Capítulo 6

LO QUE PASÓ CON WADE…

"¿Quién va a hacer que te olvide y te borre de mi mente?"

– Kirsty MacColl

Peter aceptó la oferta, con la condición de que el Vodka Martini fuera una simple cerveza. No creía que algo tan refinado como el coctel preferido de James Bond armonizara con aquel bar de mala muerte donde se hallaban; el favorito de MJ.

Para ella y muchos otros, el atractivo de ese establecimiento databa en el rock pesado sonando a todas horas, las partidas de billar y, a medianoche, la banda en vivo que se presentaba cada viernes.

Además, MJ era amiga del propietario, o mejor dicho, la sobrina, por lo que le encantaba sentarse a recibir cosas gratis del menú cada vez que iban, mientras que Ned entornaba los ojos, asustado. Peter solía quedarse al margen cuando se trataba de visitar aquel comercio, pero como en verdad necesitaba hablar con sus amigos, pensó que lo adecuado sería esperarlos en el punto de encuentro que MJ no negaría jamás y que, irónicamente, le quedaba tan cerca a Ned.

Sin embargo, ellos no contestaban los mensajes, y el hombre que lo había abordado era lo mínimo semejante a una compañía agradable. Peter no tenía ganas de ligar ahora, pero entre conversar con un hombre atractivo y deshacerse en llantos solitarios por otro, eligió lo primero.

Cuando le dijo a Wade su edad y su nombre, él pareció bastante aliviado.

—Gracias por probarme que no soy un asaltacunas —suspiró—. La duda me estaba matando.

—¿Suelen atraerte…los de apariencia joven?

—No, y ese es el problema. Tú tienes la cara del niño más encantador y angelical que he visto; el hecho de que esté deseando hincarte el diente me tenía un poco preocupado.

Peter decidió ignorar el cumplido y la atrevida insinuación al mismo tiempo. Levantó la tarra de cerveza clara que Wade le había invitado y bebió un sorbo.

—¿Qué sucede, cariño? —de pronto, el hombre lo miraba con una sonrisa y el ceño fruncido. Extendió el brazo para acariciar el hombro de Peter; un acto que podía interpretarse amistoso o perfectamente malintencionado—. ¿Por qué la cara larga? ¿Cortaste con tu novio?

—No.

—¿No? —detuvo la caricia—. ¿Eso significa que tienes novio?

Por alguna razón, Peter se sonrojó.

—No tengo novio.

Los ojos de Wade brillaron de nuevo con interés.

—Estás algo pálido —comentó retirando la mano. Ahora lo veía como una madre preocupada—. ¿Ordenamos una pizza?

—No, gracias. Ya comí.

—Luces severamente disgustado —concluyó Wade—. Dime de una vez a quién tengo que apuntar en mi lista negra para romperle la cara en ocho partes la semana que viene.

—A nadie —fue la respuesta seca de Peter. De ninguna manera iba a ponerse a hablar de sus problemas con un extraño.

—¿Oh? —repuso Wade—. Debo estar ciego, porque me pareció ver un lindo gatito enjugándose las lágrimas desde donde estaba sentado. ¿Tenemos un caso de corazón malherido?

—No —quería sonar firme, aunque la voz lo delató temblando—. No. Hum… e-estaba esperando a mis amigos —se aclaró la garganta—. Pero creo que están demasiado ocupados para venir —añadió con cierto enfado.

—Odio a tus amigos por dejarte solo —exclamó Wade, indignado—. También los amo con locura porque te dejaron solo —y entonces le guiñó el ojo.

Peter hizo como que no vio nada y bebió más.

Entretanto, Wade comenzó a reírse.

—Vaya, he pescado uno difícil. De acuerdo. ¿Qué estudias y en qué universidad? Pareces un chico listo; seguramente sabes la tabla de multiplicar mejor que yo.

Le explicó a Wade su profesión, sus estudios, y esperanzas académicas. No quiso ni mencionarle la pasantía en Stark industries porque una; no quería hablar acerca de ningún tema relacionado al señor Stark, y dos; quién sabe si realmente aún conservaba el trabajo, después de lo que pasó.

—Uhh, alerta de nerd —dijo Wade cuando terminó—. Rompes con todas mis expectativas; tampoco suelo interesarme por ratones de biblioteca. ¿Cómo te sientes respecto a los dispositivos anales?

La cerveza salió proyectada hacia la barra; Peter tuvo el infortunio de estar bebiéndola.

