Capítulo 2
LA BODA
"Todo el día y toda la noche, mi deseo por ti se desenrosca como una serpiente venenosa."
– Samar Sen, Love
Una extraña y confusa pregunta rondó por las mentes de Peter y May Parker durante el siguiente mes.
¿Qué se les regala a los novios cuando, al parecer, ya lo tienen todo?
—Artículos de cocina.
—Sí, May. Seguro que les hace falta una licuadora y unas cucharas a juego en la enorme y súper equipada cocina de su mansión.
—Cojines.
—¿De qué material? Porque si crees que podemos superar el algodón egipcio…
—Tarjetas de regalo.
—Aburrido e impersonal.
—Adornos, marcos, portarretratos, delantales, tazas con sus nombres escritos en letra cursiva, lo que sea. No somos ricos, no esperan gran cosa de nosotros. Ahora, quita esa cara de amargado y ayúdame a buscar un obsequio poco práctico y de precio razonable.
Peter suspiró pesadamente y le ayudó a su tía a elegir el regalo durante una tarde entera. Borrar su cara de amargado…lo dejó para otro momento.
El acosamiento de Ned y MJ tampoco ayudaban a relajar su ánimo.
—¿Quieres hablar?
—¿Quieres construir un lego de mil piezas?
—¿Quieres ver una película sangrienta y en lo mínimo romántica?
Peter dijo sí a todo. Sabía qué estaba ocurriendo. No querían que estuviera solo. MJ (sí, MJ) había mostrado tal entusiasmo ante la propuesta de pasar una noche en algún bar, comiendo y bebiendo hasta perder la habilidad de ver nítido, que Peter había sido incapaz de negarse. El simple hecho de que habría querido negarse, que habría querido quedarse agazapado en su madriguera, lo obligó a admitir que necesitaba un cambio. Él nunca había sido de esas personas a las que les gusta estar solas, ni tampoco era un joven contemplativo. Al contrario, cuando algo lo inquietaba, salía, veía a gente, fabricaba sustancias, tenía fantasías liberadoras de estrés.
Hablando del rey de Roma…
Para el alivio de Peter, el señor Stark visitó muy poco el laboratorio durante las semanas previas a la boda. Seguramente estaba ocupado con los preparativos.
Porque, si una boda iba a ser fenomenal y grande, tenía que ser la del empresario más estrafalario y adinerado del país.
De modo que Peter agradeció el espacio brindado, pero también añoró la presencia de su hombre favorito. Para compensar el tiempo a solas, Peter se masturbaba tres veces al día pensando en él. Ah, las ventajas de ser joven: jalársela cuantas veces quisiera y siempre conseguir resultados. Correrse dos veces en menos de diez minutos. Y nunca estar completamente satisfecho.
El tiempo es relativo; Einstein lo dijo. En el amor, la distancia es tan relativa como el tiempo.
Un día Peter estaba rumiando la noticia de la invitación, y al siguiente buscaba un regalo de bodas. Un día Peter estaba conociendo su propia sexualidad a través de un hombre 30 décadas mayor que él, y al siguiente se enteraba que este hombre se iba a casar.
Un día Peter se encontró remendando el traje más presentable que pudo recuperar de su desastroso armario.
Al siguiente estaba en la iglesia.
Era un hermoso día. Adorable para una boda. La capilla era especialmente bonita y espaciosa. Peter se sorprendió de la cantidad limitada de personas que podían codearse de haber asistido a la ceremonia católica del multibillonario.
El olor a gardenias mezclado con lienzo inundaba los cuatro vientos, las sillas de madera estaban relucientes y pulcras. El sonido del órgano, el arpa y las guitarras (cánticos de otro mundo) eran especialmente divinos, y las velas chisporroteaban débilmente, pues el ocaso no había terminado.
Peter y May tomaron asiento y esperaron.
Todo estaba permeado de arreglos florales, leves cuchicheos, y fotógrafos apostados en cada esquina.
