Tengo que decir la verdad, y es que no había podido terminar de sentirme conforme con este capítulo, razón por la cual no lo había publicado pese a que estaba listo desde hace más de una semana. Solo... tenía que ser especial. Y realmente espero haberlo conseguido (llevo horas escuchando la OST de Kimi no na wa, que uso mucho para escribir algunas de las escenas ajaja).

Alluren: Sí, Inojin es algo así como una especie de antagonista. Aunque no intento plantearlo como alguien intrínsecamente malo, más bien (para mí) es solo un adolescente actuando según sus propios (y egoístas) deseos, los mismos que cualquier persona tiene, incluso Boruto.

secretlistener: Even Boruto can't understand he's own friendship with Inojin. And... I feel like a little dirty for thats fantasies ajaja is like a "oh God, Hima is a baby", but, for the other side, Boruto is a teenage boy, I need work in he's awful puberty.

Gabe Logan: Sumire tendrá una aparición próximamente, para resolver todas esas dudas pendientes, y, claro, falta aclarar algunas de las motivaciones de Inojin. Pero, por el momento, toca enfocarse de lleno en Boruto e Hima.


XXXII

Entre los viejos y olvidados abrigos

.

De un segundo a otro, la casa surge frente a mí como si se tratase de un imponente castillo.

Freno con cuidado, apoyo mi peso sobre un pie para evitar perder el equilibrio en la bicicleta. Me tomo un instante para recuperar el aliento, mientras saboreo el aire fresco de la noche. Solo tras eso, me enfrento por fin a las incandescentes luces de fiesta que provienen del interior de la casa y a la estridente música que me ha guiado desde dos calles abajo.

Dos figuras altas y vestidas con capas negras pasan caminando a un par de metros del lugar en dónde estoy esperando, a través de la calle principal, riendo y sin percatarse en lo absoluto de mi presencia.

Me repito a mí mismo que es lo mejor, después de todo, no pretendo llamar la atención de nadie esta noche.

Antes de bajar de la bicicleta verifico por última vez que no haya cámaras de seguridad alrededor. Y es que tras mi suspensión de la escuela lo último que necesito es conseguir antecedentes criminales por allanamiento de morada. Conforme con mi exploración, apoyo la bicicleta contra la pared de piedra, esperando que consiga pasar desapercibida en el pequeño callejón. Y pongo en marcha mi plan.

Busco hacia arriba. Justo sobre mi cabeza, en el segundo piso de este imponente castillo, doy con la única habitación que no está iluminada por las luces de la fiesta. Tras confirmar que nadie se aproxime por la calle principal, con cuidado apoyo mis manos contra las salientes de la pared y -solo cuando siento seguridad de que podré sostenerme- comienzo a escalar, ayudándome de la tubería del desagüe.

Igual que un pequeño ratón, colándose en la gran fiesta del gato. Sí, ese soy yo.

Cuando por fin estoy arriba -a seis metros del suelo y manteniendo el equilibrio entre la tubería y el pequeño balcón- estiro mi brazo y golpeo tres veces el ventanal. Tras diez segundos completos las cortinas se corren y el rostro del responsable de que esté aquí aparece finalmente.

Inojin me da la bienvenida, observándome con una sonrisa socarrona durante todo el tiempo que me toma alcanzar el barandal del pequeño balcón y usarlo para entrar.

- ¿Es en serio? -pregunto, tratando de encontrar un buen punto de apoyo-. ¿No dejas caer tu larga cabellera por mí-ttebasa?

- Solo si vienes con malas intenciones.

De todas formas, aguarda paciente hasta que por fin consigo entrar. Tras eso no duda en apartarse y volver a su computadora, ignorando con determinación el fuerte ruido de la música que incluso consigue que las paredes retumben.

Tras mi odisea, me permito recostarme sobre la gran cama para descansar.

- Lindo disfraz -le escucho murmurar con burla desde el otro lado de la habitación. Sin pretenderlo, mi vista va a parar al espejo de cuerpo entero que hay en su cuarto. En silencio examino brevemente la ropa vieja que he cogido desde el fondo de mi armario, antes de distinguir por el reflejo el disfraz colgado en el otro extremo del cuarto.

Me contengo para evitar decirle lo estúpido que se verá disfrazado de mosquetero enmascarado.

- Tuve un ligero cambio de planes -sin apartar su vista de la pantalla, él sonríe ante de mi honestidad.

