Capítulo 3

LUNA DE MIEL

"Esto llevará su tiempo…

No lo soporto más

Me pregunto si entenderás

Que no es más que el tacto de tu mano

Tras una puerta cerrada"

– Vince Clarke

Peter apenas había tenido tiempo de llorar sobre la almohada cuando se enteró…

En contra de sus deseos no se deshizo en un valle de lágrimas aquellos primeros días; sus amigos estuvieron ahí para distraerlo de la pesadez que lo embargaba (en parte la resaca de la fiesta), y se aseguraron de que pudiera levantarse de la cama con la frente en alto.

La búsqueda de su apartamento constituyó una buena pomada sobre la herida. Ned encontró varios lugares en renta por internet, y de pronto ambos amigos ya se imaginaban alquilando uno hacia el final del mes: el comienzo a una vida solterona, sin autoridad que los limite, fiestas, videojuegos y dormitorios sucios.

En el fondo sabían que iban a ser tan callados como ratones, tan pulcros como dos señoras ancianas, y con tan pocas oportunidades de pagar la renta que no podrían siquiera enunciar la palabra fiesta sin desencajar la mandíbula ante el horror de los gastos.

Por otro lado, él tenía la universidad, un kilo de tarea, los resultados de su investigación, y un corazón roto al que no podía prestarle la debida atención por el momento. La masturbación quedó relegada en segundo plano; honestamente no tenía ganas de tocarse pensando en un hombre que estaría tomando a su esposa en algún lugar del océano atlántico.

Entretanto, el doctor Banner ya se había puesto en contacto con Peter.

Aquel desalineado y emborrachado hombre que vio en la boda estaba completamente arrepentido. Se disculpó con May a través de Peter en una llamada telefónica, y le juró que él no suele ser así, que es toda seriedad y principios distinguidos cuando hace su trabajo. Peter le dijo que no se preocupara, que debió verlo a él cuando la fiesta terminó, que May apenas pudo con su peso mientras iba cargándolo hasta el taxi.

Se rieron. Fijaron una fecha de comienzo. Se dieron las gracias y buenos deseos. Peter decidió ignorar el hecho de que, por culpa del doctor, el hombre de sus sueños estaba comiendo uvas de la boca de su esposa (o alguna imagen así de repulsiva). En verdad no tenía relevancia ahora. Incluso llegó a sentir una chispa de emoción ante aquel nuevo capítulo; Banner era un hombre admirable, inteligente y bastante más serio en lo que al trato con la gente se podía decir. Seguramente iban a trabajar bien, pero…

¿Quién podría quitarle ese anhelo, aquella espinita de deseo que lo corroía cuando pensaba en su antiguo mentor? Peter sabía que era cuestión de tiempo y, aunque el tiempo es relativo, también lo llamaban el sastre especializado en arreglos. Peter porfiaba por arreglar su corazón desencajado y seguir por la vida sin el recuerdo de Tony.

Era cierto que no podía quejarse demasiado. Las cosas realmente no iban tan mal para él. Era cuestión de tiempo, pero también de equilibrio. Ya luego tendría sus momentos para desbaratarse y recomponerse. Detener la hemorragia, tambalearse, superarlo y aspirar hondo.

Pero el señor Stark regresó a la ciudad al tercer día de su luna de miel.

Si es que aquello podía llamarse luna de miel.

No lo supo hasta después de 12 horas y MJ fue la primera en descubrirlo; Peter evitaba las redes sociales, como lo hacía siempre que estaba deprimido. Así que un mensaje de su amiga a las diez de la noche lo puso al tanto de la noticia más jugosa y controvertida jamás escuchada. Le mandó a Peter el link de un artículo y el muchacho no tardó en ponerse a leer con impaciencia.

¿El mercader de la muerte ha regresado?

Las decisiones que Tony Stark ha tomado a lo largo de su complicada vida siempre han resultado un misterio y un tema sujeto a bastantes críticas.