Y de pronto, ahí estaba él. Con su traje italiano, corbata impecablemente anudada, cabello cuidadosamente peinado, y rebosante de unos nervios que Peter nunca le había visto. Parecía un príncipe salido de un cuento de hadas, a punto de vencer al dragón.
Cuando reparó en Peter, le sonrió.
Él tardó en devolverle el gesto, pero al final lo consiguió. Las comisuras de sus labios fueron empujadas hacia arriba como si un gancho estuviese tirando de allí.
La melodía (hasta ahora una acogedora música uniforme) cambió. El típico Canon en re mayor sonó por la capilla. Todos los invitados torcieron el cuello hacia la entrada, y los flashes de las cámaras enloquecieron cuando la novia entró caminando (más bien deslizándose) por el altar.
El corazón de Peter le golpeteaba en las costillas como un pájaro desesperado.
El sacerdote encargado de la ceremonia, un hombre en la cúspide de su vida, esperó a que la radiante mujer subiera al estrado y quedara posicionada frente a su prometido. Luego abrió un pesado libro y comenzó a leer algunos pasajes bíblicos que Peter eligió no escuchar. De hecho, poco fue lo que oyó en toda la reproducción de sus pesadillas. Miraba con una sensación de vacío la calvicie incipiente del hombre que estaba sentado delante de él, por lo que parecieron eternidades.
Y un ardor bajo sus ojos crecientemente húmedos comenzó a propagarse.
No.
No iba a llorar. Se rehusaba a dejar correr una sola lágrima. Mueran todas y aguanten hasta el final. Peter arrugó el gesto, intentando con todas sus fuerzas no rendirse ante la vulnerabilidad que estaba sintiendo.
Pero entonces:
—¿Virginia Pepper Pots, aceptas a Anthony Edward Stark como tu legítimo esposo, amarlo y respetarlo, de hoy en adelante, en lo próspero, en lo adverso, en la riqueza, en la pobreza, en la enfermedad y en la salud, hasta que la muerte los separe?
—Sí, acepto.
—¿Anthony Edward Stark, aceptas a Virginia Pepper Pots como tu legítima esposa, amarla y respetarla, de hoy en adelante, en lo próspero, en lo adverso, en la riqueza, en la pobreza, en la enfermedad y en la salud, hasta que la muerte los separe?
No. No-no-no-no-no-no-no-n
—Sí, acepto.
—Ustedes han declarado su consentimiento ante la Iglesia. Que el Señor en su bondad fortalezca su consentimiento para llenarlos a ambos de bendiciones. Lo que Dios ha unido, el hombre no debe separarlo.
—Amén.
—Los declaro marido y mujer. Puedes besar a la novia.
Los invitados se levantaron de alegría, aplaudieron y silbaron. Los flashes tampoco se hicieron esperar. La Marcha Nupcial sonó con fuerza.
La rabia ganó al final y secó todo indicio de lágrimas. Pero no estaba enojado con el señor Stark (nunca podría enojarse con él), estaba enojado con esa mujer, consigo mismo, con su tía, con el mundo por no haberle dado una oportunidad antes de ese día.
La sesión de fotos fue un corto escalofrío. Aparentemente, el fotógrafo oficial de la boda no estaba interesado en capturar en un marco de recuerdos al protegido de Tony Stark.
Bien por mí, siseó Peter en la cabeza.
Ya tenía su repertorio de sonrisas falsas guardadas para la ocasión. No hizo ningún esfuerzo. El único requerimiento de control surgió cuando le tomaron tres fotos simultaneas junto al señor Stark. El hombre rodeó la espalda de Peter, y congelaron el momento. Después de eso, se fundieron en un sincero abrazo.
—No me pasa nada —le dijo a May cuando ella preguntó.
La recepción era todo lo que estaba esperando: música en vivo tocada por una orquesta de Swing profesional, mujeres bellas con hermosos vestidos limpiando el salón por la longitud del corte, hombres con sus trajes hechos a la medida, y un buffet de proporciones microscópicas que ofrecía veinte variedades de una misma crema, licor, caviar, verdura y canapés.