- ¿Castigado antes de salir? -adivina de inmediato-. Bueno, considerando tu suspensión era bastante obvio, ¿no crees?

Las palabras de Konohamaru sobre el papel de Inojin en mi suspensión vuelven a hacer eco en mi cabeza, pero me esfuerzo en ignorarlas. Como aún no he decidido lo que haré con esa información, por el momento he decidido fingir que no ha llegado a mis oídos.

- Mientras mamá no descubra que escapé de casa todo está bien -necesito respirar profundo para aparentar desinterés. En silencio, también me pregunto si acaso tendré una oportunidad de poder bajar a la fiesta.

- Creo que eso podría ser algo difícil -Inojin vuelve a hablar, como si hubiese leído mi mente- considerando que ella y tu pequeña hermana están en el primer piso ahora mismo -me permito arrojar una queja en voz alta. Claro, mientras yo "permanezco en casa castigado" ellas han venido de todas maneras-. Por cierto, ¿cómo has llegado tan rápido?

- Ah, robé la bicicleta de mi vecino. La dejé estacionada en la calle.

No se molesten en examinar mi juicio moral. Hablan con alguien que está castigado por haber sido descubierto robando la copia de un examen.

- ¿En verdad? -algo brilla en la mirada de Inojin en cuanto me escucha y, entonces, soy yo quién puede leer su mente-. ¿Me la prestas?

- Ni hablar -pero él ya está en camino hacía el mismo ventanal por dónde he entrado hace tan solo unos minutos-. Espera, ¿a dónde demonios pretendes ir?

- Esta fiesta es tan aburrida que necesito conseguir algo más… estimulante, si me entiendes -ríe. Me guiña un ojo-. No te preocupes, pienso compartir contigo.

Sea lo que sea que quiera meterse en el cuerpo, conozco mi respuesta.

- No, gracias.

- De acuerdo, más para mí -distingo el gesto cínico escondido tras su encogimiento de hombros. Imitando lo que he hecho hace tan solo unos minutos, él pasa sus piernas por sobre el barandal con mayor seguridad de la que he hecho uso-. Entonces, volveré pronto.

- Oye, un segundo, espera…

- No te preocupes -me interrumpe, sus labios curvados en una sonrisa cargada de burla-, pienso regresar. Dame una hora.

¿Es broma? Una hora es tiempo suficiente para que todo salga mal. Como, por ejemplo, ser descubierto en su cuarto cuando se supone que debo estar en casa.

- ¿Y qué demonios esperas que haga una hora aquí solo-ttebasa?

Inojin se detiene. Veo su cuerpo equilibrándose entre el barandal y la tubería, mientras me dirige una mirada resignada.

- Bien, puedes ver pornografía. Solo asegúrate de dejar todo limpio cuando termines ¡Y usa el modo incognito! -añade en un grito, mientras comienza a descender.

Me aproximo al ventanal, y observo ansioso hasta que sus pies tocan el suelo. Desde la calle, Inojin alza sus pulgares en señal de éxito y recupera la bicicleta que he dejado contra la pared. En menos de un minuto está enfilándose por el callejón, en dirección opuesta.

Suspiro en cuanto lo pierdo de vista, y me aparto el ventanal. En cualquier caso, es demasiado tarde para ir tras él. Y, sin la bicicleta, no puedo marcharme de aquí.

Completamente a solas, lo primero que verifico es el seguro en la puerta, antes de caer en la cuenta de que permanecer una hora encerrado aquí solo servirá para atraer la atención del resto. Después de todo, ¿qué clase de anfitrión se pierde su propia fiesta?

Busco alrededor, y mi vista se dirige automáticamente al disfraz de Inojin.

Una idea loca cruza por mi mente. No, no loca. Demente. Sin embargo, pronto me veo sopesando los pros y contras de ella.

Una hora es demasiado tiempo para permanecer aquí encerrado, pero suficiente para bajar, ir por algunos refrigerios y volver a subir, sin llamar demasiado la atención del resto.

Antes de que alguien suba y me descubro, decido poner en marcha mi improvisado plan. Me deshago de mi vieja sudadera, y me coloco por encima la capa de mosquetero que -como había aventurado- no hace más que lucir estúpida. Me pruebo los guantes y voy por el antifaz que cubre la parte superior de mi rostro.