Recordemos por un momento la entrada que hizo a Estados Unidos luego de ser aprisionado durante tres terribles meses en Afganistán: con un yeso en brazo, cara magullada y los ojos de un hombre conmocionado, pidió comer hamburguesas con queso auspiciadas por Burger King, mientras daba una conferencia de prensa desde el suelo. A todos nos pareció disparatado, pero también albergaba el toque de la marca Stark en todo su esplendor, por lo que lo complacimos, nos sentamos y escuchamos.

Fue entonces que anunció la clausura inmediata de la división de manufacturación de armas hasta nuevo aviso.

Criticado hasta el tedio, humillado y ridiculizado durante los primeros meses, Stark nos demostró, sin embargo, que la producción de armas era simplemente la extensión de un dedo, y no el conjunto de un cuerpo vivo y entero que podía llegar a ser la industria en manos del visionario que era y sigue siendo. Aprendió de la tragedia, resurgió de las cenizas, y convirtió la seguridad nacional en un juego de niños comparado con su plan de energías renovables.

O eso pensamos.

Aparentemente, los rumores sobre Tony Stark involucrándose en la producción masiva de armas, dejaron de ser rumores ayer.

Artillería pesada, armas de fuego; todo está siendo fabricado en este momento bajo las órdenes del supuesto humanitario. Paz en nuestra era.

¿El mercader de la muerte ha regresado?

No sabemos si es verdad que regresó, pero tenemos informes que indican que Tony Stark ha tomado el primer vuelo con destino a Nueva York. ¿Para limpiar su nombre, quizá?

Pero, en todo caso, ¿qué clase de hombre abandona su propia luna de miel? ¿Vino hasta aquí con la intención de arreglar el asunto con sus propias manos?

¿O será que, (y disculpen la cantidad de preguntas sin respuestas) ahora que se ha descubierto la bolsa de estiércol y se puso delante del ventilador, quiso regresar abruptamente del paraíso para proporcionarnos una excusa bien planeada y rocambolesca?

Sea cual sea la razón, Stark consideró apropiado y oportuno hacer las maletas.

¿Cómo la estará pasando su esposa en estos momentos?

—¿Qué crees que esté pasando? —quiso saber MJ por teléfono, pero Peter no tenía una respuesta. Estaba preocupado. No se le ocurrió sentir alegría ni regodearse ante los supuestos problemas que podrían tener los Starks. Peter no era un desgraciado egoísta. Quería que Tony fuera feliz; aunque no fuese Peter quien le proporcionara aquella felicidad. Sin embargo, no podía negar que un gusanito de alivio trataba de hacer mella en su corazón de oro. Aplastó al gusanito sin compasión y se dijo que, si Tony Stark necesitaba a alguien, Peter estaría apuntado en primera fila para tenderle una mano.

Por fortuna, al día siguiente le tocaba ir a Stark Industries y, con un poco de suerte más buen cronometraje, se toparía con el señor Stark.

Peter arribó finalmente al enorme y suntuoso edificio por la tarde, alrededor de las cinco.

Caminó tranquilo hasta su planta, mirando despreocupadamente a todos lados, revisando las esquinas, moderando sus pasos. La decepción de no encontrárselo inmediatamente no fue tan grande, ni tan pequeña. Estaba preparando el terreno, tenía mucho trabajo por delante. Ya lo vería, se repitió como una docena de veces. Concéntrate. Ya lo vería.

Pero no lo vio. Ése día y el siguiente tampoco.

Peter quiso anular todo rastro de impaciencia durante el mayor tiempo posible, pero la incertidumbre, la necesidad de saber si el señor Stark se encontraba bien, lo aquejaba constantemente.

Al final, optó por enviarle un mensaje de texto.

"Hey, señor Stark. Escuché que estaba en la ciudad. Si necesita algo, no tiene más que pedírmelo."

Estaba contrarrestando un poco la ligereza que quería proyectar: era obvio que había leído el artículo como todos los demás. No obstante, llegó a la conclusión de que así es como interactúan los amigos. Eso era lo que debía hacer. Eso estaba bien.

Su desinteresada y notable muestra de apoyo no fue contestada, sin embargo.

¿Lo estaba ignorando? ¿O acaso los problemas eran más graves de lo que pudiese comprender?

Resolvió por tirar todas las delicadezas por la borda y fue a la oficina del señor Stark al día siguiente.