El nuevo matrimonio abrió la fiesta con su primer baile, y afortunadamente prosiguió la cena.
Peter y May fueron asignados a una mesa cerca de la barra, donde comieron encerrados en su burbuja, lejos del glamour que no iba con su estatus. Todo se veía delicioso, y normalmente Peter se habría sentido feliz comiendo lo que no solía comer, pero aquella noche, su apetito y también sus ganas de vivir, se habían desvanecido momentáneamente.
De repente, oyó la voz del señor Stark, y aquel sonido profundo y masculino reptó por su piel.
—¿Qué hay con esas caras largas? ¡Parker! ¿Por qué no estás haciendo que tu tía pase un buen momento? ¡Sácala a bailar!
Al tiempo que hablaba, sacudía con vehemencia los hombros de Peter por detrás. A continuación, puso un vaso sobre la mesa.
—Bébetelo de un trago —ordenó. Eso hizo Peter, tomándose el coñac como si fuese un tónico vigorizante. El líquido descendió suavemente por la garganta y alivió su estómago revuelto. Stark le sirvió otro.
—¿Acaso intenta emborrachar a mi sobrino?
El señor Stark rio como niño travieso.
—Ni pensarlo. Quiero infundirle valor para que suelte los pies en la pista de baile.
—Peter tiene dos pies izquierdos, me temo. El alcohol no hará que tropiece menos, sino todo lo contrario.
—Estoy dispuesto a correr el riesgo.
Algo mosqueado, Peter hizo caso omiso de los comentarios y engulló el vaso con cierta osadía, esforzándose para no componer ninguna expresión de desagrado. Al terminarlo, se llevó el puño a los labios para contener un eructo, y de pronto sintió mucho calor pese a que el clima era frío.
—¡Muy bien, Parker! —lo felicitó Stark, palmeándole los hombros y sentándose a su lado. Peter bebería veinte tragos sólo para ver aquella expresión de orgullo—. ¿Quieres otro?
—Mantenlo PG-13, ¿de acuerdo Peter? —le advirtió su tía con un tono severo.
—Nada de eso, May. Es mi noche de bodas. Concédeme este pequeño capricho.
—Si su capricho es pasarle estupefacientes a un menor…
—Parker no es menor, ¿verdad? ¿Eres menor?
Peter sacudió la cabeza y el mundo pareció sacudirse también con él.
—¿Ves? —Stark extendió la palma abierta y lo señaló—. Él puede manejar unos tragos.
Pese a la clara desaprobación que el rostro de May reflejaba, ella sonrió con algo de ternura.
—Bueno, sólo por esta noche, ¿de acuerdo Peter?
—Sí.
—Tómate otro —Stark le rellenó el vaso, pero antes de llegar a las manos de Peter, alguien se lo arrebató.
—Yo llevaré esto conmigo, gracias.
Era Bruce Banner. Otro de los ídolos de Peter. Aunque nadie como el señor Stark para visitarlo por las noches durante sus sueños menos PG-13.
—Okey, eso fue grosero —reclamó Tony mirándolo con aire de ofendido.
—¿Quieres saber qué es grosero? —replicó Banner. Su pose y la voz arrastrada dejó muy claro que había tomado muchos más tragos de los que Peter hubiera soportado—. Que el bartender me haya negado un whisky doble. ¿Qué es esto? —olfateó el vaso—. ¿Coñac? ¡Puaj! ¿Quién ordenó esto?
—Yo —dijo Stark. Banner lo miró como si fuese la primera vez en su vida que se encontraba a un ser humano.
—¿Tú? Pero-pero pensé… Noooo. ¿Te gusta el coñac? ¿A ti te gusta el coñac? —le preguntó a Peter apuntándolo con el dedo.