Mi cabello revoltoso, por el contrario, parece oponerse enfáticamente a la idea del sombrero con pluma. Decido rendirme con ello, hasta que recuerdo algunas de las historias de mamá, sobre como el cabello de papá solía ser más llamativo de lo que él creía y que incluso en grandes multitudes era posible encontrarlo con facilidad.

Como lo que menos necesito es a mamá con alguna extraña sensación de déjà vu, busco por el cuarto hasta dar con algunas horquillas. Después de una pequeña batalla el gran sombrero por fin encaja, y pronto estoy de pie frente al espejo, observando al extraño chico que ha usurpado a medias un disfraz de mosquetero para combinarlo con sus viejos jeans y camiseta.

Y que, de todas formas, parece otra persona.

Salgo de la habitación y bajo hacia la fiesta. Mientras desciendo por las escaleras distingo fantasmas, demonios, payasos, enfermeras y monstruos de todo tipo, incluso algunos elaborados cosplay. Una fiesta de disfraces que no sea en Halloween solo puede tener éxito si la promueve alguien con tanta popularidad como la señora Yamanaka. Por supuesto, eso también significa que no hay alcohol ni hierba rondando, sino más bien refrescos y bocadillos saludables.

No tardo en conseguir algo para beber. Doy vueltas alrededor del recibidor buscando algún bocadillo y saludando a algunos invitados que me confunden con el anfitrión, hasta que sucede algo que me hace olvidar completamente lo que estoy haciendo.

Himawari.

Mientras vuelvo sobre mis pasos hacia la escalera, chocamos. Me tambaleo por un segundo, pero recupero mi equilibrio casi de inmediato, al igual que ella. Por un pequeño instante me invade una ola de pánico ante la idea de que pueda reconocerme, pero en lugar de observarme con sorpresa o llamarme "hermano", ella se disculpa conmigo apresuradamente antes de alejarse.

No consigo evitar la envidia que me produce verla divertirse en una fiesta con sus amigas, mientras que se supone yo me encuentro en casa castigado.

De pronto, en medio del salón, alguien grita el nombre de un juego que conozco muy bien. Otra persona alza una botella vacía, y de pronto un grupo de los invitados se arremolina en torno al armario más próximo, incluida Hima, quién es arrastrada por las chicas que la acompañan.

La idea de que este sea el lugar en dónde pueda empezar su historia romántica, besando a algún desconocido gracias al azar, es suficiente para hacer que mi estomago se revuelva.

¡Vamos! ¡¿En dónde está mamá cuando la necesitas?!

En cuanto veo a mi hermana tomar asiento en el círculo de jugadores -replicando avergonzada mientras sus amigas la rodean- mi primer impulso es acercarme y sacarla de allí. Sin embargo, por el rabillo del ojo distingo algo que me obliga a dar media vuelta.

La madre de Sarada atravesando el salón, con una bandeja vacía en sus manos. Decido seguirla, esperando que se dirija hasta donde mamá se encuentra, y para mi fortuna doy en el clavo porque en unos cuantos segundos la descubro preparando bocadillos, sentada alrededor del mesón de la cocina, conversando animadamente con sus amigas de la preparatoria.

- Acabo de ver a Hima-chan, parecía divertirse mucho -tía Sakura deposita la bandeja vacía sobre la encimera, antes de agarrar un cuchillo y una rebanada de pan para ponerse manos a la obra. Me aseguro de permanecer fuera de su vista, junto al umbral de la puerta, apenas distinguiendo sus voces por sobre el resto del ruido proveniente del salón.

- Sus amigas también han venido, debe estar divirtiéndose -mamá responde, puedo distinguir el alivio en su voz-. Es algo tímida, me alegra que pueda desenvolverse mejor.

- Fue una gran idea hacer esta fiesta, Ino. Tengo que felicitarte.

- ¿Qué hay de Sarada-chan? -del otro lado del mesón, la madre de Inojin habla. Pese a tener la misma edad que mamá y tía Sakura, ella sigue usando ropa excesivamente ajustada. Por esa razón, en la escuela nunca faltan los idiotas que han hablado de ella y de sus fantasías milf, al menos hasta que Inojin los descubre y les da una paliza.

Si lo pienso bien, esa fue nuestra razón para hacernos amigos. Yo era de los pocos chicos que jamás bromeó respecto a tener una aventura con su madre. Y, honestamente, por más que la miro… ni siquiera consigo imaginármelo.

Es porque a mí me van las hermanas menores.