—Uhm… ¿qué…? —preguntó con cautela luego de que se le hubiera pasado la tos. Quizá no escuchó bien.

—Dispositivos anales —repitió Wade como si nada—. ¿Fan o no fan? Te diré a qué me inclino yo cuando respondas tú.

Peter quedó boquiabierto.

—Yo, yo-hum… hum-yo, ¿qué...?

—Dios, eres todavía más lindo cuando te sonrojas. Ignora mi pregunta. Ya la respondiste.

El muchacho notó, tardíamente, un calor descendiendo desde las orejas hasta el cuello. ¿Aquello había sido real?

—Cambiando de tema —prosiguió Wade—: ¿Cuál es tu signo zodiacal? Yo soy Géminis, y la revista Cosmo decía que iba a conocer a mi alma gemela en una noche de luna menguante. Pero tienes que ser Tauro para que las cosas funcionen, o quedaremos liados en una relación amor-odio parecida a la de Tom y Jerry. Lo que me recuerda, ¿te gustan más los perros o los gatos?

Descolocado, Peter no podía entender si aquel hombre iba en serio con las preguntas, o simplemente le estaba tomando el pelo.

—Tienes cerveza en toda la barbilla —señaló Wade, quien no parecía nada consternado por el obstinado silencio de Peter. Al contrario, se dispuso a limpiarlo con una servilleta, sonriendo todo el tiempo. De pronto, el recuerdo del señor Stark barriendo una gota de vino en el mismo lugar y tan sólo la noche anterior, asaltó su memoria y lo puso aún más triste.

—Listo —dijo Wade cuando terminó—. ¿Te dije lo guapo que eres? Eres la perfecta combinación de salvajemente adorable e increíblemente sexy.

Otra vez sin habla (ya se le estaba formando un hábito), Peter no pudo menos que sentirse abochornado por la intensidad que empleaba Wade para mirarlo. El hombre ensanchó su sonrisa.

—Miren esto; el gatito se quedó sin lengua. ¿Puedo ir a buscarla en el fondo de tu boca? Seguro que la encuentro.

—No, gracias —carraspeó Peter al fin—. Sigo con la capacidad del habla. Tú explotas esa capacidad hasta límites insospechados. ¿Nunca te callas? —la pregunta podría ser ofensiva para algunos, aunque tenía la acertada impresión de que Wade no conseguía ofenderse tan fácil.

—Tengo un botón de apagado —aseguró él—. Pero tienes que buscarlo. Te doy una pista —bajó la voz y se inclinó hacia Peter—: está justo en la próstata. ¿O será que es el botón de encendido? —añadió, pensativo.

Peter había flirteado antes y también lo habían cortejado: no creía que estuviera haciendo eso con Wade Wilson.

La situación le pareció tan descabellada que empezó a relajarse a medida que la conversación se dirigía por otras tangentes, y, de vez en cuando, a permitirse sonreír tímidamente.

Se negó, sin embargo, a bajar la guardia. Continuaba sintiéndose incómodo delante de Wade. Quizá por todo lo que ese hombre era: tan diferente a los adolescentes con los que Peter normalmente quedaba.

Cuando iba a pasar la noche con alguien, se aseguraba de que ese alguien tuviese el mismo rango de edad y nivel de experiencia que la suya. No deseaba compartir lecho con hombres adultos porque todos demandaban muy rápido el sexo; en cambio, los jóvenes no corrían con tanta prisa, acomodándose al ritmo que Peter dictaba a la hora de intercambiar placer. Como él no quería ser penetrado por nadie, a ellos no les quedaba opción más que la de conformarse con unas breves, pero excepcionales caricias (manos y boca incluidas), eso si querían seguir viendo a Peter. Si lo importunaban con avances fuera de lo admitido, él cesaba de frecuentarlos y asunto arreglado.

Pero Wade era un adulto.

Quizá no tan mayor como el señor Stark, pero irradiando un mismo nivel de confianza y experiencia. El porte de un hombre que sabe lo que hace y a qué medios recurrir para humedecer los pantalones de cualquiera antes de doblegarlos a su voluntad. Por ello lograba intimidar tanto a Peter. Era musculoso, guapo, brutalmente honesto (quizá DEMASIADO), y seguro de sí mismo.

Definitivamente no era su tipo.

Así pues; un saludable y extraño flirteo, un par de cervezas, y la promesa de nunca jamás volver a verse. Eso creía Peter que pasaría.

