Capítulo 4

CUIDADO CON LO QUE DESEAS

"La vida no se mide por el número de veces que respiras, sino por el número de momentos que te dejan sin respiración"

– George Curlin

Peter intentó devolverle a Tony el billete de cantidades estratosféricas, y lo que recibió a cambio fue una risa impregnada de sarcasmo.

—En tus sueños, Parker.

«En mis sueños suele llevar bastante menos ropa, señor Stark».

—No puedo quedarme con esto —dijo en cambio—. De ninguna forma.

—Estás algo asustado con el tema del dinero. Tengo mucho. Deja de preocuparte.

—Sí, bueno, no puedo evitarlo, así me criaron. Tome —volvió a extenderle el billete.

Tony hizo un gesto de profundo desagrado.

—Odio que me entreguen cosas. No voy a tomarlo —sonaba como un niño pequeño—. Si quieres, puedes deslizarlo en el bolsillo de mi pantalón, pero luego yo lo sacaré y lo esconderé en aquel espanto de jarrón que tienes por allá cuando no estés viendo.

Peter dio un suspiro resignado y colocó el billete lejos de su campo de visión para no sentir su ominosa presencia. Al girarse, vio que Tony estaba sacando dos cervezas de la bolsa de compras.

—Bébete una conmigo —dijo—. Hazme compañía.

Peter recordó que tenía clases al día siguiente, muy temprano.

—Claro.

Agarró la cerveza helada y se sentó junto al señor Stark.

Delante del sofá, la televisión y las lámparas estaban apagadas. La única luz provenía de la cocina que, a espaldas de ellos, irradiaba un débil chisporroteo, casi romántico.

—Tienes que abrirla para poder beberla —señaló Stark.

—Oh…cierto —con una risita destapó la corcha y metió un tercio de la botella en su sistema. Sabía amarga, pero refrescante.

—Salud.

Chocaron las latas.

La conversación fluyó como cualquier día de laboratorio. Excepto que, esta vez, no había ningún mecanismo, vaso de precipitado o pizarra llena de ecuaciones para desviar su atención. Sólo estaban ellos y las palabras que tuvieran para decirse. Charlaron sobre cosas triviales; el clima (cada vez más frío), la tarea de Peter (cada vez más difícil), sus profesores, los libros que estaban leyendo, y un vago etcétera.

Peter casi nunca pasaba tiempo así con el señor Stark. Normalmente cuando hablaban, lo hacían también con algo en sus manos o en sus mentes. Hablar por hablar, en una charla que no tomaba curso a ninguna parte, lo ponía nervioso. No podía dejar de preguntarse la razón de por qué estaría Tony Stark allí, a altas horas de la noche, bebiendo alcohol con Peter; la compañía menos apta para embrutecer los sentidos y desinhibirse. Sin embargo, no se atrevió a preguntarle, en caso de que se tratara de un tema delicado.

—¿Has pensado en mi oferta? —le preguntó a Peter de un momento a otro.

El muchacho clavó la mirada en su bebida.

—Sí, lo he hecho.

—Por el tono tan falto de entusiasmo y la evasión de ojos, imagino que tu respuesta es poco favorecedora.

—Lo siento… —Peter reflexionó unos segundos mientras valoraba qué excusa podría usar—. No es que no se lo agradezca. En serio. Por el contrario, es una increíble y generosa oferta, pero yo-

—Oye, no tienes que darme una razón —lo cortó Stark—. Entiendo que necesites hacer algunas cosas por ti mismo. No puedo estar cuidándote la espalda toda la vida. Es lo que es —bebió largamente de su cerveza hasta dejar un centímetro de líquido—. "Es lo que es". Ése es mi refrán del día, ¿te gusta?

Peter sonrió, complaciente.

—Suena bien —dijo—. Es como…aceptar las cosas de la forma en que vengan. Por ejemplo; un mal corte de cabello.

—Que llueva en un día de picnic —agregó Stark.

—La extinción de los dinosaurios.

—Una estúpida pelea.

Y entonces, cayó un silencio poco práctico y ensordecedor. El corazón de Peter palpitaba rápido (lo había hecho desde que Stark se presentó), y una descarga eléctrica viajaba por todo su cuerpo, enchinándole la piel. Era la excitación que obtenía por estar cerca de Tony. Siempre fue así. ¿Siempre sería así? Peter se abstuvo de tragar saliva porque pensó que resultaría embarazosamente ruidoso ante la calma sepulcral que reinaba la sala. Para mantenerse ocupado en algo, Peter bebió más.