La oficina que nunca usaba, en realidad. El señor Stark aborrecía el trabajo de oficina: encerrarse dentro de cuatro paredes, atendiendo el teléfono, formando parte de una burocracia que le era difícil de tragar. Nunca se lo había confesado en el sentido estricto de la palabra, pero Peter lo sabía. Porque lo conocía así de bien. El taller mecánico era su lugar sagrado, compuesto de todo lo que él amaba y con lo que hizo su fortuna.

A Peter le bastó con estar allí una vez para darse cuenta.

Al cumplir dieciséis años, Peter le contó al señor Stark que nunca había manejado un coche, ni qué decir sobre reconocer las partes mecánicas de uno. Tony se lo llevó inmediatamente a su taller para enmendar aquel hoyo de conocimiento.

Entonces, Peter tuvo la vista del señor Stark, todo sudado y sediento por el esfuerzo, gruñendo al cargar instrumentos pesados con esas callosas y fuertes manos que tan gentilmente revolvían el cabello de Peter en ocasiones.

Juntos, arreglaron el motor de un automóvil.

"Es parte de ser hombre, Parker", le había dicho aquella tarde mientras los dos asomaban la cabeza por el capó delantero del coche; Tony iba aflojando el alternador y Peter se quedaba atrás, observando. "Las chicas saben valorar al hombre que arregle sus autos descompuestos. Si alardeas sobre dominar la extracción y reparación de un motor de combustible, cuando menos te des cuenta, tendrás a centenares de chicas luchando entre ellas para brincar sobre tu esqueleto".

A Peter se le escapó una risita y una confesión.

"No me interesa salir con chicas ni que ellas se enzarcen en una lucha para salir conmigo. No me gustan las chicas, en realidad"

Tony respondió sin ningún sobresalto.

"El truco también funciona con el mismo sexo, niño. No tienes que extender tus alitas hechas de arcoíris para demostrar el closet del que aparentemente has salido. A nosotros también nos gustan los hombres capaces de manejar objetos pesados. Sabemos apreciar la masculinidad".

"Ah…" fue la increíble respuesta de Peter. Sus mejillas se tiñeron de un rojo enfurecido y su corazón dio una voltereta gimnástica dentro de su pecho.

Stark se rio ante la inocencia de su reacción y Peter tuvo que darse la vuelta. Era eso, o disolverse en una piscina de vergüenza.

Continuaron su labor sin el menor de los tropiezos. Peter atesoró cada instante en su memoria. Cada pequeño roce de sus dedos cuando se pasaban herramientas. Cada gota de sudor resbalando por aquella atractiva cara que, aparentemente, le atraían los hombres rudos y masculinos.

Peter hizo lo mejor que pudo para impresionarlo: levantó piezas dos veces su tamaño, memorizó todas las partes del auto por dentro y por fuera, se quitó la sudadera para enseñar los brazos mientras trabajaba y luego se la puso al recordar que no tenía nada de músculo allí debajo.

Su momento preferido ocurrió cuando el señor Stark untó un espeso aceite de motor sobre la mejilla de Peter. El chico (habiendo sobrepasado su desconcierto) le regresó la broma, deslizando tres dedos sobre su brazo expuesto (oh, los bíceps que sintió…), y de pronto se vieron enzarzados en una lucha de aceite negro cayendo aquí y allá sobre sus cuerpos. Ambos se reían, forcejeaban y se tiraban comentarios mordaces, declarando guerra sin posible tregua.

Por un instante, Peter se abandonó a las sensaciones mientras imaginaba que se desnudaban allí mismo y que podía explorar todos esos músculos de forma mucho más detenida. Y mucho más íntima.

Entonces el momento dejó de ser tan encantador al sentir un ardor en su entrepierna.

Y lo peor de todo fue que el señor Stark se dio cuenta.

Oh, lo dijo en voz alta, para eterna mortificación de Peter; no intentó fingir lo contrario ni darle beneficio de la duda a la creciente tensión en sus pantalones.

"¿Esa es la nariz de Gonzo, o alguien está muy contento ahora mismo?"

Sin mucho éxito, Peter intentó taparse con la sudadera.