Cielos. Qué estúpida broma acabo de hacer en mi cabeza.

- No quiso venir -sin pretenderlo, me descubro espiando su conversación-. Creo que tienen un examen de ciencias en unos días, e insistió en estudiar.

- Tu hija es muy responsable.

- A veces quisiera que se divirtiera más -tía Sakura deja escapar un largo suspiro-. ¿Recuerdan cuando era amiga de Boruto en la primaria? Se la pasaba sonriendo todo el tiempo. Era… feliz.

La nostalgia surge tan abruptamente que me obligo a respirar profundo para tranquilizarme. Recuerdo lo feliz que me sentía siendo su mejor amigo, pasando los días a su lado y conversando de casi cualquier cosa. Ahora, en cambio…

- Bueno, no puedes culparla por querer algo mejor -la señora Yamanaka retoma la conversación-. Quién sabe dónde estaría ahora de haber seguido así.

- ¿Disculpa? -esa es mamá. Más que enojada, se oye sorprendida. Tal y como yo, probablemente, no esperaba un comentario como ese.

- Ino, discúlpate por lo que has dicho.

- Es solo que… no me malentiendas, Hinata, pero Boruto parece ser un chico muy irresponsable. Inojin siempre me está contando el tipo de problemas en los que se ve involucrado. ¿Acaso no lo han suspendido esta semana por robar un examen? Pero ¡estoy segura de que no es culpa tuya! -se apresura a agregar-, sé que eres muy preocupada por tus hijos. Es Naruto quién debería pasar más tiempo en casa y no en el trabajo.

Guardo silencio, contengo la respiración. Del otro lado de la pared, viene un largo silencio. Ansioso, espero que mamá diga algo, cualquier cosa, pero en lugar de eso ella se mantiene en silencio.

Eso me duele. No sé exactamente porqué.

- No seas absurda Ino, eso no tiene relación alguna -la voz de tía Sakura vuelve a elevarse-, Sasuke-kun siempre está viajando.

- Sí, pero Sarada es una buena chica.

- Mi ahijado también lo es -consigo sentir el enfado en su voz. Mamá, en cambio, no ha dicho ninguna palabra.

Vamos, mamá, ¿qué esperas? ¿Acaso no vas a defenderme?

Acaso… ¿tú también piensas todo eso de mí?

- Es solo que tu muchacho es… ¿cómo decirlo? Bueno, pareciera que le gustan los problemas…

Me aparto, doy un paso atrás.

Supongo que nunca se me ha dado bien escuchar las críticas de los demás.

Vuelvo hasta el salón atiborrado de gente, vibrante por la música, conversaciones y risas que llenan la estancia.

Estoy bien, me repito. Y empujo profundo el amargo sentimiento que amenaza con desbordarse en mi interior, junto a la desagradable conversación que nunca debí escuchar. En vez de dar paso a todo eso, elijo concentrarme en la razón por la cuál estaba buscando a mamá en primer lugar.

Solo que Hima ya no se encuentra en el mismo lugar en dónde la he visto por última vez.

Me toma un par de segundos volver a encontrarla. Sus amigas tiran de ella, en medio de gritos emocionados y risas tontas. Mi hermana, en cambio, parece más asustada que otra cosa, suplicando que la dejen tranquila mientras es empujada hacia el armario.

- ¡Esperen, por favor!

¡Cielos! ¡De verdad no puedo quitarle la vista de encima ni por un minuto!

El impulso de ayudarla me hace atravesar el salón en su dirección. Estoy a tan solo unos pasos -abriéndome paso entre los invitados- cuando la encierran.

Me adelanto hasta llegar al frente. Sin querer termino pateando la pequeña y estúpida botella, y aunque alguien se queja en voz alta ni siquiera presto atención. Es cuando vuelven a abrir la puerta del armario, para permitirle el paso al acompañante, que me adelanto para entrar en su lugar.

- ¡Oye, es mi turno! -un contrariado pirata intenta plantarme frente. Aunque solo me bastaría un empujón para apartarlo de mi camino, lo pienso mejor, respiro profundo e incluso me permito esbozar una sonrisa.

- Lo siento -mi disculpa apresurada apenas se escucha bajo tanto ruido, pero aquel chico parece escucharme a la perfección-. Se trata de la chica que me gusta -al oírme una sonrisa se forma en su rostro y me golpea el hombro con una repentina camaradería.