—Mi esposa acaba de gritarme en la cara que me odia —dijo el señor Stark de repente—. ¿Cómo respondes a eso? —hizo ademán de beber lo último que le quedaba de cerveza, antes de ver al muchacho de reojo y añadir—: Te estoy preguntando.

—¡Oh! Uhh...Hum —desesperado, Peter buscó la respuesta en algún rincón de su mente que diera con palabras de aliento y sabiduría—. N-no, no lo sé —dijo—. No lo sé. Hum… ¿Cuál fue la razón que la impulsó a gritarle? Tal vez, sabiéndolo, usted podría…hum…no sé… —admitió la derrota—. Nunca he estado casado, lo siento. No tengo idea.

Tony rio quedamente y destapó otra cerveza. No obstante, Peter seguía taladrándose la cabeza para formular algún conjunto de enunciados que sirvieran de ayuda. Algo reconfortante qué decir. Sólo se le ocurrió hacer más preguntas:

—¿Señor Stark? ¿Pu-puedo preguntar por qué…por qué le dijo eso?

—Puedes.

—Hum, ¿por qué le dijo eso? Suena bastante, uh, fuerte… para decírselo al tipo con el que se acaba de casar.

Tony suspiró.

—No lo decía en serio. Creo que no —dio un pequeño sorbo—. Estaba enojada. Los dos estábamos hasta nuestro último nervio. Cuando estamos enojados, decimos cosas que no van enserio —el siguiente fue un largo trago—. Desde su punto de vista, ella opina que he estado muy concentrado en el trabajo últimamente. Y desde que surgió el pequeño revuelo en Stark Industries tuve que…—se interrumpió, pero continuó al cabo de una vacilante exhalación—…tomar algunas decisiones. Eso la puso muy temperamental. Cree que ya no la amo y que la estoy…—volvió a interrumpirse. Volvió a exhalar.

—¿Y es cierto? —preguntó Peter.

Tony se volvió hacia él.

—¿Qué si es cierto que ya no la amo? Y yo pensaba que eras más delicado, Parker.

—¡No! ¡No, claro que- No es eso a lo que me refería! —debió ser más específico. Trató de enmendar su estúpido malentendido—: Quise decir que si es cierto que está muy concentrado en el trabajo. Yo-yo puede que no sepa mucho de matrimonio, pero; tal vez, si le dedicara más tiempo a ella…

A Peter le sorprendió el tono desdeñoso con el que le respondió Tony:

—No tienes la menor idea de cuánto he sacrificado por ella. Ni una pista. Tuve que renunciar a muchas cosas que me hacían feliz para que la feliz fuera ella. ¿Y qué he recibido a cambio? Me odia. Genial. El malo de la historia siempre soy yo. Nunca hago nada bien. Y ahora, medio mundo cree que he vuelto a fabricar armas de manera clandestina. Alguien busca manchar mi reputación, no sé quién ni por qué, y lo único que puedo hacer es tratar de explicarle a todos, con pelos y señales, que ya no soy ese hombre. Pero nadie me escucha. Ni siquiera mi esposa.

Cuando hubo terminado, recargó su peso en el sofá, contemplando algo fuera del alcance de Peter, algo en la distancia, inaccesible.

—Lo siento —musitó Peter. Se sentía tan mal por él. Deseaba poder ayudarlo, de la manera que fuese. Saltaría de un precipicio si con eso consiguiera borrar aquella expresión de su cara—. Lo siento. No sabía…

—No tienes que disculparte —repuso él—. Perdóname a mí por estar desahogándome contigo. En realidad, no tengo a nadie excepto a ti —Peter opinó que eso no era del todo cierto, puesto que el señor Stark siempre estaba rodeado de muchos amigos, entre ellos el doctor Banner. Pero no tuvo tiempo para exponer su discrepancia, ya que Stark alargó su mano y la frotó contra la espalda de Peter por un sólido minuto. El joven trató de ignorar otra mini descarga eléctrica corriendo en aquella área, y se concentró en estirar los labios para enseñar una animada sonrisa.

Tony le devolvió la sonrisa y su expresión se suavizó.

Cayó otro silencio menos abrumador, más cálido.

Siguieron bebiendo. Cuando por fin retomaron una plática más alegre, Peter dejó de sentirse tenso. Empezó a disfrutar la compañía y a no ser carcomido por los nervios. Poco a poco abandonó la rectitud y la timidez, y comenzó a ser un poco más abierto y espontáneo en sus comentarios.

El joven apenas iba sintiendo el efecto cosquilleante del alcohol en sus venas. Ya había tomado tres cervezas, estaba en la mitad de la cuarta. Stark iba en su quinta botella, pero era bien sabido que el hombre tenía mucha experiencia en el arte de beber y nunca emborracharse.