—Uh-h, um, bueno…
—Me estás avergonzando Brucy —dijo Stark entre dientes y con una sonrisa rígida.
—¿Quieren oír la historia de cómo se conocieron los novios? —exclamó como si no lo hubiera escuchado, y se dejó caer en una silla vacía que, para infortunio de May, estaba a su lado.
—Brucy, no creo que-
—¡Yo los presenté! —graznó Banner salpicando su bebida—. Tooodo fue gracias a mí —sus dedos bailaron por la superficie hasta apuntarse—. Pepper era amiga de una amiga y le dije a su amiga que Tony Stark es un playboy mujeriego, depravado y ruin, que no puede deletrear la palabra "matrimonio", porque se atraganta a medio camino. ¡Y ahora mírenlo! Pepper es una mujer formidable ¿no lo creen? Hizo que este bastardo sentara cabeza y echara raíces.
—Es suficiente Brucy, gracias.
—¡Eres un bastardo suertudo! —aulló el hombre con una sonrisa ebria y sentimental—. Te amo, viejo amigo. Felicitaciones…
Y se abalanzó para darle un abrazo.
—Eres un cielo —dijo Stark incómodo, dándole palmaditas en la espalda—. Mira, creo que alguien descuidó una botella de Brandy. ¡Por allá!
El doctor Banner, ganador de un premio Nobel, cayó en la trampa y trastabilló en la dirección que el señor Stark apuntaba. Peter miró a Banner alejándose con un odio recién descubierto.
—Lamento eso —se disculpó Tony con ellos, pero en especial con May, a quien le había aterrizado un poco de la bebida de Bruce en el vestido—. Le emociona mucho las ocasiones felices. Desgraciadamente no sabe controlarse si la ocasión amerita alcohol.
—No, no, está bien —aseguró ella limpiándose con una servilleta—. La emoción es algo bueno. Y esa historia, tal vez contada de otra forma, es realmente conmovedora. No cualquier persona puede cambiar el rumbo de nuestras vidas. Tiene que ser la indicada, ¿no es cierto?
—Cierto. Y también dijo que soy un bastardo suertudo. Quizá no tanto lo bastardo, pero sí que soy un suertudo. Brindemos —levantó una copa vacía que estaba a su costado.
—Por la persona indicada y las ocasiones felices —dijo May, alzando su propio vaso.
—Ocasiones felices…—se unió también Peter.
Hubo un ligero sonido tintineante.
Transcurrieron algunos minutos de charla. El señor Stark iba contándoles algo acerca de la banda de Swing que contrataron, y Peter se esforzaba en poner atención a cada palabra. Ya había dejado de tomar (a Tony se le olvidó servirle otro vaso luego de la interrupción de Banner), y así le era más fácil seguir el hilo de la conversación y comportarse según lo esperado. Reía cuando debía reír, soltaba un comentario cuando la anécdota lo requería, en un tono ligero, humorístico, despreocupado y casual, todo en la dosis adecuada.
No obstante, la frágil y cuidadosa máscara que construyó para aquella noche, se resquebrajó un centímetro cuando llegó Pepper Pots. O mejor dicho; Pepper Stark…
—¿Se están divirtiendo? ¿Qué les pareció la comida? —preguntó ella. Había cambiado el vaporoso vestido blanco por uno más manejable y cómodo, probablemente para la pista de baile. Un par de senos resaltaban por encima del escote, y un pequeño collar con una perla colgando en medio se escondía entre esas dos frondosidades. Peter miró con algo de desdeño aquellas implacables curvas.
—Pepper cree que la langosta estaba demasiado hervida —dijo Stark poniendo los ojos en blanco, como si no hubiera escuchado tema más engorroso.
—Oh no, la comida estaba grandiosa —desmintió May—. Nunca había probado una langosta tan exquisita. Podría comer cien veces de lo mismo el resto de mi vida.
Peter también rodó los ojos imperceptiblemente ante la tendencia de May por glorificar el sabor de la comida que no fuese la que había preparado ella.