Wade tenía otros planes.

—¿Qué te parece si movemos esta conversación a un lugar más privado? —sugirió de repente—. ¿Mi apartamento, por ejemplo?

—Oh... humm…no, no gracias —balbuceó Peter—. Se me hace tarde y-

—Y tienes que alimentar a tu mascota —terminó Wade—. Sí, lo he escuchado antes. La lista no tiene límites y las excusas son pegajosas. ¡Vamos! —lo animó—. ¿Qué otra cosa tienes pendiente? Esos amigos tuyos no van a venir, ¿o sí? Sólo quiero invitarte una copa —aseguró—. Eso es todo. Se trata de una bebida tropical y elaborada que yo mismo inventé. Me temo que es exclusiva. Por eso tenemos que viajar hasta mi acogedora pocilga a tres minutos en moto. No te quitaré mucho tiempo. Lo juro por la garrita.

Peter tenía razones de sobra para captar que esas frases eran muy engañosas. Lo miró con sospecha y de manera torva.

—¿Vas a decirme que no esperas meterte en la cama conmigo cuando estemos allí?

Wade sonrió antes de hablar.

—Los dos sabemos que no hay forma de responder correctamente a esa pregunta. Es la madre de todas las preguntas trampa. Otras de la misma categoría son: «¿crees que esto me hace ver gorda?», «¿te parece que esa chica es guapa?», y «si no sabes de qué estoy hablando, desde luego no voy a decírtelo».

Peter tuvo que morderse el labio para no soltar una carcajada.

—Lo último no era una pregunta —señaló.

—No deja de ser un misterio y una trampa. Entonces, ¿cómo quieres tu bebida? ¿con limón o con naranja? Personalmente, recomiendo la naranja.

—Tú realmente crees que te voy acompañar a tu departamento —no era una pregunta, era otro señalamiento cargado de ironía.

—Una copa. Es todo lo que pido —insistió Wade—. Luego de eso, tú decides si quedarte o salir a tiempo para tomar el último tren. Espero, sin embargo, que elijas quedarte. Te voy a tratar muy bien, ya verás. Como un príncipe trata a su princesa. Al principio, claro. Después te voy a mostrar a la pequeña y sucia puta que en realidad…soy yo.

Y Peter soltó la primera carcajada de la noche.

Tuvo que sujetarse de la barra para no caer de su asiento, y una risa vibró y le sacudió el cuerpo. Fue tan liberador, tan refrescante. Luego de la montaña de tensión acumulada en sus hombros durante todo el día, era como recibir un soplo de aire en medio del desierto.

—Estás loco —dijo entre resoplidos—. Loco de remate. Te falta un tornillo.

—Si estar loco es lo que hace falta para hacerte reír, entonces soy un demente certificado. Por cierto, tienes una risa adorable.

Aquel cumplido logró estabilizarlo. Se recordó que no iba a caer en la red del ligue fácil y que lo mejor sería mantenerse alejado de los engatusamientos de Wade. Aspiró varias bocanadas hasta recomponerse por entero y dijo:

—Gracias por la oferta, pero realmente no debería.

—Okey, déjame presentar mi argumento final —objetó él—. ¿Permiso para hablar con franqueza?

—Creo que ya lo estabas haciendo —arguyó Peter.

Wade giró el cuerpo para quedar posicionado frente a él, con las piernas ligeramente desplegadas. Entre más lo miraba Peter, más se daba cuenta de que parecía un hombre arrabalero por fuera y modelo de trajes de baño por dentro. Llevaba una camisa holgada y descubierta de los hombros, encima un abrigo rojo con peluche blanco adornando la parte del cuello y el pecho, y una cadena de plata con su nombre grabado pendiendo de su cuello, lo cual indicaba experiencia militar. La verdad sea dicha, comenzaba a atraerle Wade.

—Eres la cosa más bonita y tentadora que he visto el día de hoy. También la más triste —empezó por declarar Wade—. Durante media hora no hacías nada más que revisar tu celular, luciendo todo desesperado. Y yo estuve sentado allá —apuntó el otro extremo de la barra con su dedo—, durante media hora, pensando en la mejor línea para abordarte y hacerte reír. Ingeniaba múltiples estrategias para distraerte de un posible imbécil que te hizo daño. «Él no vendrá», «Eres la perfecta combinación de salvajemente adorable e increíblemente sexy». Esas son líneas, querido. «Estás hundido hasta las rodillas por alguien que no se molesta en llamarte a altas horas de la noche», eso son los hechos.