- ¡Buena suerte! -contesta, antes de cederme su lugar.

No sé lo que hago, pero pronto me veo dando un paso al interior del armario. Lo siguiente que siento es la puerta cerrándose a mis espaldas, el ruido de la música amortiguado por las paredes vibrantes y la ya de por si escasa luz desapareciendo totalmente.

Completamente a ciegas, doy un paso adelante. Mis brazos pasan a llevar los abrigos y chaquetas colgadas a mi alrededor. El aroma a lavanda se cuela por mi nariz.

Otro paso más. Siento gritos y risas distantes del otro lado de la puerta. Intento respirar profundo, porque temo ahogarme intentando procesar todo lo que está sucediendo.

Simplemente es demasiado.

Por unos segundos no escucho otro ruido, e incluso temo haberme equivocado o que en el alboroto que armé por entrar Hima hubiese conseguido escapar. Hasta que escucho su voz asustada abriéndose paso a través de la pequeña habitación que compartimos.

- ¿Ho… Hola?

Los latidos de mi corazón se aceleran, mi estómago se agita con violencia.

Ella en verdad está aquí.

- ¿Todo… está bien? -vuelve a hablar. Puedo sentir claramente el ruido que produce su cuerpo mientras se abre paso entre los abrigos.

Y, de pronto, justo frente a mí…

Incluso si no puedo verla, sé que ella está justo frente a mí.

Ah… ¿Por qué no digo nada? ¿Por qué me estoy quedando en silencio?

- Hay… hay alguien aquí, ¿verdad?

Es su inocente pregunta la que me hace tomar consciencia de lo que estoy haciendo.

Un error. Estoy cometiendo un gran error.

Si digo una sola palabra… mi hermana descubrirá quién soy.

Debería salir de aquí de inmediato, antes de cometer una tontería que me delate, sin embargo, no lo hago. En lugar de marcharme, permanezco en mi sitio.

Y me obligo a guardar silencio.

- Dis… disculpa -y de pronto sus manos rozan las mías. Me esfuerzo por mantener mi respiración tranquila, mientras que, con lentitud, ella va tanteando hasta poder sostenerlas-. Ah, te encontré.

Aquel agradable cosquilleo que siempre me invade al estar tan cerca de Hima regresa una vez más, instalándose con decisión para no marcharse.

De pronto, sin haberlo pretendido, me descubro sosteniendo las manos de la única persona capaz de conseguir que mi corazón lata tan exaltado.

Antes de que pueda alejarse de mí, el impulso me lleva a entrelazar nuestros dedos.

Hima me lo permite. Tras unos cuantos segundos, incluso soy capaz de sentir un ligero apretón de vuelta, como si se tratara de la silenciosa señal de que todo está bien.

Así es como, en medio de esta densa oscuridad, ella me descubre con facilidad; como, entre los viejos y olvidados abrigos, me permito a mí mismo sostener sus manos de vuelta, y anhelar que sea para siempre.

Justo aquí, justo ahora… nos encontramos.

Hima, ¿tú también te sientes así?

- Lo… lo siento -su voz apenas consigue elevarse, antes de desaparecer en el ruido incesante que proviene de afuera. Pero, incluso de esa forma, yo consigo escucharla con claridad-. ¿Podríamos… sentarnos?

Su pregunta es lo que me hace ponerme en marcha. Como el leal gato que siempre he sido, me descubro cumpliendo de inmediato la más simple de sus peticiones. No tardo en arrodillarme sobre el suelo, tirando suavemente de sus manos para que me siga.

Los siguientes segundos nos sumimos en un silencio compartido, mientras espero paciente a que mis ojos se acostumbren a la oscuridad. El agradable cosquilleo en mi interior poco a poco se convierte en una profunda sensación de tranquilidad.

Trato de registrar en mi memoria la mayor cantidad de detalles que pueda. El contorno que nuestras manos tomadas forman y la silueta de su rostro. El aroma a lavanda entremezclado con el suyo. La manera en que sus manos encajan entre las mías. Su respiración tranquila, pausada, a juego con la mía.

Cada preciado detalle de este efímero instante… quiero conservarlo todo en mi memoria, para siempre.

- Esto es… tan raro -ella me habla, nuevamente. Su voz sigue sonando como si estuviese contándome un secreto, así que me inclino hacia ella, para escuchar atentamente-. Mis… mis amigas prácticamente me arrastraron aquí dentro. Yo… yo no soy ese tipo de chicas, ¿sabes?