—Cariño, ¿puedes bailar con mi madre? —dijo Pepper de pronto—. No para de decir que la fiesta es muy aburrida. Y ya sabes que bebe cuando está aburrida.
—Evitemos otra vergüenza pública. Fue demasiado tarde para Banner, pero no para tu anciana madre. Iré en seguida —Stark le plantó un beso en el dorso de la mano, y el gesto recordó a la ciega devoción que Homero Adams profesaba a su esposa.
La máscara volvió a resquebrajarse otro centímetro.
Antes de esfumarse de ahí, el señor Stark gritó:
—¡Te quiero ver moviéndote en la pista, Parker!
Peter habría hecho oídos sordos, de no ser porque May ya se había erguido, lista para comprobar qué tan izquierdos eran los pies de su sobrino.
Y cuando las dos figuras de autoridad más importantes de su vida lo incitan a bailar, cómo podría negarse.
Fue incómodo. Bastante, a decir verdad. May era más alta y Peter mucho más inexperto, de modo que ella tuvo que dirigirlo. En algunas vergonzosas ocasiones, Peter llegó a pisarla accidentalmente, y hubiese terminado besando el suelo si no fuera por la rápida reacción de su tía. May no hizo ninguna mueca de dolor, pero la sonrisa rígida y tensa hablaba por sí sola. Peter nunca volvería a bailar con nadie en su vida, eso era seguro. Ya estaba implorando porque aquella canción inusitadamente larga terminase de una vez para poder largarse de ahí, cuando:
—¿Puedo robarme a tu tía por una canción?
Por estar demasiado concentrado en vigilar aquellos torpes pies suyos, no reparó en la figura de Stark sino hasta que el hombre tuvo que carraspear para llamar la atención de Peter.
Avergonzado, Peter se hizo a un lado rápidamente y dejó que el señor Stark tomara diestramente la cintura de May. Dos movimientos y quedó evidente su habilidad superior en la danza. Peter se contrajo de envidia y admiración. Tampoco le sorprendía demasiado. El señor Stark era elegante, sofisticado y bueno en casi todo lo que hacía. Peter regresó enfurruñado hasta la mesa.
Bailaron mucho tiempo. Peter no podía escuchar la conversación que fluía entre los dos, hundido como estaba desde su silla, pero, a juzgar por las miradas de soslayo, parecía que hablaban de él. Se les veía contentos y cómodos, meciéndose al compás de la música. Tal vez Ned tenía razón y el señor Stark sí estaba interesado en su tía después de todo. O lo estuvo alguna vez…
Entonces captó la mirada de Stark y pudo haber jurado que de repente el hombre le había guiñado el ojo. Peter miró con más atención, pero no volvió a repetirse. Stark no volvió a mirarlo.
La balada terminó. Una pequeña ovación de aplausos acompañó la última nota del pianoforte. El señor Stark y May se encaminaron de regreso a la mesa, y Peter apenas cayó en la realización de que los había estado observando durante todo ese tiempo. Se giró bruscamente y ordenó al mesero otro shot de coñac. Al tomárselo de un tirón, el agradable calor se acumuló en su pecho y reanudó la circulación de la sangre por sus venas. Dejó escapar una especie de gemido.
—¿Me concedes esta pieza?
Conmocionado, observó al señor Stark extendiéndole la mano a él.
Él.
May no se veía por ninguna parte.
No supo en qué momento dijo que sí, pero de repente se había erguido como resorte y lo iba acompañando a través de la pista.
Oh, no.
Peter no había pensado en lo que obviamente tenía que suceder, hasta que sucedió.
Stark lo tomó por la cintura. Lo atrajo hacia su cuerpo. La mano izquierda de Peter quedó nerviosamente recargada sobre un hombro, mientras que la derecha estaba unida con la de Stark. Olía increíble. Pensó que sus cuerpos nunca habían estado tan maravillosamente cerca. La piel de Peter comenzó a vibrar.