Aquellas palabras desnudas y honestas atravesaron su corazón.

Horas habían pasado, y Stark no manifestó ningún intento por contactarlo. Ni el menor interés por saber cómo se encontraba Peter, en qué estado, o si había oportunidad para arreglar las cosas entre los dos. Nada en absoluto.

—Me estás manipulando —articuló Peter—. Intentas hacer que sienta lástima por mí situación para dejarme consolar por ti —En la base de la garganta le escocían las lágrimas—. Halagaría tu método si no fuera porque lo he descubierto.

—¿Puedes culparme? —Wade se encogió de hombros—. En la guerra y en el amor todo se vale, cariño —y sin ningún reparo, cubrió la mano de Peter con la suya—. Pero lo que he dicho es verdad. Vivimos en un mundo físico, Peter, querido. Y este es, claramente, un momento difícil para ti. Es importante probar cosas nuevas, incluso cosas que nunca pensaste en probar antes.

—¿Eso es un hecho? —rezongó Peter, sin saber bien por qué no apartaba su mano de la de Wade.

—No. El hecho es que no he podido apartar mi vista de ti durante media hora, como un completo idiota. Hay muchas personas atractivas en este bar: ten por ejemplo a la chica con el piercing en el ombligo. O al tipo rubio que no deja de hurgarse la nariz: todo un galán. Pero yo no puedo quitar mis ojos de ti. Me atraes como el imán que se pega al refri. De aquellos que son difíciles de quitar. Si te movieras, yo me dejaría llevar por la fuerza de gravedad. Eso es un hecho —Wade inclinó la cabeza un poco más—. Voy a preguntarte una cosa: ¿Me encuentras atractivo?

El silencio dijo muchas cosas.

—Asumiré, por ese adorable sonrojo, que sí. No, no, no, está bien, cariño —dijo al ver que Peter abría la boca—. Está bien. Te garantizo lo siguiente: No vas a lamentar ir a casa conmigo esta noche. Vas a lamentar llorar en la almohada por el pedazo de patán que no te está apreciando. Mereces una distracción. Y si me lo permites, me ofrezco voluntario.

Pendiente como estaba de las palabras de Wade, no se dio cuenta de que estaban a centímetros de distancia. Fue hasta que unos dedos rozaron su mejilla cuando reparó en el calor de la cerveza iba esparciéndose desde su estómago a los brazos y piernas. La indecisión también. La indecisión de no saber si cerrar los ojos y dejarse saborear, o hacerle caso a las campanillas de advertencia que sonaban en alguna parte distante de su mente.

Peter era bueno escuchando las alarmas; sin embargo, en aquel momento, con aquel hombre de lengua afilada, todo era muy confuso para él.

Cuando Wade le tocó los labios con los suyos, los frotó con suavidad y se los mordisqueó despacio, Peter sintió que su cuerpo quería deslizarse hacia la entrega, pero luchó contra esos instintos.

Wade pareció advertir el refreno de Peter, por lo que susurró:

—Tienes que relajarte, nene —lo besó—. No pienses —lo besó otra vez—. Mírame —abandonó sus labios para pasear la mano sobre su cabello. Fue difícil para Peter contrarrestar la ola de placer que vino con la caricia.

—¿Me encuentras atractivo?

Peter se sintió estremecer y las campanillas de advertencia quedaron ocultas por el estruendo de su propio corazón.

—Si eso es un hecho, déjate llevar.

El siguiente beso pasó de coqueto y cálido a tórrido y chispeante. Peter al fin desconectó el cerebro e hizo lo que se prometió no hacer: se dejó llevar.


La motocicleta quedó estacionada en las afueras de un complejo de edificios bastante decente, para sorpresa del muchacho. No era la pocilga que Wade había referido.

Al entrar al departamento, pudo ver que el interior estaba constituido por una grande habitación, donde todos los objetos elementales de una vivienda se acomodaban en perfecta armonía; la cama ubicada junto a la sala de estar, que a su vez se interponía con la cocina, que a su vez juntaba los extremos con una lavadora. Y una sola puerta que debía ser el baño.

No pudo apreciar todos los detalles porque la luz de la luna era brillante, pero insuficiente. Y también porque Wade lo guio a través de la habitación, lo tumbó en la cama y se zambulló en él.

—¿N-no me ibas a ofrecer una-una bebida especial o algo así? —inquirió Peter, con leve pánico.