"Usted no ha visto eso", más que una petición, se le escapó como un ruego. Bórrelo de su memoria, bórrelo, bórrelo, bórrelo.

"¿Ver qué?" por fortuna, Tony estuvo dispuesto a seguirle la corriente. "Ahora, apresúrate y límpiate el aceite. Nos vemos arriba cuando hayas… terminado" y se rio de su propio chiste. ¡Maldición!

Aquella fue la primera vez que Peter tuvo una erección delante de ese hombre. Y la última.

No pensaba pasar por una segunda. No creía ser tan fuerte para soportar otra deshonra.

¿Cuántas veces tenía que pasar por situaciones embarazosas enfrente de Tony Stark? ¿Era el universo actuando en su contra? ¿O acaso tenía alguna deuda karmática de alguna vida pasada?

Sin darse cuenta, ya estaba frente a una puerta con un letrero que rezaba "Tony S."

Golpeó suavemente la puerta sin muchas esperanzas de encontrárselo allí.

—Pase.

Oh, sorpresa.

Peter abrió la puerta y vio a Tony detrás de un escritorio, usando una camisa blanca arremangada hasta los codos, una corbata demasiado anudada y unos lentes de marcos gruesos.

—Oh, eres tú, Parker. ¿Qué puedo hacer por ti?

«Para empezar, puede dejar que le mordisquee el cuello hasta llegar a la parte posterior de la oreja. Para continuar, me puede responder los malditos mensajes antes de que pierda la cabeza», pensó el joven. Pero mantuvo una relajada sonrisa.

—Sólo quería saludarlo, señor. Y ver cómo se encontraba —admitió sin rodeos.

—Ya veo. Asumo que has leído...

—Sí, señor —terminó Peter—. No me importa lo que dice el artículo —añadió rápidamente—. Sólo quería…—¿qué quería? Lo que en verdad quería era desabotonarle la camisa y desanudar un poquito aquella corbata; se veía tan tenso—, sólo quería hacerle saber que estoy aquí, si necesita algo. Cualquier cosa.

—Qué considerado de tu parte. Te mereces una galleta —dijo Tony distraídamente—. Pero la situación actual tiene humo y no quiero que te asfixies. No hay mucho que puedas hacer, de todas formas. Es un estúpido malentendido: una bola de firmas falsificadas. Grandioso, ¿no? El problema es descubrir quién se atrevió a tenderme una trampa.

—¿Tiene alguna pista?

—De momento, no.

—Entiendo —dijo Peter, un poco aliviado de que la situación fuera más simple de lo que él creyó. Aun así, Stark se veía muy tenso—. Sólo quería, ya sabe…

—¿Demostrar tu apoyo moral?

—Eso.

Tony se detuvo para mirarlo con más profundidad; Peter no se había separado por completo de la puerta entreabierta. La mitad de su cuerpo estaba metido en la oficina y la otra mitad, afuera en el pasillo.

—Toma asiento —le indicó con los ojos puestos en la silla delante del escritorio.

Eso hizo Peter. Cerró la puerta y en el camino recreó toda una escena del travieso estudiante a punto de ser reprendido por su estricto profesor después de clases. Quizá necesitaría unas nalgadas bien administradas para aprender la lección…

—¿Cómo va la búsqueda de tu apartamento?

Peter pestañeó.

—¡Oh, muy bien! —exclamó—. Ned y yo encontramos un buen lugar en renta: Dos habitaciones y un baño. Lo genial de nuestra amistad es que yo me ducho por las mañanas y él por las noches. No habrá guerra —se limpió la frente con el dorso de la mano, como en un día caluroso.

Tony sonrió, pero la sonrisa no llegó a manifestarse en los ojos. Lucía tan cansado. Peter siguió hablando.

—…y aunque la ubicación no es la mejor, es muy barato, por lo que yo me mudaré primero antes que él para firmar el contrato y dejarlo listo y apartado. Él no puede todavía porque la universidad lo mantiene ocupado, pero yo sí, entonces-

—¿Sabes qué? —lo interrumpió—. Hablando de eso, olvidé decirte que tengo un excelente lugar que puedo prestarte. A ustedes dos. Zona centro, espacioso, con una vista increíble y dos baños disponibles. Arruinaría un poco la ilusión de su acuerdo para las duchas, pero creo que pueden trabajar con ello. La renta sería una ganga, si por ganga entiendes gratis, ya que está a mi nombre. ¿Qué dices? ¿Trato hecho?