Hablaron sobre el futuro, indagaron sobre el posible culpable del fraude en Stark Industries (hubo muchos sospechosos y pocos aciertos, entre ellos la Inteligencia Artificial de Tony contaminada por un malware), rememoraron algunos eventos graciosos sucedidos en la boda (como Banner y su inhabilidad para mantenerse sobrio) y después se pusieron a filosofar sobre la cuestión de la vida.

Y de pronto la cerveza se había terminado.

Peter no perdió tiempo: sacó el vino que había comprado en la tienda, y lo vertió sobre dos copas grandes y alargadas.

—¿Acaso intentas emborracharme, Parker?

Peter expulsó una risita maniática.

—Lo haría si no supiera que eso es prácticamente imposible, señor. Salud.

Chocaron las copas.

Minutos transcurrieron. La charla fue ininterrumpida y amena. Nada podía sacarlos de la conversación, estaban completamente enfrascados en ella.

En algún punto de la velada, Tony tuvo una idea:

—Vamos arriba —dijo—. Necesito estirar las piernas.

—No tengo otro piso. Todo lo que ve es lo que hay.

—Quise decir en la azotea. Podemos subir, ¿no?

Peter reflexionó.

—Sí, supongo que sí. En realidad, nunca he ido a estas horas de la noche, pero imagino que no debería haber problema.

—Pues mueve el trasero y pongámonos en marcha.

Antes de irse rellenaron las copas (la botella de vino estaba seca por lo vacía), y subieron las escaleras de forma estrepitosa hasta el último piso. La puerta que daba a la azotea estaba cerrada.

—Prueba empujarla —sugirió Stark.

Eso hizo Peter. La sorpresa fue grande para él cuando ésta se movió hábilmente, tan pronto los dedos de Peter la rozaron.

—¡Esa puerta se movió con increíble facilidad! —exclamó Peter, lleno de alegría, mientras daba volteretas como un rombo sobre la extensión de la azotea—. Debo tener fuerza sobrehumana.

—Quieto ahí, pequeña alimaña. Cualquiera pudo haber movido una puerta de ese material. No fueron tus bíceps, fue la madera apolillada.

—Está celoso.

—No. Tú estás borracho —señaló Stark.

—¡No es verdad!

Tony puso los ojos en blanco.

—Como digas.

—No puedo estar borracho, porque Ned dice que cuando me embriago, me pongo a orinar en vías públicas. No, espere, Ned es el que lo hace. Yo simplemente me pongo a cantar melodías de Rihanna, y MJ se pone escalofriantemente cariñosa. Juntos somos un peligro para la sociedad.

Tony resoplaba de la risa.

—Te reto a hacerlo —dijo.

—¿Qué?

—Orinar. Aquí arriba.

—Está bien, pero no mire.

Peter se dio la vuelta y buscó un lugar apropiado para vaciar la vejiga. Le pareció que encima de una planta sería conveniente, ya que la pobre estaba adquiriendo tonalidades marrones y desabridas.

Se puso detrás de ésta, se desabrochó los pantalones e hizo lo que tenía que hacer. Al terminar, regresó con Tony y lo invitó a hacer lo mismo.

—Sostén mi copa —pidió con aires de diva. La copa estaba casi vacía, y Peter cometió la maldad de beberse hasta el último trago mientras Tony hacía sus necesidades. Cuando regresó, le devolvió la copa, y ambos empezaron a desternillarse de risa, presos de un júbilo demente.

—Me debes un tercio de vino, Parker. Dame del tuyo.

—¡Ni hablar, es mío! Tendrá que pasar sobre mi cadáver.

—Puede que lo haga. Prepárate.

Él se acercó a Peter, con ademanes de arrinconarlo cual bestia salvaje. El muchacho lo esquivó a correteras y ambos continuaron riéndose.

Para entonces, Peter ya no pensaba con claridad. Toda su cara estaba entumecida, todo su cuerpo se movía sin dirección ni propósito. Ya no recordaba cómo dictar órdenes a su mente ni de qué forma regir sus movimientos.

Y así cómo no tenía control de su cuerpo, tampoco lo tenía sobre su boca.

—¿Y sabe una cosa? ¿Quién necesita independencia? ¡Acepto el apartamento! —gritó a los cuatro vientos.

—¿De veras? —se sorprendió Tony.

—¡Claro que sí! No hubo ninguna duda desde el principio. Ned estaba encantado, pero yo lo reprimí para que dijese que no. Era una cuestión de principios.