—¿Eh? —Wade pareció confundido un segundo hasta que el entendimiento llegó a su semblante—. Ah, sí… ¿Realmente la quieres? No es tan buena como te la vendí. La prepararé mañana en la mañana. Lo juro.

Él comenzó a retirarse la camisa, mostrando unos fantásticos abdominales y algunas cicatrices que, en su momento, debieron ser terribles.

Cuando su voz decidió trabajar de nuevo, lo que Peter dijo fue:

—Estamos yendo muy rápido. Tengo que decirte algo.

—Te escucho.

Pero no lo estaba escuchando. Wade ya se agachaba sobre Peter para besarlo nuevamente. Con premura, le sacó la camisa a él, y le manoseó todo el pecho. Peter se estremeció cuando sus dedos le rozaron los pezones.

—Las cosas se ponen cada vez más interesantes —dijo Wade con un asomo de diversión en su voz—. Tenemos que establecer parámetros. ¿Qué posición disfrutas? ¿Tradicional misionero, o la excéntrica tortilla francesa? Yo prefiero ir arriba, si no te importa. Pero descubrirás que soy versátil. Luego cambiamos. De posición también.

—No. No, qui-quiero deci- Wade —exhaló, riéndose un poco—, necesito decir algo.

—Tienes razón —convino el hombre—. Necesitamos una palabra de seguridad. ¿Qué tal "cerdo con alubias"?

—¿Qué? No, mira-

—¿Chimichangas? —se inclinó para mordisquearle la oreja.

—No, Wade. Espera —Peter se empecinó para apartarlo por los hombros. Y como hubiera sido una completa falta de consideración no hacerle caso ya, Wade se detuvo.

—Está bien, está bien. Lo siento —irguió su espalda y se alzó sobre los puños para no dejar caer su peso sobre Peter—. Es que me tienes un poco desquiciado. Pero ahora soy todo oídos. ¿Qué sucede, cariño?

Ahora que le ponía atención, las palabras se le atoraban. Genial.

—Hum, uh- okey, verás, yo… —tragó saliva—. Soy… Nu-nunca he hecho… esto —se conformó con decir.

Wade parpadeó.

—Me perdiste —dijo al cabo de un instante—. ¿Hablas de las posiciones, la palabra de seguridad o de traer a un hombre desquiciado por ti?

—Soy virgen —aclaró por fin para ya no andarse por las ramas. Esperó ver, a continuación, una expresión de sorpresa, confusión, incluso burla.

No esperaba que la sonrisa de Wade se volviera sarcástica.

—Sí, claro —dijo—. Como si ese culito pudiera ser virgen.

Y entonces recibió un ataque de besos húmedos.

—¡Wa-Wade! Hablo en serio —exclamó el chico cuando tomó aire—. Soy virgen.

—¿Eso le dices a todos los hombres para que se sientan inmensamente poderosos sobre ti? —la voz de Wade estaba peligrosamente sobre sus caderas, desabrochándole los pantalones—. Porque está funcionando.

—No, no, yo estoy- ¡ngh! ¡ahhh…!

Ya no pudo coordinar las palabras. El hombre le había bajado los pantalones y los calzoncillos de un tirón.

Todo signo de lucha quedó apartado por cada sube y baja de la cabeza de Wade.

Sin misericordia, el hombre abarcaba con su boca la extensión de un pene medio endurecido. Peter comenzó a gemir abiertamente, y sus pálidas mejillas enrojecieron de placer.

Aferró las manos a la cama, y los circuitos, aquellos que le procuraban racionalidad, quedaron desenchufados. Por varios segundos no pensó en nada más que en los labios tibios succionándolo con avaricia. Sin fineza.

—Podría hacer esto todo el día —ronroneó Wade, limpiándose la boca con la mano—. Pero no queremos arruinar la diversión tan pronto, ¿o sí? Date la vuelta.

Todo estaba pasando demasiado rápido. La boca de Wade recorrió su espalda. Sus manos le recorrieron las nalgas. Peter apenas podía contribuir o hacer su parte; Wade lo estaba haciendo todo por los dos.

Ese hombre tenía todo el aspecto de querer devorarlo. Por entero. Y francamente, Peter comenzaba a desear que lo hiciera.

Pero una chispa, pequeña y frágil, pero muy existente, le rogaba que no lo hiciera. Que no era lo correcto. Así no.