Peter se quedó algunos momentos sin comprender el hilo de la charla.

—Eso…eso es muy generoso de su parte, señor Stark —empezó—, pero yo nunca… quiero decir, no podría pagarle… sería una deuda enorme que jamás podría retribuirle y-

—Tonterías, no me tienes que retribuir nada —repuso Tony—. Es un favor.

—Sí, un favor que no puedo aceptar —se empecinó Peter.

—¿Por qué no? ¿No escuchaste la palabra gratis?

—Sí, la oí. Y por eso mismo no puedo, es demasiado, es imposible.

—Insisto.

—Pero yo-

—Insisto más.

Peter bien sabía que el señor Stark nunca aceptaba un "no" como respuesta. Por muy racional o políticamente correcto que se mostrara Peter, Stark era diez veces más obstinado y voluntariamente sordo cuando la situación lo ameritaba. Ni el mayor elocuente argumento iba a convencerlo.

—Lo pensaré —dijo finalmente para no sonar comprometido, pero tampoco descortés—. Tengo que platicarlo con Ned. Ya habíamos hecho planes.

—Platícalo con Ned, entonces. Y cuando lo hagas, platícame a mí de qué color les gustaría las paredes. ¿Tengo entendido que ya hablaste con el doctor Banner?

Aquel cambio radical de tema lo pilló también por sorpresa.

—Eh…uh, sí. Hablamos por teléfono y-

—Apuesto a que no te dijo que estaría ocupado este mes con la preparación de un seminario sobre Colisión de Antielectrones. Él es el principal exponente. Está muy atolondrado el pobrecillo —tocó sus sienes con el dedo y se masajeó distraídamente—. Así que seremos tú y yo, como en los viejos tiempos, ¿qué te parece?

Peter ni se puso a brincar de alegría, ni frunció el ceño por la vaguedad de las noticias. Simplemente se quedó en blanco.

—Ya habíamos fijado una fecha —dijo.

—Y aquel idiota ya había fijado el seminario meses antes —replicó Tony—. No te enojes con él, suele perder la cabeza cuando tiene demasiados eventos por delante. Necesita un respiro, y yo necesito un buen abogado para el final del día. Y una demanda preparada. Y un trago. Supongo que no todo se puede en la vida.

Reorganizó algunos papeles desperdigados en su escritorio, y Peter ya no supo qué hacer con tanto drama que había durante cinco días enteros.

Los ojos de Stark volvieron a posarse en Peter, y cuando parecía que iba a añadir algo, fue abruptamente cortado por el sonido de su teléfono.

Lo cogió con una rapidez inhumana.

—¿Me disculpas, Parker? Tengo que atender esto.

—Sí, claro —de inmediato Peter ya se estaba levantando y saliendo de la oficina para darle espacio. Terminó de girar la perilla y de cerrar la puerta, cuando escuchó la voz de Tony a través del muro que no estaba a prueba de sonido.

—¿Qué?

Peter se congeló. Ese no había sido un simple "que". Había sido una palabra colérica, hastiada, venenosa. Un azote en la cara, una sílaba dicha entre dientes y resoplada con ira.

—Intenté llamarte cien veces antes del desayuno, ¿y ahora me sales con eso? ¿Cuál es tu problema ahora? —más acidez, más furia contenida.

Hubo una larga pausa, en la que Peter usó para mirar el corredor vacío por ambos lados, pensando en que era hora de esfumarse. Lo que estaba haciendo no era correcto.

Y luego el señor Stark empezó a discutir acaloradamente.

—No puedo creer que digas eso, después de todo lo que hice por ti —siseaba— ¡Sí, lo que hice para ti! Hice todo- Hice todo lo que me- Hice-

Parecía que lo estaban interrumpiendo al otro lado de la línea. Se calló durante un momento.