—¿Te estoy poniendo incómodo? —preguntó Stark.
Cualquiera que fuese la expresión que Peter estaba haciendo, debía detenerla de inmediato.
—Uh-umm, n-no, no, no —se aclaró la garganta y pensó rápido—. Siem-siempre olvido po-ponerme desodorante cuando bailo enfrente de miles de personas y… y uso un ridículo traje que desempolvé esta mañana.
—Te ves genial, hueles genial —respondió Tony simplemente.
—Todos nos están mirando —añadió Peter examinando su alrededor. Era una verdad a medias. La gente los veía con curiosidad, mas no prestaban demasiada importancia a los dos hombres bailando.
—Eso es tu culpa —alegó Tony—. No estás bailando muy grácilmente que digamos. Suéltate un poco. Déjate llevar.
Mala idea. Si Peter se dejaba llevar en esos brazos, indudablemente tendría una erección.
—O-okey…
Al igual que May, el señor Stark dirigió. A Peter no le importó demasiado esta vez. Lo condujo en una danza lenta y oscilante, la música era suave, y el cuerpo de su pareja de baile emanaba un calor magnético mientras se ondulaba contra el suyo. Peter se sentía un manojo de nervios y con unos latidos similares al gong que entonaban las batallas durante la edad media.
—¿Cuáles son tus planes? —preguntó Stark de repente—. Además de graduarte de la Universidad e ir a trabajar a Stark Industries. Estás contratado, por cierto. Cuando sea que estés listo. No hay presión.
Peter exhaló una risita nerviosa y rebuscó información en el disco duro que ya se le iba atrofiando.
—Gracias. Uhh…Supongo que… ¿lo que dijo? Quiero decir, no hay mucho que añadir realmente, eso es masomenos todo lo que quiero. Es decir…no todo lo que quiero, pero, ya sabe, es…es…
Y fue cautivo por la intensidad que esos ojos puestos fijamente en los suyos, desplegaban. Conocía esa mirada. Lo estaba escudriñando. Estaba intentando arrancarle algo de los labios, algo de lo que Peter ni siquiera tenía conocimiento. Todavía bailaban en círculos. ¿O era que la cabeza le daba vueltas a Peter? Escupió lo primero que se le vino a la mente para abandonar aquella sensación de repentina debilidad que sentía en sus piernas desplazándose hacia arriba.
—He pensado en mudarme —dijo por fin—. Abandonar el nido, ya sabe. He reunido suficiente dinero para alquilarme una habitación cerca de la Universidad, y así darle un poco de espacio a May.
—Grandioso —exclamó Stark—. Ya es hora.
—Sí. May no quiere dejarme ir, pero-
—Es hora.
—Sí —volvió a decir.
Se quedaron callados por otro rato. Aquello no era normal.
—Has crecido mucho —comentó el señor Stark de pronto—. Ya no eres aquel chiquillo atolondrado que conocí hace años. Eres todo un muchacho grande y maduro que puede beber alcohol sin hacer la más leve mueca.
Peter sonrió. Al menos ya no le decía niño. Gracias mayoría de edad.
—Y ahora estás buscando tu independencia. Vivir solo, extender las alas —prosiguió—. Creo yo que…que te he dado suficientes plumas para que fabriques tus propias alas y vueles lejos, ¿no crees?
—Uh, amm, ¿sí?, supongo…
—Digo, aceptémoslo, vas muy bien —continuó—, eres el talento andante, y nunca había conocido…—se aclaró la garganta— nunca había conocido a un joven que me recordara tanto a mí mismo. La diferencia es que tú eres mejor, en muchas categorías —Peter iba agrandando los ojos cada vez más a medida que el hombre seguía hablando. En su vida había pensado que Tony Stark era capaz de hacer tantos cumplidos—. Sí, sí, lo sé. Tony Stark, haciendo cumplidos. Es el fin del mundo —¿le estaba leyendo la mente o que demo-? —. Como sea. Te lo has ganado, créeme…
Peter hubiera respondido, le hubiese colmado de agradecimientos, de no ser porque tenía la impresión de que Stark quería llegar a algo.