Peter no era exactamente pura inocencia, no era un joven casto y tembloroso, pues había conocido el placer carnal en sus muchas formas. Sin embargo, nunca de aquella forma. Nunca aprisa, jamás con alguien que no le estaba tomando en cuenta. No deseaba sonar cursi, pero le gustaría que Wade fuera más gentil con él.

¿Sería tan malo si sucedía así?, se preguntaba en los pequeños destellos de lucidez. Con un extraño, sólo una noche, un ligue sin importancia, un torrente de emociones contradictorias; dolor y placer, satisfacción y arrepentimiento. Sólo tenía que dejarse llevar, como antes. Sólo tenía que apagar las neuronas.

De pronto, el pequeño cuerpo de Peter fue cubierto por la musculatura de Wade.

Cuando la cabeza de la polla del hombre se alineó con el borde de su agujero, Peter cerró los ojos con fuerza. Quizá debería estar más atento a la inminente pérdida de su virginidad; algo que pretendía ofrecer al único hombre que nunca lo había pedido, y que probablemente nunca lo desearía. Sin embargo, respiró hondo y trató de aflojar el cuerpo para que no doliese tanto. Dios, que no duela tanto como dicen, imploró Peter.

—Ve despacio —pidió el joven. ¿Qué más podía hacer? Wade no le había creído.

—Iré dotado de infinito amor y paciencia, ya verás —más sarcasmo en su voz—. Pero mírame, corazón. Abre los ojos. Quiero que veas cuando entro en tu deli-

El teléfono sonó en aquel exacto momento.

Desataba un estruendo tan odioso que habría sido imposible de ignorar, incluso para Wade.

Y entonces, Peter cayó en la cuenta: no le avisó a May que iba a salir toda la noche.

—¡E-es mi tía! Es mi tía. Tengo que atender. Debe estar muy preocupada —se sorprendió de lo aliviado que sonaba. ¿O era que así cómo se sentía?

Wade suspiró.

—Y en la mejor parte…—soltó las piernas trémulas de Peter y se tumbó sobre la cama—. Adelante. Habla con tu tía. Lo haré yo solo.

El muchacho hurgó en los bolsillos de su pantalón náufrago por el suelo hasta tener el teléfono en sus manos y en la mente seis pretextos para explicar el por qué no se había comunicado.

Excepto que no era May.

—Oh, dios —murmuró Peter, y se quedó mirando el teléfono como si fuese un artilugio alienígena—. Oh, dios, oh-dios-oh-dios-oh-dios. ¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda!

Antes de hacer la danza de la desesperación (revolotear en círculos), antes de reflexionar si sería buena idea contestar en la situación incómoda en la que se hallaba (desnudo y con un hombre igualmente desnudo atrás de él), antes de apaciguar su corazón queriendo escapar de su pecho, oprimió el botón táctil.

Peter y su inhabilidad para desatender llamadas de Tony Stark.

—¿Hol-hola? —su voz rayaba en la histeria.

Peter —e increíblemente, la voz del señor Stark sonaba tres veces más angustiada, más desesperada y cansada—Peter, antes de que me cuelgues, por favor, habla conmigo. Lo eché todo a perder. Lo sé. Lo siento.

El joven no dio crédito a sus oídos.

—¿Q-qué? ¡No! ¡No, todo esto es mi culpa! Lo lamento muchísimo, señor Stark. No debí marcharme así de su oficina. No sé en qué estaba pensando, le juro que yo no quería ponerme en esa acti-

Ahórrate las disculpas para otro día, chico. Cuando me las merezca, por ejemplo —lo cortó Stark—. El estúpido hombre de negocios que se sentó delante de ti esta mañana, sabe que ha obrado mal y lo estoy reprochando. Eres sólo un niño, y yo sentí que lo más importante era tapar mis inquietudes antes de preguntar por las tuyas. No estaba siendo justo contigo. Obviamente. Y obviamente no estoy manejando la situación tan bien como podría. Metí la pata hasta el fondo; de hecho, ni siquiera encontré fondo. No hay fondo en el charco pantanoso en donde… ¿Sabes qué? Estoy desvariando. Tacha eso último. ¿Qué opinas sobre almorzar mañana conmigo y establecer una charla propia de adultos? Me haría bien, para variar. ¿Peter? ¿Qué opinas?

Peter no deseaba oír otra cosa.

—¡Sí! —graznó—. ¡Sí, definitivamente, sí, señor! ¿Mañana? ¿A qué hora? ¿Dónde?