—¡Oh!, ¿así que de eso se trata? —dijo al cabo de unos segundos—. Déjame explicarte cómo funcionan las fiestas: comes, bebes y bailas… ¡Eso es lo que se hace en una fiesta! ¡Bailar!... —otra pausa—. También bailé con mi interno y eso no pareció molestarte demasiado.

Si Peter contempló seriamente la posibilidad de largarse y dejar de escuchar aquella conversación privada, todo se fue por la borda en cuanto hubo mención de su persona. Aguzó el oído y contuvo la respiración, mientras presionaba la mejilla sobre la puerta.

—Ahora no estoy de humor para soportar ninguno de tus delirios, mujer. Tengo un desastre que ordenar y tú no me lo estás facilitando…Sí, tienes una forma muy contundente de recordármelo… ¡Guau, que respuesta más original y escueta!... El infierno será un maldito paraíso comparado con… ¡Joder!

Se escuchó un fuerte estruendo, y Peter pudo imaginar desde su bloqueado campo de visión, al señor Stark arrojando el teléfono contra alguna pared.

—¡Joder, joder, joder!

Lanzaba aquellas palabras al aire sin nadie para recibirlas, excepto Peter. En ningún momento había alzado la voz, en ningún momento parecía que iba a reventar del enojo, pero aquel susurro emitía un arranque de furia y desesperación, imposible de omitir.

Peter reaccionó ante el sonido de un objeto chirriando, y se figuró que era Stark levantándose de la silla, o empujando el escritorio. Cualquiera que fuese la opción, no lo pensó dos veces, y corrió lejos de ahí.


En los días que siguieron a la enrabiada llamada telefónica, Peter creyó que iba a encontrarse, de ahora en adelante, con un hombre consumido y triste. O al menos furibundo. Melancólico, preocupado, desesperado. Algo por el estilo. Pero no fue así.

Si el señor Stark estaba realmente angustiado por el delicado hilo sobre el que pendía su matrimonio, no lo mostró ante nadie.

Las tardes dedicadas al estudio y a la investigación transcurrieron como siempre lo hacían: absorbentes, productivas, electrizantes. Era como si el desagradable episodio de la boda jamás hubiese acontecido. Peter no pudo ver la diferencia entre el hombre soltero que adoraba y el hombre infelizmente casado por el que se preocupaba.

A lo mejor ni siquiera le importa tanto –pensaba cuando los retazos de esperanza lo molestaban por la noche– a lo mejor está aliviado. A lo mejor…

Tenía que ser cuidadoso con esos pensamientos. Peter ya había sufrido demasiadas decepciones debido a su hiperactiva imaginación. Además, no podía pensar así del señor Stark. Él era tan increíble y bueno y apuesto y se merecía toda la felicidad en el porvenir de su vida con la mujer que había escogido. Peter se dio unas cachetadas mentales para espabilarse y dejar de ser un maldito egoísta.

Él quería que Tony arreglara las cosas con Pepper Pots, eso era seguro.

MJ opinaba diferente.

—Que rompan. Que rompan ahora mismo y podremos quedarnos con las piezas restantes.

—¿Cómo es que sigues soltera?

—Cállate. Tú también piensas lo mismo.

—No. No lo pienso —los ojos detectivescos de su amiga y su ceja levantada no pudieron con él—. Quiero que sea feliz. Desde el fondo de mi corazón. No me gusta saber que es miserable. Quiero que las cosas le vayan bien; tanto en su vida privada como en su trabajo.

—Con base a esa llamada telefónica que describiste, y adjuntando los rumores que corren sobre la compañía, creo que está algo lejos de alcanzar el arco de la felicidad, de momento.

Una pelota de futbol llegó hasta ellos. Ned se levantó a recogerla y la pateó en dirección a una manada de niños que correteaban con aquel orbe medio desinflado.

—No sé, Peter —comentó su amigo cuando regresó a su lugar—. Como las cosas dices que apuntan, no veo una reconciliación en el horizonte. ¿Sabes lo que están diciendo de él en internet?

—Sé lo que dicen. No hay forma de que sea verdad.

—Mira, yo tampoco quiero que sea verdad, pero-

—No es que crea o quiera que no sea verdad. perfectamente que no es cierto y punto.