—Sólo te estabas haciendo el difícil.

—¡Exacto!

—Por supuesto.

—Quiero decir, Tony Stark me ofreció un apartamento. ¿Quién podría decir no a eso? —miró todos lados, como en busca de alguien que le llevase la contraria—. Yo no. Y Ned menos. Nadie puede decirle que no a Tony "Jodido" Stark.

Tony comenzó a reír a mandíbula batiente y Peter adoró el sonido. Le encantaba hacerlo reír. Era su cosa favorita en el planeta. Más que la de hacer ciencia juntos, más que la de imaginar su cuerpo desnudo, era la sensación de que podía, con sus meras palabras, hacerlo reír. Cuánto lo quería, cómo lo-

De repente, Tony lanzó al viento un aullido lastimero y desesperado, y terriblemente dramático.

—¡No quiero regresar a casaaaa! —se quejaba—. No tengo ganas de encontrarla ahí, sentada en el sillón amarillo, con la luz encendida, desaprobando todos mis movimientos antes de poder cometerlos.

—Entonces quédese aquí —sugirió Peter, ignorando las malas intenciones y la esperanza que pudiera implicar su propuesta—. Puede dormir en mi cama; es pequeña, pero confortable. Yo dormiré en el sillón de la sala. No tiene que volver esta noche. Puede irse mañana.

Si en su voz había algún resquicio de leve súplica, él no lo notó, ya que pronto el señor Stark chocaba la copa con la suya—: Tenemos un trato, Parker. Me escurriré antes de que llegue tu tía para que no se dé ideas raras.

Peter no quería hacerlo, pero como el alcohol no le dejó más opciones, se empezó a morder el labio, imaginando un par de ideas raras.

—¿Tienes clases mañana?

El joven lo pensó, mientras se balanceaba sobre sus talones. ¿A qué hora iba mañana a la universidad? Hum, no podía recordarlo. Se supone que era temprano o algo así…

—Mmmm, creo que no —mintió —Tengo la mañana libre, pero debo estar a las 4 de la tarde para la clase de bioquímica avanzada —no sabía por qué estaba mintiendo. Era consciente de que tenía escuela en la mañana, aunque desconocía el horario.

Tony asintió y se puso a caminar sobre la extensión de la azotea, súbitamente pensativo.

Peter lo siguió con una mirada vidriosa e inestable. La azotea era un lugar grande y espacioso, donde los inquilinos almacenaban lavadoras, productos de limpieza, y plantas muy frondosas para departamentos.

A la orilla, había una barrera de cemento y ladrillos que bordeaba la azotea. Ahí fue donde Tony se detuvo. Contempló el paisaje que ofrecía la altura, aunque, en realidad, no era una gran vista. Todo lo que se podía visualizar a kilómetros de distancia eran más casas, más edificios, smog, cables y un cielo sin estrellas. Numerosas ventanas, barrios peligrosos, perros callejeros. Era el mundo que rodeaba a Peter y el mundo que Stark nunca conocería.

Y entonces, el hombre hizo algo que a Peter le pareció extremadamente peligroso, y a lo que se le escapó un gritito ahogado: Tony se subió al borde del tabique, encarando el vacío.

—¡Señor Stark! ¡No haga eso! ¡Ha estado bebiendo, podría perder el equilibrio!

Pero el aludido no le hizo el menor caso (jamás lo hacía), y para llevarle aún más la contraria, extendió ambos brazos, como si estuviese a punto de emprender vuelo.

Peter no pudo hacer otra cosa más que verlo angustiado. Si trataba de acercarse para regresarlo a tierra firme, probablemente lo empujaría por accidente; Peter no se sentía muy estable para realizar un acto heroico. No obstante, el estado de alerta comenzó a despejar un poco la nebulosa de embriaguez, y sus sentidos comenzaron a aguzarse.

—Ven aquí—le dijo Stark, tendiendo una mano hacia él, sin ladear el cuerpo por entero.

—Lo haré en cuanto se baje.

—Se siente fantástico —prosiguió él como si no lo hubiese oído—. Es como si el aire me empujara hacia atrás y yo quisiera combatirlo impulsándome hacia delante. No hay forma de combatirlo realmente, así que sólo tengo que dejarme llevar.

—Usted está borracho.

Stark rio.

—Puede que sí. Pero no lo suficiente para caer. Mira esto: perfecto equilibrio.

Levantó una pierna, para el horror de Peter, y todo su cuerpo oscilaba bajo el soporte de un pie izquierdo.

—¡Señor Stark! ¡Baje, por favor!