No contesto, pero desearía decirle que sé perfectamente a lo que se refiere, y que, en verdad, yo jamás me atrevería a pensar así de ella. En lugar de eso, solo soy capaz de apretar sus manos.

Mi hermana no vuelve a hablar, sin embargo, me devuelve el apretón al cabo de unos segundos. No consigo reprimir mi sonrisa, mientras nos entregamos con complicidad a este pequeño y silencioso juego.

¿Qué haces?, mi consciencia se abre paso, exigiendo una respuesta. Pero la verdad es que no tengo una. He perdido por completo la cuenta del tiempo que llevamos aquí y tampoco me siento seguro sobre lo que debería hacer en el instante en el que la puerta vuelva a abrirse.

En este momento no tengo certeza de nada, salvo de una cosa.

Quiero besarla.

Justo aquí, justo ahora… quiero besar a Hima, como siempre he deseado.

Quiero, por solo un segundo, dejar de ser su hermano mayor. Convertirme en cambio en el silencioso y desconocido chico con disfraz de mosquetero, con quién puede tener su primer beso.

¿Puedo… tan solo cerrar mis ojos un instante… y fingir que no sé de quién se trata?

¿Puedo besarla?

Una alarma se dispara en mi cabeza, recordándome porqué no puedo permitirme llevar las cosas demasiado lejos. La ya alterada voz de mi consciencia me regaña de inmediato por atreverme pensar en ello, sin embargo, otra voz -más serena y armoniosa- me susurra en el oído que, de hacerlo, todo iría bien, porque no hay manera de que alguien pueda descubrir que he sido yo. Ni siquiera Hima, justo frente a mí, podría llegar a sospecharlo jamás.

Aquella voz, tan convincente, me repite sin cesar que debería intentarlo. Se trata, dice, de la única oportunidad que tendrás en tu vida.

Mi deseo cumplido por los dioses, ¿verdad?, aquel por el que tan fervientemente he rezado.

Y, a pesar de todo…

No está bien.

No, no lo está. Seguramente un buen hermano mayor -como el que tan desesperadamente intento ser- jamás haría algo tan horrible. En lugar de eso, un buen hermano, un buen chico, soltaría sus manos, se levantaría y saldría de aquí, ¿verdad?

Excepto que… hay algo en mi cabeza que está condenadamente mal. Algo que he tenido claro desde que solo soy un niño.

Cuando se trata de mi hermana menor… estoy por completo enfermo.

Y, si lo pienso bien, es casi como si todo el mundo pudiera saberlo con solo estar cerca de mí. Incluso mamá, quién siempre es comprensiva y está dispuesta a buscar lo bueno en el resto, es incapaz de defenderme cuando soy expuesto. Quizás porque, muy dentro de ella, también sabe que hay algo mal con su adorado hijo.

Está bien, mamá, yo también lo sé. Sí, lo sé.

No soy alguien bueno. Yo, en verdad, nunca lo he sido. Porque no importa lo mucho que me esfuerce, estos horribles sentimientos no desaparecen.

Si solo no me sintiera tan exhausto, quizás podría intentar hacerles frente una vez más. Pero, descubro -con alivio- que no soy capaz de seguir peleando contra lo que siento.

Por una sola vez deseo obtener aquello que mi corazón siempre ha anhelado en silencio.

Sin duda soy un hermano mayor realmente horrible, ¿no creen?

- Discúlpame, por favor -su voz se abre paso hasta mis oídos, como un leve murmullo que apenas soy capaz de percibir-, ¿acaso estoy siendo aburrida?, si quieres… puedo…

No termino de escuchar el resto. Su voz se extingue lentamente en el momento en el que comprende mis intenciones.

Sin embargo, Hima no me detiene.

Tan solo me espera, paciente, mientras vuelvo a inclinarme sobre ella, hasta estar a tan solo algunos centímetros de su rostro. Su pequeña nariz rozándome, su respiración lenta y pausada, su cálido y dulce aliento fundiéndose con el mío en la oscuridad.

Tan paciente, mientras demoro una eternidad, porque este es mi primer beso y estoy temblando de anticipación.

Hasta que, por fin, la encuentro.

De la única manera que tanto he deseado y temido. Justo aquí, justo ahora.

Beso a mi pequeña hermana menor.

CONTINUARÁ…