—Déjalo, Ned. Está dispuesto a defender a su Sugar Daddy hasta la muerte, sólo porque ahora le ofreció un apartamento en la ciudad.

Peter la miró de manera torva.

Nos ofreció un apartamento. Ned también está implicado. Y no lo vamos a aceptar.

—¿Por qué no? —saltó Ned—. ¿Qué parte de lo que tu Sugar Daddy dijo no te convenció? Peter, ese lugar, con toda seguridad, será el doble de grande de lo que podíamos costear.

—Lo sé perfectamente. Y no vamos a aceptarlo —repitió—. Es cuestión de principios.

—¿Tienes principios? —lo molestó MJ.

—Más que ustedes, por lo que veo —gruñó Peter—. Escuchen, si permito que me siga consintiendo…—omitió las risitas de sus amigos y retomó—: si permito que me siga haciendo favores, le estaré cada vez más y más en deuda, y no podré librarme nunca de él. ¿Cómo voy a superar mis sentimientos algún día si trabajamos juntos, vivo bajo un techo que él se molesta en pagar, y acepto todo lo que me regale? ¿Qué sigue? ¿Comprará mi doctorado? ¿Me conseguirá una cita con algún chico lindo? ¿Aportará para el día de mi boda? Seguramente le encantará dar el discurso para el brindis —el aliento se le había acabado y tuvo que hacer una pausa para respirar hondo, pero al continuar, habló entrecortadamente—. No necesito darle más municiones para que me haga añicos el corazón. Está casado, y le vaya bien o mal con ella, no puedo continuar con mi vida si el sigue allí, adentro como-

—Ya, ya, entendimos —lo detuvo MJ, poniendo una mano cautelosa en su hombro—. Cuando lo pones así…

—Tiene sentido —corroboró Ned—. Lo sentimos.

—Yo no —replicó MJ—, pero tienes razón.

—Apartamento malo.

—Muy malo.

Peter asintió, todavía turbado por el mar de emociones que le trepaban por el pecho. Era una acongoja de la que se preguntaba constantemente si llegaría a deshacerse.


Esa misma noche, luego de haberse manoseado (estalló de placer y ensució más de lo necesario), Peter tuvo que lidiar con la ardua tarea de prepararse la cena.

Era mejor que su tía en muchos aspectos (nada se le quemó jamás en la estufa), pero como era hombre, optó por lo fácil y terminó devorando un sándwich de atún, una Pepsi, y alguna mustia ensalada que había dejado de ser verde en cuanto la sacó del refri.

Peter comió todo mientras veía televisión en la sala, aprovechando que May no estaba allí para regañarlo por poner los pies sobre la mesa. Soltó largos bostezos a la mitad de la serie que veía, y se dijo que hoy probaría dormir temprano, para variar.

Eran las once de la noche.

Alguien tocó la puerta.

Intrigado, el muchacho caminó hasta la entrada y se asomó por la rejilla circular.

No podía ser.

Pensó que quizá debía tallarse los ojos o pellizcarse el brazo para cerciorarse que no estaba soñando. Pero en vez de eso, abrió la puerta.

—¡¿Señor Stark?! —dijo atónito— ¿Q-qu-qué- qué está, qué está haci- qué-

—Buenas noches, Parker —saludó Tony, cesando así el desenfreno de palabras incompletas—. ¿Interrumpo algo?

—¡No! No, no, para nada, señor- que está- qué está hacien-

—¿Está tu tía?

—¿Mi-mi tía? —farfulló Peter.

—Sí, ese familiar que es hermano consanguíneo de tu padre o madre —contestó Stark mientras oteaba el interior del apartamento.

—No, no está aquí, lo siento. Digo, está trabajando su turno en el bar. Volverá hasta mañana.

La opinión de Tony fue un largo y pensativo «hum».

—¿Q-quería hablar con ella?

—No particularmente —musitó con vaguedad. Ahora direccionaba su vista a ambos lados del pasillo, como desorientado.

—Ah…

El aire frío de la noche se balanceaba entre la puerta y las figuras de los dos hombres en medio de la oscuridad.

—¿Me vas a dejar aquí plantado o puedo entrar? —exclamó Tony—. No tengo raíces para echar en ningún lado.