Finalmente, después de muchas insistencias, Tony regresó al suelo estable y sólido de la azotea. Aun así, se negó a despegarse del tabique. Apoyó las manos sobre éste y volteó hacia Peter.

—¿Ahora ya puedes venir?

Peter dio unos pasos cautelosos y asomó la nariz por encima.

—¿Qué haces?

—Me dan miedo las alturas.

—Donde estás parado no puedes caerte.

—Lo sé. Es un miedo irracional; me están sudando las manos y siento mucho vértigo.

Tony tiró de su brazo y lo acercó a la orilla por la fuerza. Peter se puso muy rígido y comenzó a respirar agitadamente, todos sus músculos se agarrotaron ante la sensación de una ciudad abriéndose ante sus pies.

—No sabía esto de ti —comentó el señor Stark, observando sus reacciones—. ¿Siempre te ha dado miedo?

—No —pasó saliva copiosamente antes de responder—. Es una larga historia que involucra una caída de un árbol, un pie roto y mis padres enloquecidos.

—Creo que lo has resumido bastante bien —repuso el hombre—. Mira, no te asustes, tranquilo. Yo te tengo.

Y entonces lo abrazó por la cintura y lo atrajo hacia su cuerpo. Peter se acordó de la ocasión en que bailaron. Fueron las mismas sensaciones de perfecta cercanía. Ahora, sin embargo (tal vez por los efectos del alcohol), lo sentía cien veces más cerca, cien veces más íntimo, todo multiplicado a la quinta potencia. Allí, donde no podía caber ni un alfiler, se rozaban caderas, hombros, respiraciones, y latidos arrimados. De una inocente indecencia.

Era demasiado cálido. Tenía que alejarse.

—¿Te sientes capaz de sentarte aquí? —preguntó Stark—. Es lo suficiente grueso y amplio para tu trasero. No pienso soltarte —prometió.

La cabeza le daba vueltas a Peter, pero se las arregló para asentir.

—¿A usted no le da miedo? —preguntó el muchacho sin aliento, una vez que se acomodaron. Las piernas de Peter colgaban, y él hacía el esfuerzo monumental para no mirar abajo.

—A mi nada me da miedo —dijo Stark por toda respuesta.

Para Peter tuvo mucho sentido. Se dijo que, incluso en cautividad, el señor Stark debió mostrar coraje y audacia, valiéndose por sí mismo para escapar sin ayuda de nadie. No conocía a otro ser humano tan fuerte y listo como él. Si alguien podía jactarse de no tener miedos, ése era Tony Stark.

Una ventisca de aire helado azotó la parte alta de Queens. Ambos cuerpos se estremecieron al unísono.

—Creo que esto no era una buena idea, después de todo —castañeó Tony.

—¿Subir aquí o sentarnos en la orilla?

—Todo lo anterior.

A pesar de que estaban abrazados (Tony cumplió su promesa y no lo soltó en ningún momento, y Peter se obligaba a cantar en su cabeza el himno nacional al reverso), el aire soplaba furiosamente y los poros de sus cuerpos lo resentían demasiado.

—Tú debes estar pasándolo peor —comentó Stark, que de pronto lo examinaba—. Tiene hoyos tu camisa —metió un dedo en un orificio donde aparecía el estómago de Peter.

—Creí que ésta no tenía hoyos —murmuró el joven, que cada lugar bajo el tacto de Tony era un volcán de lava ardiente, a punto de hacer erupción. Así que cuando tembló, no fue debido al frío.

—¿Qué talla eres?

—¿Por qué? No querrá abastecer todo mi armario, ¿o sí?

—¿Tienes algún problema con eso, Parker?

—Tengo muchos, pero ahora no es el momento de explicarlos, señor Stark.

Y se quedaron viendo durante unos largos segundos. Estaban tan cerca. Tan maravillosamente cerca. El rostro de Tony era algo para venerar en secreto, pero, en aquel ínfimo instante, Peter olvidó todos sus principios de discreción y lo contempló de arriba abajo, con mucha intensidad. Quizá demasiada.

Tony carraspeó.

—¿Por qué no le das un sorbo a tu vino? —propuso—. Puede que te caliente.

—No más de lo que usted me calienta.

—¿Perdón?

Oh, oh.

La mente de Peter se quedó en blanco por un horrible segundo. Pero estuvo de vuelta en línea al cabo de un instante.

—Por cómo me está abrazando —razonó magistralmente—. Pero, sí, supongo que puedo tomar más vino.

Agarró la copa que yacía junto a él, y bebió; primero poco y luego ávidamente, pues descubrió que, sí, en efecto, lo calentaba.