—Y me parece obvio que tienes todo lo que necesitas para brillar. Yo sólo te di un mero empujoncito.
Ahora tenía un mal presentimiento en la boca. ¿Por qué sus palabras sonaban como el preludio de una despedida?
No tuvo que esperar mucho tiempo para que sus sospechas fueran confirmadas:
—Así que…—concluyó— He estado pensando en pasar tu custodia al doctor Banner.
Peter abrió la boca, pero no dijo nada.
—La era Stark tenía que llegar a su fin algún día, ¿no lo crees? —los ojos de Tony se rehusaban a mirarlo—. Me parece que ya te enseñé todo lo que he podido. Y no pretendo enseñarle toda la vida a alguien que ya lo sabe todo. Tienes que volar del nido, como bien has dicho. Además, el doctor Banner está más relacionado a tu área de interés y a tu carrera. Yo sólo soy un mecánico. No quiero interponerme en cualquier cosa de lo que seas capaz con la pulida del buen doctor.
Tony por fin lo miró. Esperaba una respuesta.
Nada. Hubo silencio. Sólo se oía la música, las risas distantes y el corazón de Peter latiendo estrujado.
—¿Hay alguien en casa? —su mirada expectante había cambiado a una irritada, lo cual sucedía cada vez que Peter no atinaba palabras—. ¿Otra vez me quedé hablan-
Pero Peter lo interrumpió escupiendo lo primero que le vino a la cabeza.
—Creo que estoy a años luz de parecerme a cualquiera de los dos, señor Stark. Si intento volar, me restregaré la cara contra el suelo.
—Oh, por favor —dijo Stark poniendo los ojos en blanco—, no te caigas para que yo te levante.
—No lo hacía.
—Bien —exclamó—. Porque lo que dices es un completo disparate. Ya te lo dije, eres el más brillante y testarudo muchacho que conozco. No me digas que no puedes vivir sin mí.
Peter se mordió la lengua y contestó lo opuesto a lo que le gritaba la cabeza.
—Sobreviviré —dijo sarcásticamente.
—Arrogante —murmuró Stark entre dientes—, impertinente, altanero —continuó.
—…Aprendí del mejor.
—…Te enseñé bien.
Se sonrieron fugazmente.
Pero Peter no aguantó ver por mucho tiempo esa sonrisa tan brillante como el sol, así que decidió clavar los ojos en el piso sobre el que bailaban. Descubrió que apenas estaban moviendo los pies. En su propio eje se deslizaban difusamente al son de un lento vals; sus cuerpos se acunaban con la misma lentitud.
—El doctor Banner está feliz de tenerte en su laboratorio. No te dejes engañar por lo que has visto hoy. Es un buen maestro. Justo lo que necesitas —prometió.
Peter optó por callar sus discrepancias.
—Su laboratorio es un Disneylandia para chicos listos como ustedes. Te va a encantar. Tiene todos los juguetes —parecía que el señor Stark diría lo que fuera para convencerlo. Peter se las arregló para mantener su cara póker y decidió seguirle la corriente. Como por un segundo.
—Voy a extrañarlo. —musitó—. No será lo mismo sin…sin usted. —Tony se limitó a sonreír a medias. Y Peter se debatió entre expresar más de lo que estaba sintiendo, o cerrar el pico y encarar la situación con dignidad. El problema era que su lengua casi siempre ganaba todas las batallas internas—. No quiero otro mentor —escupió apresuradamente—. El doctor Banner es genial, pero aun siento que tengo mucho que aprender de usted. No hemos terminado el reactor arc y usted prometió ayudarme con mis investigaciones. ¿Qué se supone que voy a hacer ahora? —para su inmenso horror, notó que comenzaba a hablar entrecortadamente—. Si entré a MIT es porque tengo conexiones con usted, y todavía no estoy ni cerca de-
—Muchacho —le cortó Stark abruptamente—, si crees que esa universidad te aceptó debido a alguna conexión que piensas que yo tengo, nunca habías estado tan jodidamente equivocado en tu vida. Yo no hice nada. Entraste por tus propios méritos.