Casi pudo ver la sonrisa estirando los labios del señor Stark cuando respondió.

¿Le dirías no a Luciano´s? ¿Tres de la tarde?

—Tres de la tarde —repitió como militar—. Okey, okey, Huh…

Nos vemos en Plaza park, cruzando la calle.

—Okey, plaza, entiendo —exhaló nerviosamente—. Nos vemos entonces. Y, uh, gracias. Gracias.

Demonios, chico; no me agradezcas —Stark también exhaló—. Hablamos mañana, ¿de acuerdo?

—Okey. Okey, okey, okey, hasta pronto.

Y colgaron al mismo tiempo.

En su garganta se avecinaban treinta suspiros de alivio.

—¿Quién era? —oyó que alguien preguntaba.

Pero él estaba muy arriba, sobrevolando las nubes de sus pensamientos. Todo estaría bien. Sí. Probablemente. Hablarían, e iban a estar bien. Ufff-

—¿Hay alguien en casa?

—¿Qué? —se giró—. Oh…lo siento.

Y justo en ese momento Peter se acordó de con quién estaba, y fue muy consciente de su propia desnudez. Y la de Wade. Sintió que se sonrojaba por la vergüenza.

—Tienes una expresión de bendición narcótica parecida a la de un cachorro oliendo los zapatos especialmente hediondos de su amo. ¿Quién era?

—E-e-era. Hum, era mi-hum, ¿mi jefe? ¿mi mentor?

—¿Mi competencia?

Peter no tuvo las agallas para decirle que no había competencia alguna, por lo que ofreció una tímida sonrisa y asintió.

—Mmmm ya veo…—fue la respuesta indiferente de Wade—. Bueno, qué se le va a hacer. Volverás a la cama, ¿verdad?

Wade había estado esperándolo acostado todo el tiempo. Su polla seguía levantada, aunque no tan vehemente como dos minutos antes.

—¿Sabes qué? —preguntó Peter mientras localizaba su ropa interior.

—No, y no creo que quiera escucharlo.

—No puedo hacer esto.

—Sí, justo como pensé; no quería escucharlo.

—Lo siento —dijo Peter, alzando los pies para ponerse los bóxers—. En verdad lo siento. Pero no estoy haciendo esto por las razones correctas y-

Todos sus pensamientos lo abandonaron cuando Wade salió de la cama y se puso delante de él. Sin querer, las pupilas se le obscurecieron un poco y apenas fue capaz de dominar una inspección visual a aquella escultura griega bronceada y pene semi-erecto. ¿Fue culpa suya que Wade era un hombre impresionante para mirar?

—Nene, si no puedes por las razones correctas, hazlo por las macabras —Despojó a Peter de su teléfono para ponerlo encima de la mesita junto a la cama.

—Elocuente como siempre —ironizó Peter—, pero mi respuesta es-

Fue silenciado por un par de labios en sus mejillas bajando hasta el cuello. El calor de Wade embargó su cuerpo, aunque ya no de la misma forma.

Peter quería retroceder. Librarse de ese hombre y decirle que no iba a suceder. Iba a hacerlo. Estaba por hacerlo, cuando el teléfono volvió a repiquetear.

Peter extendió el brazo, pero Wade fue más rápido.

—¿Diga?

Horrorizado, estupefacto, paralizado, escuchó que la voz del señor Stark respondía en la otra línea, probablemente sin darse cuenta aún de que no fue Peter quien le había contestado.

—¡Wade! —susurró en el tono más alto y furibundo del que fue capaz—. ¡Dame eso!

Se abalanzó para arrancarle el teléfono, pero el hombre seis tallas más grande, alto y musculoso lo esquivó con un paso hacia atrás y un brazo levantado como un muro intransitable.

Y para mayor horror de Peter; abrió la boca. Y palabras salieron.

—A las tres de la tarde no puedo, primor. Tengo una cita con el peluquero. ¿Quedamos en un tentativo cuatro? —Peter empezó a corretearlo por todo el apartamento; urgiéndolo a que le devolviera el celular en voz baja e histérica—. Me llamo Wade Wilson… —hubo una pausa. Oyó la confusión del señor Stark—. Estoy probando los dulces interiores de Peter Parker, ¿qué haces tú? —un gritito ahogado escapó de sus labios—. Los dulces inte- ¡Oh, esa era mi manera de decir que estamos a punto de fo-

Suficiente.