No se dio cuenta de que una gota resbaló de su boca hasta detenerse en la barbilla.

—Tienes un poco de…

Ajeno a lo que sucedía, Peter no supo de qué hablaba. Stark aclaró su confusión cuando se dispuso a limpiarlo con un dedo pulgar, borrando el rastro de líquido. A Peter se le detuvo la respiración en el acto. Estaban tan cerca.

—Gracias…

¿Sus rostros se inclinaban aún más? Peter no podía decirlo con certeza, ya que la proximidad había estado latente y manifiesta desde un inicio, aunque le pareció que eso pasaba. Se acercaban. Además…

Los ojos del señor Stark estaban indudablemente puestos en su boca.

Peter no pudo aguantarlo más. Acortó la poca distancia restante hasta quedar a unos milímetros de su objetivo. Quería sentir esos labios contra los suyos y apagar el frío del mundo con su calor. Quería besarlo…

Pero antes de poder hacer sus sueños realidad, el señor Stark se apartó.

—Necesito ir adentro—dejó de tocarlo—. Me estoy congelando el trasero —levantó las piernas, dio una vuelta con prisa y aterrizó de un salto—. Baja tú cuando quieras.

Estaba huyendo. Peter no pensaba retenerlo porque lo había estropeado todo.

Tony se fue, y en el corazón de Peter hubo invierno.

Y la euforia que hasta el momento lo había embargado, quedó reducida a simples cenizas.


«¿En qué estabas pensando?», se recriminó unas cien veces mientras bajaba las escaleras.

Inclinarse, exponerse, y nunca saborearlo. ¿En qué estaba pensando? ¡Maldita sea!

Podía dar por terminada su relación construida a base de confianza y respeto. Ya no habría nada entre ellos, excepto incomodidad y vergüenza. Había gastado la única oportunidad que tuvo en toda una vida, ¿y qué hizo Tony?: huir de él, por supuesto. Lo había escandalizado, lo había asustado.

Y habían pasado 20 minutos desde entonces.

Peter no se atrevía a girar la perilla del apartamento. Su frente estaba que quería darse de azotes contra la puerta. ¿Cómo podría encararlo ahora?

Otros 5 minutos de estática ansiedad.

Finalmente, y con un largo suspiro, entró a la casa, pensando en qué clase de lío se había metido.

—Hola, Parker. Oh, genial, te trajiste las copas, gracias. Olvidé la mía sin querer. ¿Qué tal todo arriba?

Peter parpadeó varias veces.

—Uh-hum…hum, ¿bien…? Bien…

Acostado en el sofá, Tony tenía en la cara una sonrisa que denotaba ligereza y tranquilidad.

—Buscaba el ángulo correcto para recargar la cabeza —comentó él, mientras que Peter se giraba para cerrar con llave—. ¿Qué lado me recomiendas? He cambiado posiciones, pero me vendría bien la opinión de un experto.

—Puede dormir en mi cama —le recordó Peter dándose la vuelta.

—Nah…, ya abusé demasiado de tu hospitalidad esta noche. Pero antes, ¿puedo hacerte un par de preguntas? La primera tiene que ver con la disponibilidad de una almohada y mantas.

—Oh…cl-claro. Deme un segundo.

—El que necesites.

Peter depositó las copas de vino en el fregadero y corrió a la habitación de May. Extrajo varias cobijas y almohadas del armario. Mientras lo hacía, la situación le resultaba cada vez más descolocada.

¿Acaso Tony estaba dispuesto a ignorar todo lo relacionado con la azotea? ¿Compartiría espacio con el elefante de la habitación, sin dar nunca señales de reconocimiento a los actos de Peter? ¿Cuánto era capaz de pasar por alto aquel hombre con tal de no alterar la comodidad de su vida?

Al regresar a la sala, le extendió las cosas y Tony se incorporó para aceptarlas.

—Huelen bien —dijo, olisqueando las frazadas—. Gracias.

—Por nada —Peter tragó saliva—. ¿Y la segunda pregunta?

—Oh, sí. ¿A qué hora regresa tu tía? Puede ser que le dé un infarto si me encuentra aquí desparramado. Mi intención es desaparecer antes de que eso suceda.

—Regresa a las siete de la mañana —y Peter recordó súbitamente que sus clases eran a las seis. Tenía tan sólo un par de horas de sueño disponibles si quería llegar a tiempo.

—Muy bien —Tony se envolvió con las mantas y acostó la cabeza sobre la almohada—. Buenas noches, Parker.