—Pero la beca-
—Fuiste tú —afirmó tajante—. Yo no tuve nada que ver. No te permito que te menosprecies de esa forma.
Y sin previo aviso, Tony se apartó de él, extinguiendo así el calor de sus cuerpos juntos. Peter no pudo entender por qué, hasta que escuchó a su alrededor un sonoro aplauso, y por fin comprendió que la canción había terminado. Que oportuno.
—Parece que nuestro tiempo se acabó. Lo siento chico. ¿Dejamos la charla para otro día? —en opinión de Peter, sonaba sospechosamente aliviado—. Tengo que volver con la señora esposa o andarme con cuidado.
Antes de irse, tocó la mejilla de Peter con una de esas palmas callosas y fuertes que tenía, y el tacto quedó ahí por una eternidad. Peter tuvo que hacer un gran esfuerzo para no inclinar la cabeza como un gato.
Y se fue.
El señor Stark se fue, y directito hacia Pepper Pots.
Ellos dos comenzaron a bailar.
Peter observó, a través de una estela de personas mezclándose en su campo de visión, al marido y su mujer danzando. Sus frentes juntas, sus cuerpos compenetrados. Orbitando como un planeta solitario. El señor Stark pareció murmurar algo en el espacio entre sus rostros; algo que sólo ella podía escuchar, algo sólo para ella y nadie más.
Como le gustaría ser ella, y como no puede.
La rabia, la tristeza y el deseo hicieron paso hasta su cordura. Todo se expandía bajo sus sienes en la forma de un dolor de cabeza insoportable.
«Mira y codicia. Ignora la serpiente enroscada en tu estómago y aprecia el tipo de afecto que el señor Stark haya elegido darte».
Sentirse desgarrado no era nada nuevo, pero sí lo era la sensación de no poder controlar su voluntad de lucir indiferente.
¿Cuándo dejaría de doler?
Siempre creyó que la madurez le ayudaría a superar aquel infame amor no correspondido, pero ahora, a los dieciocho años, la seguridad se transformaba en mentira.
Sus ojos volvieron a humedecerse y él volvió a reprimir las lágrimas.
Necesitaba otro vaso de coñac.
Cuatro horas después, los novios se despidieron. O los cónyuges, como fuera; Peter ya estaba viendo doble. El caso es que había llegado la hora de partir: Aruba y medio océano atlántico los esperaba. Y entonces el señor Stark se alejaría de Peter, quizá para siempre. Sus momentos en el taller, trabajando codo con codo, estaban a punto de pasar a la historia. Una ligereza efímera, una realización eterna. ¡Qué horas tan ricas, plenas y hermosas pasaron juntos!
Peter se quedó atrás de la multitud que vitoreaba a la pareja y que les deseaba buena suerte en su luna de miel. Que sean muy felices y que coman perdices.
«Mira y olvida. La luna de miel va a durar dos semanas. Eso quiere decir que tienes catorce días para cerrar un ciclo y manejar tu duelo de la manera en que consideres apta. Necesitarás muchos paquetes de kleenex, sesiones de terapia con tus amigos, videojuegos, helado y mucho, mucho lubricante. Dos semanas. Catorce días».
Y eso sería todo. Para bien o para mal, constituía el fin de la era Stark. Quizá fuese lo mejor. Así Peter podría superarlo más rápido. Y el tiempo y la distancia son los mejores aliados del olvido, había escuchado.
El señor y la señora Stark desaparecieron en una limosina más grande que el apartamento de Peter y May. O puede que Peter ya estaba viendo triple.
«Mira y avanza…»
Se habían ido.
Pero el señor Stark regresó a la ciudad al tercer día.