Con la agilidad propia de un gato, saltó sobre Wade y le arrancó el celular para ponérselo inmediatamente después en la oreja.

—¿¡Hola!? ¡Señor Stark! ¡Soy yo! ¡Lo siento!

¿Peter? ¿Con quién demonios hablé?

—¡Con nadie! ¡No es nadie! ¡Es un amigo! Un amigo que le encanta gastarme bromas estúpidas —le lanzó a Wade una mirada asesina y él le devolvió una encantadora sonrisa—. Muy, muy estúpidas.

—¡Peter, cariño! ¡La cama se pone fría!

—¿Ve? —señaló—. So-sólo fue una broma. Lamento que lo haya molestado.

No importa, pero la próxima vez asegúrate de mantener una distancia segura entre tú y las bromas estúpidas. Creyendo que hablaba contigo, le dije a tu "amigo" —no pasó inadvertido el tono lleno de sarcasmo—, que olvidé que Luciano´s está cerrado debido a remodelaciones. Iremos a River Café en su lugar. Misma hora. Punto de encuentro: Broooklyn Bridge Park. ¿Está bien?

—Sí, sí, sí, está, está bien, está bien.

Te veo entonces.

Y colgó.

Al girarse para encarar a Wade, lo encontró sobre de la cama, acostado y partiéndose de risa.

—Bufabas como un gatito acorralado —decía con la mano tapando su boca, incapaz de confiar en su habilidad para controlar las carcajadas—. ¿Te metí en problemas?

—¡Eso no fue gracioso! —vociferó Peter.

—Fue un poquito gracioso.

—¡No!

—Sí. Sí lo fue.

—No puedo lidiar contigo —alzó las manos en señal de derrota—. Me marcho.

Peter se dispuso a recoger sus ropas desperdigadas por el suelo. Luego, comenzó a vestirse apresuradamente, encerrado en un silencio ofendido.

—Oh, vamos, dulzura. ¿No puedes ver que te hice un favor? —dijo Wade mientras se sentaba—. Si se pone celoso es porque te desea. Si no se pone celoso es porque está fingiendo que no te desea.

—Claro —sin hacerle el menor de los casos, Peter se abrochó el pantalón.

—Hablo en serio. Eres tan tentador; si ese pelmazo no se ha dado cuenta, lo declaro ciego. O un hombre que finge estar ciego. No hay otra explicación.

—Está casado.

Wade lo miró asombrado y boquiabierto.

—Ohhhhh, ¡eso lo explica todo!

—Ajá —respondió Peter categóricamente.

—Ya puedes irte rindiendo, entonces —lo sorprendió diciendo Wade—. No apoyo ni aliento la infidelidad en ninguna de sus formas. No, señor. —era extraño verlo queriendo actuar como un conservador remilgado, cuando sus bolas decoraban las sábanas de su cama —¿…Está felizmente casado? —preguntó de repente.

Peter recordó la llamada telefónica de unos días atrás.

—Creo que no, pero-

—¡Entonces ve por él! ¡Tíratelo! ¡Dale lo bueno!

El muchacho terminó de colocarse la camisa y procedió a ponerse los calcetines.

—Pero quiere arreglar las cosas con ella —añadió con cierto aplomo—. Y no lo culpo. Cometí un error y ahora voy a arreglarlo —había finalizado de calzarse los zapatos. Guardó el celular en su bolsillo y se aseguró que tuviera metidas las llaves y la cartera—. Bien. Ya me voy… ¿Gracias? ¿Supongo…?

—No veo por qué. Ni siquiera pude enseñarte mi colección de dildos. Las chicas se iban a derretir como un helado en verano...

—¿De qué hablas?

—Olvídalo.

Cualquier contacto físico ahora sería inapropiado; Peter tenía dos saludables capas de ropa, y Wade ninguna. Se contentó con sacudir la mano.

—Adiós.

Se dio la vuelta para marcharse, pero antes de que llegara a la puerta, Wade le sujetó el brazo con suavidad para detenerlo.

—¿Me das tu número?

Peter arrugó el ceño.

—¿Para qué quieres mi número?

—Para que, cuando te llame, seas tú quien me responda. Si no podría ser muy incómodo para mí y el otro sujeto.

El hombre exhaló al contemplar el semblante inquisitivo y receloso del chico.

—Si tu amor no correspondido sigue sin corresponderte, quiero estar ahí para asegurarme de que serás bien consolado. ¿Feliz?