—Sí, sí, claro. Uhh, adelante. Está en su casa. Entre.

El joven torpemente se hizo a un lado para dejarlo pasar.

—¿Me perdí la cena? —inquirió Tony con la vista puesta en los platos sucios.

—Ah, sí, sí, um, perdone si está todo desordenado, olvidé recoger después de comer y-

—Oye, vine hasta aquí sin anunciarme —dijo él—, no esperaba encontrarme con la corte de la reina.

—Ah…, ¿puedo traerle algo para beber?

—Sí. Lo que tengas a la mano.

—De-de acuerdo. —¡Maldición!—. Volveré en un minuto.

Mientras se dirigía deprisa a la cocina, se preguntó qué podía hacer con Tony Stark. En su minúsculo apartamento. Sin May. Como caído del cielo con sus zapatos caros. Antes de irse a la cama.

Se detuvo y se apretó los ojos con las manos. Estaba bien, estaba perfectamente bien. No tenía que armar un revuelo. Estaba tranquilo. Tener a su hombre preferido en toda la tierra, guapo y solitario, con problemas maritales, no le afectaba en absoluto. Guarda la calma y se genial. ¿Le llevaría un vaso de vino? No, no, no tenía ningún buen vino. ¿Café? ¿Té? ¡Joder! Desesperado, abrió la nevera. Tenía jugo de manzana, tenía leche. Los hombres como Tony Stark no toman nada de eso. Lanzó un suspiro y después sacó una botella de ginger-ale de un armario. Buscó el vaso más bonito, se fijó que no tuviera manchas y echó hielo. Agregó el ginger-ale con cuidado, llenándolo hasta dejarlo a unos centímetros del borde. A continuación, revisó su aspecto. Maldijo el día en que decidió comprar esos pantalones vaqueros de segunda mano, y se puso otra camiseta que no tuviera hoyitos en las orillas.

Al regresar a la sala, Tony aceptó el trago, lo bebió muy rápido y arrugó el gesto.

—¿Sabes qué? Tengo ganas de tomar cerveza, ¿tienes algo de eso?

—No, pero puedo comprarla —respondió Peter dando vueltas sobre su eje para ubicar su cartera—. Hay una tienda cerca, no tardo.

—Genial. Aquí tienes —y entonces, salido de la nada, le extendió un billete de cuatro cifras que escandalizó a Peter.

—Eso-eso-es-eso…eso es bastante —atinó luego de otro de sus estúpidos balbuceos— Dudo que tengan cambio.

—Que se queden con el cambio —Stark agitó el billete en su cara.

Peter supo que esa era una batalla perdida en cuanto la vio; simplemente tomó el dinero y mantuvo sus discrepancias en silencio. Por suerte recordó que llevaba algo de dinero arrebujado en el fondo de sus pantalones vaqueros.

Cruzó la puerta con la visión celestial de Tony Stark acomodándose en el sillón de la sala y corrió hasta la tienda de la esquina, afortunadamente abierta las veinticuatro horas.

Seleccionó el conjunto de cerveza más cara, unas papitas sin mucho condimento y, ¿por qué no?, una botella de vino.

No va a pasar nada, se decía mientras pagaba todo en la caja. ¿Qué crees que va a pasar, idiota? Está casado. Casado. Deja de comportarte como un maldito adolescente.

Caminando de vuelta a su apartamento, pensó en lo que le estaría aguardando: él estaba ahí. Toda una distracción, masculino y guapo, con su traje perfecto y zapatos caros (¿por qué rayos estaría vestido tan formal a esa hora?), y su colonia de primera calidad, que olía de modo sutil a jabón y loción del aftershave. Probablemente había pagado mucho más por una barra de jabón que por la camiseta arrugada que llevaba él. Y Tony pensó que podía revolotear ahí, impregnando el aire de Peter, haciendo que se sintiera torpe y nervioso.

Vibrando por su cuerpo, atándolo de manos, consumiendo el aire de sus pulmones.

¡Okey, ahora no es el momento de tener fantasías!

Pasó por alto el temblor de sus dedos luchando por incrustar la llave en la cerradura y empujó la puerta hacia el desastre.