hermano, eres tan desagradable -ella me responde, con una voz llena de fingida indignación mientras reprime la sonrisa en su rostro. Sin esperar mi respuesta, ella se dirige hacia la puerta para entrar. No la cierra, en cambio, espera a que yo la siga dentro.

Me doy cuenta de que el instante que he robado para mí mismo ha llegado a su fin, y de que nuevamente me toca volver a ser el fastidioso hermano mayor atrapado en una adolescencia interminable. Cosas que, al igual que la actitud despreocupada de papá, no pueden evitarse eternamente.

- Feliz Navidad, torpe girasol.

- Feliz Navidad, herma… ¡Moo~, te he dicho que no me llames así!

CONTINUARÁ…