—Buenas noches, señor Stark —contestó Peter débilmente.


El techo de su recámara estaba excepcionalmente gris. Peter lo contempló por tres horas hasta darse cuenta.

Decidió que cambiaría el color. Tal vez a un café tenue, o pardusco. No había remodelado en años su habitación. Le vendría bien un librero y unas cortinas nuevas.

Oh, pero…

Iba a mudarse. Al apartamento que con tanto ahínco se negó a recibir.

¿Cómo le haría ahora para decir que no lo quería? Cambió de opinión y listo. Después de todo, estuvo borracho cuando lo aceptó. La gente dice cosas que no quieren decir en ese estado. Y actúan de una forma…inesperada. Sí, quizás aquella podría ser la excusa. Por eso también se inclinó para besarlo. No estaba en sus cinco sentidos. No lo hizo porque quiso. Fueron las copas. Dijo demasiado, actuó sin pensar. No era su culpa. Fue víctima de la circunstancia y el alcohol.

Peter se removió en la cama.

Sólo un ciego, sordo y mudo podría creerle. Y el señor Stark iba a creerle sin lugar a dudas, o fingiría hacerlo para no alterar el valioso orden de su vida. Por otro lado, ¿realmente necesitaba dar excusas? Tony parecía resuelto a obviar el asunto y a dejarlo encasillado en el segmento de cosas que se negaba atender.

Dio otra vuelta en la cama.

Sobre la mesita, el reloj marcaba las 4:53. Para llegar a la universidad tenía que tomar el tren a las 5:30. Si se dormía ahora, obtendría exactamente 37 minutos de descanso. Pero también había que arreglarse para salir medianamente presentable. Entonces tenía menos tiempo. Hizo las cuentas en su cabeza, consciente de que no lograría pegar un ojo nunca. Serían alrededor de 20 minutos de abstracción existencial, y luego se levantaría.

Enterró la cara en la almohada.

«¿En qué estabas pensando?».

Inmediatamente después, quedó boca arriba y tomó una decisión. Si tenía veinte minutos, bien podría emplearlos en algo productivo.

No podía contar las veces que se había masturbado fantaseando al señor Stark pidiendo por su boca sobre él, pero estaba bastante seguro de que era más frecuente y más intenso que cualquier experiencia sexual que haya tenido antes. Ni el desalentador número de chicos rondando por su habitación cuando May no estaba, ni la cantidad de placer que ellos pudieran darle, se comparaba con la ardiente ferocidad de sus sueños húmedos, en los cuales, el señor Stark participaba activamente en todos ellos. Él era el protagonista estelar en cada una de sus obras conscientes y no conscientes, y recitaba los muy variados, trillados, clichés y sucios diálogos que Peter escribía. Tales como: eres el único para mí, eres lo mejor que me ha pasado, sólo pienso en ti, en tomarte, en reclamarte como mío, tan buen chico para mí, ¿quieres un poco de esto?, eso es, tómalo, es tuyo, buen trabajo hermoso. Aquí tienes tu recompensa.

Peter arqueó la espalda, derramando su semilla inconvenientemente sobre la ropa. Y de repente lo aquejó una sed inmensa.

Vio inútil cambiarse de camisa, así que se la quitó. Salió de su habitación en calzoncillos y procuró caminar de puntitas hacia la cocina para no perturbar a su invitado; ni siquiera prendió la luz.

El agua brotó, hábil y callada del grifo. Peter la tomó con la actitud de quien pasa días en el desierto. Bebió más, y luego un poco más.

Cuando estuvo seguro de que la noche y el sueño habían resultado un completo fracaso, escuchó un jadeo. Provenía de la sala.

Se acercó sin haberle dado contexto a aquel sonido agitado e impaciente. Al entenderlo, se detuvo en seco.

—Mmhh…ahh…mmm…

Si Peter hubiese tenido el vaso en la mano, se le habría caído.

En la extensión del sofá, Tony estaba suspirando gemidos silenciosos. El susurro revelador de las mantas y la respiración entrecortada significaba que sólo hay una cosa que podría estar haciendo.

Y contra todo sentido común, todo sentido de auto conservación, Peter inclinó la cabeza para mirar.

La luz de la luna entre las persianas caía casi perfectamente sobre él. Al segundo que lo vio, Peter se arrepintió y al mismo tiempo no. Los gestos del hombre estaban arrugados, su boca se abría al exhalar. Sus manos yacían escondidas y apretadas debajo de la tela, trasladándose de una forma que Peter sabía reconocer muy bien.

El señor Stark abrió los ojos en ese momento y lo miró.

El tic tac del reloj cesó de funcionar. Fue exactamente igual al día en que el Señor Stark lo encontró a él, desnudo, años atrás. El tiempo se había paralizado. A la vez que ocurría, lo visualizaba todo desde las alturas, cada escena convertida en un cuadro congelado, cada latido en una eternidad.

La sorpresa de verlo parado frente a él.

El shock.

Mortificación.

¡Parker! ¿Por qué estás- ¡¿Qué estás haciendo?!

Todo sucediendo en tortuosa cámara lenta.

Esta vez, nadie dejó la escena sin continuación.

Tony se incorporó en el sofá, aun permaneciendo sentado en su lugar, y luchando por ocultar la protuberancia asomada entra las sábanas. Peter no pensó antes de acercarse, no pensó antes de ejecutar la idea que corría como un bucle a través de su mente. Podía escuchar el corazón rugiendo en sus oídos mientras daba el último paso, mientras caía de rodillas y se acomodaba entre las de Tony.

Su "No, Parker, detente", no era más que una débil protesta con pocas esperanzas de revertir la cadena de eventos que se había puesto en marcha.

A pesar de la pobre iluminación, Peter apreció las pupilas dilatadas y hambrientas del hombre mayor. Iba a permitirle hacerlo, lo supo al instante. Y Peter pensaba sacarle el máximo provecho.

Descubrió las telas de en medio y el joven soltó una exclamación.

Era enorme.

La polla de Tony Stark era gigantesca.

Gruesa, larga y oscura, con el pelo anidado en la base. Era la primera vez que…no, espera…era la segunda vez que la veía. La primera fue un accidente sucedido tiempo atrás, un recuerdo que Peter usaba constantemente para detallar sus fantasías. Aunque era cierto que nunca la había visto levantada, mirando el cielo, pulsante, y necesitada de atención: Peter estaba más que dispuesto para darle la atención que se merece. Y si tenía que poner a prueba su reflejo faríngeo, pues que así sea.

Empezó con la punta.

Su lengua recorrió tentativamente el glande y con ello se ganó un temblor y un gruñido aprobatorio. Meneó la cabeza de un lado a otro y después tomó más abiertamente en su boca el miembro de Tony.

Más jadeos. Más ruidos extraños.

Peter no podía saberlo, pero él se veía jodidamente pecaminoso de rodillas, semidesnudo, frente al hombre excepcionalmente mayor, sus labios rosados envolviéndose alrededor de una longitud kilométrica, y sus ojos, de alguna manera, inocentes y decididamente maliciosos.

—¡Joder…! Peter… Peter… Oh, mierda.

Al fin lo llamaba por su nombre.

Así como el muchacho se negaba a decirle Tony, el señor Stark se empeñaba en llamarlo Parker a todas horas. ¿Pero qué caso tienen las formalidades cuando la piel está tan cerca?

—Dios…Jesucristo, chico, no puedo… voy a…

Una mano lo sujetó desde la raíz del cabello y lo forzó hasta la base de su pene. Peter dio unas arcadas, tratando de engullir la inmensidad que violaba su boca, e hizo lo mejor que pudo para no atragantarse. La oleada de placer que sintió al ser jalado por las greñas lo desconcentró un poco.

En todo momento, el chico mantuvo su mano firmemente apretada alrededor del miembro de Tony, y eso, combinado con el calor resbaladizo de su boca fue casi demasiado para el hombre. Tony casi gritó al sentir la lengua de Peter aplastándose contra la parte inferior de su masculinidad.

—Joder, Peter, estoy cerca. Estoy tan cerca.

Peter sólo respiró profundamente por la nariz y lo llevó más adentro en su boca (si es que aquello era posible), sus ojos puestos en los de Tony. A través de una estela de lágrimas, observó al hombre desgarrándose ante él, suspirando frenéticamente, alzando las caderas en un ritmo consecuente al placer que lo estaba gobernando, un placer que Peter había provocado por su cuenta.

La visión de Stark desapareció bajo un éxtasis pulsante durante varios, largos y felices segundos. Dejó escapar otro gruñido, uno más profundo, y el agarre en los cabellos del muchacho se tensó, la entereza de su cuerpo convulsionó.

Y Peter bebió.

También tosió, y mucho. Adoptó una expresión vagamente disgustada en su rostro por el sabor amargo del semen, pero no se arrepintió en ningún instante de haberlo tomado. Nunca estuvo tan orgulloso de sí mismo.

—¿Lo hice bien, señor Stark? —preguntó con la voz ronca y maltratada.

Pero los sueños hechos realidad vienen con un alto precio.